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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.34 Valparaíso out. 2012

 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIV (Valparaíso, Chile, 2012)
[pp. 556 - 558]

Bibliografía

Oakley, Francis, Empty Bottles of Gentilism, Kingship and the Divine in Late Antiquity and the Early Middle Ages (to 1050) (New Haven and London, Yale University Press, 2010), 306 pp.


En 1973 Francis Oakley publicó un artículo que revolucionó la historiografía del pensamiento político medieval[1]. Hasta entonces, había reinado la concepción de Walter Ullmann, basada en los esquemas del poder descendente (de carácter agustiniano) y del poder descendente (a partir de la recepción de la Política de Aristóteles). Esta articulación sencilla permitía un doble esquema: aglutinar y articular el gelasianismo, el agustinismo político y la plenitudo potestatis de Incocencio III como poder descendente, mientras que el ascendente representaba la quiebra del anterior, al compás de la recepción de Política del Estagirita.

Oakley argumentó con solidez que el aristotelismo político no sólo daba lugar a una interpretación descendente, sino también a una visión “ascendente”, presente en la obra de Santo Tomás y en toda la tradición dominicana. El trabajo de Oakley produjo un rápido viraje historiográfico y los autores desde entonces buscaron un esquema más simple, pero más eficaz. La mayoría de los historiadores de las ideas volvieron sus ojos y adoptaron el de J. N. Figgis[2], que defendía la contraposición entre conciliarismo y cesaropapismo como canon historiográfico medieval.

Para Oakley, tal y como se manifiesta en el libro que aquí se recensiona, la historiografía medieval tiene dos grandes momentos: el primero, de raíz teocrática y absolutista, que dura hasta el siglo XI, y el segundo, de carácter asambleario y conciliar, base de las ideas democráticas, que se desarrolla desde el siglo XII hasta el XVIII. En la misma dirección se sitúan otros autores como Tierney, Black o Pennington, que buscan la cesura entre ambos momentos históricos como clave histórica de una Edad Media bimembre y “de larga duración”.

Todos estos trabajos han sido criticados con cierta dureza en los últimos años, pues el medievalismo político no es uniforme (ni en puridad, cualquier concepción de lo “medieval”), sino más bien policéntrico como han recordado en diferentes trabajos autores tan diferentes como Alain de Libera[3], Cary Nedermann[4] o Bernardo Bayona[5]. Ciertamente, el criterio historiográfico que separa una Edad Media teocrática de otra protodemocrática resulta fuertemente problemático[6].

El título de esta obra de Oakley proviene, como salta a la vista, de un pasaje del Leviathan de Hobbes[7]. La idea central que defiende el libro es, en buena medida, la que se contiene en la obra de este filósofo: la continuidad entre el mundo pagano y el mundo cristiano, pues los odres monárquicos del mundo pagano se llenaron de una fuerte impronta religiosa a través del mensaje cristiano. Los ideales no fueron los modelos políticos de Grecia y de la Roma republicana, cuyas ideas fructificaron a través de la Edad Media, sino la institución monárquica (pp. 174 y ss.).

En efecto, Oakley establece como hilo conductor del pensamiento político occidental, no el modelo democrático (el poder ascendente), sino el poder descendente de la monarquía que, por su carácter sagrado, vinculó tanto a los pueblos del Septentrión como del Mediodía de Europa, así como también a los pueblos orientales con estrecha relación con el Mediterráneo y al pueblo judío. Es lo que el autor denomina “The Cosmic Kingship in Mediterranean Antiquity”, el rótulo que abarca los tres primeros capítulos.

Para Oakley, en el modo arcaico de gobierno la gente concebía la naturaleza como algo vivo y no veía ninguna barrera entre ella, la sociedad y el hombre. En un tiempo circular, los gobernantes podían ser agentes de lo divino. En el mundo helenístico, este tipo de ideas se desarrollaron y difundieron. Los gobernantes se llamaron a sí mismos con los títulos de pastor, salvador, benefactor, el mediador, o incluso Dios encarnado. Con el régimen imperial romano, el liderazgo fue divinizado de nuevo: la difusión del culto imperial era una muestra evidente de que no había demarcación clara entre lo político y lo religioso.

La irrupción de la religión bíblica en el Imperio romano desestabilizó la monarquía sacra que había heredado. El cristianismo, a través de la idea de Reino de Dios, estableció paulatinamente una dimensión político-religiosa de lo divino, hasta el punto de que los odres paganos de la monarquía se transformaron en una institución monárquico-religiosa. La temporalidad estaba abierta y era el momento de la creación del Pueblo de Dios. En otro célebre pasaje del Leviathan, Hobbes destacó gráficamente la continuidad entre el Imperio Romano y la institución del Papado[8]. En este sentido, Oakley es mucho más cauteloso, pues el autor examina con finos matices la relación entre el poder político y el religioso en la Patrística griega y latina, tema que ocupa los capítulos cuarto a sexto, bajo el esclarecedor rótulo “The Long Twilight of the Sacral Kingship in Greek and Latin Christendom (c. 300- c.1050)”.

En algunas de las páginas más elaboradas de su libro, Oakley diferencia entre la primera etapa y la madurez del Agustín converso. A su entender, los escritores medievales posteriores adoptaron el mensaje del mitrado de Hipona, concebido contra los donatistas. Para San Agustín, el Estado era un mal necesario cuya fuerza coercitiva podía ser útil en la imposición de la unidad. Los autores posteriores interpretaron ya el gobierno como un ministerio divinamente ordenado.

Tal y como explica el autor en los últimos capítulos, la baja Edad Media experimentó una curiosa mezcla de tradiciones nórdicas (germánicas y célticas) a la que Oakley dedica una discusión detallada. Con ello se consiguió la transformación de la Iglesia en una estructura institucional articulada, capaz de amalgamar las herencias bíblica y patrística. El Imperio (después del año 800, pero sobre todo bajo los Otones) fue considerado copartícipe del sacramento eclesial y el gelasianismo tuvo en aquel momento un pleno desarrollo.

Sin embargo, emergieron dos organizaciones políticas que no eran ni populares ni divinas: la nobleza y el clero, que necesitaban una justificación que no podían hallar ni en las Sagradas Escrituras ni en la Patrística. Después del año 1000, el gobernante, tanto civil como eclesiástico, se convirtió en una figura cristológica, el líder de una comunidad de bautizados, y se enfatizó que el clero formaba parte de la comunidad apostólica. Sin embargo, pese a que el autor discute con sensibilidad y elegancia algunos de los textos clave (la Donación constantiniana, el Pseudo-Dionisio y las falsas decretales del Pseudo-Isidoro…), muchas de las justificaciones de este poder político son posteriores a 1050, de manera que se sitúan fuera del libro, a la espera de una discusión más amplia de sus repercusiones.

Por fortuna, este volumen es sólo el primero de una trilogía que, a la vista del primer tomo, promete ser una obra de absoluta referencia. En el segundo tomo se van a desvelar –en principio– algunas de las conexiones que se anuncian aquí y que quedan sin resolver. Pero, sobre todo, servirá para corroborar cuál es la clave que utiliza Oakley para articular la “transición” entre la Edad Media y la Modernidad, a saber: si sigue las mismas ideas expuestas en otros trabajos o busca un nuevo criterio. Mientras tanto, sería sumamente recomendable que este primer volumen fuera traducido al español, para norte y satisfacción del público lector.

Rafael Ramis Barceló

Universitat de les Illes Balears, España

[1]Oakley, F., Celestial Hierarchies Revisited: Walter Ullmann's Vision of Medieval Politics, en Past and Present, 60 (1973), pp. 3-48.

[2]Figgis, J. N., Studies of Political Thought from Gerson to Grotius: 1414-1625 (Cambridge, Cambridge University Press, 1907).

[3]Libera, A. de, La Philosophie médiévale (Paris, P.U.F., 1989).

[4]Nederman, C. J., Lineages of European Political Thought. Explorations along the Medieval/Modern Divide from John of Salisbury to Hegel (Washington, The Catholic University of America Press, 2009).

[5]Bayona Aznar, B., El origen del Estado laico desde la Edad Media (Madrid, Tecnos, 2009).

[6]Este problema puede verse expuesto en Ramis Barceló, R., The Frontiers and the Historiography of legal and political thought in Europe: from the Middle Ages to Hegel, en History of European Ideas, 37 (2011), pp. 76-80.

[7]Hobbes, T., Leviathan [1651] (Indiana, Hackett Publishing, 1994), p. 453> “And if a man would well observe that which is delivered in the histories, concerning the religious rites of the Greeks and Romans, I doubt not but he might find many more of these old empty bottles of Gentilism which the doctors of the Roman Church, either by negligence or ambition, have filled up again with the new wine of Christianity, that will not fail in time to break them”.

[8]Ibíd., p. 483, “[...] the Papacy is no other than the ghost of the deceased Roman Empire, sitting crowned upon the grave thereof”.

 

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