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Revista de estudios histórico-jurídicos

versión impresa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.34 Valparaíso oct. 2012

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552012000100033 

Revista de Estudios Histórico-Jurídicos
XXXIV (Valparaíso, Chile, 2012)
[pp. 559 - 561]

Bibliografía

Obarrio Moreno, Juan Alfredo, “Testamentorum sollemnia iuris romani medii aevi memoria” (Madrid, Dykinson, 2009), 402 págs.


Se trata de un estudio monográfico de la sucesión testada en la Edad Media y en el antiguo reino peninsular de Valencia, sobre el testamento, como el medio que se adopta en ese momento ya como el más idóneo para fijar las disposiciones de última voluntad.

Y así, aunque sin darse todos los elementos propios del testamento romano, la expresión “testamentum” se consolida, y pronto se distingue del codicilo y de las donaciones mortis causa. E incluso se admiten unánimemente dos formas testamentarias: la escrita y la oral.

En todo caso y como se decía, Obarrio se sitúa en el ámbito del antiguo Reino de Valencia en lo geográfico, como en lo jurídico y en lo cronológico. Y precisamente en el ordenamiento foral valenciano se admite el testamento solemne ante notario, el otorgado ante 3 o 4 testigos, el dispuesto en escritura privada, y el nuncupativo.

El objetivo del trabajo es, en todo caso, el de verificar en dicho ámbito territorial la vigencia de la máxima romana a la que en sí se refiere el título de esta monografía: “testamentum potest fieri absque solemnitate, constito de nuda voluntate testatoris in scriptis”.

El libro se divide en 4 partes, en un esquema ya habitual en las monografías que sobre distintas instituciones ha publicado nuestro autor. En la primera parte, su primer capítulo se refiere al valor de la voluntad del causante expresada en el testamento, cierta y auténtica. Voluntad como uno de los elementos necesarios, con la solemnidad que perfecciona el testamento.

El segundo capítulo ya trata de las formas testamentarias. La forma como manifestación solemne de la voluntad del testador. De ahí que esa voluntad deba expresarse de forma completa, clara y expresa, perfecta (o así presumirse).

El capítulo III se refiere a la cuestión de la validez del testamento cuando siendo perfecto en cuanto a la voluntad, no lo sea en su solemnidad.

El autor contrasta los textos justinianeos con la opinión de la doctrina de los juristas del ius commune, y también de los tardomedievales valencianos, e incluso castellanos y catalanes. Es una constante también en la producción de Obarrio la puesta en relación de los autores valencianos especialmente con los catalanes y los castellanos, incluso señalando las coincidencias especialmente relevantes con los primeros.

Prima en todo caso el criterio de la perfección de la voluntad, sin que quede invalidada por los posibles defectos formales.

Ya el capítulo cuarto se ocupa de la imperfección por razón de la voluntad. Si la voluntad no se expresa de forma clara y perfecta, no siempre pero en ocasiones ello puede suponer la nulidad del testamento cuando por ejemplo se realizan distintas manifestaciones sobre el heredero.

El capítulo 5° se centra en la prueba de la perfección o en su caso, en la imperfección del testamento. Cómo probar un extremo u otro. De ahí la trascendencia de los testigos que presencian el acto de disposición testamentaria: acreditaban el animus testandi. Y debían comprobar que el testador utilizaba palabras aptas para el acto de que se trataba.

De todas maneras, los testigos constituyen una parte consustancial del testamento; han de ser idóneos, y su presencia constituye el medio probatorio fundamental acerca de la voluntad del causante. Los testigos han de serlo en un número determinado (2, 3 o más, según la forma de testamento). Además, son rogados.

La segunda parte del libro ya se refiere al testamento y su contenido, según se practicaba en el Reino de Valencia y en relación con la forma utilizada.

De entrada se insiste en que sea cual sea la forma adoptada, lo fundamental es que el testamento exprese la nuda propiedad del testador, el elemento principal de su validez. Así, por ejemplo, aún en contra de los principios del derecho romano y aunque no haya unanimidad doctrinal, no sería preciso fijar la fecha exacta de su otorgamiento (sólo en el notarial). Tampoco lo sería que se indicara el lugar donde se otorga. El testamento puede escribirlo un tercero aunque el testador deberá firmarlo; puede redactarse en lengua vernácula, y en hojas en blanco, aunque hay quien sostiene la validez de otro instrumento; no puede escribirse con signos, ni abreviaturas, ni notas ni cifras inusuales.

No se admiten notas ni añadidos en un testamento otorgado (supondrían su nulidad); y un testamento se entiende corregido, enmendado o cancelado si así lo señala un escribano público en el mismo documento, pues en otro caso carecía de validez.

En otro ámbito, se discute si los hijos de familia pueden o no otorgar testamento. La doctrina valenciana admite que sólo podían otorgarlo los hombres con plena libertad y respecto de los bienes que poseían. Aún así, debían tener 15 años cumplidos; si vivían los padres, los testadores mayores de esa edad debían dividir su herencia en 5 partes de manera que 4 se reservaban a sus parientes consanguíneos hasta el 4º grado, quedando el resto libre para su disposición; además en su otorgamiento, los padres debían estar presentes en el acto; y en el caso de una hija dotada que falleciera sin hijos, sus padres tenían derecho a recuperar su dote.

Otra cuestión que se plantea y resuelve la doctrina valenciana: la licitud de los testamentos conjuntos de los cónyuges, instituyéndose recíprocamente herederos, o a los hijos o a terceros.

También la doctrina, de acuerdo con sus fueros, declara que todo hijo debe recibir como mínimo la legítima. Y que la preterición de un hijo puede suponer la nulidad del testamento.

Se reconoce también en Valencia la validez del testamento que no contiene institución de heredero si el causante reparte toda la herencia en legados; en otro caso, si sólo se otorgaba un legado, se abría la sucesión legal. Aún así podían coexistir la sucesión testada y la legal: si al repartir la herencia entre legatarios, quedaba un remanente para el que se abría la sucesión legal.

Obarrio también se refiere a la posible desheredación de los hijos, poniendo de manifiesto la contradicción entre el derecho sucesorio foral y el romano. Y acredita cómo en el derecho foral los padres pueden testar sin obligación alguna de dejar a los hijos la legítima ni partícula alguna de sus bienes. Pero debía hacerse con palabras expresas, claras y ciertas, y específicas. Y aun así, nunca podía afectar al primer grado.

El autor aún se refiere al testamento cerrado entregado al notario y ante tres testigos.

La tercera parte del libro recoge diversos apéndices: 25 párrafos de tantas otras sentencias de la Real Audiencia sobre las diversas cuestiones tratadas en esta monografía.

Y la cuarta parte relaciona las fuentes utilizadas (legales, archivísticas, doctrinales y jurisprudenciales), y la bibliografía.

Tenemos ante nosotros una nueva aportación innovadora, rigurosa; Obarrio nos presenta esta monografía sobre la sucesión especialmente la testada, que nos facilita considerablemente su comprensión y estudio, en particular según la práctica y el derecho histórico del Reino de Valencia con sus diversas fuentes, en especial la doctrina.

El autor realiza un gran esfuerzo, ampliando sus estudios acerca del derecho común y el derecho propio valenciano, puestos perfectamente en relación; un libro que cubre otra laguna en la historiografía jurídico-privada valenciana en la línea de investigación que con gran éxito, sigue Obarrio. Un trabajo por lo demás bien elaborado, erudito, que partiendo del Derecho histórico privado en Valencia tiene amplia proyección hacia los otros territorios peninsulares dado su dominio y el uso que hace de los textos jurídicos de los reinos vecinos.

Josep Serrano Daura

Universitat Internacional de Catalunya, España

 

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