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Revista de estudios histórico-jurídicos

versão impressa ISSN 0716-5455

Rev. estud. hist.-juríd.  no.39 Valparaíso ago. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-54552017000100412 

Bibliografía

Reseña

Felipe Westermeyer1 

1Universidad de Chile, Santiago, Chile

Bravo Lira, Bernardino. Una historia jamás contada. Chile 1811-2011. Cómo salió dos veces adelante. Santiago de Chile: Origo Ediciones, 2016. 495p.

“Los hombres pasan las instituciones quedan. El tiempo pasa las instituciones cambian”. Tales aforismos explican de manera simplificada la labor de la historia institucional a secas. La historia como cambio y permanencia. La historia institucional como aquella disciplina que estudia las instituciones como creaturas distintas de aquellos que las forjaron y la manera en que ellas evolucionan en un determinado contexto político, social, cultural y económico. Inconcuso es indicar que el actuar individual y colectivo, las ideas matrices y las fuerzas espirituales de cada época moldean las instituciones y ciñen el actuar de los hombres. El profesor Bravo Lira parte de esta premisa para formular una nueva periodificación de la historia de Chile en el período mencionado en el encabezamiento. Utiliza para ello dos coyunturas históricas muy distintas entre sí: la crisis y el derrumbe de la monarquía múltiple a partir de 1808 y el golpe de Estado de 1973, con la consiguiente instauración de un nuevo modelo de Estado y sociedad.

Tan disímiles coyunturas tienen; sin embargo, un punto en común: el surgimiento, auge, crisis y caída del racionalismo y del ideal modernizador a partir del Estado. Ambos hitos representan distintos momentos del desenvolvimiento de esa manera de entender el mundo y la sociedad en la historia de Chile.

El autor, jurista, profesor de historia derecho y polemista de fuste, no se queda en una descripción decadentista de los hechos, tan propia de alguna historiografía chilena, sino que muestra como Chile logró superar con éxito ambas crisis en un período relativamente corto. No está de más tener presente que esta tesis pone en tela de juicio los consensos historiográficos y constitucionales hasta ahora vigentes. El libro en comento, una recopilación de doce artículos publicados por el autor en diversas revistas desde la década de 1970 hasta el presente, relativiza la importancia de la emancipación política en cuanto proceso fundante de la república y contrapone a la historia constitucional la institucional. La primera de las crisis arriba mencionada fue superada mediante el rescate de algunos aspectos del sistema indiano, que son adaptados a la república. Así Chile logró instaurar un sistema político antes que el resto de la América hispanoparlante.

En lo que respecta a su análisis del siglo XX, el profesor Bravo Lira hace un ejercicio de comparación entre los ideales del liberalismo decimonónico y el ejercicio efectivo del poder por parte de grupos intermedios y otras agrupaciones sociales. Confronta las principales instituciones ilustradas del país con el Estado interventor, sin ocultar su preferencia por el sistema instaurado por la dictadura cívico-militar entre 1973 y 1990, el que fue perfeccionado por todos los gobiernos que le siguen. Su tesis versa en que tanto la abolición del Estado interventor y su sustitución por uno de carácter subsidiario como el surgimiento de una sociedad de masas cuyo pilar es la libertad individual constituyen un proceso en el que la fértil provincia se adelantó al resto del mundo, donde se observa dicho fenómeno solo desde el desmoronamiento de la URSS y la revolución de la mal llamada Europa del este.

Si bien la pluma del autor es ágil y el libro está escrito en un lenguaje sencillo, con la fina ironía que caracteriza a su autor, no por eso deja de ser un libro con una trama argumentativa compleja y con una base documental y bibliográfica sólida. En un lenguaje académico de corte coloquial se puede decir que es un libro denso o incluso pesado.

Ambos calificativos calzan muy bien con el entramado de géneros que el autor emplea. Se funda en no pocas memorias, datos biográficos, correspondencia privada entre algunos protagonistas de estas páginas, historia comparada, historia de las ideas, de la arquitectura, y del derecho. Su enfoque es una combinación de descripciones, tanto a nivel institucional como social, ponderaciones y categorizaciones.

El objetivo del autor es incitar al debate y la reflexión. Atendido que ambas coyunturas han recibido un tratamiento distinto por parte de distintas disciplinas, haremos un comentario de la propuesta del profesor Bernardino Bravo para cada una de estas crisis por separado.

Sobre la primera dable es recordar que la revolución francesa abrió un larguísimo y doloroso proceso de sustitución de monarquías por repúblicas y democracias en todo occidente. Ese proceso recién finaliza tras el término de la segunda guerra mundial. Son 150 años jalonados por revoluciones y contra-revoluciones. Sustituir un sistema por otro en ninguna parte es fácil. Dicho cambio chocaba con la mentalidad y las creencias arraigadas durante siglos. En algunos casos se sustituyó al monarca por un titular del ejecutivo electo democráticamente; pero que reunía en sus manos tal cantidad de atribuciones que en los hechos no dejaba de ser un monarca. Tal fue el caso de Alemania durante la República de Weimar, en la que el Reichspräsident fue llamado Ersatzkaiser y el de Chile en la Constitución de 1833. En el primer caso esa solución fue un desastre y en el segundo un éxito.

Con ese aserto parte la interpretación del profesor Bravo Lira. En estricto rigor, esta tesis no es nueva. Con anterioridad, Alberto Edwards y Mario Góngora ya habían planteado este renacer monocrático como una manifestación del monarquismo. Tal es el núcleo o esencia de esta tesis. Ese aggiornamento republicano de la figura del titular del poder ejecutivo, el presidente, no pasaba de ser una adaptación del espíritu y los ideales borbónicos a las nuevas circunstancias. Tales adecuaciones, una mezcla de tradición y reforma, serían una de las causas del éxito de Chile durante el siglo XIX. De esa forma se evitaron males como la anarquía y el desgobierno.

Pero como ya se dijo, el profesor Bravo Lira no se limita a ese importante punto. Analiza la sustitución del sistema completo. Él vuelve a poner de relieve las continuidades entre el siglo XVIII y el XIX: sobre todo el ideal de buen gobierno, que se explica más abajo.

Se realza que la cultura jurídica y política chilena hacia 1810 era indiana y, aunque circulaban las obras del enciclopedismo francés, estas estaban muy lejos de constituir la doctrina imperante entre los conocedores del derecho público. Encontrar un sustituto no fuer tarea fácil; pues la realidad social no se correspondía ni con la norteamericana ni con la francesa. Por eso la solución más arriba mencionada fue inteligente: se aseguró obediencia y respeto a las instituciones y no a las personas.

El profesor Bravo Lira no agrega nada a esta tesis, sino que la enriquece sistematizando una serie de elementos que hasta el momento permanecían inconexos.

Ello lo lleva a proponer un nuevo concepto para el período que se inicia en 1831. La república ilustrada. República, en cuanto negación formal de la monarquía, e ilustrada pues las ideas y fuerzas espirituales de ese período son las de la ilustración católica y nacional. Las instituciones que constituyen ese modelo de república son las siguientes: ejecutivo de carácter monocrático, el presidente de la república, que reúne las calidades de jefe de Estado y de gobierno al mismo tiempo; ejército, judicatura, administración pública e Iglesia católica.

Los objetivos del Estado se resumen en la tríada: religión, patria, legalidad. La religión entendida antes que nada en su dimensión pastoral. La Iglesia es la institución encargada de evangelizar, convertir a los hombres y de ese modo mejorar su condición en cuanto personas. La idea imperante es que entre el poder temporal y el espiritual debe haber colaboración, pues comparten objetivos. La patria como un gobierno que debe perseguir intereses de carácter nacional por sobre los de facciones y grupos. Legalidad entendida como la sucesión regular de los gobiernos, garantía de la libertad individual y una pronta administración de justicia. Implícito estaba el ideal de buen gobierno, un resumen de los tres objetivos. Este consistía en llevar a los seres humanos a la felicidad. La mayor felicidad para el mayor número posible. Por ende, la principal labor de cada administración era, aparte del ideal varias veces centenario de garantizar la justicia y dar protección a los gobernados, modernizar el país y mejorar las condiciones de vida de la población mediante el fomento económico, obras públicas, un fortalecimiento de la salud pública y principalmente por medio de la educación.

La última no era concebida como el aprendizaje de un oficio respetable o la adquisición de destrezas técnicas, sino como la entrega de un conjunto de conocimientos que permitiesen que cada persona pudiese desarrollarse de manera plena en cuerpo, mente y espíritu.

Por lo mismo, de los gobiernos se espera eficacia, solución de problemas y anticipación ante conflictos y amenazas. En otras palabras, los gobiernos debían implementar políticas de largo plazo.

Dicho ideal se entroncó en el siglo XVIII con la institución del gobernador del reino -quien entre otros títulos era también presidente de la real audiencia- y luego con la figura del presidente de la República. Las máximas figuras del poder político debían ser jefes de Estado y de gobierno. Pueden observarse una serie de similitudes entre las figuras de Manuel Manso de Velasco, Manuel de Amat y Junient, Ambrosio O’Higgins, José Joaquín Prieto y Manuel Bulnes.

Lo propio de esta figura era su carácter suprapartidista. Personificaba los ideales del bien común. El no era representante de un grupo. El presidente los representaba a todos.

Simbólico de esta monarquía aggiornada de formas republicanas es que el sentido de la obediencia al rey fue remplazado por una obediencia a la ley.

Aquí entra en juego un segundo elemento constitutivo de la república ilustrada: el concepto de ley y Derecho.

Hasta ahora la relación Iglesia-Estado durante la república ha sido un tema soslayado tanto por las disciplinas histórico-jurídicas como por el derecho público. El acento se ha puesto en la laicización del Estado mas no en que hasta 1925 Chile vivió una doble división de poderes. Una fue la división, primero de las funciones y luego de los poderes del Estado, y otra la división entre el poder temporal y el espiritual. El derecho de familia, parte de la vida de comunidad y aspectos importantes como la educación, la instrucción y la caridad pública eran competencia del poder espiritual. Inclusive, parte importante de la nueva institucionalidad educacional como la Universidad de Chile y las escuelas normales de preceptores contemplaban la formación pastoral y religiosa. Hasta mediados de la década de 1850 había consenso en que ambos poderes debían trabajar de manera armónica, compartiendo ideales y tareas. Los fines nacionales coincidían con los fines pastorales de la Iglesia. Todavía muy pocos podían concebir la moral separada de la religión.

Importante es remarcar esta característica, ya que hasta hoy no ha sido debidamente sopesada por los medios historiográficos chilenos. El profesor Bravo Lira la relaciona con el concepto de ilustración católica. Estas categoría, pese a poseer más de un siglo de vida, ha encontrado poca aceptación en Chile. Se usa para describir la realidad dieciochesca del mundo centroeuropeo, marcada por el despotismo ilustrado, por el cultivo de las ciencias y la afirmación de un estrecho vínculo entre la razón y la fe. Muy decidora de ello es la frase: “Dios creó el mundo y Lineo lo clasificó”. No se niega la existencia de Dios. La ciencia está para descubrir a la divinidad.

En el mismo sentido, muchas de las instituciones de esa época, que marcarán profundamente Chile, como las escuelas normales, provienen de modelos fundados en el mundo centroeuropeo.

Por ultimo, tampoco puede olvidarse que el catolicismo ha interactuado de distinta manera con corrientes como la ilustración. La época estudiada en este libro como de surgimiento de la República y las ideas que en ese momento circulaban se correspondían con esa actitud de colaboración entre la ilustración y el catolicismo. Dicha actitud duraría hasta la ascensión de Pio Nono al solio pontificio.

Por ello, el profesor Bravo Lira no define a esta república como católica sino como ilustrada. Esta república se caracterizó por tener un congreso en el que el presidente actuaba, mediante mecanismos extra-institucionales, como el gran elector. Senadores y diputados pertenecían a la elite política y económica, que en lo cultural correspondía a una minoría ilustrada.

Dentro de esa República al congreso le correspondió el honor de ser el organismo nuevo. Como órgano democrático por antonomasia, su sola existencia ya había traído dificultades en el período 1823-1830. En Chile pugnaban dos conceptos de representación: el liberal y el indiano. Por eso la solución fue buscar candidatos dentro de la elite santiaguina, que fuesen de reconocido prestigio. De ese modo el ejecutivo se aseguraba un parlamento dócil y lograba reflejar a nivel institucional los consensos de una elite relativamente uniforme. El hecho de contar con personas preparadas le daba al parlamento auctoritas. De ese modo complementaba la labor consultiva del Consejo de Estado.

El ejército fue tal vez la institución más difícil de incorporar a la República ilustrada. Tras el derrumbe de la monarquía los militares de toda la América indiana se transformaron en actores políticos de primer orden, conscientes de su poder. La consolidación de la República ilustrada implicó una larga purga de oficiales y soldados. Muchos de ellos sintieron que tras los enormes sacrificios realizados en aras de la independencia recibían el pago de Chile: la ingratitud, el desprecio y el olvido.

La república ilustrada fue obra de una elite, dentro de la que el autor destaca como forjadores a Andrés Bello y Diego Portales. Mucho se ha escrito sobre ambos. Este libro es un aporte a la hora de reivindicar la formación dieciochesca del primero, su opinión crítica acerca de la independencia, su valoración de la monarquía y sus posturas neo-regalistas. Asimismo cita la correspondencia entre Bello y Fray Servando Teresa de Mier, como una muestra de la estrecha vinculación de Bello con toda la élite indiana del continente.

Del segundo muestra su lado más humano y caritativo. La correspondencia citada rebate la imagen de Portales como un desalmado.

Este libro también dedica encomios a otros miembros de esa elite, no tan conocidos. Tal es el caso de José Ignacio Cienfuegos, Justo Donoso, Rafael Valentín Valdivieso, María Luisa Esterripa, Enriqueta Pinto Garmendia, Mariano Egaña y Carlos Rodríguez, entre otros.

Como todo apogeo, fue una época corta. La consagración constitucional del real patronato dificultó un entendimiento fluido entre el Estado y la Iglesia. La cuestión del sacristán terminó rompiendo los consensos dentro de la elite y acabando con la política de cooperación entre el poder temporal y el espiritual. Tal suceso coincide con la irrupción de una nueva generación de políticos, imbuidos de nuevas ideas, ansiosos de cambiar el orden existente.

Así surgen los primeros partidos políticos. Cada uno lucha por imponer sus ideas en el Estado y la sociedad. Surgen las dualidades que marcaran las discusiones políticas y jurídicas de la segunda mitad del siglo XIX: confesionalidad versus libertad religiosa y laicisismo, gobierno de intereses nacionales versus gobierno de partido para el partido y presidencialismo versus parlamentarismo. En 1861 la república ilustrada muta en la república oligárquica y en 1891 esta última da paso a la parlamentaria. Una política de acuerdo y negociaciones entre los partidos políticos desmantela el texto original de la constitución de 1833. Importante es destacar que ambas se construyeron de manera extra-institucional. Desde 1891 hasta 1924 el ejecutivo no gobernó; pero esa misma inoperancia frente al parlamento le hizo ganar prestigio.

Durante la época parlamentaria hubo un auge de libertades y derechos de primera generación -al menos en las grandes ciudades- pero al mismo tiempo una parte importante de la población se sumía en la miseria, mientras la oligarquía dilapidaba de manera escandalosa los ingresos provenientes del oro blanco. Al caer la república parlamentaria, en septiembre de 1924, ya lo único que quedaba era la nostalgia por la época de la república ilustrada.

Tales cambios por vías extra-institucionales llevan al profesor Bravo Lira ha centrarse en el devenir de las instituciones por sobre el texto constitucional. De ahí que el prefiera la historia institucional a la constitucional.

En lo que respecta al siglo XX, el planteamiento del profesor Bravo Lira es muchísimo más controvertido. Una sola lectura de los dos últimos capítulos del libro dará para pensar, cuestionar, criticar y debatir. El autor parte de la constatación de que aún no hay obras de historia general que abarquen el período que comienza en 1925.

Si bien la producción que abarca temas particulares es abundantísima, obras que den una visión de conjunto no existen. Entre las disciplinas histórico-jurídicas el siglo XX sigue siendo ignoto.

Indiscutido es que tras el colapso económico posterior al término de la primera guerra mundial, resurge la monocracia presidencial y el Estado liberal da paso al Estado de compromiso. Este último asumió múltiples roles y el de empresario no fue el menor. El dirigismo estatal impregnó el derecho público y el privado. El trabajo y la protección de distintos grupos de asalariados se transformaron en los ejes del sistema de partidos políticos. Estos se agruparon acorde con la manera en que enfrentaban la lucha de clases. Así surgieron partidos para sectores mesocráticos y otros para obreros. Surgirán una serie de estatutos legales diferenciados, acorde con el distinto poder de los sindicatos y grupos de presión y la relación que los últimos tenían con los poderes estatales.

La creciente urbanización del país trajo consigo un fuerte movimiento asociativo en grupos de la más diversa índole. El tejido social se complejizó. A los partidos políticos se agregaron sindicatos, colegios profesionales, organizaciones comunitarias, agrupaciones empresariales y otras surgidas bajo inspiración o al alero de la Iglesia.

La relación entre estas organizaciones se volvió estrecha. La interacción entre ellas permitió que partidos políticos y dichas agrupaciones fueran mutuamente cooptadas. V. gr. Jorge Alessandri fue presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio antes de entrar en la arena política.

Ante tales instrumentalizaciones la presidencia perdió pronto su carácter nacional. Dejó de ser una institución de unidad.

Ocurrido ello, una serie de factores que exceden los estrechos márgenes de una recensión provocaron la peor crisis institucional que recuerde la República de Chile.

En este contexto, el profesor Bravo Lira plantea que el día decisivo de esta tragedia habría sido el 9 de agosto de 1973, con la incorporación de los comandantes en jefe de las fuerzas armadas al gabinete. Ese día lo que habría ocurrido es un fallido intento de autogolpe.

Sobre este punto, importante es tener presente que mucho se ha escrito acerca de los últimos meses del gobierno de la Unidad Popular, del rol del general comandante en jefe del ejercito Carlos Prats y del edecán naval de la presidencia Arturo Araya. La interpretación del profesor Bravo Lira es muy interesante; sin embargo, habría sido deseable, para su mejor comprensión, que la hubiese contrastado con todo lo que se ha escrito acerca de la postura y actuación de los citados militares y de los intensos últimos meses del gobierno de Salvador Allende. No son pocos los que creen que el golpe de Estado tuvo lugar el día 11 para impedir el llamado a plebiscito que Allende planeaba, lo que tendría lugar ese día en la antigua Universidad Técnica del Estado.

El autor denomina al período que comienza el día 11 de septiembre de 1973 como del despegue. Bajo la inspiración y las directrices de la escuela económica de Chicago se abre un proceso de desregulación de la actividad económica y una ampliación de la esfera individual.

Desde la perspectiva que da una visión de largo plazo, este ciclo político y económico significó que el Estado volviese a cimentarse en la institucionalidad previa a la ilustración: presidencia, judicatura y fuerzas armadas. La administración pública entra a jugar un rol menor al que desempeñó durante la época del Estado de compromiso. El congreso estuvo en receso largos diecisiete años.

Si bien hay una serie de indiscutidos logros en material económico-social, no puede soslayarse que los resultados de muchas de las reformas que cita el autor están hoy día en tela de juicio, ya que, o no han logrado los resultados prometidos o carecieron de legitimidad democrática al momento de dictarse o simplemente importantes sectores de la población aún no perciben cómo estos cambios los han favorecido o perjudicado.

Pese a que el autor no esconde su orgullo ante los cambios experimentados por la sociedad chilena en las últimas cuatro décadas, esto no lo enceguece a la hora de diagnosticar los problemas y amenazas que se asoman sobre la sociedad actual. Entre ellos el autor alerta acerca de la confusión entre estudios universitarios y capacitación laboral, la falta de políticas de largo plazo, la existencia de un régimen de gobierno muy mal diseñado y el acelerado envejecimiento de la población.

Loable es la honestidad intelectual del autor al momento de señalar sus preferencias y su visión acerca de este ultimo período. Al analizar el despegue, el profesor Bravo Lira entra en un área en que la diferencia entre la política y la historia se vuelve muy difusa. El despegue puede ser historia para los niños, pero para la sociedad en su conjunto es tiempo presente. El profesor Bravo Lira muestra aquí su faceta de intelectual y observador crítico de la sociedad. Sus opiniones pueden ser compartidas o refutadas; pero en ningún caso se puede negar que actúa como un hombre intelectualmente honesto.

Toda obra humana es perfectible. Este libro no es la excepción. Sin duda será objeto de debate, encomios y ácidas críticas. No cabe duda que con ese propósito fue escrito. No por nada el profesor Bernardino Bravo es conocido como un polemista de primer nivel.

Es de esperar que el profesor Bravo Lira o algún otro autor continúe desarrollando ambas vetas investigativas. Tanto la república ilustrada como el Chile del siglo XX son áreas en que libros que entreguen una visión general pueden dar luces para entender las problemáticas que actualmente sacuden a Chile.

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