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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.11 Santiago  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58111998001100013 

APROXIMACIÓN ESTÉTICA AL TEMA DEL CUERPO Y LA CIUDAD EN LA OBRA UN AÑO DE JUAN EMAR

NELSON RODRÍGUEZ ARRATIA

"Yo he dedicado mi vida y sigo dedicándola a SER...
Es un trabajo muy duro y difícil pero tiene sus compensaciones.
¿Cuáles son ellas? ENCONTRAR EL MUNDO ENTERO REFLEJADO EN UNO"1.

Juan Emar

1. Introducción

  El impacto desestructurador que la modernización produce en las sociedades cuya cultura es de carácter histórico tradicional, afecta de modo radical e integral, lo que una sociedad posee como valor. En nuestra sociedad, que recién inicia su modernización, tal impacto ya se resiente con una intensidad suficiente, como para permitir un consenso en torno a la afirmación de que atraviesa una profunda crisis: la crisis del hombre en su ciudad.

  Se hace necesario entonces, buscar nuevos sentidos que nos permitan una mayor comprensión de la existencia humana. La estética, como la ciencia que estudia lo bello, como la disciplina que descubre un nuevo sentido a través de la obra artística, no es ajena a esta búsqueda. Es por ello, que a partir de esta reflexión, hemos querido realizar el presente trabajo.

  No es desconocido para nadie que la crisis mencionada ha trastornado una concepción tradicional acerca del hombre. Pues, en el mundo de lo virtual, la máxima expresión de nuestra era científico-tecnológica, el horizonte de la existencia humana desaparece; y cuando el horizonte desaparece, se levanta el horizonte de la desaparición. ¿Bajo qué preceptos podemos hoy comprender el horizonte humano? Sin tener la pretensión de dar una respuesta a la totalidad de la pregunta, queremos aproximarnos desde el tema del cuerpo y de la ciudad, en la obra literaria cuyo autor es Juan Emar, a una reflexión que nos dará luces a la comprensión del hombre, como cuerpo y ciudad.

2. Biografía de Juan Emar

  Juan Emar nació en Santiago el 13 de noviembre de 1893. Estudió en el Instituto Nacional. Como hijo del influyente político liberal y diplomático Eliodoro Yáñez, vivió intermitentemente entre París y Santiago. En los años veinte fue autor de las "Notas de Arte" de La Nación, diario creado por su padre, y participó en la creación del grupo pictórico Montparnasse, con sus amigos Luis Vargas Rosas y Henriette Petit. Entre 1925-1927 se desempeñó como secretario de la Legación Chilena en Francia, uno de los pocos trabajos formales y acaso el único en que incurrió en su vida. Su seudónimo ­con el que encubrió el nombre de Álvaro Yáñez Bianchi­ proviene de una similitud de sonidos de la expresión francesa "J`en ai marre" ("Estoy harto").

  Su permanencia en Europa lo vinculó a los movimientos vanguardistas que repostularan la literatura y el arte en las primeras décadas del siglo. De ellos heredaría su aversión al realismo y al academicismo, tendencias de las que se mantuvo a más que prudente distancia en sus escritos.

  La obra literaria publicada en vida por Emar consta de cuatro títulos: Miltín, Un año, Ayer y Diez, obras aparecidas entre 1935-1937. De ahí en adelante, quizá a causa de la nula recepción que tuvieron sus libros, se sumergió en el total ostracismo. Retirado al campo, se dedicó durante años a la conjetura y redacción de una obra mayúscula: Umbral, que ha sido editada en forma póstuma; primero en Argentina (Editorial Carlos Lohlé, en 1977) y recientemente en Chile por el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos.

  Por su humor peculiar, por su extrañeza y por sus implicaciones metafísicas, la obra de Juan Emar ha permanecido viva a pesar de los años y a pesar del olvido que la circundó desde un comienzo. Un año es quizá el más cautivante y el más legible de sus libros, en cuya estructura simplísima concurren los habituales prodigios emarianos.

  Juan Emar, muere en el fecundo silencio, quizá sin pensar en el poderío de su obra, a la edad de 71 años en 1964.

3. Resumen de la obra Un Año

  "Estamos ante un fenómeno literario que no tiene parangón en la historia de nuestra narrativa. Juan Emar, el metafísico, el fantástico, el visionario, el loco, el inocente, el paradisíaco, es la exótica flor de maravilla que ha crecido en el medio gris, naturalista, opaco de la narrativa chilena de este siglo" (Ignacio Valente).

  Como se advertirá, Un año está armado sobre la base de una estructura peculiar: la de un diario de vida que considera estrictamente el primer día de cada mes del año. El último día de este diario ­donde aparecen las anotaciones del 31 de diciembre­ es la excepción al modelo y sirve para anudar el círculo: para que el año se cierre definitivamente. Este último día, Emar lo deja para la recapitulación de cada una de las frases iniciales de los capítulos del libro (un círculo dentro de otro). De este modo, reescribe: "Hoy he amanecido, hecho, estado, asistido, transpuesto, vivido, vagado, pasado, venido, vuelto, sido, regresado, releído".

  Sin embargo ­como para siempre­, el libro se deja leer con distracción de sus fórmulas. (En este terreno cualquier exceso es posible: no hay que olvidar que en el siglo xix prosperaron en Europa ciertas lecturas de La Divina Comedia, según la simbología masónica, en las que Dante Alighieri aparecía como un adelantado carbonario que cifraba mensajes para sus cofrades del futuro). Más sorprendentes parecen, en Un año, las remisiones explícitas a obras de la tradición literaria, a las que Emar "hace trabajar" al interior de la suya, conectando actualmente su texto con los ajenos.

  Así pasa en el citado caso del insecto que ingresa a Los cantos del Maldoror por la última letra de la última página y sale por la primera letra de la primera página. Lee o experimenta el libro ­cabalísticamente­ deshaciendo el camino habitual de la lectura.

  En una crónica aparecida en 1935, Eduardo Barrios ­el autor del Gran señor y rajadiablos, y cuñado de Juan Emar­ creyó ver operando en sus textos los mecanismos de los sueños o, aun, los del desvelo. Acusó, además, en el momento, la falta de recibimiento crítico para los libros del escritor que Wilhelm Mann consideraba como un lugar aparte "dentro de la literatura excéntrica chilena". Esta ausencia de respuesta o de lectura ha sido uno de los destinos de Emar, particularmente celebrado por el periodismo, en su necesidad de ingresar de vez en cuando un nuevo miembro de la melancólica galería de "los grandes olvidados".

  Juan Emar no ha sido en absoluto olvidado. Su aislamiento fue más que nada una opción biográfica y su obra ha tenido simplemente un tiempo distinto al de otras producciones más sonoras. Hoy día ­más de treinta años después de su muerte­ ha llegado para Juan Emar el momento de la expansión, el momento de comunicar sus especulaciones sobre lo incomunicable. Hoy, que se suman una a otra sus publicaciones, Juan Emar es leído, comentado y en Chile comienza a hacerse imprescindible.

4. Precisiones sobre el cuerpo y la ciudad

4.1. El cuerpo

  Si cualquiera de nosotros pudiera evaluar su vida y medirla, si es que pudiésemos, creo que nuestro cuerpo, nuestro propio cuerpo sería la fuente fundamental de motivos y revelador de nuestros valores vitales. Pues la única razón de nuestros valores, es nuestro cuerpo, pues él es la razón de la encarnación de los mismos.

  "...Preferir otros valores "canjear" como dice Platón, mi vida por la justicia, por ejemplo ­no es resolver un debate puramente académico, sino poner en juego mi propia existencia, sacrificarme. Todo otro valor adquiere una gravitación, un alcance dramático por comparación con los valores "historializados" por mi cuerpo"2.

  De modo que la vida, la existencia se arraiga en el existir, en el existir que es cuerpo, mi cuerpo. Así lo que llamamos existir, existencia, no queda sometido a la articulación de discursos infértiles, sino quedan arrojados al respirar, al fluir, al latir de la existencia, a los sotos de la carne, al lugar de nuestro cuerpo.

  Juan Emar, en su lectura y escritura no es ajeno a saber que el cuerpo es el primer corazón de la existencia, en él se encarna la vida:

Hoy he amanecido apresurado [...]
Más la prisa, ya anidaba en mí,
siguió empujándome" 3.

  El diario de Emar nos revela un sinónimo de encarnar, donde asume, de un modo existencial, la corporeidad, el cuerpo como el anidar. Juan Emar nos lo dice en su diario: "he amanecido apresurado", pero la prisa está en él, la prisa es él, pues en él anida; y lo empuja, o sea, lo vive. Juan Emar confirma su existencia a partir de un valor que anida, él es presura por su cuerpo.

  Así, vamos descubriendo la unidad de todo aquello que es, cuando es mediado por nuestro cuerpo, pues aquello que es, es porque es significado por mi cuerpo, la primera voz que me dice "yo soy", "yo existo", "mi cuerpo es el que introduce este vago de existencia: es el primer existente, ingenerable, involuntario"4.

  Se anima, entonces, una abstracta relación del querer con sus motivos; pues aquello que un día protegió a la descripción pura, hoy resulta al revés, pues el "yo soy" que recupera Maurice Meleau-Ponty a partir del "yo soy" de Rene Descartes (pienso luego soy), es desbordado infinitamente por el "yo siento, luego soy".

  A pesar de lo sufrido, aun, así, la existencia de Juan Emar es reivindicativa:

" Cada una de ellas (gotas de olas) será la única
realidad vital, personal, como yo, como todos
los hombres [...] con un destino y un mundo solo
dentro del cuerpo"5.

  El cuerpo es su existencia, en la unidad del mundo, de todo lo que es, como una gota de agua que arrojan las olas del mar; la única realidad vital que contiene todo. Así, el cuerpo, no prioriza en su condición, mantener relaciones con el mundo por medio del "yo pienso" sino, sobre todo, por medio del "yo existo".

  El "yo existo" es la unidad corpórea, es como una gota de agua, una realidad vital:
"... personal, como yo ...".

  De este modo, vemos cómo la realidad vital para Juan Emar, es su unidad corpórea, pues se compara a una ola de mar, que es por sí misma en su movimiento (trasciende como) un cuerpo. El "yo soy" de Juan Emar es movimiento, movimiento que la realidad de ser un cuerpo le ofrecen un destino, un proyecto, un ir hacia. El cuerpo, de este modo, no es una verdad sedentaria ni un cavilar sin sentido, "es realidad vital", la "única realidad vital".

  Así, al otorgar una realidad de movimiento, a mi realidad corpórea, otorgo una realidad de proyecto. Juan Emar lo dice en la cita de más atrás: habrá "destino, mundo, solo dentro de un cuerpo". Poco a poco, la realidad de lo que somos, se va conformando por nuestro cuerpo, por el ser este proyecto. Pues es lo que intuye nuestro autor, al "percibirse" como una "ola de mar", asumiendo el movimiento, como realidad vital.

  Pues su cuerpo como un mundo sensorial, como un "yo siento", va constituyendo nuestro estar en nuestro mundo. Decimos, entonces, que por nuestro cuerpo poseemos proyección y por nuestra proyección poseemos mundo. Nos alejamos, con Juan Emar, de una visión abstracta o puramente biológica de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es la unidad viviente, que es cuerpo de las necesidades que proyecto como cuerpo.

  El movimiento registrado en la obra de Juan Emar, son sus deseos, son el querer, es la urgencia de culmen de una necesidad, esa necesidad, ese deseo que coge el cuerpo, lo abraza y el cuerpo abraza al deseo, al querer, para ser movido, proyectado:

"A esta hora un deseo súbito me ha cogido: avanzar
por entre los dos altos monolitos, entrar al mar.
Cinco minutos de reflexión y ¡adelante!"6.

  El círculo de nuestro autor es envolvente, seductor, pues, su deseo es súbito, repentino e impetuoso, su querer está lleno de inquietud; su cuerpo necesita avanzar para entrar al mar; es el momento donde el cuerpo hace de su querer, su tarea, su proyecto; para reflexionar (RE-FLECTARSE: volverse corporalmente hacia uno mismo) y avanzar.

  A partir de lo que vamos diciendo, es bueno detenernos y preguntarnos, ¿de qué necesidad hablamos?; ¿cuál es su naturaleza? Quizá a primera vista, la necesidad es aquélla que en razón del cuerpo se relaciona con el apetito, ese apetito que se nos vuelca como una indigencia y una exigencia, una falta de... y una impulsión orientada.

" Hoy he amanecido apresurado. Todo lo he hecho
con apresuramiento vertiginoso: bañarme, vestirme,
desayunarme, todo"7.

  Así, la necesidad es un afecto, en cuanto es, por completo, una indigencia que por su impulso tiende hacia lo que llegará, o sea, en la obra de Juan Emar, éste en su apresuramiento, tiende a lo que viene: desayunarse, vestirse, etc. Por tanto, no hablamos de cualquier impulso que el cuerpo realice, es un impulso que por provenir desde el cuerpo posee su orientación, es decir, hablamos de un impulso orientado, de un impulso que posee sentido, posee un fin.

  Bien, en Juan Emar constatamos, por ejemplo, el impulso orientado, en la siguiente cita:
  A esta hora un deseo súbito me ha cogido: avanzar [...] entrar al mar.
Cinco minutos de reflexión y ¡adelante!"8.

  De este modo, el impulso manifiesto en Juan Emar, es la de ir al mar, el mar como el espacio necesario de silencio y reflexión y la reflexión como el momento solícito, el sentido vital, para seguir adelante.

Pero sabemos que la necesidad como apetito se da como una indigencia y una exigencia, "una falta experimentada de... y una impulsión orientada hacia..."9.

Falta e impulso, son vividas en Juan Emar, en la unidad de un afecto activo. La necesidad es un afecto en cuanto es, por completo, una indigencia que por su impulso orientado, tiende hacia lo que la llenará:

" Despegué los pies y marché. Solo. Los transeúntes que
cruzaba, me resbalaban como sobre hielo [...]
Me encaminé entonces a la casa que habitan mis
amigos"10
.

  Tras la cita descubrimos, más allá de una impulsión orientada, una conclusión más honda, pues la necesidad no es una sensación interna, es ante todo, como rasgo esencial de falta o necesidad, dirección hacia lo otro, en el caso de Emar es presencia "corpórea del otro" (los amigos). Así, al ser dirección hacia lo otro, atestigua como todo acto del cogito, que es conciencia de... que estoy en ausencia de... en impulsión hacia..., aun, sin la representación de los amigos, Emar dice "despegué los pies y marché. Solo". Pero, esa soledad, falta de... me conducirá fuera de mí por mi propia existencia.

  En el caso de Juan Emar ir fuera de sí, desde su propia corporeidad, a la corporeidad de los otros, es asumir la propia orientación humana de lo humano como cuerpo. Eso humano que reclama cuerpo, ese cuerpo que reclama comunión, reclama encuentro, ciudad.

De este modo, el cuerpo se constituye en un revelador de valores. Pues, por la necesidad aparecen valores sin que el yo, en tanto generador de actos, los haya puesto. El pan es bueno, el vino es bueno.

"Antes de querer ya estoy solicitado por algún valor. Por el sólo hecho de existir como encarnado, ya hay en el mundo alguna realidad que se me revela a través de la falta, este reclamo que se eleva desde mi indigencia, es la señal de una primera erección de valores que no he engendrado"11.

  La necesidad, por tanto, significa que un sistema de valores es indeducible de una exigencia puramente formal de coherencia consigo mismo, o de un puro poder de auto-poseción de la conciencia. El cuerpo es innegable como existente, es la vida como va-lor; señal de todos los existentes: el cuerpo es el primer revelador de valores.

"Pero antes de proceder a poner fin yo a mi existencia marqué su número de teléfono, y escuché"12.

  Es la apertura al otro, ante el límite de la existencia de Juan Emar. El escuchar lo revela como cuerpo y su propia existencia como valor, pues su cuerpo apetece la vida, apetece existir, es por eso que se orienta a escuchar, porque escuchar en este ámbito es vivir, es existir, es dar pie a la condición de ser presencia, o sea, cuerpo.

  Otra característica que se recoge de la cita mencionada, es que Juan Emar juega con el existir no sólo como un cuerpo revelador de valores sino, además, como revelador de tiempo y, en este caso, como revelador de futuro.

  Claro, Emar no se dispone al vacío al decir: "escuché, sino se abre a la posibilidad, se adelanta inclusive a su doloroso momento con una expectativa: escuchar". La dramática experiencia de "ponerse fin", abre la soledad de Emar a la posibilidad del otro; posibilidad dada por el escuchar.

Y a esto de vivir y existir, podríamos preguntar a la existencia corporal, si ella misma no es un mundo imaginario; ¿es el cuerpo el mundo donde reside lo imaginario?

  Emar no pone fin a su existencia, en el escuchar sólo y solo escuchar, no precisamente se percibe la ausencia de la otredad, sino, sobre todo, de quién puede estar más allá; y quién puede estar más allá se revela como aquello que es salvífico. No sabemos por qué Juan Emar llama, si en definitiva lo que quiere es terminar con su existir, pero llama por su existir, su cuerpo se revela como imaginario de aquello que puede permitirle vivir. Juan Emar, no busca "estimular" su vida, lo que busca es añadirle consistencia. Marcar el número de teléfono es abrir un umbral en la existencia, es el umbral por la imaginación, llamar es imaginar que puede encontrar su existir, llamar es por la imaginación, abrir la necesidad a la orientación, es decir, imaginar es buscar un sentido. La imaginación es un poder al servicio de un sentido difuso de orientación y futuro, por ella, anticipamos lo real por venir, como un real ausente sobre el fondo del mundo. Por eso la imaginación, puede mediatizar la necesidad, el querer, encontrándose ambos abiertos al porvenir del mundo. Otra razón de la importancia de la imaginación, está en el hecho de abrir nuevos posibles, es decir, una imaginación que desde el cuerpo es conquista y hallazgo. Por lo tanto, nuestro cuerpo, por ser necesidad y orientación, se comprende como imaginario, pues se anticipa a la exterioridad del mundo desde la interioridad existencial: Emar, llama y escucha, se detiene, para desde su apertura, adentrarse al escuchar, de aquello que "lo" existe.

  Así, además, el cuerpo no es un valor entre otros, sino que se encuentra en la aprehensión de todos los valores. Se trata entonces de un medium afectivo de todos los valores: ningún valor me alcanza si no dignifica él un motivo y ningún motivo me inclina si no impresiona mi sensibilidad. Accedo a todo valor a través de la vibración de un afecto. Abrir el abanico de valores es, al mismo tiempo, desplegar la afectividad en su mayor envergadura. De este modo, puede comprender las relaciones de mí mismo, y mi cuerpo con las relaciones de mí mismo con la historia. Del mismo modo que no he elegido mi cuerpo, no he elegido mi historia, pero ambos son el lugar de mi responsabilidad. Entre mi cuerpo y mi historia se instituye una relación circular; la historia "historializa" mis valores en un momento dado, solicitando mi adhesión, mi cuerpo. Así la historia me inclina como mi cuerpo, él es el "historializador" de mi historia13.

Del mismo modo podemos contemplar en la obra de Juan Emar, la historialización de un valor por medio del cuerpo.

  "Tras de mí, paso a paso, el dedo de Dios. Lo he sentido a todo momento. Dos veces se me ha clavado en la nuca.

  Más lo ha hecho en forma leve [...] lo ha hecho como vislumbre de una vislumbre, enredándome en mis propias apreciaciones sobre su identidad"14.

  Hay un valor que persigue la existencia de Juan Emar: Dios, quien lo inquieta en todo momento, es el valor que le cosquillea los afectos como "vislumbre de una vislumbre". Sin embargo, tal vislumbre no tiene nada que ver con lo abstracto de un valor, o un valor puramente conciencial, el valor en este caso para Juan Emar, es una realidad que lo toca: "lo he sentido a todo momento"; y en el hecho de tocarlo, se materializa esa enorme realidad de Dios sobre su existir, no está en cualquier parte, está en su cuerpo.

  Ante aquella realidad sólo queda responsabilizarse, hacerse cargo, o sea, historializar a Dios por su existencia corporal; Emar no duda en relatar tal hermoso milagro, en su característico dramatismo: "enredándome en mis propias apreciaciones sobre su identidad".

  No será, pues, un dios que se esconde tras los pasos que pueden darse en la ciudad, no será la misma ciudad que asume una escondida identidad con ese dios que se siente a cada momento y a menudo, clava vislumbres, vislumbres de una vislumbre. La ciudad, aquella vislumbre que, a pasos, provoca confusiones en relación con su identidad, vislumbre, que paso a paso, provoca confusiones a nuestra identidad.

En Juan Emar, además, podemos descubrir no sólo al cuerpo como un receptor de los sentidos sino un impulsor organizador; el cuerpo es el ejecutor de los sentidos, de nues-tra existencia. Existencia además, que se ve enriquecida en el recorrido de la ciudad.

4.2 La ciudad

  A pesar de que la escritura de Juan Emar se concentra en los géneros biográfico y epistolar; y sin duda que éstos son sus favoritos. De hecho, el libro que hemos venido analizando, Un año, corresponde evidentemente a un diario de vida. A propósito de esto, encontramos algunas referencias al tema de la ciudad o al tema de la alteridad, en las páginas de la obra mencionada. Tales citas serán nuestro referente para iniciarnos en el tema.

  "Pues al fin y al cabo, yo iba por las calles [...]: 1)gozando de todas las prerrogativas de libertad a que es acreedor, en una República modelo, todo ciudadano honesto, y 2)gozando ampliamente de mi propia libertad que, desde el momento de despertar, había decidido no formular a mi mente pregunta alguna"15.

  Hoy por hoy, no resulta de lo más comprensible la expresión de Juan Emar, en su sentir la ciudad en el caminar por las calles. Es el perfecto ciudadano, el ciudadano de una república modelo, pues en ella, pueden gozarse las gracias otorgadas para la dignidad humana: la libertad. La libertad es posible en las calles. Las calles son el camino de la libertad; el camino de todo hombre honesto de repúblicas modelos.

  Pero lo que realmente preocupa a nuestro autor, es la experiencia del recorrido. "Ir por las calles", para persistir en la libertad, libertad que sólo tiene el carácter de ilusión, libertad en una república que también tiene carácter de ilusión, pues su libertad, es "no formularse pregunta alguna".

  "El mundo sólo existe gracias a esta ilusión definitiva que es la del juego de las apariencias, el lugar mismo de la desaparición incesante de cualquier significación y de cualquier finalidad"16.

  Para Juan Emar, el mundo no tiene relevancia por sí mismo, el mundo es el aparente obstáculo que se le impone a su libertad, otorgándole la imposibilidad de existir, pues el mundo, como ironía descrita (república modelo), no otorga significaciones, no otorga preguntas, es más, es mejor no formularse preguntas; ésa es la condición de la liber-tad, la desinformación del mundo, en equivalencia al mundo, en la consecuencia final: la ilusión del mundo.

  La ciudad para Juan Emar, el mundo, es el recorrido por una ciudad inervada, sus calles son la única excusa para recorrerla. No importa su fin, sino su "gozar de las prerrogativas de un ciudadano honesto, de una república modelo".

Así Juan Emar, continua su trayecto por la ciudad:

  "Me costó un esfuerzo inaudito despegar los pies del asfalto y poder proseguir mi marcha [...] Despegué los pies y marché. Solo. Los transeúntes que cruzaba, me resbalaban como sobre hielo. Solo, mas con mi primera furia"17.

  El problema de Juan Emar no se sitúa, entonces, en la ciudad como una cuestión abstracta, o tan real que sólo refiere a calles, edificios u otros. El problema de la ciudad son los transeúntes, son los otros que le resbalan como sobre hielo. Es por esa razón que marcha solo, en esfuerzos inauditos por despegar los pies del asfalto, los pies de barro, los pies que reclaman solidez. Son los pies de barro, pegados al asfalto, porque no tienen que los levante, son pies de barro, pues no tiene qué los imante. Son los pies débiles en el asfalto, pues el sujeto carece de su prójimo, de su próximo. El problema a que nos remite Juan Emar, no son sólo los transeúntes sino, en los transeúntes, el otro, el que está al lado, que se ofrece como el horizonte de la desaparición.

"No hay en el yo, espacio para el mundo"18.

En este caso particular, en el yo, no hay espacio para el otro.

  Otro elemento importante que descubrimos en la cita de Juan Emar, es el tema de la soledad:

  "Despegué los pies y marché. Solo".

  Pues, la no certeza del otro, la no certeza o exactitud de las cosas, sitúa al autor en la soledad del vivir y de la obra, en la soledad que lo abre al mundo de lo interminable y lo incesante . La aperente pérdida consciente del otro, es la apertura a la exigencia de la ausencia, que no nos permite nunca reconcernos como algo acabado o determinados, sino reconocernos de una forma anónima que somos y nada más.

  La negación del otro, no es más que aceptar la soledad como apropiación del existir, pues, la palabra ser se pronuncia en el yo, en la violencia de un comienzo que le es propio; acontecimiento que se realiza cuando el yo es la intimidad de alguien a quien se acoge19.

  La ciudad, por tanto, de la que nos habla Juan Emar, no es únicamente la exclusión del otro, aunque pudiese hacerse la lectura, pero sería arbitraria e incompleta. Pues, la ciudad a la que nos remite nuestro autor, es la que rompe el vínculo que une la palabra a mí mismo (soledad), y que además rompe el vínculo hacia el otro. La ciudad descrita es la ciudad de la soledad como la interpelación de sentido, que comienza en el yo y termina en el tú. Es la ciudad en donde la soledad interpela lo interminable, a lo incesante del existir.

"Me encaminé entonces a la casa que habitan mis amigos.
La casa tiene nueve pisos. En cada piso hay un departamento. En cada departamento habita un amigo mío. Total: nueve amigos ascendentes..."20.

  Aceptar entonces, lo interminable, lo incesante de la soledad en la que nos descubrimos en la ciudad, es aceptar el éxodo de la misma ciudad en la ciudad que se me abre como posibilidad de encuentro.

  Encaminarnos es partir, es ir hacia la ciudad para encontrarla, enfrentando el drama y la tragedia de la ciudad-mundo, esa ciudad que a menudo se nos ofrece como virtual, deslocalizando la relación con el prójimo. Encaminarnos, "a la casa de mis amigos", es descubrir la ciudad como posibilidad de encuentro, que nos obliga a un saber de la ciudad, un saber que involucra el cómo habitarla, desde la tensión existencial de descubrirnos como un ser-en-el-mundo.

  El éxodo que nos refiere Juan Emar, a visitar "a sus nueve amigos ascendentes", no exprimen otra cosa que la referencia al afuera, que exprime la palabra existencia. Para vivir la ciudad, es necesario ir más allá de todo horizonte, a lo que está fuera de nuestro alcance; el otro21.

  Encaminarnos a los nueve amigos ascendentes, es reconocer en el espíritu de Juan Emar, apertura a la posibilidad de ir hacia aquella verdad que sólo es posible descubrir, en un espíritu lleno de apertura, lleno de separación y encuentro, pleno de un espíritu nómade, que permite comprender a la verdad de la ciudad, del habitar, fuera de toda órbita sedentaria. Asumir la posibilidad del encuentro, y de los encuentros ascendentes, como lo aseguran los amigos de Juan Emar, es asumir la ciudad, como la posibilidad de una nueva verdad. Es aceptar lo posible, como el auténtico residir.

  El éxodo hacia los "nueve pisos y en cada piso hay un departamento", es abrirnos a una posibilidad original del encuentro, pues el encuentro reclama la experiencia de lo común de lo propio de cada uno.

  El espíritu de Juan Emar es ajeno a reconocer a la ciudad como un espacio público, donde se produce el olvido del otro. Pues lo común para Juan Emar, como veíamos, exige soledades. Lo público de tanto ser de todos, no propiamente de nadie.

  Lo común es lo que es de cada uno y consecuentemente, de todos "en común", es la soledad que es apertura al otro. Encaminarnos, para Juan Emar, es ir a la ciudad, como el descubrirnos en el encuentro con el otro22.

5. Conclusiones

  Pareciera que hoy, en plena modernidad avanzada, el mundo de las nuevas tecnologías, el mundo de las comunicaciones, el mundo de lo virtual, nos deja sin la posibilidad de ser actores de nuestro propio acontecer, nos deja sólo como terminal de múltiples redes. ¿Ciencia ficción? Sin duda, pero hasta ahora todas las mutaciones del entorno han provenido de una tendencia irreversible a la abstracción formal de los elementos y las funciones, a su homogeneización en un único proceso, al desplazamiento de las gestualidades, los cuerpos y los esfuerzos hacia mandos electrónicos, a la miniaturización, en el tiempo y en el espacio de procesos cuya escena ­que ya no es una escena­ se convierte en la de la memoria infinitesimal y del espacio. El olvido del cuerpo, convierte nuestro hábitat, nuestra estancia en el mundo, en una especie de envoltura arcaica, en un vestigio de relaciones humanas cuya supervivencia deja perplejo. A partir del momento en que esta escena ya no es habitada por sus actores y sus fantasías y proyectos, a partir del momento en que todo el comportamiento humano se focaliza sobre determinadas pantallas o terminales operacionales, el resto aperece como un gran cuerpo inútil, abandonado y condenado.

  Lo real mismo parece un gran cuerpo inútil. Así, nuestro cuerpo, aparece como superfluo en su extensión, pues éste es definido bajo la formula operacional del ser. De modo que la ciudad también aparece como un cuerpo desértico, cuya extensión resulta innecesaria a partir del momento en que todas los acontecimientos se resumen a la virtualidad del convivir.

  De modo que nos resulta de tremenda relevancia descubrir, a este silencioso escritor chileno, como es Juan Emar, desde una lectura aproximativa de una reflexión estética del cuerpo y de la ciudad. Es, de algún modo, abandonar el pesimismo moderno en el que nos vemos arrojados, sin posibilidad de reconocernos.

  Reconocer que el vivir no es sólo una cuestión que se debata en la interioridad de una discusión académica, sino que es poner en juego mi propia existencia, es reconocer que todo otro valor adquiere una gravitación, un alcance dramático por comparación con los valores historializados por mi cuerpo. Vivir es corporeizar mi existencia, es otorgarle al cuerpo la posibilidad de ser proyecto y motivo de mi existir. Es apropiarnos de nuestros apetitos, de nuestras necesidades, en la más clara impulsión orientada a la realización del hombre.

  Es la incesante búsqueda de Juan Emar, de ser, no en cuanto a un sujeto arrojado a la abstracción de su comprensión, sino un hombre que se comprende en el dramatismo de vivir el mí mismo como cuerpo. La historia me inclina como mi cuerpo.

  La cotidianidad en la que se desarrolla la obra de Juan Emar, no es en la pura individualidad corporal, sino es en la individualidad que busca su realización en el recorrido de la ciudad.

  La íntima relación del cuerpo y la ciudad, se ve develada en cuanto, Juan Emar, es el persistente buscador de la posibilidad de existir en el encuentro con el otro. La existencia corporal, en nuestro autor, es el eterno persistir por existir. Un existir que funda su ser en la soledad, en la soledad del cuerpo, del que existe, para abrirse paso al otro, que habita la ciudad. Ciudad, que ha menudo, se vuelve la furia de Juan Emar, se vuelve el J`en ai marre, el sin sentido.

  Creo no exagerar, por tanto, que el cuerpo en Juan Emar, es la apetencia, es la necesidad de otro, de encuentro, es la necesidad de la ciudad. La ciudad que le otorga la existencia de cuerpo a nuestro autor estudiado. Asimismo, Juan Emar, no es sólo un testigo de su época sino aquél que corporeíza su época en la búsqueda permanente de ser:

  "Yo he dedicado mi vida y sigo dedicándola a SER... Es un trabajo muy duro y difícil pero tiene sus compensaciones. ¿Cuáles son ellas? ENCONTRAR EL MUNDO ENTERO REFLEJADO EN UNO"23.

1 Carta de Juan Emar, fechada el 5 de abril de 1962.

2 P. Ricoeur, El proyecto y la motivación I, Buenos Aires, Ed. Docencia, 1988, p. 101.         [ Links ]

3 J. Emar, Un año, Santiago, Ed. Sudamericana, 1996, pp. 15-16.        [ Links ]

4 P. Ricoeur, El proyecto y..., p. 102.

5 J. Emar, Un año, p. 73.

6 Ibid. p. 81.

7 Ibid. p. 15.

8 Ibid. p. 81.

9 P. Ricoeur, El proyecto y..., p. 105.

10 J. Emar, Un año, pp. 39-40.

11 P. Ricoeur, El proyecto y..., pp. 110-111.

12 J. Emar, Un año, p. 92.

13 Cfr. P. Ricoeur, El proyecto y..., p. 140.

14 J. Emar, Un año, p. 53.

15 Ibid., p. 38-39.

16 J. Baudrillard, El crimen perfecto, Barcelona, Ed. Anagrama, 1996, p. 20.         [ Links ]

17 J. Emar, Un año, p. 39-40.

18 Cfr. J. Baudrillard, El crimen..., p. 54.

19 Cfr. M. Blanchot, El espacio literario, Barcelona, Ed. Paidós,1990, pp.16-17.         [ Links ]

20 J. Emar, Un año, p. 40.

21 Cfr. M. Blanchot, Falsos pasos, Madrid, Ed. Pre-textos, 1977. p. 64.         [ Links ]

22 Cfr. Ibid. p. 13.

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