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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.11 Santiago  1998

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58111998001100017 

HISTORIA DE UNA ESPERANZA FRUSTRADA
Héctor Aguilar Camín: La guerra de Galio
Cal y Arena. México, 1988. 16ª edición

Hace treinta años (1968) la juventud pretendió alzarse con el poder político para romper con el orden establecido, pretensión que ideologizó, al menos en Iberoamérica, el acontecer político con un fuerte carácter mesiánico y redentor, y que periclitó o pereció en medio de movimientos de reacción, violentos. (Nosotros hemos sido testigos directos de este movimiento de acción y reacción).

México no fue indiferente a este movimiento, que tuvo su principal fuerza y motor (como en Chile), en la juventud universitaria, que luchaba ardorosamente por una apertura política que lo liberara del monopartidismo bastante autoritario del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que permitía, en una operación cosmética democrática, la participación de partidos políticos sin mayor peso en la conducción política y en la toma de decisiones; autoritarismo político que no impedía la adopción retórica de una posición simpatizante con el socialismo y los movimientos revolucionarios, mero saludo a la bandera hacia la Revolución Antiporfirista de 1910.

Pero como la Revolución de 1910 fue una revolución abortada e institucionalizada a través del PRI, lo mismo sucedió con el movimiento estudiantil de 1968, violentamente reprimido en la matanza de Tlatelolco (1968), a fines del gobierno de Díaz Ordaz, y en la matanza del Metro de Ciudad de México (1970), en los inicios del gobierno de Echeverría Álvarez, que responde al movimiento pendular que han tenido los gobiernos mexicanos desde la institucionalización de la Revolución de año 1910.

Las secuelas de la represión de la pretensión estudiantil de 1968 fueron importantes en México, traducidas en una inquietud notable en todos los sectores juveniles, por conocer otros planteamientos político-sociales diferentes al conocido por ellos, para impulsar otros movimientos políticos o para penetrar las estructuras partidistas reconocidas, el PRI y el Partido de Acción Nacional (PAN), y renovarlas; y además en una decidida tendencia a romper con la uniformidad comunicacional de los diarios, tan notoria.

De todo este interesantísimo movimiento, que animó el México de setenta, da cuenta la novela de Héctor Aguilar, La guerra de Galio, amplísimo fresco de los aires renovadores que soplaron en México hace veinte años, escrita con estilo ágil, extremadamente entretenido, bien manejado mediante el dibujo sicológico acertado de los personajes que la pueblan, por lo cual no debe extrañar las dieciséis ediciones que cuenta desde su aparición hace una decena de años.

Los hilos de la novela los maneja desde el trasfondo de la trama, Galio Bermúdez, contradictorio personaje de segunda fila del gobierno de turno, pero la acción propiamente tal, con todo su complejo proceder, la llena Carlos García Vigil, historiador, que pesquisa e interpreta desde una perspectiva distinta a la común, la Revolución de año 1910, y que por lo mismo, e impulsado por los aires nuevos que impulsaron los movimientos de 1968 a 1970, se vuelca en el periodismo interpretativo y de opinión, empujado a ello por la arrolladora personalidad del periodista Octavio Sala, que, desde el diario La Vanguardia, pretende romper con la uniformidad y monotonía de los medios de comunicación escrita. Alrededor de Vigil se mueven personajes femeninos de indiscutible fuerza, como Mercedes, amante de Vigil y compañera de trabajo en la investigación histórica; Oralia, también amante de Vigil, que con su fidelidad a Vigil y su entrega incondicional, contrasta con la fuerza de la arrebatadora pasión de Mercedes; Fernanda ­la hija de Vigil, a quien éste ama entrañablemente­ a cuya evolución psicológica de la infancia a la adolescencia, asistimos con interés y que apoya en su definición femenina, Oralia; Romelia, joven periodista, enredada sexualmente con Vigil, en un ingrato papel de Mata Hari, cuando se suceden los problemas que culminan con el derrocamiento de Sala de la dirección de La Vanguardia, por obra de un oscuro personaje de la novela: Aurelio Cassauranc especie de codueño del periódico, tan oscuro como Abel Acuña, hombre de gobierno, que, desde la sombra, pretende sostener la apertura periodística de La Vanguardia y de La República ­el diario que funda Sala, una vez destituido de la dirección del primero­, porque al gobierno le interesa políticamente que haya una voz disidente en el coro informativo. No puede dejarse de mencionar dentro de la bien perfilada galería de personajes femeninos, la figura de Paloma Sampiero, compañera de Santoyo, también investigador de historia, que se une a la subversión de los grupos clandestinos ­que hubo en la década del setenta­ una vez que la policía da muerte a su hermano Santiago, líder de uno de esos grupos subversivos secretos, después de apresarlo. Esta galería de personajes se completa con la figura de un hombre leal y bueno: Leonardo Botero.

Posiblemente lo que hace más atractiva la novela de Aguilar sea la forma en que está escrita. Aguilar Camín es quien resume lo que Vigil ha escrito en su diario de vida, (a quien cita textualmente con frecuencia) que pone en sus manos Oralia, después que Vigil es muerto en una oscura pendencia en un prostíbulo al que ha acudido. De hecho, los apuntes y pensamientos de Vigil, expresados en su diario, se conectan con la trama de la novela, enriquecida además con las apasionadas cartas y poemas de Mercedes Biedma, una vez que Virgil rompe con ella.

En fin, una novela ciertamente interesantísima que merece un análisis en profundidad que no hemos hecho en esta reseña, lo cual no impide señalar que es una de las obras narrativas de mayor envergadura de la última novelística iberoamericana.

SANTIAGO QUER ANTICH

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