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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.13 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112001001300016 

Nicanor Parra:
Premio Juan Rulfo
y el discurso de sobremesa

 
Jaime Quezada,
Nicanor Parra tiene la Palabra,
Aguilar Chilena de Ediciones Ltda.,
Santiago de Chile, 1999.
 
Ricardo Benítez
Estudiante de 3 año
Pedagogía en Castellano

Nicanor Parra tiene la palabra se estructura a partir de un extenso prefacio introductorio a cargo del poeta Jaime Quezada, quien es el encargado de compilar este volumen. El crítico se encarga de presentar el libro, y justifica la necesidad de editarlo convencido de estar frente a un valioso documento literario.

El «Discurso de Guadalajara» o «Mai Mai Peñi», como se encarga de bautizarlo el mismo Parra, comienza con una cita de Juan Rulfo bastante orientadora acerca del sentido y propósito que tiene este texto como referente cultural, literario y político:

«Nos salvamos Juntos
O nos hundimos separados»

Quizá lo más atrayente y singular del texto radica en el capítulo que se inserta a continuación del discurso, donde se plasman los comentarios, críticas y opiniones de una serie de personajes que entran en un diálogo franco y profundo acerca de los alcances que las propuestas y denuncias de Parra tienen. En esta galería de personajes destacan sobremanera las opiniones de Alfonso Reyes, Fernando Alegría, Iván Carrasco, Delia Domínguez, y el incuestionable aporte polémico de una serie de «personajes literarios»(casi todos escritores muertos), quienes, gracias a la pluma que el mismo Quezada se encarga de propiciarles, dan su particular visión acerca de la coyuntura en el que está inserto el discurso. Ahí están la Mistral y Borges, Ezra Pound, Neruda, Violeta Parra, Pedro Páramo y hasta el mismo Arthur Rimbaud.

La cita que se incluye al inicio de este acápite, es también bastante iluminadora acerca de los alcances de incluir este diálogo vital para la literatura:

«Ha llegado el momento de modernizar esta ceremonia.
El respetable público dirá»

El «Discurso de Guadalajara» que pronunciara el poeta chileno Nicanor Parra, con motivo de la obtención del Premio de Literatura Juan Rulfo en el año 1991, está atravesado casi completamente por el uso deliberado de las palabras más convencionales y trajinadas del discurso azteca (con alusiones al mismísimo Chavo del Ocho): las frases hechas, las muletillas, los tics de intelectuales y burócratas mexicanos(incluidos los miembros del jurado), así como la incorporación de términos de los saberes del siglo XX, a los cuales finalmente se termina por inhumar en virtud de la necesidad de dar comienzo a un nuevo milenio. Es este un discurso «disparatado» que apela a la parodia, al humor negro, al erotismo y al ingenio popular, el cual, a través de paradojas, contrastes y contrasentidos produce un efecto de sorpresa intelectual entre los oyentes.

Según Jaime Quezada, Nicanor Parra tiene la Palabra se propone como un artefacto que transgrede inteligentemente el formato más tradicional del discurso oratorio y académico. Este texto se instala con toda autoridad, propiedad y estilo dentro del corpus que el mismo Parra se ha encargado de fundar como la tradición del discurso de sobremesa, estilo y práctica del ritual de, primeramente, dar la palabra a quien acompaña en la velada. Entendido este concepto, no llama a sorpresa hallar en el libro el aporte de una gran cantidad de intelectuales, quienes dialogan con el autor sobre aquellos alcances estéticos y literarios que van conformando esta común relectura que se hace sobre el canon oratorio. Nos parece particularmente valioso el aporte del literato Alfonso Reyes, quien se refiere a la situación política en que se encuentra el artista mexicano, respondiendo a la acusación de Parra en orden a ser un intelectual demasiado purista. El crítico Mario Rodríguez, por su parte, se encarga de rendir un muy sentido homenaje a Nicanor por su verso mordaz, carnavalesco y satírico, al tiempo que, de paso, define más exhaustivamente el discurso de sobremesa, tan propio de nuestras instituciones más tradicionales, en las que resulta usual que, cuando todos están «medio envalentonados», se le pide la palabra a alguien que asume una voz ceremonial: así cobran vida los discursos de las instituciones benéficas, deportivas, los nostágicos recuerdos de ex compañeros de curso, etc. Según Rodríguez, estos discursos son muy difíciles de llevar a cabo, pues el encargado de dirigirse a los presentes corre constantemente el peligro de ser interrumpido. Aun así, Parra comienza su discurso pidiendo disculpas a los presentes, conociendo el peligro de exponer su pensamiento.

Los valores tradicionales de la cultura mexicana representados en Rulfo ­poder de convergencia, cohesión y estabilidad en las relaciones humanas­, parecen desarticularse. Esta desintegración parece plasmarse en el antidiscurso de Parra. Nicanor aparece como la conciencia determinada por los valores y concepciones de una cultura popular, esencialmente integradora, una experiencia que es agredida por agentes de alienación moderna. Parece ser angustioso para él vincularse o tomar conciencia de un México que apela a la condición fragmentaria, disolvente de todo sentimiento de unidad de la vida y de la cultura cotidianas en los espacios urbanos del mundo contemporáneo. La de Parra es la experiencia subterránea de un caos, de sutiles redes que transportan la alienación, fragmentando la conciencia, de modo alarmante en su caso, puesto que la suya tiene como ámbito formativo original una cultura tradicional.

A pesar del Parra tradicional, parece ser que en una primera instancia de esta travesía mental que comprende el Discurso de Guadalajara, los presupuestos con los que el poeta chileno ingresa a la cultura mexicana van siendo alterados, por lo que se impone una nueva experiencia, un 'redescubrimiento' del mundo. Justamente esta tentativa del reconocimiento inesperado de la permanencia de un mundo es lo que nos quiere comunicar, y aquello para lo cual Parra solicita nuestra adhesión:

Cuál es la moraleja de este cuento:
Que parece estar alargándose más de la cuenta
Muy sencillo señoras y señores
Hay que volver a releer a Rulfo
Yo no lo conocía créanmelo
Me encantaba
Pero eso era todo
No lo había leído en profundidad
Ahora veo como son las cosas

El mundo de Rulfo, su persona, es invocado como el lugar de resguardo y protección contra la temporalidad y la agresión de la sociedad en que realmente se vive. La evasión del poeta en su experiencia de Rulfo, el tránsito hacia la conciencia de un mundo mejor, en el cual se satisfagan los anhelos de una justicia posible, tiene su origen en la experiencia insoportable de la fugacidad de la existencia:

No sé que decir
A los 77 años de edad
He visto la luz
+ que la luz he visto las tinieblas

El lirismo de solemnidad que caracteriza a un posible discurso de agradecimiento es atenuado en Parra por observaciones irónicas o disparatadas, empleando un registro linguístico carente de énfasis. En esta línea de enunciación, Parra adoptará el uso de formas de composición y modos expresivos del habla popular. Así, el antidiscurso académico o el discurso de sobremesa como lo ha definido el mismo vate chileno, se va definiendo por el uso deliberado y provocador de prosaísmos y efectos del collage verbal, dentro de un espíritu anárquico y con una mirada que ataca toda forma de percepción rutinaria de la existencia humana, en gran medida a partir de un fuerte extrañamiento hacia la vida moderna.

El discurso de sobremesa se funda en la experiencia de una sociedad represiva que deforma y obstaculiza las posibilidades reales de la plenitud del hombre, como nos sentencia en «Frases Par(r)a el Bronce»:

Porvenir
Una bomba de tiempo

Consumismo
Serpiente
Que se traga a sí mismo x la cola
Mucho se habla de derechos humanos
Poco

Nada casi de deberes humanos
Primer deber humano
Respetar los derechos humanos

Así, el discurso de agradecimiento se transforma en una empresa de reconocimiento y en la apertura de un hombre aquejado por la conciencia de la futilidad del premio, doliente ante la ingratitud, ante la inutilidad de la cultura como expresión de la humanidad tras el holocausto de Auschwitz, y ante el español como lengua muerta.

Este intento de comunicación y persuasión hacia México y la humanidad se funda en la presuposición parriana de una coincidencia fundamental (de supuestos y prejuicios acerca de la existencia y el mundo) entre el poeta y los receptores del discurso de agradecimiento.

Este antidiscurso se presenta como un vigilante acusador de las deformaciones de las ideologías que sustentan el poder mexicano y latinoamericano. En su construcción puede observarse un «héroe antipoético» (el mismo Parra) que se desplaza por la cultura mexicana y que observa desde el interior de los lugares públicos o de los espacios urbanos; la ironía o el sarcasmo que sacan a la luz lo oculto, que vuelven sospechoso lo evidente, que cavan y hacen visible un vacío ante lo que parecía sólido o confiable. El antidiscurso desgarra al lector y al oyente mexicano y al mundo cotidiano que este habita, pero no lo hace sin exponerse, porque él mismo está implicado como estructura en el juego de significaciones: su propio cuerpo lingüístico se presenta igualmente desgarrado.

Solo la conciencia de Parra deliberadamente entregada a la ingenuidad ha permitido el reconocimiento de una permanencia de la cultura mexicana como la misma de antes. Sin embargo, la posición del poeta no es sólo ingenua; él se nos ha mostrado también en una relación de ironía con respecto al mundo puesto y reconocido:

Agradezco los narco-dólares
Harta falta que me venían haciendo
Pero mi gran trofeo es Pedro Páramo

Desde el punto de vista de la retórica, se podría decir que la totalidad del poema-discurso desarrolla una atenuación, figura que consiste en no expresar todo lo que se quiere dar a entender, sin que por esto deje de ser comprendida la intención del que habla. En este sentido, el antidiscurso academicista puede concebirse como una operación de desarticulación de los recubrimientos ideológicos de la realidad. El lenguaje es puesto en evidencia como instrumento de ocultación y el antidiscurso se presenta como construcción y artificio: se pone en duda a sí mismo y a su autor. Así Parra aparece como un sujeto balbuceante, inseguro y un tanto estupefacto, que no puede presentar una personalidad definida ni una visión de mundo estructurada. De este modo, la posición o actitud del poeta se nos muestra a través de un discurso paradójico, en el cual se presenta una afirmación, que a continuación es relativizada progresivamente.

Lo más interesante del texto parece ser su compromiso con la insubordinación. Y en este decidido esfuerzo de transgresión, Parra opta por una táctica: la de, en primera instancia, condescender con el público mexicano y con su cultura. Parra alaba deliberadamente a Rulfo (él no es nadie comparándose al escritor mexicano). Es la adulación extrema para poder seguir contando con la atención y la aprobación de un público a quienes debe preparar para exponer con (c)rudeza lo que realmente quiere denunciar (enunciación fuerte, incluso agresiva: posibilidad cierta de interrupción). Parra debe asegurar(se) de contar con la atención del público (ya «domesticado»), muy dispuesto a oír. Denuncia que los mexicanos miran con recelo, que escuchan con desconfianza. Así, el clima en la sala se torna violento. Ese es el triunfo de Parra: el aire se enrarece, lo rancio aflora. Hay una sensación de intranquilidad en los presentes.

Sin embargo, Parra articula una táctica que transita entre la agresión y la adulación: parece terminar convenciendo a los oyentes de sus méritos para el reconocimiento, como de su contribución a la cultura latinoamericana. Un golpe final magistral, que termina con todos como amigos, con el deber cumplido de la magna tarea que se ha propuesto el antipoeta: que todos nos «saquemos los balazos», expresión típica nuestra que justifica la necesidad de un orador dentro de una tertulia criolla.

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