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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.14 Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112003001400013 

Literatura y Lingüística Nº14

Ecos y reflejos de nuestra lengua

Discurso con ocasión del Día del Idioma, 23 de abril, 2003

Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez
Juan Antonio Massone del C.

Resumen

En este discurso conmemorativo de la lengua castellana, el profesor Massone pasa revista a las diversas etapas de la evolución cultural de nuestro idioma desde sus orígenes. Se pone de relieve la importancia ineludible de Cervantes en el afianzamiento de un canon idiomático, al tiempo que se muestran los distintos registros que la lengua ha alcanzado, poniendo énfasis en el legado de los poetas del Siglo de Oro español. Finalmente, se articula una reflexión a partir de la idea de Martin Heiddeger, según la cual la palabra es la morada del ser, concepto que permite establecer un fructífero diálogo con el Quijote cervantino.

Palabras claves: Miguel de Cervantes - lengua castellana
00000000000000- evolución cultural

Abstract

In this commemorative article of the Spanish language, Mr. Massone revises the different stages of the cultural evolution of our language since its origins. The unavoidable importance of Cervantes in the standardisation of the language is emphasised, and at the same time it shows the diverse registers that the language has developed into, emphasising the legacy of the poets of the "Golden Century" in Spain. Finally, it articulates a reflection based on the ideas of Martin Heiddeger, where the word is the home of the self, concept that allows us to establish a fruitful dialogue with Cervantes Quixote.

Keywords: Miguel de Cervantes - spanish language
000000000 - cultural evolution

Tal vez era el alba, después de rezar maitines, un día del año 977 de nuestra era, o de otro muy próximo, cuando un anónimo monje buscó estampar con mayor espontaneidad su reflexión en "fablar paladino", o en lengua romance, diríamos hoy, acerca de algunos sermones de San Agustín o de San Cesáreo de Arlés, porque en ello hay controversia. O quizás sus glosas conocieron de los pensativos reflejos de una tarde en el cenobio de San Millán de la Cogolla. Ese primer "vagido" del idioma castellano, como se ha mentado a las glosas del ignoto escribiente, estableció sin pretenderlo una dirección muy alta de la palabra que luego sería llamada lengua española y que, el poeta y estudioso Dámaso Alonso, sugirió se le nombrara hispanoamericana.

Nacía en un caviloso documento nuestra lengua escrita, hija del latín, y aquerenciada además con el árabe, el griego y, luego, con los nativos idiomas de América. Pero, como se sabe, la escritura sigue a la oralidad en que la vida humana colora y entona los más dispares matices y facetas que la integran en la comunidad parlante y en el silencio del habla personal de cada quien.

Sí, elevado fue el impulso y ocupación del primer escrito español, aún indeciso y salpicado de incómoda cotidianidad. Al tratar de una materia tan alta como lo es un sermón en que se le recuerda al frágil ser humano su carácter viajero en pos de un cumplimiento pleno en Dios, aquel silente monje confirmó esa juntura suprema del día y de lo eterno, de la gota y del océano, como se dan en contigüidad incesante de la existencia, las ocupaciones e intereses humanos. A partir de entonces, nuestra lengua se fortaleció, expandió presencias y continúa haciéndolo hasta el punto de constituir una de las dos más vigorosas de Occidente, en nuestros días.

Hoy, 23 de abril, se celebra el día del idioma -y por extensión el del libro-, en razón del tránsito a la eternidad del máximo exponente de nuestras letras, don Miguel de Cervantes, fallecido en 1616. Como se ignora la exactitud de su nacimiento terreno, debió escogerse el segundo y definitivo que todo ser humano vive alguna vez. Por esa razón la lengua pronuncia su nombre y lo encomienda a Dios en todos los países en donde existe alguna academia de la lengua. La nuestra, data de 1885, y a su iniciativa, otras corporaciones similares conmemoran desde hace mucho, una efeméride que sigue y continuará dando que hablar, porque la figura superior de Cervantes y su inmortal pareja ha sobrepasado los rústicos caminos de La Mancha, para ir por el mundo entero mostrando que el diálogo humano es posible y enaltecedor, aun cuando pueda sostenerse en humanidades tan distintas y dispares como lo son Don Quijote y Sancho Panza.

En vano pretender un examen acucioso de la inmortal novela en esta oportunidad. Aceptemos alguna de sus posibles puertas de ingreso, reconocidos y asombrados de su natural y sabio decir. Si algo resalta en ese libro que, según Dostoiewski, es lo más grande que se ha escrito en literatura, ello no es sino la constancia humana de ver y de decir con gracia sin par los mil y un desbarajustes y peripecias que tocan a nuestra condición, pero con espíritu de comprensión más que de amargura. Don Miguel de Cervantes, ese autor "más versado en desdichas que en versos", como él escribiera de sí, tuvo un alma grande al transformar las fatalidades y la desmayada fortuna de su biografía en páginas de ternura y enaltecimiento, así como dio ocasión a que el viaje de sus personajes centrales afrontaran el vivir teniendo presente un horizonte misional.

A no dudarlo, Don Quijote, Caballero de la Triste Figura, es un caso excepcional de humanidad que, si yerra muchas veces en la percepción de lo que llamamos realismo, anima el mundo porque lo sueña mejor de lo que le muestra la conducta amilanada y ramplona de su entorno y de su tiempo. Inconformista de espíritu, está lejos de ser un idealista de escritorio. Los desajustes de su ímpetu justiciero respecto de las mañas y decepciones que le propina esa caterva cerril y plebeya con que tiene que verse y tratar mientras camina, no hacen más que avivar en él sus propósitos de enmendar el mundo.

Pero no es asunto de olvido el que en la palabra de nuestro idioma -hablado hoy en día por más de cuatrocientos millones de personas-, las riquezas y miserias de la vida han hallado estampa, relieve y eco a lo largo de los siglos con riqueza tal, que no es impropio sostener un amplio porvenir para una lengua vigorosa y flexible, como lo es la nuestra, a pesar de la contumaz garabatosis y del mostrenco uso y abuso con que tantos y tantas se empeñan en basurearla, olvidando que la palabra viva lo es por su pródiga asistencia a los variados momentos de que goza y sufre nuestra vida. No está demás recordar lo apuntado por Martin Heidegger en esa estatuida verdad de su aserto: "La palabra es la morada del ser". Y si lo es, ¿por qué hacer de la propia casa un chiquero, renunciando a escuchar sus modulaciones que arrancan del corazón, toman forman en la mente y dejan vislumbre de lo indecible que habita en el alma?

Nuestro idioma jamás ha conocido de fatiga en su acogida de los más heterogéneos efectos de vivir y de morir, así también los tiempos de júbilo y de pesadumbre que embargan a los más altos y a los más pequeños de la sociedad. Esta palabra en la que vivimos, muestra las huellas ineludibles del conmovido amor y de las desgarraduras de su pérdida, o de la infaltable muerte, pero también hace gala de esperanza, de confianza, de esplendor. Entre las riquezas de la lengua existen aquellas dispensadoras de observación de la conducta que, en su crudeza, confirman la perdurable riña de bien y de mal, del inestable equilibrio y del afán de unidad humanos, así como estelas e impregnaciones de ímpetus y decepciones acuden por igual al momento de cobrar forma habitada en el decir y en el silencio.

¿Cómo olvidar la queja de los burgaleses al ver a don Rodrigo Díaz, caído en desgracia, socavado en su honra debido a la calumnia ponzoñosa de la envidia? "¡Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señore!". O cuando Jorge Manrique traza en sus Coplas esa su visión entera de la vida, como si pusiera en palabras de ondulaciones y semánticas, verdades incontestables a la altura de la memoria invencible, a despecho de corrosiones y de hastíos. Por lo pronto, una prevención necesaria de tener en cuenta: "No se engañe nadie, no/ pensando que ha de durar/ lo que espera,/ mas qué duró lo que vio,/ pues que todo ha de pasar/ por tal manera."

De vida y de amor, de finitud y de anhelo eternal, de coincidencias y desencuentros, de nobleza y de ruindad, de presencias y de alejamientos ha quedado transida nuestra lengua. Habla de hombres y de mujeres; habla dirigida a Dios y al propio corazón conmovido; habla a solas y acompañada; habla que es oralidad directa y burilado verso. Pensamiento, evocación, grito, vaticinio, perplejidad delante de lo bello, asco ante la vileza, ansia de más allá. La palabra nos nombra y nos silencia para que el viaje de los años reconozca la ambivalencia de los días en un crecimiento y en una despedida. Todo en ella recoge aliento de altitud y espacio por andar. Cielo y suelo. En medio el enigma, la promesa y el logro que, por encima de concreciones y especialidades, es siempre menor respecto de nuestra idealidad, tal como lo escribiera Gabriela Mistral en el decálogo del artista: "De toda creación saldrás con vergüenza porque fue inferior a tu sueño".

¿Podría olvidarse esa mixtura de fe y mundanidad que resuena en boca de Celestina cuando defiende su conducta con tanta astucia como reconocimiento de que lo aparente no agota jamás la verdad más honda de quienes somos y habitamos? Por eso, responde a la acusación de que es objeto con un decidido: "Si bien o mal vivo, Dios es testigo de mi corazón."

Y también se hospeda en la palabra española ese temblor por la Vida suprema en la famosa estrofa del siglo XIV que los místicos carmelitas, Santa Teresa de Avila y San Juan de la Cruz, supieron incorporar en poemas tan famosos como definitivos: "Vivo sin vivir en mí/ y en tan alta vida espero/ que muero porque no muero". A no callar el timbre de la voz y el pulso de la mano que escribiera aquel famoso soneto "A Cristo crucificado" que, si bien la historia no ha terminado de esclarecer su autoría, tampoco ello ha sido motivo de menguar elogios a su trémula confesión: "No me mueve, mi Dios, para quererte/ el cielo que me tienes prometido/ ni me mueve el infierno tan temido/ para dejar por eso de ofenderte."

Tampoco nos honraría olvidar la grave cavilación escrita por don Francisco de Quevedo en sonetos insuperables, al tratar del tiempo efímero, frágil y perecedero: "Ayer se fue, mañana no ha llegado/ hoy se está yendo sin parar un punto/ soy un fue, y un será, y un es cansado". Efectivamente, porque el desengaño es fuerte y heridor, llaga que deja la desmentida grandeza en que confiara la espera, hasta que un día esa "conciencia que me sirve de gusano", advierte que pompas y circunstancias son nada más que descenso, resumidero inexorable porque todo se convierte: "en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada", como escribiera Luis de Góngora. Lóbrega realidad de túmulo se le impone a la mirada al deslizarla sobre promesas, juramentos y seguridades en que lo humano apuesta su necesidad perdurable, ya que en unos y en otras cree descansar confiado de sus bregas y desvelos. Sin embargo, momentos hay en que se desprende la visión de lo ilusorio y aparece, ya no la figuración de los deseos, sino la desnuda y frágil conclusión que a todo envuelve: "y no vi cosa en qué poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte". Severa y huesuda, esa muerte copa horizontes y al ánimo desquicia la inapelable ley de las declinaciones con sus lugartenientes que son el olvido y el espanto. Entonces, sólo queda el retiro desde mentideros y sospechosas algarabías; tomar distancia para ver lo vivido y ponerse en orden. Para ver otra vez lo importante de lo real, sin el prestado sueño del candor o de la codicia. La existencia enronquece como suma de ilusiones y de espejismos vanos. Aconsejable el volver a las lecciones perdurables de la palabra. "Retirado en la paz de estos desiertos,/ con pocos pero doctos libros juntos,/vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos", nos dice el autor de La hora de todos.

Los siglos y las modulaciones no escamotean nuevos ejemplos de sabores agridulces en la palabra. Toca el turno al amor, esa anticipación de la eternidad en el tiempo, promesa de unidad, sueño despierto en cuyo llamado cada quien presiente la posibilidad cierta de la dicha más completa a que pueda aspirar un alma que, al fin y al cabo, existe para la plenitud. Hombre o mujer, cada uno porta en sí el secreto de océanos inconmensurables que pretende unificar y engrandecer junto a alguien que aviva los sentidos y estremece todos los sillares de estar vivo. Momento de cima es cada encuentro. Nada sabe remplazar sus dones y vislumbres. Suprema alegría de sentirse vinculado al universo por la intermediación de un ser que, perteneciendo al tiempo, nos torna dóciles al recuerdo de la más perdurable de las experiencias en el deseo de nuestra especie: ser feliz. Entonces, un poeta como Pedro Salinas, sabe declarar, impecable, aquella sencilla e inagotable verdad: "Qué alegría, vivir sintiéndose vivido", o él mismo cuando acierta a escribir: "Para vivir no quiero: /islas, palacios, torres, / qué alegría más grande/ vivir en los pronombres". Porque sobre todo eso es el amor, la vivencia de otro y la convicción de que habitamos el corazón de alguien, con nombre propio. Soy el tú; habrías de ser yo, para alborozarnos al pronunciar: nosotros. Persona plural, por aquello de que "en el amor uno más uno es uno", tal como escribiera Roque Esteban Scarpa.

Pero la grandeza del llamado a encarnar nuestra mejor opción de ser y la convergencia de propósitos que exige todo verdadero amor supone una correspondencia que los seres humanos, en el vaivén de los días, no siempre descubren con sincrónica aceptación. A veces uno se adelanta en el sueño mayor y advierte que alguien ocupa el centro de lo más íntimo y de su vida hace vínculo de esperas y anhelos de alba; en otras ocasiones, alguno coge el camino de regreso, establece lo imposible y cubre de llagas la promesa. Experiencia ésta de pérdida del paraíso. Momento de caída. El cielo vuélvese polvo; cúbrese de tinieblas la antigua certeza; las horas son impensables de vivir como no sea muriendo. Huye el sol y alguien queda innecesario. Se cumple entonces un dictamen no querido: "Ya no seré feliz. Tal vez no importa./ Hay tantas otras cosas en el mundo./ Un instante cualquiera es más profundo/ y diverso que el mar. La vida es corta,/ y aunque las horas son tan largas/ una oscura maravilla nos acecha,/ la muerte, ese otro mar, esa otra flecha/ que nos libra del sol, y de la luna, y del amor./ La dicha que me diste y me quitaste/ debe ser borrada. Lo que era todo/ tiene que ser nada. Sólo me queda/ el goce de estar triste, esa vana/ costumbre que me inclina/ al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina", escribió Jorge Luis Borges.

Sobreviene el recuerdo, aquel regreso de lo vivido en el corazón, al modo de un antídoto en que se refugia la tristeza, pues "con el número dos nace la pena", según el inolvidable remate de un soneto de Leopoldo Marechal. Recordar para que lo inmaterial continúe espejeando como una seña hasta donde no llegue la rapacidad de lo disuelto y deshecho por el adiós. Recordar, para que el olvido se olvide de olvidar.

Aquella enormidad que vuelca el orbe y pone en jaque el deseo de vivir no agota las inflexiones de la lengua española que sabe, a un tiempo, de reclamos y de elogios. Así en la religiosa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, cuando escribiera: "Hombres necios que juzgáis/ a la mujer sin razón/ sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que juzgáis". Por el contrario, no menos antológico el piropo que un trabajador de la construcción dirigió a una mujer, presumiblemente llamativa e incitante, para festejar sus apreciables dones físicos con estas palabras: "Mijita, si usted fuera un mapa, me lo sabría de memoria".

Pero entre las otras tantas cosas que quedan en el mundo, la denuncia de lo marchito y de los manejos de la injusticia aguija a la palabra para que la indiferencia no soberanee en la sensibilidad, y pueda nuestra especie mantener un corazón de carne, a pesar de los pesares con que los cainistas propinan inclementes ofensas a la vida. Despojos y dolor no son sino las muestras de una conducta anuladora del ímpetu de ser. A ello opónese el vigor conmovido de la lengua, la nuestra, premunida como está de labios habitados de oración, de encomio, de susurro amatorio, de temor y de temblor ante el misterio. Es preciso y urgente defender el pulso, el vuelo, la respiración al unísono de la estrella y del estambre. A esta cita apologética de los latidos, responden palabras como las del poeta Jaime Torres Bodet: "Un hombre muere en mí, /siempre que un hombre muere en cualquier lugar,/ asesinado por el miedo y la prisa de otros hombres./ Un hombre como yo,/ durante meses en las entrañas de una madre, oculto,/ nacido como yo, entre esperanzas y entre lágrimas,/ y como yo, feliz de haber sufrido,/ triste de haber gozado/ hecho de sangre, y sal, y tiempo, y sueño."

Y de esa humanidad transida de miserias y de grandezas, el mayor príncipe de nuestra literatura, don Miguel de Cervantes, supo explayar los modos y las razones de cumplir una misión, en los labios de nuestro señor Don Quijote. Cervantes nos legó un presente mayor: el convencimiento de que vivir vale todas las penas, porque trasciende de límites cuando se ennoblece el día y los años, y alguien vive empeñado en una tarea que involucra voluntad, intención y proyecto para bien de otros y mejoría del mundo.

En el capítulo XXXII de la segunda parte de la inmortal novela cervantina, Don Quijote responde a un canónigo que le ha reprendido con acritud por sus andanzas en el mundo. Esa respuesta vale por mil lecciones de honra y por otro millar afirmativo de alguien que dispone, desde lo más íntimo, de una finalidad honesta y noble de su profesión caballeresca.

Delante de los duques, espetó el hidalgo: "El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden, a lo menos, el haberme reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan en la blandura que sobre la aspereza, y no es bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera, y me manda a que vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿No hay más sino a troche y moche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus dueños, y habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es tiempo malgastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta irreparable; pero que me tengan por sandio los estudiantes que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite; caballero soy y caballero he de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho camino de la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros, por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y siéndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes."

He aquí una afirmación de ser, no a base de egoísmo ni de mera autorreferencia para llevar una vida rutinaria y seca; muy por el contrario, esta respuesta corresponde a quien ha descubierto un modo de ser más alto y más fecundo en el servicio de un ideal, justo cuando la mayoría de las gentes piensa descansar o jubilarse de toda entrega. Como quien se despoja del éxito externo, Don Quijote emprende el viaje hacia la glorificación de los dones recibidos. Gran descubridor del prójimo, quede su ejemplo, no atrapado en los errores de percepción o en sus desatinos conductuales, que los tuvo, sino en el convencimiento de que vivir sobrepasa los límites del propio yo, y esa es la condición que libera de verdad a la trampa de querer ganar el reino de este mundo en la acumulación de cosas y en el olvido estéril de los demás. Porque ser generoso es atreverse a vivir, a ser soberano en las circunstancias, y una disponibilidad tal tiene su origen en el respaldo con que cada persona está invitada a desplegar los dones recibidos. ¿No será aquel cimiento vigoroso, lo escrito por el mismísimo Cervantes en un poema, razón y ejercicio de la historia de cada biografía?

Quédese en cada uno, en esta ocasión, el recuerdo de esas breves palabras suyas al modo de emblema digno e insobornable tarea de ser persona: "Libre nací, y en libertad me fundo".

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