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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  n.14 Santiago  2003

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112003001400020 

Literatura y Lingüística Nº14

Nieve y avalanchas, una blanca
historia de riesgos en montaña
,

René E. León Gallardo,
Ediciones de Sta. Rosa de los Andes,
2003, 307 págs.

José A. de La Fuente
Universidad Católica Cardenal Raúl Silva Henríquez

Si quisiéramos preguntarnos, después de leer atentamente Nieve y avalanchas, una blanca historia de riesgos en montaña, qué es o representa este libro, seguramente la primera referencias sería a la memoria de una geografía infructuosa. ¿En qué género debiéramos encasillar este discurso de René León? ¿En la historia como relato fenomenológico de un pueblo condicionado a los relieves más fantásticos del planeta? ¿Al ensayo histórico? ¿Al periodismo historizado o historizante del sacrificio, del esfuerzo y de la creatividad humana? Es, qué duda cabe, una investigación histórica sobre las vidas y las muertes que procura la piedra milenaria en las alturas de la tierra. Aquí, el método es la vivencia acotada por las categorías de la nivometereorología desde la sensibilidad de un historiador testimonial.

En esta opción, a mi modo de ver, reside el estilo que marca la diferencia, entre hacer ciencia sólo con la razón instrumental o asumir la subjetividad sin temor a compartir con el lector ciertas penumbras luminosas.

Comparto con ustedes una lectura desde mi modesta posibilidad de intérprete de una realidad muy cercana a lo que ha sido mi vida de caminante por la cordillera, del ciudadano común buscando el horizonte de mi país detrás de la montaña, del joven que una vez descubrió las fuerzas centrífugas del universo al darse un porrazo en alguna quebrada del valle Aconcagua.

En la cordillera de Los Andes todo s majestuoso, oxígeno y magma de Volcanes, mineral cautivo en el silencio de las piedras, vuelo de pájaros grávidos de libertad, fuerza de gravedad que obliga a fortalecer los pulmones y las piernas antes que el cálculo y que el egoísmo. En la cordillera solo se puede ser amigo o compañero, el egoísmo no se permite entre las piedras…

El propósito de esta obra desarrollada en 14 capítulos, es entregarle al lector una exposición selectiva, de acuerdo a ciertos períodos y a ciertos acontecimientos humanos y laborales, de los escenarios y eventos trágicos vividos por distintos grupos chilenos, principalmente en su rol de empleados de servicio público, trabajadores de la minería, pilotos y deportistas. Su autor ha optado por cruzar la investigación científica con el relato, red generador de sentidos que desde siempre se ha reconocido en la crónica como la primera fuente de la historiografía. Por eso este es un libro que no deja indiferente; un libro que interpela y entretiene, porque el dato, el pormenor, la nota a pie de página están bien ensambladas con la intención subyacente del investigador: poner en común su protagonismo con los hechos que cifran la historia y con los sucesos que obligan a la fidelidad del periodista. Lo primero que llama la atención es verificar que existe "la muerte blanca" en oposición a otras muertes que se dan en otras geografías y en otras circunstancias y como toda muerte que no sea natural es evitable, es anunciada, se puede esquivar. Es la muerte por asfixia y por frío, la temida hipotermia después del accidente, de la caída y de la avalancha que nadie espera. Las imágenes, cartas, croquis, vistas aéreas, monolitos, casuchas, etc. Completan el relato y sitúan al lector en un ambiente extraño y poderoso manchado por la nieve. Es probable que este libro, sin un sus fotografías, nos hablaría a medias o en voz baja. Tal vez sin proponérselo en este trabajo René León nos demuestra la validez de la historia oral y de la fotografía, del periodismo y de la poesía para superar el discurso de la historia descriptiva tradicional.

No es mi intención entrar en una discusión sobre qué es la historia, cuáles son sus métodos dónde reside su eficacia discursiva para dar cuenta del pasado. Ya habrá otra oportunidad para hablar de estas cosas. Por ahora permítanme recoger algunos pasajes que me han llamado la atención y que constituyen la vértebra antropológica del conjunto del libro.

Qué particular necesidad y rara vocación había en el cuerpo y en el ama de los antiguos correos que cruzaban la cordillera con la correspondencia en la espalda. Cuántas palabras de amor y de desidia, cuantos compromisos rotos y esperanzas componía el secreto de la valija. Negocios, bienes, herencias o simples noticias para saber que en los faldeos del Atlántico y del Pacífico seguía permaneciendo la vida. El capítulo II, "La retirada del general Gregorio Araoz de Lamadrid", disidente del gobierno dictatorial de Juan Manuel de Rozas, en Argentina, nos evoca la incipiente actitud hospitalaria del chileno y del pueblo Latinoamericano en contra del colonialismo y del seudoprincipado ilustrado de los dictadores. A partir de este hecho, la huida obligó a algunos ciudadanos, entre ellos a "un anciano respetable y acaudalado vecino de Buenos Aires que estaba sentado, al lado de su caballo muerto y para beber su sangre" (p. 26). En el capítulo III, en medio de la visita del príncipe de Gales a la ciudad de Los Andes (1935), Eduardo de Windsor, este presencia una riña a cuchilla como producto de la intemperancia en el ámbito de un anticipado realismo mágico latinoamericano: un zapatero agrede a un panadero, ambos vecinos residentes en ciudad. Nos preguntamos si la tragicomedia era protagonizada por los pendencieros o por la actitud del juez de los Andes, quien pretendió citar al príncipe como testigo de los hechos y todo esto porque las avalanchas no dejaban avanzar al tren en los tiempos previstos. Así vamos registrando las importancia del telégrafo, del ferrocarril, de las relaciones internacionales y de los rescatistas. En síntesis, la muerte de 23 estudiantes salesianos en Lo Valdés, el 7 de julio de 1953, las acciones de salvataje en el mineral El Teniente; los 63 muertos en Los Bronces, Aguada de Los Machos en el cajón de La Disputada; la avalancha del portal del túnel Haulache I, que a través de los apodos de los obreros nos recuerda los mejores personajes de los cuentos y novelas de los escritores de la generación del 38: Mandolino, Pero, Chambeco, Mono Cangana, etc. La avalancha en la casa redonda, en Portillo; la del cajón de Los Leones, presagiada por los dolores de parto del cabo Montaño, integrante de una expedición de deportistas y militares que al parecer no contaban con los equipos necesarios; luego, como bien se denomina el capítulo XI, "La triste lección de los libertadores", el 3 de julio de 1984. El saldo de 27 muertos es patético en algunos testimonios, como por ejemplo, el de Antonio Vuskovic, quien le regla su reloj de cuarzo a Juan Ruiz en plenitud de conciencia antes de morir, y el del modesto aseador de baños Juan González, cuyo "cuerpo presentaba la particularidad de que su pelo se había puesto totalmente blanco y se lo descubrió en una actitud de miedo" (p.26) ¿Por qué la muerte regalaba su reloj y el miedo pudo llegar a encanecer el pelo? Es curioso cómo la muerte blanca se manifiesta de manera distinta en la ciudad o en un hospital.

El libro termina con un poema y una propuesta. La inocencia de una niña de 13 años, Argentina pone la nota realista y despide a las "Almas en el cerro". ¿Cómo es posible que en Chile, un país montañoso y accidentado por todos sus costados, no haya una legistlación que regule el uso del suelo en la montaña? ¿Qué saben los niños de Chile sobre flora, fauna y características geológicas de su Patria? Pareciera que en la manera de ser de los chilenos aún no se superan ciertas adolescencias; en el imaginario histórico-social falta la previsión en redes nivometeorológicas y sismográficas que permitan aminorar o cambiar el curso de los sacudones de la naturaleza. Chile es un país privilegiado en agua y no es posible que esta agua transformada en nieve, sea la estética de un paisaje maravilloso que frecuentemente sorprenda con dolores, pérdidas o lamentos. En consecuencia, Nieve y Avalanchas, una blanca historia de riesgos en montaña es una forma de alentar en la reflexión de ese espíritu previsor que amplía la mirada en lo que se es, en lo que se sueña y en lo que se debe salvaguardar para el futuro: las vidas y un periodismo de montaña que no sólo registre desgracias.

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