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Literatura y lingüística

Print version ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.27 Santiago  2013

 

 NOTAS

 

¿QUÉ ES UNA EDICIÓN DIPLOMÁTICO-INTERPRETATIVA?

WHAT IS A DIPLOMATIC-INTERPRETATIVE EDITION?

 

José Blanco Jiménez*

* Doctor en Filosofía y Doctor en Materias Literarias por la Universidad de Florencia (Italia). Universidad Santo Tomás, Santiago, Chile. joblar@gmail.com


Resumen

La filología, la ecdótica y sus ciencias auxiliares existen desde la Antigüedad, pero su estructura teórica fue propuesta sólo en el siglo XIX. Un poco más reciente es la diplomática, entendida como arqueología del documento. Aunque la edición diplomática pudiera parecer obsoleta ante la nueva tecnología, que permite reproducciones facsimilares casi perfectas, cumple siempre una función importante para los estudiosos y los lectores en general, sobre todo si está acompañada de un texto interpretativo.

Palabras clave: filología, ecdótica, edición diplomática.


Abstract

Philology, ecdotics and their auxiliar sciencies exist since antiquity, but its theoric structure was proposed only on XIX century. Diplomatics is a little more recent, understood as document's archeology. Although the diplomatic edition could seem obsolete due to new technologies -wich allows almost perfect facsimile reproductions- it always fulfills an important duty for scholars and general readers, especially if an interpretative text is enclosed.

Keywords: philology, ecdotics, diplomatic edition.


 

Mi edición diplomático-interpretativa del Liber De Montibus de Giovanni Boccaccio en la traducción castellana del siglo XV, realizada para el Marqués de Santillana, causó más de una perplejidad en el restringido ámbito académico chileno (Blanco, 2008). En efecto, la crasa ignorancia respecto de la filología deriva de la esmirriada participación de mis compatriotas en ese campo, salvo honrosas excepciones como los trabajos de Rodolfo Oroz, Mario Ferreccio y Gilberto Sánchez. Es por ello que esta breve prolusión al tema tiene una finalidad absolutamente didascálica: aclarar la terminología ecdótica.

Y empiezo precisamente por ese vocablo, introducido por el filólogo francés Dom Henry Quentin (1872-1935), que deriva del griego ékdotos edito y que se refiere a la crítica del texto, cuya finalidad es la de acercar un texto lo más posible a su forma originaria, o sea a la voluntad del autor.

1. La filología y la ecdótica

La ecdótica (del griego ékdosis = publicación) o crítica del texto, es precisamente el conjunto de los principios, de los métodos y de las técnicas que la filología utiliza para reconstituir un texto en su forma original. Esto es, su objetivo es recuperar la voluntad del autor de un texto, alterado por los accidentes que se han producido a través de las copias sucesivas de los manuscritos que lo conservan.

La palabra filología significa "amor por la palabra" y se usaba ya en la antigua Roma para indicar el amor por la erudición y los estudios lingüístico-literarios. Durante el Medioevo se usó escasamente y tendía más bien a relacionar la unión de la sabiduría con la elocuencia, como en la obra alegórica De nuptiis philologiae et Mercurii (Las nupcias de Mercurio y la filología) de Marciano Capella.

El centro de interés de la filología está en el texto, literario o documental, que debe -antes que todo- ser considerado auténtico, esto es, que haya sido escrito por el autor al cual ha sido atribuido. En caso afirmativo, es necesario verificar si llegó hasta nosotros en la misma forma que lo compuso su autor. En efecto, antes de interpretar un texto, de emitir un juicio estético acerca de éste, es necesario saber si es el verdadero autor, si pertenece al tiempo o al ambiente al que está referido. Todo esto es aun más válido si se quiere utilizarlo para obtener un dato, para certificar la verdad o falsedad de sus aseveraciones. De allí que sea importantísimo establecer si el texto que tenemos ante los ojos corresponde exactamente a la voluntad de quien lo escribió o si su mensaje ha sido profundamente alterado por otros, ya sea de manera intencional o inconsciente.

En su viaje a través del tiempo, el texto puede haber sufrido modificaciones en sus sucesivas copias a mano. Tal vez era casi imposible reproducir fielmente el texto que se estaba copiando (ejemplar) y en cada nueva copia se introducían errores debido a una mala comprensión de los signos gráficos o del sentido de lo expuesto. Pero había también errores intencionales, cuando el copista se sentía autorizado a "corregir" el texto según su propia sensibilidad o ideología. Esto es lo que ocurre sobre todo en los manuscritos que van desde la Antigüedad hasta el siglo XV, de los que conocemos solamente copias que contienen numerosas diferencias con respecto a la voluntad del autor (o a su última voluntad, si la obra tiene varias redacciones).

Además de reconstruir las formas originales de un texto, la filología aplica los mismos principios lógicos para reconstruir los datos culturales que constituyen las fuentes del autor, tales como el ambiente y/o el período histórico (lo que incluye biografías, bibliotecas, circulación de los textos, presencia de las instituciones escolares, etc.). Por lo tanto, es también una investigación de carácter filológico la que se propone el conocimiento y la reconstrucción histórica de un hecho o de un problema literario, histórico o cultural y emplea críticamente todo otro posible testimonio histórico. De este modo, según las áreas lingüístico-culturales de trabajo, se distinguen varios tipos de filología: clásica (textos grecolatinos), romance o románica (textos en lenguas neolatinas), germánica (textos góticos, alemanes, anglosajones, escandinavos), medioeval y humanística (textos de los siglos V a XVI, prevalentemente en latín, etc.).

La filología abarca también el campo de las artes visuales (restaurando los daños que ha provocado el tiempo en las obras, restituyéndolas al diseño y los colores originales) y musicales (por ejemplo, eliminando las inserciones que nunca fueron escritas por el autor). Pero ambas corresponden a otras disciplinas, que no es el caso de tratar aquí.

1.1. Breve historia de la ecdótica

A pesar de que el nombre ecdótica es reciente, se trata de una disciplina muy antigua. El surgimiento de la filología llevó a la exigencia de restaurar textos que habían sido manipulados y de ello ya existe documentación en el Museo de Alejandría de Egipto, fundado probablemente por Tolomeo Filadelfo alrededor del 280 a.C.

En éste, fueron corregidos los textos de Homero y de obras antiguas, como las tragedias y comedias. Allí se consolidaron dos puntos críticos que conservan toda su actualidad:

El usus scribendi: el análisis comparativo de la lengua utilizada por el autor en sus obras para individualizar las particularidades lingüísticas y estilísticas;
La lectio difficilior: cuando una palabra no resulta común en el conocimiento lingüístico de los transcriptores, ésta debe ser aceptada como genuina ante sus eventuales variantes, testimoniadas por otros manuscritos. Esto porque, en esos casos, puede tratarse de una trivialización, esto es, que ha sido "traducida" en una forma más usual y fácil de comprenderse.

Es importante recordar que los filólogos alejandrinos no corregían el manuscrito, sino que colocaban signos junto a las palabras en discusión para indicar que se debían consultar notas monográficas que escribían acerca de ellas. Los principales eran: el óbelo o lemnisco) (÷), para indicar un verso espurio; el asterisco (*), para indicar un verso erróneamente repetido en otro lugar del texto; y el antisigma (_), para indicar un desorden en las líneas.

Menos documentada aparece la actividad filológica en el mundo romano. Se destacan sólo las figuras de Valerio Probo, comentarista de Virgilio a fines del siglo I d.C., y Aulio Gelio, que a comienzos del siglo II d.C., recogió copias de antiguos textos en sus Noctes Atticae. Fue este último quien aplicó algunos principios que aún resultan válidos:

El libro más antiguo (vetus) que el filólogo está usando tiene mayores probabilidades de conservar la lección correcta;
La lección testimoniada por el mayor número de manuscritos tiene mayores probabilidades de ser la correcta ante las otras que están reportadas por un número menor de testimonios;
Una lección más fácil y usual, por lo tanto más comprensible (lectio facilior), puede haber sido reemplazada de una forma inicial más rara y difícil (lectio difficilior);
Algunas variantes de lección pueden haber sido transferidas de otro códice que contenía la misma obra (contaminatio).

 Por su parte, el gramático Mario Servio Honorato (fines del siglo IV d.C.) corrige los textos de Virgilio, sobre todo por conjetura. Entre ese período y el siglo VI, surgen correctores de textos antiguos (casi todos anónimos) que tratan de rescatar autores-símbolos de un mundo cultural en extinción (Apuleyo, Cicerón, Persio, Lucano, Tito Livio).

La figura más importante del mundo romano-cristiano, en el campo de la filología textual, es, sin duda, San Jerónimo (Eusebius Sophronius Hieronymus, Estridón, Dalmacia, 340 aprox. - Belén 30 de septiembre de 420). Alumno, al igual que el citado Servio, del gramático Elio Donato traduce al latín las sagradas escrituras, estableciendo un texto que todavía se conoce como la Vulgata (vulgata editio = edición para el pueblo) y que - hasta 1979 - fue el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Precisamente, San Jerónimo advirtió que la técnica de reproducir los textos de forma manuscrita implicaba el riesgo de alterar el texto original de un autor. Esto quiere decir que las corruptelas pueden acrecentarse a través del tiempo, si es que se copian textos que ya traen errores. Por su parte, el monje cisterciense Nicola Maniacutia (mediados del siglo XII), considerado uno de los más importantes "críticos del texto" medioevales, observa que un original es corrompido por un copista cuando éste - voluntaria o involuntariamente - agrega, quita o modifica arbitrariamente letras, sílabas, palabras o enteras frases. También las glosas, que aparecen en los márgenes y en las interlíneas, son causa de error si se insertan en el texto. Ya el gramático irlandés Sedulio Escoto (siglo IX) había establecido la diferencia entre códice (cualquier volumen escrito del que no se hayan sacado copias) y ejemplar (copia que se obtiene de un códice).

Está claro que, durante el Medioevo, la crítica textual se preocupó sobre todo de la tradición bíblica, porque la palabra de Dios debía ser única y unívoca. Las corruptelas textuales eran consideradas peligrosas para la ortodoxia de la fe y, por lo tanto, para la salvación del alma. Y se debe considerar que, fuera del descuido de los copistas, estaban las modificaciones que introducían adrede los heréticos para justificar su propio credo. El texto sagrado judeo-cristiano parte de un criterio apriorístico fundamental: se considera que el texto hebreo es más correcto que el griego y éste es más correcto que el latino. En este último, se sumaban los posibles errores debidos a las dos fases de traducción. Lo ideal, entonces, habría sido revisar el texto latino en los ejemplares de la versión griega (lengua que, en ese tiempo, era poco conocida) y en los ejemplares en hebreo si hubiese sido necesario (lo que era casi imposible, por ser una lengua casi desconocida). Además, los textos conservados en las sinagogas se limitaban a la Torah.

Durante la Edad Media, los principios críticos y los métodos utilizados son, por lo tanto, los siguientes:

La atendibilidad de los testimonios antiguos o, en el caso de los textos bíblicos, de la redacción en textos escritos en lenguas que preceden al latín;
La ley de la mayoría: si la mayor parte de los testimonios directos del arquetipo presenta una misma lección, ésta representa con toda probabilidad la que estaba presente en el original. Sirve para escoger la lección genuina, de manera mecánica, entre las variantes, a través del stemma codicum;
La corrección por collatio (colación o emendatio ope codicum), comparando otros manuscritos de la misma obra. En este caso, deben usarse ejemplares cuya antigüedad sea garantía de mayor corrección textual. Esta operación, que ahora es fundamental para reconstruir el original, era utilizada sólo para mejorar el texto del que disponían, recurriendo a otros manuscritos en busca de lecciones preferibles a las que tenían. En la actualidad, se mantiene la norma por la cual si un manuscrito es copia exacta de otro, resulta inútil para restituir el texto original de la obra.
La corrección por coniecturae (conjetura o emendatio ope ingenii), sin otra ayuda que el juicio del corrector. Esta práctica tiende a banalizar el texto, sobre todo en presencia de lecciones de mayor dificultad o rareza (lectiones difficiliores). De llevarla a cabo, se puede perfeccionar recurriendo a la tradición indirecta. Por ejemplo, a las fuentes griegas de un texto latino o a las citas que un autor hace de otro autor. Para trabajar seriamente por conjetura, se requiere de amplios conocimientos de gramática, sintaxis, léxico, estilística, historia, mitología y de la disciplina a la que se refiere el texto en cuestión. Además, es probable que una conjetura sea buena cuando hay cierta similitud "paleográfica" entre la lección errada y la que se considera correcta, esto es si son parecidos el aspecto y el número de las letras del texto que se quiere corregir. La corrección conjetural se debe servir de variantes alternativas testimoniadas por manuscritos de la tradición y -sobre todo- debe respetar las peculiaridades estilísticas del texto, evitando introducir lecciones aparentemente correctas, pero que contrastan con el estilo del autor. Es lo que se llama el criterio de la verificación del usus scribendi del autor. 

Cabe señalar que, tanto en la collatio como en la conjetura, se corre el riesgo de convertirse de corrector en corruptor. Además, hay que considerar que todos corregían la puntuación, que es uno de los elementos constitutivos del texto más alterables. Un punto o una coma mal puestos pueden cambiar todo el sentido de una frase. Me permito recordar un proverbio italiano: "Per un punto, Martino perse la cappa" (= Por un punto, Martín perdió la capa). Se refiere a la capa de prior del convento, que el monje Martino perdió, porque colocó un cartel que debía decir, en latín: "Porta patens esto nulli claudatur onesto" (= Está abierta esta puerta, no se cierre a ningún hombre honesto). Por error, puso un punto después de la palabra "nulli" y, por ello, se leyó: "Porta patens esto nulli. claudatur onesto" (= No se abra la puerta a nadie. Se cierre al hombre honesto.)

Con el desarrollo del Humanismo (a partir del siglo XIII), la filología textual tiene un momento áureo debido al descubrimiento de numerosos textos clásicos y patrísticos desconocidos o de testimonios más antiguos y correctores de autores ya conocidos. Es necesario recordar a personajes fundamentales como Lovato Lovati (1241-1309), Albertino Mussato (1261-1329), Francesco Petrarca (1304-1374), Giovanni Boccaccio (13131375), Coluccio Salutati (1331-1406), Poggio Bracciolini (1380-1459) y Angelo Ambrogini el Poliziano (1454-1494) y Lorenzo Valla (1407-1457), entre muchos otros. Son los humanistas quienes enfrentan algunos problemas con criterios modernos. En particular, el tema de los errores de los copistas. Por ejemplo, Salutati -a pesar de no aportar mucho más a cuanto ya había planteado San Jerónimo- distingue entre errores voluntarios (por ignorancia), errores involuntarios (por distracción) y errores provocados por las glosas (marginales o interlineares). Más adelante, se señalará la posibilidad de error del copista debido a la dificultad que el mismo tiene para leer los ejemplares antiguos.

Cuando el filólogo alude a una edición, se refiere a poner al alcance del lector un texto que -a través de una intervención de crítica textual-pueda ser leído, analizado y profundizado, tanto desde el punto de vista lingüístico como literario. Para llevar a cabo esa tarea, es necesario manejar varios campos del saber, tales como la historia y la filosofía, sirviéndose además de ciencias auxiliares como la paleografía y la codicología.

1.2. Las ciencias auxiliares de la filología

La paleografía (del griego palaiòs = antiguo y grafè = escritura) es un neologismo del siglo XVIII y se aplica a la disciplina que estudia la historia de la escritura, sobre todo manuscrita. El paleógrafo debe tener la capacidad de leer comprensivamente un texto antiguo y de transcribirlo en caligrafía moderna, pero también de establecer su autenticidad y una conexión -en todos sus aspectos- con la actividad del que escribía en el pasado. Se ocupa de los textos manuscritos en cualquier lengua y en cualquier ámbito cronológico, antes y después de la difusión de la imprenta. Existe, por lo tanto, paleografía latina, paleografía griega, paleografía árabe, etc. Además, tiene como objeto establecer el género (notarial, libraria, cancilleresca) y el tipo (merovingia, carolina, beneventana, uncial, gótica, etc.) de las variadas escrituras.

La denominación de codicología también es reciente (primera mitad del siglo XX) y ha sido definida la "arqueología del libro". En efecto, estudia los manuscritos en su aspecto material: confección, estructura y encuadernación. En sentido más amplio, sigue la historia del libro con respecto a su público, su fortuna, su conservación y todas sus vicisitudes. Del libro impreso, en cambio, se ocupa la bibliografía textual.

Actualmente, cuando hablamos de libro, nos referimos a un producto impreso. En cambio, cuando se trata de un producto hecho manualmente, se le dice, precisamente manuscrito. Este último vocablo se refiere a múltiples formas de escritura: documentos, cartas, apuntes, mensajes, etc. En el caso de una colección de folios debidamente cosidos y encuadernados, se habla de códice.

Debido a la difusión de la imprenta y de la computación, el término manuscrito tiende a desaparecer con el significado de libro y se mantiene sólo en su acepción más amplia. Mientras el libro impreso y en versión electrónica es fruto de técnicas de reproducción desarrolladas por máquinas, el manuscrito es obra exclusivamente humana, lo que implica toda la falibilidad que le es propia. En efecto, pueden influir los estados de ánimo, las circunstancias ambientales, la atención, el cansancio, el aburrimiento, un cambio en las convicciones, etc. Por lo tanto, nunca dos copias van a ser absolutamente iguales y ello influye en la fidelidad del texto. El manuscrito, como producto del hombre, es absolutamente irrepetible. Además, el manuscrito requiere de un soporte que sea idóneo para recibir la tinta y que sufre un deterioro a través del tiempo: papiro (tiras prensadas de una planta acuática, presente ya en el 2.800 a.C.), pergamino (membrana sutil de animales, a partir del siglo IV) y papel (pasta de fibras vegetales, que llegó a Occidente en el siglo X).

Las exiguas dimensiones de estos soportes exigían el uso de numerosas abreviaturas. Éstas son de varios tipos: por signo específico (representa particulares letras o sílabas), por truncamiento (sólo se escriben las primeras letras de una palabra y las otras se omiten), por contracción (se escriben las primeras y las últimas letras). El sistema abreviativo ya existía en la epigrafía romana, porque se solían repetir las mismas palabras y, de esa manera, se ahorraba espacio, tiempo y trabajo. Además M. Tulio Tirón, liberto de Cicerón, inventó un alfabeto taquigráfico (= escritura veloz), del que algunos signos se conservan todavía. Durante el Alto Medioevo, las abreviaturas fueron propias de cada región (insular, visigótica, ítalo-franca, etc.) hasta la difusión de la minúscula carolingia. El florecimiento del mundo universitario en los siglos XII y XIII exige la rápida reproducción de los textos y nace un sistema de abreviaciones de valor casi universal en lo que a la escritura latina se refiere. Con la difusión de la imprenta, el uso de las abreviaturas se fue diluyendo hasta desaparecer completamente en el siglo XVI, excepto en las obras de carácter técnico (especialmente las de corte legal).

También la puntuación tuvo una evolución, desde el espacio en blanco hasta el punto exclamativo (siglo XVI), pero reduciéndose sobre todo a los puntos y comas.

Según sus características, el códice recibe distintos apelativos:

•      vetustissimus: el más antiguo que se conserva de una obra.
•      unicus: un códice que proviene de una sola mano, por lo que es imposible la collatio.
•      original: es el texto que está a la base de la tradición manuscrita.
•      arquetipo: un códice hipotético, perdido, copia directa del original, del cual se considera que derivan todos los otros testimonios que poseemos.
•      hológrafo: escrito de puño del autor (sinónimo de autógrafo).
•      idiógrafo: escrito bajo la supervisión del autor.
•       optimus: la copia considerada como la mejor, sea por antigüedad, o porque contiene pocos errores.
•      interpositus: una copia perdida que se supone intermedia entre el arquetipo y los testimonios conservados.

Según su posición en un stemma codicum, el códice puede ser:

•      ascendente, si desciende de otro en línea directa.
•      antígrafo, si se trata de la copia-modelo de la que se obtiene otra.
•      apógrafo, si es copia, generada del original o de otra copia. Según los textos que en él se encuentran, el códice puede ser:
•      misceláneo: contiene obras de varios autores o de diversos argumentos.
•      compósito: compuesto por varios códices de proveniencia diversa.
•      adéspoto: si no aparece el nombre del autor.
•      anepígrafo: si no aparece el título de la obra.
•      acéfalo: si está mutilado al inicio.
•      opistógrafo: que presenta dos textos diversos en el recto y en el verso.
•      descriptus: copia de un códice ya conservado, y por lo tanto de nula importancia para la recensio.

1.3. La diplomática

Es una disciplina que nació en el siglo XVII como apoyo a la investigación histórica y se ocupa de los conceptos, las técnicas y los procedimientos para juzgar la autenticidad del documento -sobre todo medioeval- y está estrechamente ligada a la paleografía. El vocablo diploma deriva del griego diplòn (= duplico) y se usó originalmente para indicar los documentos escritos sobre dos tablillas unidas con una bisagra (dípticos). Durante el Imperio Romano, se utilizó referido a particulares documentos emanados por el Senado o por el soberano. En la Edad Media, fue sinónimo de privilegio imperial, en el Humanismo, servía para representar los documentos señoriales de carácter solemne.

Como veremos, la edición diplomática es una transcripción en la que se respetan las particularidades gráficas del texto, indicando los números de los folios de los que se transcribe, la división de las líneas. A veces puede regularizar el uso de las mayúsculas e introducir la puntuación y los signos diacríticos (acentos y apóstrofos).

2. La edición crítica

La tradición de un autor grecolatino o patrístico antiguo ha fijado, a través de los siglos, una lección que se apoya en la obra de filólogos de gran autoridad, que lo han transformado en un "clásico". Es más: se habla de textus receptus ("admitido por el uso, usual") y se trata de aquél que ha tenido la mayor aceptación y la mayor difusión. En este caso, el editor se limita a publicar el texto heredado por la tradición sin consultar los otros testimonios. El caso paradigmático es la ya recordada vulgata de San Jerónimo.

En cambio, las obras del Medioevo y del Humanismo se caracterizan por la presencia física de los autores en el momento que las obras empezaron a difundirse. El manuscrito más antiguo de la Commedìa de Dante es el Landiano (Piacenza, Biblioteca Comunale Passerini Landi, cod. 190), que tiene fecha de 1336, o sea a 15 años de la muerte del autor. Petrarca y Boccaccio, por su parte, tuvieron la posibilidad de hacer revisiones de autor en sus obras. Además, el uso de la lengua vulgar favorece modificaciones que son imposibles en las denominadas lenguas muertas. De hecho, el latín humanístico tiende a transgredir las normas gramaticales del latín clásico e incorpora numerosos neologismos.

Cuando no se posee un autógrafo de una obra, se requiere revisar las copias existentes y entonces las posibilidades son varias:

Tradición unitestimonial (representada por un solo códice): exige identificar los eventuales errores e intentar corregirlos por conjetura, siguiendo el usus scribendi del autor y con todas las informaciones que concurren a delinear el avantexto que se entiende enmendar.
Tradición pluritestimonial (representada por dos o más códices): exige identificar las modificaciones producidas por errores (lecciones que no son funcionales al texto de manera evidente) o por variantes (lecciones funcionales al texto contradichas por otras, igualmente funcionales, de modo que si poseyéramos un solo testimonio no tendríamos dudas acerca de ellas).

 

En la actualidad, un texto puede tener una tradición oral, manuscrita, impresa o electrónica. Cada una de ellas plantea problemas distintos por los tipos de errores de copia que pueden contener. El filólogo puede servirse de un solo texto o reconstruirlo a partir de varios testimonios. Es en este segundo paso que se habla de edición crítica, destinada a recuperar textos de los que se han perdido los autógrafos, que han sido deteriorados por el transcurso del tiempo o han sido manipulados por los copistas.

El conjunto de manuscritos o de impresos que se conservan de un texto constituyen su tradición. Entre ellos se debe escoger el mejor y ahí está la tarea principal del filólogo, que actúa sobre todo en las variantes de un pasaje alterado o corrupto. Ese esfuerzo crítico, es decir, de juzgar cuál es la elección más "económica" para entregar un texto homogéneo, requiere de una sutil capacidad para dirimir entre una lectio facilior (la más fácil para el copista y, por lo tanto, errónea con respecto al texto original) y una lectio difficilior (la más difícil para el copista, por lo tanto, más probablemente cercana a la decisión del autor).

En filología o crítica textual, se entiende por edición crítica la publicación de un texto que trata de reproducir o de restablecer la forma original que corresponda lo más posible a la voluntad del autor. Para ello, el filólogo se sirve de los testimonios existentes, directos e indirectos, ya sea en manuscritos o en impresos. Por eso, la edición se presenta con un aparato crítico que reporta las lecciones variantes.

Me referiré de inmediato a los dos métodos principales para preparar una edición crítica, pero desde ya puedo decir que se siguen los siguientes tres pasos:

La recensio: se identifican los distintos testimonios disponibles para la transmisión del texto, individualizando los lugares críticos (loci) donde hay errores y variantes. Así se podrá establecer un stemma clasificatorio y eliminar los codices descripti (que son inútiles por ser idénticos a otros).
La constitutio textus: se confrontan los diversos testimonios para reductio ad unum, esto es deducir de todas las variantes cuál es la original, a través de la examinatio y la selectio, o establecerla por conjetura (divinatio o emendatio ope ingenii). Una vez establecido se procede a puntuarlo según el uso moderno facies graphica) y se subdivide - según el caso - en párrafos o en versos (dispositio textus).
La instructio editionis: se redacta el aparato de las variantes rechazadas del texto y los otros materiales complementarios (introducción, presentación de los manuscritos, análisis de los aspectos lingüísticos, glosarios, rimarios, índices, etc.).

Estas fases se reducen si hay una tradición unitestimonial, o sea cuando existe un texto único: la recensio se limitará al análisis de ese único testimonio, en la constitutio textus sólo se corregirá la lección que resulte evidentemente inauténtica y la instructio editionis será igual a la de la tradición pluritestimonial.

Actualmente, en filología el códice "atendible" no es siempre el más antiguo. Aquí vige el dicho recentiores non deteriores (los códices modernos no son siempre los peores), porque - en efecto - un testimonio moderno puede ser copia de un códice menos corrupto anterior al que ahora es más antiguo. Tal como se acaba de señalar un poco más arriba, un códice puede ser una copia del original o de un testimonio ya existente, o un autógrafo (si está escrito directamente por el autor; idiógrafo si está escrito bajo su supervisión). Como ya dije, la colección de los testimonios se denomina tradición y las relaciones entre ellos constituyen el stemma codicum.

El aparato crítico es la sección de la edición crítica dedicada a documentar el estado de la tradición de un texto, rindiendo cuenta de las elecciones operadas por el editor en la constitución del texto mismo. Cumple con dos funciones: por un lado, indica los puntos en que el texto impreso es diferente de la tradición manuscrita o de las conjeturas de otros estudiosos; por el otro, entrega los medios necesarios para que el lector pueda juzgar, criticándolas o aprobándolas, las lecciones escogidas por el editor. Hasta el siglo XIX, se ponía al comienzo de la edición o al final. Actualmente, va a pie de página y está relacionado al texto con números y letras. En el caso de una conjetura, se coloca el nombre del que la formuló (latinizado cuando es un filólogo humanista y en su lengua de origen cuando es un estudioso reciente). Éste puede ser positivo si reporta la lección adoptada en el texto junto con las variantes o negativo si reporta sólo las variantes. Sirve para motivar el porqué se elige un texto mediante remociones conjeturales (athetesis), integraciones conjeturales, reparación de daños mecánicos y conjeturas derivantes de averías no sanables. También para elegir las lecciones que discrepan del arquetipo, las variantes desechadas y las variantes documentadas en varios códices que han sido rechazadas favoreciendo a otras minoritarias, pero que se fundan en motivos convincentes. Por otro lado, no incluirá las variantes tachadas por la eliminatio codicum descriptorum.

2.1. Conocimientos previos para una edición crítica

Para desarrollar una edición crítica, es indispensable una sólida competencia en la lengua y el género literario en que la obra está escrita. Valga como ejemplo el ya citado San Jerónimo de Estridón que, por encargo del Papa Dámaso I, a fines del siglo IV, tradujo la Biblia al latín corriente, diverso del clásico de Cicerón. Para ello tuvo que superar la llamada versión Vetus Latina, que era producto de muchas manos. Por otro lado, los libros del Antiguo Testamento derivaban casi todos de la versión griega de la Septuaginta y Jerónimo recurrió a los textos hebreos. En cuanto a los textos medioevales y humanísticos, se requiere de una serie de competencias, que comienzan con un buen conocimiento de los vehículos del texto que, en el período cronológico que incluyen, son los manuscritos y los antiguos impresos.

Para seguir correctamente un texto es necesario, además, considerar algunas cuestiones específicas.

2.1.2. La composición

Normalmente un texto no se compone de una vez, sino que pasa por una serie de etapas sucesivas de proceso creativo. Éstas van desde la intuición de la temática a la selección de los argumentos, de la redacción del texto a las sucesivas intervenciones (retoques, correcciones, modificaciones) para llegar a un resultado con que el autor juzga que su obra está completa en cuanto a contenidos, forma e intenciones. Incluso, ya divulgado, el texto puede sufrir cambios por exigencias del autor o por coacciones (por ejemplo, censura civil o eclesiástica). Cuando dichos cambios son producidos por intervenciones sucesivas del autor, hablamos de variantes de autor. Cuando, en cambio, éstos son fruto de la obra de copistas o lectores, hablamos de variantes de tradición. Diverso es el caso de obras que eran dictadas a un estenógrafo (notarius), que transcribía, hacía corregir por el autor y después daba a un calígrafo para su difusión. O de las que resultan de apuntes tomados por los alumnos de un maestro y luego corregidos (o no) por él.

2.1.2.1. El original

En el Bajo Medioevo y el Humanismo, es el modelo de un texto (o sea el antígrafo, el equivalente a lo que hoy en día llamamos "original" que debe ser fotocopiado). Pero también sirve para identificar una obra integral, opuesta a la idea de florilegio o de extracto. En el primer caso, dado que expresa la presunta voluntad del autor, es uno de los términos más ambiguos de la crítica del texto, porque representa sólo uno de los momentos del proceso compositivo. Por ejemplo, algunas obras de Petrarca quedaron incompletas y varias de Boccaccio tienen más de una redacción. Un original resulta ser una "copia" de un texto que se ha ido elaborando en la mente del autor y que, por lo tanto, no está inmune de errores e incertidumbres: distracción, confusión en el uso de las palabras, escasa información (hay, incluso, originales con espacios en blanco), hechos históricos cambiados, etc. Cuando el original es de puño y letra del autor es un autógrafo; si fue escrito por otra persona bajo la supervisión del autor es un idiógrafo.

2.1.2.2. El autógrafo

No es sinónimo de original, porque puede presentarse de diversas formas: a veces, el original no es completamente autógrafo (como el Canzoniere petrarquesco del Cod. Vaticano Latino 3995, que fue copiado en parte por Giovanni Malpighi), o es autógrafo de una obra que no es creación de quien escribe (por ejemplo, una traducción), o es copia hecha por el autor del texto auténtico previamente revisado. De hecho, los autógrafos medioevales son poco frecuentes, porque los autores tendían a difundir el último texto elaborado tratando de hacer desaparecer el iter de su preparación.

No sólo los originales perdidos pueden tener errores. A veces la reproducción de un autógrafo o un idiógrafo puede tener alteraciones introducidas por los copistas y tipógrafos que lo reprodujeron. En otros casos, hay más de un autógrafo, cada uno de los cuales puede reflejar un momento diverso en la composición de la obra misma. Es ahí donde la ecdótica se ocupa de las fases, que van desde la recolección preliminar de los materiales necesarios a la composición de la obra imaginada por el autor, desde el primer esbozo hasta su redacción "en limpio". También se debe agregar las intervenciones y cambios hasta el momento en que el autor decide licenciar el texto o las intervenciones del autor cuando el texto ya está impreso. Las varias escrituras de una obra en fase de elaboración se llaman "redacciones".

El conjunto de los métodos y de los problemas relativos a la edición de obras conservadas por uno o más manuscritos autógrafos se denomina "filología de autor". Uno de los ejemplos más significativos es el del Canzoniere de Francesco Petrarca, que lo rehizo, integró y completó varias veces en cuanto al número, disposición y forma de las composiciones. La primera indicación de un orden interno es del año 1342, pero las fases fundamentales - o sea las "redacciones" - se suelen identificar de la siguiente manera:

Forma Correggio (1356-1358), llamada así por su destinatario: Azzo da Correggio. No existen testimonios, pero se puede reconstruir sobre la base del material ofrecido por el "Códice de los esbozos" (Vaticano Latino 3196).
Forma Chigi (1359-1362), testimoniada en el códice Vaticano Chigiano L V 176, copiado por Giovanni Boccaccio.
Códice Vaticano Latino 3195, autógrafo en parte, e idiógrafo en el resto, copiado por Giovanni Malpighi da Ravenna bajo la supervisión del poeta. La fase se extiende desde 1366 y hasta la muerte del autor (8 de julio de 1374). Refleja la voluntad definitiva del poeta en lo que se refiere a la segunda parte del Canzoniere (en muerte de Laura), pero quedan pendientes algunas preguntas que tienen que ver con la primera parte. 

2.1.2.3. Las variantes

Las variantes son lecciones que el autor o el copista acogió en lugar de otras, generalmente borrando las precedentes, y son variantes alternativas las que están colocadas en el códice, pero no incorporadas al texto. Según un antiguo esquema, las variantes se clasifican como realizadas por adición, por substitución, por permutación y por supresión. Además, se distinguen las variantes formales de las variantes substanciales, y las variantes inmediatas de las variantes no inmediatas o tardías. Como no siempre es posible establecerlas examinando las fases de elaboración del texto, hay que recurrir a otras evidencias, como el cambio de escritura, el tipo de tinta, la posición en la página, etc.

Aclarada la terminología básica, puedo pasar a los métodos.

2.2. El método lachmanniano

Karl Konrad Friedrich Wilhelm Lachmann (Braunschweig, Alemania, 1793 - Berlín, 1851) se dedicó a estudiar y establecer textos antiguos aprovechando lo mejor de las antiguas metodologías. Es así como preparó varias ediciones de textos de autores grecolatinos, considerándose como su obra maestra el De rerum natura de Lucrecio (1850).

El filólogo alemán trabajó con dos operaciones: la recensio y la emendatio. Tratando de guiarse por criterios no subjetivos, organizó la tradición manuscrita en función de la reconstrucción del texto del arquetipo. Su método se basa en considerar que algunos de los errores cometidos por los copistas en la transcripción de un texto se pueden producir espontáneamente debido a los diversos amanuenses.

2.2.1. La RECENSIO (censo, recuento) se estructura de la manera siguiente:

2.2.1.1. Individualización de las fuentes: La tradición de una obra se distingue en directa (manuscritos, códices, libros impresos revisados por el autor, libros impresos anotados por el autor) e indirecta (versiones en otras lenguas útiles para reconstruir un texto con lagunas, citas explícitas o implícitas de la obra, comentarios antiguos de la obra que presentan un lemma que cita la lección genuina de la tradición, imitaciones o parodias, alusiones que pueden conservar lecciones genuinas). Entre ellos se debe escoger el mejor y ahí está la tarea principal del filólogo, que actúa sobre todo en las variantes de un pasaje alterado o corrupto. Ese esfuerzo crítico, es decir el juzgar cuál es la elección más "económica" para entregar un texto homogéneo, requiere de una sutil capacidad para dirimir entre una lectio facilior y una lectio difficilior. Lachmann aplicaba el concepto de recensere sine interpretatione (pasar revista sin interpretación), esto es comparaba mecánicamente, registrando las diferencias entre los diversos manuscritos.

2.2.1.2. Collatio (agregación, reunión): es la comparación de los testimonios para ver las diferencias o variantes. El resultado de esta comparación es el registro de las diferencias existentes entre los manuscritos. Ésta puede realizarse en loci critici (pasos escogidos) o en toda la obra. Evidentemente, la segunda (collatio integral) es la ideal, pero es muy difícil si la obra es muy extensa. Aquí es donde hay que tomar en cuenta dos premisas filológicas fundamentales: 1a - El testimonio de todos los antígrafos ("contra-escrito, copia"; o sea modelo del que se obtienen otras copias) de un solo apógrafo ("transcribo, copio"; en este caso directamente del original) cuentan por una sola, salvo casos de contaminación (o transmisión horizontal; es decir, el copista ha introducido elementos sacados de manuscritos distintos del modelo); y 2a - Un testimonio cronológicamente tardo no es menos confiable que uno antiguo, según la ya mencionada norma recentiores non deteriores ("los más recientes no son los peores"). Algunos de sus seguidores sostienen, en cambio, que es necesario ya en esta fase cumplir un esfuerzo para juzgar las lecciones correctas, sospechosas o erróneas.

2.2.1.3. Eliminatio codicum descriptorum (eliminación de los códices copiados): se eliminan las copias de un original conservado. El criterio consiste en desechar, sobre la base de análisis de las características físicas del manuscrito, los testimonios antígrafos copiados de los apógrafos de que disponemos. En todo caso, para la constitutio textus (constitución del texto) si se tiene en cuenta un códice copiado de otro, este antígrafo puede contener todos los errores del apógrafo, más otros de propia innovación. Pueden verificarse excepciones como cuando un codex descriptus (copiado) conserva fragmentos de texto perdidos en el apógrafo. En esta fase, se puede reducir el corpus de la tradición revisada, descartando muchos libros impresos que siguen la vulgata establecida por la editio princeps ("edición príncipe" o primera), poniendo atención en las posibles variantes de autor (apostillas, correcciones o cambios de texto). Pero no siempre es fácil identificar un códice como copia de otro. Puede haber espacios en blanco, manchas o lagunas que coincidan con la copia. En algunos casos, puede estar omitida una línea que haga perder el sentido. Si se trata de un homoteleuto (vedi 2.2.2.1), la laguna no es atribuible al original. El copista puede mal interpretar un compendio (escritura abreviada de una palabra). Las lecciones mejores no implican independencia de un códice de otro, porque pueden ser fruto de las decisiones del copista.

2.2.1.4. Stemma codicum: Para establecer de qué manera se agrupan los testimonios no es necesario fundarse en las lecciones que tienen en común (concordancias): mientras las partes iguales pueden haberse mantenido independientemente en las diversas ramas, es improbable que ciertos tipos de errores se hayan producido independientemente. Por eso hay que basarse en los errores significativos, que pueden ser separativos o conjuntivos. Se compila así un stemma codicum (árbol genealógico de la tradición manuscrita) en el que se individualizan:

2.2.1.4.1. un arquetipo, esto es el texto originario de toda la tradición conocida, que generalmente se indica con la letra _ (o la X), cuya existencia está demostrada por la presencia de por lo menos un error conjuntivo común a toda la tradición; o sea, se trata del manuscrito que ha transmitido errores a los otros. Los manuscritos que han tomado sus errores se denominan copias; las lecturas correctas del arquetipo son los originales.

2.2.1.4.2. uno o más codices interpositi, esto es testimonios interpuestos entre el arquetipo y los manuscritos poseídos, que se indican generalmente con letras del alfabeto griego;

2.2.1.4.3. uno o más códices poseídos, generalmente con letras del alfabeto latino.

Se llega así a la individualización de varias clases (o familias o ramas) de la tradición: donde una lección está atestiguada no en la mayoría de los códices poseídos, pero sí en la mayoría de las clases, según el método lachmanniano, puede considerarse verosímilmente la lección correcta.

2.2.2. La EMENDATIO (enmienda, corrección) busca corregir los eventuales errores que el texto puede presentar, a pesar de haberse recuperado el presunto estado más antiguo. En efecto, no siempre la reconstrucción del stemma codicum (genealogía de los códices) permite una adecuada selección de las lecciones. Si nos encontramos frente a un recuento abierto, u horizontal, esto es si la entera tradición no deriva de un solo arquetipo, es necesario recurrir a instrumentos correctivos basados en criterios internos, o sea evaluando cuál entre las diversas lecciones adhiere mayormente al usus scribendi del autor o también cuál es la lectio difficilior.

2.2.2.1. Los errores: las circunstancias que los producen han sido ampliamente estudiadas y tienen que ver con los momentos en que se produce el acto de la copia: lectura, memorización, autodictado, reproducción. En cada uno de ellos, existen posibilidades de alterar el texto: confusión entre grafemas diversos, relación entre la lengua del texto y la del copista, cambio de palabras que empiezan de la misma manera. Un caso frecuente es el homoteleuto, que algunos prefieren llamar "saut du méme au méme", es decir la lectura de una palabra idéntica (o que termina del mismo modo) que lleva al copista a saltarse incluso un párrafo intermedio completo que se encuentra entre ambas palabras.

Hay otros casos, como encuentros casuales, debido a que la puntuación o la división verbal del modelo resulta inexistente o incierta, o porque hay letras similares, o debido a un error de escritura por réplica u omisión.

Otros errores, en cambio, a pesar de que aparecen (o son recurrentes) en dos o más copias de la misma obra, tienen tales características que es improbable la hipótesis de que pueden haber sido cometidos por un copista independientemente del otro (errores monogenéticos). Por lo tanto, el error monogenético se ha creado bajo la pluma de un copista y ha sido replicado después en todas las copias sucesivas, directas o indirectas, del ejemplar en que apareció por primera vez. Los errores monogenéticos tienen, además, poca o nula probabilidad de remontar al original del autor (perdido), en cuanto son demasiado vistosos para dejar creer que el autor mismo pueda haberlos cometido. En consecuencia, la presencia de por lo menos un error monogenético en el mismo lugar del texto, pondrá en relación a todos los manuscritos que lo comparten.

Se le llama error conjuntivo, porque permite establecer las relaciones "genéticas" entre las varias copias de la obra. La verificación de la presencia de uno de ellos trae, por lo menos, las siguientes consecuencias:

1a - Si todos los testimonios que transmiten la obra poseen por lo menos un error conjuntivo, ese error habrá probablemente que imputarlo al copista que ejecutó la primera copia a partir del original del autor y, por lo tanto, servirá para "juntar" todos los manuscritos que lo presentan. El códice en que se cometió el error se suele designar con el nombre del "arquetipo", que se suele indicar con la letra griega omega (_). Muchas veces éste resulta perdido y su existencia está probada sólo por la presencia en todos los códices conservados de ese error cometido por su copista.

2a - Si solamente algunos de los manuscritos de la tradición de un texto presentan un mismo error conjuntivo, éste servirá para relacionar sólo los manuscritos que lo presentan. De este modo, se constituirán grupos o "familias" de códices.

No obstante, para que un error pueda juzgarse significativo (o directivo) debe tener no sólo la propiedad de relacionar varios testimonios que lo presentan, sino permitir la exclusión de otros manuscritos, que constituyendo la tradición del texto considerado, hayan podido compartirlo. La razón de esta necesaria característica se intuye fácilmente: en efecto, es posible que un error conjuntivo, que ahora está presente sólo en algunos testimonios de la tradición, haya sido notado y también corregido (por conjetura o contaminación) de otros testimonios.

Por lo tanto, los errores significativos son sólo aquéllos que poseen estas dos características:

Ser conjuntivos, esto es que posean tales características que permitan excluir que dos o más testimonios puedan haberlos cometido independientemente el uno del otro. Se basa en la siguiente regla: « La conexión entre dos testimonios (B y C) contra un tercero (A) se demuestra por medio de un error común a los testimonios B y C, que sea de naturaleza tal, que según toda probabilidad B y C no puedan haber caído en ese error el uno independientemente del otro. »
Ser separativos, esto es tener características tales que se pueda considerar improbable que un copista pueda haberlos corregido, teniendo en cuenta la cultura y la habilidad filológica del mismo. Y ésta es la definición: «La independencia de un testimonio (B) de otro (A) se demuestra por medio de un error de A contra B, que sea de tal naturaleza que, por cuanto nos es dado saber con respecto al estado de la crítica conjetural en el tiempo transcurrido entre A y B, no puede haber sido eliminado por conjetura en este espacio de tiempo»

En el punto 2, señalé los codices descripti, o sea "derivados" de un códice precedente y conservado. Por ello es necesario omitirlos del stemma a través de la denominada eliminatio codicum descriptorum. Sin embargo, un codex descriptus puede representar un elemento culturalmente significativo para la historia de la tradición de un texto y ofrecer ideas válidas para la corrección por conjetura. A pesar de que las combinaciones téoricamente posibles son muy numerosas, se escogen las más relevantes y se buscan errores en común: es el error conjuntivo el que nos puede llevar al arquetipo _,_ que es el responsable del error que pasó después a toda la tradición. Por su parte, el error separativo contribuye cuando los errores que relacionan a manuscritos A y B están excluidos de ser corregidos por un manuscrito C.

2.2.2.2. El arquetipo

Todas estas operaciones requieren de mucha experiencia y tienen como finalidad orientar la tradición manuscrita de un texto según criterios de derivación de un códice de otro. De esta manera, se puede reconstruir, en el modo más exacto posible, la fisonomía textual del arquetipo, o sea de la primera copia de la obra obtenida del original del autor. Se eliminan las variantes individuales, fruto de errores de los copistas, y así el arquetipo resulta un texto más cercano a la voluntad del autor que el de todos los testimonios. Como se trata de la primera copia derivante del original, tendencialmente está menos desfigurado por errores y variantes. Los que derivan directamente del arquetipo - ya sea conservados, ya sea reconstruidos - se llaman subarquetipos.

Aquí también se han podido establecer las siguientes reglas:

1a - Cuando una lección está testimoniada concordemente por tres manuscritos A, B y C, ésta es la lección del arquetipo.

2a - Cuando una lección está testimoniada por dos manuscritos (por ej. A y C), y el tercero es una lección diversa, la primera debe ser considerada como lección del arquetipo.

3a - Cuando los tres manuscritos (A, B, C) presentan una lección diversa cada uno, la lección del arquetipo es incierta y deberá ser establecida por el editor con otros criterios (usus scribendi, lectio difficilior).

Siendo el arquetipo la primera copia del original, también puede presentar errores y variantes que alteran la voluntad del autor, aunque casi siempre en medida decididamente menor con respecto a los testimonios del resto de la tradición. Dichos errores deberán ser corregidos y se podrá hacer sólo por conjetura (emendatio ope ingenii). El resultado puede conducir a una propuesta de corrección o a la constatación de que es imposible corregirlos (en particular, cuando hay amplias lagunas. En ese caso, el editor deberá colocar el signo + (crux desperationis).

Todo esto constituye la "espina dorsal" del método de Lachmann, que no siempre resulta totalmente aplicable con provecho, en particular cuando la tradición del texto se presenta fuertemente contaminada. Por lo tanto, el editor deberá evaluar, a partir de las relaciones que se pueden establecer entre los manuscritos, cuál es la vía más oportuna para constituir el texto crítico.

2.2.2.3. La contaminación

Se da en los siguientes casos:

1° - cuando una copia ha sido obtenida no de una tradición mecánica (o sea, de un ejemplar único), sino que el copista se ha servido contemporáneamente de varios ejemplares manuscritos de la obra, algunos pertenecientes a diferentes ramas de la tradición;

2° - cuando una copia obtenida de un ejemplar ha sido corregida con la ayuda de otro ejemplar del mismo texto, que pertenece siempre a una familia o grupo diverso (en estos dos casos se hablará de tradición horizontal o no mecánica):

La contaminación presenta problemas cuando no se pueden individualizar con seguridad las familias de pertenencia del códice "originario" y aquélla (o aquéllas) que sirvieron al copista para completar o corregir el texto.

2.3. El método béderiano

El método de Lachmann se difundió sobre todo por el manual del filólogo clásico alemán Paul Maas (Maas, 1927) y su mayor defensor fue el francés Dom Quentin. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con el mismo. Joseph Bédier (París, 01/01/1864 - Le Grand-Serre, 29/08/1938), que seguía el método de Lachmann, resolvió revisar su edición crítica de un antiguo texto francés (el Lai de l'Ombre) y llegó a la conclusión que la formación del stemma codicum tendía a crear dos solas grandes familias (Bédier, 1928). A ese punto, se da la imposibilidad de escoger mecánicamente la lección a través de la ley de mayoría. Además, no preveía las contaminaciones "horizontales" entre varios textos simultáneamente y llevaba a constituir testi compositi, fruto del ingenio enmendador de un filólogo, pero que nunca existieron en la realidad.

Por lo tanto, Bédier optó por escoger un buen manuscrito (bon manuscript) según un criterio subjetivo, y corregir sólo los errores más evidentes. Así, este codex optimus establecía a priori cuál texto era el mejor, el más confiable y cercano al original, y se podía publicar corrigiéndolo sólo donde aparecía como manifiestamente erróneo.

2.4. El método neolachmanniano

Muchos adoptaron el criterio de Bédier, pero algunos también lo utilizaron para mejorar el método de Lachmann. Es el caso de Giorgio Pasquali (Roma, 29/04/1885 - Belluno, 09/07/1952) que indicó la necesidad de que las operaciones de mera crítica textual debían estar precedidas por un estudio histórico profundo de la tradición textual, que no considere cada testimonio únicamente como siglas o simples "contenedores de textos" (Pasquali, 1934). Es incluso oportuno el análisis en modo capilar de cada manuscrito en su entereza, sin dejar de lado tampoco el observar los caracteres externos y la individualidad histórica del texto. Sin embargo, no basta con la simple atención al códice en cuanto tal, porque el editor crítico no puede eximirse de la entrega de una "edición crítica" fundada científicamente, que no sea reducible a la mera reproducción de uno de los testimonios, aunque sea el mejor de todos los que se poseen.

A mediados del siglo XX, el método fue reformado por Gianfranco Contini (Domodossola, 04/01/1912 - 01/02/1990), que advertía dos importantes limitaciones: dos ramas pueden tener lecciones comunes a una tercera y es difícil de controlar el problema de la contaminatio. Otros representantes fueron Sebastiano Timpanaro (Parma, 05/09/1923 -Firenze, 26/11/2000) y Cesare Segre (Verzuolo, 04/04/1928).

2.5. Un ejemplo italiano: la Commedìa de Dante

De Dante Alighieri no ha sido posible identificar, hasta el momento, ni siquiera una firma autógrafa. Podemos leer todos los textos de sus obras sólo en ediciones críticas.

La Commedìa (conocida universalmente como La Divina Comedia) tuvo ya gran éxito cuando el poeta todavía estaba en vida y los diferentes manuscritos - modestos o lujosos - muestran que todas las clases sociales se interesaban por el poema. Se conservan alrededor de 600 códices y resulta evidente que muchos copistas contaminaron las tradiciones con el fin de «mejorar» el texto o, al transcribir, obedecieron más a la memoria que al ejemplar utilizado.

A pesar de estas dificultades, el primero que intentó reconstruir el texto de manera científica fue el alemán Johann Heinrich Friedrich Karl Witte (Lochau, 01/07/1800 - Halle, 06/03/1883), en 1862. Luego, vinieron los estudios y la edición del inglés Edward Moore (Cardiff, 1835 - Oxford, 1916) en 1904, fruto del estudio de más de 200 manuscritos. Sólo a comienzos del siglo XX intervinieron los italianos Pio Rajna (Sondrio, 08/07/1847 - Firenze, 25/11/1930) y Michele Barbi (Taviano di Sambuca Pistoiese, 19/02/1867 - Firenze, 23/09/1941), cuyos discípulos se preocuparon de preparar los textos dantescos con motivo del VII centenario de la muerte de Dante, en 1921. Giuseppe Vandelli se encargó de la Commedìa, siguiendo el criterio de Barbi, que había identificado 396 loci critici en el texto. Escogió, por lo tanto, la variante más aceptable en cada caso. Pero, ya en 1923, Mario Casella propuso un texto diferente, que se fundaba en un stemma propio.

La gran novedad se produjo en 1966-67 con la edición de Giorgio Petrocchi secondo l'antica vulgata (Petrocchi, 1966-67) y que debería haber estado lista en 1965 (VI Centenario del Nacimiento de Dante). Con el apoyo de Contini y la colaboración de un grupo de asistentes, revisó y eliminó todos los códices posteriores a los que había preparado Boccaccio, reduciéndolos a unos treinta. Además de entregar un texto vulgato en el primer período de difusión de la obra, trazaba un stemma con dos ramas principales: una localizada en Italia septentrional y otra en la Italia central.

Giorgio Petrocchi (Tivoli, 13/08/1921 - Roma, 07/02/1989) había seguido un criterio lachmanniano y no estuvo exento de críticas, pero la principal provino de Antonio Lanza (Roma, 1949) que, en 1996, propuso una edición béderiana (Lanza, 1966), basada en un códice que considera como óptimo: el Trivulziano 1080, escrito por Francesco di ser Nardo en 1337. En esa polémica filológica (que no es el caso de tratar aquí) es posible advertir los pro y los contra de los dos métodos.

Pero no ha sido el único intento de un nuevo texto. Federico Sanguineti (Torino, 1955) partió también del criterio de los loci critici para reducir después los manuscritos a siete y concentrarse en el Urbinate Latino 366, que sigue una redacción que resiente del estilo emiliano-romañolo (Sanguineti, 2001).

Sólo un autógrafo podría resolver algunos de estos problemas. Y digo "algunos" porque, por ejemplo, en el caso de Boccaccio no siempre los autógrafos entregan respuestas adecuadas.

2.6. Otros procedimientos

Entre las muchas posibilidades filológicas que se ofrecen actualmente, se debe considerar la de los codices plurimi ("gran cantidad"), que es una edición que establece el texto según una rigurosa estadística de las variantes de los testimonios, aceptando vez por vez aquélla que está atestiguada por el mayor número de los códices, sin estudiar las relaciones entre ellos y sin trazar un stemma. Otra es la denominada edición genética, que no busca la mejor versión posible de un texto, con las variantes en aparato, sino la totalidad del avantexto disponible, desde el primer esbozo hasta el manuscrito definitivo.

Más reciente - y ligada a los nuevos recursos informáticos - es la edición hipertextual, que reúne un conjunto de textos electrónicos de longitud variable y de contenido diverso (textos, imágenes, sonidos) conectados entre sí por una serie de links (enlaces). El texto principal se presenta con una serie de signos convencionales que permiten al lector contactar otros textos consultables directamente. En efecto, un hipertexto permite consultar en secuencia: una obra completa, las notas que la ilustran, una serie de apéndices, enlaces con secciones diversas de la obra que se está leyendo, enlaces a textos diversos que sirven para dilucidarlo desde diversos puntos de vista, enlaces a fases precedentes o sucesivas de elaboración con respecto al texto, enlaces a ilustraciones varias (incluso animadas), y enlaces con documentos sonoros (música, voces, ruidos).

2.7. Apostilla: los derechos del editor

La actual legislación internacional exige que toda publicación deba contar con la autorización expresa del autor, lo que da origen al pago de derechos. Ello es aplicable también a las ediciones críticas, que logran establecerse después de un trabajo que la mayoría de las veces dura varios años.

Sobre este tópico, me parece utilísimo citar (traducido por mí) cuanto ha escrito Michele Feo refiriéndose a la edición crítica de las obras de Francesco Petrarca:

"El punto es que muchas personas, incluso de elevada formación cultural, siguen considerando, tal vez de buena fe, que el trabajo del filólogo es algo que tiene que ver con soñar y abrazar las nubes, que hacer los libros es una mera cuestión de tipografía (ahora de computador) y que hacer las ediciones es una cuestión que se resuelve con tijeras y pegamento. Desgraciadamente, existen también demasiados piratas dando vueltas, los cuales roban las ediciones que a otros han costado una vida de trabajo y las reproducen en un dos por tres y, aprovechando una ley ambigua y oportunismos varios de mercado, impunemente, sin aparato crítico (esto es, sin el sistema de referencias a las fuentes -autógrafos, códices, impresos - y a la discusión científica), como si fueran propiedad de nadie. Éstos generalmente logran ganancias comerciales sobre la piel de las ediciones críticas que, por su costo y por la dificultad de uso por parte del lector común, son invendibles; y además acreditan en la opinión pública la idea errada y - como se ve - socialmente peligrosa de que las ediciones críticas se pueden hacer con un "ábrete, sésamo". Es verdaderamente curioso que nadie se haya esforzado por hacer comprender que el estudio y la edición de las fuentes culturales de un país son cosas que cuestan. Cuestan bibliotecas, microfilmes y fotografías, institutos específicos, viajes, instrumentación técnica, personas que deben vivir y comer para hacer ese trabajo... La edición crítica es un producto del ingenio humano. Hay obras de las que existe una vulgata adquirida desde hace siglos y substancialmente estática (es el caso de la Commedia de Dante o de la Eneida de Virgilio), pero hay obras de las que sólo en época reciente se ha constituido el texto crítico y obras de las que aún no se posee el texto crítico... Ahora, sostener, como hizo el representante de una casa editorial, que el texto crítico es propiedad de todos, porque es obra de Petrarca que, al haber vivido hace tantos siglos, anula todo derecho de autor, es un error de la razón, el cual tiene reflejos perversos en el derecho de propiedad literaria. No sé si Petrarca, volviendo a la vida para hacer un favor a uno que le ha dedicado mucha parte de su existencia, sería tan gentil de reconocer como suyo ese texto... Si lo hiciere, estaría orgulloso de haberme aproximado tanto a la 'verdad' como para haberla alcanzado, y con gusto renunciaría a mi propiedad literaria por la vanagloria de poder decir: he limpiado un texto corrupto y lo he rehecho justamente como hace seis siglos y medio salió de la pluma de su autor. Pero dudo que eso ocurriere; es más, temería el regreso del Poeta porque podría demostrar como incongruentes mis conjeturas y poco racional mi stemma codicum: esto es, podría revelar cuán hipotéticos y frágiles son nuestros laboríos científicos. La verdad es que el texto crítico pertenece al filólogo tanto por lo menos cuanto pertenece al autor, sino quizás más al filólogo que al autor" (Feo, 2000).

3. Los tipos de edición de un códice

Al querer poner a disposición del público el texto de un manuscrito o de una antigua impresión, los tipos de ediciones son las siguientes:

3.1. La edición crítica, a la que hemos dedicado casi todo este artículo y que podemos, a este punto, definir como una reconstrucción de los originales de los textos manuscritos a través de sus diversos testimonios.

3.2. La edición mecánica o facsimilar, que consiste en la reproducción del texto por fotografía, microfilm, microficha, reimpresión anastática o fototípica, etc. Puede ser total o parcial y se utiliza generalmente para poner a disposición códices preciosos desde el punto de vista artístico o de su contenido textual. Tiene un alto costo, gusta a los bibliófilos y es útil para los estudiosos que no tienen acceso a los originales.

3.3. La edición diplomática, que se puede definir como una declaración arqueológica de los textos. Es la reproducción fiel de un texto en caracteres de imprenta, incluyendo los errores, abreviaturas, puntuación, letras o usos que no corresponden a los modernos. Se conservan también los eventuales errores, porque es un texto histórico y no debe ser modificado. Es utilizado - como en nuestro caso - cuando existe un único ejemplar del manuscrito. El nombre deriva de la disciplina de la diplomática, para la cual es fundamental replicar con absoluta fidelidad diplomas y documentos jurídicos.

3.4. La edición interpretativa, que reproduce el texto en caracteres de imprenta, pero lo adapta al uso y, por lo tanto, interpreta los signos gráficos para darles coherencia lingüística: une o separa las palabras, deshace las abreviaturas, agrega apóstrofes y acentos, revisa la división en párrafos y señala los errores y las lecciones sospechosas.

3.5. La edición diplomático-interpretativa, que reproduce el texto de manera diplomática, pero agrega también el texto de manera interpretativa. Es solución que yo escogí para mi edición de la versión castellana del siglo XV del Liber De Montibus de Giovanni Boccaccio.

4. La defensa de la edición diplomática

Una eficaz presentación acerca de los alcances de la edición diplomática la da en un artículo el especialista François Masai (Masai, 1950). En síntesis, sostiene que es "la única edición válida y término infranqueable de la reconstrucción científica de un escrito del que está perdido el original" (177). Esto porque tiene la misión de reproducir fielmente el documento tal como salió del taller de producción. Los textos manuscritos presentan modificaciones múltiples, tachados y raspajes. Cuando una palabra o una línea han sido retocadas. ningún recurso mecánico será capaz de efectuar una inspección tan delicada: la "inspección arqueológica" de los documentos es el preámbulo indispensable de toda edición verdaderamente crítica.

Según Masai, para realizar una edición diplomática hay que tener siempre en cuenta dos etapas principales de su historia: primera, el trabajo de los escribas y de los eventuales correctores; y, segunda, todas las vicisitudes del documento después de ese trabajo inicial de confección. Entre las reglas que sugiere, señala que en el cuerpo del texto deberá restituirse el trabajo de los escribas con todos los retoques del scriptorium, mientras que las otras modificaciones se reunirán en un aparato, también diplomático, a pie de página.

En resumen, todo esfuerzo que pretenda acercar la presentación material de la edición a la del documento deberá ser aprobado sólo si es razonable, esto es si no va contra los intereses superiores del lector ni de las posibilidades de la imprenta. Pero el esfuerzo principal debe llevar a la señalación meticulosa de las alteraciones sufridas por los textos. Para ello, es necesario establecer un sistema de signos que permita identificar abreviaciones y modificaciones (adiciones, supresiones, substituciones, letras dudosas, reescrituras).

Como actualmente se pueden obtener reproducciones casi perfectas, resulta fácil objetar la utilidad de la edición diplomática y así lo planteó Vittore Branca cuando vio aparecer la edición diplomático-interpretativa del Decameron, por iniciativa del académico norteamericano Charles Southward Singleton (Singleton, 1974). Traduzco algunas palabras de Branca: "las transcripciones diplomáticas eran empresas naturales y necesarias cuando la fotografía y las reproducciones en offset no existían o cuando los facsímiles costaban enormemente... No sirve ciertamente al lector común que probaría dificultades enormes a leer y a comprender las muchas palabras no divididas, la grafía singular y diversa de la común y corriente, la puntuación inusual... Para tal público servirá la edición crítica misma o aquéllas que convenientemente se obtengan de ellas" (Branca, 1974).

En realidad, la citada edición adelantó a las varias que Branca estaba preparando (Academia della Crusca, Firenze, Italia, 1976; Mondadori, Milano, Italia, 1976; Einaudi, Torino, Italia, 1980) y una de las cuales era justamente una reproducción facsimilar del manuscrito (Fratelli Alinari, Firenze, Italia, 1975). Pero ese tema ya lo he tratado ampliamente en otras sedes y, por lo tanto, remito al más importante de mis trabajos al respecto (Blanco, 2006).

Con todo, Armando Petrucci, que junto a su esposa Franca se había preocupado de la transcripción y preparación del volumen, aprovechó para expresar su defensa de la edición diplomático-interpretativa (Petrucci, 1977). El trabajo se había iniciado en 1969 y, como no fue posible servirse del códice, porque Branca logró el monopolio de su consulta pública y privada, el equipo se sirvió de "una espléndida serie de fotografías ejecutadas por la firma berlinesa Audia de F. W. Auffermann". Teniendo al frente la reproducción en offset de la Fratelli Alinari de Firenze, Petrucci dejó en claro el por qué resultaba mejor la que él había preparado. Para ello, comparando los resultados, evidenció los siguientes errores técnicos de ejecución:

1)       el método offset tiene una trama que aplasta y pulveriza el trazado original;
2)       está impreso sobre un fondo amarillento, que le da un colorido del todo falso;
3)       la fibra de la vitela, claramente visible, falsea el aspecto original del manuscrito;
4)       el facsímil (357 x 253 cms.) es más pequeño que el original (370 x 265 cms.);
5)       las páginas manchadas aparecen desteñidas y resultan ilegibles;
6)       la reproducción en blanco y negro no permite las rúbricas escritas en rojo.

Pero hay más. Algunas palabras y líneas fueron repasadas por manos de los siglos XV y XVI lo que falsea la lección original, constituyendo una fase de tradición del texto diversa y posterior respecto del autógrafo. Dichos pasos no están debidamente diferenciados.

En conclusión, la edición diplomática resulta preferible por varias razones: es legible; evidencia, con sencillos recursos tipográficos, importantes elementos de peso crítico; y distingue lo que fue escrito por Boccaccio de lo que fue reescrito siglos más tarde por manos anónimas.

Todas buenas razones por las que yo he preferido ese tipo de edición, que ahora está disponible, para los estudiosos y lectores en general. Termina así una espera de más de medio milenio.

 

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Recibido: 11-Noviembre-2012 / Aceptado: 13-Enero-2013

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