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Literatura y lingüística

Print version ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.28 Santiago  2013

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58112013000200004 

LITERATURA: ARTÍCULOS Y MONOGRAFÍAS

LA EXPLOTACIÓN DEL HINTERLAND: CRIOLLISMO Y FICCIÓN TERRITORIAL*

 

THE EXPLOITATION OF HINTERLAND: CRIOLLISMO AND TERRITORIAL FICTION

 

Mario Verdugo**

** Chileno, Doctor en Literatura, Universidad de Talca, Talca, Chile. verdugoarellano@gmail.com


Resumen

Este artículo propone una revisión de la literatura criollista a partir del uso -o usufructo- que en ella se hace de los espacios regionales, problematizando aquella perspectiva naturalizada que consagra la heteronomía y la tributariedad de las partes ("rincones", "patrias chicas") respecto de la nación como un todo. Conforme a tal propósito se identifican las diversas manifestaciones intra y extradiegéticas del privilegio capitalino, así como los rasgos de su enunciador característico: el baqueano de Chile. Reinscrito dentro de un proceso heterogéneo al que se sugiere llamar ficción territorial, el criollismo viene a ser escrutado de acuerdo a las evidencias narrativas y metatextuales generadas por autores como Mariano Latorre, Armando Donoso, Ernesto Montenegro y Fernando Santiván.

Palabras clave: espacio, territorio, literatura regional, criollismo, Mariano Latorre.


Abstract

The article proposes a review of the criollista literature from the use -or usufruct- of the regional spaces, problematizing the naturalized perspective that sanctify heteronomy and dependency of the parts ("corners", "homelands") related to the nation, as a whole. According to this goal, diverse manifestations (intra and extradiegetic) of the privileges of the capital are identified, as well as to its characteristic enunciator: Chilean baqueano (guide). Reintroduced inside a heterogeneous process, suggested to call territorial fiction, the criollismo is scrutinized according to narrative and metatextual evidences, generated by authors as Mariano Latorre, Armando Donoso, Ernesto Montenegro and Fernando Santiván.

Key words: space, territory, regional literature, criollismo, Mariano Latorre.


 

Introducción: topógenos y espacio periférico

Nuestro planteamiento parte por reconocer que categorías como literatura regional y regionalismo son términos equívocos, rara vez cuestionados, correlativos y en cierto grado responsables de la inmovilización peyorativa o idealizante de sus referentes espaciales1. Proponemos, en cambio, estudiar a las diversas encarnaciones de la periferia chilena como tema literario, convirtiendo así a los términos de marras en problemas no resueltos, al paso que los espacios de referencia pasan a ser indagados con arreglo a una consideración comparativa de sus usos o de su movimiento histórico. La hipótesis básica es que estos espacios periféricos se construyen y reconstruyen discursivamente a lo largo de un proceso cultural heterogéneo y no teleológico al que hemos designado con el nombre de ficción territorial, cuyo origen se marca en cierta forma al comenzar también el siglo veinte, y cuyas tensiones internas acaban por desmentir aquella impresión de estaticidad que de costumbre afecta a no pocos descriptores y metadescriptores. Como objetivo general, se procura poner en historia a los sentidos y valores dominantes adjudicados a las regiones de Chile en su vertiente temática, generando un ordenamiento que aun cuando apunte en primera instancia a la literatura producida por autores chilenos, no deje de acoger los conflictos que habrían de manifestarse en torno al modelo nacional de espacialización.

Sin perjuicio de que se detecten otras interpretaciones modélicas, el examen del proceso referido permite identificar tres tipos de espaciamientos cristalizados, precipitados o institucionalizados, diferenciables según varios criterios2. Para dar cuenta de esta tríada sugerimos el término "topógenos", ya empleado en un trabajo sobre lanarrativa de José Donoso (Catalán, 2004). El topógeno alude en Pablo Catalán a un antetexto, un basamento espacial, un orden fundador, el "orden de Chile" que es originario del criollismo y que Donoso tiende a subvertir. Acá, sin embargo, el término topógeno posee un carácter plural que no se restringe a un solo orden fundador sino que llega a abarcar una serie de modelos a menudo encadenados a través de intertextos y metatextos3, y que con frecuencia se hallan contenidos dentro de las nominaciones que la crítica ha ido planteando en el ámbito respectivo. Cada topógeno toma así su apellido de ciertas matrices designativas presentes en la crítica chilena, aunque ninguno alcanza a corresponderse punto por punto con cada una de ellas. De la narrativa criollista o de la poesía lárica, por ende, nos concierne únicamente aquello que se vincula con la tematización de los espacios periféricos en el contexto subnacional: las axiologías y teleologías que orientan su aparición en el texto, las razones por las cuales se los valora o repudia y el tipo de relaciones que se les atribuye en función de otros espacios mayores.

Vigente durante un lapso algo mayor del que suele concederse al criollismo, el primer topógeno se desarrolla a partir de tres operaciones características: función monádica, ampliación del ecúmene y explotación del Hinterland4. Merced a tales procedimientos, la periferia aparece como un espacio que se exhibe, que se expande y del que se extraen insumos de toda especie. Las mónadas regionales (rincones y patrias chicas) quedan definidas por su lazo sinecdóquico y heterónomo respecto del todo nacional, lo que se refrenda al interior de las propias novelas y de los propios poemas pero más frecuentemente a través de paratextos chilenizantes. La relación entre Chile y sus periferias, durante el auge del topógeno criollista, conlleva la intervención de un tercer actor, cuyas maniobras a veces desembozadas y a veces tácitas colorean las categorizaciones del estatus geográfico5. Ese actor es, desde luego, el centro, aquel punto prestigioso que goza del privilegio de abarcar, penetrar y dar forma; el eje desde donde se emprenden las actividades de exhibición y expansión. Los territorios mostrados e incorporados requieren lógicamente de un enfoque. El afuera contradictorio en que se sitúan los rincones reclama un adentro ya chilenizado en el cual se acopiarán las imágenes. De allí se sale en pos de tierras vírgenes y allí se llega con las fortunas recogidas. Puede no nombrarse jamás a la metrópoli, y escamotearse el origen de los reporteros y de sus destinatarios, pero el desplazamiento se efectúa invariablemente con arreglo a una centralidad fundadora que modela las perspectivas y prescribe los encuentros. Como lo dijera Domingo Melfi (1938:75-77), los escritores de la época bajan al fondo de las minas, se internan en los bosques y quebradas, parten hacia las aldeas y los fundos, trayendo de regreso "las piezas cobradas", "el morral repleto de caza", "las manos llenas de tesoros", que más tarde reelaborarán "en las páginas emocionadas de sus libros". Para el lector que aguarda en el centro, esas manufacturas interesan como instrumentos cognitivos, cumpliendo con el basamento antropológico que Wolfgang Iser (2004) otorgase a la ficción. Para quienes son convertidos en objetos exhibibles e integrables, su tematización supone, sin embargo, una captura, el usufructo en ocasiones idealizante, pero también depreciatorio o imagotípico de su identidad.

1. Centralismo y deixis

Los fenómenos en cuestión pueden ser descritos fácilmente en el plano geopolítico: el Estado afianza su crecimiento desde el núcleo vital hacia las zonas no incorporadas del espacio interno o hinterland, sacando de éste las materias primas que se estiman necesarias y a la vez irradiando la fuerza y la potencia de su centro de decisiones. Este avance conlleva la apertura de nuevas vías de comunicación y satisface además el objetivo de mantener la cohesión interna e impedir el desarrollo de lealtades rivales. Conforme a la habitual metáfora biológica, el organismo estatal se entrega a la curación y la prevención de las enfermedades que lo afectan o que podrían afectarlo (Chateau, 1978: 46). Dentro de los textos criollistas, la preeminencia del núcleo se materializa en varios niveles, no siempre coincidentes con una magnificación explícita del espacio capitalino. Por ello, debería hablarse más bien de una centralidad multisituada, de cuando en cuando desencajada de sus referencias geográficas aunque igualmente poderosa, generatriz y rectora, además de apoyada en una cierta literalidad, por cuanto el espacio es su lenguaje primero y no una metáfora a la manera de las relaciones centro-periféricas que distinguen, por ejemplo, a lo masculino de lo femenino o a lo blanco de lo negro. Es un acentuado centralismo lo que define a la posición desde la cual se exhibe y se expande. El territorio chileno, o el que se halla en proceso de chilenización, viene a ser mirado, medido, representado y evaluado de acuerdo a un punto de vista y a una axiología que son insistentemente centrales.

Como es advertible a propósito de "Crónica de la isla de los pájaros", de Mariano Latorre, el privilegio central se descubre tanto al interior de la diégesis como fuera de ella, tanto en la focalización de los personajes como en la conciencia digresiva de los narradores. En aquel relato, un maestro de Santiago arriba a tierras chilotas llevando consigo la épica civilizatoria que doblegaría las resistencias del mundonovismo y la provincia. La voz homodiegética pertenece a un recién llegado, uno de esos sujetos "expertos en el arte de mirar", habituales desde la novela decimonónica, cuya misión primordial consiste precisamente en insertar las descripciones (Zubiaurre, 2000: 52)6. Al enfrentarse a lo que experimenta como un6 mundo nuevo, el maestro tiende a reactualizar el tropo colonial de la virginidad, haciendo a la vez que sus panoramas de Chellehuapi pasen por espontáneos, vírgenes de retórica o de ideología. Así al menos se trasunta en la lectura de Homero Castillo (1962: 42), para quien el cuento de Latorre da muestras de una doble correspondencia: trama intrascendente, "rudimentaria", "torpe", como expresión acertada de un espacio de por sí "vegetativo"; y desnudez epistémica del narrador-protagonista, en perfecta concomitancia con unos nativos que no exigen "ni grandes conocimientos de la materia, ni experiencia docente alguna".

Por cierto que esa presunta condición adánica es en sí misma una manera de ver, un modelo de espacialización que Castillo sorprendentemente excluye de su análisis, pese a partir admitiendo que al maestro lo anima una "psicología santiaguina"7. Desplazarse hacia la periferia, con ojos en apariencia desprevenidos, constituye una escena típica del criollismo, y ayuda a naturalizar la actividad de los porta-miradas del centro. Coordenadas como norte/ sur parecen designar una realidad neutra y tangible, al modo de esa imagen casi inescapable que Fernando Coronil (1999) ha entrevisto en los mapas imperiales. Chile se ordena según una cartografía percibida como calco, aunque su trazado obedezca una y otra vez a las parcialidades del núcleo metropolitano. Los rincones, las aldeas y los paisajes se sitúan aquí o allá, cerca o lejos, arriba o abajo, de acuerdo a un posicionamiento que no se pone en duda. Se observa y se habla desde un espacio originador que delimita la elección de los deícticos y que controla la enunciación. A veces, como en la isla de los pájaros, esta circunstancia es obvia. Latorre la reitera en Ully, donde Emilio Labarga deja la capital para revitalizarse en los pueblos sureños bajo colonización alemana. Fernando Santiván hace lo propio con Franco Linares en Charca en la selva, y así Luis Durand con Don Anselmo en Frontera. Los héroes novelescos se adentran, se alejan, recorren territorios y marcan novedades conforme a un criterio que no sólo aporta una posición física o geográfica, sino también axiológica, estética y política, pues el mapeo se correlaciona con otro tipo de valores (bueno/malo, bello/feo, civilizado/bárbaro) respecto de los cuales el espacio cumple el papel de metalenguaje. En la colección La Honda, Gonzalo Drago presenta a Juvenal Moncada cansado de vagar por las riberas del Mapocho, saliendo de Santiago hacia "el pueblo de Los Andes, que lo acogió con un silencio impregnado de presagios" (Drago, 1946:13). Gabriela Mistral se va desde Santiago, en "ese horrible ferrocarril del norte", con rumbo a la depauperada zona de Illapel y Combarbalá (Mistral, 1957:17). Y "Santiago" es también el nombre de una de las colonias que Santiván aspira a reformar con sus Escuelas rurales (1933)8.

Se trata en cualquier caso de un centro más espacializado que el mero centro lingüístico de la deixis de referencia. El sistema de coordenadas hace coincidir a los dos actantes de la enunciación con sujetos que moran en el mismo lugar, de modo que parece estar produciéndose una comunicación entre coterráneos. Por supuesto, el núcleo no se designa siempre a todas luces, y muchas veces permanece latente tras membretes más abarcadores como "Chile", "país" y "patria". Los peritextos de Nicomedes Guzmán son en tal sentido ilustrativos. Al prologar Roble Huacho, de Daniel Belmar, Guzmán insiste en un movimiento de fuerzas centrípetas (la exhibición de mónadas) y también centrífugas (la ampliación del ecúmene), que tiene como base, como motor y como meta al centro de la nación:

"Roble Huacho" sale ahora a dar una vuelta por Chile. (10)

Estamos agotando las posibilidades narrativas de lo regional o local. Daniel Belmar, acaso sea el novelista que bate uno de los últimos reductos. Él y su novela -según nuestro criterio, se supone- son una sorpresa. Y lo entendemos así, sencillamente porque representan una nueva superación de las visiones que teníamos de ciertos ambientes y realidades locales de Chile. (8)

Daniel Belmar se acerca ahora a nosotros con su "Roble Huacho", que es un girón de tierra y de humanidad desencantadas. [...] Es una realidad que necesitaba aflorar al conocimiento criollo. (8)

Novela de un pueblo, de un villorrio, de una pequeña aldea dejada no de la mano de Dios, sino de los poderes públicos, "Roble Huacho" confirma en forma patética y mordaz la necesidad que nuestra novela tiene de seguir un destino de interpretación total de la nacionalidad, al través de lo local de aquí, de allá o acullá. La novela nacional ha vivido de esto: de un ir y venir, entre zona y zona, entre campo, montaña y desierto. [...] La superación de lo local permitirá aglutinar todos los claroscuros en un solo matorral [...] de entre cuyas espesuras se yerga en cuerpo entero el alma de Chile. (7)

El fragmento une la confianza en la doctrina mimética con la postulación de un centro implícito, desde el cual se "sale a dar una vuelta" por la periferia. "Nuestro criterio", "las visiones que teníamos" y los rincones que "estamos agotando", sólo cobran entidad a partir del eje que gobierna las incorporaciones y expansiones chilenas. Como lo enseña la alusión de Guzmán a la negligencia de "los poderes públicos", el centralismo criollista puede ser perfectamente compatible con una crítica extrínseca a la administración central, y de hecho esa modalidad se halla expresada también en las protestas santivanianas contra las nefastas políticas de colonización y en los lamentos de Gabriela Mistral por el abandono en que se había dejado a la provincia de Coquimbo9. En Frontera, la conciencia admirativa hacia la vida santiaguina coexiste con la animadversión que el juez Aceval Caro, delegado metropolitano, provoca entre los vecinos de la zona (321-323); y el mismo maestro de la isla de los pájaros se queja de "esos ministros de quita y pon" que ejercen sus atropellos con la seguridad "de que los perjudicados no opondrían resistencia, a fuer de humildes y anónimos" (23-24). La perspectiva centralista cuenta con otras vías de relativización o encubrimiento. Santiago, por ejemplo, es dable de convertir en un rincón más, como sucede en el Autorretrato de Chile gracias a los artículos de Marta Brunet y Augusto D'Halmar, o en general con la crítica que alienta el empleo del motivo capitalino como fracción no desdeñable aunque menos recurrente del criollismo10. Por otro lado, la procedencia de los descriptores puede omitirse o diversificarse hacia centros de menor magnitud. Cuando Luis Sánchez Latorre llega a esa "extraña región perdida" que es Alhué, lo hace viniendo de un lugar cuyo nombre se sobreentiende a partir de algunas señales de ruta: "Suroriente de Melipilla. Ochenta convulsivos kilómetros que de pronto bajan, suben, se ladean o amenazan con quebrarse. El autobús valeroso se aferra al camino" (1974: 187). Y en uno de los cuentos de Mario Bahamonde integrados a La Honda (1945), el narrador retorna al suelo natal luego de haber hecho estudios que lo distancian no sólo física sino también culturalmente de la pampa calichera. Los seis años vividos en la Escuela de Minas de Antofagasta han alterado a tal grado su aspecto y su percepción, que de regreso ya parece un forastero:

Yo también me miré. Tenía unos pantalones café y una camisa blanca. El contraste resultaba ridículo frente a las pilchas terrosas de los pampinos (22).

En medio de esa pesadilla llegué a pensar temerosamente qué sería de mí. Yo, un hijo de esta misma tierra que había salido a cultivarme para enfrentarla mejor, me sentí aplastado y deshecho (29).

Percibía en el gesto la novedosa inquietud de su alma primitiva, tal como si mis explicaciones le mostraran mundos que, teniéndolos muy cerca, nunca los hubiera adivinado. (35)

Huelga reiterar que el centralismo no consiste invariablemente en una categórica devaluación de la periferia y un consiguiente ensalzamiento de la metrópoli. La relación es más compleja e intrincada, y así lo ratifica sin ir más lejos el mencionado relato de Bahamonde, donde el protagonista acaba elogiando las virtudes de sus "primitivos" y "bonachones" subalternos. Por descontado que esas voces subalternas también resultan traducidas y que en ocasiones plantean fuertes resistencias a la hegemonía del centro. El punto es que esta hegemonía resulta decisiva y define la gran mayoría de los valores y los significados. Generalmente, las resistencias sólo se hacen notar dentro de un campo ya constituido por el centralizado espaciamiento criollista, siendo extraordinariamente difícil encontrar esquemas alternativos, formas oposicionales o mundos-satélites que inviertan los papeles atribuidos a uno y otro espacio. Es el sujeto metropolitano -como escribiera Achugar, en 1996, sobre los recientes procesos globalizadores- el que suele saber más y mejor lo que es bueno para el periférico, y son las medidas metropolitanas, o sus articulaciones discursivas, las que se postulan como válidas para todos. Nadie más taxativo, en ese sentido, que Mariano Latorre al rememorar sus primeros diálogos con Santiván en un "aldeón" sureño, cuando "nuestros estudios de humanidades nos ligaban con la capital, donde suponíamos la cultura y el porvenir, no con el pueblo vulgar y retrasado" (Latorre, 1971: 521).

De manera que el centralismo permea los discursos no importando los datos biográficos del enunciador, ni su eventual domicilio. Se puede nacer en Cobquecura como Latorre, o residir en Villarrica, como Santiván, y continuar acercándose a cada panorama según la perspectiva dominante. Como si operasen bajo el influjo de aquella espacialidad sistemática inventada en el Renacimiento, los perceptores del criollismo chileno miran desde un único y privilegiado punto de vista, ordenando las figuras en un continuum superior que absorbe las propiedades de las partes. El ojo inmóvil está en el centro de todo, y los objetos se proyectan hacia el horizonte de la chilenidad. Ningún rincón puede así tener un valor autónomo, por cuanto su ser se agota en la posición ocupada dentro del espacio unitario. Se habla de un Chile múltiple, hecho de fragmentos dispares, pero en la práctica termina imperando una óptica que homogeneiza los agregados y frena la proliferación sin control.

Ciertamente, este hipotético predominio de la perspectiva artificialis conduciría a problemas de traducción intersemiótica que no hace falta resolver aquí. Lo que sí conviene puntualizar de nuevo es la índole preeminente y configuradora de quienes contemplan y comunican sus hallazgos. La periferia se somete a un tipo de visión que la modela en una forma y no en otra, un tipo de visión que es específico y parcial, por mucho que se acoja al prestigio de lo realista y tienda a naturalizar sus elecciones ideológicas. Por debajo del consenso que normaliza un modo correcto de ver y representar los paisajes y sus moradores, subyacen unas relaciones de saber y poder que son análogas a las enfrentadas por la fotografía en su devenir histórico. A la usanza del fotógrafo que emprende "sus safaris culturales en busca de imágenes sorprendentes" (Sontag, 1996:131), el observador criollista desarrolla una modalidad de visión activa, valorativa y adquisitiva, que involucra capturar, apresar el mundo, apropiarse de él por medio de miniaturas o fragmentos de realidad viva. Tal como lo ha expuesto Sontag, esas miniaturas que aparentan ser enunciados transparentes, neutrales y desprovistos de interpretación, desempeñan sin embargo una función de control y vigilancia sobre los objetos fotografiados. Hay en el acto fotográfico "algo depredador" (32) que no parece descabellado extender a las prácticas visivas del criollismo11.

Ambición imperial y empresa colonizadora, apropiacionista, la fotografía se ha impuesto sobre "pueblos primitivos" que a veces se muestran temerosos o suspicaces frente a ella: la cámara podría despojarlos de su identidad y el clic supondría una intrusión, el "saqueo sublimado de su cultura" (Sontag, 1996: 222-226). Recelos de esta clase no resultan del todo ajenos al ámbito chileno, como se aprecia en Ernesto Montenegro al rehuir la cara más artificiosa del nacionalismo en boga: "Los que nacimos y vivimos en el campo no nos tragamos el aliño especioso que ciertos literatos de ciudad confeccionan para el consumo de turistas literarios" (Montenegro, 1956: 63). Montenegro condena la escoptofagia de una literatura hecha a pedido del consumidor citadino, esa "rueda de mirones" que disfrutan "en forma vicaria" con la escenificación libresca de "usos y costumbres de suyo groseros y brutales", pero que jamás se atreverían, por cobardes o por débiles, "a encarar a un contendor puñal en mano, arriesgando su propia vida en vez de la de dos nobles brutos" (63). Paradójicamente, el autor de Mi tío Ventura resalta como dechado de visión desinteresada a Federico Gana, quizás el caso más extremo de centralismo perceptual. Calificándolos como "documentos criollos de pura cepa", Montenegro celebra los cuentos de Gana por estar construidos en virtud de una "mirada ausente", un "ocio contemplativo" que no recae en la adulteración truculenta de sus objetos. Son tales cuentos "un resumen de chilenidad", plenos de "piedad y comprensión [hacia] los humildes" (68). El hecho, no obstante, es que este "sondeo" al parecer filantrópico se afirma precisamente en la centralidad supervisora del patrón, muy notoria en las siguientes citas de Días de campo:

Yo, que he andado atisbándolo todo cuidadosamente, he visto por una rendija del papal a Juan, el criado de la casa, conversando con gran interés con el cocinero, y empinándose a cada instante una botella. (34)

Permanezco sentado contemplando la nevada cordillera que tengo al frente [...] potreros silenciosos, llenos de sombra. (71)

Contemplo a hurtadillas su perfil inmóvil, sus grandes ojos dilatados fijos en el espacio, sus largos cabellos sueltos bajo la chupalla de paja. (85)

Tendí mis miradas por el largo corredor, en cuyo extremo se agrupaban los trabajadores que esperaban el pago. Allí estaban, mirando cavilosos al suelo. (89)

Mi vista se extendía por el vasto potrero [...] Charcos que brillaban como espejos relucientes. (92-93)

Llegué con mi ocular inspección al convencimiento de que la medianía en mal estado era la del mañoso de Calixto. (95; cursivas nuestras)

Como un Peeping Tom, el "patroncito" se dedica continuamente a mirar espacios y personas, y a mirar también a otros sujetos que miran. Un sofisticado juego de luces y de reflejos posibilita este mecanismo panóptico en el que, de vez en cuando, se hacen explícitas las funciones de vigilancia. La mirada patronal -su "ocular inspección"- constituye el eje de lo descriptivo, a menudo en combinación con pesquisas auditivas como aquella en que culmina el relato "Confidencias", cuando el narrador escucha a hurtadillas, con "hondo interés", "la banal conversación de dos gañanes" que se cuentan "sus pequeñas vidas miserables" (107). Falta en Gana la expresa vocación nacionalizante, así como la especificidad dialectal que fuera buscada en los rincones. De ahí que su adscripción al criollismo suela resultar problemática, o reducirse, como sucede con las clasificaciones de Ferrero, Goic y Latcham, a una calidad precursora, momento previo, todavía indeciso entre las sugestiones naturalistas y modernistas (citados en Oelker, 1983: 40). A no mediar una integración ulterior, como ese "resumen de chilenidad" celebrado por Montenegro, se diría que la obra de Gana desconoce el rol sinecdóquico asignado a la periferia. La peculiar intensidad de su centralismo, sin embargo, visibiliza uno de los modos comunes con que se habrían de perpetrar tanto la exhibición de mónadas como el catastro ecuménico.

2. Baqueanos de Chile

Nicomedes Guzmán introduce de esta forma el octavo volumen de La Honda: "Nos encaminamos ahora hacia nuestra montaña sureña. El baqueano: Juan Donoso. Antes que él, hubo algunos de paso experto, y de pupila sagaz y penetrante [... ] Juan Donoso se aventura con nosotros por [rutas] semejantes a las que hollara Marta Brunet" (1946b: 7-8). Bajo la férula del espaciamiento criollista12, el escritor es concebido repetidamente como un práctico de los caminos, un guía por las sinuosidades del hinterland. Colabora así con una misión que venía pidiéndose desde el discurso lastarriano de 184213, pero que se torna apremiante en los programas expansivos de un Armando Donoso o de un Latorre14. La incorporación de territorios tiene como avanzadilla a un elenco de cuentistas, poetas y novelistas que, junto con guiar, entrega reportes sobre futuros beneficios. Cada obra literaria asoma como el resultado de una exploración ya consumada, pero que volverá a consumarse en el acto de la lectura. Los baqueanos, puesto que han estado ahí, son valorados como poseedores de una cierta experticia, a la que, por lo demás, se da un sentido patriótico. Según lo afirma Luis Durand (1947: 37), el apersonarse en el rincón respectivo comporta inclusive un rasgo generacional que distingue, por poner un caso, a Latorre de Rafael Maluenda o de Guillermo Labarca. Para estos dos últimos, siguiendo a Durand, el campo es tan sólo "un espectáculo observado de lejos, quién sabe si desde la ventanilla del tren, o al paso veloz del automóvil". Se aclama entonces al que puede hacer alarde de una relación de copresencia con los espacios referidos, una relación que se logra por medio de viajes, expediciones, estancias más o menos cortas, y no necesariamente con la oriundez o con la dilatada permanencia que Yerko Moretic, ya en la década del 70, vislumbrase en Coloane: esos "inclementes años de su zarandeada juventud", esa "acerba vida austral que lo despojó de muchos convencionalismos" (Moretic, 1971: 22). Pero aun cuando el contacto se prolongue, tanto la producción como la recepción literarias son procesos que se efectúan al regreso, ya no en las periferias nutricias sino en alguna encarnación del centro: Santiago o el espacializado nosotros de la crítica y los prólogos.

El circuito que parte y llega al núcleo vital queda muy bien dibujado en los textos de Melfi (1938: 75-77): Baldomero Lillo baja al fondo de lamina "en busca del documento secreto", y sale "una y otra vez del pozo con las manos llenas de tesoros"; Federico Gana va al campo, trepa los cerros y, de vuelta "a la ciudad", narra "los episodios que vio o vivió", describiendo las "confidencias [que] escuchó lleno de emoción en los rincones de los potreros"; Joaquín Díaz Garcés, un "hombre refinado", halla en los antiguos fundos al capataz Juan Neira y lo muestra "en una narración de admirable contextura literaria"; Mariano Latorre emprende "un viaje inacabable de descubridor de temas y paisajes", encontrando "las epopeyas solitarias que se desenvuelven en los ásperos picachos andinos"; Januario Espinosa se impregna "del aroma de las aldeas y los villorrios perdidos", y "con un manojo de flores silvestres" construye "uno de los libros más encantadores de la literatura criolla"; "todos, en fin, rastrean los matorrales y entregan más tarde el fruto de sus observaciones en páginas emocionadas". Dicho por el mismo Melfi (1938: 80), pero con mayor claridad aún, "eran hombres de la ciudad que salían de vacaciones y regresaban con las pupilas cargadas de paisajes y el espíritu grávido de sensaciones"; eran los baqueanos que subsanarían las negligencias y deficiencias cognitivas del centro geopolítico.

Homero Castillo diría algo similar respecto de Mariano Latorre y éste lo diría a su vez respecto del poeta Carlos Acuña. Para Castillo (1962: 56-57), "el maestro del criollismo fue hombre de la ciudad y su inclinación por el medio campestre no constituyó otra cosa que un amor a la distancia", distancia que comenzaba a acortarse con ayuda de "frecuentes viajes a los campos del sur de Chile", pero que no alcanzaba como para "negar que la mayor parte del año la pasaba en el centro más denso y cosmopolita del territorio", allí donde radicaban, por cierto, el punto de referencia, la perspectiva, las "oportunidades para afinar su poder de observación y de saciar la sed que le devoraba por ahondar en la psicología de los chilenos". En cuanto al autor de las Baladas criollas, Latorre elogia al "hombre unido a la tierra por la tradición, que la ha recorrido desde niño en las heredades de sus mayores, durante las vacaciones de colegial o de adulto"; era Acuña un poeta que "nunca vivió en el campo", miembro de "una familia ancestralmente urbana, pero que siempre poseyó propiedades agrícolas", y que ahora demostraba haber sentido "sinceramente el rincón" (Latorre, 1971: 539-541).

La dimensión extractiva se corrobora claramente en la identidad del destinatario. Los tesoros periféricos, siquiera en formato icónico, son traídos para su procesamiento y para su fruición metropolitana.

Al baqueano no le cabe la tarea de felicitar a los anfitriones nativos por sus riquezas, sino más bien la de endosarles las reprimendas o los paternalismos derivados de la épica civilizatoria. La literatura criollista no está diseñada para hacer que los sujetos regionales se lean a sí mismos, y, al contrario, el papel de éstos se restringe al de ser leídos por otros: los lectores centrales. Acuña (Latorre dixit) ha "ennoblecido la materia rústica, la vasija primitiva, oro líquido de metáforas", para enseguida comunicar esa esencia desconocida del Maule al resto del país (1971: 535). Y Guzmán reafirma la asimetría del intercambio en sus introducciones nacionalizantes de los años 40:

Es Mario Bahamonde quien nos trae en este instante el mensaje viril de aquellas tierras salvajemente cordiales. Su "Pampa Volcada", aunque breve, es la primera obra -podemos asegurarlo- que nace en Chile con el airoso don de darnos a conocer la Pampa del salitre y sus hombres. (1945a:8)

Ahora una pausa necesaria, después del agitado caminar del sentimiento y del conocimiento por ciertas regiones difíciles y escabrosas de nuestra tierra. No va a ser, sin embargo, ese descanso provocado por el fragmento literario de fatua delectación. Lejos de esto, Oscar Castro nos va a revelar los secretos de un alma infantil, que capitaliza alegrías y angustias. (1945b: 7).

Aquí Drago ha cogido de los más seguros asideros del alma a un hombre chileno de cepa incorruptible. [....] Difiere de sus antecesores Drago cuando nos ofrece al conocimiento un roto vagabundo. (1946a: 9; cursivas nuestras)

La usual indistinción entre Chile y su núcleo, o el solapamiento del segundo término en el primero, complejiza notablemente el estatuto de la periferia ante su comunidad de lectores. En un sentido se trata de una otredad o de un afuera que los baqueanos exhiben e integran con sus textos. Pero también se da la posibilidad de que los rincones sean una manifestación de lo mismo, el territorio de siempre y no uno casi extranjero, como Latorre lo desliza al relatar su "afán casi místico" por recorrer el país y luego "darlo a conocer a los propios chilenos que por vivir en él, no se habían dado cuenta de que existía" (citado en Castillo, 1962: 68). En tal caso, el consumidor de literatura criollista es inducido a participar de las automodelizaciones que según Iser (2004) constituyen el meollo de la ficcionalidad. A este consumidor se le ofrece un mundo identificable, aunque puesto en un contexto que lo desfamiliariza. El criollismo permite a su público inventarse de nuevo, estar presente y todavía verse como un otro, salir del encierro y acrecentar su escrutinio cognitivo. El cruce de fronteras toma así la forma de un desdoblamiento identitario, que hace accesible el nosotros para el nosotros. Aquel "afán casi místico", señalado por Latorre, calzaría con la "condición de éxtasis" que Iser ve generar a las ficciones literarias, y el espacio regional habría sido entonces una herramienta de cognición, una coartada del autoapartarse para mejor tenerse15.

A modo de conclusión

La existencia de una bibliografía más o menos copiosa sobre el criollismo chileno -sea cual sea la definición o la periodización que se le asignen- podría hacer pensar en la imagen de un expediente ya cerrado, para el que resultaría inoficioso presentar nuevas pruebas. Hemos visto, no obstante, que el papel atribuido por entonces a los espacios periféricos implica una brecha todavía abierta a la investigación. Si estos espacios, en general, son encapsulados por una perspectiva dominante que los reconduce una y otra vez a su condición pre-semiótica, como si excepcionalmente pudiesen ser transcritos con independencia de una ideología o de un modelo perceptivo, el topógeno criollista asienta sus específicas operaciones de espaciamiento en la absoluta disponibilidad del rincón o la patria chica, prestos a fungir -igual en lo económico que en lo simbólico- como una zona de suministros primarios o como una tierra virgen cuya única función es la de acrecentar el tesoro de la chilenidad. Salvo en casos puntuales, no parece atisbarse una conciencia crítica acerca de los conflictos que conllevaría esta visión tributaria del hinterland, prevaleciendo, más bien, la inclinación a suponer que el tema se ofrece de modo natural a los objetivos nacionalizantes. Las regiones están ahí nada más que para servir a las empresas extractivas dirigidas desde el núcleo metropolitano, y tal vínculo viene a ser concebido de costumbre como una obviedad no interrogable; eso cuando no se enaltece sin ambages la labor de los escritores como esbirros de un patrón estatal centralizado. Dicha situación, sin embargo, resulta inadmisible si ha de pensarse al espacio como un escenario de luchas interdiscursivas o como una encrucijada de prácticas políticas, y así habrían de manifestarlo las nuevas axiologías y teleologías que el topógeno lárico y el topógeno regionalista irán imponiendo a las periferias a partir de los 50.

Notas

* Este trabajo forma parte de los resultados de la tesis doctoral Criollismo, larismo, regionalismo: la ficción territorial en la literatura chilena del siglo XX, guiada por Adolfo de Nordenflycht, apoyada por una beca de doctorado de CONICYT, y presentada en enero de 2012 en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

1  Hablamos indistintamente de espacios regionales o periféricos aun asumiendo que la magnitud de dichos espacios es variada, y que su localización se entrecruza con otras oposiciones, como la de campo/ciudad. Sin dejar de aceptar que la variedad de criterios diferenciadores modificaría el rumbo del análisis, el punto es que todos estos espacios integran, en un gran volumen de textos, una categoría más vasta que se acostumbra nombrar como "región". Existe, en efecto, una serie variopinta de fenómenos que resultan regionalizados de manera reiterada, tanto en el discurso literario como en el discurso crítico.

2  a) el telos que guía la tematización (nacional en el criollismo; universal o trascendente en el larismo; y regional, aunque casi siempre delegado por el centro, en el regionalismo posterior a 1973); b) el estatuto semiótico que gobierna el vínculo entre literatura y referente (icónico, simbólico e indicial); c) los procesos geopolíticos y demográficos a los cuales se asocia cada fase (poblamiento ecuménico, migración interna y reordenamiento del territorio); d) el cronotopo que se visibiliza en los tres períodos (rincón, lar y región); y e) el tipo de portavoz consagrado de manera sucesiva (baqueano de Chile, poeta de los lares y operador regionalista).

3  Durante las décadas del 50 y el 60, por ejemplo, la literatura criollista resulta torpedeada por una formación que, en palabras de Claudio Giaconi (1977:370), busca sustituirla por la "apertura [hacia una] mayor universalidad" y desacreditarla en función de sus "limitaciones geográficas", aunque no es sino con la tentativa canonizadora de Jorge Teillier en Los poetas de los lares cuando la ficción territorial adquiere continuidad, puesto que el programa lárico comporta menos un demérito del tema que un regreso a él empleando otras herramientas, en cualquier caso alejadas de la "poesía descriptiva" y de la "mera enumeración naturalista que conduciría a una especie de criollismo poético". Si en Giaconi se pretendía liberar a una generación del lastre topocéntrico heredado de los narradores precedentes, en Teillier lo que se quiere es depurar tal herencia conservando el prestigio del espacio no central, el decisivo "peso de la tierra", "el orden inmemorial de las aldeas y de los campos" (Teillier, 1999: 23).

4  Aunque al hablar del topógeno criollista acudamos eventualmente a la nominación facultativa de "criollismo", conviene reiterar que no nos concierne aquí el criollismo en su conjunto, sino tan sólo lo que se vincula con las operaciones de espaciamiento intranacional. Problemas como la tensión entre los textos criollistas y las vanguardias de la época no son por consiguiente nuestra prioridad, aunque por tratarse de un corpus claramente topocéntrico, las remisiones a la geografía parecen ser difíciles de evadir inclusive entre las tendencias que se empeñan en repudiarlo.

5 Con geoestatus o estatus geográfico aludimos a un persistente ordenamiento que se singulariza por la hipervaloración del centro y la minusvaloración de la periferia dentro de un contexto intranacional. El efecto más sobresaliente del geoestatus es la verticalización axiológica del par centro-periferia, de modo que el primer término de la relación queda ubicado también "arriba". Bajo tal modelo, los hechos narrativos suelen restringirse a una mera cuestión de ascensos, descensos y estancamientos.

6 El narrador se presenta como un sujeto nacido en Castro, aunque remodelado por su larga permanencia en la capital de Chile. Su percepción del espacio chilote y de los sujetos nativos, en todo caso, se expresa a través de la majadera calificación de una otredad salvaje, misteriosa y amenazante.

7  La cita corresponde a la página 31 de Latorre (1955) y a la 42 de Castillo (1962).

8  De seguro hay profundas diferencias entre autores como Gabriela Mistral y Mariano Latorre, trátese de cuestiones estilísticas, culturales o ideológicas, pero no por ello se deben negar las afinidades existentes en el nivel de nuestro análisis. En cierto momento, ambos ordenan el territorio de una forma parecida, y asignan a la periferia una función equivalente, cronotopizada en el "rincón" y la "patria chica". Sin descontar que sea identificable una serie de quiebres o de matices entre una y otra etiqueta (precursores, criollistas a secas, neocriollistas, angurrientistas, etc.), lo cierto es que el primer topógeno generalmente los trasciende. Quiere decir esto que, aun desviándose de la ortodoxia generacional, el espacio periférico sigue siendo tematizado -durante las décadas del 40 y el 50- conforme a la función monádica, la ampliación del ecúmene y la explotación del hinterland.

9  Mistral repudia el expolio de sus "patriecitas" e intuye el mantenimiento de prácticas conquistadoras y coloniales en el latifundio chileno, prácticas que están "devorándonos y hambreándonos, como a lo largo del país entero", y cuyo principal responsable no es otro que el Estado, al que considera un foco de "estupidez criolla" (Mistral, 1957: 114). En Escuelas Rurales (1933), Santiván propende a una empresa nacional de "desbarbarización", fundada en un preciso conocimiento de la realidad sureña. Este conocimiento, no obstante, tiende a exacerbar la secundarización del habitante periférico, lo cual se manifiesta entre otras cosas en el desprecio de sus costumbres, de sus hábitos de higiene, de su capacidad de organización política y también de su lenguaje.

10  En este hecho reparan Latcham (1969: 334), Castillo (1962: 56) y el propio Latorre (1953: 38).

11 "Desde sus inicios -agrega Sontag- la fotografía implicó la captura del mayor número posible de temas. La pintura jamás había tenido una ambición tan imperial" (31). "Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente" (32). "El fotógrafo es un superturista, una extensión del antropólogo que visita a los nativos y regresa con noticias sobre sus exóticos haceres y estrafalarios haberes. El fotógrafo siempre está intentando colonizar experiencias nuevas". (67)

12 Espaciamiento es el término alternativo con el que Culler explica la différance derridiana (Culler, 1984:89), y sirve también para designar tanto una ordenación preexistente como un acto de ordenar, tanto una diferencia pasiva como una simultánea diferenciación, un nuevo modelo de espacialización o un nuevo mapa. El propio Derrida utiliza el vocablo francés correspondiente: espacement. Culler lo emplea en inglés como spacing y en la versión española aparece precisamente como "espaciamiento".

13  Escribió Lastarria: "La naturaleza americana, tan prominente en sus formas, tan variada, tan nueva en sus hermosos atavíos, permanece virgen; todavía no ha sido interrogada; aguarda que el genio de sus hijos explote los veneros inagotables de belleza con que le brinda. ¡Qué de recursos ofrecen a vuestra dedicación las necesidades sociales de nuestros pueblos, sus preocupaciones, sus costumbres y sus sentimientos. [...] Principiad, pues, a sacar el provecho de tan pingües riquezas, a llenar vuestra misión de utilidad y de progreso [...] Este es el camino que debéis seguir para consumar la grande obra de hacer nuestra literatura nacional, útil y progresiva" (Lastarria, 1968:105-106).

14  Armando Donoso llama a novelar "nuestra vida cívica que aún está virgen" (Donoso, 1913:xviii), "el libro abierto que aguarda la oblación fecunda de la semilla" (xxiii). En cuanto a Latorre, los espacios no centrales aparecen retrospectivamente como el gatillante de su propia carrera literaria y de la de sus coetáneos, igual de deslumbrados por "el enigma de un mundo virgen" (1953:30). El país, a juicio de Latorre, atraviesa un período de poblamiento, las selvas desaparecen y se levantan nuevos pueblos, y a la literatura no le cabe otra misión que acompañar y enriquecer ese proceso, desflorando en términos simbólicos a las recientes incorporaciones del ecúmene.

15 Una conceptualización afín sobre la ficción es la que formula Luhmann, para quien la literatura ficcional permite sacar consecuencias sobre el conocimiento del mundo y sobre la propia vida. La ficción vive de sorpresas autoproducidas, de la tensión emocionante autocreada. A través de objetos duplicados que posibilitan el cruce de fronteras entre la realidad real y la realidad ficticia, el público se concede libertades que no se permitiría habitualmente, como parte de un proceso cercano a la tentación de experimentar consigo mismo a través de realidades virtuales. Habría en la ficción un subtexto que invita al lector a autoubicarse, refiriendo a sí mismo lo que ha visto y lo que ha oído (Luhmann, 2000: 75-92).

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Recibido: 30-Noviembre-2012 / Aceptado: 11-Junio-2013

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