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Literatura y lingüística

versión impresa ISSN 0716-5811

Lit. lingüíst.  no.41 Santiago mayo 2020

http://dx.doi.org/10.29344/0717621x.41.2256 

Reseña

Historia crítica de la literatura chilena. Volumen II. La era republicana: Independencia y formación del Estado nacional

Benjamín Escobar1 

1 Chileno. Magíster en Literatura de la Pontificia Universidad Católica de Chile y Doctorando en Literatura de la misma universidad. Chile. bescobar648@hotmail.com

Rojo, Grínor; Arcos, Carol. ., Historia crítica de la literatura chilena. Volumen II. La era republicana: Independencia y formación del Estado nacional. ., , Santiago: ,, LOM Ediciones, ,, 2018. . Páginas:, 436p. . ISBN, ISBN: 978-956-00-0992-0.

Este volumen dedicado a la literatura del siglo XIX se inserta en un proyecto académico y editorial que pone en diálogo el desarrollo de la literatura nacional bajo una perspectiva crítica. No se desea reproducir el panteón existente o repetirlo en los mismos términos en que se lo ha canonizado. El proyecto a nivel general abarca desde la fundación colonial hasta el Chile actual. Son cinco los volúmenes en los cuales se va a desentrañar el periodo antes señalado: letras coloniales (ya publicado por LOM en 2017); la literatura del siglo XIX (el libro que se está reseñando); el primer proceso de modernización (1870-1920); el segundo proceso de modernización, que abarca desde la explosión de las vanguardias hasta 1973; y por último, el volumen que ahonda en el último cuarto del siglo XX hasta la actualidad. En cada uno de estos volúmenes participan diversos especialistas, los cuales problematizan las distintas épocas bajo la periodización que proponen Carol Arcos y Grínor Rojo para leer la historia de la literatura chilena.

El volumen que se reseña aquí se encuentra bajo la coordinación de Bernardo Subercaseaux, quien delimita que el estudio se centrará en la producción literaria generada en torno a los procesos de Independencia y formación del Estado nación. Algunas de las ideas que se consideran centrales para entender este periodo son: la construcción de una nación y una identidad para la comunidad; educar y civilizar por medio de herramientas como la literatura; la construcción de la República como una institución nueva, distinta de los imperios, las monarquías y los principados; y por último, el desarrollo de un intelectual polifacético que trabaja en el ámbito público con textos literarios, políticos, históricos, jurídicos y periodísticos. Todos estos temas se dividen en seis grandes capítulos, los cuales se componen de un ensayo introductorio y subcapítulos a cargo de diversos especialistas. En estos se analizan a autores particulares (Rosario Orrego, Juan Egaña, Andrés Bello y Mercedes Marín, entre otros) a partir de la relación que generan sus escritos (o biografías) con los temas antes mencionados.

El primer capítulo “Republicanismo y literatura de ideas” elaborado por Bernardo Subercaseaux se centra en los intelectuales decimonónicos, quienes ejercen la dirección cultural del tiempo fundacional desde una perspectiva letrada, hegemónica y criolla. Estos pregonan a la razón como la instancia ordenadora del conocimiento, la cual va a permitir la formación educacional de los ciudadanos, que comandarán los destinos de una República libre de las ataduras coloniales. Dentro de este movimiento político, la literatura no solo tiene un sentido de expresión imaginaria, sino que ayuda a transformar los residuos del pasado en virtudes cívicas de una nueva conciencia nacional. Es sobre la base de este tema que aparecen los subcapítulos donde se trabaja con “Juan Egaña” a cargo de Claudia Zapata o Vasco Castillo y “Camilo Henríquez” a cargo de José Leandro Urbina. En lo que refiere a Henríquez este se presenta como perseguido por la Inquisición, debido a sus ideas revolucionarias respecto de la libertad americana frente al dominio de la corona española.

El capítulo “Construcción de nación y literatura nacional” se inicia con un ensayo de Jaime Concha quien analiza las respuestas entregadas por la literatura al tema de la identidad nacional. La base analítica que encierra este ensayo es comprender que tratar de conceptualizar una identidad común desborda cualquier tipo de proyecto académico que busque realizar esta tarea. Esto se debe a que, entre el Chile que está en proceso de formación y el neoliberal existe una perfecta discontinuidad marcada por ser una sucesión de alteridades: “La llamada 'identidad nacional' ni siquiera alcanza a ser una construcción cultural; es apenas un sistema de prejuicios (positivos y negativos) articulados ideológicamente de la peor manera posible” (74). Tomando como eje esta teorización, lo que realiza Jaime Concha es proponer que en la obra de Alberto Blest Gana y de Vicuña Mackenna se suman costumbres interpretables como la identidad en un tiempo y un lugar determinado. En relación con esta discusión es que aparecen subcapítulos en los que se analiza la figura de “José Victorino Lastarria” por Hugo Bello Maldonado, “Andrés Bello” por Carlos Ruiz Encina, “José Joaquín Vallejo” por Juan Armando Epple, “Mercedes Marín” por Darcie Doll y “Alberto Blest Gana” por Nicolás Salerno o Juan Durán.

El capítulo “Americanismo e identidad nacional” se introduce con un ensayo de Alejandra Botinelli, quien analiza el concepto de americanismo producido por intelectuales chilenos en diversas etapas. En la discusión pública del siglo XIX, la idea de la patria continental circula entre los lectores nacionales por medio de una recopilación editorial que publica este pensamiento americanista: la producción de “sus letrados elaboraron reflexiones sobre la unidad, la identidad y la potencialidad diferencial de 'nuestra América'” (171). Son cuatro los momentos en los que se podría situar este pensamiento: el independentista, que se repliega en la retórica romántica, con una fuerte presencia de un discurso indigenista criollo; un segundo periodo, donde predomina el debate entre letrados respecto de la emancipación cultural de las nuevas naciones; un tercer momento en el que el americanismo nacional afirma su autonomía política y soberana ante los ataques neocoloniales de las potencias euro-atlánticas; y por último, un etapa de reformulaciones geopolíticas generadas por la guerra del Pacífico en América del Sur y un naciente antiimperialismo que critica la influencia de Estados Unidos en el continente. En torno al desarrollo de esta temática americanista es que aparecen textos sobre “Francisco Bilbao” de Alejandra Botinelli, “Benjamín Vicuña Mackenna” de Manuel Vicuña, “Rosario Orrego” de Carol Arcos y “Vicente Pérez Rosales” de Javier Pinedo.

El capítulo “Autoría femenina” inicia con un ensayo de Carol Arcos que busca abordar la subjetividad de las mujeres en la modernidad. Desde dos aristas fundamentales: la problematización de la red enunciativa del yo sujeto desde la crítica feminista y la pregunta acerca del lugar que ocupa la enunciación de las escritoras en la modernidad. En el Chile de esa época se aprecia la aparición de la figura de la autora en los circuitos de la ciudad letrada: “Esta fase acostumbro a denominarla como de autorías femeninas fundacionales, pues en ella las mujeres chilenas inician su recorrido como sujetos modernos de escritura, generan ciertas estrategias de autorización de sus discursos” (285). La escritura femenina en la cultura impresa produce una legitimación en su enunciación e irá instaurando nuevos dispositivos del habla, los cuales se pueden dividir en tres: la publicista, que genera las condiciones propicias para la intromisión de otras escritoras; la literata, que demuestra una voluntad de estilo que se evidencia en su prolífica producción cultural; y la editora, que se vincula al proceso global de incorporación de la mujer al ámbito laboral. A saber, el mismo acto de escribir de estas autoras es una transgresión al espacio destinado para su desenvolvimiento, puesto que no se encuentran del “todo adentro” (287) y siempre deben estar generando estrategias para su permanencia en la institucionalidad literaria. El único subcapítulo que acompaña esta temática es “Martina Barros Borgoño: Recuerdos de mi vida” de Marcela Prado Traverso.

El capítulo “El mundo del libro” abre con el análisis de Juan Poblete referido a la formación de una sociedad lectora en el siglo XIX. Este tema principal lo trabaja a partir de dos ejes fundamentales: por un lado, el proceso secular de formación de lectores realizados por la Iglesia y el Estado y, por otro, el desarrollo de una formación social en relación con el consumo cultural, lo cual se encuentra asociado al mercado del libro y a los consumidores (lectores) que empezaban a ser parte de este. Son tres grandes actores sociales que se ven involucrados en este proceso: el Estado, la Iglesia y los diversos públicos ciudadanos. Cada uno de ellos desarrolló en diferentes momentos sus propias prácticas y discursos en el empeño por construir, participar y dirigir la esfera cultural: “proceso de reorganización societal, formación de públicos nacionales y de formación de lo público nacional” (325). Uno de los textos que se analiza en relación con esta temática es De la instrucción primaria en Chile. Lo que es y lo que debería ser, de los hermanos Miguel Luis Amunátegui y Gregorio Víctor Amunátegui, quienes diseñan una estrategia para entregar un rol civilizatorio a la lectura por medio de la expansión de esta actividad. Los subcapítulos asociados con la formación lectora son “Traducción e idearios de la nación” de Gertrudis Payás Puigarnau, “De la imprenta a la industria editorial” de Bernardo Subercaseaux y “Sociabilidad literaria” de Carol Arcos y Andrea Kotow.

El último capítulo, “Canon y exclusiones” se desarrolla en relación con dos ensayos que trabajan esta temática. El primero de ellos, “Historiografía literaria del siglo XIX” de María Teresa Flórez, critica las formas convencionales de las historias literarias que se han escrito hasta la fecha. Algunas de las líneas principales de esta convencionalidad son: una supuesta búsqueda de imparcialidad y objetividad propia de la actividad científica; la idea del tiempo como un juez imparcial que selecciona de manera natural a aquellas figuras y escritores de trascen dencia; y por último, el entendimiento de la historia como escritura de la verdad y la fe en la posibilidad de reconstruir el pasado. Al respecto, se determina que las historias literarias han tenido una mirada unilateral, la cual excluye y silencia múltiples voces y deja solamente aquellas que “reafirman estructuras y los discursos de poder existentes” (418). El segundo de ellos es “Literatura indígena durante el siglo XIX” de Fernanda Moraga García, que intenta abarcar la producción de textos indígenas de este periodo. Este escrito presenta un contexto histórico donde se ejerce una fuerte “conciencia criolla” (425), la cual comienza a materializar un proyecto de nación que valide lo propio. Dentro de lo que plantea Fernando Moraga, un elemento interesante de analizar es el vasto campo de producciones escritas por mapuches: “más de trescientas cartas y más de cien autores mapuches entre 1803 y 1898” (423). Estas misivas eran escritas por diferentes autoridades (toqui, lonco, ulmén, etc.); tenían como mensaje principal cuestiones de índole política, económica y familiar; y eran recibidas por caciques, eclesiásticos, autoridades militares, exploradores, investigadores, escritores profesionales, entre otros. En definitiva, con estos dos ensayos la Historia crítica de la literatura chilena intenta reflexionar acerca de las exclusiones que han generado este tipo de recopilaciones, ya que se realiza una crítica a la crítica en la realización del ejercicio historiográfico.

En conclusión, resulta valorable el intento que realiza el libro por reescribir el campo literario del siglo XIX desde una perspectiva crítica. A pesar del enfoque moderno que le imponen los coordinadores a esta historiografía, no se busca alcanzar una totalidad interpretativa para esta época, sino que se construye una pieza más que sirve para leer este periodo de la literatura nacional. Es por esto que se produce una mezcla entre aquellas voces que estaban silenciadas y una relectura de los nombres que han tenido un espacio de privilegio en el campo literario de la época: “nuestra tarea ha consistido en poner el canon chileno al día, en hacer que esa literatura chilena de otros tiempos dialogue con los gustos y las preocupaciones de los lectores de hoy” (12). Es de esta manera que se da espacio a voces tratadas “descuidadamente en historias anteriores a la nuestra” (12), ya que aparece la escritura de mujeres en un ensayo brillante de Carol Arcos y testimonios indígenas que se desmarcan de la apropiación cultural que intentaron realizar los criollos. En efecto, esta historia crítica de la literatura se preocupa por intentar desligarse de la homogenización cultural que carga consigo el hablar de lo nacional. Para eso discute con la violencia del archivo por medio de un corpus heterogéneo (de autores y de críticos) y el análisis de las relaciones de poder de los lugares enunciativos de distintas épocas.

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