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Biological Research

Print version ISSN 0716-9760

Biol. Res. vol.34 n.2 Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0716-97602001000200003 

EDUARDO DEL SOLAR OSSES
1932 - 2001

TITO URETA*

*Departamento de Biología, Facultad de Ciencias, Universidad de Chile.

Inesperadamente, y después de una breve e irrecuperable enfermedad, Eduardo del Solar, el destacado genetista de la Universidad de Chile y la Universidad Austral, abandonó una vida plena y exitosa. Su deceso y el casi simultáneo de Francisco Varela, empobrecen a la ciencia chilena en una magnitud que no quisiéramos.

Al ingresar en 1955 al primer año de la carrera de Medicina en la Universidad de Chile, me encontré con un joven que participaba como ayudante en los trabajos prácticos del curso de Biología y Genética, dirigido por un grupo excepcional de profesores entre los que se destacaban especialmente Gabriel Gasic, Danko Brncic, Gustavo Hoecker y Susi Koref. del Solar cursaba a la sazón la Licenciatura en Biología que se impartía en el Instituto Pedagógico, pero toda su actividad de investigación se desarrollaba en el laboratorio de Danko Brncic dedicado a la genética de drosófilas. Rápidamente nos hicimos amigos y, aunque sus conocimientos de Biología superaban largamente los míos, comenzamos a discutir, con sin igual valor y energía, sobre todo tipo de problemas filosóficos relacionados con la ciencia. La discusión y el intercambio de ideas académicas solo terminaría en este annus horribilis.

Entre 1965 y 1967 coincidimos como becarios en la Universidad Rockefeller en Manhattan. Eran tiempos efervescentes para la Biología. Después de los espectaculares descubrimientos de Avery, McLeod y McCarthy (precisamente en el Instituto Rockefeller) ya se conocía el papel del DNA en la transmisión de los caracteres hereditarios y la dilucidación de la estructura en doble hélice del DNA por James Watson (frecuente visitante a los laboratorios del Rockefeller) y Francis Crick, habían abierto las compuertas al torrente de la naciente Biología Molecular. El código genético ya había sido descifrado, lo que permitía avizorar los avances que vendrían. La Universidad Rockefeller había tenido un papel decisivo en muchos de los descubrimientos y contaba con una espectacular panoplia de investigadores. Para Eduardo del Solar, Federico Leighton y yo (recién comenzando nuestro entrenamiento de posgrado) era asombroso poder conversar con gigantes de la talla de Dobzhansky (tutor de Eduardo), de Duve (tutor de Federico), Fritz Lipmann (mi tutor), Mirsky, Stein, Moore, Merrifield, Stanley Rous (el del sarcoma), Kunitz, Dubos, Siekevitz, Edelman, Zinder y tantos otros. Por supuesto, nuestros temas favoritos eran los campos de investigación que estaban apareciendo y nuestras propias profecías acerca de lo que descubriríamos en el futuro ya cercano. Varios otros chilenos pululaban en la alta densidad de universidades de Nueva York y, a menudo nos juntábamos para conversar con ellos acerca del futuro de la ciencia, sus implicaciones para la sociedad, y sus relaciones con la epistemología. Eduardo del Solar se manejaba con soltura en todas las discusiones y podía ser muy cáustico en sus opiniones.

Nuestros laboratorios estaban muy cercanos y a menudo nos visitábamos para contarnos de los experimentos que perpetrábamos y ofrecernos ayuda mutua. Eduardo había logrado criar drosófilas mutantes con geotropismo positivo y demostrar cierto grado de aislamiento reproductivo entre esos mutantes y las cepas controles al cabo de solo 15 generaciones, resultados que sugerían que los fenómenos de especiación no requerían de tiempos tan largos como los que habitualmente se suponían. Poco podía yo ayudarle dada mi infinita ignorancia pero, por supuesto, me daba cuenta de lo importante que eran sus conclusiones (posteriormente publicadas en los Proceedings of the National Academy of Sciences). Tampoco podía Eduardo asesorarme en mis propias investigaciones ya que su decidida aversión a las explicaciones moleculares le impedía percatarse de la revolución que se estaba produciendo en las ciencias biológicas. Nunca pudimos concordar nuestras visiones acerca de estos puntos y Eduardo se dedicó toda su vida a investigaciones holísticas acerca de poblaciones y yo persistí en mis reducciones moleculares.

Algún tiempo después de su vuelta a Chile, Eduardo aceptó la dirección del Instituto de Ecología y Evolución de la Facultad de Ciencias de la Universidad Austral de Chile en Valdivia, que había quedado vacante por el alejamiento de Osvaldo Reig, ese gran evolucionista argentino que pasó varios años fecundos en Chile. Se le abrían a Eduardo amplias posibilidades de investigar las poblaciones de drosófilas en las innumerables islitas de los ríos que circundan la Isla Teja. Allí desarrollaría una importante labor que se plasmaría en más de 60 artículos científicos, una fecunda labor como académico y una destacada participación en las sociedades científicas del área naturalista, no solo nacionales sino también de Latinoamérica y de Europa. Su amistad con el recordado Jorge Millas lo llevó a participar en grupos de discusión acerca de filosofía, especialmente de filosofía de las ciencias. Su preocupación por los estudiantes de pocos recursos lo llevó, en compañía de otros académicos, a promover la fundación de hogares universitarios y varias otras obras de significado social.

Durante todos esos años nos visitamos con frecuencia, tanto en Valdivia como en Santiago, estimulados en gran medida por la amistad entre Gloria (su esposa) y Elfriede (la mía). Especial placer nos producía hurgar en nuestras respectivas bibliotecas para así descubrir nuestras preocupaciones intelectuales del momento. Todo ello por supuesto nos llevaba a estar nuevamente en desacuerdo fecundo acerca de todo.

Hace un par de años Eduardo decidió alejarse de la actividad académica. Nuevamente no quiso atender mi llamado para que mantuviera su compromiso con la Universidad Austral y con la genética de poblaciones. Quería más tiempo para sus lecturas y para los viajes a lugares exóticos. La muerte lo visitó en los momentos en que se aprestaba a una nueva aventura pero, en cambio, lo invitó a un viaje cuyos senderos nos son desconocidos.

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