SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número25Mi veterana se llamaba Clarisa y yo soy un simple predicador"Un juego de ajedrez mal entablado": las estrategias del poder en Purén indómito índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


Acta literaria

versión On-line ISSN 0717-6848

Acta lit.  n.25 Concepción  2000

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-68482000002500008 

 

"No os olvidéis de nosotros": martirio y
fineza en el Cautiverio feliz
*

GILBERTO TRIVIÑOS
Universidad de Concepción

*Este artículo forma parte de la investigación "La metamorfosis del rostro del bárbaro en los relatos de cautiverios del reino de Chile (Siglo XVII)", aprobada y financiada por FONDECYT (Proyecto N 1990468).

Las historias de cautiverios de "cristianos" entre "bárbaros" dispersas en las crónicas, epopeyas, declaraciones, historias generales, desengaños y memorias del Reino de Chile no han sido identificadas, clasificadas, analizadas e interpretadas de modo exhaustivo. La mínima bibliografía sobre el tema permite afirmar, no obstante, que la figura del cautivo, elusiva y omnipresente en el discurso colonial chileno, posee una proyección histórico-cultural que requiere ser evaluada (Concha 1986:6). Es el caso, por ejemplo, del estudio de dicha figura dentro de la historia aún no escrita de las relaciones interétnicas en el territorio que Ercilla inventa como lugar donde Venus y Amor no alcanzan parte. Los relatos de cautiverios en la Araucanía, escritos en el siglo XVII para demostrar sobre todo la (in)humanidad de los indios, la (i)licitud de la guerra y la (in)justicia de la esclavitud, tienen, en este aspecto, una importancia fundamental. No es posible comprender sin ellos el desarrollo de las grandes polémicas sobre los modos de relación entre "bárbaros" y "cristianos" en el Reino de Chile.

Dos grandes grupos narrativos se oponen polémicamente en el proceso colonial de reelaboración de la figura del bárbaro que resiste la dominación: 1) relatos de la crucifixión (literal o simbólica) de los cautivos. La historia de cautiverio deviene en estos casos descenso a los infiernos, monstruosa inversión del mundo o "estado infelicísimo absolutamente mucho peor" que el de los israelitas en Egipto. Las obras más representativas de este modo de figuración, que reproduce el común parecer occidental sobre el cautiverio de cristianos entre bárbaros, son Desengaño y Reparo de la Guerra del Reino de Chile de Alonso González de Nájera, la Declaración de Juan Falcón e Histórica Relación del Reyno de Chile de Alonso de Ovalle. 2) relatos de las "finezas bárbaras". El cautiverio es aquí un "fenómeno de transferencia y de aprendizaje mutuo, que quita al español sus aristas de usurpador y lo convierte, por la fuerza de las cosas, en simple prójimo del indio" (Concha 1986:7). Los grandes textos del siglo XVII que narran este "milagro cultural" son la Historia General del Reino de Chile, Flandes Indiano y el Cautiverio feliz de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán.

El libro que funda uno de nuestros mitos más persistentes, ese que dice "Pineda y Bascuñán, defensor del araucano", puede ser leído de múltiples maneras. Una de ellas se destaca, sin embargo, con singular nitidez. Es la lectura que ilumina precisamente el valor fundamental del Cautiverio feliz en la reinvención del rostro de los hombres de la tierra que el relato esclavista del Reino de Chile transfigura en "bárbaros de naturaleza tan inclinados a derramar sangre y comer carne humana, que no se encarece todo lo que se debe su crueldad en llamarlos crueles fieras; porque a ellas les falta el discurso y luz de razón, para poder compadecerse en sus usadas carnicerías" (González de Nájera 1971:60).

El jesuita Diego de Rosales narra el cautiverio del hijo de Alvaro en el Capítulo XI del Libro Séptimo de su extensa historia general. Las coincidencias con el relato de Pineda y Bascuñán son notables. Ambos textos, por ejemplo, exaltan a Lientur, el bárbaro magnánimo que impide el sacrificio del cautivo, a Alvaro Núñez de Pineda, "sangriento y furioso" en la batalla pero "muy piadoso y compasivo" con los rendidos y a Pichi Alvaro, agasajado "no como captiuo sino como libre, haziéndole muchas honras". El editor de la Historia General advierte esta similitud y concluye que "evidentemente Rosales conoció el libro manuscrito de Bascuñán, porque aquél refiere los incidentes de su cautividad i rescate de su vida en la misma forma que el capitán español". Benjamín Vicuña Mackenna pudo haber señalado, además, que la secuencia mencionada contiene lo que probablemente constituye el primer juicio historiográfico sobre el Cautiverio feliz. El relato finaliza cuando el narrador declara que "de su cautiverio (el capitán) hizo un curioso libro, porque fueron muchas cosas las que en él le sucedieron de gusto" (Rosales 1989:1041).

El mayor interés del capítulo mencionado de la Historia General reside, no obstante, en la declaración del propio narrador sobre el alargamiento del relato del cautiverio de Pineda y Bascuñán. Rosales expande morosamente su historia para ilustrar con ella "que el hazer bien nunca se pierde, ni el ser humano con los rendidos, y misericordioso con los captiuos. Pues la misericordia que usaba con ellos el Maestro de Campo Aluaro Nuñez de Pineda, se la pagó Dios en que hallasse su hijo, viendose captiuo, quien usasse de misericordia y humanidad con el". La finalidad polémica de la historia así configurada se percibe, con todo, ahí donde el escritor jesuita dice que ha alargado su relato para que se vea que los indios, "aunque bárbaros, saben ser humanos y agradecidos" (1989:1041). Rosales destaca así lo que parece constituir la mayor clave de la vigencia del "curioso libro" del siglo XVII más allá, o más acá, de la disputa por su especificidad genérica y de la búsqueda de su sentido primordial. El criollo marginado no ocupa en este caso el escenario. Tampoco el hábil tejedor de un espejo de príncipes. Lo ocupa el cristiano que viajó inesperadamente al mundo del bárbaro. El anciano que recuerda su lejano cautiverio feliz en la Araucanía. El libro en el que reclamar justicia para Chile significa pedirla para el criollo benemérito no lleva a su autor a recuperar el poder perdido en una sociedad vuelta al revés por los comerciantes deshonestos y los dudosos licenciados (Chang-Rodríguez 1982:72). Le permite, en cambio, retribuir la fineza de sus cautivadores. Escribir lo inconcebible en el mundo colonial: "Trata de la felicidad que tuve entre estos bárbaros".

"LA ECHE DE MI Y QUEDE SOSEGADO"

He escrito en otro lugar que Pichi Alvaro se inscribe dentro de la serie de personajes castos del imaginario colonial chileno. Aquí reside, sin duda, una de las claves más importantes para establecer la especificidad del "milagro cultural" narrado en Cautiverio feliz. Pichi Alvaro, como Fray Pedro Pezoa, Sor Gregoria Ramírez, Fray Alonso del Pozo, Alonso de Monroy y Alonso de Miranda, es un cautivo ejemplar precisamente porque huye una y otra vez de la mezcla interétnica. Las escenas narrativas que cifran el congelamiento del cruce son las luchas contra los requerimientos de las ilchas prodigados en "bailes y entretenimientos (donde) se tiene por cortés y agradable al que se acomoda al tiempo y hace lo que ve hacer a los demás" (Discurso II, Cap. IV). El discurso de la gloria, predominante en La Araucana, Arauco domado, Purén indómito o Histórica relación del Reyno de Chile, exalta a los conquistadores que contrastan a los enemigos sin huir de la batalla, sin pasar de largo por el trance peligroso. El discurso de la castidad, predominante en el Cautiverio feliz, exalta otro tipo de combate, otra manera de triunfar: "la fuga o la ausencia".

Los primeros "sucesos amorosos" protagonizados por Pichi Alvaro están narrados en el Capítulo XIII del Discurso II del "libro famoso de las letras coloniales chilenas". Pineda y Bascuñán (re)crea aquí el modelo estructural característico de los relatos de castidad cristiana entre bárbaros: tentación y rechazo, ofrecimiento y fuga. Las explicaciones dadas por el narrador para justificar su "cortedad" con la nieta de Anganamón y la moza ebria son reveladoras. Una razón práctica ("lo hacía el cacique por tentarme y por reconocer la inclinación que tenía al sensual apetito") pero sobre todo una razón religiosa impiden servir a las araucanas "en correspondencia torpe y deshonesta". Los cristianos y cautivos no pueden ofender a Dios "tan a las claras, y mas con mujeres infieles y ajenas de nuestra profesion, porque (es) pecado doble y de mayor marca" (1863). "Miedo y vergüenza". Temor del cautivo a la ira del bárbaro y temor del cristiano a la ira de Dios. Los "sucesos amorosos" de los Discursos III, IV y V doblan estas escenas del Discurso II. Las ilchas deseantes, los lugares del deseo y las estrategias del deseado para evitar las cópulas (promesa incumplida de regresar, oración, ficción de ebriedad) son siempre diferentes. Los desenlaces narrativos son, sin embargo, invariables. La lucha por la castidad concluye siempre cuando el cautivo temeroso de Dios rechaza la tentación sensual. Pineda y Bascuñán se distingue radicalmente en este aspecto de otros cautivos castos del Reino de Chile. Alonso del Poso, por ejemplo, no se siente tentado cuando sus cautivadores lo exhortan a imitar el ejemplo de los religiosos que se casaron y tuvieron mujeres indias en los tiempos de los alzamientos antiguos. Rosales narra su cautiverio destacando precisamente la "pureza angélica" del jesuita cuya lucha triunfante contra el "espíritu de fornicación" le permite salir del cuerpo permaneciendo en el cuerpo. No es el caso del cautivo feliz. Pineda y Bascuñán no silencia ni disimula el deseo de Pichi Alvaro. Lo convierte, por el contrario, en materia misma de su relato. Una escena del libro tiene en este sentido particular interés. Se trata del ya famoso episodio del baño narrado en el Capítulo XXXIII del Discurso III. La lucha por la castidad tiene aquí su momento más dramático, su combate más peligroso. La mayor hazaña heroica del Cid es la conquista de Valencia. La de Godofredo de Gullón, la reconquista de Jerusalén. La de Hurtado de Mendoza, la derrota del "estado indómito". La de Pineda y Bascuñán, la huida del cruce con la ilcha que sobresale entre todas por blanca, por discreta y por hermosa:

(Salimos) al estero a repetir el baño continuado de mañana, adonde encontramos algunas muchachonas desnudas en el agua, sin rebozo, y entre ellas la mestiza, hermana de mi compañero (que también por su parte me insistia y solicitaba para que la comunicase a lo estrecho), entre las demas muchachas se señalaba y sobresalia por blanca, por discreta y por hermosa. Confieso a Dios mi culpa, y al lector aseguro como humano, que no me ví jamas con mayor aprieto tentado y perseguido del comun adversario; porque aunque quise de aquel venéreo objeto apartar la vista, no pude, porque al punto que nos vieron las compañeras que con ella estaban, nos llamaron, que en estos entretenimientos y alegres bailes, como solteras y sin dueños ni maridos, suelen servir de bufonas; y porque no me juzgasen extraño y descortes a sus razones, respondí con agrado y buen semblante, diciendo que a otro cabo nos íbamos a bañar con toda priesa. Y aunque nos convidaron con el sitio en que ellas desnudas asistian, pasamos de largo a otro emboscadero y lugar mas oculto, excusando el envite con palabras de chanza, respondiendo conforme nos hablaron (1863:296).

La historia del Rey Profeta "que vio lavarse a una mujer sin velos, y le llevó no tan solamente la vista de los ojos, pero también los afectos íntimos del alma" y la extensa digresión sobre el mal uso de las guedejas restablecen el orden textual perturbado por el reconocimiento del poder de las voces del deseo. El narrador simboliza el triunfo de dicha legalidad trocando los versos del poeta que dice "Porque la mujer desnuda / Cosa delicada es, / Ha de estar entre vidrieras / Porque el aire no la dé" en los versos del censor que dice "Porque la mujer desnuda / Cosa perniciosa es, / Ha de estar entre paredes / Porque no la puedan ver" (1863:297). El dinamismo moralizante del texto no logra silenciar, sin embargo, la verdad de la fuerza del deseo de Pichi Alvaro. Ni los años transcurridos entre el tiempo de la escena del baño y el tiempo de su evocación en la escritura, ni el triunfo final de la fuga de las "fértiles impurezas", ni los desplazamientos del relato por las digresiones que "son y han de ser el blanco principal" del autor, perturban realmente la intensidad del recuerdo de la "tentación tan fuerte", la nitidez de la memoria de los "afectos íntimos" provocados por la visión de la "mujer desnuda, blanca y limpia, con unos ojos negros y espaciosos, las pestañas largas, cejas en arco, que del Cupido dios tiraban flechas, el cabello tan largo y tan tupido, que le pudo servir de cobertera, tendido por delante hasta las piernas".

Los lectores del Cautiverio feliz han interpretado de diversas maneras la llamada "inexplicable resistencia del protagonista a cuanto más apetecen los jóvenes". Alone, por ejemplo, incluye un episodio de esta clase dentro de una serie de cuatro episodios de terror, peligro y amenazas en los cuales el joven se encomienda con fervor a los santos para no perecer. Es el "momento estelar" ocurrido en "una de esas fiestas de salvajes que congregan a comer, beber y danzar". El autor de Memorialistas chilenos pide imaginar "la situación del mozo austero, devoto de la Virgen, sometido a esas urgentes y, para él, horribles tentaciones. Los rezos y las mandas a los santos menudean" (1960:7). Pocas literaturas ofrecen, según Alone, un ejemplo tan patético de lo que se llama, estrictamente, el candor. La sonrisa por "esta ingenuidad un tanto primitiva, lindante en lo pueril", del cautivo casto sólo se atempera con el respeto por "el carácter de Núñez de Pineda y Bascuñán, hombre de una sola pieza, indomable y capaz de sostener a la faz de las autoridades que no tenía el Rey derecho para quitarles sus tierras a los indios por fuerza ni tampoco el Pontífice para convertirlos contra su voluntad, menos aún sometiéndolos a torturas" (Alone 1960:8). Ricardo Herren no atenúa la ironía cuando habla de la dura lucha del casto capitán contra el demonio de la lascivia. Dos sentimientos explican en este caso su rechazo a usar y abusar de las mieles del amor. "Por un lado están sus firmes convicciones de que toda expansión sexual fuera del matrimonio es pecado gravísimo e impropio de su dignidad, de su clase y de su identidad de cristiano ejemplar. Por el otro desliza y se solaza a lo largo de su obra con coherentes razonamientos misóginos que contribuyen a mantenerlo apartado de las mujeres" (1992:140). Misoginia. Pineda y Bascuñán, en efecto, parece fortificar su lucha contra la "concupiscencia lujuriosa" multiplicando las oportunidades para despotricar contra la sexualidad y sus serpientes tentadoras. Halla admirable, por ejemplo, que los indios, antes de asistir a un consejo o asamblea de guerreros, duerman separados de sus esposas porque saben que "no hay cosa que más aminore y menoscabe que la cohabitación con las mujeres" y se consuela con los consejos y opiniones de Tureupillán, el anciano conocedor de la naturaleza habladora, embustera, ambiciosa y entremetida de las mujeres. El autor de Indios carapálidas advierte, no obstante, un hecho significativo en el relato de la visión de la mestiza "desnuda, blanca y limpia". La invitación del narrador a contemplar un rato la tentación tan fuerte puesta entonces por el demonio no sería más que una excusa del anciano Pineda y Bascuñán para "solazarse y relamerse con el recuerdo de su contemplación de la jovencita en cueros" (Herren 1992:141). La vulgaridad de la formulación de Herren no impide advertir lo fundamental: el reconocimiento en el tiempo de la escritura de los poderes del "vicio torpe, lascivo y deshonesto". La confesión del cautiverio de la mirada. La huella imborrable del triunfo momentáneo de la pasión. La memoria de la culpa: "Confieso a Dios mi culpa, (...) aunque quise de aquel venéreo objeto apartar la vista, no pude" (Discurso III, Capítulo XXXIII).

No todos los lectores de estas confesiones creen en el triunfo de la castidad del cautivo asediado por las bellas materializaciones del espíritu maligno en la Araucanía. La interpretación más interesante en este sentido es la de José Anadón. El crítico chileno cree que el cautivo feliz sucumbió realmente a los requerimientos de las ilchas y sus aliados (abuelos, padres, hermanos). Sólo el pudor, el rigor ético, le impidieron declarar de modo explícito sus (placenteras) derrotas. Habría, sin embargo, una manera de confesión: el "cambio de tema". Así, por ejemplo, en el relato del combate con la nieta mestiza de Anganamón. La tensión creada por la insistencia del generoso abuelo se disuelve precisamente cuando el narrador suspende su relato sin decir nada sobre el desenlace de la lucha misma por su castidad. El cambio temático parece ser aún más revelador en el caso de la escena del baño de la bellísima hija de Quilalebo. "Para nuestra desgracia, después de este episodio, el amante en ciernes deja de hablar sobre el asunto, salvo alusiones pasajeras, cuando falta todavía por completarse casi un tercio de la obra. Pineda mencionará que aceptó la invitación de Quilalebo para quedarse unos días ­contra su voluntad, dice­ y allí permanecerá hasta que le avisen que el intercambio de prisioneros ya está concertado. Finalmente, Quilalebo y toda la familia le ofrecerán una emocionante fiesta de despedida. En materia de amores, parece ser, confesó con su silencio" (1977:58-59). El cautivo confesaría sin confesarse. Anadón reitera su malévola lectura en el Capítulo VI de su Historiografía literaria de América colonial, cuando destaca la ponderación de la extraordinaria hermosura del cabello de la mestiza: "Minuciosas descripciones revelan que esas tentaciones no lo enojan sino halagan, y termina de contar abruptamente: 'Arrepentido y pesaroso me hallaba, al instante de algunos pensamientos admitidos y luego desechados, acogiéndome al sagrado de la misericordia divina y la oración mental que me asistía'. Así pues no convence la insistencia exagerada con que Pineda defiende su castidad durante el cautiverio" (1988:161). La interpretación de estas reticencias del texto es interesante. El silenciamiento de las cópulas, dice Anadón, refleja los conflictos interculturales del autor. Pineda y Bascuñán, como Hans Staden y Mary Rowlandson, "cooperaron con los indios, lo cual implica que se adaptaron a las circunstancias, y eso fue clave para su salvación. Al encontrarse nuevamente en su propio medio, fue normal que hubiera que matizar y aun silenciar el grado de participación que tuvieron en la cultura pagana" (1988:150). La experiencia del Stockholm Syndrome, en síntesis, sería fundamental para comprender por qué los autores de Cautiverio feliz, Viajes y cautiverio entre los caníbales y Narrative of the Captivity and Restoration escribieron sus experiencias modificando sus testimonios por razones difíciles de conocer, por qué los contradictorios relatos de sus cautiverios "no ocultan la complicada interacción que tuvieron con los indios, y de buen grado, aun cuando expresen fuertes críticas" (1988:150). Una razón, por lo menos, no es difícil de vislumbrar en el caso del libro de Pineda y Bascuñán: el miedo a las formas coloniales del ex ellis es de El retablo de las maravillas. El temor de Pichi Alvaro a ser llamado de la manera que él mismo estigmatiza a la esposa de Quilalebo: "connaturalizado con los bárbaros".

Síndrome de Estocolmo. Rigor ético de cristiano ejemplar. Pudor narrativo del cautivo feliz. Misoginia que se niega a reconocer la fascinación por lo vilipendiado. Las interpretaciones de los silencios del libro en materia copulativa no se agotan. Así lo evidencia Luis Leal en su estudio "El Cautiverio feliz y la crónica novelesca", incluido en el volumen Prosa Hispanoamericana virreinal editado por Raquel Chang-Rodríguez en 1978. El análisis del doble tiempo cronológico del libro, del ir y venir del pasado al presente y del presente al pasado, lo que se ilustra precisamente con el relato de un idilio del protagonista interrumpido por un narrador que interviene "en calidad de capitán, de amo, de señor" para precisar que no cedió a la tentación, da la ocasión a dicho estudioso para recordar la opinión de Anderson Imbert, según la cual la resistencia de Pineda y Bascuñán se debe a que era "tan puntilloso en señalar el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la virtud y el pecado, que ilustra su tabla de valores con episodios de novela. Por ejemplo: sus sorprendentes escrúpulos ante la mujer" (1978:137). Pero Leal introduce aquí una provocadora rectificación, una escandalosa torsión interpretativa. La causa de las fugas del cautivo se encuentra, según él, en otro plano, en otro nivel. Más que escrúpulos morales debemos entrever en Pineda y Bascuñán "cierto latente homosexualismo" durante su juventud (1978:137). Los efectos de esta lectura no son despreciables. El asombrado recolector de "otras figuras, otros encuentros, otras historias" sabe ahora que le habría faltado registrar un caso famoso de reverso antiépico. Una historia de "infame vicio" como la narrada por Rosales en el Capítulo XLIX del Libro Quinto de la Historia General del Reino de Chile, Flandes Indiano: "Otra enfermedad mas pestilente dio a algunos Españoles en Paicabi, qe fue del alma, porqe se hallaron heridos de un sodomitico contagio catorse soldados, qemaron los trese, y perdonose al uno por no ser tan culpado" (1989:854). Las búsquedas de los silencios del texto hechas por Anadón serían, por lo demás, innecesarias. Las reticencias del narrador no se encontrarían en las escenas evocadoras de las fugas de las ilchas deseantes. Estarían realmente en otros lugares. En las numerosas partes del relato en las que Pichi Alvaro duerme con los hijos o nietos de sus numerosos protectores de la Araucanía. El Cautiverio feliz cambia realmente como el mar. "Algo hay distinto cada vez que lo abrimos" (Borges). El málevolo lector, mon frère, mon semblable, lo confirma.

"ERA DE GRANDE JUBILO Y ALEGRIA EL OIRLE"

Los coloquios amorosos del Discurso II, regidos siempre por la figura narrativa de la fuga, tienen especial interés. La memoria de las ilchas deseantes se muestra aquí con su mayor fuerza perturbadora. La intensidad del recuerdo parece ser tan poderosa que el autor debe reprogramar, rediseñar su escritura para legitimar el ingreso de las historias amorosas en la secuencia narrativa del Cautiverio feliz. La belleza del jardín con muchas flores metaforiza en el Capítulo XIII el encuentro de la escritura de Pineda y Bascuñán con el principio estético de la variedad: "Y porque, como dijo Ovidio, que es conveniente y permitido en las historias trágicas entreverar algunos amorosos subcesos, se me podrán permitir los que tocare y fueren convenientes a la historia. (Un) jardin con varias flores / es a la vista agradable; / y así será mas loable / lo vario en los escritores" (1863:138). La mayor importancia del Discurso II reside, no obstante, en el capítulo titulado "En que se trata de la continuación que tuvo la hija de mi amo en regalarme, y como estando yo solo en el monte durmiendo, llegó sola a despertarme; de la suerte que la despedí, y de como, después de haberme rescatado, la cautivaron a ella; de como la rescaté y llevé a mi casa, adonde se bautizó y murió cristiana. Trátase también de paso del amor y sus efectos". Rechazo de la ilcha y conversión de la china. La secuencia del Capítulo XVII así resumida por el mismo autor es profundamente iluminadora. Reproduce con variantes la programada mezcla de "historias trágicas" con "amorosos sucesos". Multiplica la figura narrativa de la fuga ("la despedí"), restablece polémicamente la verdad del rechazo de los "objetos venéreos" de Arauco relativizada en el mismo siglo XVII por el dramaturgo peruano que representa estos amores "muy a lo poético, estrechando los afectos a lo que las obras no se desmandaron" (1863:150), pero, sobre todo, hace patente que la materia ideal del texto es la proliferación de las historias de la colonización de las almas bárbaras:

 

Dió mucho gusto al gobernador la resolucion con que me habló la china, y la dijo que si queria estar con él, que la tendria en su compañía y la regalaria mucho; a que respondió que no, de ninguna suerte, que pues ella habia sido mi ama y señora cuando cautivo, que ahora le tocaba a ella estar debajo de mi dominio y mando, y pues ya nos conocíamos, no habia de apartarse de mi lado: con que me fué forzoso el comprarla, dando por ella luego todo lo que me pidieron. Y ya que habemos tocado esta materia y el cambio de nuestras suertes, no será bien dejar en blanco lo que esta moza feliz tuvo para su salvacion conocida (...) Llevé a mi casa esta china, con deseos de volverla a su tierra y remitirla a su padre, por mostrarme agradecido a los favores y agasajos que me hizo siendo su esclavo; por cuya causa excusé el hacerla cristiana, aunque en el poco tiempo que asistio a mi casa, sabia las oraciones principales, porque rezaba de noche con la gente del servicio. Llegó en esta sazon a la ciudad de Chillan, adonde yo tenia mi vecindad, un padre y relijioso grave de la Compañía de Jesús (...) Y dentro de tres o cuatro dias se llegó la china al reverendo padre y le dijo, como yo no queria que fuese cristiana, cuando ella lo estaba deseando con extremo; examinóla despacio el relijioso y halló que sabia las oraciones necesarias para poder recibir el agua del santo bautismo, y conoció en ella un fervoroso celo de admitirle, con lo cual se allegó a mí encargándome la conciencia y diciendo que no podia evitar que aquella china fuese cristiana, cuando ella lo deseaba con todo afecto. Díjele la causa que me movia, que era al despacharla a su padre, y que no me parecia que era cosa ajustada enviarla a su barbarisma prendada en los preceptos de nuestra relijion cristiana; a que me respondió que no tenia nungun deseo de volverse a su tierra ni adonde estaba su padre. Hicimos llamar a la muchacha, y examinándola, dijo resueltamente, que no tenia gusto de volverse a casa de su padre, sino es de ser cristiana y conocer a Dios, como ya tenia principios de ello. Con esta determinacion rogué al reverendo padre que la industriase a nuestra santa fee y la cristianase; hízolo así el dia de la Natividad del Señor, primero día de Pascua, y como yo la tenia en lugar de hija, festejé su bautismo con algunos regocijos y un espléndido banquete" (1863:150-151).

El cambio de nuestras suertes. Plenitud de los juegos al trocado en la época colonial. El esclavo casto rechaza el cuerpo de la señora seductora. El capitán agradecido llama hija a la china conversa, festeja su bautismo y la entierra con la solemnidad que su "dichosa muerte" merece. Lugar del despliegue sin reticencias del discurso de la conversión. El escritor sospechoso de silenciar por pudor el recuerdo de sus cópulas se niega a "dejar en blanco lo que esta moza feliz tuvo para su salvación conocida".

La historia de la ilcha así sublimada no es, con todo, la única de esta clase narrada por Pineda y Bascuñán. Ella forma, con los casos del hijo de Luancura bautizado por Pichi Alvaro (Discurso II), del mancebo que huye con el cautivo de su padre (Discurso II) y del bárbaro que respeta la virginidad de la monja de la ciudad de Osorno (Discurso IV), el grupo de historias transfiguradoras del relato de cautiverio en relato de conversión. El Cautiverio feliz es realmente el lugar de una utopía. La utopía de la conversión voluntaria del bárbaro:

(No) quiso volverse a casa de sus padres, por acompañar a su amigo y ponerlo en casa de su padre y madre, en la ciudad de Santiago de Chile, adonde le asiste y le sirve con todo amor, habiendo dejado su patria, a su padre y madre y todo su regalo... (Dijo) resueltamente que no tenia gusto de volverse a casa de su padre, sino es de ser cristiana y conocer a Dios, como ya tenia principios de ello... (Este tal) indio se quedó entre nosotros pidiendo bauptismo encarecidamente, y (...) se fue siguiendo a esta relijiosa y le sirvió de esclavo toda su vida, con notable ejemplo y edificacion de todos (1863: 143, 151 y Discurso IV, Capítulo XVI).

Estas historias ocurren en diferentes tiempos y lugares de la Araucanía, pero su sentido es invariable. Unas y otras testimonian la misma libre metamorfosis del cautivador en "esclavo" de su cautivo. La misma negación india de sus dioses. El mismo "arrobo" del bárbaro por la divinidad cristiana. El narrador que silencia los nombres de las cautivas aindiadas, que demoniza la mutación al revés, el pasaje de blanco a indio, no tiene reparos para inscribir en el relato su juicio positivo sobre las fugas, reniegos y bautismos de los indios fascinados por la religión de sus cautivos. Afirma explícitamente, por el contrario, que las conversiones narradas son dignas de toda alabanza, notable ejemplo y edificación de todos.

La historia del adoctrinamiento, bautismo y dichosa muerte del niño indio "agradable, apacible y amoroso" como su padre, narrada (a)morosamente, microscópicamente, en la larga secuencia que se extiende entre los Capítulos XVIII y XXX del Discurso II, testimonia en grado apoteósico el acto de escritura mediante el cual el libro del cautiverio feliz deviene libro de dichosas conversiones. Las escenas de las metamorfosis del bárbaro en catecúmeno, del conquistador en evangelizador, del esclavo en señor, de la naturaleza bárbara en claustro natural, son múltiples. Destaco sólo las que evidencian de modo más espectacular el propio repudio bárbaro de las señas de identidad bárbara: 1) Capítulo XIX: El hijo de Luancura admite sin discutir, sin protestar, la petición de no decir Pillán sino Dios. 2) Capítulo XXI: El discípulo declara que las hechicerías y ceremonias del machi le producen miedo, "mas (las de) aquél, que parecía demonio en su cara, talle y traje". 3) Capítulo XXIII: Luancura recibe con "grande júbilo y alegría" la noticia de la mudanza de la religión de su hijo más querido. 4) Capítulo XXVII: El niño bautizado con el nombre de Ignacio reitera en su lecho de muerte el repudio del "endiablado médico". Dice a su padre que no quiere ser curado con las acostumbradas ceremonias del demonio, que le tiene "gran horror y miedo" al machi y que no quiere verlo más. Parece encontrar consuelo en la repetición de oraciones e invocación de los nombres de Jesús y María. Pineda y Bascuñán, el cautivo que lo bautizó, lo escucha con "grande júbilo y alegría". 5) Capítulo XXVII: Los padres de Ignacio no logran que tome la medicina dejada por el médico indio. El cautivo logra persuadirlo. El narrador que rememora la muerte del converso consigna así el imperio del cautivo sobre el bárbaro que muere transfigurado por la visión de la Virgen con su hijo en brazos: "no lo quería beber de ninguna manera, hasta que yo le rogué que lo hiciese, que parece que en todo me mostraba mas amor y mas respecto que a sus padres, por serlo espiritual de su alma y amigo verdadero en su enseñanza y doctrina" (1863:183-184). 6) Capítulos XXIX y XXX: Los testigos de la dichosa muerte de Ignacio contemplan admirados al difunto que se vuelve más hermoso, más blanco y agraciado que cuando estuvo vivo. Pineda y Bascuñán explica el suceso maravilloso. La muerte bella, que distingue a los cristianos de los que no lo son, es la huella material de la participación del cuerpo en la perfección del alma en estado de gracia.

El Capítulo XXXI, que clausura significativamente el Discurso II, interpreta de modo explícito el sentido del relato de la historia de la conversión del hijo de Luancura. La programación del Cautiverio feliz como libro que hace patente las verdades que no pueden ser dichas en el Reino de Chile tiene en este lugar una de sus materializaciones más bellamente elocuentes. La historia misma de Pineda y Bascuñán, el cautivo no sacrificado por sus cautivadores, prueba, contra las crónicas, declaraciones y desengaños que testimonian la inhumanidad de los bárbaros naturalmente crueles, que los señores araucanos son clementes, piadosos, magnánimos. Naturalmente dóciles. Las historias de los bárbaros fascinados por sus prisioneros cristianos demuestran, contra los relatos que proclaman la verdad del luciferino aborrecimiento de los "bárbaros gentiles", que los "hombres principales" se sienten naturalmente inclinados a los españoles. La historia de la conversión de Ignacio, por su parte, hace patente la otra gran verdad descubierta por el cautivo en el tiempo de su esclavitud. El discurso colonial predominante dice que los indios aborrecen la religión cristiana. El Cautiverio feliz replica que "quién no se maravilla y pone suspensión a sus discursos considerando el natural tan dócil de los caciques, en particular hablando de los hombres principales, acompañado con piadoso celo, capacidad, y entendimiento para comprender los misterios de nuestra santa fe católica, y permitir a sus hijos y familias que los aprendan, sin repugnancia alguna; y esto es común en toda su tierra, adonde más distantes se hallan de los españoles, como lo verifican los cautivos que entre ellos han asistido algún tiempo, demás de haberlo yo experimentado en todos los distritos que he corrido el tiempo de mi esclavitud" (1863:195). No pueden negarse las atrocidades de los "bárbaros infieles", pero nadie podría probar que las han ejecutado por odio a la religión cristiana: "(Si) cometieron y han cometido tantos y tan repetidos delitos, no fue nacido jamás por tener aborrecimiento a nuestra ley ni por el conocimiento de Dios, que no le conocen ni han conocido, como después en su lugar se tratará mas latamente de este punto, que es muy especial para que se desengañen muchos que han pensado, que son herejes estos naturales" (1863:195). Para que se desengañen muchos. Las palabras del narrador de la historia de Ignacio son claves. Prueban de modo transparente, inequívoco, que el "principal asunto" del libro es el proyecto crítico de deshacer la autoridad del discurso de la guerra de exterminio de la "desdichada nación" india. El acto provocador del "hombre bueno" que dice lo impensable a su propio grupo étnico: "nosotros somos los malos".

Las narraciones de mudanzas religiosas en el Capítulo XV del Discurso II y los Capítulos XVI y XVII del Discurso IV del Cautiverio feliz reproducen con variantes los sentidos del relato de la conversión de Ignacio. El mancebo indio que huye con el muchacho cautivo y le sirve en Santiago con todo amor, "habiendo dejado su patria, a su padre y madre y todo su regalo", testimonia, como el discípulo de Pichi Alvaro, que los hijos de los señores indios dueños de sus voluntades y apartados de la frontera son "naturalmente inclinados a querer bien a los españoles", "naturalmente inclinados a hacerse cristianos". El guerrero de naturaleza dócil, por su parte, reprime el furor ardiente de su apetito, libera a la religiosa honesta, pide encarecidamente su bautismo y le sirve de esclavo toda su vida. El narrador, maravillado por esta "acción heroica", la llama "regla y norma". La intención polémica de estos relatos al trocado es patente. Ambos desacreditan profundamente, como la narración de la mudanza de Ignacio, los mitemas legitimantes de la esclavitud practicada en gran escala en el siglo XVII:

 

Dos cosas al intento de nuestro libro podremos llevarnos por delante: la primera, que muchos de esta jentílica nación no tienen tan perversos naturales como algunos presumen y exajeran sus acciones, pues se ha reconocido que el común de los que son de sangre ilustre y claro nacimiento, se muestran piadosos, corteses, apacibles y agradables, y con extremo agradecidos al bien que les hacen, y al agasajo que reciben, y por lo consiguiente, reconocen lo que es santo, justo y bueno, como queda manifiesto en este y otros subcesos.
La segunda, que no por haberles faltado natural discurso y comprehensivo entendimiento a nuestros bárbaros infieles, dejaron de penetrar y comprehender los divinos misterios y la lei que profesamos; antes sí juzgo que por tenerle tan vivo, perspicaz y agudo han menospreciado nuestros ritos, por haber atendido cuidadosamente a lo que desatentos nuestros antepasados obraron, y no a lo que les dijeron: aprendieron mas bien lo que veían hacer, que lo que con apremio y mal ejemplo querían enseñarles, porque es mas propio del natural humano facilitársele lo visto, que imprimírsele en el alma lo predicado (1863:359-360).

El Cautiverio feliz cifra así la gran tradición discursiva del siglo XVII que emplea las historias de las finezas bárbaras con los cautivos dentro de una estrategia argumentativa cuya finalidad es refutar la representación de los hombres de la Araucanía como "gente indigna de llamarse racional, porque es ajena de toda virtud, hechicera, supersticiosa, agorera, sin justicia, sin razón, sin verdad, sin conciencia y sin alguna misericordia, más que crueles fieras" (González de Nájera 1971:45). Las mudanzas de religión narradas en el Discurso II y el Discurso IV tienen en este sentido una importancia fundamental. Testimonian una y otra vez, precisamente contra los mitemas estructurantes del relato de los defensores de la esclavitud, que los indios "no son de tan de malos naturales como algunos los hacen, (...) pues habiendo tenido tan perversos ejemplares, reconocen lo bueno, reverencian lo honesto, y se apiadan de los aflijidos los mas de ellos" (1863:357). La figura fascinante de Pichi Alvaro muestra nuevamente su proteísmo esencial. El "capitán valiente" que se convierte en evangelizador y médico, en cautivo que cura cuerpos y salva almas bárbaras, deviene también "buen oyente" de los relatos indios que enseñan lo no sabido, lo silenciado, lo no dicho en el discurso español de la conquista de Chile. Jerónimo de Quiroga dice en sus Memorias de los sucesos de la Guerra de Chile que los historiadores deben dejar "algo" a los indios para cuando escriban sus anales (1979:352). No leyó sin duda el Cautiverio feliz. Pineda y Bascuñán, ya lo sabemos, escribe una "relación política en forma de tratado y memorial por intención y estructura, no una crónica", pero elabora extensas secuencias narrativas con el designio explícito de escribir la verdadera historia de la conquista. Los relatos indios de martirio y resistencia, de esclavitud y rebelión, de agravio y alzamiento, escuchados por el cautivo en distintos distritos de la Araucanía, cifran precisamente la función disolvente del Cautiverio feliz en el discurso historiográfico hispano-criollo del siglo XVII. El escándalo es realmente triple:

1. El narrador del cautiverio feliz no refuta ni silencia, no censura ni desprecia los relatos indios de la conquista escuchados por Pichi Alvaro. Con ellos hila, por el contrario, la historia trágica no contada, velada por el mito épico, de la conquista del Reino de Chile.

2. El relato de la muerte de los jesuitas en los capítulos XI y XII del Discurso II tiene un momento iluminador sobre el proceso de acreditación de la veracidad de los discursos indios. Pichi Alvaro no siempre considera "tan verdaderas" las historias de agravios por él escuchadas en la Araucanía. El narrador de la "prisión dichosa" declara cuál es en este caso su método historiográfico. El cautivo ya liberado solicita otros informes a "españoles y capitanes antiguos". La pesquisa no deslegitima ni desacredita la verdad de la memoria oral de la conquista. El hallazgo final es siempre el mismo: los testimonios de Colpoche, Maulicán y Anganamón se conforman una y otra vez "a la letra" con las narraciones de los cristianos antiguos y de crédito:

Atónito y suspenso me quedé por cierto, habiendo escuchado la relacion de este cacique, que nunca juzgué fuese tan verdadera, hasta que despues de conseguida mi libertad, me informé del caso de algunas personas antiguas y de crédito, y hallé ser a la letra de lo sucedido y de lo que el cacique me habia contado; y aun mas me añadieron, que fue el modo con que (Menéndez) engañó a los dos chinillas (1863:131-132).

Este es el suceso a la letra. La metamorfosis del luceferino personaje de los relatos esclavistas en el sabio anciano que permite a Núñez de Pineda y Bascuñán escribir la "verdadera historia" de la tragedia de Quilicura representa de modo ejemplar la especificidad polémica del "curioso" memorial del siglo XVII. La inclusión sin censura de las historias de martirio y rebelión contadas por los ancianos de la Araucanía, la multiplicidad de escenas en las que el cautivo deviene "buen oyente" de la "justificada razón" de la violencia anticolonialista, el método de solicitar "con cuidado" otros informes en los casos de duda sobre la verdad de lo escuchado, el hallazgo no silenciado de la consonancia de los relatos de los caciques "discretos y valerosos" con las narraciones de los españoles "antiguos y de crédito" y la invocación para que cada lector del libro medite sobre las historias narradas por los indios, son los signos sólo más ostensibles de un acto historiográfico profundamente provocador. Ercilla canta en el siglo XVI el valor sublime de los héroes araucanos. Pineda y Bascuñán perturba de otro modo la mitología colonial del siglo XVII. No escribe ya para proclamar el "valor grandísimo y constancia" de los araucanos. Escribe para decir que la historia de la conquista narrada por los indios es verdadera. Las palabras explícitas del escándalo colonial, impensables en la obra de Tesillo, son las dichas por Pichi Alvaro: "es verdad todo lo que referís".

3. El español "natural" de Chile que trama la historia verdadera de la conquista con los relatos de los "naturales" rebeldes del reino convierte en materia misma de su escritura la crítica del discurso historiográfico colonial: "Algunos escritores de historia de este reino he leído, y examinado sus letras con cuidado, y los más o todos se encaminan a culpar a estos naturales de traidores, de varios y insolentes". No hay realmente otro texto del siglo XVII que evidencie de modo más dramático, más elocuente que el Cautiverio feliz, la pulsión hiperbolizante que lleva a los historiadores a narrar los alzamientos indios sin examinar sus "causas y fundamentos", la "común pasión" que insinuar y agravar sólo las grandes maldades de los "bárbaros gentiles":

 

Exajeran la muerte de los padres de la Compañía de Jesús, acción de un corazón lastimado y bárbaro, y dejan en blanco la traición de los nuestros, habiendo de ser mas culpable y censurada por la obligación de cristianos, de personas de mas discurso y sujecion a los que gobiernan y a nuestros superiores. Oídas las razones de este cacique, y averiguadas, ¿habrá alguno que le culpe? ¿A quién llevan a la mujer que no desespere? ¿a quién hacen ofensa tan manifiesta que la disimule? ¿Pudieron hacerle mayor agravio, ni ponerle lance de mas vivo sentimiento que quitarle las mujeres? No por cierto: bien claro nos lo muestra el libro segundo de los Reyes (...) ¿Qué sentiría Ancanamon verse sin sus mujeres y debajo del dominio de sus enemigos estragadas, que con capa de amistad hicieron con él semejante desafuero? Entre la mano cada uno en su pecho y medite el caso como es justo, y verá si es culpable la acción de este cacique, o nuestra mala correspondencia, de la cual se han orijinado las mas veces las variedades de estos indios y sus rebeliones, y también los castigos que habemos experimentado de la mano de Dios, como lo irá verificando esta verdadera historia (1863:132-133).

El contraste de Cautiverio feliz con La Araucana y Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile ilustra con nitidez la especificidad polémica del libro del prisionero dichoso en la historia de las representaciones coloniales chilenas sobre la "gente más belicosa que ha habido en las Indias". Ercilla, llamado el inventor de Chile por Neruda, funda el mito de los bárbaros valientes que matan y mueren en el estado en que Venus y Amor no alcanzan parte porque sólo domina el iracundo Marte. Los araucanos así iluminados por la luz diamantina de la epopeya redimen y sustentan su libertad "con puro valor y porfiada determinación (...), derramando, en sacrificio de ella tanta sangre, así suya como de españoles, que con verdad se puede decir haber pocos lugares que no estén de ella teñidos y poblados de huesos" ("Prólogo", La Araucana 1962:17-18). González de Nájera lleva a su máxima expresión el contramito estructurante del relato esclavista: "Paréceme que los que han oído a mí aniquilar y abatir tanto los indios de Chile, tenidos y reputados por tan belicosos, que me preguntarán, pues los he mostrado tan inferiores a nuestros españoles no solamente en armas, pero en corpulentas disposiciones, ligereza y fuerzas personales, que ¿cuál es la causa que se defienden tanto de los nuestros, según las muchas victorias que van teniendo dellos?" (1971: 45). Los bárbaros valientes cuyo "valor grandísimo y constancia" los hace merecedores de entrar en el número de los grandes arquetipos heroicos de la humanidad devienen en el Desengaño "bárbaros de naturaleza tan inclinados a derramar sangre y comer carne humana, que no se encarece todo lo que se debe su crueldad en llamarlos crueles fieras; porque a ellas les falta el discurso y luz de la razón, para poderse compadecer en sus usadas carnicerías, a que los inclinó naturaleza para su sustento y conservación" (1971: 60). Pineda y Bascuñán se distancia profundamente de una y otra representación. No desmitifica a los bárbaros valientes que sólo matan o mueren por su patria, pero desplaza narrativamente las figuras esencialmente guerreras de la epopeya ("Venus y Amor aquí no alcanzan parte") por la de los "bárbaros naturalmente inclinados a querer bien a los españoles (...), agradables, apacibles y amorosos (...), naturalmente inclinados a ser cristianos". Los hombres de la tierra exaltados en el Cautiverio feliz no entran en el número de los grandes arquetipos humanos por su puro valor y porfiada determinación. Ingresan en la esfera de lo admirable porque son ejemplos de "celo piadoso". Quilalebo, Lientur, Maulicán, Tureupillan, Ancanamon. Los señores indios de "natural dócil" devienen padres simbólicos del cautivo afligido. El territorio indómito (Ercilla) infectado por la nación infernal (González de Nájera) se transfigura, asimismo, en lugar propicio a la formación de "cadenas de amor" entre los cautivos y sus cautivadores. Espacio ya no teñido y poblado de huesos de enemigos irreconciliables sino estremecido por el deseo de fértiles cópulas. Verdadero "claustro natural" donde el prisionero dichoso se convierte en evangelizador que bautiza con "particular amor" a los bárbaros poseídos por el "ardiente deseo de conocer a Dios".

Un pasaje de la secuencia narrativa del Cautiverio feliz tiene importancia fundamental en el proceso de reinvención de la "fiera inhumana" del relato esclavista. Se trata del relato del "bárbaro y mal rito" del sacrificio de uno de los españoles sobrevivientes del desastre de las Cangrejeras. Pineda y Bascuñán cree que morirá de un modo semejante. El narrador rememora el terrorífico espectáculo de la "procesión tumultuosa de demonios" llevando al infeliz soldado, "liadas para atrás las manos, tirándole un indio de una soga que llevaba al cuello". El Capítulo X del Discurso I testimonia así lo que parece ser el grado cero de diferencia entre la narración del cautiverio feliz y las historias de crucifixiones (literales y simbólicas) contadas en los tres capítulos de la Relación Cuarta del Libro Primero del Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile: "de verdad que en aquel trance estaba bastantemente animado a morir por la fe de nuestro Dios y Señor como valeroso mártir, juzgando en aquel tiempo que en odio de la fe santa, obraban con nosotros sus inclemencias o rigurosos castigos, siendo así que no es esto lo que les llevaba a la ejecución de sus acciones" (1863: 38). La declaración es clave. El capitán salvado del sacrificio por Maulicán está prisionero, como González de Nájera, de la "común pasión" contra los indios. La libertad física del criollo es la máscara de su encarcelamiento en los sutiles muros de la imaginación colonial: "El muro que difama, el muro que silencia y el muro que persigue". El tiempo de cautiverio es a la vez el tiempo de la emancipación del frenesí deshumanizador. Pichi Alvaro deviene libre siendo esclavo. Sus versos testimonian esta metamorfosis. El cautivo inscribe en ellos el reconocimiento gozoso de la humanidad de sus cautivadores. El feliz hallazgo de su "amor y ternura" nunca descubiertos por los informantes de González de Nájera, siempre refutados por el discurso esclavista, nunca vislumbrados por el mancebo sacrificado en "el suelo" de la Araucanía:

Cautivo y preso me tienes
Por tu esfuerzo, no es dudable;
Mas con tu piadoso celo
Mas veces me aprisionaste.
Mas podré decir, que he sido
Feliz cautivo en hallarme
Sujeto a tus nobles prendas,
que son de tu ser esmalte (1863:47).

La multiplicación de las historias que prueban el "natural dócil" de los indios, la crítica de la "común pasión" de los historiadores del reino, la abundancia de capítulos "en que se meditan las razones del bárbaro, y se da a entender que las injurias y agravios que se hacen en Chile perturban la paz y quietud del reino", el reconocimiento de la verdad de los relatos indios de la conquista y el desarrollo de extensas secuencias argumentativas con la finalidad explícita de demostrar que la guerra de conquista es injusta en el Reino de Chile, que la esclavitud es ilícita, que "estos infieles no han sido herejes ni apóstatas jamás", señalan la diferencia irreductible entre el Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile y el Cautiverio feliz. La máxima distancia entre el libro poseído de la compulsión deshumanizadora del "bárbaro" y el libro que la desenmascara como "común pasión". La historia del cautiverio que su narrador llama tiempo de grandes agasajos y corteses acciones es mucho más que "el aparentemente entretenido relato (que) le ofrece a Pineda abundantes ejemplos para sustentar su tesis contra la administración colonial y mostrar el conocimiento en el cual descansa el poder de su escritura" (Chang-Rodríguez 1982:75). Testimonia bellamente, más allá o más acá del designio político del autor, la (incompleta) liberación de la compulsión etnófaga. Emblematiza de modo fascinante, más acá o más allá de la tesis que convierte la defensa de los "bárbaros naturales" en la defensa del "criollo hijo de la patria" obsesionado por la recuperación del poder perdido ("Por eso el yo se yergue dominando la crónica"), la consumación de un deseo. El cumplimiento del ruego de Tureupillan: "Y vos, capitán, amigo y compañero, que os ausentáis de nosotros y nos dejáis lastimados, tristes y sin consuelo, no os olvidéis de nosotros, significando a los españoles vuestros hermanos y compañeros, que no somos tan malos ni de inclinaciones tan perversas como nos hacen" (1863:491). La historia de cautiverio regida por la reduplicación de las figuras deseosas de retornar a la casa del padre amado (Discurso I: retorno de Maulicán / Discurso V: retorno de Pichi Alvaro) no concluye realmente con la liberación de Pichi Alvaro y su gozoso reencuentro con Alvaro Núñez. Finaliza sólo con la escritura del libro que narra la historia del cautivo feliz. Con la fineza cristiana que esculpe "eternamente" el recuerdo de la fineza bárbara.

BIBLIOGRAFIA

Anadón, José. 1977. Pineda y Bascuñán defensor del araucano. Vida y escritos de un criollo chileno del siglo XVII. Santiago de Chile, Seminario de Filología Hispánica, Editorial Universitaria.         [ Links ]

------------------------------------ . 1988. "Autobiografías de cautivos-viajeros: Staden, Pineda Bascuñán, Rowlandson - y el Stockholm Syndrome". En su Historiografía literaria de América colonial, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Católica de Chile, pp. 145-171.         [ Links ]

Anderson Imbert, Enrique. 1970. Historia de la literatura hispanoamericana. México, Fondo de Cultura Económica.         [ Links ]

Camamis, George. 1977. Estudios sobre el cautiverio en el Siglo de Oro. Madrid, Editorial Gredos.         [ Links ]

Castillo Sandoval, Roberto. 1995. "¿Una misma cosa con la vuestra?: Ercilla, Pedro de Oña y la apropiación post-colonial de la patria araucana". En Revista Iberoamericana, Nos 170-171, enero-junio 1995, pp. 231-248.         [ Links ]

Concha, Jaime. 1986. "Requiem por el 'buen cautivo'". En Hispamérica, N° 45, pp. 3-15.         [ Links ]

Correa Bello, Sergio. 1965. El Cautiverio feliz en la vida política chilena del siglo XVII. Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello.         [ Links ]

Chang-Rodríguez, Raquel. 1975. "El propósito del Cautiverio feliz y la crítica". En Cuadernos Hispanoamericanos, N° 297, pp. 657-663.         [ Links ]

--------------------------------------------------- . 1982. "Conocimiento, poder y escritura en el Cautiverio feliz". En su Violencia y subversión en la prosa colonial hispanoamericana. Siglos XVI y XVII, Madrid, Editorial Porrúa, pp. 63-83.         [ Links ]

Díaz Arrieta, Hernán. 1954. Historia personal de la literatura chilena. Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag.         [ Links ]

------------------------------- . 1960. Memorialistas chilenos. Santiago de Chile, Editorial Zig-Zag.         [ Links ]

Ercilla, Alonso de. 1962. La Araucana. Barcelona, Editorial Iberia.         [ Links ]

Falcón, Juan. 1614. "Declaración". En Horacio Zapater Equioiz, "Testimonio de un cautivo 1599-1614", Historia, N° 23, pp. 313-325.         [ Links ]

Foucault, Michel. 1982. "La lucha por la castidad". En Varios, Sexualidades occidentales, Barcelona, Ediciones Paidós Ibérica, pp. 33-50.         [ Links ]

González de Nájera, Alonso. 1971. Desengaño y reparo de la Guerra del Reino de Chile. Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello.         [ Links ]

Haedo, Fray Diego de. 1929. Topografía e Historia General de Argel. Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles.         [ Links ]

Herren, Ricardo. 1992. Indios carapálidas. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina.         [ Links ]

Invernizzi, Lucía. 1993. "Recursos de la argumentación judicial-deliberativa en el Cautiverio feliz de Pineda y Bascuñán". En Revista Chilena de Literatura, N° 43, pp. 5-30.         [ Links ]

Jara, Alvaro. 1971. Guerra y sociedad en Chile. La transformación de la guerra de Arauco y la esclavitud de los indios. Santiago de Chile, Editorial Universitaria.         [ Links ]

Kavafis, Constantino. 1991. "Epitafio". En Miguel Castillo Didier, Kavafis íntegro, I y II, Santiago de Chile, Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos Fotios Molleros, Editorial Universitaria, pág. 621.         [ Links ]

Leal, Luis. 1978. "El Cautiverio feliz y la crónica novelesca". En Raquel Chang-Rodríguez, Prosa hispanoamericana virreinal, Barcelona, Borrás Ediciones, pp. 113-140.         [ Links ]

Levernier, James and Hennig Cohen (Ed.). 1977. The Indians and Their Captives. West Port, Connecticut, Greenwood Press.         [ Links ]

Lipschutz, Alejandro. 1967. El problema racial en la conquista de América y el mestizaje. Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello.         [ Links ]

Neruda, Pablo. 1978. "Nosotros, los indios". En Para nacer he nacido, Barcelona, Editorial Seix Barral, pp. 272-274.         [ Links ]

Núñez de Pineda y Bascuñán, Francisco. 1863. "Cautiverio feliz, y razón de las guerras dilatadas de Chile". En Colección de Historiadores de Chile y Documentos Relativos a la Historia Nacional, Tomo III, Santiago de Chile, Imprenta del Ferrocarril. Introducción de Diego Barros Arana.         [ Links ]

Ovalle, Alonso de. 1969. Histórica Relación del Reino de Chile. Santiago de Chile, Instituto de Literatura Chilena, Prensas de la Editorial Universitaria.         [ Links ]

Pastor, Beatriz. 1983. Discurso narrativo de la conquista de América. Cuba, Casa de las Américas.         [ Links ]

Pollard, Dennis. 1986. "The King's Justice in Pineda y Bascuñán's Cautiverio feliz". En Dispositio, Vol. XI, Nos 28-29, pp. 113-135.         [ Links ]

Quiroga, Jerónimo. 1979. Memoria de los sucesos de la guerra de Chile. Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello. Prólogo de Sergio Fernández Larraín.         [ Links ]

Rosales, Diego de. 1989. Historia General del Reino de Chile, Flandes Indiano. Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello.         [ Links ]

Salas, Alberto M. 1960. "Chile o el nuevo Flandes Indiano". En su Crónica florida del mestizaje de las Indias, Buenos Aires, Editorial Losada, pp. 139-171.         [ Links ]

Shuffelton, Frank (Ed.). 1993. A Mixed Race. Etnicity in Early America. New York, Oxford University Press.         [ Links ]

Subirats, Eduardo. 1994. El continente vacío. México, Siglo XXI Editores.         [ Links ]

Triviños, Gilberto. 1994. La polilla de la guerra en el Reino de Chile. Santiago de Chile, Editorial La Noria.         [ Links ]

_______________. 2000. "Punctum y común parecer en el Cautiverio feliz". En Rodrigo Cánovas y Roberto Hozven (editores), Crisis, apocalipsis y utopías. Fines de siglo en la literatura latinoamericana, Santiago de Chile, Ocho Libros Editores Limitada, Instituto de Letras, pp. 494-498.         [ Links ]

VanDerBeets, Richard. 1984. The Indian Captivity Narrative: An American Genre. Lanham, University Press of America.         [ Links ]

Vaughan Alden T. and Edward W. Clark (ed.). 1981. Puritans among the Indians: Accounts of Captivity and Redemption, 1676-1724. Cambridge, Harvard University Press.         [ Links ]

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons