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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.56 Santiago mar. 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962004005600002 

ARQ, n. 56 Educación / Education, Santiago, marzo, 2004, p. 5 - 8.

Notes English

LECTURAS

Ortopedia social

Mauricio Baros

Resumen
Pocas veces la arquitectura, en cuanto recrear y construir un mundo, es tan elocuente. Para un niño, la escuela es la primera visión de lo que es la sociedad más allá de las puertas de su casa; como tal, se convierte en modelo inaugural de las relaciones extra familiares. Como lo entendía Sánchez Ferlosio, es la entrada del ciudadano en el ámbito de lo público (y de lo impersonal), enfrentándolo sistemáticamente a los otros en una marcadora primera experiencia de urbanidad. ¿Qué pasa hoy con los espacios para la educación, como formadores de sociabilidad? ¿ha invadido la familia el territorio social del colegio? ¿cómo la arquitectura refleja los cambios de una educación que se acomoda cada vez más a la individualidad de cada estudiante?
En un momento en que se han reformulado los roles de padres y profesores, vale la pena preguntarse si las escuelas son las únicas depositarias posibles de la tarea educadora: la necesaria continuidad del proceso más bien hace pensar en una ciudad que es, toda ella, una escuela: abierta, pública, transparente.
Palabras clave: Educación, ensayos – experiencias pedagógicas, establecimientos educacionales, colegios urbanos, escuelas.


“Los nómadas son mucho más valientes que quienes se someten a las leyes. Vemos también que a los que soportan las normas y su disciplina desde jóvenes, educándose y aprendiendo las artes, las ciencias y la religión, se les merma mucho el valor y pierden prácticamente la capacidad de defenderse por sí mismos”. (1)

Las certezas
El colegio es algo por lo que todos hemos pasado. Sin embargo su recuerdo siempre nos produce cierta inquietud, en especial respecto de la eficiencia de las innumerables reglas y métodos a los cuales tuvimos que ser sometidos. Son los hechos que fácilmente rememoramos de nuestra época escolar: aquellos recuerdos que dejaron un sello profundo en nuestra memoria y ciertos sucesos a los cuales nunca pudimos dar explicación. Con lo primero obviamente me refiero a aquellos hechos que nos marcan y nos enseñan, y con lo segundo a los que no supimos siempre comprender ya sea por su arbitrariedad o muchas veces irracionalidad. Es respecto de estos últimos a los que me quisiera referir.

Suena extraño hablar de irracionalidad en un contexto en que justamente lo que se pretende es el establecimiento del valor contrario. Estos verdaderos templos de la racionalidad no siempre lo son, si los examinamos más detenidamente. El sueño de una sociedad controlada y regulada está en el origen mismo de las instituciones educacionales; las abadías medievales fueron, en ese sentido, las primeras en intentar manejar el comportamiento humano a través de la regulación del tiempo y del espacio. Pero no sólo es orden y regularidad lo que se buscaba, sino también control: por algo las abadías fueron origen también de las primeras prisiones. Han pasado más de mil años y ha sido tal la permanencia de este ideal, que aún pervive en nuestras instituciones actuales, aunque con otro aspecto y bajo otras circunstancias.

El control ejercido por estas instituciones ha tenido una evolución que implicó un traspaso desde el mundo religioso inicialmente al mundo cívico en el contexto contemporáneo. Es en este contexto que centraremos nuestra discusión.

Antes que la educación se hiciese pública y obligatoria, este papel era asumido principalmente por la familia, la cual, de acuerdo a sus recursos, dotaba a sus hijos con la educación que consideraban adecuada. Como producto de los cambios producidos por la Revolución Industrial, la educación va a pasar de la esfera de lo privado a lo público, producto de un nuevo orden al interior de la familia, la incorporación de la mujer al trabajo, la demanda de mano de obra calificada, etc. Es en este momento que surge la situación que con algunos cambios perdura hasta hoy en día.

“La liberación de la educación familiar implicó que el aprendizaje de la vida en sociedad se transfiriera de la familia al colegio”. (2)

Desde el momento en que la familia se libera de la tarea de la educación de los hijos y la traspasa a la sociedad, a las escuelas les cabe el enorme trabajo de ser los instrumentos para la socialización y el aprendizaje de las reglas de la vida pública; son los responsables de esta verdadera ortopedia social. Es por ello que el control público sobre estas situaciones es inmenso: ahora es la sociedad completa la que debe tutelar que esta institución cumpla cabalmente sus funciones. El problema surge entonces porque la tutela es aparente, en el sentido que es más fácil vigilar y controlar los aspectos externos que los internos de la enseñanza (o la forma más que el fondo). Expresión de estos aspectos externos fácilmente medibles es la idea de reglamentación. Cuando la familia del siglo XX pasa a incorporarse plenamente al campo laboral, el control paternal sobre el uso del tiempo y espacio de los niños comienza a ser un tema conflictivo; de ahí que tempranamente aparezcan las guarderías infantiles, cuyo nombre nos recuerda a un recinto más para mantener animales que humanos. Este control debe ser entonces confiado a otra institución que es precisamente la escuela. Los colegios se transforman entonces en remedos de ejércitos que no sólo tienen la labor de enseñar sino que también de adiestrar a los nuevos individuos en los comportamientos considerados adecuados por la sociedad. Es este adiestramiento el que tiene mayor “visibilidad” social: es por ello que muchas veces sus reglas nos recuerdan a las de un convento o regimiento.

Quisiera relatar mediante algunos fragmentos, cuyo recuerdo quedó más patente en mi memoria, la manera en que personalmente me afectaron estas circunstancias. Al mismo tiempo, creo que estos recuerdos responden a una constante universal, y que de alguna manera ejemplifican el tema más claramente.

Las dudas
Acto uno. Rutinas cotidianas. En lo que habría sido una antigua casona neogótica, de casi tres pisos, se alojaba una de estas instituciones escolares a la cual asistí. Ya no había libertad horaria, sino una estricto control del tiempo y del espacio. A una hora determinada todos los días somos sacados de la sala para ir al baño, obligación que debía cumplir todo niño aun cuando la necesidad no se presentara, teniendo tan sólo 5 años (esta situación me hacía pensar en el completo caos que mantenía mi cuerpo, pues nunca había reflexionado que las idas al baño debían tener un horario fijo). El caos horario que manteníamos la mayor parte de los alumnos nos obligaba a utilizar cualquier rincón del patio en los recreos como liberación de nuestras necesidades, porque obviamente los baños se mantenían cerrados. Fue en esta institución en donde por primera vez experimenté el sentimiento de reclusión que producen estos establecimientos. Es como si en el momento de traspasar el umbral del edificio, tuviéramos que entregar nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestros cuerpos, para ser re-formateados al capricho de la institución. Son verdaderas prisiones transitorias, donde la privación es un concepto muy patente en todo momento. Me empequeñecía no sólo el espacio físico, salas altas y oscuras cuyo espacio más que liberador parecía aplastante, sino también las vestimentas, unas cotonas tiesas y monocromas que parecían rigidizar nuestros movimientos, como verdaderas camisas de fuerza, y que nos relegaban a la condición de obrero fabril dejando en claro que mi principal misión en la institución era “obedecer”. El sentido de pertenencia que ejercen estas instituciones sobre nosotros es poderoso, tanto así que imponen su forma de vestir y su marca sobre nuestras vestimentas y nuestras mentes.

Acto dos. Hostias con manjar. En un recreo cualquiera de una de las instituciones católicas a la cual asistí, una de las delicias constituía comprarse una de las preciadas y caras hostias con manjar: gigantescas obleas de masa de hostia, con casi veinte cm de diámetro (obviamente sin consagrar) rellenas en su interior con manjar, y que sin embargo eran porfiadamente llamadas hostias. Que la enseñanza se ha convertido en un buen negocio es un hecho indiscutible, aunque es un fenómeno más contemporáneo. Mientras la enseñanza conservó su carácter público era percibida como un beneficio; al privatizarse, obviamente mejoró su calidad pero también pasó a ser vista como un bien de cambio, y por lo tanto surgen las exigencias del comprador.

Por otra parte, dentro de las instituciones educacionales todo busca ser normado: la alimentación, la higiene, la vestimenta, los modales, etc. Es por ello que el recreo resulta ser un oasis de relajo dentro de esta estructura normativa. Los recreos, contrariamente, son pensados para reglamentar nuestra alimentación, se nos provee de un adecuado contenedor con alimentos para ser consumido en estos descansos. Sin embargo, siempre el alimento ajeno es más atractivo, y no me refiero al robo sino a la compra de alimentos en lugares destinados a ello. Esta compra se hace más atractiva cuando tiene la forma de algo supuestamente sagrado, pero que ahora puede ser comprado y consumido. Su nombre nos hacía sentir siempre que tanto cuando la comprábamos como cuando la consumíamos lo hacíamos con cierta sacralidad, quizás con el lejano pensamiento que algo nos liberaría del pecado, pero además con el aliciente de que era bastante más sabrosa que la de la misa.

Junto al alimento otra variable de cuidado es la salud física. Para ello los establecimientos contaban con adecuados recintos para la ejecución de las más diversas y muchas veces arriesgadas piruetas que daban cuenta del buen estado físico y de salud de los pupilos, obviamente con la exposición pública de lo mismo. Para quienes no éramos muy aptos para el ejercicio físico, el tener que dar una voltereta sobre un cajón más alto que nuestra altura sin duda era una cosa amedrentadora.

Acto tres. Acto cívico del días lunes. 14:10 hrs. Se abren las rejas que permiten el ingreso de los alumnos al patio principal de una renombrada institución pública. El resto del establecimiento permanece completamente cerrado y vigilado para que los alumnos no puedan entrar a sus salas. El motivo: el obligado acto “cívico” de los días lunes. ¿Qué tenía de cívico? nunca lo supe, jamás recordé nada de lo que allí se hubiese dicho. Sólo queda en mi recuerdo el estar de pie más de una hora ante un sol inclemente, que hacía que muchos de mis compañeros cayesen desmayados. Otro de los hechos que recuerdo claramente: gran parte de este acto se perdía en el intento de cantar la canción nacional, la cual coreada por casi dos mil alumnos presentaba un desfase que generalmente obligaba a cantarla repetidas veces bajo el creciente histerismo del profesor de música. Otro hecho que creo recordar es el homenaje que se hacía a algún antiguo profesor, rescatado de un oscuro rincón del colegio, desaparecido hacía tiempo para muchos, y que a esas alturas formaba parte de los mitos urbanos del colegio. Sin embargo en ese momento resucitaba ante nuestros incrédulos ojos, aún vivo y respirando.
Aparte de estos hechos la supuesta civilidad del acto quedaba en duda; lo que sí quedaba claro era la prueba de nuestra resistencia ante el despiadado sol. Pero si lo miramos desde otro punto de vista, esta ordenación perfectamente alineada de dos mil personas aguantando un discurso de seudo adoctrinamiento, mostraba claramente el dominio de las autoridades sobre esta masa salvaje y que se tenía que “socializar”. Es por ello que cualquier escape del acto era una violación con caracteres casi criminales.
Estando en los cursos superiores pude escaparme del acto cívico, pero con el consecuente inmenso gasto de adrenalina. La razón es que los supuestos “inspectores”, verdaderos guardianes carcelarios de estas instituciones, eran soltados para capturar a los rebeldes.
El resultado de todo esto era, sin duda, que a la fuerza o no cierta disciplina era conseguida. El fin parecía justificar los medios.

El escape
La disciplina es indudablemente uno de los elementos clave en toda institución que se precia de educacional, porque es una de las facetas más controlables y visibles para la sociedad como ente regulador. Lo que resulta tremendamente discutible es el medio por el cual ésta es alcanzada. Sin duda muchos de los hechos aquí comentados están en función de conseguir esta denominada disciplina, sin embargo gran parte de ellos lo único que suelen provocarnos es perplejidad. La disciplina en estos recintos se transforma en una manera de homogeneizar bajo reglas aparentemente comunes comportamientos completamente diversos y disímiles. Y en ello la arquitectura juega un importante rol. La arquitectura no es sino el último eslabón de la cadena que comienza con la formatización del cuerpo, corte de pelo, vestimenta, marca, etc., y que termina con la homogeneización del espacio. Este proceso que nos lleva de ser individuos a pasar a ser por una horas “masa”, no tiene sino el efecto de provocar en nosotros un sentimiento de privación de libertad y de expresión, etc. Ante pabellones iguales, salas iguales, puertas iguales, bancos iguales, no somos nombres sino más bien números. El mensaje es claro: la individualidad no tiene cabida. Somos hormigas y abejas que tienen que cumplir un rol determinado. Todo esto obviamente tiene algún efecto, pero la gran duda que muchas veces plantea está en la idoneidad de los que manejan el proceso. El amplio espectro de caracteres que desfila ante nuestros ojos nos hace pensar que lo único regular y homogéneo es la arquitectura, pues todo el resto es de una blandura que nos hace reflexionar en que muchas veces estos establecimientos se convierten en presidios tanto para alumnos como para profesores. Hay una dosis de locura presente en toda enseñanza, en todo método educacional, en todo educador, en todo sistema que tienda a la rigidización y homogeneización de los individuos, pero que es a la vez una locura liberadora. Son esa locura e irracionalidad las que nos permiten escapar de esa prisión física a que se someten nuestros cuerpos y nuestras mentes; así, podemos soñar estando en estas cárceles de cemento, y reírnos después de todo al darnos cuenta que esto no es sino otro de los juegos y sistemas que gustamos de inventar, para al menos creer por unas horas que vivimos en un mundo completamente ordenado y reglado. Una más de tantas invenciones humanas; y por lo tanto, tremendamente falibles.

notas
1. Jaldun, Ibn (historiador árabe, 1332-1407);Al-Muqaddima (Introducción a la Historia Universal).         [ Links ]
2. En Prost, Antoine y Vincent, Gerard; La vida privada en el siglo XX. Editorial Taurus, Madrid, 1989.         [ Links ]

Mauricio Baros
Arquitecto, Universidad de Chile, 1986, y Magister en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1993. Actualmente es docente de las universidades Católica, de Chile y Central.

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