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ARQ (Santiago)

On-line version ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.57 Santiago July 2004

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962004005700004 

ARQ, n. 57 Zonas áridas / Arid zones, Santiago, julio, 2004, p. 14 - 17

Notes English

LECTURAS

Ocupación humana del paisaje desértico de Atacama, Región de Antofagasta(1)

Victoria Castro, Carlos Aldunate, Varinia Varela

Resumen
Convencidos de la necesidad de incorporar criterios de economía, y controlar la tendencia al consumo y a la explotación de recursos que parece regir nuestra cultura, esta vez reflexionamos en torno a la relación entre arquitectura y medio ambiente en las zonas más secas y calurosas de América. Ámbito de asentamientos precolombinos y las oficinas salitreras, la realidad implacable de los desiertos en Lima, Atacama y Arizona está fuertemente determinada por condiciones ambientales adversas; sin embargo ha originado una arquitectura de sombras, espacios abiertos y jardines que hacen de la escasez del agua y la abundancia de sol una virtud.
Palabras clave: Zonas áridas, asentamientos precolombinos, desierto de Atacama, Lima, desertificación, desierto de Sonora, ciudad jardín.


El paisaje
En la Región de Antofagasta y de acuerdo a la gradiente altitudinal podemos distinguir varias unidades de paisajes: la región puneña y los oasis piemontanos en las tierras altas y la costa desértica. En esta ocasión, nos referiremos sólo a las tierras altas, excluyendo el litoral.

La Puna de Atacama
En el área de estudio (fig. 1), la puna se levanta dentro de uno de los desiertos más áridos del mundo; sus cursos fluviales no alcanzan a llegar al mar, con excepción del río Loa que recorre unos 420 km hasta desembocar en el Pacífico. En general, las quebradas puneñas son habitables sólo a partir de los 3.000 m de altura, y están naturalmente relacionadas con las tierras altas del sur de Bolivia y el noroeste argentino, que presentan condiciones similares formando esta especie de ínsula conocida como la Puna de Atacama.

Los oasis piemontanos
La zona de oasis se encuentra al pie de la puna, bajo los 2.500 msnm, y está asociada a los recursos acuíferos que fluyen desde la cordillera y afloran en los salares o en los escasos cursos de agua del desierto. Tienen una notable vegetación de bosques de chañar y algarrobo: una importante fuente de recolección hasta el día de hoy por el alto valor proteico de sus frutos, y por su madera, que ofrece leña y material de construcción.

La vegetación cambia tan abruptamente como la altura. Ella está casi ausente sobre los 4.500 m –bajo los cuales crecen escasas plantas en cojín– hasta llegar a los 4.200 m donde comienza un estrato vegetacional dominado por pastos de altura de los géneros Stipa y Festuca, presentes hasta los 3.850 m. Bajo este límite y hasta los 3. 000 m hay una rica y variada cubierta de cactáceas y arbustos de los géneros Baccharis, Chuquiraga, Parastrephia, Adesmia, Fabiana, Acantholippia, entre otros (Villagrán et al., 1981), que se va empobreciendo hasta llegar a los 2. 700 m, donde domina el desierto absoluto que llega hasta el mar. Las quebradas altas se cubren de plantas efímeras después de las lluvias estivales. El paisaje desértico bajo los 2.700 m está interrumpido por contados oasis donde dominan los bosques de algarrobo (Prosopis chilensis) y chañar (Geofroea decorticans).

Conocimiento vernáculo del paisaje
Los estratos vegetacionales son reconocidos por los habitantes locales con nombres que aluden a la fisionomía y utilización de este paisaje. El piso más alto, que corresponde a la cima de los cerros y volcanes, casi sin vegetación, recibe el nombre de panizo, por su condición de criar minerales. Los estratos inmediatamente inferiores son llamados pajonal, aludiendo a las duras gramíneas o pajas bravas que dominan la cobertura del paisaje. Más abajo está el tolar, nombre vernáculo colectivo que designa a las variadas especies arbustivas que dominan este estrato junto a las cactáceas. El límite inferior de la vegetación, cuando el tolar es más ralo y menos variado y el paisaje se torna en una llanura, recibe el nombre de pampa, palabra quechua que alude a una extensa llanura (Aldunate et al., 1981).

Cuando los habitantes locales se refieren a la forma en que utilizan este paisaje, usan la nomenclatura de cerro, campo y chacra, que a veces comprenden varios pisos vegetacionales. El cerro comprende el panizo y el pajonal y está asociado a elementos sagrados, religiosos y al forrajeo de camélidos. El campo comprende el tolar y la pampa, formados por arbustos que son la base de la alimentación de los rebaños pastoriles de camélidos, ovinos y caprinos. Asociadas al pueblo hay otras unidades económicas de fundamental importancia: las chacras, terrazas artificiales con sistemas de irrigación, construidas en las laderas de las quebradas de la puna o como canchones en la pampa, donde se ha creado un espacio para el cultivo de maíz, alfalfa, habas, quínoa y tubérculos que se dan en estas alturas de los Andes (Aldunate et al., 1981).

El conocimiento de los lugareños respecto de la vegetación es notable, considerando que reconocen y dan nombre propio al 89% del total de 134 especies de la flora nativa registradas en el área. La mayoría de estas plantas son de uso forrajero (61,9%), seguidas por aquellas utilizadas como medicinales (27,6%), para alimentación (14,9%), como combustible (11,2%) y de usos rituales (3%). Gran parte de las plantas forrajeras pertenecen al piso tolar, destinado al pastoreo, que tiene la mayor variedad de especies vegetales. Las medicinales están representadas en todos los pisos, pero especialmente forman la base de la vegetación del cerro. A medida que se asciende en altura crece el valor medicinal de las plantas. Así, de las 9 especies que crecen en el panizo, hay 6 a las que se atribuye el más alto poder curativo. Con las plantas utilizadas para los rituales y ceremonias ocurre otro tanto. Aquellas especies usadas como alimentos o combustibles, se distribuyen más o menos armónicamente entre todos los pisos (Aldunate et al., 1981).

Entre las etnocategorías que refieren al conocimiento de la fauna de los diferentes pisos ecológicos de esta región, son relevantes las taxonomías vernaculares que dicen relación con categorías como la diferencia de color, la dualidad entre lo salvaje y lo doméstico y cierto tipo de atributos simbólicos de especial connotación sagrada. Nos referiremos especialmente a esta última categoría, a aquellos animales considerados cargueros, que cumplen con la función de trasladar riquezas desde los cerros masculinos, que las proveen, hacia las montañas femeninas que las otorgan a los seres humanos para su usufructo. Estos animales, asociados a la riqueza, en su gran mayoría pertenecen y viven en el cerro: son la vicuña (Vicugna vicuña), el guanaco (Lama guanicoe), la taruka (Hippocamelus antinensis), el águila (Harpyhaliaetus solitarius), el cóndor (Vultur gryphus) y el guaicho (Agriomis sp.). Otros animales de especial connotación simbólica, que están presentes en la ideología andina desde hace milenios por sus especiales habilidades como cazadores, son las distintas especies de felinos, que también están asociadas al cerro. En la puna son importantes el Hatun michi o puma (Felis concolor), que caza vicuñas y guanacos jóvenes, y el Quispa michi o gato montés (F. jacobita y F. colocolo), felino más pequeño, cazador de vizcachas y de otros roedores (Castro,1986).

Esta forma de comprensión vernácula del paisaje contribuye a la construcción de un paisaje social en donde la naturaleza se transforma en cultura. Sobre este ambiente, se escogen los espacios para la ocupación humana y la instalación de los asentamientos.

Los asentamientos
Al menos a partir del año 9.000 a.C., las poblaciones ocuparon espacios muy vinculados a los recursos hídricos y vegetacionales a lo largo de la gradiente altitudinal, con el fin de maximizar sus cotos de caza, recolección y más tarde manejo pastoril. Probablemente, las primeras vías de circulación que transitaron siguieron las sendas de vicuñas y guanacos, que buscaban y seguían la línea de recursos hídricos y forrajeros.
En estos ambientes, es factible encontrar paraderos de caza y avistadores tanto en los pisos más bajos como en la alta puna. En las quebradas, los seres humanos hicieron uso de los abrigos rocosos; con el tiempo, a estos aleros se les agregaron muros complementarios, generando un patrón de ocupación que ha perdurado hasta tiempos actuales, vinculado al pastoreo de camélidos.

Hacia el año 200 a.C. se van produciendo asentamientos más aglutinados, algunos en terrenos agrícolas y otros en zonas de pastoreo. Muchos de ellos cuentan con recintos que hacen uso del adobe, como en Tulor (en el salar de Atacama) o en Turi 2 (en la cuenca del río Salado), y también en piedra, como en Chiu-Chiu en el Loa o Tilocalar y Tulán 54 en el salar de Atacama. Muchas de estas construcciones son semisubterráneas y algunas de ellas delimitan espacios públicos (Núñez, 1992).

No sabemos desde qué tiempo estos pobladores imprimen imágenes en la piedra, pero ciertamente muchas quebradas despliegan arte rupestre desde antes de Cristo hasta el tiempo actual del graffitti. El arte rupestre es un elemento que se ha vinculado a las rutas de tráfico.

Desde aproximadamente el año 750 d.C. en adelante, hay una mayor densidad poblacional aparejada a una fortísima transformación del paisaje. La arquitectura se constituye en un indicador arqueológico de la más alta visibilidad, los poblados se hacen más aglutinados y las paleotecnologías agrohidraúlicas se magnifican. Desde este tiempo en adelante hay una arquitectura tradicional en la zona, que posteriormente el Inka interviene fuertemente con patrones propios, tales como un diseño ortogonal y el techo a dos aguas utilizando cactus y paja. Los caminos se formalizan, y existe una mayor actividad agrícola marcada claramente en los extensos campos de terrazas agrarias en la zona de quebradas, como en Socaire, Toconce y Paniri.

Aproximadamente desde 1550, se inician otras transformaciones que van aparejadas a la conquista europea. Aparecen los pueblos de indios con nuevas edificaciones, como las iglesias; durante el siglo XVIII se puede apreciar en algunos de ellos incluso el patrón del damero. Aún así, las comunidades mantienen sus chacras y estancias pastoriles en las cercanías, para aprovechar los pastos en pisos ecológicos diferenciados. Se continúan utilizando las antiguas rutas troperas y los caminos prehispánicos, los que a veces son transformados para ser usados por carretas y, más tarde, vehículos motorizados. También se construyen caminos nuevos dentro de los cuales destacan los yareteros y azufreros, sorprendentes obras de ingeniería de comienzos del siglo XX que suben a las cimas de los cerros en el afán de dotar a la industria minera de yareta, apreciado y escaso combustible que crece sobre los 4.000 m.

En algunos casos, la alteración del paisaje y la cultura es dramática; se multiplican los asentamientos coyunturales (como los campamentos vinculados con la minería), la vialidad, la construcción de la línea del ferrocarril a Bolivia y la extracción de las aguas. En estos precarios asentamientos se aprovechan los desechos industriales para levantar las viviendas: cuando son abandonados quedan como ruinosos testigos de la modernidad.

Muy tarde en el siglo pasado, ingresan a los pueblos las funciones estatales republicanas como el retén, la escuela y las postas rurales, con patrones y materiales constructivos uniformes para todo el país, que en nada se compadecen con un medio ambiente dominado por fuertes oscilaciones térmicas diarias.

La mayor alteración de los asentamientos humanos de esta región se ha producido como consecuencia de la explotación de los ricos recursos mineros que allí existen. Esta actividad ha implicado la extracción de las aguas para beneficiar a esta industria y la instalación de las ciudades del desierto. Basta señalar que Calama, Antofagasta, Tocopilla e Iquique son abastecidas por el agua de las regiones altas, que se canaliza atravesando todo el desierto. De esta forma, se han secado extensos bofedales, se han abandonado antiguos asentamientos tradicionales y la población originaria ha migrado hacia estas ciudades en búsqueda de trabajo. El despoblamiento en algunos casos ha sido definitivo y en otros sólo transitorio; algunas de estas localidades aún sobreviven pero han cambiado de carácter, transformándose en pueblos sagrados, donde las comunidades asisten a las fiestas rituales de los santos patronos, las limpias de canales y los enfloramientos, que les permiten renovar sus antiguos vínculos con la tierra.

notas
1. FONDECYT 1011006.

Bibliografía
Aldunate, C.; Armesto, J.; Castro, V., y Villagrán, C.; “Estudio etnobotánico en una comunidad precordillerana de Antofagasta: Toconce”.         [ Links ]Boletín del Museo Nacional de Historia Natural, Vol. 38, Santiago, 1981, pp. 183–223.         [ Links ]
Castro, Victoria; “An approach to the Andean Ethnozoology”.         [ Links ]Cultural Attitudes to Animals Including Birds, Fish and Invertebrates, Vol. 2, Section B, pp. 1-18.         [ Links ] Precirculated Paper; The World Archaeological Congress, Southampton, Allen - Unwin Eds, Londres, 1986.         [ Links ]
Castro, Victoria y Aldunate, Carlos; “Sacred Mountain in the Highlands of the South Central Andes”.         [ Links ]Journal of Mountain Research and Developtment, Vol. 23 (1), Berna, 2003, pp. 73-79.         [ Links ]
Núñez, Lautaro; Cultura y Conflicto en los Oasis de San Pedro de Atacama. Editorial Universitaria, Santiago,1992.         [ Links ]
Villagrán, C.; Armesto, J. y Arroyo, M. K.; “Vegetation on a high transect between Turi and Cerro Leon in northern Chile”.         [ Links ]Vegetatio, Vol. 48, 1981, pp. 3-16.         [ Links ]


Victoria Castro
Profesora de Estado en Filosofía, Universidad de Chile, 1978; licenciada en Prehistoria y Arqueología, y arqueóloga, Universidad de Chile, 1982. Magister en Etnohistoria, Universidad de Chile. Actualmente es profesora titular de la Universidad de Chile, ejerciendo la docencia en el Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales.

Carlos Aldunate
Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales y en Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Chile. Abogado, Universidad de Chile, 1965, y arqueólogo, Universidad de Chile, 1982. Actualmente es director del Museo Chileno de Arte Precolombino y de la Academia Chilena de la Historia.

Varinia Varela
Licenciada en Arqueología y Prehistoria, y arqueóloga, Universidad de Chile, 1992. Actualmente es investigadora del Museo Chileno de Arte Precolombino y profesora de la Escuela de Artes del Fuego en Santiago.

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