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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.59 Santiago mar. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962005005900017 

ARQ, n. 59 El tiempo / Time, Santiago, marzo, 2005, p. 78.

ANEXOS

Reseña de libros Ediciones ARQ

José Cruz Ovalle
Hacia una nueva abstracción

Alejandro Crispiani, Elizabeth Bennett editores

Texto: Martín Hurtado

Ediciones ARQ
Escuela de Arquitectura
Universidad Católica de Chile
Monografías de Arquitectura Chilena Contemporánea
25 x 28 cm
Tapas duras
240 páginas, color
Textos en castellano e inglés
En librerías desde diciembre de 2004


Palabra y obra
Textos y proyectos reunidos en torno a la obra de este arquitecto, quizás una de las más coherentes y talentosas del panorama actual. Recientemente ganador del Primer Premio de la Bienal Iberoamericana de Arquitectura, con la obra para la Universidad Adolfo Ibáñez.

Antes que nada quisiera agradecer la publicación de este libro largamente esperado por muchos y, simultáneamente, fijar la posición desde la que hablo: soy un arquitecto con todo el interés de saber cómo se piensa –reflexiona– lo que se hace. Es por ello que, desde esta perspectiva, intentaré dar luces sobre este libro que reúne textos, croquis, proyectos y obras, con el mérito de constituirse en un cuerpo unitario en torno de una idea fundante: una nueva abstracción.

Palabra
Desde la presentación, Fernando Pérez Oyarzun nos habla de una obra “tensada por polaridades”: entre Barcelona y Valparaíso, entre el fundamento y el oficio, entre la escultura y la arquitectura. Alejandro Crispiani, en tanto, intenta situar la obra en un panorama histórico, vinculándola con la primera vanguardia del modernismo de principios del siglo XX, en “la búsqueda de lo nuevo, como en el caso de Malevitch, de lo nuevo absoluto”. Según Crispiani, “Cruz es fiel a este principio de no remisión presente ya en Van Doesburg: los elementos del arte y las obras que éstos componen no han de remitir nada más que a sí mismos”. En este mismo sentido, es innegable también el vínculo y la cercanía con la Escuela de Valparaíso, quizás la que mejor supo encarnar el espíritu de las vanguardias en Latinoamérica.
El cuerpo central del libro y lo que construye un discurso teórico articulado, son cuatro textos desarrollados por Cruz, previos a la presentación de las obras; especialmente los dos primeros, que buscan un “volver a no saber”, del poeta Godofredo Iommi y el arquitecto Alberto Cruz. En los textos del libro del propio José Cruz se propone su trabajo como un intento honesto y profundo de “ser siempre primera vez”, como diría el poeta Eduardo Anguita. Pura presencia orientada y no guiada, orientada por un punto de lejanía, que, a diferencia de Malevitch, “este nuevo inicio es cada vez, y no aquel de una vez para todas”.
Para Cruz la arquitectura es “ciertamente… un arte, en tanto concepción de mundo y no simplemente edificación”. Es por ello que quiere distanciar lo próximo, entendiendo que “no reparamos en aquello que no se distancia”. Rechaza la crítica que habla de la abstracción como un “hecho artístico agotado, ya que no se constituye en comunicación”. Por el contrario, nos invita a experimentar no una abstracción universal y totalizante, sino a otra que admite singularidades, pura presencia, puro presente.

Obra
El libro presenta 18 obras y 5 proyectos no realizados o en ejecución, con el habitual formato de Cruz, que es un texto específico introductorio, una serie de croquis de estudio del proyecto, y planos, más algunos detalles constructivos. Mención aparte merecen las imágenes que dan cuenta de un depurado trabajo de registro fotográfico, no sólo de la obra terminada, sino de su proceso de construcción, especialmente valioso en las obras realizadas en madera.
Visto así, podríamos señalar tres tópicos recurrentes en las obras de José Cruz, cuales son: Masa Desplegada, Luz Reflejada y Espacio Contenido.

¿Omisión?
De la experiencia de leer el libro me surgen muchas preguntas, y me imagino que no sólo a mí, sino a cualquier observador interesado en relación a cómo piensa y luego realiza su arquitectura. Cuál es el método, si es que éste existe, para arribar a una obra tan compleja y difícil. ¿A dónde nos quiere llevar este libro que se plantea un objetivo aparentemente contradictorio, cual es construir con pura presencia, aquí y ahora, las formas de la ausencia? Un más acá, concreto y encarnado que quiere llevarnos a un más allá, utópico, no referido y querer con pura arquitectura, con lo propio de esta disciplina, con la masa desplegada, la luz reflejada y el espacio contenido construir una realidad propia. Pura presencia, sin alegorías ni alusiones a nada más que a sí misma.
Esta contradicción se funda en el hecho de que se intenta, por un lado, desplegar una cantidad de materia visual que contenga al ojo, utilizando el pliegue como recurso expresivo, en un juego de seducción que acoge al cuerpo en movimiento con toda la carnalidad que eso conlleva, y por otro lado, se nos habla de ser transportados a un espacio inmaterial, abstracto. La pregunta es para qué.
¿Es necesario llevar tan lejos el despliegue formal, tan lejos que puede caer en un efectismo, muy alejado del espíritu espartano, casi monacal, con el que se quiere cargar a esta arquitectura?.
Es tal el interés por destruir toda referencia, para dejarnos con la experiencia pura del espacio contenido, en su propia complejidad, haciéndolo un hecho único e irrepetible, pero a la vez estableciendo una distancia, que hace de difícil el vínculo del lugar con el que lo habita. No funda un lenguaje que permita nombrar la experiencia, y por eso cuesta que ella sea cercana, simplemente acontece, con su materia bruta queriendo destruir cualquier referencia.
La angustia existencial de la creatividad busca de qué afirmarse. En ello la técnica, el oficio, con su innegable tangibilidad, aquí y ahora, parece ser una tabla de salvación, de la cual también parece afirmarse la arquitectura de José Cruz, pero con una gran diferencia. Lo suyo siempre quiere ir más allá de la materia. Sin embargo, el cómo llega a ello siempre es más educativo que el resultado final.
Remarcar con tanta fuerza que cada obra parte de sí misma, cuando es evidente y natural, podríamos decir, el copiarse a sí mismo. Estas obras no pueden dejar de reconocer un vínculo entre ellas. La insistencia de ser siempre primera vez, plantea un tema con la originalidad, en relación a que todo hecho creativo tiene un origen que no desmerece ser revelado. Es más, es ese vínculo, quizás, el mayor logro de la obra de Cruz, dado que nadie puede desconocer que ha creado un lenguaje propio. Llama la atención eso sí, la nula mención de otros arquitectos contemporáneos que trabajan temas similares, como Álvaro Siza, Steven Holl e incluso maestros clásicos del modernismo como Alvar Aalto.
Es natural que la mayor parte de su arquitectura la desarrolle en madera, un material que trae consigo la discontinuidad que es reunida en un despliegue de formas, texturas y secciones que construyen un vacío orientado. Es tan evidente el oficio y virtuosismo con que Cruz trabaja, que la tarea será siempre descubrir al servicio de qué objetivo pone este oficio y virtuosismo.
En las obras industriales, donde normalmente el lay out funcional es muy determinante, los esfuerzos acotados por el rigor de la optimización de recursos, parecen obligar a un despliegue más controlado –diríamos más simple– de la masa construida, lo que a mi juicio potencia la claridad y experimentación del mismo.

El rigor, el esfuerzo propio y el de su equipo, que se requieren para pensar y hacer esta difícil e irrepetible arquitectura, no se nombran.

De buen formato y acertada austeridad, sólo se repara en cierta deficiencia en la impresión de las imágenes que le restan claridad a la apreciación de detalles.
Mención especial merecen los clientes que encargan esta arquitectura. No se puede dejar de reconocer la importancia de sujetos que exigen y tienen la pasión, la cultura y la capacidad para atreverse a encargar, en todo el sentido de la palabra, y poner los recursos para ello.

En conclusión, diría que el libro hace manifiesto esa hambre, esa insistencia de ser siempre primera vez, que es lo que más valoro de su trabajo, que siempre parece partir de un texto que, cual vehículo de comunicación universal, nos abre una claridad que supera la obra en sí y que, al fin, se nos regala como el legado de este arquitecto que, paradójicamente, se ha convertido en el principal embajador de la obra de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, sin haber estudiado nunca allí.

Finalmente, es bueno recordar lo que decía el arquitecto catalán José Antonio Coderch: “la verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos”. Sin embargo, “la postura que permite el acceso a esta cultura, es patrimonio de todos”. Admiramos las formas de sus obras y nada más, sin profundizar en lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que sí está a nuestro alcance. “Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves”. Un hombre, no decía siquiera un arquitecto.


Extractos del artículo publicado por el diario El Mercurio en su sección Artes y Letras, en diciembre de 2004.

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