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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.67 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962007000300002 

ARQ, n. 67 Concursos de arquitectura / Architectural competitions, Santiago, diciembre, 2007, p. 10-17.

Notes English

LECTURAS

Tras los concursos

Fernando Pérez Oyarzun*

* Jefe del programa de Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos, Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile


Resumen

Los concursos de arquitectura parecen entregar garantías de la calidad del resultado, pueden promover a arquitectos jóvenes y evidencian las tensiones arquitectónicas presentes en un momento dado. El análisis a sus variantes permite entender mejor la problemática existente en torno a ellos.

Palabras clave: Concursos de arquitectura, comentario transversal, bases, programa arquitectónico, jurados.


 

Abordar y comprender mejor la temática de los concursos de arquitectura exige tomar distancia respecto de una práctica tan habitual como problemática. Su persistencia histórica, ya de varios siglos, debería permitirnos reflexionar sobre su sentido profesional y disciplinar. Tal esfuerzo es el que, en una reflexión de corte casi filosófico, propone Alberto Montealegre en el texto Derecho, fines y medios: la declinación del concurso de arquitectura publicado en este número. Intenta poner de relieve el contrato social que, según él, sostiene la institución de los concursos. Su postura que es más bien escéptica, plantea que tales bases tienen un carácter problemático, el que se acentúa bajo las actuales condiciones económicas y de ejercicio profesional.
También es crítica la opinión de Jorge Heitmann en relación a las alternativas del concurso para una nueva Ciudad administrativa en Corea y al rol que en ella habría jugado el proyecto de DOGMA/OFFICE, no reconocido por el jurado en la segunda etapa del concurso. Sin embargo, más allá de la tantas veces cuestionada actitud del jurado, la propia convocatoria de un concurso de escala mundial testimonia la vigencia de la práctica del concurso a pesar del carácter frecuentemente problemático de sus resultados.
Los concursos de arquitectura, institución y práctica extraña para otras disciplinas del mundo de la construcción, se remontan, a lo menos, al primer renacimiento. Algunos historiadores encuentran rastros de esta práctica en períodos anteriores(1), aunque no necesariamente asumían su forma actual. Entre los más célebres concursos registrados por la historia está aquel convocado en la ciudad de Florencia para la construcción de la cúpula de Santa María dei Fiori, en que el primer premio habría sido compartido Brunelleschi y Ghiberti(2). A diferencia de lo que ocurre con la pintura, donde los concursos aparecen como una práctica menos frecuente, la arquitectura y la escultura son artes en que el proyecto, como visión anticipada de la obra, tiene una importancia fundamental y donde la magnitud de los recursos implicados favorece el esfuerzo por asegurar con antelación la calidad del resultado.
Tal vez un ingeniero, más acostumbrado a competir en base a sus antecedentes curriculares podría preguntarse: ¿no son el prestigio o el talento reconocido de un arquitecto garantía suficiente de la calidad de sus resultados? Al parecer la respuesta que históricamente se ha dado a esta pregunta ha sido negativa(3). Por el contrario y como se pone de relieve en el caso de DOGMA/OFFICE en Corea, los concursos han dado ocasión a que arquitectos aún no consagrados, emerjan frente a arquitectos de prestigio y trayectoria. A este estado de cosas parecen confluir dos circunstancias propias de la arquitectura. La primera es la relativa dependencia que el resultado de una obra tiene de las circunstancias que la rodean. Ellas van desde el ambiente cultural hasta la sensibilidad y la actitud del cliente. De este modo aún arquitectos de gran talento han sido incapaces de mantener un nivel parejo en sus obras. La segunda razón tiene que ver con algo que ya Aristóteles señaló como propio de las disciplinas artísticas: ellas no producen soluciones necesarias sino posibles. Las artes, y en este aspecto la arquitectura participan de tal condición, no se limitan a escoger entre unas cuantas posibilidades, aún buenas o factibles, sino que se empeña en generar nuevas alternativas. Es difícil, por tanto, prever o visualizar una solución arquitectónica sin haberla hecho alcanzar un cierto grado de completitud y desarrollo. Eso es precisamente lo que un proyecto se propone y lo que un concurso pretende explotar. En un cierto sentido ellos pueden ser vistos, tomando las palabras de François Jacob acerca de la investigación científica, como un taller de lo posible(4).
Sean cuales sean las razones que han instalado la institución de los concursos en el centro de la práctica de la arquitectura, es un hecho que ellos han adquirido una importancia capital. En primer lugar, porque abriendo la posibilidad de encargo a arquitectos jóvenes, han actuado como revulsivos al esclerosamiento de la estructura profesional. En segundo lugar, porque nos permiten conocer con particular nitidez las tensiones arquitectónicas que operan en un momento dado. Por último, los concursos en su condición de públicos y abiertos, aparecen con un signo político de apertura y publicidad: una suerte de antídoto en contra de las complicaciones derivadas de los beneficios económicos asociados a los encargos, y una manera de difundir y legitimar iniciativas públicas o privadas relevantes.
Hay que recordar que el rol de los concursos no se ha consumado siempre en la construcción del proyecto ganador. No son pocas las ocasiones en que un proyecto no vencedor permaneció como referencia clave en el imaginario colectivo de los arquitectos. Es contra este telón de fondo que deberían verse algunos de los resultados polémicos de concursos que recoge este número de ARQ.
En el s. XIX la institución de concursos públicos parece haber estado bien establecida. Aquel que se convocó para el edificio de la Ópera de París reuniendo a más de 170 participantes es uno de los más ilustres y anticipa una actitud del poder público francés que se reiterará años más tarde con concursos como aquellos para el Centro Pompidou, la Ópera de la Bastilla o la Tête Défense.
En cuanto a su significación historiográfica, el s. XX está jalonado de concursos relevantes en los que es posible percibir una cierto estado de cosas de la arquitectura del momento. En 1922, por ejemplo, el concurso para el Chicago Tribune reunió a más de 260 arquitectos reflexionando creativa y críticamente sobre la temática del rascacielos de oficinas. El concurso fue ganado por John Mead Howells y Raymond M. Hood. Sin embargo, el proyecto de Eliel Saarinen, que obtuvo el segundo lugar, ha sido considerado más influyente en el diseño de rascacielos. El concurso reunió, entre muchos, a figuras como Gropius y Meyer, los hermanos Taut, y Adolf Loos, poniendo de relieve las diversas posturas que se perfilaban a comienzos de la década del 20 sobre el nuevo programa del rascacielos de oficinas(5).
Los proyectos para el concurso del Palacio de las Naciones en Ginebra llamado en 1926 y el del Palacio de los Soviets en 1929, representan grandes fracasos de Le Corbusier. En el primero ni siquiera fue seleccionado en el grupo de cinco arquitectos llamados a colaborar en el proyecto final. Sin embargo, el actual edificio de Julien Flegenheimer y Henri–Paul Nénot es seguramente menos conocido por los arquitectos que el de Le Corbusier, ampliamente publicado y analizado. Otro tanto ha ocurrido en el segundo, en relación al de Boris Iofan, que aunque ganó no llegó a ser construido(6).
El concurso para el Faro de Colón, reseñado en este número por Robert Gonzalez como un esfuerzo dentro del movimiento panamericanista, se inscribe en esa misma saga de concursos internacionales. La idea había surgido a mediados del s. XIX pero sólo se concretó en 1931 convocando a más de 400 arquitectos de todo el mundo. El resultado que dio por ganador a Joseph Lea Gleave con la aparente influencia de Frank Lloyd Wright que formaba parte del jurado, representa el caso típico de la promoción de un arquitecto joven y desconocido.
En Latinoamérica el concurso para el Ministerio de Educación y Salud en Río de Janeiro de 1936 fracasó como instancia para seleccionar el proyecto, pero produjo uno de los edificios más interesantes del período(7). Tres décadas más tarde, el concurso de PREVI Lima, promovido durante la presidencia del arquitecto Fernando Belaúnde Terry constituyó una iniciativa destinada a poner las ideas de la arquitectura moderna al servicio de las urgencias de la vivienda social. La presencia de invitados como James Stirling, Christopher Alexander o Aldo van Eyck, así como la constitución de un jurado internacional, entre ellos el arquitecto José Antonio Coderch, dan cuenta de la ambición del concurso.
En Chile una larga lista de concursos han jugado un rol significativo en el desarrollo de la arquitectura del s. XX. Proyectos como aquellos para el Club de la Unión, el restaurant Cap Ducal(8) y la Universidad Federico Santa María se resolvieron mediante concursos privados(9).
La polémica acerca de los resultados y los procedimientos no ha estado ausente en algunos de tales concursos. Así aquel para la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile ganado por Juan Martínez, provocó una gran decepción a oficinas como las de Valdés, Castillo y Huidobro. Otro tanto ocurrió con el proyecto que con enorme esfuerzo desarrolló la Escuela de Arquitectura de la UCV para el concurso de la Escuela Naval en Valparaíso. El concurso para el edificio de las Naciones Unidas en Santiago, ganado por Emilio Duhart, parece haber generado, en cambio, un gran consenso.
La institución de los concursos ha ido adquiriendo forma a lo largo del tiempo hasta llegar a lo que conocemos hoy día. Ciertamente existen variantes: concursos abiertos, por invitación o que combinan ambas posibilidades; en una o más etapas. Más allá de tales variantes, el hecho que importa destacar es que la institución del concurso se sostiene por la existencia de esa forma y que cualquiera de sus aspectos que se debilite pone en grave peligro su efectividad y aún su sentido.
El primero de tales aspectos son las bases. En su artículo El programa arquitectónico en las bases de un concurso Claudio Vásquez, quien tiene la experiencia de haber redactado las bases para el concurso del Liceo Alemán del Verbo Divino en Colina, también publicado en este número, pone de relieve la significación y la importancia de este aspecto del concurso. De paso, señala algunos casos célebres, incluyendo el reciente proyecto de OMA para el Centro de Congresos de Córdoba, donde la aplicación o no aplicación estricta de las bases ha tenido consecuencias decisivas en el resultado del concurso. Las bases, se refieren a dos aspectos normalmente: a la forma que ha de adquirir el proceso (bases administrativas) y a las condiciones que deben cumplir las soluciones (bases técnicas). La referencia de Claudio Vásquez a las ideas de Isidro Suárez permite recuperar ese notable esfuerzo por pensar la dimensión programática de la arquitectura, aquella que tiene que ver con las reglas y el sentido de sus formas. Las bases, que constituyen algo así como una prefiguración genérica del proyecto, deben lidiar con esa resistencia que tantas veces muestra la arquitectura para ser expresada a través de palabras. Sin embargo, la persistencia histórica de elementos como las memorias de proyecto y las especificaciones técnicas, nos dejan en claro la imposibilidad de evitar esa dimensión que juega en los concursos un rol de importancia, al proporcionar el marco en el que se da la discusión del jurado. La fidelidad a esa difícil previsión que son las bases hace muchas veces difícil el funcionamiento de los jurados. En un artículo publicado en el número 42 de la revista CA dedicado a los concursos, Jaime Márquez pone de relieve tales dificultades en relación a la reglamentación de los concursos, defendiendo la necesidad de una doctrina de los concursos(10).
En ese mismo número, se publican tanto los resultados como la polémica a que dio lugar un concurso público para la sede del edificio de la empresa Shell(11), atribuyendo a la composición y decisión del jurado la responsabilidad del desencanto que ha provocado el resultado. El jurado constituye ciertamente una pieza fundamental de la institución del concurso. La existencia de jurados, como en la administración de justicia, nos enfrenta a la dificultad de resolver en una instancia que busca con esfuerzo la objetividad a través de la confluencia de subjetividades y hace evidente cuánto las decisiones de arquitectura se sitúan en un terreno que no es el mismo de la objetividad científica pero tampoco corresponde al de una arbitrariedad subjetiva. La constitución de un buen jurado es casi una forma de arte: debe representar con claridad los intereses y las intenciones del mandante, pero a la vez ser capaz de representar los valores de la disciplina arquitectónica, a través de arquitectos con juicio crítico certero. La experiencia demuestra que no siempre un jurado compuesto de figuras arquitectónicas relevantes es el que mejor funciona. El trabajo dedicado de los miembros del jurado y el diálogo que idealmente debería darse entre ellos son fundamentales. En la conducción de este, el rol de su presidente puede resultar decisivo. Tal diálogo es significativo no sólo porque suele ser la condición de un adecuado resultado del concurso sino también porque, a su manera, representa el diálogo que se da entre la sociedad y los arquitectos.
La decisión del jurado no pone necesariamente fin a los avatares arquitectónicos que se detonan con un llamado a concurso. Si bien lo normal y hasta cierto punto lo habitual es que el proyecto premiado en un concurso llegue a construirse, ello no siempre ocurre.
Muchas veces las bases dejan el espacio para que el mandante tome esa decisión con autonomía respecto a la decisión del jurado. Uno de los proyectos que en este número se publica, el Santiago College, se inscribe en esta condición. Hace varias décadas, aunque en circunstancias diversas, ocurrió algo similar con el colegio Saint George. Es lamentable que las virtudes de un proyecto que exploraba de manera interesante nuevas posibilidades de la tipología de edificios escolares modernos no haya podido concitar el necesario consenso.
El proceso que sigue al concurso suele proponer problemas adicionales. El proyecto de Smiljan Radic, Eduardo Castillo y Ricardo Serpell pone en evidencia esas dificultades. Es destacable que la decisión sobre un centro administrativo tan importante para la ciudad de Concepción haya sido tomada en un concurso abierto y que el jurado haya seleccionado un proyecto tan radical como cualificado. Por la otra, es lamentable que al menos durante parte del desarrollo de la obra sus autores no hayan llevado a cabo la supervisión de obra. Por diversas razones esa situación se ha dado en otros concursos a nivel internacional(12). Al margen de imprevisiones o equivocaciones, la tensión de fondo que aquí se pone en evidencia es la posibilidad del arquitecto de ejercer su acción durante el proceso de ejecución de la obra. Especificidades programáticas y sobre todo aumentos presupuestarios surgidos durante la construcción son las razones más frecuentemente esgrimidas para defender esta decisión(13). Resolver de manera adecuada tales tensiones está entre los desafíos más importantes que los arquitectos deberán enfrentar en el futuro. Ello no tanto por defender posiciones personales o gremiales sino para garantizar que la arquitectura pueda ofrecer a la sociedad lo mejor de sí y el arquitecto no quede relegado a un papel de proveedor de imágenes.
A pesar de todas las dificultades que la institución de los concursos hace presente, ella ha manifestado particular salud en determinados ámbitos. De los concursos que se publican en este número llama la atención el número de casos que se refieren al ámbito educativo. De hecho, la mayor parte de ellos corresponde a edificios escolares o universitarios. En el caso del concurso para el Liceo Alemán del Verbo Divino, ganado por el equipo de Felipe Assadi, Mathias Klotz, Francisca Pulido, Pablo Riquelme, Trinidad Schönthaler y Renzo Alvano, y a juzgar por el estado de avance de la construcción, parece haber funcionado fluidamente desde la redacción de las bases hasta su realización constructiva. Tras él emerge la tradición de una congregación religiosa dedicada a la educación que parece haber confiado en el mecanismo de los concursos como modo de lograr sus edificios. Este se suma a dos concursos tan significativos como el del colegio del Verbo Divino en Las Condes a finales de la década del cuarenta y el del Liceo Alemán veinte años más tarde(14). El concurso para la nueva Scuola Italiana, ganado por Teodoro Fernández, Sebastián Hernández y Milva Pesce, se inscribe en esta misma tradición. En cierto modo lo hace también el concurso para el Santiago College del cual se publica el segundo premio concedido a Juan Enrique Barros, Alberto Moletto, Juan Francisco Ossa, Álvaro Ramírez, Horacio Schmidt Cortés, Horacio Schmidt Radic y Martín Schmidt.
Esta tradición de concursos en el ámbito educacional, hace presente una confianza de los mandantes en las posibilidades de los concursos. Esta ha permitido no solamente generar una serie de edificios de interés sino también dar continuidad a una reflexión sobre el tema del edificio educativo. Las elaboraciones sobre el patio, por ejemplo, aparecen tanto en los proyectos del concurso del Liceo Alemán como en el del Santiago College.
Otro tanto ocurre con la cuestión del paisaje tanto urbano como geográfico. Este aparece obviamente en el concurso para el parque Juan Pablo II, continuación de un proyecto también iniciado vía concurso, y asimismo en el de la Scuola Italiana, en cuyo fundamento juega un rol protagónico. Todo ello nos recuerda el rol que la oportunidad del concurso representa para el desarrollo de ideas arquitectónicas. Prueba de ello es el proyecto para un Orquideorama de Felipe Mesa, Alejandro Bernal, Camilo Restrepo y Paul Restrepo. En este, tanto la circunstancia del concurso como su localización en el Jardín Botánico de Medellín, proporcionan la ocasión para ensayar una solución flexible y de inspiración orgánica, que a más de dialogar con el entorno, sea capaz de adaptarse a una amplia variedad requerimientos programáticos.
Referencia aparte merecen los dos concursos publicados de edificios de la Universidad Católica. No sólo nos recuerdan una fructífera tradición de concursos, desde aquel para el campus San Joaquín hasta el de los terrenos de Alameda, Lira y Quito, ganado por Juan Ignacio Baixas y Enrique del Río. La terminación del Centro de Información Sergio Larrain García–Moreno, bajo la responsabilidad de Cecilia Puga y Patricio Mardones, a partir del proyecto de concurso ganado por Teodoro Fernández, Smiljan Radic y Cecilia Puga en 1994, muestra el largo curso, y los esfuerzos de desarrollo y adaptación que debe realizar una idea arquitectónica para llegar a concretarse, siendo a la vez fiel a las intuiciones originales y debiendo acoger circunstancias materiales y programáticas cambiantes.
Si es cierto que es el equilibrio entre todos los factores que confluyen a un concurso el que parece garantizar su éxito, no cabe duda que la calidad de la convocatoria constituye un elemento clave. Sin un conjunto de proyectos de calidad no es posible conseguir un buen resultado en un concurso y es esa mezcla de interés y entusiasmo la que parece mover a los arquitectos a participar en ellos. Hacer perdurar y a la vez perfeccionar esta práctica sólo puede hacerse sobre la base de una comprensión de la naturaleza misma del concurso y de su relación con la práctica de la profesión. En ello se juega no sólo una de sus dimensiones más significativas sino también una de sus conexiones más poderosas con la práctica social: esa problemática confluencia a la que aludía Montealegre, depende no sólo de la contextura interna de los concursos sino de lo que seamos capaces de hacer con ellos.

Notas
1. En su texto El arquitecto en la Edad Media, en oriente y occidente, incluido en El arquitecto: historia de una profesión, Spiro Kostof señala: “A veces se establecía una competencia entre los posibles candidatos para un trabajo, o se solicitaba una opinión profesional de varios arquitectos para ver cual parecía ser el más completo, así en el caso de la Catedral de Canterbury para enfrentar la reparación del coro, se reúne a varios arquitectos franceses e ingleses sin que lograran ponerse de acuerdo entre ellos”. p. 86.
2. Como en tantos concursos este es un resultado complejo que implica un compromiso de parte del jurado. Por circunstancias históricas que no parecen completamente claras, aparentemente su supremacía técnica, Brunelleschi tomó una preeminencia en el desarrollo de la obra.
3. En su relato acerca del desarrollo de la construcción de Santa María dei Fiori, Ross King subraya el desencanto de Brunelleschi, obligado a competir por el diseño de la linterna de Santa María dei Fiori, después de haber demostrado por largos años su capacidad en la construcción de la cúpula.
4. “La ciencia nocturna, en cambio, vaga a ciegas. Duda, tropieza, retrocede, suda, se despierta sobresaltada. Cuestionándolo todo se busca, se interroga, se corrige sin parar. Es una especie de taller de lo posible donde se elabora lo que se convertirá en materia de ciencia”. En La estatua interior, p. 299.
5. El proyecto de Loos, una columna dórica de granito negro levantada sobre una base ha permanecido como un objeto polémico, desafiando simultáneamente la sensibilidad neogótica que se impuso en el concurso como la postura vanguardista de torres asbtractas. Panayotis Tournikiotis ha puesto de relieve que esta idea no fue tan excepcional en el contexto del concurso. Los arquitectos Gerhardt, Freeman y Patelski presentaron variaciones sobre el mismo tema aunque menos radicales que la de Loos.
6. El concurso fue ganado por Boris Iofan con un proyecto monumental, coronado por una escultura. El proyecto ha sido considerado como extemporáneo por gran parte de la historiografía de la arquitectura moderna, sin embargo, una visión de Moscú como la que presenta Kart Schlögel (Moscow) nos muestra que en muchos sentidos era esta una tradición viva en el Moscú de los años 30, como lo era también la de los rascacielos neoyorquinos. El proyecto de Melnikov también fue ignorado en este concurso.
7. En efecto, Lucio Costa logró persuadir al entonces ministro Gustavo Capanema de anular el veredicto que había premiado el proyecto de Archimede Memoria y encargarlo a un joven equipo de arquitectos brasileros liderados por él mismo y que contaba con la asesoría de Le Corbusier.
8. Es conocido el hecho de que Roberto Dávila presentó una serie de alternativas en diversos estilos para ese concurso.
9. En el caso de la Universidad Federico Santa María se publicó un volumen con el contenido de los cuatro anteproyectos presentados. La excusa era que dada la calidad de los cuatro proyectos y a pesar de haberse declarado ganador el de Smith Solar y Smith Miller convenía conocer y aprovechar los aportes de todos los proyectos. Sin embargo, es perceptible que, más allá de ello, se desea preservar un esfuerzo profesional e institucional que parece tener un valor más allá del hecho de elegir al arquitecto encargado de la obra. Los cuatro equipos invitados fueron: Valdivieso y de la Cruz, Browne y Valenzuela, Smith Solar y Smith Miller, y Cruz Montt y Dávila. En el jurado estuvieron Jorge Alessandri, Enrique Costabal y Federico Montenegro. Actuó como asesor Álvaro Orrego. Ver Concurso de anteproyectos para la Escuela de Artes y Oficios y Colegio de Ingenieros José Miguel Carrera.
10. Márquez, Jaime. “Hacia una doctrina de los concursos”. En CA N° 43, p.24.
11. Eliash, Humberto. “Una polémica vigente”. En CA N° 43, pp. 70–72.
12. Así ocurrió, por ejemplo, en un concurso tan conocido como el llamado para la nueva estación de Atocha en Madrid, donde su autor, Rafael Moneo, actuó sólo en el rol de asesor durante la construcción de la obra.
13. En un artículo que será publicado en Escafandra en Madrid, Nicholas Ray señala el modo en que ha cambiado el rol del arquitecto en Inglaterra a este respecto, limitando sus facultades. Otro tanto ocurre con algunas regulaciones suecas que limitan también el rol y la presencia del arquitecto en la obra.
14. En el primer caso el resultado es un edificio que se encuentra entre los más notables de la arquitectura moderna escolar chilena. Fue proyectado por Sergio Larrain, Emilio Duhart, Mario Pérez de Arce y Alberto Piwonka, con la participación de Oscar Praguer como paisajista. El desarrollo completo del colegio tomó varias décadas. En los últimos años estuvo a cargo de la oficina de Mario Pérez de Arce y Asociados.

Referentes
Chicago Tribune Tower Competition. Academy Editions, Londres, 1980.         [ Links ]
Fundación Federico Santa María. Concurso de anteproyectos para la Escuela de Artes y Oficios y Colegio de Ingenieros José Miguel Carrera. Sociedad Imp. y Lit. Universo, Valparaíso, 1927.         [ Links ]
Jacob, François. La estatua interior. Tusquets editores, Barcelona, 1989.         [ Links ]
King, Ross. Brunelleschi´s Dome. Penguin Group, Londres, 2001.         [ Links ]
Kostof, Spiro. El arquitecto: historia de una profesión. Cátedra, Madrid, 1984.         [ Links ]
Schlögel, Karl. Moscow. Reaktion Books, Londres, 2005.         [ Links ]
Tournikiotis, Panayotis. Adolf Loos. Princeton Architectural Press, Nueva York, 1994.         [ Links ]
VV.AA. CA N°43. Colegio de Arquitectos de Chile A. G., Santiago, marzo de 1986.


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