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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.67 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962007000300004 

ARQ, n. 67 Concursos de arquitectura / Architectural competitions, Santiago, diciembre, 2007, p. 26-31.

Notes English

LECTURAS

El programa arquitectónico en las bases de un concurso

Claudio Vásquez *

* Profesor del área de Estructuras, edificación y tecnología, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile


Resumen

El programa arquitectónico es el instrumento esencial con que cuentan las bases de un concurso. El programa es la prefiguración de la forma y en él se esconde el fondo del problema. Su elaboración conceptual se nutre de la información que entrega el mandante, que da forma a los sistemas y componentes del cálculo lógico que debe ser llevado a la realidad.

Palabras clave: Concursos de arquitectura, bases, programa arquitectónico, establecimientos educacionales, metodología.


 

Un concurso de arquitectura(1) es tanto un despliegue de competencias profesionales como la concurrencia de sucesos que encarnan una escena donde mandante, jurado y concursantes pueden asumir papeles diversos. Es también planear y seguir un curso, un camino establecido a través de unas bases que se formulan como campo de trabajo o escenario, dando una dirección determinada o libertad de movimiento al desarrollo de la escena. Los concursantes pueden seguir sus indicaciones o no hacerlo, a riesgo de quedar fuera de la trama.
Cuando OMA cambió el lugar propuesto por las bases del concurso del Centro de Congresos de Córdoba, en España el 2001, confirmó que la actitud de seguir un curso autónomo tiene cabida si se interpreta correctamente el problema del mandante. Compitiendo con Cruz y Ortiz, Zaha Hadid, Toyo Ito y Rafael Moneo, Koolhaas renegó del sitio rectangular dispuesto a espaldas del Centro Histórico de la ciudad en la península de Miraflores, sobre el Guadalquivir, para disponer un volumen lineal activamente vinculado a dicho foco monumental. La operación liberó el terreno original vinculando el Centro de Congresos visualmente con la Mezquita de Córdoba, desde el parque Miraflores. …¡Touché!…
Una acertada interpretación del problema del mandante abrió un camino paralelo, fuera de las bases, aunque posible y verosímil como opción. Fernández–Galiano (2001) calificó la propuesta como brillante y arriesgada, sin embargo, el carácter privado del concurso y la categoría de sus invitados permitían aceptar este tipo de escenas inesperadas. En parte era esto lo que el Ayuntamiento de Córdoba buscaba invitando a quienes fueron los participantes. La defensa gremial implícita en el comentario de Fernández–Galiano, calificando de genial el riesgo asumido por Koolhaas, es similar a las múltiples voces que se levantaron en 1927 defendiendo la propuesta de Le Corbusier y Pierre Jeanneret para el Palacio de las Naciones en Ginebra.
Para este concurso un total de 377 oficinas de arquitectura de diferentes partes del mundo completaron más de 10 km de planos donde pudo ser apreciada una variopinta cantidad de opciones adscritas o basadas en diferentes postulados arquitectónicos en pugna en ese momento. El jurado estaba compuesto por diez miembros representantes de distintos países y entre ellos había connotados arquitectos de la época como Berlage, Hoffmann, Moser, Horta y Lamaresquier (Zervos, 1993). En 64 sesiones fueron seleccionados nueve primeros lugares, sin embargo se filtró a la prensa la insólita situación que le quitó al proyecto de Le Corbusier y Pierre Jeanneret la victoria solitaria: sus planos habían sido reproducidos mecánicamente, a pesar de que las bases prohibían explícitamente el uso de moyens mécaniques. Con este argumento los miembros del jurado detractores de la Arquitectura Moderna lograron diluir la decisión. Esta escena fue más difícil de aceptar por Le Corbusier y Pierre Jeanneret al confirmar que su propuesta era la única que cumplía de forma estricta, con el presupuesto de construcción establecido como tope, el resto de los seleccionados lo superaban onerosamente(2). Una comisión especial fue designada para terminar el trabajo inconcluso del jurado, la cual para salvar el problema y tener una definición rápida del ganador, gestionó el aumento del presupuesto en un 50%, contrariando toda expectativa ética en el concurso. Finalmente el primer lugar fue otorgado al proyecto de Henri–Paul Nénot y Julien Flegenheimer, representantes de Francia entre los seleccionados.
En este caso la escena tuvo como protagonista al jurado, no a los concursantes, ya que se transformó en un problema central la estricta e irreflexiva aplicación de las bases para algunas cuestiones y su omisión para otras. Le Corbusier y Pierre Jeanneret cumplieron en los aspectos más profesionales y difíciles del encargo, como fue el presupuesto. Sin embargo, por truculentas situaciones internas de la deliberación, fueron despojados del contrato de construcción. Como consuelo, Le Corbusier dejó plasmada su iracunda reacción a través de la publicación de su libro Une maison – un palais, que nos ha quedado como legado del certamen.
Las escenas que puede detonar la relación entre concursantes, jurado y mandante son diversas, sin embargo hay una condición intrínseca y determinante en su configuración: las bases funcionan como campo de trabajo o escenario, ellas detonan la trama de acontecimientos que se desencadena ya sea por acción o por omisión, es decir por lo que dicen o dejan de decir.
¿Qué son entonces las bases de un concurso de arquitectura? Esencialmente, son el instrumento a través del cual se prefigura un encargo, estableciendo parámetros que deben ser connaturales a la forma, lo cual no es fácil, y con dificultad podría ser hecho por un lego en la disciplina. En efecto, un mandante pocas veces cuenta con el bagaje necesario para llevar sus requerimientos a códigos de prefiguración en el sentido que hablamos, sin embargo, probablemente, desde su perspectiva puede tener claro lo que necesita.
Esta situación es normal y se puede entender a partir de una de las características de la arquitectura entendida como arte que expone José Ricardo Morales. Para él la arquitectura es diferente al resto de las artes en que “…representa –y da lugar a– nuestras necesidades ineludibles…”(3), por lo tanto afecta a todos los hombres, en cambio las otras artes responden a intereses o gustos singulares, es decir tienen público y cultores especiales porque sus obras no coaccionan con el hombre, no lo afectan en su cotidianidad. Este aspecto de la arquitectura permite entender que un mandante pueda saber con claridad lo que necesita, puesto que sabe cuáles son sus necesidades ineludibles, sin embargo esto no es suficiente.
El centro del problema de un encargo de arquitectura está en el sentido que tiene el programa arquitectónico en la prefiguración de la forma, ya que en su formulación se esconde el germen del proyecto. Este es el instrumento esencial con que cuentan las bases y en su elaboración resulta ineludible un estudio especializado y detallado de los requerimientos del mandante para caracterizarlos dentro del universo de instituciones, programas o edificios al que pertenece su encargo.
El sentido instrumental y determinante del programa como prefigurador de la forma fue claramente expuesto por Isidro Suárez (1985) cuando lo definió como entelequia del proyecto, es decir, como problema central y objetivo de la actividad de proyectar o llevar un requerimiento a la forma. Para él, el proyecto podía ser entendido como un modelo de la realidad, y como tal, era una realidad interpuesta que representa otra, que no es el propio proyecto, sino su potencial existencia en el mundo construido. Esta relación con la realidad es entonces doble: la realidad del proyecto, o de la planta sometida a sus propias normas, y la realidad de la realidad, que está referida al fenómeno histórico de los usos y costumbres con los que el proyecto debe encajar, es decir a lo que el mandante conoce por ser sus necesidades ineludibles. En otras palabras, hay normas implícitas del proyecto que apuntan a su inserción en la vida cotidiana recogiendo los usos que debe contener, y en forma paralela, la misma planta debe contener coherencias internas propias que la estructuran como una forma arquitectónica que debe ser coherente en sí misma.
El programa entonces adquiere dos frentes: uno cultural referido a los usos y que se podría resumir en una lista de recintos, y otro que apunta al trabajo pre–composicional para la formulación conceptual del partido general de los proyectos que se busca comparar para seleccionar un ganador.
Ciertamente las bases de un concurso pueden omitir una lista de recintos exigiendo a los concursantes resolverlo como parte del encargo, sin embargo no pueden omitir los datos que permitan realizar el estudio pertinente para elaborar ambos aspectos del programa, lo cual resulta extremadamente difícil debido a que en el régimen de funcionamiento de un concurso los participantes no tienen acceso al mandante funcionando como contraparte. Los llamados de este tipo corren un alto riesgo de ser declarados desiertos, simplemente por ser inciertos.
Isidro Suárez entregó además herramientas metodológicas que permiten enfrentar el estudio de un programa:
“En primer lugar, él (programa) nos aparece como una petición para la constitución del proyecto. En segundo lugar, esta constitución del proyecto, para serlo, debe ser un estudio. En tercer lugar, este estudio comporta básicamente un análisis que recoge en diversos sistemas lógicos los constituyentes”(4).
Interrumpimos para remarcar la idea de que el programa es un estudio, no una enumeración. Esta es la primera segmentación en que se puede dividir el universo de bases de concurso: aquellas que tienen detrás un estudio y aquellas que sólo tienen una enumeración de recintos. Las primeras tienen una alta probabilidad de éxito si el resultado del estudio es conducente a una forma y las segundas con facilidad pueden terminar con primeros lugares desiertos o con premiaciones exóticas.
Seguimos atendiendo al planteamiento de Isidro Suárez:
“El programa, en cuanto cálculo lógico como sistema, se compone de la enumeración de exigencias, que es el alfabeto, las condiciones a cumplir, que son las reglas de formación, y las conexiones entre estas condiciones, que serían las reglas de transformación. Como se sabe alfabeto, reglas de formación, reglas de transformación son los tres elementos que constituyen el cálculo lógico como sistema, y se definen así: alfabeto conjunto de símbolos elementales; reglas de formación que indican cómo pueden combinarse los símbolos elementales en formaciones compuestas; reglas de transformación que indican cómo puede pasarse de una combinación de símbolos a otra combinación o sea de una forma lógica a otra, lo que equivale a transformar la primera”(5).
Para cualquier arquitecto es evidente que el programa y su organización suponen una labor conceptual que se nutre de información que entrega el mandante en un proceso casi terapéutico de conversación, cuyo objetivo es encontrar directrices y lógicas de relaciones a las cuales normalmente no se llega de forma directa. El texto citado propone descomponer este proceso en tres partes que se transforman en factores para realizar un cálculo lógico. Ellos son: una enumeración, que es aquello que el cliente sabría con propiedad; unas reglas de formación, que son las normas o condiciones a las que debe estar sometido cada elemento de la enumeración; y unas reglas de transformación que imponen las normas de relación entre ellos.
Isidro Suárez ahondó en la cuestión del programa explicando que estos componentes y relaciones no tienen sentido alguno por sí solos, ya que debe ser formulado un teorema que permita llevar los sistemas y componentes del cálculo lógico a la realidad, en su doble acepción antes descrita. En otras palabras, uno o varios arquitectos deben dar forma al programa, siendo este su rol al participar en un concurso de arquitectura. En efecto, los tres factores componentes del cálculo lógico constituyen instrumentos de proyecto que permiten a distintos arquitectos formular soluciones con la misma matriz conceptual, desplegando cada uno sus competencias profesionales como conformadores, o dadores de forma, de un programa.
El encargado de la redacción de las bases es normalmente el director del concurso, quien tiene la tarea de conducir el trabajo de los concursantes a través de la especificación del conjunto de factores que permitan la prefiguración de sus propuestas. En este trabajo es relevante el diseño de la entrega de planos y maquetas, que debe ser ajustada a la mínima necesaria para medir la adecuación de los proyectos al programa y su cálculo lógico. De esta manera se transforma en una figura alejada del mero rol administrativo que supone la organización y la redacción de documentos.
Para entender más claramente, un ejemplo. El año 2005 una congregación religiosa llamó a concurso para la creación de un nuevo colegio. El problema era complejo ya que suponía operaciones de diversa índole para lo cual fueron formadas distintas mesas de trabajo, una de las cuales se dedicaría a la infraestructura. Fui invitado a ella por anteriores experiencias en la formulación de programas arquitectónicos asociados a proyectos educativos(6).
El estudio del programa partió con el análisis de casos que por distintas aproximaciones eran comparables con el nuevo colegio, ya sea por sus proyectos educativos, por las características de sus sostenedores, alumnos y familias, o por sus condiciones urbanas. Este estudio permitió establecer los estándares espaciales dentro de los cuales el proyecto debía situarse, es decir, hizo comparable el servicio que proponía brindar el nuevo colegio. En paralelo, fue realizada una ardua labor de cualificación espacial del proyecto educativo de la nueva institución, definiendo la enumeración de recintos y sus reglas de formación a partir de aquello que el mandante conocía como sus necesidades ineludibles. Este estudio entregó una lista de recintos cuyos tamaños debían ser establecidos comparativamente con el estudio de casos. El esquema representa sintéticamente este método de trabajo (fig. 1).
El resultado permitió establecer precisiones como el estándar m2/alumno que el nuevo colegio tendría en relación a la superficie construida, en comparación a los casos seleccionados como referencia. El gráfico (fig. 2) muestra una de las primeras aproximaciones que permitió conocer con anticipación que la enumeración de recintos por sí sola hubiera sobredimensionado el estándar espacial del nuevo colegio, debiendo ser reformulada. Este ejercicio se realizó para la definición de distintos componentes del programa, como los recintos destinados a docencia formal, los patios, la infraestructura deportiva o aquellos recintos que podían ser entendidos como característicos del proyecto educativo de cada caso.
Una lista de recintos y sus tamaños adecuados son la enumeración y parte de sus reglas de formación, ya que, asociados a sus dimensiones, están los requerimientos técnicos que deben cumplir, es decir, sus condiciones internas de funcionamiento y de acondicionamiento, los cuales el mandante conoce como necesidades ineludibles, y que la normativa impone como condiciones mínimas de funcionamiento.
Las reglas de transformación debían representar la verdadera condición particular del colegio, aquello que lo haría diferente a todos los casos de estudio. Este es el problema conceptual mayor, puesto que supone sistemas de agrupación, zonificación y conexiones que aseguren el funcionamiento del programa bajo un concepto definido por el mandante, en este caso a través de un proyecto educativo.
La enseñanza que impartiría el nuevo colegio sería coeducativa, es decir alumnos y alumnas compartirían parte de la infraestructura, no toda, contando con zonas de uso exclusivo y de uso compartido. A esta particularidad se sumaron las condiciones establecidas por los objetivos docentes y el currículum del colegio. Estas condiciones, que no cabe detallar en este texto, dieron como resultado el sistema de reglas de transformación que se encuentran resumidas en el esquema (fig. 3).
Las bases del concurso fueron redactadas de tal manera de encargar con precisión la enumeración de recintos, sus reglas de formación y sus reglas de transformación, abriendo el campo a lo más importante: los teoremas que cada concursante proponía como respuesta al encargo, dando forma al cálculo lógico propuesto como programa. De esta manera, los proyectos fueron comparables y la decisión del jurado se basó en la valoración de las formas, ideas y espacios que cada concursante propuso como solución. Como muestra del resultado se han hecho esquemas de algunas de las soluciones que muestran distintas opciones basadas en el mismo sistema de reglas (fig. 4). En ellas es posible apreciar que el cálculo lógico (fig. 3) aparece como estructura conceptual de los partidos generales, a pesar de tratarse de distintos teoremas, formas o soluciones. Esto demuestra la diversidad de posibilidades que abre un mismo programa arquitectónico.
En síntesis, las bases de un concurso son una pieza clave para asegurar que la escena que se desarrolle sea la esperada, evitando la serie de contrariedades y tramas engorrosas que genera un concurso llamado sin un previo estudio, sin curso, o a la deriva. El instrumento para asegurar este cometido es el programa arquitectónico, que supera la mera lista de recintos.

Notas
1. Entendemos como concurso de arquitectura aquellos concursos que tienen como objetivo la construcción de una obra por considerar que son los únicos que, estrictamente, valga la redundancia, son de arquitectura. Los concursos teóricos que se sabe que no serán construidos, los concursos comerciales de promoción de materiales, aquellos que buscan promocionar actividad académica en torno a temas específicos, y en general, cualquier otro tipo de certamen que busca premiar aspectos parciales de proyectos, no son objeto del contenido de este texto.
2. Los proyectos seleccionados fueron estudiados por la Schweizericshe Bauzietung, órgano oficial de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos suizos, la cual, según Zervos, gozaba de un prestigio universal por la precisión de sus estimaciones. El resto de los proyectos seleccionados superaba hasta en un 300% el monto establecido por las bases (Zervos, Ibídem).
3. Para José Ricardo Morales la radical singularidad de la arquitectura llega al punto de considerar necesario preguntarse cómo la arquitectura reobra sobre el hombre, es decir, cómo lo afecta y genera un proceso de acción y coacción entre ambos (Morales, 1969).
4. Ibídem.
5. Ibídem.
6. Este estudio fue realizado por el autor en conjunto con los arquitectos Fernando García–Huidobro, Diego Torres y Fabián Todorovic.

Referentes
Fernández–Galiano, Luis. “Noticias de Córdoba: una mezquita lineal de Rem Koolhaas”. Arquitectura Viva N° 77, Arquitectura Viva S.L., Madrid, 2001, pp. 88–95.         [ Links ]
Le Corbusier. Une maison – un palais. Crès, París, 1928.         [ Links ]
Morales, José Ricardo. “La arquitectura, técnica y arte”. En Arquitectónica. Parte segunda: Teoría. Ed. Universidad de Chile, Santiago, 1969.         [ Links ]
Suárez, Isidro. “El programa arquitectural como entelequia del proyecto”. Cuadernos de la Facultad. Documentos 5. Universidad del Norte, Facultad de Arquitectura, Antofagasta, 1985.         [ Links ]
Zervos, Christian. “¿Quién construirá el Palacio de las Naciones?”. 3ZU Revista D’Architectura N°1, ETSAB, Barcelona, 1993 (original 1927) pp. 62–65.
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