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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.67 Santiago dic. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962007000300019 

ARQ, n. 67 Concursos de arquitectura / Architectural competitions, Santiago, diciembre, 2007, p. 94-95.

ANEXOS

Discurso de agradecimiento al doctorado honoris causa entregado por la Pontificia Universidad Católica de Chile

José Rafael Moneo Vallés

Agradezco profundamente esta distinción que la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile ha tenido a bien otorgarme. Vaya, por tanto, la manifestación de mi más sincero sentimiento de gratitud al rector Pedro Pablo Rosso, representado en la persona del vicerrector académico Juan José Ugarte y al decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos José Rosas, así como a todos aquellos amigos que promovieron el que hoy se me haya concedido este doctorado. Emociona e intimida, a un tiempo, el recibir este tipo de reconocimientos. Emociona porque muestra la generosidad con que los demás contemplan el trabajo que uno ha hecho, e intimida porque distinciones como estas le hacen ver a uno que la carrera profesional está ya más que mediada. Nos resistimos siempre a creer que ya no somos los entusiastas estudiantes que fuimos.
Creo que al concederme esta distinción se reconocen en mi persona los logros de la arquitectura española contemporánea. En efecto, los arquitectos españoles de mi generación y de aquéllas más jóvenes que la precedieron, hemos tenido la fortuna de vivir una época de intenso cambio social que es el obligado telón de fondo para contemplar la situación en que hoy se encuentra la práctica profesional de la arquitectura en nuestro país. Se ha dicho con frecuencia –pero puede que sea oportuno hacerlo una vez más en una ocasión como esta– que el proceso de descentralización llevado a cabo en España en estos últimos años, al transferir a los gobiernos locales un sinfín de nuevas atribuciones, puso en marcha toda una serie de iniciativas que son, en último término, quienes dan razón de lo que hoy es la arquitectura española. Pues, en efecto, en España se han construido recientemente numerosas obras públicas. Infraestructuras por un lado, obras de ingeniería, pero también edificios de muy distinto tipo: escuelas, hospitales, centros de salud, bibliotecas, museos, auditorios, que reclamaban la presencia de arquitectos. Pero la experiencia profesional tan sólo no garantiza la calidad. Habría que hacer constar ahora que los arquitectos españoles tenían una buena educación. Por un lado, los colegios profesionales habían propiciado durante los oscuros años del franquismo la discusión y el estudio de la arquitectura. Por otro, las jóvenes generaciones de arquitectos contaban con el ejemplo de toda una serie de profesionales realmente notables. Arquitectos como Oíza, Fisac, de la Sota, Molezún y Corrales y tantos otros en Madrid; Coderch, Bohigas, Correa, por mencionar algunos en Barcelona, están por tanto en el origen de lo que ha sido la nueva cultura arquitectónica en España. Pero al clima favorable que vive la arquitectura han contribuido las escuelas de arquitectura, que se han multiplicado en estos últimos años. Cuando yo comencé a estudiar la carrera, tan sólo había dos: Madrid y Barcelona. Ahora puede que sean veinte, distribuidas en nuestra geografía. Ello ha hecho que la polaridad existente en los años sesenta y setenta entre Madrid y Barcelona haya quedado rota, extendiéndose el interés por la arquitectura a todas las ciudades españolas. Esta amplia difusión de la arquitectura se ha visto refrendada por la presencia que hoy tiene la arquitectura en los medios de comunicación y por las numerosas publicaciones profesionales. A nadie sorprenderá, por tanto, que hoy quiera compartir esta distinción que recibo ahora con todos mis colegas, ya que en buena medida creo que con ella se reconoce también su trabajo. No quisiera, sin embargo, que este juicio favorable que merece la arquitectura española –y buena prueba de ello sería la reciente exposición en el MoMA de Nueva York– nos llevase a la autocomplacencia, ya que nuestro país no es ajeno a los problemas que la arquitectura tiene en todos los países.
Saldada esta deuda con mis colegas españoles, diré ahora que personalmente me siento enormemente honrado al recibir este doctorado que tan graciosa y generosamente me han concedido mis amigos chilenos. Siempre tuve la fortuna de contar con buenos amigos en estas hermosas tierras. Pero hoy quisiera recordar, si bien sea brevemente, a quienes fueron mis primeros amigos chilenos, amigos que desgraciadamente hoy no están con nosotros: Juan Borchers e Isidro Suárez. Maestro y discípulo, los dos vinieron a España a mediados de los años sesenta y pronto entablaron relación con sus colegas españoles. Borchers, viajero impenitente, como un nuevo Ulises de la arquitectura, había comenzado un periplo interminable, el de su vida, todo un viaje que, comenzando en las frías aguas de la Patagonia y del Estrecho de Magallanes, le había llevado entonces hasta el Mediterráneo, tantas veces soñado. De Pitágoras a Heidegger, las velas de su pensamiento las movían los vientos de la filosofía occidental en aras de alcanzar el puerto de aquella verdad eterna de la que parecía ser testigo el mundo de los números. Hombre de amplísimos saberes, de cultura enciclopédica que iba de los presocráticos a los físicos y matemáticos del s. XX, para Juan Borchers la arquitectura era otra cosmología, aquélla que ofrecían a los dioses los humanos. El mundo no debía, por tanto, tener barreras y la conquista de un mundo más racional, más justo, y no por ello ajeno a la naturaleza, fue la meta de su trabajo. La obra de Le Corbusier le pareció la más próxima a lo que eran sus ideales y, por tanto, la que merecía ser compartida y divulgada. En su ecumenismo, en su voluntad de pensar en un mundo igual para todos, Borchers no veía fronteras. Como tampoco las veía Isidro Suárez, para quien París y Santiago de Chile eran casi una misma cosa. Ni que decir tiene que Madrid era tan sólo una escala para estos chilenos universales.
Los amigos chilenos nos hablaban de un país distante en el que la geografía protagonizaba la historia, al hacer de la cordillera por la que se movían los Incas, la espina dorsal del país y de toda América del Sur. De un país, nos decían, que tenía conciencia de su condición de espalda de un continente. Y así he podido leer en el libro de Benjamín Subercaseaux, Chile o una loca geografía que “para los aimaras Chile es allí donde se acaba la tierra”. Chile, para nosotros los europeos, está lejano, casi en las antípodas, y puede que le cuadre –hoy que el Atlántico hay que entenderlo como un nuevo Mediterráneo– el calificativo de que antes disfrutó Cádiz, pudiendo hablarse así de Chile como de las nuevas columnas de Hércules, del mundo que conocemos. Tuve la fortuna de viajar a Chile en tres ocasiones y ello me permitió confirmar lo que ya sabía, su lontananza con respecto a nuestras latitudes, pero también a valorar su medida, su dimensión. Chile es un país que vertebra un continente y como tal engloba todo un conjunto de geografías y comunidades. La dimensión, las distancias, han permitido, por un lado, la supervivencia de los antiguos pobladores, por otro, el asentamiento de inmigrantes y colonos capaces de hacer del suelo en el que encontraban hospitalidad y aliento, su nueva tierra. Y así, Chile, puede verse como rico mosaico social en el que la diversidad, una auténtica diversidad, se nos presenta como uno de los rasgos más acusados de su identidad. La distancia, por tanto, como salvaguardia de lo propio. Los territorios dilatados e inmensos como garantía de la independencia.
Y, sin embargo, la lejanía, la distancia, no ha sido obstáculo para la comunicación y el contacto. Es más, cabría decir que la distancia estimula el afán de conocimiento que me parece advertir en los chilenos. Un afán de conocimiento que se pone de manifiesto en la arquitectura de un país que ha estado atento desde hace ya cinco siglos a lo que han sido los intereses de la cultura arquitectónica de occidente, como bien puede ver quien pasee por las calles de Santiago. De la arquitectura ilustrada de la casa de La Moneda a las arquitecturas modernas de los nuevos barrios, la arquitectura de Chile se nos muestra siempre alerta e instruida. La comunicación, el contacto entre las gentes y la cultura, no es prerrogativa exclusiva de las últimas generaciones. La comunicación, que inevitablemente trae consigo transformación, es algo consustancial con la vida misma, con la historia, y en Chile, donde un paisaje casi primigenio está todavía presente y convive con otro historizado, humanizado, una afirmación como esta se hace sentir con fuerza.
Llegados a este punto, me gustaría entrar de lleno en la reflexión que quisiera hacer hoy. Vivimos, en efecto, en días en que la facilidad de la comunicación –propiciando un magma de información compartida– nos envuelve como si de una nueva capa atmosférica se tratase, de tal modo que nos lleva a pensar que es preciso prescindir de la noción de distancia y con ella de toda peculiaridad. Si antes la comunicación y la información podían ser consideradas como una virtud, hoy puede decirse que son la situación natural, un nuevo estado. El fantasma de la homogeneidad, de lenguajes y estilos universales, de lo que se ha venido a llamar el pensamiento único, parece sobrevolar el mundo en que vivimos. El problema con que los arquitectos nos encontramos se hace presente al ver las imágenes de las periferias de nuestras ciudades y, más todavía, al ver cómo han crecido las ciudades de Oriente en trance de forzosa e inevitable occidentalización. Y la pregunta obligada es esta, ¿no hay otro modo de construir sino este? Creo que los arquitectos encuentran respuesta a ella en lo que ha sido la expresión máxima de su trabajo, la ciudad.
Todavía está viva ante nuestros ojos la ciudad antigua, la ciudad con la que nos encontramos en todas las culturas y en todas las latitudes, la que hasta ahora ha sido uno de los mayores logros de la humanidad. La ciudad, por otro lado, como testimonio del quehacer colectivo de quienes nos precedieron. Su herencia, nuestro tesoro. La ciudad también como paradigma de la razón y, en verdad, que cualquiera que sea el ángulo desde el que la observemos, la razón hace acto de presencia. Un universo en el que conviven culturas diversas produce también ciudades diversas, si bien, en todas ellas, la razón prevalece.
Paradójicamente, el s. XX que ha entrevisto desde una nueva física y una nueva biología los albores de una cosmología ajena a la de las culturas antiguas, tradicionales, no ha sido capaz de ofrecer una ciudad convincente. Los intentos hechos con la ciudad–jardín de acercar la naturaleza a la residencia se han traducido en la destrucción del medio, y el propósito de las vanguardias de hacer accesible a todos la vivienda desde criterios igualitarios ha dado pie a una ciudad discontinua y rota que poco tiene que ver con la antigua. Así, a pesar de que a veces las vanguardias han reclamado el usufructo de la razón, forzoso es reconocer que en las arquitecturas del s. XX esta es más aparente que real. En verdad, que es inquietante el preguntarse por qué la cultura más reciente, que tanta atención ha prestado a las técnicas en campos tan diversos, no se ha interesado más por la construcción y, en último término, por las ciudades y su arquitectura.
Sin embargo, en el mundo globalizado en que hoy vivimos son estas arquitecturas sin esperanza y sin futuro las que proliferan, las que los países desarrollados exportan a los que lo están menos, como si no hubiera otras alternativas. Una respuesta cínica sería aceptar como inevitables estas arquitecturas, estas ciudades, entendiendo que en ellas se produce un cierto equilibrio entre medios y economía respaldado por el mercado. La racionalidad utópica que inspiró el trabajo de los arquitectos y urbanistas en la primera mitad del s. XX se nos presenta hoy como una alternativa idealista, por calificarla con cierta benevolencia, y por no usar un calificativo tan duro como el de obsoleta. En estas circunstancias se entiende que el resquicio por el que la arquitectura hace acto de presencia es por vía de la excepcionalidad, lo que ha llevado a que las instituciones busquen ansiosamente el trabajo de arquitectos que garantizan la notoriedad mediática. Pero ello no quiere decir que la arquitectura se manifieste tan sólo de este modo.
Y así, admitiendo que el conocimiento científico implica una nueva cosmología y con ella una nueva cultura que inevitablemente lleva a la globalidad –dado que compartimos información y técnicas, por un lado, y que la comunicación y el transporte parecen haber eliminado las distancias– ¿cómo mantener la identidad si somos conscientes de nuestra dependencia? ¿cómo integrar el mundo recibido, que tiene un valor intrínseco que no puede ignorarse, en un mundo nuevo? Sin duda la globalización nos pondrá frente a situaciones y problemas comunes a los que habrá que dar solución con los mismos medios. ¿Pero son todas las circunstancias iguales? ¿Partimos todos de análogas coordenadas? Me atrevería a decir que no, que cabe ser independiente, que puede mantenerse la diversidad si se atiende a lo específico. Y ello con la ayuda de la razón. Quisiera creer que esto no es sólo la expresión de un deseo. Entiendo la arquitectura como ejercicio que nos permite alcanzar lo específico, haciendo uso a un tiempo de la razón y de la experiencia. Algo que en un país como Chile se hace tan evidente, dada la variedad y riqueza de su geografía. Pensar que cabe construir la ciudad, y por ende la arquitectura, sin prescindir de la geografía, es algo que se entiende bien en este país. Idénticos propósitos –el uso de técnicas similares– pueden dar pie a ciudades diversas que mantengan viva la ilusión de los viajeros de alcanzar países soñados como el vuestro. Me gustaría pensar que la arquitectura puede ayudar a ello, que en este mundo que se nos avecina, la arquitectura –lo que ha sido esta profesión, este modo de estar en el mundo– puede ser todavía útil. No me atreveré a decir cómo, ya que si algo nos ha enseñado el fin del s. XX es que toda anticipación de la utopía, todo intento de describir el mundo que viene, está llamado al fracaso. Sí quisiera terminar diciendo que el construir acompañará a los humanos mientras haya vida en la tierra y ello hará que la arquitectura esté viva incluso cuando la profesión de arquitecto se haya convertido en otra cosa. Y así, la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile, podrá seguir otorgando entonces un doctorado más en arquitectura.


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