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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.72 Santiago ago. 2009

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962009000200009 

ARQ, n. 72 Ríos urbanos, Santiago, agosto 2009, p. 46-49.

LECTURAS

El Mapocho urbano del s. XIX (1)

Simón Castillo * **

* Profesor ayudante, Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Chile, Santiago, Chile
** Profesor, Universidad Alberto Hurtado, Santiago, Chile


Resumen

La historia es uno de los factores que da forma a la ciudad. En la relación entre Santiago y el río Mapocho, a través del s. xix, este soporte se vuelve crucial; las relaciones entre sus riberas norte y sur con la ciudad, sus cruces y su cauce oriente-poniente dan cuenta de problemáticas sociales, políticas y urbanísticas.

Palabras clave: Urbanismo-Chile, historia, desarrollo urbano, políticas públicas.



Hay al menos tres formas de estudiar al río Mapocho desde el punto de vista de la historia urbana de la ciudad de Santiago: como relación entre naturaleza y ciudad, como problema ingenieril y arquitectónico y como tema de gestión y desarrollo urbano. Aunque las tres están vinculadas, la primera forma parece ser fundamental, como causa de sucesivas intervenciones. Sin embargo —y aunque parezca contradictorio— aquí se fija la mirada en los dos últimos enfoques: la metodología será comprender las relaciones entre naturaleza y sociedad urbana como horizonte proyectual y disciplinario, donde intervienen elementos de la urbanística moderna y del control social ligados a procesos de modernización. Como problema de la sociedad urbana, tanto lo técnico como la gestión son considerados como dos esferas culturales que abordan las intervenciones urbanísticas desde los discursos del poder, comprendiendo sus nexos con las representaciones de ciudad.
Para estos efectos se ha estudiado el río Mapocho de fines del s. xix. Durante ese período se produjo la canalización del río en su tramo urbano —entre las calles Pío ix y Manuel Rodríguez— incluyendo la destrucción del puente de Cal y Canto, así como la construcción de edificios, puentes y parques públicos. Simultáneamente se produjo el fin de una larga faja de basurales y la erradicación de miles de habitantes desde sus riberas céntricas hacia otros sectores. Este proceso de modernización modificó drásticamente la imagen de ciudad, así como la conectividad entre el casco histórico —al sur del río— y el área de La Chimba —al norte de él—. Por ello, se pretende establecer algunas relaciones entre operaciones de infraestructura y cuestiones político-sociales, considerando al río Mapocho como un artefacto urbano —materia convertida en problema cultural— que desencadenó diferentes representaciones de ciudad, al igual que la aparición de nuevos actores en el espacio público.
EL URBANISMO COMO PROBLEMA POLÍTICO CULTURAL / En 1996, el arquitecto Mario Pérez de Arce Lavín —prolífico estudioso del río Mapocho— señaló que "es incomprensible que las municipalidades ribereñas, sobre todo en el sector oriente, no hayan tomado posesión de la franja pública a lo largo del cauce, ni la hayan definido claramente, permitiendo que se generen conflictos de dominio al aumentar el valor de los terrenos vecinos" (Pérez de Arce, 1996). Se requeriría abordar, además del problema urbano-territorial, las relaciones entre lo público y lo privado y el gobierno de la ciudad.
Se debe recordar que desde 1850 hubo novedosas formas de entender Santiago, basadas tanto en cambios internos como en las transferencias urbanísticas (Hardoy, 1988) entre Europa, Estados Unidos y Latinoamérica. La migración campo-ciudad impactó tanto en su extensión y fisonomía como en las relaciones y prácticas sociales que en ella se produjeron. Desde la elite, Benjamín Vicuña Mackenna (intendente en el período 1872-74) fue el articulador y condensador de las interpretaciones sobre las nuevas realidades urbanas: sabida es su drástica separación entre la ciudad propia y la ciudad bárbara, materializada a través de un camino de cintura. También la inauguración de obras públicas monumentales, como la transformación del pedregoso cerro Santa Lucía en espacio público.
El dominio de la naturaleza representado en la transformación del Santa Lucía tuvo su correlato hídrico: el interés por canalizar el Mapocho. Desde la Colonia el río había tenido una importancia simbólica y material gracias a los tajamares y al majestuoso puente de Cal y Canto. Pero su ancho y pedregoso cauce era un límite que había dividido la ciudad, inundándola constantemente con sus desbordes y provocando enormes daños humanos y materiales. Aunque en verano las riberas estaban comunicadas, entre abril y octubre toda el área norte no estaba integrada a los flujos y a la trama urbana.
Debido a su inestabilidad, el cauce tuvo uno de los precios de suelo más baratos de Santiago; en él se establecieron grupos marginales para construir sus viviendas y trabajar en la extracción de ripio y arena. Lentamente, esos habitantes aumentaron y comenzaron a molestar al patriciado urbano: eran residentes indeseables, tanto porque su trabajo desestabilizaba el cauce, como por su estética que irrumpía en la misma cara de la ciudad propia. En otras palabras: tanto el torrente del río como aquellos pobladores ribereños se percibieron como obstáculos para lo que era considerado como imagen de ciudad moderna.
En 1873, el intendente y una comisión auspiciada por el empresario minero Luis Cousiño elaboraron el primer plan de canalización del torrente, dirigidos por el ingeniero Ernesto Ansart. Asumiendo la diferencia radical entre la cuadrícula del casco histórico y los irregulares caminos semirrurales de La Chimba, esta fue la primera herramienta planimétrica en establecer un área de canalización —entre calles Manuel Rodríguez y la actual Condell— y los terrenos que se ganarían al Mapocho. Pero sólo gracias al dinero del salitre, en la década de 1880, aquel límite fue intervenido por las autoridades del diseño y gobierno urbano. Destacó en ello el presidente José Manuel Balmaceda, creador del Ministerio de Industria y Obras Públicas (1887). Paralelamente, se verificó el auge del higienismo, que veía a los pobres de la ciudad como los principales transmisores de epidemias, mediante los miasmas. Emergieron así los médicos como nuevos actores políticos, con un discurso urbano-preventivo que calzó con las propuestas reformistas para Santiago.
En ese contexto comenzó la transformación de río a canal en su área urbana, propiciando el derrumbe del puente de Cal y Canto. En estas obras destacó Valentín Martínez, ingeniero de la Universidad de Chile y jefe ministerial de la sección de puentes, caminos y obras hidráulicas. La caída del puente colonial marcó un quiebre en la manera de entender la ciudad, en la representación de qué era la modernidad y cómo se materializaba en lo urbano. Y es que las figuraciones de Martínez respecto al torrente eran lapidarias: una "zona pestilente y sucia", sólo subsanable imitando a Europa, quedando el barrio Mapocho "a la altura de los mejores barrios de París y Londres". Martínez presentó dos proyectos (1885 y 1888), aprobándose el segundo con una ley que señaló que el Poder Ejecutivo realizaría la transformación a "cien metros a uno y otro lado del canal en toda su extensión" para, al finalizarla, ceder dichos terrenos al municipio de Santiago. Entraron en juego entonces nuevos actores —ingenieros y arquitectos—, también nuevos soportes —materiales como el acero de los puentes, la maquinaria pesada de removimiento de tierras— y especialmente nuevas técnicas, como el desarrollo de un proyecto políticamente transversal, asociado a la idea de expansión urbana, continuado incluso durante los ocho meses de la guerra civil de 1891.
Las intervenciones también disciplinaron lentamente las bases materiales y culturales de los sectores populares del lugar. Aunque desde la época de la Colonia hubo erradicaciones de población, hacia 1890 la molestia de las autoridades era evidente. Probablemente, ese desagrado se extendía a cocinerías y otros establecimientos efímeros de las orillas. En ese diagnóstico coincidieron todos los poderes estatales: si para Martínez era "zona pestilente y sucia", para el congresista Paulino Alfonso era un "barbecho colosal de gérmenes malsanos", un "dilatado cáncer asqueroso" y la "vergüenza de nuestro país". En 1898, algunos concejales municipales fueron más directos, eran "gentes que avergüenzan con su vida y oficio la cultura de la ciudad".
Esta suerte de cáncer por extirpar incluyó a las viejas casas coloniales de adobe y teja (calles Mapocho, Esmeralda, Dávila) donde vivía un gran número de gente. Muchas albergaban espacios de sociabilidad popular, como bares y prostíbulos. Comenzó a incubarse así una representación de aquellas edificaciones como un artefacto urbano detestable: un anti-monumento. Paulatinamente, la degeneración material se convirtió en sinónimo de anti-higiene moral, culminando en una intervención urbanística como rectificación sociocultural. El método a seguir fue la intromisión en el espacio público, pero también en el privado; con preferencia en calles, plazas y fachadas de viviendas, pero también en la intimidad de los sectores más modestos.
Entre 1887 y 1900 se verificó una batería de propuestas y construcciones que modificaron las riberas urbanas, mayoritariamente cristalizadas por el Ministerio de Industria y Obras Públicas: la Cárcel Pública (1887), canalización, puentes metálicos y obeliscos conmemorativos (1888-1892), la pequeña estación del Mercado (1888), edificios de higiene y caridad (Desinfectorio Público e Instituto de Higiene, 1896-1900; Patronato Nacional de la Infancia, c.1905) y edificios de comercio, como la Vega Central y los Galpones de Zapateros (1890-1900). Simultáneamente y gracias a los terrenos subidos de nivel por la canalización, desde 1895 comenzaron las plantaciones que originarían el parque Porestal, que erróneamente se data como obra del centenario de la independencia.
Modificar el río fue entonces un ambicioso afán de creación de un paisaje urbano, es decir, una relación entre naturaleza, sociedad y ciudad desde la cristalización de ideas urbanísticas modernas en el espacio público. Hipotéticamente, podría plantearse que la transformación de los bordes del río fue inédita, por ser una modernización con nuevas dimensiones. El principal argumento es que ocupó una escala mayor a anteriores operaciones públicas urbanas —generalmente obras puntuales insertas en un contexto físico barrial— implementándose quizás por primera vez a un rango de ciudad o de lo que podríamos llamar ciudad moderna.
Pero estas operaciones de infraestructura no siguieron un conducto mecánico, sino que fueron resultado de disputas entre los poderes estatales. He aquí una respuesta tentativa a la pregunta de Pérez de Arce: en la transformación del Mapocho de finales del s. xix —y probablemente en las ocurridas durante el xx— no hubo un plan maestro, sistemático y coordinado por parte del Estado. Más bien voluntades políticas, culturales y estéticas coincidentes en una intervención urbanística que, junto con producir ganancias económicas e higiénicas, propiciara también un disciplinamiento social.
Sin embargo esa gestión pública se restringió al tramo central, precisamente cuando la expansión urbana comenzaba a colonizar el norponiente (Quinta Normal). Y si bien, después de muchas batallas legales con los privados, el Estado construiría parques de borde-río hacia el poniente y el oriente de la primera canalización (el pequeño Parque Centenario y los de la comuna de Providencia, respectivamente) prevalecería durante décadas lo que Pérez de Arce llamó "conflictos de dominio" sin una posesión efectiva de aquella franjas públicas. Es indiscutible el reciente aporte del Parque Bicentenario en Vitacura, como es de esperar lo sea el parque inundable La Hondonada, que buscará mejorar el aire de Cerro Navia y Pudahuel. La tarea parece especialmente difícil en esta última comuna: con los mayores índices de contaminación del área metropolitana debido al amoníaco emanado por el río, sus extensos asentamientos precarios ribereños son la forma contemporánea de la decimonónica ciudad bárbara que se niega a morir.

 


Notas
1. Artículo derivado de la tesis doctoral del autor, Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile. El autor agradece especialmente a su profesor guía Francisco Liernur.

Referentes
Alfonso, Paulino. Lo que debe hacerse con los terrenos del Mapocho. Imprenta Cervantes, Santiago, 1892.         [ Links ]
Ansart, Ernesto. "La canalización del Mapocho". Original de 1873. Revista de la Sociedad Chilena de Ingeniería Hidráulica Nº 1, vol. 4. Sociedad Chilena de Ingeniería Hidráulica, Santiago, 1989.         [ Links ]
Bórquez, Óscar. Historia del río Mapocho y sus puentes. Seminario de Historia de Arquitectura, Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile, Santiago, 1959.         [ Links ]
Hardoy, Jorge. "Teorías y prácticas urbanísticas en Europa entre 1850 y 1930. Su traslado a América Latina". Hardoy, Jorge y Richard Morse (compiladores). Repensando la ciudad de América Latina. Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1988.         [ Links ]
Martínez, Valentín. Proyecto para la canalización del río Mapocho. Imprenta Cervantes, Santiago, 1888.         [ Links ]
Pérez de Arce, Mario. "La ciudad y el río". ARQ Nº 34. Ediciones ARQ, Santiago, noviembre de 1996.         [ Links ]
Vicuña Mackenna, Benjamín. La transformación de Santiago. Notas e indicaciones a la Ilustre Municipalidad, al Supremo Gobierno y al Congreso Nacional. Imprenta Librería del Mercurio, Santiago, 1872.
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