SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número74Mathias Klotz: Restaurante Dominó, SantiagoParador y mirador: Pinohuacho, Chile índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

Compartir


ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.74 Santiago abr. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962010000100003 

ARQ, n. 74 Ocio, Santiago, abril 2010, p. 22-23.

 

LECTURAS

Las virtudes del ocio

Carlos Cousiño *

* Director Programa Doctorado en Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.


Resumen

La visión antagónica del ocio y el trabajo es puesta sobre la mesa. Por un lado se mira al ocio como el momento de mayor productividad intelectual: se piensa, se siente y se observa en la quietud. Por otra parte el trabajo es entendido como lo urgente y necesario, dando lugar al movimiento constante del consumismo.

Palabras clave: Sociología, posguerra, historia, trabajo, reforma protestante, religión.


 

El titular principal del Düsseldorfer Mitteilungsblatt del 21 de julio de 1945 decía: "El principal deber de cada uno es trabajar". Apenas un poco después, cuando el pueblo alemán recién comenzaba la penosa tarea de reconstruir un país reducido a escombros tras el término de la Segunda Guerra Mundial, Joseph Pieper publicaba un pequeño texto destacando las virtudes del ocio. Hasta el día de hoy no se ha escrito nada comparable, tanto por la concentración de ideas en torno a un tema como por la desfachatez del momento en que se publica. Alabar el ocio en medio de la urgencia del trabajo de reconstrucción podía resultar una provocación de mal gusto, al menos que realmente fuese necesario cultivar la quietud. Y para Pieper lo era, al punto que sentía necesario hacer una apología del ocio.
Su principal argumento podría reducirse a la simple proposición que la compulsión frenética a trabajar no hace sino esconder la flojera intelectual, moral y emocional; más aún que esconde, bajo el pretexto de lo urgente e importante, la necesidad de mirarse y conocerse a sí mismo. ¿Qué duda puede caber que Pieper tenía una buena razón para llamar a ese pueblo derrotado, que había devastado el centro de Europa y llevado a la ignominia la tradición cultural de Occidente, a quedarse quieto y mirarse a sí mismo? Sin embargo debemos también reconocer que ese pueblo tenía una incuestionable necesidad de trabajar sin parar. Y es que el vínculo entre necesidad y trabajo es férreo e ineludible. Partamos por detenernos brevemente en su historia.
Lo propio de la época moderna es haber invertido la relación que se establecía en las culturas clásicas entre ocio y trabajo. Para éstas el primado era el del ocio. En Grecia, por ejemplo, el trabajo era propio del esclavo, de aquel que estaba sometido a la necesidad y no podía, por ende, ser libre ni, consecuentemente, ciudadano. Este último era un hombre que disponía de sí mismo y estaba libre de la obligación de trabajar. El espacio del trabajo era el oikos -hogar-, que es de donde proviene la palabra economía. Ese era también el espacio de la pura necesidad y de la autoridad despótica. El ocio era, por ende, condición para poder ser libre.
Para la cultura occidental pre moderna el trabajo sólo se entendía como algo que permitía el ocio. El concepto de una vida contemplativa tenía una clara primacía sobre la vita activa, así como las artes liberales, propias de un hombre libre, lo tenían sobre las serviles, aquellas que debían satisfacer necesidades mediante la producción de cosas útiles. Tan sólo con la Reforma Protestante, tal como lo ha mostrado Weber, esta relación se invierte y ya no se "trabaja para vivir, sino que se vive para trabajar". Para los seguidores de Calvino el trabajo adquiere el carácter de un bálsamo a la vez que es un signo de salvación. Enfrentados a la insufrible doctrina según la cual cada persona se encuentra, desde su nacimiento, predestinada a la salvación o la condenación eterna, sin que nada de lo que haga en este mundo pueda alterar este definitivo designio divino, el trabajo sirve como vía de escape y olvido, como remedio para la enorme angustia que esta incertidumbre provoca. Al mismo tiempo el éxito en el trabajo puede ser considerado como un signo de la gracia divina. Basta tan sólo este pobre consuelo para que el hombre vuelque su vida entera al trabajo.
Incluso llevando el activismo intramundano hasta su extremo, en el giro puritano el trabajo sigue obteniendo su sentido y su importancia desde fuera del mundo de la economía humana.
Recién en nuestra época contemporánea se produce una desvinculación del trabajo tanto respecto de la necesidad como de cualquier sentido que provenga desde fuera de la actividad económica. Lo primero resulta del desplazamiento del concepto de necesidad desde el plano de la objetividad al de la subjetividad: la necesidad es conceptualizada ahora como demanda. Sobra decir que esta reinterpretación sólo se puede hacer en el contexto de la afluencia económica que caracteriza a las sociedades occidentales. Por otra parte, el trabajo queda legitimado desde la pura actividad económica y su único sentido queda puesto en el consumo. Al asociarse con el consumo, el trabajo adquiere una compulsión inevitable. Más aun, esa asociación le pone una lápida a toda posibilidad de valorar el ocio.
Pero el precio que pagamos por ello es muy caro. El ocio y la quietud, al apartarnos de la actividad mundanal, nos permiten acceder a experiencias que de otra manera nos están clausuradas o, mejor dicho, que sólo son posibles desde la no-actividad. Una de ellas, probablemente la más importante y general, es la experiencia de la gratuidad. El trabajo nos lleva a pensar en términos de esfuerzo y de logro y a entendernos a nosotros mismos como producto de nuestro trabajo. Los norteamericanos lo expresan magníficamente con la fórmula del self made man. Lo que somos y tenemos es el resultado de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo. La experiencia de la gratuidad supone poder escapar de ese activismo egocéntrico. Sólo desde el ocio es posible abrirse a la exuberancia del ser y a su donación originaria. Desde el trabajo sólo se percibe la escasez que requiere ser superada por el infatigable trabajo del hombre.
Referido a ello está también la clausura frente a todas aquellas experiencias que escapan a la dimensión de lo útil. Y es que desde la lógica del trabajo y del consumo las cosas aparecen ante nada como útiles o inútiles. Pero con ello quedan cerrados ámbitos muy significativos de la experiencia humana. Estos incluyen a la experiencia estética, al amor y a lo sagrado. Ninguna de estas experiencias es posible desde la perspectiva de la utilidad. Todas ellas presuponen una actitud opuesta a la actividad. En todas ellas hay que estar en condición de recibir, es decir, quieto y abierto a lo que viene hacia mí. La mejor manera de no ver, oír o apreciar lo que viene a nuestro encuentro, es estar demasiado ocupados.
De hecho estas experiencias que escapan al paradigma de la utilidad han debido protegerse, con mayor o menor éxito, de los intentos por parte del mundo del trabajo-consumo por apropiarse de ellas y colonizarlas. En su intento por huir de la instrumentalización económica el arte prefirió refugiarse en lenguajes nuevos y difíciles. La música se hizo dodecafónica o serial para escapar del jingle publicitario; la plástica se hizo abstracta, lejana a la fotografía comercial; la literatura se fue a usos cada vez más sofisticados del lenguaje y la narración para huir del ramplón eslogan de venta.
Por su parte, el amor ha estado sometido desde siempre a esta tensión, la cual proviene inevitablemente del carácter sexual del amor humano. El amor como experiencia radical está siempre amenazado por el riesgo de la rutinización. El enamorado ansía la perpetuación de ese momento que comparte con su amada; sabe que el día rompe lo que la noche ha fundido; sufre frente a la posibilidad que el amor adquiera una cotidianeidad que lo mate. El erotismo teme ser reducido a sexualidad reproductiva, ser reducido a la dimensión de la utilidad y de la necesidad, en este caso reproducir la familia, la estirpe o la especie. Los griegos consideraban que la mujer no era libre precisamente porque su condición biológica la sometía a la necesidad de la reproducción. Es por eso que el eros tiende al thanatos. Sólo la muerte de los amantes puede redimir al amor de los riesgos de la institucionalización. La gran tragedia amorosa del romanticismo, Tristán e Isolda, expresa de manera sublime esta tensión.
Ni que hablar de lo sagrado. Abrirse a esa posibilidad pasa por negar la afirmación básica del materialismo, inventor del hombre-trabajador, según la cual Dios es creado por el hombre, ya que es un concepto útil para resolver múltiples problemas sociales o individuales. El trabajo nos ancla a este mundo y desde allí no es posible acceder a la experiencia de lo sagrado, la que está siempre referida a lo que trasciende lo terrenal. El concepto mismo de religión expresa la aspiración por religar estos ámbitos que el hombre ha escindido. Pero no es la actividad del hombre la que puede hacerlo, sino precisamente la no actividad, el mantenerse atento y abierto a un Dios que viene a nuestro encuentro. La única manera de estar dispuesto a ese encuentro es permaneciendo quieto.
El costo de sacrificar el ocio al frenesí de un activismo que no puede realizarse más allá del consumo es demasiado alto. "¡Quédate quieto!". Este llamado es cada vez más necesario, además de ser un imperativo si se pretende comprender, apreciar o disfrutar de las experiencias más enaltecedoras de lo humano.

Referentes
Cousiño, Carlos. "La desocialización del vino". ARQ, N° 4, Vino bodegas viñas. Ediciones ARQ, Santiago, julio de 2003.
        [ Links ]

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons