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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.74 Santiago abr. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962010000100010 

ARQ, n. 74 Ocio, Santiago, abril 2010, p. 54-55.

LECTURAS

Ocio y arquitectura

Patricio Cáraves*

* Profesor, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Valparaíso, Chile


Resumen

Los actos propios del ocio y de su forma de ocupar el espacio son muy variados. La observación de ellos por parte de los arquitectos da lugar a espacios específicos con nombres propios. Desde distintas áreas del arte se ilustran algunas de las formas de dar casa al ocio.

Palabras clave: Arquitectura-teoría, contemplación, observación, poesía, plástica, actos.



Para tratar el ocio en la arquitectura es propio verlo en un acto y referido a una obra. Lo que requiere otorgarse un tiempo, para destinarlo libremente a la contemplación.
En el ocio se busca estar en lo despejado del espacio pero cobijado, esto es, dar gobierno al espacio tridimensional, haciendo coexistir las lejanías con lo próximo.
Traigamos a presencia un hecho vivido probablemente por muchos, por esto, un hecho corriente: el paseo de dos amigos o de una pareja. Al describirlo podemos anotar que, por ejemplo, caminan sin prisa, como queriendo posar la planta del pie enteramente en cada paso. Conversando distraídamente, en un intento libre de decir las palabras reposadamente, de modo que al oírlas casi se distingan las sílabas que las componen. Mirando en la confianza del que se sabe en un paisaje vuelto un panorama familiar, despojado de lo extraño que pudiera provocar alguna tensión.
Yendo y viniendo, oyendo y hablando, dejándose llevar por el aroma de flores vecinas, mirando en una continuidad las lejanías con la cercanía. Palpando cuanta cosa esté al alcance de la mano. Y todo ello en medio de la distracción, bajo una luz matizada al amparo del follaje de un árbol. Se va por un espacio confiadamente, abierto al placer que permite disfrutar la extensión.
Este acto del paseo lo podemos ubicar tanto en una playa junto al mar, como en un parque, es decir, en la naturaleza. La diversidad de espacios para este acto es amplia. Lo hasta aquí expuesto es sin presencia de la arquitectura.
Ahora bien, nos preguntamos ¿cómo la arquitectura ampara al ocio?
El oficio de la arquitectura parte observando en lo ya descrito del paseo; así lo vuelve presente, es decir, acto paseo. Dar casa al acto de distensión que es el del paseo, en la total abertura de los sentidos, puesto que es lo propio de quien pasea. Para llevar a cabo esta faena presta atención a todo. Se observa lo que allí ocurre y nada elude. Es por ello que comienza nombrando para dar con una forma que dé cabida a la forma extensa, otorgándole la orientación. La extensión orientada debemos entenderla como la complejidad de la forma que cobija al ojo, invitando al pie a dar los pasos en la distracción.
En un ritmo de pasos y de detenciones: complejidad y densidad de formas que acompañan, al modo del perfil de la ciudad que se presenta a los ojos de quien la contempla. Situación que requiere distancias, es por ello que dijimos extensión.
En el campo poético, podemos preguntarnos si el poema de Dante Alighieri, La divina comedia, es un paseo. Aquello que comienza relatando:

 “En medio del camino de la vida
Yo me encontré en una selva obscura,
Porque la recta vía había perdido.

¡Ah, cuán duro es decir cuál se mostraba esta selva áspera y fuerte,

Que aún en la mente el pavor renueva!”

Este poema nos expone el paso guiado, que trae la posibilidad del encuentro.
También en la plástica, es pertinente detenerse ante Las cárceles, grabados de Piranesi. Con líneas bien resueltas, observamos en sus grabados la invención de un espacio en el que construye lejanías con la misma potencia de lo próximo. Lo lejano no es periferia, puesto que allí fija la luminosidad con la que ilumina lo próximo, dando así existencia a un espacio holgado en el que se habita tanto la tierra como el cielo. Son umbrales donde intercala masa y luz, conformando espacios entre.
A lo expuesto hasta aquí, debemos complementarlo con lo siguiente: el paseo que guarda al ocio en el espacio, donde todo es objeto de detención.
Para dar con estas exigencias, que exceden a las necesidades programáticas, se requiere de la gratuidad. Los arquitectos que proyectan un espacio cuyo programa es el paseo, tienen presente el realizar algo que es pura donación, no sólo para ser visto, sino que para dar encuentro y ser encontrado.
Para ilustrar esta presencia gratuita donada al encuentro, traigamos un hecho relatado:
De una antigua iglesia de un poblado europeo debieron retirar una vieja campana, desde su espaldaña, para proceder a su reparación. En la faena de desmontarla, los obreros se sorprendieron al ver que en el interior de la campana estaba grabada una oración, escrita en latín con la perfección de la letra de caja. Perfección y gratuidad, guardada para ser encontrada, que bien se entiende lo contrario a exhibir.
Pero lo complejo del espacio que conforma al acto del paseo, que acoge al ocio, requiere de más dimensiones. Se requiere de la invención, de inventar para nutrir la contemplación. Para ello es preciso hacer venir lo que no estaba. Aquí, nos referimos a una acción con la cual se introduce en el espacio un cuerpo que, sin ser ajeno, lo singulariza y lo re-crea. Para clarificar esta faena, puede ser oportuno traer un ejemplo notable: en la Alemania medieval, en la localidad de Limburg próxima a la catedral de Spira, en el costado poniente de la explanada, el emperador Conrado II mandó construir un largo y esbelto muro de margradierwerke—, edificación en madera de gran sección cargada con ramas de espino y que luego recubren con sal gruesa de mar. Es un muro que, enfrentando al viento predominante, lo deja pasar atenuándolo y cargándolo de sal, transformándolo finalmente en brisa de mar. El que por allí paseare, lo haría acompañado por la presencia lejana del mar.
Recapitulando, tenemos una forma de dar casa al ocio, bien puede ser con el acto del paseo. Y el acto del paseo lo conforma la correspondencia de las lejanías con la proximidad, en una relación que ampara dando casa con gratuidad, perfección e invención.
El arquitecto se pregunta: “¿dónde se encuentra el ocio?” Y se responde: “en un paseo.” Porque éste es el lugar que reúne excelencias: desplazarse sin prisa; se va por una extensión conocida y sin amenazas; hay un aire aromatizado; se está bajo la luz templada de un follaje; es una extensión no constreñida junto al mar o un parque y, finalmente, el paseo hace del ocio un acto, donde se reúne el pie y el ojo al desplazarse, junto a la palabra que es decir y oír.
El espacio del paseo se lo puede reconocer en la obra plástica de Piranesi, Las cárceles, donde la lejanía y la proximidad, igualmente construidas por la luz, edifican un espacio holgado para ser habitado por la mirada.
El espacio del paseo es posible porque quien practica y acoge el ocio requiere de la gratuidad. La gratuidad entendida como ese mayor esfuerzo y dedicación llevado a la forma, que hace de una construcción una obra. Y se lo puede nombrar como gratuidad porque la forma lograda no espera un inmediato reconocimiento.
Por último, la arquitectura del paseo incluye un artificio, realiza una invención en el sentido de traer lo que antes no estaba, como la recreación de la brisa marina en un lugar distante del mar, trayendo la lejanía al presente con el aroma de la sal.
Al ocio se lo puede concebir como la capacidad del hombre de disfrutar el mundo que construye. Y esto se da en un acto que se consuma en sí mismo, que celebra su existencia completándose, al modo del rezo de las completas en la vigilia de las horas, con lo que se da término al día vivido en gracia.


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