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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  n.76 Santiago dic. 2010

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962010000300016 

ARQ, n. 76 Día y noche, Santiago, diciembre 2010, p. 87.

ANEXOS

Noticias
In Memoriam
Mario Pérez de Arce Lavín. 1917-2010

 

El viernes 13 de agosto de 2010, en la sala Capilla del campus Lo Contador de la Pontificia Universidad Católica de Chile, el arquitecto y Premio Nacional de Arquitectura 1989 Mario Pérez de Arce Lavín presentó la propuesta Sistema de parques integrados del río Mapocho. Su proyecto de recuperación de las riberas del río y creación de un gran paseo público de 32 km de longitud, iniciado hace 30 años, fue recogido y trabajado en conjunto con la Escuela de Arquitectura. Tras la conferencia, acompañada por una exposición gráfica del proyecto, el arquitecto donó el archivo de planos de su obra al Centro de Información y Documentación Sergio Larraín García Moreno.
En 1954 Mario Pérez de Arce fue nombrado director de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde fue profesor entre 1947 y 1995; en la misma universidad fue decano de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Bellas Artes entre 1973 y 1975. Fue el arquitecto del Colegio Verbo Divino de Santiago –1947–, de la Escuela Naval Arturo Prat en Valparaíso –1957– y de la piscina cubierta del Estadio Español –1987–, entre otras obras.

Palabras al recibir el título de Profesor Emérito
Campus Lo Contador, Pontificia Universidad Católica de Chile
Marzo de 1993

“Quiero aprovechar esta ocasión, que resulta muy importante para mí, para compartir una reflexión sobre un asunto que me ha perseguido desde hace tiempo y se me ha ido aclarando con los años, ayudándome a la comprensión de muchos problemas y en las decisiones que respecto a ellos he debido tomar. Se trata de lo que llamamos “sentido común”: esa facultad con que hemos sido dotados al fondo de nosotros mismos; que nos permite reconocer intuitivamente algunos valores esenciales sobre los cuales se estructura nuestro pensamiento. Facultad entroncada probablemente en el ancestral instinto de conservación y que permite entrever el bien, la verdad y la belleza por entre la maraña de la vida. Pero sin meterme en honduras, quiero sólo hacer alguna referencia al papel del sentido común en nuestro trabajo de la arquitectura.
Esta reflexión cobra especial sentido hoy, cuando las formas de vida y el panorama de la ciudad donde trabajamos están modificándose incesantemente, impulsados por estímulos incontrolables y a veces inexplicables para los ciudadanos; y la arquitectura que lo forma se presenta como un conjunto caótico cuyo sentido es difícil de desentrañar.
No tiene esta reflexión otro valor que el provenir de una larga cavilación y reiteradas experiencias en mi trabajo y mi vida personal.
La mayoría de los arquitectos de mi generación y la siguiente nos formamos en el movimiento moderno. Nuestra inspiración vino fuertemente de Le Corbusier y sus seguidores. Nuestro trabajo se realizaba según un criterio racional muy consciente, que parecía asentarse en premisas de la realidad social y técnica de la época. La orientación estética (o inspiración artística) no tan consciente estaba naturalmente influenciada por as tendencias del arte contemporáneo, con su carga de inquietud y angustia espiritual. Como se ha comentado en cuanta ocasión se trata este tema, nos embargaba entonces el sentimiento un tanto ingenuo y pretensioso de participar en la renovación de las condiciones de vida, y tal vez, también de toda la organización social.”

“Pero, ¿qué es en definitiva este sentido común que parece tener tanta influencia en nuestro pensamiento y nuestro obrar? No me aventuro a precisar más una definición, pero quisiera terminar citando algo que leí hace poco, en un libro que a simple vista no tendría que ver con estas reflexiones. Se trata de Los cuatro amores de C.S. Lewis (…).
A propósito de la forma más perfecta y evolucionada del amor –el amor a Dios–, él hace referencia, aunque en un sentido algo diferente al de estos comentarios, al sentido común, como algo que se sitúa en la raíz del actuar humano.
Él compara los amores humanos y sus obras con un jardín: ‘Un jardín es algo bueno, pero seguirá siendo un jardín, no un matorral silvestre, sólo si alguien lo cuida, lo poda y lo desmaleza. Desborda vida y por eso mismo requiere ese cuidado. La decencia y el sentido común se encargan de ese trabajo, aunque aparecen grises y mortecinos al lado de la genialidad del amor. Su labor ha sido impulsar o limitar potencias y bellezas que tienen un origen distinto que la voluntad humana.’

Mario Pérez de Arce Lavín


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