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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.78 Santiago ago. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962011000200002 

Documento sin título

ARQ, n. 78 Extranjeros, Santiago, agosto 2011, p. 13-15.

OPINIÓN

 

Un italiano en Medellín

 

Miguel Mesa * Francesco M. Orsini **

* Profesor, Escuela de Arquitectura y Diseño, Universidad Pontificia Bolivariana – Medellín, Medellín, Colombia
** Subdirector de BIO2030, Plan Director para el Área Metropolitana de Medellín, Departamento Administrativo de Planeación de Medellín, Medellín, Colombia


Miguel Mesa:

¿Cómo es Trieste, la ciudad donde naciste?

Francesco Orsini:

Siempre viví allí, aunque a los 12 o 13 años pasé un año en Estados Unidos, en Seattle. Pero hice el colegio y la universidad en Trieste, que es un buen centro para educarse en Italia. Es capital de departamento, una ciudad multiétnica. En el siglo XIX, Austria –que es un país sin costa– la usaba como su puerto. El planteamiento urbanístico de Trieste se estableció en esa época: el Borgo Teresiano, el Borgo Giusepino, los ensanches en el casco histórico de la ciudad. Para entonces, Austria competía con Venecia y este puerto hizo que los griegos, los grandes mercantes del periodo, se trasladaran a Trieste porque encontraban allí beneficios fiscales.

En ese momento todavía estaba la ocupación turca en Grecia, así que los turcos también llegaron a la ciudad, empezaron a montar negocios y esos negocios trajeron el dinero que permitió construir edificios y equipamiento; de hecho, Trieste es una ciudad neoclásica. Y por su situación geográfica tiene población eslava, servo-ortodoxa, greco-ortodoxa, austriaca y obviamente italiana. Con Austria tuvimos nuestro gran auge. Lo curioso es que con la llegada del bloque comunista, después de la Segunda Guerra Mundial y el establecimiento de la Cortina de Hierro, Trieste se vino abajo; era como tener un gran muro invisible. No había articulaciones comerciales, políticas ni sociales entre Trieste y el bloque yugoeslavo.

Me gustaría hacer un paralelo entre Trieste y Medellín. ¿Cuál es el aspecto más destacable de la realidad urbana de ambas ciudades? ¿Tienen algo en común?

Quizás la topografía, Trieste está sobre el mar y termina en acantilados. Las pendientes son grandes y las vías son muy estrechas en el casco histórico; en Medellín la topografía es también muy condicionante.

Lo que describes me hace pensar que Trieste tiene una topografía parecida a la de Nápoles.

Sí, muy similar, aunque Trieste es mucho más pequeña. Nápoles es la ciudad más latinoamericana que yo conozco en Europa... y la conozco bien porque mi padre vivió allí. Me encanta Nápoles; Trieste es más austríaca, multirracial, multilingüe, pero un poco estática. Joyce escribió Dublineses en Trieste, en que describe la inmovilidad de Dublín y cómo la gente no logra escapar de esa ciudad… Cuando yo leí ese libro en el colegio no lo podía creer: escapar de Dublín para quedar atrapado en Trieste. En ese sentido me gusta Medellín, por su vitalidad. Por otro lado, Trieste es una ciudad que tiene una escala muy distinta a Medellín: 250 mil habitantes contra tres millones. Lo paradójico es que en ambas ciudades ocupas rangos de interacción social similares. En Trieste la integración social es muy fuerte y por lo mismo tienes vínculos horizontales con las personas. Aquí en Medellín, lamentablemente, hay una segregación social y física muy fuerte que obliga a vivir la ciudad en grupos cerrados.

Eso es interesante. ¿Tú crees que la segregación social equivale a la segregación física?

Sí. Están absolutamente relacionadas. Medellín está constituida por un conjunto de barrios separados y clasificados por estratos socioeconómicos, donde las personas de distinta condición no se mezclan realmente. Esa falta de intercambio social se refleja en lo físico. Medellín, como la mayoría de las ciudades de países en vías de desarrollo, está partida en pedazos poco homogéneos. De todas maneras creo que el trabajo que han hecho las dos alcaldías recientes ataca ese problema que es de base en Medellín.

FUERA DE TRIESTE

¿Cuál es exactamente tu título profesional, eres arquitecto?

Estudié ingeniería edilicia, que es mezcla entre ingeniería civil y arquitectura. Dos años básicos de ingeniería y luego muchos temas de arquitectura y urbanismo. Una carrera que tiene unos 15 años en Italia.

¿Y cómo llegaste a Medellín?

Ya había conocido a mi esposa Catalina, que es colombiana. Entonces terminé los exámenes y me vine a Colombia incluso antes de graduarme. Yo había trabajado dos años con un profesor en su estudio de urbanismo en Trieste y había pactado con él que haría la tesis de grado en el exterior. Me vine a Colombia para encontrarme con Catalina, para hacer la tesis y para evitar prestar el servicio militar. Para esto último tenía que conseguir un empleo en Colombia.

Tenías muchas motivaciones para dejar Trieste…

Sí, además yo ya había venido a Colombia en 1996 y al regresar a Trieste hice un curso en la universidad que se llamaba Proyectos arquitectónicos para países en vías de desarrollo. Desde ahí estaba entusiasmado con Colombia... Así que llegué a Medellín y logré conectarme rápidamente con Alejandro Echeverri, quien dirigió mi tesis. Gracias a este estudio conocí los barrios informales: dos días después de llegar estaba en el barrio Aures, al lado del cerro El Picacho, hablando con líderes barriales, exparamilitares, de todo. Mi tesis fue un análisis y proyecto de recuperación urbanística de un barrio informal en ladera, exactamente Aures Uno y Dos.

¿Cómo recuerdas tu primera impresión de las comunas de Medellín? Los barrios informales en las laderas, extensos, naranjados, escalonados, barrios urbanos al
fin y al cabo, pintorescos de lejos y salvajes de cerca.

Mientras más me acercaba más me gustaban. Me recuerdan los pueblos y pequeñas ciudades griegas e italianas. Creo que estos barrios constituyen la principal arquitectura de Colombia, veo mucho potencial en ellos. Componen la arquitectura urbana que tienen estas ciudades. Al hacer la tesis en Medellín también pude trabajar en la Universidad Pontificia Bolivariana UPB en el Taller del Norte, que se empeñaba en diseñar estrategias de mejoramiento de los barrios informales de ladera y quebrada al norte de la ciudad. Fue así como todas las actividades que me interesaban se articularon naturalmente. Gracias al Taller del Norte conocí bien los barrios de ladera y nutrí mi tesis. La ayuda de Juan Ricardo Mejía, quien llevaba un taller de proyectos en la UPB denominado "Redensificación en terrazas de barrios informales" también jugó un papel importante en mi trabajo.

Evidentemente estabas más interesado en el diseño urbano antes que en el arquitectónico. ¿Lo tenías claro desde un principio?

Desde la universidad lo tuve claro: me interesa la complejidad de la ciudad porque articula temas físicos, sociales, económicos y ambientales. En este sentido la pieza de arquitectura es un poco muda; quería huir de ese "sentido artístico" o estilístico que algunos ven en la arquitectura, para desplazar mis intereses al campo de la responsabilidad social.

Aparentemente el rol del arquitecto, su formación y su preparación, debería ampliarse hacia áreas como las que estás ocupando actualmente. ¿Crees que en este campo faltan arquitectos?
Yo creo que si hay una región donde el urbanismo debería ser la preocupación principal de todos los arquitectos es Latinoamérica. No tiene sentido continuar preparándose específicamente para diseñar objetos y dejar a un lado la formación sobre todo lo que los rodea, relaciona y aglutina. Aunque el punto de llegada del urbanismo debe coincidir
con transformaciones físicas, el desempeño de un urbanista se evalúa de acuerdo a la gestión social y a las consideraciones socioeconómicas y ambientales que haya realizado para cualquier proyecto.

Lograr proyectos urbanísticos de calidad implica gestión interinstitucional, participación comunitaria, gestión de suelos y otros; se trata de intervenciones donde la conciliación es fundamental. En ese sentido, el urbanista es quien concilia, pacta y acuerda el proyecto probable. La arquitectura es una parte de esto.

¿Cómo fue que llegaste a trabajar en la alcaldía de Sergio Fajardo? Hablemos un poco sobre el papel de las políticas públicas en la construcción de la ciudad.

La tesis de grado que elaboré en Medellín fue laureada en Trieste, a pesar de las inclinaciones hacia la ingeniería clásica que había en mi facultad. En 2004 Sergio Fajardo ganó la alcaldía de Medellín; Alejandro Echeverri estaba en ese proyecto político y, rápidamente, me llamó a trabajar con ellos porque en el plan de desarrollo de Fajardo la primera propuesta era el Plan Urbano Integrado PUI de la comuna Nororiental. Necesitaban personas que conocieran el tema de la informalidad en ladera y me invitaron a trabajar al Taller del Espacio Público que coordinaba la Empresa de Desarrollo Urbano EDU.

¿Cuál era tu rol en ese taller del EDU?

Mi papel allí era el de arquitecto urbanista y debía replicar la metodología que habíamos usado en el Taller del Norte en la UPB para hacer análisis territoriales y geomorfológicos en la comuna Nororiental, para intentar entender los patrones de crecimiento de los barrios informales. En lugar de considerar estos barrios como problemas de la ciudad y zonas a erradicar, pretendíamos completarlos. Reconocíamos los patrones vitales de un barrio informal (tipificación de tejidos, constitución de las manzanas, trazados, relación con el medio ambiente, densidades, consolidación, tejido social) para poder inferir sobre ellos positivamente. Duré un año haciendo la planificación del pui de la Nororiental. Cuando el plan se terminó y la estrategia ya estaba lista, me trasladé a un ámbito de intervención al interior del PUI, a un proyecto muy peculiar conocido como Intervención en Juan Bobo, donde coordiné la planificación física del proyecto. Se trata de un modelo de intervención en cauce de quebrada ocupada que permite la recuperación ambiental, elemento típico de la constitución geográfica de Medellín y, al mismo tiempo, reubica viviendas en sitio. Esto impulsa un modelo de ocupación compacto y no extensivo, preserva el tejido social existente y demuestra que este tipo de proyectos no son necesariamente más costosos que los de nueva vivienda en periferia. Fue un proyecto de mejoramiento integral. Se tomó un polígono y se intervino completo; lo difícil es que hay que trabajar sobre lo construido, es verdadera acupuntura. Pero lo gratificante es la consolidación de un grupo humano que vive realmente en comunidad, donde se necesitan unos a otros para subsistir: la vecina cuida a los niños cuando los demás se van a trabajar. No puedes separar esas personas. Hay que reubicar las viviendas cerca de donde estaban o rehacerlas en sitio cuando se puede; trasladar estas personas a un lugar lejano de la ciudad es desactivar la vida. En esta actividad estuve un año y medio hasta que empezamos a construir muros de contención e implementamos el proyecto. Luego me dediqué a planificar otra zona dentro del mismo pui, a replicar el modelo de intervención creado y que incluso en 2008 ganó el premio a la mejor práctica pública otorgado por HABITAT-ONU.

Según tu opinión, ¿qué es lo más interesante de los PUI?

El modo en que la administración pública se logra relacionar con los habitantes y los procesos de participación que crean pertenencia. La confianza de la población llega paulatinamente con la implementación; por eso es importante planear e implementar casi al mismo tiempo, para mantener el intercambio con los habitantes todo el tiempo.
Planear haciendo.

A mí me parece que el éxito de los Planes Urbanos Integrados radica en invertir en los lugares donde nunca se había invertido, así como en la calidad física de las inversiones realizadas allí.

En ambas cosas. Nunca se había hecho inversión social de esa magnitud en estos barrios. Y menos con esa calidad arquitectónica. Se había invertido tímidamente y sin "visibilidad". Es por eso que la estrategia territorial de Fajardo era clave: justificábamos la necesidad de las bibliotecas como iconos, no solo como piezas de arquitectura, sino como edificaciones verdaderamente urbanas donde localización y expresión hacia la calle eran estratégicas. La biblioteca de Santo Domingo es un faro para toda la comunidad porque desde cualquier calle, vivienda, parque o quebrada puede apreciarse, es un ancla para ese barrio. El PUI democratiza la arquitectura de calidad al ponerla al servicio de proyectos de inversión social y al mismo tiempo tiene un conjunto de intervenciones paralelas que juegan un rol distinto.

Entiendo que después de trabajar en la EDU dejaste el trabajo con la alcaldía de Medellín para hacer un posgrado.

Si, cuando entendí que el trabajo en la alcaldía iba a ser replicar lo ya hecho, decidí cambiar un poco de rumbo. Además era consciente de lo importante que era el tema de la gestión en el sector público, así que decidí hacer una maestría en Holanda en Gestión y desarrollo urbano, con especialización en Políticas de suelo y vivienda. Necesitaba llenar algunos vacíos porque había estado enfocado en el aspecto físico de las intervenciones. Me fui entonces a Rótterdam al Institute for Housing and Urban Development Studies IHS. Lo fuerte del máster era mezclar profesionales diversos, con seis meses de cursos transversales y seis meses para especializarse. Vi temas que cualquier urbanista debe conocer (financiamiento, gobernabilidad, participación, políticas nacionales, políticas de servicios públicos, asociaciones privadas) y luego me dediqué a mis intereses específicos, en este caso a políticas de suelo.

¿Con qué tesis te graduaste?

Holanda es un país de políticas muy centralizadas en temas de planificación. Y hubo una gran política nacional dirigida por el Ministerio de Ordenamiento Territorial que determinaba amplias áreas para desarrollos habitacionales: nuevas ciudades en las afueras de las grandes ciudades para veinte mil habitantes, es decir greenfield development. Con mi tesis revisé si el modelo de gestión de esos proyectos permitía que el sector público financiara sus inversiones. Muchas veces el sector público tiene que gastar dinero en llevar la infraestructura, servicios y transporte a un sector. Lo interesante era ver cómo a partir de políticas de suelo se podían cubrir todos los gastos asociados a la infraestructura, es decir, que esos desarrollos fueran sostenibles financieramente para el Estado. Este es un tema que me encantaría trabajar en Colombia, que tiene una legislación, junto con Brasil, muy innovadora en este sentido. Pero Brasil implementa y Colombia no; hay un asunto de voluntad política.

Y ¿qué piensas que podría hacerse aquí con estas políticas de suelo?

Inversión social. La valorización del suelo colindante que se lleva a cabo con los grandes desarrollos urbanísticos privados debería ser captada por el Estado para pagar la infraestructura pública, infraestructuras viales, equipamientos, etc. El Estado debería recoger buena parte de los aprovechamientos, captar los aumentos de valor del suelo provocado por decisiones públicas para que ese valor capturado se invierta en inversiones en los barrios del Norte: por ejemplo, en procesos de mejoramiento de vivienda, subsidios y otros. Captar valor al Sur e invertirlo en el Norte. Esa era la idea que estaba planteada en mi tesis de máster.

Bueno, al volver te asociaste con Alejandro Echeverri. Fue un cambio importante. De hecho, después de haber pasado por la alcaldía, ¿no resultaba curioso trabajar en un despacho privado?

Encontré otra faceta del urbanismo que es interesante y necesario conocer. Hicimos muchos estudios de factibilidad de suelos para proyectos específicos, para entender el valor efectivo de un suelo y su aprovechamiento. Ahí me di cuenta de la otra cara de la moneda. Las reglas son parecidas, pero el objetivo es distinto. En todo caso este
trabajo fue sumamente interesante para mí. Descubrí que si bien el planeamiento en Medellín dice una cosa, quien mueve la ciudad en este sentido es el mercado. Hay estrategias muy agresivas y al mismo tiempo creativas. Por ejemplo, cuando los hipermercados Éxito inauguran un almacén nuevo, es porque se han adelantado a comprar los suelos de los alrededores. Abren el almacén y este trae valor a los suelos de su entorno. Se trata de una política inmobiliaria privada que capta valor, que aumenta su rentabilidad a través de hacer ciudad de esta manera. El Estado debería estudiar estas herramientas.

Lo que todo esto me hace pensar es que lo importante del urbanismo es el consenso. De alguna manera es lo que estamos tratando de hacer ahora con el Plan Director para Medellín. La gran apuesta es usar modelos de gestión y acuerdos reales para que el sector público y el privado, en lugar de estar trabajando en dos direcciones, trabajen bajo acuerdos.

Conversación realizada en Medellín el 8 de junio de 2011
Transcripción: Juan Camilo Ramírez
Fotografías de Rodrigo Toledo

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