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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.78 Santiago ago. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962011000200007 

ARQ, n. 78 Extranjeros, Santiago, agosto 2011, p. 30-39.

 

LECTURAS

 

Ciudadela la Granja
Una obra chilena en Ecuador

 

Andrea Masuero *, Romy Hecht **

* Coordinadora académica, programa de Doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile
** Subdirectora académica de Licenciatura, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile


Resumen

En Chile, particularmente en el valle central, la consolidación del movimiento moderno se vinculó a la aceptación del modelo de ciudad jardín. Este es un caso de transferencia de ese patrón urbano, cruzado por una iniciativa inmobiliaria y el autoexilio.

Palabras clave: arquitectura – Ecuador, vivienda colectiva, movimiento moderno, Sergio Larrain García Moreno.


La arquitectura desarrollada en Chile durante las décadas de los cincuenta y sesenta definió un periodo de cambio y plenitud, en especial en aspectos relativos a obras públicas y proyectos colectivos de vivienda que buscaron asumir un nuevo rol social e interpretar ideas vigentes de la arquitectura moderna en un plano local. Entre los ejemplos más notables de esta intención –independiente de su efectiva capacidad para alcanzar estos objetivos– se encuentran la Unidad Vecinal de Providencia (1953-56), de Carlos Barella e Isaac Eskenazi; la Unidad Vecinal Portales (1954-64) y la remodelación San Borja (1967-70), de Carlos Bresciani, Héctor Valdés, Fernando Castillo y Carlos Huidobro; y la villa Frei, de Jorge Larrain, Osvaldo Larrain y Diego Balmaceda (1964-67). La ciudadela La Granja, de Sergio Larrain García- Moreno, Jorge Swinburn e Ignacio Covarrubias, representa uno más de esos ejemplos de arquitectura colectiva chilena, esta vez ejecutada en Quito, Ecuador.

Proyectada y construida entre 1971 y 1975, la ciudadela La Granja de Quito –denominada a partir del término comúnmente utilizado en Ecuador para referirse a conjuntos habitacionales– constituye una propuesta de arquitectura de vivienda moderna. Aun cuando aparece desfasada temporalmente del ingreso de esas ideas al contexto latinoamericano, es quizás la primera materializada en dicho país y, por cierto, la única de envergadura construida en el exterior de Chile por la oficina de García-Moreno, Swinburn y Covarrubias(1).

El proyecto se elaboró en función de las directrices básicas del urbanismo moderno, donde se asume la idea de crecimiento y expansión de la trama urbana a partir de planes estructurados, en base al desarrollo de una infraestructura de apoyo, construida para facilitar y proveer sistemas claros de circulación e higiene. La vivienda es la protagonista de la ciudadela, la cual se planificó en conjunto con una serie de operaciones racionales capaces de establecer mecanismos de funcionamiento apropiados para mantenerla "saludable": la separación de las vías vehiculares y peatonales, la incorporación del verde aplacador de los embates de la vida urbana y la incorporación de la luz natural como elemento clave en la organización del espacio interior de las viviendas fueron algunos elementos considerados. Asimismo, el sentido social de la vivienda colectiva moderna no comparece aquí a modo de experimento utópico trascendente a la economía, sino como un camino para ofrecer una forma de vida distinta a una ciudad persistentemente rural y que prácticamente no contaba con vivienda en altura.

Forzado por la difícil situación económica y política que vivía Chile a principios de la década de los setenta y aprovechando que su familia materna era ecuatoriana, Sergio Larrain García-Moreno decidió instalarse en Ecuador en 1971. Para esa fecha ya había sido Director de la Escuela de Arquitectura (1949-52) y Decano de la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile (1952-67), además de ejercer un rol activo en la vida pública como Embajador en Perú (1968-71). Paralelamente, en 1956 había establecido su oficina junto a Jorge Swinburn e Ignacio Covarrubias(2).

Gracias a la gran capacidad de gestión y convencimiento que lo caracterizaba en su vida académica, profesional y política, Larrain García-Moreno logró que la dueña de los terrenos correspondientes a la entonces hacienda La Granja en el cerro Pichincha, María Augusta Urrutia, desistiera del proyecto de vivienda para población de escasos recursos que originalmente se había definido, para así aprovechar la plusvalía inherente a la privilegiada situación topográfica del sitio en el norte de la ciudad (Swinburn, 2010).

Al igual que Quito, enmarcada por sus límites cordilleranos hasta configurar una ciudad longitudinal apartada de la condición genérica de su grilla colonial, el conjunto se desarrolló como un fragmento abierto, pero definido a la vez por su condición geográfica. Como segundo límite claro, aparte del cerro, incluía también a la gran quebrada Rumichaca, que baja del Pichincha. Además, en ese entonces, el paisaje estaba definido por su estructura agrícola, pero en su trama habían comenzado a emerger las primeras edificaciones de altura.

En este contexto, los arquitectos planteaban una propuesta de ciudad que incorporaba volúmenes desagregados y asociados de vivienda de baja y mediana altura. Era una suerte de transición frente al paisaje circundante de grandes torres y edificios comerciales.

La ciudadela La Granja ocupa un terreno de aproximadamente quince hectáreas de forma alargada, que se instala no solo en el sentido de la pendiente que promedia el doce por ciento, sino en el borde completo del cerro(3). En su frente de mayor longitud, el sitio fue dividido en cuatro macromanzanas delimitadas por tres vías principales e integradas a la ciudad. Estas materializan la imagen de Larrain García- Moreno para el proyecto: un boulevard privado y reinterpretado como una secuencia de senderos, arboledas y jardines, combinados con residencias y comercio de apoyo para la clase media(4).

En consecuencia, desde el momento de su ideación se eliminó del proyecto el factor social, que fue reemplazado por la posibilidad de configurar, a partir del emplazamiento de una serie de volúmenes simples y depurados, un conjunto de carácter comunitario para la clase media en una plaza compuesta que domina su entorno geográfico(5).

La Granja se estructuró a partir de la sucesión de 41 edificios de departamentos aislados de cinco pisos cada uno. Se construyeron dos tipos: el primero estuvo definido por 16 bloques alargados –denominados D y E–, emplazados sobre terrazas escalonadas en los extremos oriente y poniente del sitio, en sentido paralelo a las cotas y unidos por cajas de circulación. Se así formaron bloques continuos, pero con unidades diferenciadas (de 120 m²) gracias a la presencia de terrazas, elemento inusual en la arquitectura quiteña de ese entonces. El segundo tipo, de veinticinco bloques compactos –llamados A1 y A2– emplazados en el borde sur, contiene dos departamentos por piso (también de 120 m²) de planta prácticamente cuadrada, dispuestos al tresbolillo en forma ascendente y unidos por una caja de circulación.

La proporción establecida por un modelo de planta regular y cuatro pisos de altura configura como resultado un volumen cúbico que logra adaptarse a un terreno en pendiente. Asimismo, la disposición de plazas de estacionamientos y la construcción de zócalos de piedra que contienen a los edificios, contribuyen a resolver el encuentro entre volumen e inclinación del terreno.

En complemento de los edificios de departamentos, se construyeron tres tipos de casas: una serie en hilera –tipos C y D– de menor superficie, en asociación con diez locales comerciales (no construidos) que dividían el conjunto; viviendas pareadas de 200 m² o tipo A2, que aprovechan el desnivel de la calle Utreras con un acceso directo al segundo piso, lo que permite definir un piso noble; y, por último, casas patio o tipo B, también de 200 m², dispuestas en L, con una volumetría definida por una combinación de techos planos e inclinados para las distintas alas de la casa, lo que provoca que, al disponerse una al lado de la otra, tiendan a verse de manera aislada. Este detalle apoya la densificación del conjunto sin el usual desmedro que genera la vivienda adosada.

Por otra parte, la fachada continua, intervenida con ligeros retranqueamientos, logra reinterpretar el pasado colonial de Quito, al igual que el jardín principal de la casa que se dispone en el interior como patio contenido por el volumen circundante y protegido, en consecuencia, del ámbito público.

El proyecto también contemplaba equipamiento comunitario y comercio (construido parcialmente), además de dos tipos de torres (no construidas). El primero corresponde a un volumen de planta poligonal, emplazado en la esquina principal y más baja del terreno, definido a su vez por las avenidas Mariana de Jesús y América y propuesto a modo de edificio-portada, siguiendo el modelo de rascacielos para Argel de Le Corbusier. Esta esquina, la más pública de la propuesta, sugería una serie de plataformas o plazas públicas equipadas con un teatro, un supermercado y una placa de locales comerciales, en una operación similar a la de la remodelación San Borja de Santiago.

El segundo tipo de torres estaba definido por un conjunto de cuatro volúmenes de planta cuadrada que coronaba la urbanización en la parte más alta del terreno. Las torres tendrían hasta trece pisos de altura, similar a la construida por Larrain García-Moreno, Swinburn y Covarrubias en la plaza Baquedano de Santiago en 1968. Opera, en consecuencia, como una serie de hitos urbanos capaces de establecer una relación entre la ciudadela efectivamente definida por el conjunto, el relieve natural y el resto de la ciudad.

Si bien la propuesta se caracterizó por su voluntad de anonimato, en ella las torres cumplirían la función de estandartes, capaces de marcar el territorio e identificar el conjunto. Esta operación no era desconocida para la oficina, pues ya la habían ejecutado a mediados de los años setenta en el conjunto Torres de Miramar en Viña del Mar. Allí habían utilizado tres torres triangulares, a manera de hitos urbanos, similar a lo realizado por Bresciani, Valdés, Castillo Velasco y Huidobro en las Torres de Tajamar (1967), que operaban como límite efectivo de la avenida Providencia y enmarcaban, a su vez, la entrada hacia el oriente de Santiago.

La ciudadela se estructuró a partir de la topografía, por lo que se aprovecharon las vistas hacia el cerro Pichincha al Oriente y, cuesta abajo, hacia la ciudad. No se conformaron manzanas urbanas tradicionales, definidas por una relación directa con la calle; sino que los edificios quedaron dispuestos sobre el terreno, acomodándose a la pendiente entre jardines, con sus avenidas principales ocultas tras los árboles y con accesos situados en plazas de estacionamientos que actúan como intermediarios entre bloques. Estos espacios abiertos, que configuran la mitad del área de la propuesta, buscaban complementar las fachadas circundantes, definir puntos de detención en el recorrido y enmarcar y articular una serie de espacios de importancia urbana, aun cuando el conjunto fuera privado.

Esta idea de ciudad-jardín, recurrente en comunas de la zona oriente de Santiago, fue y es en Quito una noción singular. La propuesta, si bien se estructuró de manera centrípeta con bloques de vivienda que operan como un borde que mira hacia el eje central, parcialmente abierto y de circulación común, buscó establecer una mínima distinción formal entre áreas de jardines, explanadas y accesos a las unidades.

Cada casa tiene, a su vez, un patio interior que ofrece un espacio abierto privado, lo que acentúa la idea de tapiz verde del urbanismo moderno, que consideraba a la vegetación como el elemento capaz de dar una imagen totalitaria al conjunto y que efectivamente se percibe desde el exterior como un jardín. De esta forma, jardines y construcciones definen distintas intensidades de ocupación a lo largo de una superficie que es, en términos generales, continua. Claro que en este caso el tapiz no es plano ni exclusivamente verde, sino que está definido por el relieve del terreno, en una operación que recoge aspectos desarrollados y probados en la arquitectura chilena.

La incorporación de elementos del entorno natural es una práctica que se encuentra en algunas obras de arquitectura moderna realizadas en Chile y que comparece también en La Granja. El cerro Pichincha es el punto de referencia del gran eje central y articulador del proyecto. De hecho, en la década del cuarenta, Larrain García-Moreno ya había construido en Santiago –con Emilio Duhart, Mario Pérez de Arce Lavín y Alberto Piwonka– el colegio Verbo Divino, con patios abiertos en u y definidos por volúmenes que enmarcaban perfectamente la cordillera. Años después y también con Duhart, Larrain García-Moreno construyó la Alianza Francesa, cuyo patio principal se define por la vista del macizo andino. Esta operación igualmente aparece en la unidad vecinal Portales, donde el perfil lejano de la montaña se integra y define la composición volumétrica horizontal del conjunto. El edificio para la cepal de Duhart es otro ejemplo de ello, donde se define un contrapunto artificial del cerro Manquehue.

Eso sí, el referente principal de La Granja, como conjunto estructurado a partir de un eje peatonal orientado por las vistas al cerro Pichincha, es el proyecto para la urbanización Achupallas, realizado en los años cincuenta por Larrain García-Moreno y Duhart. Este conjunto de viviendas estaba organizado en torno a un eje central que permitía una vista lejana de Valparaíso y vinculaba, de esta manera, la urbanización y la ciudad.

De cierta forma, la propuesta para el conjunto puede ser definida como un esfuerzo insistente por agrupar edificaciones disímiles en base a una estrategia de construcción de vacíos intersticiales activos, donde la relación con el paisaje circundante da sentido al resultado.

En cuanto al automóvil, en este proyecto se acepta la calleautopista como elemento central, pero sin permitir que interrumpa la fluidez del recorrido peatonal que propone el proyecto (hecho apoyado por el dictamen de la Carta de Atenas, que establecía la prohibición de la disposición de viviendas a lo largo de vías de comunicación). El automóvil se deja en estacionamientos que son convertidos en plazas, desde donde se accede peatonalmente al conjunto, de manera análoga a lo que ocurre en la remodelación San Borja, aunque sin el mismo grado de radicalidad.

Las vías peatonales, si bien se distinguen como senderos diferenciados a los del automóvil, se funden entre jardines y edificios. Esta primacía del rol de las áreas verdes es igualmente asociable a la propuesta del CIAM, que las postulaba como solución a las viviendas en altura. Estas eran situadas a una distancia que permitiera la construcción de grandes superficies, idealmente verdes, en un grado de relación tal que facilitara que el vínculo vivienda/superficie estuviera determinado por las características del terreno, en función del soleamiento.

En la ciudad de Quito, por encontrarse sobre la línea de Ecuador, el sol ingresa desde todas las orientaciones. En este conjunto los bloques tienen una separación suficiente que permite soleamiento y ventilación de todas las viviendas. En los bloques alargados se utiliza una orientación tradicional, con fachadas que aprovechan el Oriente y Poniente; mientras que en los bloques compactos, emplazados de manera inclinada, todas las fachadas son ventiladas y prácticamente no existe una jerarquía.

La Granja se fue construyendo por etapas y no llegó a materializarse en su totalidad. De la propuesta original se ejecutaron los veinticinco edificios de departamentos tipo D y E existentes en la primera manzana de Oriente a Poniente. Los departamentos C y D que estaban proyectados en la cuarta manzana no se llevaron a cabo y, en su reemplazo, se construyó solo una franja de bloques de edificios en el borde oriente, cuyo diseño, si bien sigue la línea del conjunto, fue ejecutado por otra oficina de arquitectura(6). En la segunda manzana se construyeron los edificios de planta cuadrada, las casas patio y las casas mirador. Pero no se llevó a cabo la propuesta de locales comerciales. En la tercera manzana se concretó una sección del área destinada a casas patio, casas mirador y edificios de planta cuadrada. El área destinada a equipamiento escolar y deportivo no se ha materializado y los terrenos destinados a ello se encuentran aún sin consolidar.

De cierta forma, la repetición de un elemento básico como la vivienda unifamiliar, la indefinición de sus posibilidades de repetición, la flexibilidad en proponer distintos modos de emplazamiento y el grado de no-conclusión apoyan la condición moderna del conjunto. Y es que supera las formas o referentes con los cuales es asociable hasta alcanzar una situación de programación que normaliza la difícil relación entre un programa privado, la búsqueda de interacción social y la ansiedad por materializar una función urbana. En consecuencia, y tal como su nombre lo sugiere, la ciudadela La Granja es ciudad y edificio, público y privado y estructura e infraestructura a la vez.

 

Notas

1.     Aparte de la ciudadela, la oficina proyectó un conjunto de diez casas en calle Inglaterra, construido en 1973, y un edificio de vivienda en Avda. González Suárez, junto al hotel Quito (no construido).

2.      Durante la construcción del proyecto, Swinburn y Covarrubias permanecieron en Chile y realizaron viajes periódicos de hasta dos meses para supervisar las obras. Como la edificación del conjunto estuvo a cargo de una empresa chilena, los profesionales de la constructora DESCO debieron trasladarse a Quito durante la construcción.

3.      Originalmente el proyecto ocupaba 20 ha de terreno.

4.      La palabra boulevard es entendida aquí en su significado moderno, utilizado para nombrar a las nuevas calles abiertas entre los barrios habitados de París; aun cuando en La Granja dicha circulación es materializada a la par de la edificación.

5.      De hecho, posteriormente María Augusta Urrutia donó otros terrenos en el sur de Quito para la ejecución de proyectos sociales, que en parte fueron financiados con las ganancias obtenidas de la venta de La Granja (Swinburn, 2010).

6.      Después de ese límite hacia el Poniente, tanto la manzana como su sitio adjunto fueron destinados a hospitales y centros de salud.


Referentes

BOZA, Cristián. Sergio Larrain García-Moreno: la vanguardia como propósito. Editorial Escala, Bogotá, 1990.        [ Links ]

ELIASH, Humberto y Manuel MORENO. Arquitectura y modernidad en Chile / 1925-1965: una realidad múltiple. Ediciones UC, Santiago, 1989.        [ Links ]

LAWRENCE, Henry W. City Trees: A Historical Geography from the Renaissance through the Nineteenth Century. University of Virginia Press, Charlottesville, 2006.        [ Links ]

MASUERO, Andrea. Entrevista a Jorge Swinburn. Texto inédito, Santiago, octubre de 2010 y marzo de 2011.        [ Links ]

PALMER, Montserrat y Patricio MARDONES (eds.). Jorge Swinburn. Casas modernas. Ediciones ARQ, Santiago, 2007.        [ Links ]

ROMERO, José Luis. Latinoamérica: las ciudades y las ideas. Siglo Veintiuno Editores, Cerros del Agua, 1984.        [ Links ]

STRABUCCHI, Wren (ed.). Cien años de arquitectura en la Universidad Católica. Ediciones ARQ, Santiago, 1994.        [ Links ]

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