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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.92 Santiago abr. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962016000100007 

LECTURAS

El jardín de los senderos entrecruzados
La remodelación San Borja y las escuelas de arquitectura
(1)

  

Rodrigo Pérez de Arce*(1)

*Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile rperezd@uc.cl


Resumen

Las ciudades chilenas han tenido pocos momentos excepcionales. El período de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU) entre 1965 y 1975 fue uno de ellos. Analizando la Remodelación San Borja en Santiago, acaso el más ambicioso proyecto construido por la CORMU en el período de Frei Montalva, este texto recuerda que, cuando el pragmatismo aun no desplazaba a las utopías, las escuelas de arquitectura sí participaron de la construcción de la ciudad desde el aparato estatal.

Palabras clave: proyecto, torres, utopía, CORMU, Santiago.


 

Hacia fines de los años sesenta y por un periodo de cinco o seis años, varios profesores de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile (en adelante PUC) se involucraron en acciones urbanas de gran importancia para Santiago, en un momento en que el Estado reintroducía la posibilidad de una renovación urbana, permitiendo una interacción fluida entre el mundo académico y la práctica.(2)

Durante el decanato de Horacio Borgheresi (1967-69) aparecían nuevos profesores que reemplazaban a figuras como Emilio Duhart y Fernando Castillo Velasco. En este escenario, la llegada desde Inglaterra del profesor Jaime Bellalta coincidía con su incorporación como jefe del Departamento Técnico de la recientemente creada Corporación de Mejoramiento Urbano, CORMU(3), en cuyo directorio ya se encontraba el profesor Nicolás García. La presencia de Bellalta otorgaba un especial protagonismo a la relación entre escuela y ciudad. Además, su anterior desempeño como profesor y fundador de la Escuela de Arquitectura de la PUC de Valparaíso (en adelante PUCV) establecía una relación más entre ambas escuelas(4). Así, a poco andar se incorporaba a los diversos talleres y departamentos de la CORMU un grupo importante de jóvenes docentes de la PUC y algunos arquitectos formados en la PUCV, los que alcanzaron una influencia importante en la CORMU.

El corto periodo a estudiarse corresponde a los años pioneros de la CORMU, desde su instauración en 1965 durante la administración Frei hasta los inicios de la Unidad Popular, que introdujo cambios en su dirección. Si en los primeros años se manifestaba una voluntad por no sacrificar los valores arquitectónicos frente a presiones políticas, en el segundo periodo la CORMU pasaba a constituirse como un engranaje más en el aparato estatal de producción de viviendas, desvaneciéndose gradualmente los impulsos urbanos renovadores en aras de una visión social reivindicativa, cuya consecuencia era una injerencia mayor de la política contingente. Hablamos de un periodo excepcional con una fuerte intervención del Estado en la formación de las ciudades bajo un impulso social e igualitario.

En el plano disciplinar local todavía regían en el pensamiento urbano local las concepciones de la Carta de Atenas de 1933 (publicada en Chile en 1946), al menos en la concepción de planos reguladores y la ideología predominante frente al llamado ‘problema de la vivienda’. Sin embargo, el cuadro no era homogéneo: había voces disidentes en los distintos ámbitos académicos y también en la práctica, lo que se manifestaba en estudios como el de Fernando Domeyko para el barrio poniente de Santiago que se basaba en la lectura arquitectónica y morfológica de un barrio tradicional, cualidades generalmente ignoradas por los organismos de planificación. Cosa similar ocurría con los estudios de Raúl Irarrázaval y Patricio Gross en torno a la casa patronal del valle central de Chile, quienes la presentaban no sólo como un modelo de implantación territorial de filiación clásica, sino también como una propuesta de cierta atemporalidad. En esos años también, el profesor Jaime Garretón desarrollaba su «Teoría cibernética de la ciudad y su sistema», postulando una interpretación de la ciudad a partir de la Teoría de la comunicación (Garretón, 1975).

Desde el plano internacional, vale la pena recordar algunos hechos relevantes: diversas especulaciones en torno a la cuidad se hacían sentir en Chile desde Archigram a las propuestas de Van Eyck, los Smithson y Candilis. Hacia 1966, por ejemplo, el profesor Reginal Malcomson del Illinois Institute of Technology visitaba la PUC presentando su propuesta «Metrolinear City», una megaestructura en su versión más depurada y mecánica. A su vez, con su propia maduración, Brasilia (1956-63) y Chandigarh (1951-65) pasaban a constituir historia a destiempo. Ellas representaban, para los arquitectos más avanzados, visiones ya superadas en sus contenidos urbanos. Las exploraciones de Louis Kahn para el centro de Filadelfia (1951-57) introducían dimensiones renovadoras pero inquietantes de posibles escenarios de la ciudad, debido a sus veladas alusiones a Piranesi y lo incierto de sus consecuencias urbanas reales. Este periodo se abre, además, con la publicación en español de La ciudad no es un árbol de Cristopher Alexander (1968), La arquitectura de la ciudad de Aldo Rossi (1971), y Complejidad y contradicción en la Arquitectura de Robert Venturi (1972), obras que cambiaron significativamente el curso del pensamiento arquitectónico.(5)

Latinoamérica –más utópica que el mundo desarrollado en el plano político y menos utópica en el plano proyectual– estaba en general marcada por el fragor de procesos de cambio político y social. Las ciudades crecían desenfrenadamente y, en parte, de manera informal o declaradamente ilegal. La potencia del cambio territorial y cultural se hacía sentir en los amplios y precarios asentamientos marginales. La avasalladora realidad del proceso urbano se imponía a cualquier aspiración por un sentido de estabilidad o completitud, atrayendo la atención de distintos grupos: unos intuyendo que la infraestructura era la única realidad permanente en la ciudad y entendiendo las posibilidades técnicas como una verdadera liberación del peso ancestral de la arquitectura; otros, leyendo en el desenfrenado crecimiento de los cordones de miseria en el tercer mundo una fuerza cuyo cauce no debía ser institucionalizado. Ivan Illich y John Turner proclamaban la «libertad para construir» (Turner, 1967), es decir, libertad frente a los canales administrativos y profesionales existentes.

Entre unos y otros se situaban experiencias como el Concurso Internacional de Vivienda para las barriadas limeñas PREVI Lima realizado en 1969 y en el cual participaban Stirling, Van Eyck, y Alexander, entre otros. Las propuestas se caracterizaban por un juego de relaciones entre una arquitectura fundacional concebida por arquitectos y destinada a ser completada por los habitantes, reconociendo en ello la necesidad de encarar la construcción de la ciudad como un hecho colectivo y al menos parcialmente abierto. Philippe Boudon publicaba un estudio acerca de la urbanización de Pessac realizada por Le Corbusier, develando la enorme brecha cultural que separaba al arquitecto de sus (desconocidos) clientes. El propio Le Corbusier había declarado en torno al caso: «es la vida la que posee la verdad y el arquitecto quien se ha equivocado…» (Boudon, 1972).

Aún hacia 1973 se palpaba una conciencia crítica de la arquitectura respecto a la generación de ciudades por canales alternativos al mercado o a la institucionalidad;(6) las barriadas eran, también en Santiago, una realidad cotidiana. Desde la revuelta de los años sesenta aparecían posturas radicales que consideraban a la arquitectura, tal vez por su propia longevidad, como una disciplina anquilosada y sospechosamente cercana a los valores del antiguo régimen. Permanencia y conservadurismo se homologaban. Fueron tensiones de este tipo las que eventualmente llevarían al quiebre de la PUC a inicios de los setenta: la urgencia de la llamada ‘realidad nacional’ hacía insoportable para muchos el discurso académico. Pero mientras hacia fines de los sesenta la política invadía crecientemente todas las esferas de acción, la PUCV lograba sustraerse a esta presión.

Si bien no todos estos hechos concuerdan estrictamente con la cronología de los eventos que nos hemos propuesto estudiar, todas estas inquietudes se palpaban durante el periodo en estudio. En el gobierno de la Unidad Popular, específicamente en la VIEXPO de 1972, Martín Pawley, imbuido de las ideas de la producción tecnológica y el proceso de cambio urbano, propuso utilizar la capacidad ociosa de la planta de autos Citroën para fabricar componentes de vivienda económica. Pawley publicaría en esos años Garbage Housing, obra en la cual propugnaba el reciclaje de los desechos de la sociedad de consumo para transformarlos en material de construcción (Pawley, 1973; Pérez de Arce, 2015). En 1972 se realizaba, además, un concurso internacional de arquitectura para el área poniente de Santiago. El proyecto ganador (Bares, Bo, García) utilizaba extensivamente la tipología de torres introducida años antes por la CORMU (Rigotti, 2015). Desde ese entonces, no se ha reeditado en Chile la idea de un proyecto de ciudad desde la arquitectura tan protagónico y global como el de la CORMU.

Los senderos que trazaban las dos escuelas de arquitectura claramente divergían en aspectos sustanciales: sus términos de referencia, su óptica y sus métodos; la PUC estaba marcada por un decidido acento profesional; la PUCV, más inquisitiva y aventurada, se caracterizaba por la búsqueda de una redefinición de la arquitectura.

En el proyecto San Borja (FIG. 1), postulo en este texto, se entrecruzan ambos senderos. En un sentido más amplio, plantearemos que la experiencia de la CORMU quedaba marcada en sus primeros años por la presencia de estos actores y de sus propuestas. Los intercambios que pudieron ocurrir entonces en el seno de esa corporación pública tenían como sello un carácter profesional, pues no comprometían a las instituciones académicas. Cuando nos referimos a instancias de interrelación profesional lo hacemos entendiéndolas en el marco de trabajos de autoría colectiva. Y si bien en la CORMU también hubo arquitectos formados en otras universidades, en este periodo estos no alcanzaron a incidir en los planteamientos con una fuerza comparable. Aunque esta no es ni la primera ni la última ocasión en la cual los itinerarios de las dos escuelas se encontraron, podemos decir que fue –sin ningún sentido de nostalgia– una instancia excepcional e irrepetible.(7).


Fig. 1. Remodelación San Borja. Proyecto original, CORMU.
Fuente: Revista AUCA 16, 1969.

La Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU)

Este nuevo y poderoso organismo de Estado entraba en escena en 1965. Su agenda era el desarrollo urbano en su sentido más amplio: el mejoramiento de las ciudades del país(8). Por ello, la CORMU se diferenciaba de todas las reparticiones públicas ligadas al problema de la ciudad, ya que ellas surgían como instituciones dedicadas a aspectos específicos del espectro urbano: la vivienda (social), la infraestructura, la vialidad u otros. Otro rasgo excepcional de la CORMU era su visión de la planificación urbana desde la arquitectura.

La necesidad de delinear un marco teórico amplio para abordar coherentemente la renovación urbana llevó a la CORMU a realizar un primer reconocimiento general de Santiago y su potencial de transformación. La Corporación se proponía adquirir, a corto plazo, terrenos claves para un buen desarrollo de la ciudad, por lo que era necesario definir una estrategia de adquisiciones fundamentada en una estrategia urbana. Encarada por el nuevo departamento técnico, esta se materializaría en una serie de planos catastrales focalizados en la topografía, las diversas infraestructuras (vialidad, transporte, redes subterráneas y aéreas, y sistemas de regadío entre otras) y las edificaciones. A partir de ellos se contaba con un registro visual de la cuenca urbana y sus posibles radiografías (FIG. 2). Más allá del valor documental de estos testimonios, se configuraba una imagen de ciudad conjugando sus aspectos visibles con sus realidades invisibles en una nueva síntesis interpretativa. La calidad gráfica de estos documentos y algunas de sus temáticas los asemejan a ciertos mapas realizados por el Instituto de Arquitectura de Valparaíso, desarrollados con el fin de conjugar una visión de América: redes fluviales, ciudades, cordilleras y fondos marinos (AA VV, 1967). Si se acepta la hipótesis de una relación estrecha entre representación y enunciado arquitectónico extendida al ámbito urbano, será posible leer en los planos catastrales de la CORMU una primera posición frente al fenómeno urbano de Santiago.


Fig. 2. Catastro de Santiago, CORMU, Redes de transporte.
Source: Boza, Stagno, Rodríguez "Densidad intensidad". Tesis de título Escuela de Arquitectura PUC, agosto 1966.

Como una primera concreción de proyecto urbano, la CORMU esbozaría un Plan Metropolitano del Gran Santiago (FIG. 3) en abierta contraposición al Plan Regulador imperante y también a la visión radioconcéntrica promovida por los programas de vialidad del Ministerio de Obras Públicas. En este plan, donde se concretaba una suerte de idea matriz de ciudad, la CORMU visualizaba el pie de monte cordillerano como posibilidad de nuevas modalidades urbanas que existirían «…en condiciones de naturaleza (aire, sol, verdor), en donde… los diferentes niveles socioeconómicos estarán en un todo urbanizado, abandonando definitivamente la actual situación de segregación…»(9). Claramente el lenguaje ha sido heredado de los postulados modernos. Los terrenos vírgenes o de escasa urbanidad de la precordillera se convertían, entonces, en reservas para una ciudad alternativa.


Fig. 3. Plan Metropolitano del Gran Santiago. CORMU, MINVU, sin fecha.
FuentE: Strabucchi, 1994:148.

Si en la precordillera y el sector oriente se vislumbraba esa posibilidad de una ciudad nueva, hacia el interior de Santiago se proponían otras estrategias para densificar y rescatar áreas subutilizadas o degradadas. En este contexto se presentaba el proyecto de remodelación de San Borja.

La CORMU realizaría además muchos otros estudios, cubriendo diversas áreas y aspectos de la ciudad como, por ejemplo, los proyectos Barrio Cívico, Parque Inés de Suárez, Fundo San Luis, Módulo Urbano (Santiago poniente), Parque Metropolitano y Parque Cerro Blanco. Si se considera que solamente en el proyecto San Luis habría una población estimada de 70.000 habitantes, se tendrá una medida de la importancia de estos proyectos y del poder de la Corporación (FIG. 4). Fue este enorme poder, unido a la amplitud de su agenda, el que por algunos años generó una sensación de que la renovación urbana era factible y que en ella los arquitectos cumplían un rol protagónico. Esto se evidencia en el logotipo de la nueva Corporación, que combinaba una lectura de la morfología de manzanas tradicionales con la introducción del módulo urbano para Santiago poniente, ilustrando una interpretación de la ciudad como un proyecto en su relación íntima con la arquitectura (FIG. 5).


Fig. 4. Proyectos CORMU en Santiago.
Fuente: Publicación CORMU, MINVU.


Fig. 5. Logotipo CORMU, Corporación de Mejoramiento Urbano. MINVU, Ministerio de la Vivienda y Urbanismo.
Fuente: Strabucchi, 1994:148.

El taller de proyectos

Localizado inicialmente en el cerro San Cristóbal, lejos de la ciudad y al mismo tiempo en posesión global de ella, el taller de proyectos parece haber gozado durante algunos años de una cualidad inusual: un taller colectivo especulativo, libre en sus disquisiciones, con gran capacidad de iniciativa y vinculado a grandes obras reales.

Sin duda, su extraordinario emplazamiento era una cualidad inesperada para una repartición pública. El ambiente de trabajo era –según palabras de uno de los participantes– «algo que no era la administración pública». Como centro de trabajo, en el taller había un gran espacio común. En él se organizaban discusiones en torno a proyectos generando un ambiente similar al de un atelier o un taller académico. La presencia de los profesores Jaime Bellalta y Miguel Eyquem entre los numerosos arquitectos jóvenes aportaba una visión más amplia y madura.(10) 

En general, los proyectos se desarrollaban según un método por etapas en el que la CORMU fijaba las características generales –algunas abstractas como la densidad y otras específicas y proyectuales como la envolvente tridimensional de las edificaciones– permitiendo un desarrollo posterior de proyectos específicos por equipos privados –arquitectos y empresas constructoras– elegidos a través de concursos-oferta.

Los arquitectos de la Corporación prefiguraban las condiciones de proyecto que permitieran inscribir obras individuales, garantizando la calidad y coherencia de la propuesta urbana. La envergadura y complejidad de las obras hacía necesario instituir ciertos criterios proyectuales genéricos como, por ejemplo, la determinación de tipologías capaces de ser utilizadas en distintos contextos. Así es como surgiría la torre habitacional de planta cuadrada de seis departamentos por piso y veinte pisos de altura que constituyó una pieza clave en San Borja, empleándose luego en muchos otros proyectos (figs. 6, 7). La generalización de la torre como tipología para la renovación urbana correspondía sólo parcialmente a una voluntad formal. Su introducción también obedecía a una voluntad de modernización de la industria de la construcción, mientras que su tamaño fue definido por condiciones estructurales, económicas y financieras. Sea como fuere, su efecto fue decisivo y trajo consigo un nuevo grado de monumentalización.


Fig. 6. Remodelación San Borja. Planta tipo torres 1, 2 y 3. Arquitectos: Bresciani, Valdés Castillo, Huidobro.
Fuente: Revista AUCA 16, 1969.


Fig. 7. Remodelación San Borja. Elevación torres 1, 2 y 3.
Arquitectos: Bresciani, Valdés Castillo, Huidobro.
Fuente: Revista AUCA 16, 1969.

No se debe desconocer, sin embargo, la potencia de la torre como imagen de una ciudad nueva, su identidad como una idea de modernidad y su innegable capacidad de seducción. Hacia fines de la década de los sesenta todavía dominaba en Santiago la horizontalidad de una ciudad que en general se arrastraba en el valle. Las Torres de Tajamar (Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro, 1962-67), ENDESA (Larraguibel, Aguirre, Etcheberry, 1962-67) y Santiago Centro (Aguirre, 1966-70, 1978-82) anunciaban los cambios en el horizonte urbano y eran testimonio de nuevas posibilidades frente a una ciudad aún apegada al suelo.

En la CORMU la torre estaba definida como un elemento a priori. Tratada como un ladrillo, era el producto de una ecuación cuyos términos sólo parcialmente se sometían a criterios arquitectónicos, representando una condición de optimización y una oportunidad de renovación urbana. La torre residencial introducida masivamente por la CORMU tenía una planta celular y, por ello, un espacio interior reducido si lo comparamos con la planta libre de las torres corporativas. La dimensión relativamente monumental del volumen exterior se contradecía con la estrechez doméstica de los interiores.

Una vez establecida la torre como prototipo urbano, se fijaba una metodología de trabajo en la cual la organización de los elementos urbanos preestablecidos de gran escala impedía una reflexión más matizada sobre el contexto. En este marco, las maquetas volumétricas eran utilizadas como herramientas para definir las formas urbanas frente a un contexto difícil de predecir. De cara a las variables de financiamiento, programa o disponibilidad real de los terrenos, la maqueta permitía desplazar esos elementos tipificados hasta llegar a algún grado satisfactorio de concreción. Incluso, los mecanismos de representación de la ciudad se correspondían con aquellos aspectos urbanos privilegiados en el proyecto: las volumetrías por sobre cualquiera otra relación. Además, la presencia de grandes maquetas urbanas le confería al taller un carácter similar a la sala de estrategia de un alto comando militar; siempre había un stock de torres disponibles.(11)

CORMU y la ciudad vertical

La presencia de las torres habitacionales caracterizaría muchos de los proyectos de la CORMU. Si bien la adopción de esta tipología se realizaba a riesgo de desconocer el potencial de las distintas localidades urbanas, en ciertas ocasiones se permitió establecer distinciones a fin de reconocer la especificidad del proyecto.

La proposición del ‘módulo urbano’, esquema tipo para el barrio poniente de Santiago, evidenciaba la intención de contextualizar la torre en una morfología de manzanas tradicionales de barrio: la torre como módulo invariable, contextualizada mediante el anillo, sensible en su programa y disposición a los requerimientos del lugar (FIG. 8). El esquema progresivo del módulo urbano sugiere un proceso de fagocitosis: las formas nuevas engullendo progresivamente el orden antiguo. El módulo urbano introducía, entonces, la temporalidad como ingrediente proyectual junto a una idea de sustitución morfológica, haciendo que la torre resguardada en el corazón de la manzana pudiera coexistir con el barrio tradicional. De esta forma, la dimensión temporal enunciada en módulo urbano implicaba entender el fenómeno urbano como un hecho participativo y cambiante.


Fig. 8. Módulo urbano: proceso de implementación.
Fuente: Publicación CORMU, MINVU.

El módulo urbano, sin embargo, era una excepción. En la mayoría de los casos se valoraba la torre como un instrumento para liberar terrenos, permeabilizando la ciudad y creando amplios espacios verdes. Independiente de las características individuales de sus arquitectos, la CORMU se ceñía a los cánones del urbanismo moderno al adoptar la fluidez espacial y la prevalencia de los espacios verdes como objetos genéricos. La relativa transparencia de los primeros niveles tenía, en estos casos, una connotación casi moral frente a la ciudad histórica: la nueva ciudad emergía dotada de una espacialidad sin rincones bajo el imperio de una completa accesibilidad visual.

Mientras tanto, en los terrenos del fundo San Luis en Las Condes se delineaba el proyecto más espectacular a realizarse por la Corporación. Si varios de sus autores consideraban a San Borja como un proyecto impuro (demasiado sometido a contingencias y presiones), San Luis, proyectado en terrenos vírgenes en un vecindario prácticamente inexistente, aparecía como una posibilidad de medirse directamente con la geografía. Su espacio central, de escala geográfica, se extendía a lo largo de un eje definido por las cumbres de los cerros San Cristóbal y El plomo. A pesar de la ubicación suburbana, San Luis proponía una condición metropolitana, una posible centralidad para las comunas del sector oriente de Santiago. Las torres de San Luis se planteaban en agrupaciones compactas que también incluían edificios escalonados (los llamados ‘zapatos’) y bloques de menor altura; esta configuración de núcleos los asemejaba a las ideas de clusters propuestas por los Smithson. A cargo de este proyecto estaba Miguel Eyquem, profesor y miembro de la PUCV quien, tal vez sensibilizado por su experiencia como piloto aéreo, medía los espacios en relación a la geografía.

La remodelación San Borja: la ciudad y las torres

Emplazado en pleno centro de Santiago, el predio de la remodelación correspondía en gran parte al sitio ocupado por el Hospital San Borja, cuyas instalaciones serían demolidas con la sola excepción de su capilla. La eliminación de una calle permitiría la creación de una ‘supermanzana’. El principal elemento del proyecto era un nuevo parque cuyo carácter urbano debía quedar garantizado por su ubicación. Su planta combinaba un crucero de brazos extremadamente desiguales y un contorno general de bordes redondeados. La forma del parque tenía así un cierto valor icónico similar a un logotipo.(12)

Despejándole espacio al parque como un grupo de personas que observan un espectáculo callejero, había una veintena de torres de igual planta y altura (FIG. 9). Asimismo, a ras de suelo y en sus niveles próximos había un sistema horizontal constituido por puentes y núcleos interconectados y vinculados a las torres (FIG. 10). El proyecto además incluía unos bloques de frente escalonado ubicados en relación a los accesos principales del parque. Conocidos en la CORMU como ‘zapatos’, mediaban entre la altura de las torres y los elementos horizontales. Esta tipología no llegó a interesar a las empresas que postulaban a los concursos-oferta, generando, en cambio, grandes expectativas entre los arquitectos. Así, este proyecto ideado por Arturo Baeza no logró realizarse ni en San Luis ni en San Borja. Dentro del proyecto, además, se proponían los llamados edificios ‘chapa’ como una categoría excepcional, cuyo propósito era adosarse a los muros ciegos de la edificación preexistente integrándola a la remodelación.


Fig. 9. Vista de la maqueta de la Remodelación San Borja.
Fuente: Publicidad viviendas AGSA. Revista AUCA 16, 1969.


Fig. 10. Remodelación San Borja. Trama de pasarelas elevadas, planta de conjunto.
Fuente: Redibujo a partir de planta de proyecto original.

San Borja introducía entonces el uso masivo de torres residenciales en Santiago con una voluntad marcadamente distinta a propuestas anteriores como el conjunto de Torres del Tajamar, cuya condición era fuertemente singular en virtud de su emplazamiento y su carácter compositivo y escultural.(13) De este modo, el proyecto San Borja podía interpretarse como un lugar en la ciudad –en ese sentido excepcional– y como una puesta en escena de ciertos principios urbanos más genéricos: una tensión entre el parque como entidad única y las torres como propuesta repetible y ampliable. En este caso, las torres se introducían en San Borja según una orquestación general de disposición, forma y altura. A pesar de la verticalidad propia de las torres predominaba una fuerte horizontalidad determinada por la imposición de una cota superior normativa para todas ellas e independiente de las variaciones de nivel de suelo; esta configuración de un espacio virtual contenido por las torres como una columnata maciza y uniforme recuerda los intentos corbusieranos de creación de un urbanismo de torres cartesianas en abierto contraste con el urbanismo desenfrenado de la especulación inmobiliaria encarnado en Manhattan y descrito por él mismo como una urbanidad de «adolescentes de la era de la máquina» (Le Corbusier, 1937).

En ese sentido, el proyecto San Borja confirmaría esa voluntad formal unitaria y totalizante del primer urbanismo moderno y de su período heroico, confiando a la geometría y a las relaciones formales el sentido de coherencia de la ciudad. En otras palabras, si bien reaparecían en San Borja las propiedades del rascacielos cartesiano, se planteaban condiciones radicalmente distintas de disposición: proximidad variable entre torres y relaciones diagonales entre sus aristas, desapareciendo la trama invisible que organizaba los intervalos construidos según una ordenación matemática para dar lugar a una disposición más libre.

Bordes y centro:
Opciones centrípetas y centrífugas

El proyecto San Borja fue concebido como una obra a realizarse por etapas marcadas por situaciones contingentes como, por ejemplo, la posesión de los distintos paños de terreno a utilizarse o bien por reorientaciones y cambios en los supuestos conceptuales que fundamentaban la operación urbana. Entre las diferencias que aparecen en estas etapas destacan la relación con los bordes y la definición de los espacios centrales. Estos últimos fueron concebidos en un momento como lugares parcialmente urbanizados, en un esquema análogo a proyectos como la Unidad Vecinal Portales en Santiago en el que se proponía una gradación de escalas entre un parque central y los bordes construidos.

Una vez instaurado el principio del parque central, se afirmaba la tendencia focalizada y centrípeta del proyecto. Sin embargo aparecían actitudes vacilantes frente a sus bordes externos, especialmente hacia la Alameda, cuya presencia tangencial al parque no podía desconocerse. Así, combinado con el esquema del corrillo de torres, aparecían torres dispuestas a ambos lados de la Alameda introduciendo una fuerza centrífuga.

Los dos principales instrumentos utilizados para relacionarse con los bordes, torres y placas, establecían también dos situaciones extremas: un nivel a ras de suelo y otro aéreo; uno normativo y otro capaz de acomodarse al contexto; uno discontinuo y puntual, el otro continuo.

De hecho, la cuestión de la inserción urbana de San Borja es, en último término, de orden ideológico: el proyecto puede entenderse ya sea como un núcleo autónomo o bien como un germen alternativo de ciudad y, en ese sentido, dotado de un potencial de reemplazar una modalidad urbana por otra radicalmente distinta. En el proyecto aparecía a ratos esta vocación utópica y totalizadora, y en otros momentos se vislumbraba una vocación de inserción urbana fragmentaria. Por ejemplo, se llegó a considerar la posibilidad de remodelar la totalidad del campus de la Casa Central de la Pontificia Universidad Católica –a excepción de los tres patios históricos– para utilizarla como centro cultural pues era vecina al proyecto (FIG. 11). Finalmente lo que estaba en juego eran los propios alcances de la voluntad de renovación: la capacidad de recrear la ciudad o bien la afirmación de la ciudad como hecho cambiante. Visto así se comprende la relativa indiferencia frente a unos bordes que tarde o temprano debían ser reemplazados. En el seccional San Borja-Diez de Julio aparece otra clave para interpretar este hecho: las llamadas ‘directrices peatonales’ manifestadas en sistemas que conforman tramas alternativas en la ciudad, ya sea en su disposición girada respecto a las trazas urbanas como en su autonomía respecto a los suelos y a situaciones singulares. Nuevamente aparecía la diagonal como elemento de reforma urbana de Santiago, y nuevamente el cuerpo de la ciudad la rechazaría tozudamente.


Fig. 11. Remodelación San Borja. Casa Central Pontificia Universidad Católica en contexto del plan.
Fuente: Redibujo a partir de planta de proyecto original.

El Parque San Borja

En el planteamiento general del parque San Borja, corazón del proyecto y lugar público protagónico, destacaba su carácter de núcleo unitario semejante al Regent’s Park de Londres, y distinto en ese sentido a numerosos proyectos modernos donde las edificaciones comúnmente se distribuían al interior del parque y no a su alrededor. Como hemos visto, la CORMU propiciaba la idea de jardín unitario; esta alcanzaría la magnitud de dos kilómetros en el eje mayor del proyecto San Luis y un gran desarrollo (como suma de espacios verdes) en el proyecto Inés de Suárez en Providencia.

Dominando el parque San Borja se extendía un eje monumental en sus dimensiones pero carente de bordes: un pavimento, un paseo amplio y sin destino preciso, aunque en dirección sur. Este eje contrapuntaba la centralidad del parque como un trazo largo interceptando un óvalo. Reiterado por la ubicación de edificios aterrazados en sus puntos de acceso, el eje de San Borja sugiere algún ritual colectivo como explicación de su aparente monumentalidad y rigor formal. La única construcción localizada en el parque era un museo cuyo programa no llegó a precisarse; un parque con un museo como el parque Forestal o la Quinta Normal. Además, el parque San Borja absorbería los patios arbolados del antiguo hospital, interrelacionando aún más la ciudad preexistente y la ciudad nueva.

Pocos vestigios quedan hoy en día de la idea de este parque de gran tamaño. El actual parque San Borja corresponde a un proyecto posterior cuyo tamaño es una fracción menor del área originalmente prevista (FIG. 12). A pesar de ello, rescata la idea central de una ‘supermanzana’ tranquila y verde a un costado de la Alameda, una idea que fue utilizada como elemento central en la publicidad de la época.


Fig. 12. Situación actual del parque San Borja, comparada con el proyecto original.
Fuente: Redibujo a partir de proyecto original.

Los paseos aéreos

En el parque San Borja se reintroducía un tema central del urbanismo moderno: el sueño de la ciudad tridimensional caracterizado por redes de recorridos elevados (FIG. 10). Estas ideas se recuperaron bajo el argumento de separar el tráfico vehicular del peatonal, por ejemplo, en los proyectos de Hilberseimer o la remodelación del Barbican Centre en Londres. Muchas pueden ser las interpretaciones de esta voluntad de separar y a la vez multiplicar el suelo. Sea por afinidades biológicas (la metáfora del órgano como elemento urbano) o por afinidades mecánicas (la metáfora de la ciudad como máquina), la separación entre recorridos y suelo plantea incógnitas que superan su aparente lógica funcionalista, pues se manifiesta tanto en obras de arquitectura aisladas como en propuestas urbanas.

Ya en los sesenta, algunos miembros del Team Ten presentaban sus primeras realizaciones urbanas de envergadura como la propuesta de los Smithson para la reconstrucción de Berlín (1958), algunos ejemplos del programa de New Towns en Inglaterra y algunos proyectos de megaestructuras como el centro urbano de Cumbernauld, la Universidad Libre de Berlín, y el proyecto del hospital de Venecia. Con un fuerte componente horizontal, todos ellos proponían espacios urbanos y redes de recorridos aéreos. Los mat buildings enunciados por los Smithson entraban en escena planteando nuevas formas urbanas que no eran antagónicas a la calle-corredor tan despreciada por Le Corbusier (Smithson, 1974). El proyecto de Germán Brandes, ganador del concurso para el campus San Joaquín de la PUC en 1963, se inscribe también en estas búsquedas (FIG. 13).


Fig. 13. Maqueta proyecto campus San Joaquín, de Germán Brandes.
Fuente / Source: Strabucchi, 1994:158.

Los recorridos elevados proponían maneras de acceder y contemplar el espacio del parque, uniendo además a aquellos núcleos urbanos complementarios al programa monofuncional de las torres. En Santiago ya existía la red de recorridos aéreos de la Unidad Vecinal Portales, pero se desarrollaba en un ámbito puramente residencial. En San Borja, en cambio, los trazados aéreos eran un contrapunto a las torres (mallas continuas entre puntos discontinuos), que vinculaban a los núcleos urbanos dispuestos alrededor del parque, aportando una diversidad de la que carecía un programa monofuncional como las torres residenciales.

La tridimensionalidad de San Borja, sin embargo, no se reducía sólo a vivienda y paseos en altura. La racionalización espacial propuesta por la CORMU suponía también reestructurar el subsuelo urbano, que espejara la reorganización de sus niveles más públicos. Así se implementaría en la remodelación San Borja una red de instalaciones comunes organizadas en un sistema de calles subterráneas. La proposición de una central térmica que cubriera las necesidades de la remodelación y su barrio inmediato –y cuyo combustible podía provenir de los propios desechos de la torres habitacionales– indicaba el nivel de excelencia técnica esperado. En el subsuelo, una captación propia de agua reforzaba el sentido unitario del proyecto y su autonomía urbana.

Incidencia de los caminos entrecruzados

Hoy puede resultar extraño pensar que entre los eventos asociados al proyecto parque Cerro Blanco –realizado por la CORMU a partir de la propuesta de la arquitecta Eliana Wacholtz– se haya realizado un ‘acto poético’. Hasta entonces, este ritual había estado circunscrito a la actividad interna de la PUCV. Esta vez, sin embargo, su puesta en escena coincidía con la definición de un proyecto metropolitano a realizarse por un organismo gubernamental.(14) Igualmente puede resultar inusitado el que, a propósito de una crisis de la PUC en Santiago, Jaime Bellalta también propusiera un acto poético de ‘refundación de Santiago’ para centrar la visión y el objetivo de una escuela en crisis.

Según sus proponentes, el acto poético contiene la cualidad cuasi oracular de develar y fijar un destino de lugar. Así, este radicaliza la escisión que existe entre los que adhieren a la planificación en su sentido científico (y en último término positivista), y aquellos que entienden la ciudad como un problema que involucra valores trascendentales. Si bien la tesis de la relación entre arquitectura y poesía fue desarrollada por el arquitecto Alberto Cruz y el poeta Godofredo Iommi, y elaborada como fundamento del accionar de los arquitectos de la PUCV, la búsqueda de esta relación se haría cada vez más común en el ámbito de la PUC, aunque generalmente como un eco desprovisto de contenido. Por ejemplo, en la introducción a una tesis de título de 1968 dirigida por Jaime Bellalta y realizada por tres alumnos que trabajaban en la CORMU, se lee: «Nos planteamos aquí una posición poética frente al hecho urbano la cual nos permite proponer voluntades que se expresan más allá de los meros funcionalismos (…) realizar un acto poético es colocarse más allá de la realidad contingente…» (Boza, et al., 1968). Si bien esta tesis alcanzó cierta notoriedad, sus contenidos no parecían tan distantes de una visión funcionalista, condición demostrada en la elaboración de una metodología para medir relaciones de densidad e intensidad urbanas, reiterando los fenómenos cuantificables y el carácter operativo del fenómeno urbano.

Otro nivel de relación de ideas entre escuelas fue el Taller del Espacio dirigido por Octavio Sotomayor, exalumno de Valparaíso, quien ya en primer año introducía un supuesto propio de la escuela porteña: la observación arquitectónica como hecho fundamental del proceso de la arquitectura. Hasta entonces el currículum de primer año había considerado sólo un Taller de Plástica (de clara filiación Bauhaus y contenido compositivo) como un paso previo al proyecto. Sin embargo, la línea inaugurada por Sotomayor priorizó las relaciones más contingentes con los hechos políticos y sociales del período de la Unidad Popular, estableciendo una conexión difícil de sustentar entre una realidad al borde de la emergencia permanente y un pensamiento académico más libre y especulativo. Así, a poco andar, la tesis de la realidad nacional superaría las especulaciones que obstruían un accionar eficaz. De esta manera, como herencia quedaba la idea de la observación como fundamento del proyecto.

Si bien habían distintos caminos de influencia desde Valparaíso hacia Santiago –un tráfico de influencias totalmente asimétrico–, en la PUC se establecía una relación más decidida entre docencia y proyecto (de arquitectura o urbano) en un contexto de realizaciones permanentes disputado con los arquitectos de la Universidad de Chile. Se daba también en Santiago, con más fuerza que en Valparaíso, una permeabilidad mayor con la cultura arquitectónica internacional.

Hablamos de dos corrientes de pensamiento, dos líneas intelectuales, dos experiencias de lejano tronco común representadas por arquitectos de las escuelas de arquitectura de la PUCV y la PUC. Por detrás de estas corrientes se dejaba sentir el peso de algunas filiaciones comunes: el movimiento moderno (en especial Le Corbusier) y el Team Ten en el proyecto urbano. En ese contexto, por algunos años, la CORMU hizo posible un intercambio de ideas y un intenso debate de posibilidades en torno a la ciudad, de cara a proyectos de gran importancia cuya factibilidad se veía posible. 

Epílogo

No cabe duda que las propuestas de la CORMU alcanzaron –al menos en el papel– una cualidad utópica. Si la remodelación San Borja representó el campo de batalla inicial, el proyecto San Luis mantuvo por un tiempo la esperanza de una nueva ciudad; por ejemplo en su propuesta de huertos productivos, la magnitud de sus ejes arbolados concebidos en relación a los hechos geográficos y su carácter metropolitano.

El paso desde la visión inicial a los hechos reales debe haber sido áspero. No es casualidad que ningún proyecto de la CORMU fuera completado íntegramente de acuerdo a los planes originales. En 1977, el arquitecto Miguel Eyquem declaraba:

La ciudad está hecha por todos. Aquí hablamos como si los arquitectos tuviéramos las iniciativas de todas estas ideas, y en realidad posiblemente ninguna de ellas nació de algún arquitecto… Lo que captamos aquí es la nostalgia de tener forma, los arquitectos no podemos no tener forma… borrémonos la forma… es difícil que lo hagamos pero tratemos de borrárnosla … la única realidad trascendente es la de un proceso… (Eyquem, 1977)

El dilema de la forma y el proceso era una cuestión central en el pensamiento urbano en los años sesenta. Por un lado, el anhelo de una figura de ciudad comprensible como imagen estable y reconocible entendida en pos de una búsqueda de permanencia. Por el otro, el triunfo de la vida como hecho cambiante por sobre la fijación de la forma; la constante posibilidad de nuevos hechos; la fluidez por sobre la permanencia.

No son demasiados los testimonios construidos que quedan de los proyectos de la CORMU: tal vez San Borja es el legado urbano más importante de ellos y aún así no queda más que un fragmento inconcluso y desvirtuado. Los archivos fueron destruidos, así que resulta imposible reconstituir en detalle la evolución de los proyectos encargados por la Corporación (FIG. 14). De las imágenes y realizaciones que quedan prevalecen características del urbanismo moderno en sus vertientes ortodoxas: la monumentalización de la vivienda, la zonificación de funciones o la ciudad-jardín vertical. Estos son rasgos comunes a San Borja y San Luis, y más cercanos a una voluntad de forma que a una apertura frente a los procesos. La mayoría de los aspectos más originales de estos proyectos no fueron realizados. Aún así, se reconoce en ellos una intención por instaurar formas radicales: trazos abiertos, horizontes de torres y ejes de escala geográfica.


Fig. 14. Maqueta conjunto remodelación San Borja.
Fuente: Revista AUCA 16, 1969.

En el último taller académico que cursamos como alumnos de quinto año de la PUC, Pablo Gutiérrez, profesor e integrante del equipo de diseño de la CORMU, planteaba el problema de congeniar las necesidades del Parque Metropolitano del cerro San Cristóbal –a cargo de la Corporación– y el asentamiento urbano de la población Roosevelt en los faldeos del cerro que, en ese entonces, no estaba regularizado. En su precario desorden, la población representaba la realidad del proceso urbano en un sector pobre de Santiago. Su sitio, inscrito en el borde del parque, había sido declarado área verde. Nuestro taller intentaba reconciliar los criterios institucionales con las realidades del barrio. Forma y proceso; visión global y realidad local; vivencia actual y futuro urbano. Así, el dilema enunciado por Miguel Eyquem se presentaba como un problema central. En último término, la CORMU apostó por la forma y no por su olvido e, independientemente de sus proveniencias, sus arquitectos tomaron partido por esa opción. 


© Jack Ceitelis

 

Notas

1. Nota del editor: Este texto es una edición revisada del escrito del mismo nombre publicado en 1994 en el libro Cien años de arquitectura en la Universidad Católica. Editado por Wren Strabucchi. (Santiago: Ediciones ARQ, 1994). Para esta nueva publicación, en conjunto con el autor hemos revisado las fuentes, agregado nuevas referencias bibliográficas y precisado algunos aspectos del texto original.

2. El presente ensayo fue realizado a partir del recuerdo de las vivencias enriquecedoras de los talleres Bellalta y Gutiérrez cursados en los últimos años de mis estudios. A fin de acercarme a una reconstitución de los hechos, entrevisté a los siguientes arquitectos participantes en la experiencia CORMU: Patricio Gross, Sergio Miranda, Pablo Gutiérrez, Jorge Luhrs, Ernesto Labbé. A todos ellos extiendo mis agradecimientos.

3. El 16 de diciembre de 1965 se creaba el Ministerio de la Vivienda y Urbanismo. Una de sus cuatro corporaciones era la de Mejoramiento Urbano, cuyos directores eran los arquitectos Gastón Saint Jean y Nicolás García.

4. Jaime Bellalta mantuvo desde Inglaterra sus vínculos con la Escuela de Valparaíso, participando en una serie de actos poéticos realizados en conjunto con Godofredo Iommi.

5. Los años indicados entre paréntesis indican la publicación en español.

6. En su libro Modern Movements in Architecture, Charles Jencks propone una relación entre Drop City en Colorado, EE.UU., y una barriada limeña como hechos ilustrativos de una «resistencia» urbana en la tradición activista. (Jencks, 1973)

7. La más significativa y reciente fue la invitación a Alberto Cruz y Godofredo Iommi a dictar el Seminario Amereida en Santiago el año 1989.

8. CORMU: publicación del Ministerio de la Vivienda y Urbanismo. Compilación de proyectos. Sin fecha.

9. Ibid.

10. En el taller participaban los profesores Patricio Gross, Ernesto Labbé, Pablo Gutiérrez, Sergio Miranda, y los egresados Cristián Boza, Walter Bruce y Jorge Luhrs, entre otros. Todos ellos eran alumnos o profesores de la PUC.

11. Según descripciones de Sergio Miranda y Pablo Gutiérrez, en ocasiones se trabajaba directamente sobre las maquetas redistribuyendo, agregando y sustrayendo torres.

12. Sergio Miranda me hizo ver la relación de la forma memorable del parque como una condición propicia a la presentación del proyecto en sus diversas instancias públicas e institucionales.

13. Concebido «como una escultura transparente situada frente al majestuoso paisaje de los Andes» según descripción de los arquitectos Bresciani, Valdés, Castillo, Huidobro.

14. Parque Cerro Blanco. Revista CA n° 16, junio 1976. Este proyecto fue realizado en 1968 y nunca construido.

 

Referentes

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1. Rodrigo Pérez de Arce | Arquitecto, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile, 1972. Diploma Architectural Association, Londres, Reino Unido, 1975. Doctor Arquitecto, Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela, 2011. Profesor titular, Escuela de Arquitectura, Universidad Católica de Chile. Ha enseñado en la Architectural Association y en las universidades de Bath, Pennsylvania y Cornell, entre otras. Entre sus libros se encuentran La Escuela de Valparaíso, Grupo Ciudad Abierta (2003) y Domicilio Urbano (Ediciones ARQ, 2006, 2012).

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