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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.92 Santiago abr. 2016

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962016000100017 

OPINIÓN

Debate

  

Umberto Bonomo*(1); Manuel Corrada*(2)

*Profesor, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile.


Resumen

¿Es tan excepcional la arquitectura chilena? Con esta pregunta abrimos la sección de debate en revista ARQ, en que dos columnistas nos entregan respuestas desde distintas posiciones, tensando el debate desde sus extremos. Y si bien los argumentos aquí expuestos son contundentes, esperamos que esta discusión pueda continuar más allá de esta revista.

Palabras clave: arquitectura chilena, escuelas, taller, mercado, discurso


 

Chile y el futuro de su arquitectura
Entre enseñanza y actitud

Umberto Bonomo

 

Responder la pregunta «¿es excepcional la arquitectura chilena de los últimos años?» a pocos días de que Alejandro Aravena fuera premiado con el premio Pritzker es relativamente sencillo. Sí, la arquitectura chilena es excepcional y el reconocimiento internacional de Aravena se suma a los que muchos arquitectos chilenos contemporáneos de su generación han obtenido en los últimos años.

Dicho esto hay una pregunta más compleja de responder: ¿por qué la arquitectura chilena es excepcional?

En las líneas que siguen trataré de delinear los principales aspectos que, a mi parecer, ayudan a responder esta interrogante, ordenando el argumento en dos partes. La primera explora las condiciones internas de la disciplina y la segunda se refiere a las condiciones externas que han tenido un impacto positivo en la arquitectura del país.

Condiciones internas

La arquitectura chilena es excepcional porque en Chile hay buenas escuelas de arquitectura que se centran en la enseñanza del taller. No es una particularidad que el taller sea la columna vertebral de una escuela de arquitectura. Lo particular es que en Chile los profesores de taller son arquitectos con una práctica profesional destacada, que experimentan e investigan de forma concreta y transfieren su conocimientode primera mano a los estudiantes. Esto genera un clima académico en continua tensión y renovación que se retroalimenta constantemente, permitiendo su vigencia y condición de vanguardia. Con la fuerza estructuradora y aglutinadora del taller, los cursos teóricos, técnicos o de representación son utilitarios y operativos en su desarrollo. El taller, por lo mismo, se caracteriza por tener una carga muy pragmática, concreta y resolutiva, distanciándose del enfoque que tienen otras renombradas escuelas internacionales en las cuales el proyecto se juega en un plano especulativo o teórico.

A esto hay que agregar que los mismos arquitectos en ejercicio, docentes de las escuelas del país, son importantes exponentes del mundo político e institucional. Si se analizan las escuelas más antiguas de Chile se puede notar cómo esta condición es transversal y característica durante toda la segunda mitad del siglo veinte. Arquitectos-profesores-rectores, arquitectos-profesores-alcaldes, arquitectos-profesores-asesores ministeriales, arquitectos-profesores-consultores, arquitectos- profesores-presidentes gremiales… podríamos seguir dibujando ternas, pero la idea es clara.

En Chile, los exponentes del mundo cultural y profesional articulan las fuerzas políticas con los intereses económicos, la investigación, la práctica más dura y la docencia en las salas de clase. ¡Esto no es frecuente!

Condiciones externas

Las condiciones externas a la disciplina son muchas y, por lo mismo, intentaré articular un argumento que vincula algunas de las principales.

De la lejanía de Chile, de su aislamiento cultural durante la dictadura –que dicho sea de paso lo salvó de plaga posmodernista de los ‘80–, de sus paisajes o geografía ya se ha escrito mucho. Lo que a mi parecer se ha dicho menos es la radicalidad y desprejuicio con la que se proyecta el futuro. Esta actitud se refleja en el mundo de la arquitectura, en el mercado, la economía, la política o en las modas que entran y se consolidan con especial radicalidad en Chile.

Los desastres naturales terribles y continuos que afectan al país y a su población borran la historia, las ciudades y la memoria. Frente a la tragedia es mejor mirar hacia adelante y pensar en el futuro. En Chile, lo nuevo vale más que lo viejo, el patrimonio no se conserva, se interviene, moderniza y actualiza para proyectarlo hacia el futuro. Esta apertura ha generado un sinnúmero de oportunidades para los arquitectos que se enfrentan a encargos y clientes que, con desprejuicio, los invitan a experimentar e imaginar el futuro constantemente.

Los arquitectos observan rigurosamente la realidad una y otra vez para generar respuestas radicales, pero también atentas y específicas que se justifican en el problema de arquitectura que enfrentan y no en una corriente determinada o estilo de turno.

La suma de este debate interno y profundo entre los paradigmas de la enseñanza y la actitud hacia el futuro son las condiciones que, creo, definen la excepcionalidad de la arquitectura en Chile.

 

 

 

Chile sin excepción

Manuel Corrada

 

¿Habrá casas excepcionales? Imposible. ¿Edificios? Tampoco. ¿Plazas? Menos. El hombre elefante, la vieja peluda, los hermafroditas, el esqueleto con patas y otras rarezas que mostraban los freak show decimonónicos, ¿eran monstruos? Para nada, en lo más mínimo. Al poco tiempo de adoptarse el término «monstruo» para designar las deformaciones formales visibles en los cuerpos, las excepciones anatómicas y zoológicas, los científicos autores de tales estudios, Saint-Hilaire padre e hijo, notaban que «no hay excepciones a las leyes de la naturaleza, hay excepciones a las leyes de los naturalistas». Por cierto, los mapas taxonómicos han sido muchísimo más socorridos en las ciencias naturales que en la arquitectura, pero, a su vez, resulta igual de pertinente afirmar que no hay obras excepcionales, sino sólo discursos en los cuales resaltan como algo fuera de lo común.

Como las casas no hablan ni los edificios conversan ni las plazas escriben, será en la órbita de los discursos donde cabría calificar de excepcional a una determinada obra. En términos generales, decimos que el objeto A es una excepción al discurso B cuando las características de A desentonan con las que prescribe B. Por ejemplo, si el discurso señala el consumo de espacios públicos según las buenas costumbres, las heterotopías son excepcionales porque, por poner el caso, al tiempo que los niños encumbran volantines en un parque, en otra zona de él los macizos de arbustos soportan trajines carnales. En el mismo sentido, si se trata del discurso de la propiedad privada de los inmuebles, bajo determinadas instituciones jurídicas las estrategias okupa operan en el baremo entre la toma y el desalojo. Esto es porque en principio los discursos abundan, aunque nunca se sabe.

Pero sólo en principio. Porque los discursos no prosperan sembrados en el aire, sino en ideologías a las que sirven dócilmente. En Chile, igual que en buena parte del hemisferio occidental, en los últimos veintitantos años del neocapitalismo desenfrenado esto se ha consolidado sin cortapisas sociales ni políticas. Una muestra. ¿Cuántas veces se repite el mote «apunta en la dirección correcta»? Más claro echarle agua. La dirección correcta equivale a la que propaga los dictados neocapitalistas. Lejos quedan las políticas estatales donde la vivienda propia era un derecho y, en cambio, cercano aparece el afán que fomenta la forma higiénica, exquisita y sofisticada de la arquitectura ostensible. Envuelto, cómo no, en sartas de palabras vestidas de exóticas o rebeldes, guay o reblandecidas, tradicionales o multiculturales. Palabras.

O disfraces. Las obras de arquitectura son bienes; incluso el mayor gasto en la vida de una persona, quien cambia cantidades enormes de horas de su trabajo por un techo. En la medida en que estos bienes constituyen parte de la escenografía económica, su consumo merece estar a la altura del desembolso que suponen. Se trata, pues, de operaciones comerciales, ya sean inmobiliarias o de autor. Cambiarán las maneras, pero al final empatan en la suma. Será la promesa de una vida con gimnasio y piscina o un intercambio por un artículo elogioso en una revista rutilante de arquitectura. En un caso, la solidez financiera y los cientos de metros cuadrados construidos; en otros, un espolvoreo de meditaciones y un modo singular de vida como si este fuese contagioso. Las páginas de negocios o las entrevistas promocionales. Filodendros o praderas. A palos con el contexto urbano o a dúo con el paisaje. Las páginas de Las Últimas Noticias o las de Financial Times. Caras distintas de lo mismo, un abanico falso de trucos mercantiles.

Formulado así, habría muchos discursos junto a las excepciones correspondientes. A simple vista parecerían distintos y, hasta cierto punto, opuestos. Es sólo que no lo son. Fascinantes. A la larga son sólo uno: el discurso comercial. En resumidas cuentas, ¿la arquitectura chilena admite alguna excepción? Cae de cajón que ninguna.


1. Umberto Bonomo | ubonomo@uc.cl | Arquitecto Universidad IUAV de Venecia (2004), Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos UC (2009). Profesor Asistente de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Subdirector de Desarrollo de la Escuela de Arquitectura de la UC. Ejerce la práctica de forma autónoma y libre. Sus trabajos de Investigación y Proyectos han sido publicados en numerosas revistas y bienales tanto nacionales como internacionales.

2. Manuel Corrada | corrada@mat.puc.cl | Licenciado en Matemáticas, Universidad de Chile. Investigador en lógica, metamatemática de la teoría de conjuntos, métodos de Gödel y máquinas de Turing. Ha publicado diversos artículos científicos además de escritos sobre diseño, percepción, arquitectura, y crítica de libros. Paralelamente ha descrito las relaciones entre ciencia y artes visuales con interés en Lissitzky, Malévich, Sandback y Duchamp. Ha sido profesor e investigador invitado en universidades europeas y americanas. En la actualidad es profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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