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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.97 Santiago dic. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962017000300012 

Editorial

Un debate valórico

Francisco Díaz1 

1 Editor, revista ARQ y Profesor, Pontificia Universidad Católica de Chile Santiago, Chile.

Dando un ejemplo familiar para los arquitectos, Marx explica la necesidad de un tercer elemento - un medio - para establecer una relación de valor entre mercancías: «Para calcular y comparar las áreas de figuras rectilíneas» - dice el filósofo - «las descomponemos en triángulos. Pero el área del triángulo se expresa por algo distinto de su figura visible: a saber, la mitad del producto de su base multiplicado por su altura». Luego agrega: «Del mismo modo, los valores de intercambio de las mercancías deben poder expresarse en términos de algo común para ellas, del cual representan una cantidad mayor o menor» (Marx, 1867(1990):127). Es decir, para establecer esta relación de valor entre cosas distintas, a y b, es necesario abstraer las cualidades de ambas y hacerlas equivalentes a un tercer factor x. Así, a = x y b = 2x nos permite saber que a vale la mitad que b.

El medio más común para establecer esta relación de valor es el dinero. Es el x que vincula a a y b. De ahí que la economía sea la que arbitra el concepto de valor: el conocimiento de los medios de intercambio le da la condición de juez sobre el valor de las cosas, tal como el conocimiento de las leyes permite a los abogados ser jueces respecto al comportamiento. El problema, como siempre, aparece cuando los medios se transforman en fines.

Tanto en la arquitectura como en la ciudad sabemos mucho de esto. Un suelo con un antiguo edificio sobre él (a) tiene un valor de mercado x. Al construir una torre (b), ese suelo pasará a tener un valor de mercado de 15x. Aquí, multiplicar el medio (x) se ha convertido en el fin y el suelo, que es el mismo, pasa a ser también un medio para extraer plusvalía. Esa operación, tan banal y simple como se aprecia, es la base sobre la que se calcula el valor del suelo urbano.

Pero podemos complejizarla. Por ejemplo, ponderando la valoración social del antiguo edificio respecto de la nueva torre. O estableciendo el valor educativo del edificio histórico. Y así sucesivamente. Probablemente los economistas se resistan a incluir otros factores en la ecuación de valor, pues es lógico que intenten defender un reino de autonomía donde mantienen el conocimiento de las pocas variables que consideran. Pero es una discusión necesaria, ya que el statu quo en este tema sólo va en desmedro del entorno.

Esto no sólo es culpa de los economistas. Los arquitectos tampoco hemos hecho mucho. No hemos sabido explicar - hacia afuera - en dónde reside el valor de lo que hacemos y por qué valoramos lo que valoramos. Porque como el valor es fruto de una relación social - una negociación - nos falta la contraparte (tal vez no la consideramos por miedo a que, si lo hacemos, nuestra posición de elite se esfume). Mientras no lo hagamos, las (insuficientes pero ‘objetivas’) lógicas económicas seguirán pesando más que nuestros (complejos pero desarticulados) argumentos arquitectónicos.

Este número de ARQ es un intento por articular esa complejidad. En el portafolio vemos una subasta en la que se remata polvo. La conversación entre los miembros de Architecture Lobby explora los distintos conceptos de valor ligado a la arquitectura como profesión. El proyecto de DS+R & Rockwell Group nos permite ver las transferencias de valor no declaradas. Barclay & Crousse muestran que el valor arquitectónico y el de suelo no son incompatibles. Shvartzberg investiga la creación de un índice de tasación inmobiliaria. Pérez y Quintanilla demuestran que una intervención nueva puede revalorizar el patrimonio. Gil explica los debates sobre el valor urbano tras un terremoto. Franch revaloriza el paisaje al deshacerse de la arquitectura. Correa despliega las nociones de valor en Tafuri. Grandeza resenta una instalación arquitectónica con una nueva escala de valores sociales. Kovacs propone que, en arquitectura, el valor no depende del precio. Graw intenta definir, en doce tesis, dónde reside el valor del arte. Finalmente, en el debate se encuentran dos posturas respecto al paradigmático caso de la Villa San Luis. Así, cada artículo presenta distintas lecturas sobre el valor que complejizan su definición.

Pero si en una sola revista logramos presentar tantas lecturas distintas (y seguro hay muchas más), ¿por qué nos parece tan natural y aceptamos casi sin resistencia que lo que hacemos se valore sólo en función del dinero? ¿Habrá algo más que podamos hacer desde la arquitectura para balancear la hegemonía de la economía a la hora de establecer el valor? Tal vez sí.

Marx también nos dice que el valor de a no se desprende de su intercambio por otra a. Es necesario enfrentarla a algo distinto (b) para que el valor aparezca. Es decir, el valor no es una condición intrínseca: sólo emerge en el encuentro con la diferencia. Esto significa, por ejemplo, que el valor de la arquitectura sólo se puede encontrar fuera de ella. No es que la arquitectura no tenga valor ni que carezca de un campo específico; es sólo que, si queremos establecer su valor, debemos ponerla en relación a otra cosa. En otras palabras, el valor de la arquitectura no se puede establecer desde una posición de autonomía: supone, más bien, sentarse a negociar o salir a dar el debate valórico. Nos gustaría que este número de ARQ fuera un paso en esa dirección.

Referencias

MARX, Karl. Capital: a critique of political economy. Vol. 1 “The Process of Capitalist Production”. London: Penguin Classics, 1990 (1867). [ Links ]

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