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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.101 Santiago abr. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962019000100012 

Diálogos

Advertencias desde la tierra de la libertad

Felicity D. Scott1 

1 Director, PhD program in Architecture Co-director, MSC CCCP. Graduate School of Architecture, Planning and Preservation, Columbia University, New York, USA. fs2248@columbia.edu

Resumen

En esta entrevista, Felicity D. Scott argumenta que en lugar de libertad, deberíamos hablar de libertades. Tomando su libro Outlaw Territories como punto de partida para esta conversación, Scott nos advierte sobre el cinismo o la ambivalencia inherentes a una noción de libertad que, en los EE .UU., ha sido planteada como un argumento central por casi todos: desde los hippies a las corporaciones o incluso desde los desertores a los libertarios.

Palabras clave: libertad; idea; historia; crítica; entrevista

Francisco Díaz: En tu último libro Outlaw Territories: Environments of Insecurity / Architectures of Counterinsurgency (Territorios fuera de la ley: Entornos de inseguridad / Arquitecturas de contrainsurgencia), al igual que en los anteriores, vemos un análisis exhaustivo de varios episodios en los que se ha planteado la noción de libertad dentro de la arquitectura. Sin embargo, lo particular de tu investigación es que no sólo te quedas en el argumento, sino que también señalas sus consecuencias - generalmente contradictorias - como si la libertad fuera siempre una moneda de dos caras. Desde ahí, me gustaría que revisáramos algunos de esos episodios.

Podemos empezar con el comentario de Giedion acerca de que el carácter internacional del Crystal Palace en Londres surgió del principio de libre comercio. Tú señalas que Giedion «no habló de las contradicciones en juego entre lo que identificó como el ‘impulso de dominar los recursos naturales y extraer toda su riqueza’ y la esperanza idealista del Príncipe Consorte Albert de que el Crystal Palace pudiera ‘unir a la raza humana’» (Scott, 2016:59). Vale la pena recordar que, en 1851, la libertad de comercio se basaba en un orden colonial; es decir, surgía de la falta de libertad de la mayoría del planeta.

Figura 1 Felicity D. Scott. Outlaw Territories. Environments of Insecurity / Architectures of Counterinsurgency. New York: Zone Books, 2016. Portada 

Felicity D. Scott: Gracias por una excelente pregunta, que apunta directo al corazón del tipo de cinismo y ambivalencia - o incluso desplazamientos semánticos, retrocesos y confusiones - que intento elucidar al abordar estas referencias un tanto pasajeras al Crystal Palace de 1851 que encontré entre los escritos sobre la sede de la Fundación Ford, que data de finales de los años sesenta. Lo que está en juego, para mí, es no sólo identificar las paradójicas afirmaciones que operan en las nociones liberales de libertad, aunque esto sea absolutamente clave, en particular, debido a las formas en que - como observas - la reivindicación del ‘libre comercio’ estuvo (y pueden seguir estando) estructuralmente relacionada a formas violentas de subyugación, ya sea en la época victoriana, a fines de la década de los sesenta o incluso en la actualidad. Además, estoy tratando de rastrear algunas de las formas en que esas estrategias políticas se organizan a través de mandatos tecnocráticos y afirmaciones de paradigmas económicos racionales mientras en paralelo apelan al lenguaje de la libertad y la humanidad global. Esta retórica también aparece reiteradamente en los reportes de la sede de la Fundación Ford y podría alertarnos de que algo sospechoso está ocurriendo o incluso ayudarnos a identificar elementos de un aparato neocolonial que busca instalar nuevas técnicas para restringir libertades que afectan la vida de gran parte de la población del planeta. Por ende, en la frase que citas, estoy señalando la referencia sintomática de Giedion al vínculo entre los procesos extractivos - durante mucho tiempo ligados a la violencia de la expansión colonial y la explotación de recursos y poblaciones - y las afirmaciones de una humanidad universal que parece hablar el idioma de la bondad. Sacada de contexto, podría parecer que estoy considerando como un elemento positivo el idealismo del Príncipe Consorte Albert respecto de una humanidad unificada, en contraste con los problemas evidentes de explotar recursos que le pertenecen a otros.

Pero lo que me interesaba recuperar era el hecho sintomático de que Giedion reunió las prácticas de extracción y el libre comercio en su lectura del Crystal Palace.

Fuente: J. Mc Neven

Figura 2 Vista interior del Crystal Palace durante la Gran Exposición de Londres de 1851. 

Fuente: © Diana Friedman CC-BY-SA-4.0

Figura 3 Sede de la Fundación Ford. Kevin Roche, New York, 1968. 

Para mí, esta también era una forma de enmarcar una apuesta metodológica. Quería empujar la lectura de Giedion y especular sobre por qué el Crystal Palace resurgió como un referente para la sede de la Fundación Ford, como ocurrió en una crítica de Ada Louise Huxtable.

Estaba usando la familiaridad de la narrativa canónica de Giedion para desestabilizar el marco crítico con el que los críticos e historiadores de la arquitectura abordan convencionalmente esa ‘obra’ y proponerla como componente de una estrategia imperial o, en el caso de Ford, de una maquinaria neoimperial de gobierno.

Huxtable sugirió que la Fundación Ford se había construido para sí misma un «reluciente palacio de cristal (Crystal Palace)», celebrando tal patrocinio corporativo al considerar a la Fundación como un Medici del siglo XX e intentando vincular el edificio a «un entorno humanista en lugar de económico». Como señalaba, una referencia más acertada que la de los Medici sería, de hecho, la conexión del Crystal Palace con el imperialismo británico durante el período victoriano, lo que sugiere no sólo un entorno económico, sino uno que reorganizó violentamente las formas de vida. Es en ese punto que vuelvo a Giedion y le recuerdo al lector su influyente narrativa sobre el origen de la arquitectura moderna, en la que el Crystal Palace se destaca como un hito dentro de la historia de las heroicas estructuras de acero y vidrio que surgen de la lógica ingenieril del siglo XIX. Enfocada en los materiales industriales, los sistemas ‘racionales’ de prefabricación y producción en masa, así como los efectos estéticos, su lectura de la modernidad del Crystal Palace, o las figuras retóricas que despliega, persisten en la mayoría de los relatos sobre arquitectura moderna, al menos tal como se enseña en las escuelas de arquitectura. Quería desublimar estratégicamente esas referencias poco citadas al libre comercio y al liberalismo que también se encuentran en los escritos de Giedion, pero que se desprenden en gran medida de relatos posteriores, incluyendo el tipo de preguntas que predominan en otras historias (no arquitectónicas) y que trazan una conexión con la violencia de un orden imperial. Como ejemplo, cito la lectura de Paul Young de la Gran Exposición, que sitúa al Crystal Palace como una «validación del nuevo orden mundial del libre comercio», vinculándolo a las lógicas explotadoras, coercitivas y violentas del capital global soñadas por el imperialismo británico, nuevamente bajo el lenguaje agradable de una «humanidad gloriosa» que se reúne en un nuevo orden mundial.

Desde la perspectiva de la historia de la arquitectura, mi interés no era sólo identificar la manera sintomática en que la narrativa de Giedion en Espacio, Tiempo y Arquitectura estaba permeada por el liberalismo económico, sino insinuar la importancia de poner atención a las dimensiones económicas y geopolíticas que informan a un edificio como el diseñado por Kevin Roche para la Fundación Ford, ampliando los relatos acerca de sus proezas técnicas y estéticas, su acondicionamiento ambiental y su carácter supuestamente humanista. Si la sede de la Fundación Ford pudiese apuntar a una continuidad con el Crystal Palace, lo importante es preguntarse por qué su carácter material, técnico y estético resuena con esa arqueología institucionalizada a través de dichas narrativas y complejiza las formas en que esas preocupaciones pueden enmascarar la explotación económica y ambiental, y las jerarquías estructurales diseñadas por Estados y corporaciones poderosas para perpetuar su poder. Así que quise hablar de la violencia estructural al servicio de la cual opera el edificio. Cuando señalo el comentario de Giedion sobre la «esperanza idealista» del Príncipe Albert no estoy sugiriendo que ese idealismo fuera menos pernicioso que la violencia inducida en entornos y poblaciones a través de la extracción de recursos en nombre de la riqueza industrial de aquellos en el Norte global, sino que era parte del mismo aparato colonial, uno que debería aparecer en nuestra lectura de la sede de la Fundación Ford.

De hecho, el propio programa del edificio está históricamente ligado a la caída de un antiguo modelo de imperialismo europeo y al surgimiento - a raíz de las luchas por la independencia y la ‘descolonización’ - de una empresa neoimperialista impulsada por Estados Unidos que promete paz y prosperidad para la humanidad a través de la promoción del desarrollo y la gestión de recursos, mientras continúa sirviendo los intereses de aquellas naciones y corporaciones en el poder. El idealismo, como se señala repetidamente en Outlaw Territories, puede ser peligroso. Por lo tanto, estás en lo correcto al decir que lo que está en juego es la falta de libertad perpetuada por los paradigmas del libre comercio, incluso en contextos ‘poscoloniales’ que tienden a experimentar los efectos de las fuerzas neoliberales y neoimperiales de formas que son continuas y discontinuas con ese pasado colonial.

FD: Otro episodio interesante es el movimiento Open Land (tierra abierta). Fue «a la vez un manifiesto para liberar la tierra o cederla (devolverla) a los bienes comunes y una invitación a participar en la puesta a prueba de los límites de tolerancia de la policía y el sistema legal» (Scott, 2016:77), mientras intentaba ceder «los derechos de propiedad a una administración comunitaria bastante indefinida y hacer que la tierra estuviese disponible de forma gratuita para quien quisiera usarla» (Scott, 2016:73). También mencionas muchos otros intentos por ‘liberar’ la tierra para su uso común. Sin embargo, la mayoría de ellos se enfrentaron a una reacción desproporcionada de la policía, como si discutir la noción de propiedad privada - incluso con la intención de liberar las cosas - fuese una herejía.

FS: Es correcto señalar que dentro de mi lectura de las comunas de Open Land hay en juego nociones de libertad concurrentes o contradictorias y trato de delinear estas nociones contrapuestas y los valores políticos asociados (o potencialmente asociados) a cada una, mientras también trazo su interacción. Si bien no había considerado la ‘libertad’ o las afirmaciones concurrentes o derechamente distintas sobre libertades (ya que aquí debemos pluralizar el término) como una temática central en Outlaw Territories, es interesante revisar la problemática del libro a través de este lente, pues ayuda a trazar ciertas conexiones.

En el caso de las comunas de Open Land, el ideal de liberar el suelo es un gesto que intenta liberarlo del Estado o el aparato de gobierno - un gesto que sueña con la posibilidad de demarcar un territorio libre de las reglas y regulaciones que los comuneros creían que restringían excesivamente o incluso determinaban formas de vida y configuraban adversamente el medio ambiente - y, a la vez, un intento por desanclar el suelo de las fuerzas del capital, de ahí la importancia para ellos de hacer que el suelo sea gratuito y no esté sujeto a las leyes que regulan la propiedad privada. Por lo tanto, no nos enfrentamos a la afirmación de que el libre comercio o un orden económico global está operando en beneficio de la humanidad, operando fuera del marco de los Estados-nación, sino en medio de demandas en las que tanto las fuerzas capitalistas o del mercado y la regulación de gobierno - las formas en que se supone que un gobierno debe cuidar el bienestar de sus ciudadanos y su riqueza - están siendo rechazadas.

Esto también plantea una anomalía muy interesante con respecto al neoliberalismo. Estoy pensando en la lectura de Michel Feher del surgimiento del neoliberalismo y la batalla de los defensores del libre mercado contra la economía keynesiana. Al recordar las conferencias de 1979 de Michel Foucault sobre el neoliberalismo, escribe: «Las doctrinas de Mont Pelerin ponen fin al laissez-faire de una vez por todas al demostrar que la restauración del orden liberal no consistía en sacar al Estado de la vida de las personas, sino en lograr que los funcionarios públicos gobernaran para el interés del mercado. De hecho, para ellos, un buen gobierno no estaba destinado a abstenerse de invadir las libertades civiles y, ciertamente, no debía proteger a los gobernados de los peligros y la dureza del modo de producción capitalista: en lugar de proteger a los sectores más frágiles de la población contra la violencia inherente a la competencia en el mercado, debe asumir la tarea de preservar los frágiles mecanismos del mercado de la impaciencia de la multitud y su explotación por parte de los demagogos» (Feher, 2018:14). Sé que puede parecer extraño traer un punto así aquí, pero trato de mostrar la conexión con el pensamiento libertario que informó los intentos de los comuneros de Open Land por deshacerse del control estatal y también el reclamo más radical de poder escapar del mercado sin apelar a la lucha de clases o los ideales comunistas, sino simplemente a través de la retirada y el sueño de revertir las subdivisiones para restaurar algo así como un bien común. A la luz de esto podemos ver por qué el Estado reaccionaría con tanta fuerza hacia ambos extremos de su intento por ‘liberar’ espacio o territorio, ya que intentaban liberarse no sólo de un aparato administrativo, sino también del capital y en un momento en que el Estado se abocaba a abordar las vicisitudes de los mecanismos del mercado.

Otro objetivo a lo largo del libro era rastrear la forma en que los libertarios, como Stewart Brand, movilizaron el lenguaje de la libertad de las regulaciones de una manera tal que parecía estar alineada con la libertad de las restricciones y normas sociales que buscaba la cultura hippie y la contracultura estadounidense, pero que era diferente y llegó a ser reevaluada a través de la gestión empresarial y pro-capital de Brand. La recuperación de la historia de Open Land estaba basada, en primer lugar, en tratar de comprender su crítica particular, bastante perspicaz y radical, del sistema capitalista, su infraestructura técnica y su aparato de gobierno, junto con identificar las limitaciones derivadas de este idealismo, particularmente una ceguera frente a la política del indigenismo, las formas de inequidad y el racismo. Sin embargo, en segunda instancia, quería recuperar el momento en que este idealismo y su ética distintivamente estadounidense se cruza con las voces del Sur global y aquellas que operaban en solidaridad política con ellas, lo que hago al leer la transposición que Stewart Brand hizo de ese espíritu y su teatralidad a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano de 1972, también conocida como la Conferencia de Estocolmo. Ese es el tema del capítulo justo después del de Open Land. Aquí, esa ceguera se vuelven aún más evidente, al igual que la forma en que fue puesta al servicio de los intereses económicos y políticos estadounidenses.

Figura 4 Hippies en Wheeler Ranch, c. 1970. Bob Fitch Photographic Archive, © Stanford University Libraries. Publicada en: Felicity Scott. Outlaw Territories. Environments of Insecurity / Architectures of Counterinsurgency, 92. 

FD: También has investigado sobre «el rechazo al trabajo», que no es un llamado banal a la pereza, sino una demanda política que busca desafiar al sistema al no hacer lo que se espera que haga el sujeto. Citas a Peter Rabbit, quien dice: «estamos dedicados a no ser empleados, a ser verdaderamente empleados por nosotros mismos en la creación de las cosas. Hemos encontrado la libertad en la acción, la libertad en la creación de las cosas» (Scott, 2007:174). Esto es libertad en otro registro, más cercano a la emancipación. Sin embargo, es difícil evaluar los resultados de estos movimientos, ya que no lograron sobrevivir o se integraron silenciosamente en el sistema.

FS: Este punto plantea preguntas como ‘¿emancipación de qué?’ y ‘¿emancipación para quién?’. No es que la respuesta pueda encontrarse en singular tampoco. Mi objetivo no era evaluar los resultados de estos gestos en el sentido de preguntar si tuvieron éxito, si fracasaron, sobrevivieron o se integraron en el sistema. Las narrativas del declive son demasiado frecuentes en la literatura sobre la contracultura estadounidense, como si hubieran buscado implementar, sin éxito, un conjunto práctico de aspiraciones sociales y políticas. Sin embargo, me interesa rastrear y pensar en las vidas de estos movimientos de los años sesenta y setenta. En cierto modo, el interés contemporáneo por recuperar estas prácticas reside en las formas en que las luchas actuales a menudo resuenan o se alejan de las de ese momento. Trato de entender cómo podemos concebir modos de participación que operen con una precisión similar (aunque con menos idealismo) en su lectura del surgimiento o las transformaciones de las técnicas contemporáneas de poder, ya sea tomando la forma de estrategias de intervención o modos comprometidos de retirada. En términos de la evolución, o de episodios subsecuentes en los que se pueden identificar rastros de un espíritu similar o sus legados, quizás sea importante decir que en el momento de escribir Architecture or Techno-utopia (Arquitectura o Tecnoutopía) hubo un par de trayectorias que me fascinaron y que continúan haciéndolo.

Primero, como mencionaba anteriormente, la institucionalización e instrumentalización de comunidades y tecnologías alternativas a través de la agenda empresarial de Stewart Brand, que para 1972 estaba alineada con una agenda pro-capitalista libertaria que finalmente evolucionó hacia su patrocinio de la colonización espacial. En algunos aspectos, esta es la historia de lo que llaman la integración silenciosa de estos movimientos en el sistema y, como sabemos, muchos hippies se convirtieron en emprendedores y empresarios muy exitosos. En algunos casos, sin embargo, podríamos leer que la integración de ciertas preocupaciones, como la relacionada con el medio ambiente, ha sembrado las semillas de cambios potencialmente importantes en la política y la opinión pública. Este es un hilo que trazo en Outlaw Territories, aunque centrado no sólo en el contexto estadounidense, sino en el encuentro de dichos ideales con la política que surge de las voces y las estrategias neoimperiales que operan en el Sur global.

En segundo lugar, como es evidente en las coordenadas teóricas de ambos libros, me interesan las maneras en que la búsqueda de formas de vida no normativas y la concepción de un rechazo al trabajo se desarrollaron en la obra de Michel Foucault y, quizás de manera más prominente, en la política radical de la izquierda extraparlamentaria italiana, el Movimiento de Autonomía, para quienes la negativa al trabajo y los reclamos de autonomía política y económica se convirtieron en estrategias centrales. Ambos eran muy conscientes de las acciones y el espíritu de la contracultura estadounidense, incluso si lo que tomaron de ellos estaba lejos de ser similar en carácter. En otras palabras, puede haber muchas trayectorias a lo largo de las cuales se produce esta evolución o transformación y se verían bastante distintas.

También debo agregar que otros, como el artista sueco Love Enqvist, han documentado las formas en que sobrevivieron los ideales y comunidades contraculturales no sólo en los Estados Unidos, sino también en el sur de Asia, América Latina y otros lugares. Puedes ver esto en su libro Diggers and Dreamers de 2009. La persistencia y el surgimiento posterior de agendas similares desmienten la idea de que el movimiento simplemente se extinguió.

FD: Al analizar las relaciones de poder en la Conferencia de ONU-Hábitat de 1976 en Vancouver citas a Foucault cuando dice que «las relaciones de poder se fijan de tal manera que son perpetuamente asimétricas». Luego, agregas que «en principio, las formas liberales de gobierno ayudan a minimizar esta última al abrir a la lucha creativa las jerarquías fijas, facilitando un grado de libertad para decisiones éticas, haciendo que las relaciones de poder sean reversibles» (Scott, 2016: 230). Es curioso que digas «en principio», como si ‘en la práctica’ o ‘en realidad’ las cosas no funcionaran como se espera.

FS: En muchos sentidos, la respuesta a esta pregunta nos devuelve a las formas en que el lenguaje de la bondad política puede enmascarar las formas de explotación en curso. Aquí también encontramos demandas por democracia o por la ‘libertad’ inherente a las formas liberales de democracia, que buscan perpetuar las antiguas jerarquías nacidas del régimen colonial, aún si hoy aparecen y operan de manera muy distinta, y se puede leer que incluyen una gama más amplia de actores. El contexto es una sección del libro que aborda el creciente poder del Grupo de los 77 y los países no alineados como un bloque de votación en las Naciones Unidas y algunas de las formas en que Estados Unidos respondió estratégicamente para contenerlos. Pero mi punto aquí no es simplemente melancólico, sino un intento por identificar potenciales políticos y un futuro que sigue siendo inherente a esas luchas que operan en campos de batalla inestables. De ahí mi afinidad con Foucault y también con los teóricos de la democracia radical que insisten en las inestabilidades inherentes a las formas liberales de gobierno y, por ende, la reversibilidad potencial de las relaciones de poder. Entonces, cuando invoco a Foucault respecto a los «juegos estratégicos entre libertades», no se trata de negar las estructuras continuas de represión y los sistemas de dominación en curso, sino de rechazar la idea de que no se pueden superar, resolver o transformar. Quiero sugerir que, en principio, y en las manos adecuadas, las estrategias creativas pueden dar lugar a nuevos potenciales éticos y políticos, pueden aumentar los grados de libertad y abrir espacios para formas de vida más justas. Pero debo subrayar aquí que no me interesa presentarme como una teórica política o una teórica de la economía política, sino como una historiadora y teórica de la arquitectura que se relaciona con conceptos teóricos y políticos, incluida la obra de Foucault de los años setenta que lidia con el neoliberalismo. Estos conceptos son fundamentales para mi comprensión de cómo la arquitectura se involucra con (y contribuye a) técnicas emergentes de poder que operan dentro de un paradigma económico y un aparato de gobierno en rápida transformación, que siempre es un aparato de poder.

También me refiero aquí a los debates sobre las ‘formas existentes’ de democracia presentes en la teorización posestructuralista y feminista de

la democracia radical y su reconocimiento de la importancia de reclamar derechos. Como argumentó Rosalyn Deutsche hace décadas, en un texto que sigue siendo un punto de referencia importante para estos debates dentro del campo del arte y la historia urbana, no se puede celebrar tan cándidamente el «triunfo de la democracia» después de tantas dictaduras y del «socialismo estatal estilo soviético». En diálogo con Nancy Fraser, Chantal Mouffe, Claude Lefort y otros, escribe: «Las voces poderosas en Estados Unidos a menudo convierten la ‘libertad’ y la ‘igualdad’ en slogans bajo los cuales las democracias liberales de los países capitalistas avanzados se presentan como sistemas sociales ejemplares, como el único modelo político para las sociedades que salen de las dictaduras y los socialismos reales. Sin embargo, la escalada implacable de la desigualdad económica en las democracias occidentales desde finales de los años setenta - con Estados Unidos a la cabeza - el crecimiento del poder corporativo y los feroces ataques a los derechos de grupos de personas prescindibles, revelan los peligros de adoptar una actitud celebratoria» (Deutsche, 1996:271-272). Luego cita los argumentos claramente posestructuralistas de Claude Lefort respecto de que «lo importante es que la democracia se instituye y sustenta mediante la disolución de los indicadores de certeza» y que «la esencia de los derechos democráticos es que sean declarados, no sólo poseídos» (Deutsche, 1996:273).

Una respuesta más breve a tu pregunta podría ser que yo también quiero poner de relieve los potenciales inherentes a las formas liberales de gobierno, actualmente el paradigma dominante en la mayor parte del mundo (aunque cada vez más en riesgo), mientras reconozco que no se puede considerar a ninguno de estos aparatos de gobierno a través de principios abstractos, sino que deben ser entendidos en su especificidad y deben ser situados tanto históricamente como dentro de un campo más amplio de lucha política. Entonces, si mantenemos la esperanza de forjar nuevas aperturas políticas que, en palabras de Foucault, aumenten los grados de libertad y minimicen los estados de dominación, entonces debemos poner atención a la imposibilidad de forjar esos espacios sin entender sus complejos entramados. Aquí hay una lección en relación a la arquitectura. Uno no puede diseñar una arquitectura de libertad; uno tiene que situar a la arquitectura dentro de un campo de batalla en el que mantiene una relación consciente respecto de su posición dentro de los sistemas jerárquicos de poder.

FD: Con respecto a la participación de la OLP en la Conferencia de la ONU-Hábitat de 1976, afirmas que este foro no sólo permitió «la proximidad improbable de una organización de liberación nacional y los hippies», sino que además «la narrativa del desarrollo, la agenda tecnocrática y la retórica del asentamiento humano en Hábitat» fueron perturbadas por la cuestión palestina (Scott, 2016: 231). Claramente la agenda tecnocrática no está muy dispuesta a aceptar reivindicaciones emancipatorias. Más tarde, sin embargo, indicas que, al final, «todos los movimientos de liberación son descritos por sus opresores como terroristas» (Scott, 2016: 426). Parece que al enfrentar el problema de la emancipación política, los actores en el poder inicialmente despliegan una retórica tecnocrática, indiferente y apolítica, y cuando esa estrategia no funciona se cambian al discurso de «nosotros versus ellos».

FS: En los casos de estudio o eventos en los que me centro, en particular las «conferencias mundiales» de las Naciones Unidas de los años setenta (que surgieron principalmente en relación a un orden mundial que se estaba reconfigurando rápidamente a raíz de las luchas por la independencia que amenazaban el acceso de las potencias del norte a los recursos en el Sur global), creo que es cierto que las agendas tecnocráticas emergen como sustitutos más aceptables de la estrategia política real y que habitualmente resisten a las demandas radicales o emancipatorias. Por lo tanto, encontramos repetidas afirmaciones respecto a servir a una humanidad abstracta, de cierta manera más allá del marco político de los Estados nacionales, y la idealización de una política planetaria promovida por los Estados dominantes y que busca consensos. Sin embargo, las normas y estrategias tecnocráticas tienen límites de viabilidad retórica y tienden a cambiar para demonizar - o abiertamente politizar - cuando son persistentemente amenazadas. No creo que podamos decir que esta dinámica es la única que afecta el resultado de los movimientos emancipadores pero, en el caso de la causa palestina, creo que podemos verla como una de las muchas tendencias que excluye otras posibilidades y oportunidades políticas y, por ende, contribuye a la escalada de la violencia. Es demasiado fácil decir: «mira, estamos entregando a la humanidad técnicas de vivienda a bajo costo, así que no agites las aguas, que vas a dejar a las personas sin hogar», como una forma de desviar la atención y los recursos y, así, evitar encarar las violentas formas de saqueo en curso. Entonces, sí, creo que sí afecta el resultado, aunque no de una manera lineal.

FD: Hablando de vivienda a bajo costo, en los años setenta el arquitecto inglés John F.C. Turner se convirtió en un referente para muchos arquitectos comprometidos con temas ‘sociales’. Su trabajo en las barriadas peruanas y su libro Libertad para construir (Turner, 1972) tuvieron una gran influencia pues mostraba un enfoque distinto hacia la pobreza: aprender de e integrar al usuario en el proceso por medio de la participación. Sin embargo, tú cuestionas su enfoque cuando dices: «El que la gente ‘se ayudara a sí misma’ no sólo confirmó que había una gran cantidad de recursos laborales a la espera de ser aprovechados por el capital global, sino que también señaló que la responsabilidad de la vivienda y otros servicios podía pasar del capitalista al trabajador. Los estándares podían reducirse y aumentar la rentabilidad» (Scott, 2016: 242). ¿Puedes profundizar un poco más en esta crítica?

FS: La historia de John F.C. Turner es, en varias formas, un doble extraño o inverso de las operaciones mucho más cínicas de Stewart Brand y que también aparece en el libro como una advertencia, una historia sobre cómo las prácticas alternativas pueden ser instrumentalizadas por - y en nombre de - el capital y los que están en el poder. Mi intención al destacar a Turner no es refutar el espíritu bienintencionado y habitualmente beneficioso de las técnicas en curso en su temprana relación con las barriadas en Perú y las estrategias para dar vivienda a los ‘pobres’ también en otros contextos. Más bien, trato de rastrear la forma en que el ‘sitio y servicios’, el ‘hágalo usted mismo’ y otros paradigmas de muy bajo costo se convirtieron en armas en manos del Banco Mundial debido a las cínicas lógicas económicas a las que también podían servir y llegaron a ser una herramienta desplegada dentro de un paradigma de desarrollo cada vez más omnipresente que transformó de manera tan radical, y a menudo violenta, las formas de vida en América Latina, Asia, África y otros lugares. Si reconocemos que el trabajo de Turner estuvo durante mucho tiempo ligado a instituciones de ayuda y participó en el auge de la cultura de las ONG dentro del llamado Tercer Mundo, entonces podemos empezar a hacer preguntas sobre el momento, en la primera mitad de la década de los setenta, en que el Banco Mundial dejó de ver a la vivienda y la vida social como actividades marginales y las reconoció como claves para el desarrollo económico. Este es el momento en que la vivienda se unió a la agricultura, la infraestructura, la industria y otros motores más abiertamente económicos como un espacio de integración global. Como comento en los dos capítulos dedicados a Hábitat: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Asentamientos Humanos, que tuvo lugar en Vancouver, Canadá, en 1976, los arquitectos se empezaron a fascinar con los asentamientos ilegales y la informalidad, algo que trato de entender y problematizar en relación a la narrativa heroica de la arquitectura moderna como proveedora de viviendas de bajo costo para los trabajadores.

FD: Otro de tus blancos es Buckminster Fuller y su ambigua noción de libertad. Como dices, «Con un sueño de libertad basado en la superación de los problemáticos códigos legales y normativas (mientras él se beneficiaba personalmente de las leyes de propiedad intelectual), el libertarianismo de Fuller atraía por igual tanto a la contracultura como al conservadurismo político» (Scott, 2016: 248). Aún así, las ideas de Fuller fueron muy influyentes. ¿Cómo se puede explicar esto? ¿Estará relacionado con la ambivalente noción norteamericana de libertad?

FS: Me fascina el arrastre que consiguió la ideología libertaria pro-capitalista, procorporación multinacional y característicamente estadounidense de Fuller, particularmente entre aquellos que se consideraban parte de la izquierda política o al menos socialmente radicales. Realmente no puedo explicarlo, pero intento trazar sus contornos, incluidas las formas en que el paradigma de Fuller estaba estrechamente alineado con el emergente aparato sociotécnico, económico y político que al tratar de gestionar y regular poblaciones y entornos sirve para controlar los grados de libertad, aunque sea menos evidente que el confinamiento físico, las dictaduras, etc. Y creo que mucho de esto tuvo que ver con la habilidad mediática de Fuller, no muy distinta de la capacidad de capturar la atención de los medios a la que ahora estamos tan familiarizados, dado nuestro actual presidente aquí en los Estados Unidos. Creo que tienes razón en que la naturaleza seductora del lenguaje de la libertad, ya sea en los ideales de libre mercado o en las demandas por garantizar la libertad individual de elegir, ayuda a impulsar el atractivo generalizado y duradero de figuras como Fuller. Mi interés, debo agregar, fue identificar los momentos en que las diferentes nociones de libertad (económica, política, espacial, social) se colapsan o combinan involuntariamente o a sabiendas, mientras insisten en su posible diferenciación. Mi esperanza, como historiadora, es que al marcar más a fondo estas distinciones y contornos, y al cuestionar esos momentos de falta de distinción o acoplamiento que sirven para cerrar los potenciales políticos más liberadores, se pueda ayudar a otros a identificar las trampas de las generaciones anteriores y, a su vez, ayudar a concebir o a planear estrategias para abrir posibilidades más radicales y nuevos espacios políticos. No sólo en un sentido instrumental - no estoy tratando de escribir un nuevo Manual operativo de la nave espacial Tierra, para citar sólo uno de los libros más vendidos de Fuller en la década de 1960 - sino entregando un mapa del campo minado de forma tal que múltiples estrategias puedan proliferar y ser puestas a prueba, incluidas aquellas provenientes de otras epistemologías y culturas o discursos que nunca podría concebir de antemano.

FD: Ya que trajiste al actual presidente de EE.UU. a la discusión, ¿cómo ves la noción de libertad hoy en día? ¿Sigue siendo un concepto viable o se ha convertido en una retórica vacía? ¿Quedan espacios de libertad por conquistar?

FS: Creo que en las intervenciones anteriores he revelado gran parte de mi respuesta a esta pregunta, así que me gustaría señalar otra idea de Foucault que sigue siendo importante para mi pensamiento sobre la libertad. Durante la famosa entrevista publicada como «Space, Knowledge, and Power» (Espacio, conocimiento y poder) Paul Rabinow le preguntó a Foucault si en algún proyecto arquitectónico en particular podían identificarse «fuerzas de liberación o resistencia». Foucault respondió que él «no creía que fuese posible decir que una cosa es de orden ‘liberador’ y otra de orden ‘opresivo’». Citando el campo de concentración como un caso extremo, insistió en que «sin importar lo aterrador que sea un sistema, siempre quedan posibilidades de resistencia, desobediencia y agrupaciones de oposición». Es decir, los potenciales permanecen. Como contrapunto, aclaró que nada era «absolutamente liberador», que la libertad no podía asumirse como automática o asegurada, por ejemplo, por instituciones o leyes. Porque, como argumentaba, «la libertad es una práctica», «la ‘libertad’ es algo que debe ejercerse» (Foucault, 1994:354). Esta era, por supuesto, la declaración de una posición ética, no una mera expresión de ingenuidad ni una incapacidad para reconocer la magnitud o la violencia de las fuerzas opresivas. Así que seguiría pidiendo cautela al encontrarnos con la retórica o el concepto de libertad, pero no renunciaría a ella. Quiero recordar que, para Foucault, además de su insistencia en que la libertad era una práctica y no una cualidad dada, el espacio seguía siendo relevante. «Los hombres han soñado con máquinas liberadoras», recordaba, «pero, por definición, no hay máquinas de libertad», agregando que «esto no quiere decir que el ejercicio de la libertad sea totalmente indiferente a la distribución espacial» (Foucault, 1994:356). Espero que aún se pueda practicar la libertad, incluso que persista el potencial de diseñar espacios más propicios para la libertad, pero no estoy del todo segura de cómo se verían hoy. Esa es una tarea para los arquitectos, expertos en cómo el espacio o la distribución espacial puede reconfigurarse o repensarse.

Referencias

DEUTSCHE, Rosalyn. «Agoraphobia» in Evictions: Art and Spatial Politics (Cambridge: MIT Press, 1996), 271-272. [ Links ]

FEHER, Michel. Rated Agency: Investee Politics in a Speculative Age (New York: Zone Books, 2018), 14. [ Links ]

FOUCAULT, Michel. «Space, Knowledge, and Power» in Michel Foucault: Power, (Essential Works of Foucault, 1954-1984), ed. James D. Faubion (New York: The New Press, 1994). [ Links ]

SCOTT, Felicity D. Architecture or techno-utopia: politics after modernism (Cambridge, Mass.: MIT Press, 2007). [ Links ]

SCOTT, Felicity D. Outlaw territories: environments of insecurity/architectures of counterinsurgency (New York: Zone Books , 2016). [ Links ]

TURNER, John F. C. Freedom to build; dweller control of the housing process (New York: Macmillan, 1972). [ Links ]

* Felicity Scott Arquitecta y profesora en GSAPP, Columbia University, Nueva York, donde también dirige el programa de Ph.D. en Arquitectura y codirige el máster en Critical, Curatorial and Conceptual Practices in Architecture (CCCP). Además de numerosos artículos, ha publicado Architecture or Techno-Utopia: Politics After Modernism (MIT Press, 2007), Outlaw Territories: Environments of Insecurity/Architectures of Counter-Insurgency (Zone Books, 2016) y Disorientations: Bernard Rudofsky in the Empire of Signs (Sternberg Press, 2016).

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