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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.101 Santiago abr. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962019000100146 

Opinión

Liberalismos

Agustín Squella1 

1Profesor, Universidad de Valparaíso, Chile. asquella@vtr.net

Resumen:

Las ciudades no sólo son el lugar donde nos encontramos con la diferencia, sino también el lugar que permite el intercambio (de bienes, conocimientos o trabajo). Ambas condiciones han sido claves para el proyecto liberal de propagar la razón y reducir el esoterismo. Desde mediados del siglo pasado, sin embargo, el ideal de libertad se igualó al retiro de la ciudad, ya sea en comunidades utópicas, suburbios o incluso en enclaves que tendían a minimizan la fricción, debilitando las virtudes

de la ciudad. A comienzos de este siglo - tras el ataque a las torres gemelas - se instaló otro discurso antiurbano: el miedo a la diferencia y la restricción de las libertades como una forma de proveer seguridad. Así, y con la globalización como telón de fondo, se generalizó un drástico contraste entre la libertad de movimiento de capitales y la restricción a la libertad de movimiento de las personas.

Recientemente, y bajo el argumento de la libertad de expresión, la esfera pública ha sido ocupada por discursos que exacerban aún más el miedo a la diferencia y ponen en duda el modelo de democracia liberal.

Curiosamente, sin embargo, episodios como las promesas de muros (EE.UU.) o de militares en la calle (Brasil) parecen entusiasmar a los defensores del liberalismo económico. Así, si el liberalismo surge de la mano del proyecto ilustrado como una forma de reducir el miedo a lo desconocido por medio del conocimiento y la racionalidad, queremos preguntar: ¿en qué queda el concepto de libertad en un entorno en que se promueven sus restricciones? ¿Cómo explicamos la actual disociación entre el liberalismo político y el económico?

Palabras clave: libertad; ciudad; crítica; procesos; debate

Fuente: Tomás Castelazo / CC -BY-SA -4.0

Figura 1 Muro en la frontera entre Tijuana, México y San Diego, EE.UU. Las cruces representan migrantes muertos en su intento por cruzar. Torre de vigilancia atrás. 

Una manera de ver al liberalismo es como doctrina, es decir, como un conjunto de apreciaciones y planteamientos acerca del mejor tipo de sociedad en que podríamos vivir y de los medios para alcanzarla. Pero no sólo acerca del mejor tipo de sociedad, sino también acerca de las condiciones más favorables para que cada individuo sea libre, autónomo y pueda formar y expresar de mejor manera su personalidad y proyectos de vida. El liberalismo pone el acento en el individuo (mas no por ello niega ni lamenta que vivamos en sociedad) y, al poner el acento en aquel, lo que defiende es la individualidad - no el individualismo y, menos aún, el individualismo egoísta y posesivo que caracteriza a los tiempos que corren.

Como doctrina política, el liberalismo limita el poder del Estado en nombre de derechos que tienen los individuos - unos derechos que algunos liberales consideran naturales, o sea, anteriores y superiores al Estado, mientras que otros los ven como derechos históricos, vale decir, como derechos que ha sido necesario conquistar y a veces hasta arrebatar a quienes se han resistido a considerarlos como prerrogativas universales. Como doctrina ética, el liberalismo postula la autonomía moral de los sujetos para decidir por sí mismos cuál es su idea de una vida buena, buena tanto para sí como para los demás, y de las conductas que es necesario observar para concretarla. Finalmente, como doctrina económica, el liberalismo apoya la libre iniciativa de individuos y organizaciones para emprender actividades económicas lícitas en beneficio de quien o quienes así lo hagan.

Visto de esa manera, el liberalismo es una doctrina compleja, puesto que tiene las tres dimensiones ya señaladas y además es exigente: demanda de sus partidarios, los liberales, que lo asuman en esos mismos tres aspectos. Un liberal pleno - digamos un ‘ full liberal’ - debería hacer suya la doctrina en esas tres dimensiones, aunque en los hechos hay liberales que ponen mayor énfasis en una o dos de ellas. Así, por ejemplo, esa versión del liberalismo que llamamos ‘neoliberalismo’ - sin darle un sentido peyorativo, sino meramente descriptivo - enfatiza la dimensión económica, llevándola incluso a un extremo, y se muestra mucho menos sensible al aspecto político de la doctrina liberal.

Como doctrina política, el liberalismo declara, protege y promueve un conjunto de libertades: libertad de pensamiento, de conciencia, de expresión, de prensa, de movimiento, de reunión, de asociación, de emprendimiento individual o asociado y de actividades lícitas de cualquier tipo. En cuanto a la libertad de movimiento, o sea, a la posibilidad de circular sin trabas por el territorio de un Estado y de entrar y salir de él cuantas veces se quiera, el liberalismo tiene mucho que ver con la posibilidad de llegar a conocer y a apreciar los sitios en que nos encontramos y aquellos a los que queremos ir. Sin libertad de movimiento, sin la posibilidad de desplazarnos libres de interferencias tendríamos un conocimiento muy parcial de la ciudad, de la región, del país y del continente en que nos encontramos. También sabríamos mucho menos del planeta que habitamos y nuestra mirada sobre las cosas y las personas del mundo se vería notablemente empobrecida y, asimismo, quedarían disminuidas las posibilidades de intercambio, colaboración y solidaridad con otros individuos.

Las tres dimensiones del liberalismo antes señaladas constituyen el núcleo de esta doctrina y, según sean los énfasis que se pongan, conducen a la observación de que lo que tenemos en realidad son liberalismos - así, en plural -, los que a su vez pueden ser vistos como ramas del tronco liberal del cual se desprenden o, si se prefiere, como distintos troncos que emergen de una misma raíz liberal. Así, el liberalismo se asemejaría a aquellos árboles cuya raíz da origen a más de un tronco - dos, tres y en ocasiones cuatro, cinco o más -, un fenómeno que es posible apreciar con cierta frecuencia en el mundo vegetal.

Hay diversidad en el liberalismo. Diversidad y, por tanto, riqueza. Ningún liberalismo debería presentarse entonces como ‘el’ liberalismo o el ‘único’ liberalismo. Sin embargo, todos deben responder a la raíz única y común de la cual emergen, sin traicionar ninguna de sus tres dimensiones. Una cosa es enfatizar una o más de esas dimensiones y otra muy distinta prescindir de alguna o algunas de ellas.

Por último - entendiendo que lo que tenemos son liberalismos, no liberalismo -, hoy existe un debate entre los varios liberalismos; por ejemplo, entre el neoliberalismo y el liberalismo igualitario o social. Ya en sus orígenes existieron diferencias entre los propios liberales clásicos; por ejemplo, entre John Stuart Mill y Adam Smith. Equivocado o no, el primero creyó reemplazar con su teoría económica lo que Smith había sostenido en La riqueza de las naciones.

El escenario liberal está abierto y los varios personajes de la obra liberal están allí tratando de captar la atención y las preferencias del público.

* Agustín Squella Abogado, 1973. Doctor en Derecho, Universidad Complutense de Madrid, 1976. Entre 1990 y 1998 fue rector de la Universidad de Valparaíso. En 2009 obtuvo el Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de Chile. Actualmente se desempeña como profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Valparaíso.

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