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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.101 Santiago abr. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962019000100150 

Opinión

Navegando el liberalismo

Lucas Sierra1 

1Subdirector, Centro de Estudios Públicos, Académico, Escuela de Derecho, Universidad de Chile, Santiago, Chile.lsierra@cepchile.cl

Resumen:

Las ciudades no sólo son el lugar donde nos encontramos con la diferencia, sino también el lugar que permite el intercambio (de bienes, conocimientos o trabajo). Ambas condiciones han sido claves para el proyecto liberal de propagar la razón y reducir el esoterismo. Desde mediados del siglo pasado, sin embargo, el ideal de libertad se igualó al retiro de la ciudad, ya sea en comunidades utópicas, suburbios o incluso en enclaves que tendían a minimizan la fricción, debilitando las virtudes de la ciudad. A comienzos de este siglo - tras el ataque a las torres gemelas - se instaló otro discurso antiurbano: el miedo a la diferencia y la restricción de las libertades como una forma de proveer seguridad. Así, y con la globalización como telón de fondo, se generalizó un drástico contraste entre la libertad de movimiento de capitales y la restricción a la libertad de movimiento de las personas.

Recientemente, y bajo el argumento de la libertad de expresión, la esfera pública ha sido ocupada por discursos que exacerban aún más el miedo a la diferencia y ponen en duda el modelo de democracia liberal.

Curiosamente, sin embargo, episodios como las promesas de muros (EE.UU.) o de militares en la calle (Brasil) parecen entusiasmar a los defensores del liberalismo económico. Así, si el liberalismo surge de la mano del proyecto ilustrado como una forma de reducir el miedo a lo desconocido por medio del conocimiento y la racionalidad, queremos preguntar: ¿en qué queda el concepto de libertad en un entorno en que se promueven sus restricciones? ¿Cómo explicamos la actual disociación entre el liberalismo político y el económico?

Palabras clave: libertad; ciudad; crítica; procesos; debate

Fuente: U.S. Customs and Border Protection, Yesica Uvina

Figura 1 Sitio de construcción del muro fronterizo cerca del puerto de entrada de Otay Mesa. En la oportunidad se dieron a conocer ocho prototipos diferentes en la frontera entre Estados Unidos y México. 26 de octubre de 2017. 

Debe haber pocas nociones más difíciles de definir que ‘liberalismo’. La elasticidad de su sentido parece enorme. Hay quienes se denominan liberales clásicos, otros liberales libertarios, liberales igualitaristas, liberales republicanos, liberales progresistas, neoliberales e, incluso, esa especie de oxímoron: liberales socialistas. ‘Liberal’ en Estados Unidos huele a progresismo, mientras que en el Reino Unido - cuna de la muy distinguida Ilustración escocesa - la misma expresión está en las antípodas.

Esto es un problema: a mayor amplitud de un concepto, menor su capacidad denotativa. Mientras más abarca, menos aprieta semánticamente. En lo que sigue, algunas coordenadas que, a mi juicio, sirven para no naufragar en este océano semántico.

Empecemos por la idea de que el liberalismo es parte de esa cosmovisión que se llama modernidad. Y que está íntimamente relacionado con otro elemento clave de ella: el Estado. La idea original de Estado es clásica, pero la nuestra, desde hace unos tres siglos, es moderna. Se trata de una concentración de poder inédita en la historia de la humanidad, que reclama para sí el ejercicio legítimo de la fuerza y que, además, expropia a los individuos la solución de sus diferencias (por eso hoy la autodefensa es excepcionalmente aceptada).

Hay un hilo, entonces, que entrelaza modernidad, Estado y liberalismo. Históricamente, el liberalismo se desarrolló como un modo de proteger a los individuos frente al creciente poder del Estado que Hobbes caracterizó como un Leviatán. La desconfianza original hacia esta formidable concentración de poder político se ha expandido hacia la economía y sus ramificaciones (poder simbólico, cultural, etc.). El liberalismo valora la propiedad privada como una defensa de la individualidad, pero recela de los monopolios y de las posiciones dominantes que facilitan el abuso. En otras palabras, desconfía del poder concentrado.

También es una noción de lo político y, por lo mismo, de lo público. Como las sociedades contemporáneas son extensas y complejas, quienes las habitamos no nos conocemos entre nosotros. Nos une la condición de ciudadanos, pero no mucho más. El liberalismo propone un orden para mediar entre desconocidos. Por eso su énfasis en los procedimientos antes que en los valores o los bienes. Por eso pide al Estado la mayor neutralidad posible frente a los ‘planes de vida’ de las personas. Esto es, la posibilidad de que los individuos desplieguen en la mayor medida su autonomía. ¿Sin límites?

Por supuesto que no. La tarea del liberalismo, como la de cualquier intento por regular relaciones humanas, es establecer límites recíprocos. Por eso el liberalismo, que se originó frente al Estado e intenta resguardar a los individuos de su poder, también necesita del Estado. Porque el Estado, a través de la ley, permite trazar límites de forma general y estable entre esos individuos desconocidos entre sí. ¿En base a qué criterio?

No parece haber un criterio más liberal que el que propuso hace 160 años John Stuart Mill en On Liberty: el “principio del daño”. Según este, sólo es admisible limitar la autonomía de una persona para precaver el daño a un tercero. Si alguien quiere dañarse a sí mismo, la comunidad políticamente organizada como Estado no debe intervenir. Así de simple (y de complejo).

El principio del daño da cuenta, también, de la recién enunciada idea de que el liberalismo es propio de lo público. La posibilidad de aplicarlo a espacios que no son públicos, como las familias o parejas, es limitada. Una excepción es la violencia intrafamiliar, pero esta se justifica por su particular gravedad.

En concordancia con lo anterior, también es difícil expandir la aplicación del principio del daño a la vida privada. Por muy mayor de edad que sea una hija, su alcoholismo voluntario difícilmente será tolerado por su madre y no nos llamaría la atención que ella se esfuerce en rehabilitarla, incluso contra la voluntad de la hija. El liberalismo tiene poco que decir aquí. Distinto es el caso del Estado respecto de un ciudadano alcohólico. Por principio, el Estado no debe comportarse como esa madre.

En síntesis, el liberalismo es moderno, inseparable del también moderno Estado. Su origen es la desconfianza frente al poder político que este concentra. Aunque valora la propiedad privada como resguardo de la individualidad, también desconfía de su concentración: el liberalismo promueve tanto la libertad de expresión como la regulación antimonopolios. Y esto, asimismo, explica su necesidad del Estado y de la ley que este produce. Porque la ley es el vínculo entre extraños, es el modo general y estable de establecer límites recíprocos. Y para dibujar estos límites está el principio del daño.

* Lucas Sierra Abogado, Universidad de Chile, Chile. Master en Derecho, Yale University, EE.UU. Ph.D. en Ciencias Sociales y Políticas, Cambridge University, Inglaterra. Fue integrante de la Comisión Valech y de la Comisión Engel. Miembro del Colegio de Abogados de Chile y árbitro de la Cámara de Comercio de Santiago. Actualmente se desempeña como subdirector del CEP y profesor asociado de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile.

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