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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.103 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962019000300012 

Editorial

Calentamiento social

Francisco Díaz1 

1 Editor revista ARQ, Profesor Asistente, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile

El clima cambió. Hace unos meses, cuando decidimos hacer un número sobre ecología difícilmente pensamos que nos tocaría hacerlo en un país con un ambiente tan enrarecido. De tanto escuchar la palabra sustentabilidad se nos había olvidado reparar en lo más obvio: que el sistema no se sustenta. La primavera chilena de este 2019 reencauzó la conversación y retrotrajo el horizonte a mediados de los años setenta cuando, mientras en Chile se violaban los derechos humanos, la crisis climática surgía como tema de preocupación entre los científicos alrededor del planeta. Como resultado de las manifestaciones, el país se vio obligado a cancelar su rol de anfitrión de la COP25, el evento anual de la ONU donde políticos y expertos se reúnen para discutir medidas para mitigar el cambio climático.

Hace unos meses, cuando publicamos el llamado de este número de ARQ - y siguiendo la analogía cromática de David Harvey (1998) entre el verde del dinero y el de los árboles - establecíamos la asociación entre economía y ecología, esbozando un vínculo causal entre el sistema de desarrollo de los últimos siglos y el cambio climático. Éramos conscientes de la violencia con que los humanos habíamos tratado el planeta. Pero se nos había olvidado la violencia estructural con la que tratamos a nuestros propios compatriotas menos favorecidos.

Hace unos meses, con la certeza que nos daba nuestro precario aparataje de conocimientos y referencias, sabíamos que el planeta no iba a desaparecer por el calentamiento global, sino que sería nuestra especie. Por eso argumentábamos que los más pobres serían las principales víctimas del cambio climático. Pero no éramos conscientes - ni nos habíamos preocupado de serlo - de que, con o sin cambio climático, ellos ya eran víctimas de este sistema.

Hace unos meses nos apenábamos por los incendios en el bosque amazónico en Brasil o en la catedral de Notre Dame en París. Hoy quedamos atónitos tras ver ese fuego quemando edificios y bloqueando calles en las que nos movemos a diario. Pero no nos dábamos cuenta de que la destrucción producida por el fuego es tan violenta como el ambiente en el que viven miles de familias en nuestras mismas ciudades, allá donde no llegan las cámaras y desde donde el humo no se ve.

Ante eso, las revistas son instrumentos lentos. No pueden ni les corresponde responder a la contingencia. Aún así, el contenido de este número de ARQ bien puede ser un espejo que refleje de otra forma lo que está pasando. Por ejemplo, la misma ceguera que tenemos hacia las plantas - como argumenta Rosetta Elkin - es la que teníamos respecto de las injusticias. El mismo desdén hacia las plantas de tratamiento de aguas - en el artículo de Silvia Lavin - es el que mostrábamos hacia la desigualdad económica. Las mismas estrategias químicas que se utilizaban en Estados Unidos para mantener verdes los jardines suburbanos - en el texto de Romy Hecht - son las que se utilizan para mantener el orden público y dispersar manifestantes en las ciudades chilenas (pesticidas en el primer caso, bombas lacrimógenas en el segundo). La misma espectacularidad ineficiente con que el gobierno australiano defiende el gran arrecife de Coral - en la propuesta de Grandeza - es la que ha tenido a Chile sumido por semanas en la incertidumbre. La misma relación con la naturaleza como cantera de materias primas - en el argumento de Booth - es visible en aquellas relaciones laborales que entienden al trabajador como un recurso humano explotable, lo que lleva a la ruptura de la cohesión social. El mismo desarrollo que arrasa los paisajes naturales - en los dibujos de Klaus - es el que también arrasa con la naturaleza humana y lleva a la alienación. Y así sucesivamente.

Esas analogías son posibles porque el estallido social tiene la misma estructura que la catástrofe ecológica: ambos han tenido una cocción lenta que los hacía casi imperceptibles, hasta que finalmente explotan y paralizan la vida cotidiana como la conocemos. Ambos, también, venían anunciándose hace tiempo, dando pequeñas señales que habíamos preferido pasar por alto.

¿Qué puede decir la arquitectura sobre esto? No lo sabemos. Es de esperar que los arquitectos estemos a la altura y no sólo miremos desde la altura, como estábamos acostumbrados. En el debate de una nueva Constitución hay un espacio donde podemos contribuir a repensar nuestra relación con el planeta.

Debemos recordar, sin embargo, que el debate constitucional por sí solo no resuelve el cambio climático. Que hayamos dejado de hablar de su amenaza no lo hace desaparecer. Sigue ahí, avanzando en silencio mientras miramos atónitos el fuego en nuestras ciudades. Y tampoco debemos olvidar que no fueron ni los animales ni los vegetales los que acuñaron conceptos como ecología o economía. Nosotros, los humanos, somos los causantes de todo, lo bueno y lo malo. Fuimos, de hecho, los causantes del calentamiento global. Es de esperar que eso no queme el último cartucho que nos queda: nuestra propia humanidad y sus derechos.

Referencias

HARVEY, David. «What’s Green and Makes the Environment go Round?» En: The Cultures of Globalization. Fredric Jameson & Masao Miyoshi (Eds.). Durham & London: Duke University Press, 1998: 327-355. [ Links ]

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