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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.103 Santiago dic. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962019000300014 

Diálogos

Vida Vegetal

Rosetta S. Elkin1 

Stephannie Fell2 

Francisco Quintana3 

1 Associate Professor of Landscape Architecture, Harvard University’s Graduate School of Design. Faculty Associate at Harvard Arnold Arboretum. Principal of RSE Landscape, USA. rosetta@rse-landscape.com

2 Profesora adjunta, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. sfell1@uc.cl

3 Profesor Asistente, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. fjquinta@uc.cl

Resumen

Las plantas son mucho más que un timbre verde que agregamos a nuestros proyectos: son seres vivos. Pero, ¿las consideramos como tales? En esta entrevista, Rosetta Elkin nos advierte sobre los peligros y malentendidos que conlleva la «ceguera de las plantas», a la vez que nos invita a desafiar los parámetros industriales por los cuales entendemos, diseñamos y trabajamos con la vida vegetal.

Palabras clave: ecología; paisaje; procesos; entrevista; vida

STEPHANNIE FELL, FRANCISCO QUINTANA: Varias veces has dicho que las plantas son motores de la vida humana y que en ellas se intersectan varios roles: productoras de oxígeno y habilitadoras de la vida planetaria temprana, como componentes estructurales para el suelo, tanto física y químicamente, como símbolos culturales que son centrales para las narrativas humanas. Sin embargo, a lo largo de la historia, las plantas se han mantenido en un segundo plano o han sido ignoradas de forma crónica, mientras los asuntos humanos están en primer plano. Para describir esta condición histórica y continua, utilizas el concepto «ceguera de las plantas». ¿Podrías explicar de dónde viene? ¿Cuáles son sus signos, causas e implicancias? Y dado que lo estás poniendo en términos de una condición médica/estética, ¿tiene cura?

ROSETTA S. ELKIN: Buena pregunta. La ceguera hacia las plantas no es algo que yo haya inventado, sino algo que descubrí. A su vez, parece haber crecido y en los últimos cinco años, más o menos, ha aumentado la conciencia. En realidad, recién en la década de 1990, los biólogos y educadores James Wandersee y Elisabeth Schussler acuñaron el término ‘ceguera hacia las plantas’ al observar cómo se les enseñaban las plantas a los niños. Afirman que la ‘ceguera hacia las plantas’ es la incapacidad de ver o notar las plantas en la vida diaria y, por lo tanto, posicionarlas por debajo de otras especies. Esta es una visión muy aristotélica del mundo, donde hay una escalera de vida en la que lo humano está en la cima; por lo tanto, no está aquello que en ecología definimos como un sistema, donde una cosa alimenta a otra, crece y comienza a crear diversidad.

Fuente: © Rosetta S. Elkin

Figura 1 Quercus Suber. La «ceguera de las plantas» es la incapacidad de ver o notar las plantas en la vida diaria. Las plantas han estado en el planeta durante mucho más tiempo y no dependen de los humanos para vivir, sin embargo, la ceguera de las plantas persiste a pesar de nuestra insistencia en elevar el papel de los humanos sobre otras criaturas en los asuntos planetarios. 

Esta área de estudio es muy oportuna porque ahora se habla mucho sobre extinciones, principalmente de animales. Esto ha creado lo que yo llamo un ‘sesgo de criatura’, esencialmente un contrapunto a la ‘ceguera hacia las plantas’, en el que, debido a las criaturas, no podemos ver las plantas. Especialmente ahora, en un momento de crisis debido a la increíble pérdida de megafauna. Pero, de hecho, ese ‘sesgo de criatura’ empieza mucho antes, durante la educación de la primera infancia, como lo demuestran Wandersee y Schussler. Aprendes a ver y nombrar dinosaurios, y los dinosaurios están rodeados de plantas, pero si no fuera por las plantas los dinosaurios no habrían surgido. Si llevamos nuestra educación como diseñadores y nuestra responsabilidad espacial al mundo exterior, ya sea público o privado, en nuestra profesión hemos heredado esta incapacidad para ver las plantas. Es por eso que la inclusión de las plantas podría ayudar a cambiar nuestras prácticas. Realmente es así de simple. Y esto se escala muy rápidamente si analizamos cómo convertimos la planta en una unidad para seguir explotando recursos. Al convertir una planta en una unidad, no necesitamos pensar en el hecho de que está viva. Esto es importante en una educación euroccidental debido a la literatura ecológica. Si nos fijamos en muchas de las descripciones de las plantas y sus hábitos, veremos esta abundancia de términos entre nativo e invasivo: ‘exótico’, ‘introducido’, ‘no nativo’. Todas estas dicotomías representan los extremos del continuo pero no logran capturar el área gris en el medio, donde realmente vivimos.

Fuente: © Rosetta S. Elkin

Figura 2 Instalación Live Matter en el Radcliffe Institute. Las plantas pueden retomar una posición central en un discurso arquitectónico paisajístico. Al situar la materia viva como una serie de experiencias en capas entre el compromiso físico, el material fotográfico y las provocaciones escritas, Live Matter se basa en las tradiciones del tratado científico y las convenciones de exhibición. 

Fuente: © Rosetta S. Elkin

Figura 3 Publicación Live Matter. Live Matter se ocupa de la medida continua del mundo natural, cómo se ha descrito, silenciado y etiquetado la vida de las plantas a lo largo de la historia botánica, para revelar un discurso que se deleita en una actitud de descubrimiento, una que reconoce la vitalidad de las plantas. 

‘Nativo’ y ‘exótico’ son categorías demasiado simplistas y extremadamente descalificadoras. Estos términos nos permiten preferir los entornos huma-nos, la función del hábitat y la extracción de recursos, únicamente para nuestro beneficio. Tan pronto como una planta crece sin intervención humana, esto tien-de a llamarse una especie ‘agresiva’ o ‘invasiva’. Pero, si tenemos plantas que funcionan bien sin nosotros, podríamos alegrarnos como diseñadores. Si celebramos eso, nos hace menos dependientes del mercado de viveros comerciales, pues no tendríamos que comprar plantas cultivadas en un vivero comercial en maceteros de plástico ni pedir cientos de miles de ellas para llevarlas a un sitio donde no queremos que se naturalicen. Queremos que se porten bien para que podamos continuar con los regímenes de manteni-miento que amparan con rigor esa dicotomía ‘exótica versus introducida versus nativa’.

Esto se relaciona con el modernismo en la arquitectura y la arquitectura del paisaje; necesitamos ‘cuidar el detalle’, y eso requiere una gran cantidad de mantención. Perpetúa al ser humano como el primer predictor del medio ambiente y en realidad contradice nuestras aspiraciones ecológicas como diseñadores.

Una de las cosas que les digo a mis alumnos (enseño talleres a escala territorial) es que en la arquitectura del paisaje necesitamos todas las escalas, tal como lo hacemos en la arquitectura. Lo que trato de enseñar es el cambio ecológico y, al hacerlo, me tengo que enfrentar a la tendencia a utilizar técnicas hortícolas para escalas ecológicas. Esa tendencia es exactamente donde entramos en fricción con la sostenibilidad, cuando tenemos que mantener un control estético y formal. Hacemos todo esto blindados con la ‘ceguera hacia las plantas’. Me produce mucha curiosidad saber las consecuencias espaciales si no llevásemos a la práctica esa dicotomía conservadora, formal, descalificadora y simplista. A medida que cambian los patrones de suelo o lluvia, cambia la explotación de los cultivos, las personas se mueven y el agua se llena de nitrógeno de los fertilizantes. Ahí, el arquitecto queda en una posición en la que puede decidir si quiere o no trabajar dentro de esta dicotomía, o bien alentar a que las plantas se desarrollen y crezcan de manera significativa con un poco menos de control.

Fuente: © Rosetta S. Elkin

Figura 4 Tiny Taxonomy, Les Jardins de Métis, Quebec. Tiny Taxonomy clasifica las plantas a través de rasgos compartidos y comunes, derivados de micro características e inventando una taxonomía. El jardín está desempacado y representado para su consideración, ofreciendo 25 especies a la altura de los ojos para ver las pequeñas estructuras que los unen. 

Fuente: © Rosetta S. Elkin

Figura 5 Tiny Taxonomy, Les Jardins de Métis, Quebec. Las plantas del suelo del bosque son algunos de los participantes más discretos y a menudo ignorados de la naturaleza. Su compleja naturaleza se evidencia al proporcionar un inventario parcial de algunos de los agentes más pequeños del ecosistema del bosque boreal y al elevar a estas especies de su posición tradicional bajo los pies. 

Prefiero hablar de ‘vida vegetal’ y no sólo ‘vegetación’, porque trato de alejarme del marco cartográfico objetivado. La palabra ‘vegetación’ proviene de la cartografía, está en una leyenda con un pequeño cuadrado verde. Esa no es la planta viva; es una métrica basada en plantas para tratar de diferenciar la clasificación de la tierra. No tiene nada que ver con la relación con las plantas y la conexión entre la materia viva y la atmósfera. Al decir ‘vida vegetal’ tenemos que decir ‘vida’, y por eso animo a mis estudiantes y clientes a que lo hagan.

Recién en los últimos años esto se trasladó al giro ontológico poshumano/no humano en la academia y en las humanidades. Jane Bennett, que escribió en la década previa, y otros estudiosos tempranos del giro no humano, nunca hablaron de ‘vida vegetal’. Era lo que quedaba fuera. Sólo recientemente las plantas entraron en la conversación. Eso es fantástico, es un gran progreso y comienza a vincularse más directamente con lo que hacemos como arquitectos.

Dicho en simple, las plantas son uno de nuestros principales materiales colaborativos: los suelos con que trabajamos, las plantas con que trabajamos, las atmósferas y los climas con que trabajamos. Somos capaces de entender nuestra falta de control cuando se trata de otras criaturas, pero no entendemos cómo manejar esa dicotomía con la vida vegetal.

SF, FQ: Entonces la idea subyacente es que, para superar esta condición, el conocimiento de la planta no puede ser un proyecto estrictamente humano. En otras palabras, la agencia no debe limitarse a fuerzas o criaturas como animales y humanos, y debería incluir a las plantas. Esto, por supuesto, no sólo cambia nuestra comprensión filosófica de ‘materia vegetal’ o ‘vida vegetal’, sino que también supone una cierta reevaluación de los conceptos, particularmente los que usan los arquitectos, pla-nificadores y agencias gubernamentales, así como el conjunto de criterios que los arquitectos conside-ran al trabajar en proyectos de paisaje. Entonces, y quizás haciendo referencia a su propia experiencia profesional, que es bastante vasta, ¿podrías expli-carnos cuáles son los principales desafíos a este respecto, tanto en términos de vocabulario, las palabras o conceptos elegidos para hablar sobre ciertos fenómenos, por un lado, y las prácticas nor-malizadas que deben repensarse, por el otro?

RE: Hay mucho en esa pregunta, así que la orientaré hacia la práctica. La práctica tiene que cambiar. Tiene que cambiar con los tiempos y actualmente estamos trabajando con detalles y modelos de construcción obsoletos. A menudo la gente dice «la investigación tiene que acelerarse». Pero tal vez, la construcción tiene que bajar su velocidad. Habitualmente, las escalas de tiempo planetarias son mucho más lentas de lo que las hemos acelerado. El capitalismo y la economía del carbono nos empujan hacia un ‘más, mejor, más rápido’, y a creer que de alguna manera la escalabilidad es siempre mejor. A que si un proyecto tiene escalabilidad, es un éxito.

Tú mencionaste la filosofía. Yo hablaría de las humanidades o los pensadores filosóficos dentro de las humanidades. Anna Tsing escribió un artículo sobre la teoría de la no escalabilidad hace quince años. En conversación con Anna, ella dijo: «ustedes, como arquitectos, hacen una cosa mucho más difícil que nosotros. Destacamos los problemas, pero nos detenemos ahí». Los tres sentados aquí hablando tenemos que recoger eso y luego llevarlo al mundo material. Cuando ella habla de la teoría de la no escalabilidad me siento inspirada, porque hay algunas cosas que simplemente no se amplían, y las hemos dejado fuera de nuestros modelos porque son demasiado difíciles de objetivar, dibujar, repetir, compensar, copiar y pegar, etc. Todas nuestras operaciones se desmoronan de inmediato.

Fuente: Florida Memory, State Library, Archives of Florida

plantea importantes preguntas sobre cómo los paisajes móviles e itinerantes pueden provocar un diálogo entre el desarrollo reparado y el riesgo aumentado. 

Fuente: Florida Memory, State Library, Archives of Florida

Figura 7 Robert Rauschenberg Foundation, Captiva Island (1971). El desafío se encuentra en diferentes respuestas a la transformación climática informadas por los aspectos temporales de la condición de barrera, incluidas las capas progresivas de asentamiento humano. 

Las plantas no son escalables. Puedes escalar una ‘unidad’, por lo que debes dividir un árbol en una unidad antes de poder escalarlo. Esta es la base de la silvicultura científica. Pero si realmente miras a la planta que vive y crece, ella no se escala. A veces las plantas se vuelven más pequeñas y más adaptadas, y otras veces más no es mejor cuando se trata de evolución; más grande no es mejor. Por lo tanto, asumir procedimientos de construcción más rápidos a escalas más grandes podría no ser un ‘progreso’, y podría no ser un progreso especialmente en estos tiempos. Si podemos retrasar a nuestros clientes y retrasar nuestros plazos y retrasar ciertas prácticas, y sólo encontrar el punto de control en cualquier proyecto en el que puedas cambiar una de esas escalas, escalas de tiempo o escalas espaciales, entonces creo que estás trabajando dentro de una teoría de la no escalabilidad. Eso me parece muy prometedor.

El mercado de viveros comerciales se construye reduciendo las plantas a unidades, y luego asegurando que compramos especies nativas y usamos plantas predecibles. Si las plantas son impredecibles, agresivas, invasivas o no realizan servicios ecosistémicos, como las tasas de compensación de carbono y de supervivencia, entonces no podemos usarlas. Los servicios ecosistémicos no miden cómo llevamos materiales de los mercados a nuestros proyectos. No estamos calculando cuánto petróleo se usa para hacer crecer los materiales, para asegurarnos de que estén libres de malezas, para alentar las actividades de mantenimiento desde el corte hasta el bisulfato. Si calculas esos costos, no equilibran el CO2 eliminado por el paisaje que estás manteniendo. Los servicios ecosistémicos en realidad comienzan a fomentar un enfoque bastante poco ecológico. Sólo estás ‘plantando’ árboles, no ‘cultivándolos’. Y hay una gran diferencia. Si realmente quieres cultivar árboles a largo plazo, los suelos, las semillas, lo que ya está en el sitio y lo que puedes cultivar son fundamentales. Con esta forma de trabajar surge una estética diferente.

Actualmente estoy trabajando con la Fundación Robert Rauschenberg en su sitio de 8 hectáreas en la isla Captiva, una pequeña isla barrera en la costa del Golfo de Florida. Una isla barrera no tiene suelo. Esto puede ser difícil de imaginar, pero hay aproximadamente tres pulgadas de tierra vegetal antes de tocar la piedra caliza lítica, lo que significa que no hay medio de cultivo. Para abordar esto, puedes importar suelos desde cientos de kilómetros de distancia para colocarlos en una isla barrera arenosa y salada. Sabemos que no podemos hacer eso. También podrías abrir un hoyo para plantar una planta de vivero importada, pero debido a la delgada capa superior del suelo, tendrías que fertilizar con agua en un ciclo continuo con la esperanza de que la planta importada se mantenga. Y una vez que llegue una tormenta o huracán, la planta que has importado será removida de su lugar. Esto lleva a una gran reiteración de negocios porque debes llamar nuevamente al equipo de mantenimiento, llamar de nuevo al vivero comercial y conseguir nuevamente la misma planta para mantener el mismo diseño. En cambio, lo que estamos haciendo es experimentar con la ecología de huecos, haciendo huecos antropogénicos en el bosque de hamacas existente. Por ejemplo, abrir un área al entrar y quitar cuidadosamente una planta que podría ser agresiva, ya sea nativa o no nativa, y luego manejar lo que crece a partir de ahí.

Lo que importa es lo que ocurre ‘bajo’ el suelo, no arriba. Debido a que las plantas más pequeñas tienen las raíces más profundas, estas primeras raíces se mantendrán. Una vez que una planta se aferra a ella, puede florecer y es entonces cuando podemos despejar las plantas a su alrededor y permitir que sea hortícolamente distinta, no diseñada en el vivero. A propósito llamamos a esto ‘gestión adaptativa’ en lugar de ‘mantenimiento’, porque el mantenimiento tiende a utilizar un diseño que en algún aspecto es formal. A veces es necesario un diseño formal, por ejemplo cuando el proyecto cumple un propósito público (recreativo o cultural) muy claro, pero generalmente la mantención supone ‘regresar’ a un estado original.

Pero, ¿qué pasa si mantienes para avanzar, para adaptarte al cambio que estás viendo? Son los huma-nos los que necesitan adaptarse, son las técnicas de manejo las que necesitan adaptarse, no las plantas. La mantención supone cortar, podar, soplar, etc., para mantener una imagen cultural y antropogénica, pero el manejo adaptativo implica que los humanos adopten nuestras prácticas de manejo en virtud de lo que estamos indicando. Esto sigue siendo diseño por-que cuando brotan cinco plantas diferentes, entramos y sacamos la que no queremos - porque no dan frutos, porque no florecen, o porque nunca harán un hermoso dosel - es absolutamente estético. Aspira a ser hermoso, va a ser lento, vamos a aprender mucho y esas plantas van a aguantar. También nos permite a nosotros, los arquitectos, alejarnos en cierto punto. Ahora, ¿es eso escalable? No, absolutamente no. ¿Eso lo hace menos valioso? Espero que no, para nada.

SF, FQ: Tocas muchos temas que nos gustaría discutir como mercantilización, adaptabilidad y nostalgia. Existe este tipo de conceptos controvertidos que surgen cuando leemos tu trabajo, y particularmente uno parece ser la resiliencia y su comprensión más relacionada con la nostalgia humana que con el comportamiento de las plantas. O cómo la re-tirada es percibida como una pérdida de dominio, por lo tanto, como una suerte de amenaza, cuando se trata de un paisaje costero o propenso al riesgo; y cuánto de eso se relaciona con la forma en que las plantas se introducen en la matriz del progreso humano y cómo eso afecta la forma en que comprendemos y tratamos estos conceptos.

RE: Mucha gente me pregunta: «estás interesada en el retiro y la adaptación climática, y estás interesada en las plantas. ¿Cómo consolidas ambas agendas?»

Estoy tratando de lograrlo, y una de las formas más claras de hacerlo es que la planta en sí es el único organismo vivo que conecta el suelo con la atmósfera, el clima con el suelo. Las plantas condicionan la atmósfera para que las criaturas y los humanos pue-dan evolucionar. Una de las formas en que lo hago es hablar sobre el suelo que ha quedado atrás. Muy a menudo, cuando se habla de riesgo, ya sea por inundación, terremotos o aumento del nivel del mar, hay cierto derrotismo, «debemos irnos y, por lo tanto, la tierra que se ha dejado ya no es nuestra preocupación». A eso me refiero con nostalgia, una noción de que ‘vuelve a la naturaleza’ o ‘se mete en el mar’ pero, de hecho, casi nunca es ese el caso.

El problema con muchos entornos costeros, es que a medida que las personas se alejan de la costa no se hacen responsables de lo que dejan atrás. Pueden dejar atrás sus fosas sépticas, sus cimientos, sus jardines llenos de nitrógeno y todo lo que conlleva; pueden aceptar una reventa y marcharse. Como arquitecta del paisaje, es una increíble cantidad de espacio público y una increíble responsabilidad. Puedes reubicar un edificio, puedes reubicar un objeto, pero no puedes reubicar un glaciar, no se reubica. La reubicación es una idea muy antropogénica. La entiendo en relación a la arquitectura, pero no se puede reubicar un paisaje. Cuando hablo de ‘retiro’, me refiero a la tierra que queda atrás. Se combina con la reubicación, no la disputa. Las plantas tienden a apropiarse de la tierra que queda atrás. Si dejamos atrás un completo enredo químico con cimientos que se han desmoronado, lixiviación, detalles de paredes, piscinas subterráneas, ¿qué crece allí? No va a ser una especie nativa porque los suelos ya no son nativos. Entonces veo un potencial interesante en la tierra que queda atrás para más recreación o espacio público. Este espacio de proyecto se diseñará de manera diferente: autosuficiente y con menos mantención. Un léxico ecológico nos permite entender las plantas que crecen sin intervención humana. Estas plantas a veces se llaman ‘adaptadas a perturbaciones’; si tenemos áreas de perturbación grave y plantas que pueden soportarlo, sean nativas o no, son significativas en términos ecológicos.

Fuente: © George Steinmetz

Figura 8 Three-North Shelterbelt Program, China El proyecto de plantación supranacional se presenta como un remedio para sanar tierras degradadas. A medida que se incorporan pruebas catastróficas, los árboles se alistan como el vínculo entre la cultura y la naturaleza para recuperar el control de las agendas políticas deterioradas. 

Figura 9 9A. Cultivating Scale, China. Cultivating Scale muestra proyectos a través de un siglo de ambientalismo, con el fin de explicar cómo se ha promovido la plantación de árboles como una solución a un supuesto conflicto ecológico. Esta reacción universal evoca la idea de que la ecología de la «ecologización» se ha convertido en un proyecto cultural, una medida de valor y control. 9B. Cultivating Scale, Africa. En cada caso, se presenta un proyecto de plantación supranacional como remedio para sanar la tierra degradada: el movimiento de conservación del suelo en Estados Unidos, la lucha por la calidad del aire en China y el riesgo oscurecido de desertificación en África. 

SF, FQ: Nos gustaría relacionar esto al clima ecopolítico en el que estamos, si pudiéramos llamarlo así, donde palabras como ‘extinción’ y ‘urgencia’ parecen estar en todos los titulares. ¿Cómo manejas estas agendas? Quizás lo que tenemos que hacer es retrasar la construcción o tomar la ruta del manejo adaptativo. Pero, ¿cómo interactúan las líneas de trabajo que exigen tiempo con esta condición contemporánea de ‘urgencia’? Tal vez podría relacionarse con cómo se ha desarrollado el sentido de urgencia en proyectos de forestación como el Programa North Shelterbelt en China o The Great Green Wall en África.

RE: En la ecología, existen los riesgos crónicos y los episódicos, pero parece que nuestra sociedad ha confundido esos términos. Esencialmente, el cambio climático es un riesgo crónico: es lento, difícil de notar, entra y sale de nuestras vidas. Imagina que tu sótano se inunda y te consigues una bomba de agua. Eso funciona por unos años y ya no te preocupas más. Después empiezas a prender la bomba dos veces por semana y no una, pero tampoco le das mucha importancia. Y luego, de repente, te encuentras viviendo con una bomba funcionando a tiempo completo, y no te habías dado cuenta que en ese tiempo la napa había subido. La arquitectura, la arquitectura del paisaje y el urbanismo necesitan operar en diferentes escalas de tiempo. Claramente la arquitectura tiene un gran valor humanitario en los procesos de reconstrucción, pero la arquitectura del paisaje puede asumir un papel más preventivo si reconocemos el lento cambio. Ahí es precisamente donde podríamos hacer más.

Trabajo con riesgos muy lentos. En casos de forestación, esencialmente estamos imponiendo tierras boscosas en ambientes no forestales. Es un problema de velocidad: necesitamos compensar ahora porque estamos quemando el Amazonas y tenemos que plantar árboles para mantenernos a raya. Es muy perverso. Deberíamos estar luchando contra la deforestación, punto. No deberíamos luchar contra la deforestación con la forestación. No puedes replantar un bosque. Un bosque son sus árboles y una serie de relaciones entre diferentes eras y asociaciones de múltiples especies. Quedamos atrapados en la misma simplificación de plantación que comercializa y acelera el proceso. Por eso me interesan los ‘proyectos verdes’ masivos. Si alguna vez has visto uno, simplemente te para en seco. Hay una sensación de superposición sintética que no coincide con el hábitat y el bioma. Es como un manto que cubre sin atender a la pendiente norte o sur, ni a la distancia de siembra; sólo la misma planta cuadriculada una y otra vez. ¿Cómo no vamos a ser parte de eso si somos arquitectos paisajistas con aspiraciones para la escala ecológica y territorial? Los proyectos de forestación masiva son precedentes, a pesar de que no hayan tenido un arquitecto involucrado. Es importante que ampliemos nuestros precedentes para incluir no sólo ejemplos de diseño.

SF, FQ: ¿Dirías que el enfoque de ‘trabajar con’ que mencionabas al comienzo puede ser una forma de abordar este problema crónico? Eso por un lado, y por otro, cuando se habla de la mercantilización de la naturaleza, no se refiere sólo a la explotación económica, sino también a los discursos de los gobiernos y las instituciones supranacionales, como la ONU que da millones de dólares a los países en desarrollo para plantar árboles.

RE: El concepto de ‘trabajar con’, que tomé prestado e Isabelle Stenger, es una suerte de antítesis a cómo hemos estado ‘trabajando contra’. Cuando ‘trabajas contra’, pones en marcha toda la economía que describía anteriormente porque debes proteger, mantener, perforar, excavar, es decir, operaciones que pacifican el suelo. Hoy estamos muy acostumbrados a reencauzar los ríos, en vez de ‘trabajar con’ las condiciones que realmente existen. Cuando trabajas con el paisaje, cuando trabajas con otros organismos vivos, estás incorporando su naturaleza en tu toma de decisiones. Nuevamente, si una especie agresiva sigue que-riendo crecer, una y otra vez, tal vez deberías trabajar con esa lógica y no contra ella, porque trabajar contra ella sería inyectarle químicos. Muchos de estos grandes actores, desde el Banco Mundial hasta las organizaciones a nivel estatal, o lo que Keller Easterling llama «la ONGcracia», están condicionados a las prácticas humanitarias, a considerar primero a los humanos, lo que a menudo significa ‘trabajar contra’ las condiciones del paisaje. Ese ha sido un modelo que, para bien o para mal, nos ha fallado.

Figura 10 La evolución de una ideología. El encuentro de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, dentro de la Conferencia de las Partes (COP), revisa y evalúa los avances realizados en materia de cambio climático. Desde 2001, estas reuniones se han diseñado con un logotipo, el gráfico ilustra la evolución de la marca, desde el marco de un problema global interconectado representado por el planeta, hasta la idea de una posible resolución local, representada por el árbol simbólico. 

* Rosetta S. Elkin Bachelor en Bellas Artes, Concordia University, Canadá, 1997. Master en Arquitectura del Paisaje, Toronto, Canadá University, 2004. Está comprometida con el diseño como un medio para abordar el riesgo, la injusticia y la inestabilidad provocada por la desintegración del clima planetario. Elkin es autora de Tiny Taxonomy (Actar, 2017). El trabajo de Elkin ha sido exhibido en el Victory & Albert Museum, Les Jardins de Metis, el Festival de Chelsea y el Museo Isabella Stewart Gardner, y ha publicado en revistas como Journal of Landscape Architecture, New Geographies, Harvard Design Magazine y Lotus International. Es profesora asociada de arquitectura del paisaje en la Harvard University’s Graduate School of Design y profesora asociada en el Harvard Arnold Arboretum, Estados Unidos.

** Stephannie Fell Arquitecta de la Pontificia Universidad Católica de Chile, 2012. Master en Architectural History, Bartlett, UCL, 2018. Cursó estudios de fotografía en Massachusetts College of Art and Design (2013-14). Actualmente cursa el programa en Architectural & Urban History & Theory MPhil/PhD en la Bartlett, UCL. Es coeditora de los libros Working Papers (2018) y Stadium (2018), y fue directora de contenidos para ‘STADIUM’, el Pabellón de Chile en la XVI Bienal de Arquitectura de Venecia. Es profesora adjunta en la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

*** Francisco Quintana Arquitecto y Magíster en Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2010. Master en Design Studies: Urbanism, Landscape, Ecology concentration, Harvard University, Estados Unidos, 2014. Es coeditor de los libros Public Agenda: Architecture > City > Development (Cientodiez, 2009), Project City: Valparaíso (ARQ, 2015) y ARQ Docs: Neil Brenner (ARQ, 2016), entre otros. Es Profesor Asistente en la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

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