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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.105 Santiago ago. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962020000200037 

Crítica

La vida interior

Alejandro Crispiani1 

1 Profesor, Escuela de Arquitectura, Pontificia Universidad Católica de Chile. Chile acrispia@uc.cl

Resumen:

Desde la política, la profesión o la universidad, el arquitecto chileno Fernando Castillo Velasco (FCV) resistió las convenciones y desafió cualquier clasificación posible. Pero más allá de lo evidente, se puede argumentar que la propia idea de enclaves autónomos que se protegen del entorno, resistiendo por medio de la solidaridad - que FCV exploró en diversos formatos -, es en sí misma una arquitectura de resistencia.

Palabras clave: resistencia; construcción; comunidad; política

Al revisar la producción intelectual y arquitectónica de Fernando Castillo Velasco, podemos observar un paralelo con el teórico de la arquitectura y crítico social inglés John Ruskin (1819-1900). Proyectadas y construidas en la comuna de La Reina desde principios de los setenta hasta fines del siglo XX, las Comunidades Castillo Velasco serán el marco de referencia para esbozar algunos de estos puntos de contacto.

Si bien Castillo Velasco nunca mencionó a Ruskin, existen evidentes zonas de contacto entre ambos: una idea de arquitectura derivada de una misma fe religiosa con la que se intenta resistir al mundo contemporáneo. Ambos parten de una concepción cristiana que destaca la capacidad creadora del hombre y pone en juego un sentido ético y trascendental; este ejercicio necesita trascender la ética individual y articularse colectivamente, que es lo que la comunidad ejerce (o debería ejercer) al construir con libertad. Para ambos, toda arquitectura es comunitaria y desde ahí elaboran su idea de arquitectura.

Ruskin entiende la arquitectura como el arte colectivo por excelencia, que no puede ser fruto de ningún ‘genio’ en particular sino del trabajo en conjunto de la comunidad, que no se expresa tanto en la ciudad y sus viviendas (el ámbito de lo privado) sino en los grandes edificios, específicamente en los templos que serían la materialización de la voluntad y el destino colectivo. Así Ruskin analiza las grandes obras arquitectónicas del cristianismo, como la Basílica de San Marcos en Venecia, producto de un trabajo de siglos que hoy llamaríamos ‘participativo’, expresión también de una técnica alta y depurada1. La participación sería la condición característica de las grandes obras de una arquitectura entendida como arte público y que, como tal, no debe ser juzgado en términos del cumplimiento de ninguna función práctica.

Esta idea difiere del objetivo de la participación en la arquitectura del siglo XX, que la reservaba principalmente al ámbito de la vivienda social como un medio para lograr mayor productividad y eficiencia. Esto también es válido para el caso de Castillo Velasco, sobre todo en relación con la Villa La Reina de 1966 que, como alcalde de la comuna, lo tuvo como principal ideólogo y protagonista. Allí utilizó la participación como clave en la construcción de más de 1.600 casas para el beneficio de sus habitantes, anteriormente asentados en un campamento. Por sobre los resultados, lo que Castillo Velasco más resaltaba de esta empresa era la posibilidad de ‘construir comunidad’ en el sentido ruskiniano, una elección libre e individual articulada colectivamente que permite el desarrollo de las capacidades creativas o vocacionales de cada persona alrededor de una obra en común. Ese sentido trascendente, que lo diferencia de otras formas de entender la participación, acerca el pensamiento de Castillo Velasco al de Ruskin. Tal como indica: «La obra arquitectónica cuando llega a ser realmente un escalón, es una obra que no la hace un arquitecto solo, sino que la hace un pueblo (...) Y entonces no es arquitectura impuesta: la arquitectura impuesta no ha tenido nunca trascendencia» (Valdés, 1971).

Este sentido de ‘construir comunidad’ se sobrepone a cualquier interés práctico o económico. Esto es evidente en la primera comunidad, la Quinta Michita, que proyectó y construyó entre 1973 y 1974 junto a Cristián y Eduardo Castillo. Si bien estaba destinada a alojar al «grupo de la Reforma» de la Universidad Católica (Gárate, 1995), el golpe de Estado de 1973 transformó radicalmente estos planes dándole un nuevo sentido: sirvió como refugio ante la represión y la violencia impuestas por el régimen militar, lo que la convirtió en un lugar de supervivencia y de resistencia tanto de personas como de ideas.

En comunidades posteriores, como Quinta Jesús (1977), Quinta Hamburgo (1979), Vicente Pérez Rosales (1981), Las Alamedas (1984), Los Castaños (1984) o Las Higueras (1988), creadas para que grupos de exiliados tu-vieran un lugar donde vivir al regresar a Chile, este sentido de resistencia fue virando hacia las nuevas condiciones urbanas producidas por las políticas económicas de la dictadura y que continuaron tras su derrota. Dominado por ellas, el espacio público se transformó en una amenaza para las relaciones comunitarias, por lo que el espacio comunitario sería el depositario de una ‘vitalidad’ que lo público ya no podría alojar. Para Castillo Velasco «el espacio público antes era una prolongación del espacio privado. Hoy en cambio el espacio público es ajeno a la vida humana, es el predominio del automóvil, los gases, el ruido y por tanto se hace necesario crear un espacio inter-medio. Es tan simple como eso» (Dinamarca, 1996:67).

La resistencia a la técnica moderna en clave comunitaria fue también un tema central en Ruskin, para quien volver a los vínculos humanos primarios era una alternativa a la metrópolis. Así podría recuperarse el ‘trabajo vivo’, donde aparece la creación y las decisiones de cada persona, en oposición al ‘trabajo muerto’ de la producción en masa. La manifestación material más clara de esta vida, como lo indica en «La naturaleza del gótico», sería la ‘imperfección técnica’. Signo de la libertad y originalidad de cada ser humano, ella redundaría en una constante variación de las formas y los detalles. Para Ruskin es una cualidad central de la verdadera arquitectura: «Parece una fantástica paradoja, (...) el hecho de que ninguna arquitectura puede ser verdaderamente noble si no es imperfecta» (Ruskin, 2000:236).

Algo similar reflejan las comunidades de Castillo Velasco. Buscaban ser una obra abierta donde cada comunero incidiría en la definición formal y del sentido, que podía ser propuesto pero no impuesto por el arquitecto. Las viviendas debían superar uno de los principales problemas de las casas de su amigo y discípulo Enrique Browne: ser «demasiado pulcras para ser vividas» (Castillo Velasco, 1989). La arquitectura de las comunidades apunta a otra cosa. Castillo Velasco indica que «aunque ellas no significaran una contribución a la ‘arquitectura’», agradece que «el trabajo y el esfuerzo de ellos unidos al mío, lograron resolver sus problemas de vida» (Eliash, 1990:225).

Este trabajo en conjunto debía traducirse en la materialidad. El uso de ladrillo a la vista es coherente con esto al hacer visible la operación que permite levantar las paredes. Lo mismo ocurre con la falta de rigor técnico. Para Enrique Browne «existe (...) cierto descuido en los detalles constructivos (...) esto tiene motivos económicos y (...) la diversidad de soluciones particulares para cada familia» (Eliash, 1990:199). El trabajo comunitario no resistiría el control del conocimiento técnico. La espontaneidad, la libertad y la posibilidad de error serían también parte de la resistencia al mundo donde prima la lógica del costo/beneficio. Eso explica que el propio Castillo Velasco se reconociera «partidario del caos, de la presencia del caos» (Giménez, 2014).

Aun así, existe una discrepancia fundamental entre Castillo Velasco y Ruskin. Para Ruskin toda gran arquitectura ha de ser pública y dar sentido al espacio público. Ha de ser un testimonio que resista al paso del tiempo. Pero las comunidades de Castillo Velasco, enclavadas en el corazón de las manzanas, son invisibles desde el exterior. Existen sólo para sus habitantes. El espacio público y su violencia las ha silenciado. El represivo «caos metropolitano», que no obedece a la sobreabundancia de ‘vida’ como en las comunidades, ha hecho del repliegue una necesidad. Esa ‘arquitectura trascendente’ producto de un pueblo - y a la que siempre adscribió Castillo Velasco - se oculta de lo metropolitano. Se resiste a formar parte de esas dinámicas.

Referencias:

CASTILLO VELASCO, Fernando. «Dos libros y un autor», La Época, 21 de mayo 1989. Republicado en: Elisa Silva Guzmán. Fernando Castillo Velasco. Proyectar en comunidad. Santiago: Ediciones UC, 2018. [ Links ]

DINAMARCA, Hernán. «Fernando Castillo Velasco: El sueño de una mejor ciudad». Bolero de almas: conversaciones de fin de siglo con viejos sabios. Santiago: LOM, 1996. [ Links ]

ELIASH , Humberto. Fernando Castillo. De lo moderno a lo real. Bogotá: Escala, 1990. [ Links ]

GÁRATE, Manuel. «Los sueños comienzan en casa. El grupo de ‘La Reforma’ y el primer proyecto de vida comunitaria inspirado en el modelo del rector Fernando Castillo Velasco». Tesis para optar al grado de Licenciatura en Historia, Instituto de Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile, 1995. [ Links ]

GIMÉNEZ, Rodolfo. «Entrevista al arquitecto Fernando Castillo Velasco». Arteoficio 10, Escuela de Arquitectura USACH, Santiago (2014): 40-45. [ Links ]

RUSKIN, John. Las piedras de Venecia. Murcia: Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, 2000. [ Links ]

VALDÉS, Adriana. «Experiencias de un arquitecto: entrevista a don Fernando Castillo Velasco». AISTHESIS: Revista Chilena de Investigaciones Estéticas, no. 6 (1971): 123-128. Disponible en: http: www.revistadisena.uc.cl/index.php/RAIT/article/view/9014Links ]

2 Estas ideas informan la vasta obra de Ruskin. En su forma más característica aparecen expresadas en Las piedras de Venecia (1851-53).

3These ideas illustrate Ruskin’s vast works. More characteristically expressed in The Stones of Venice (1851-53).

*

Alejandro Crispiani Universidad Nacional de La Plata, Argentina (1984). Doctor of Human and Social Sciences, Universidad Nacional de Quilmes, Argentina, 2009. He has researched in history and criticism of contemporary design and architecture. He is the author of the books Objetos para transformar el mundo. Trayectorias del Arte Concreto Invención (Santiago and Buenos Aires, 2011) and Palabras cruzadas. Ensayos sobre arte, arquitectura y diseño (Buenos Aires, 2017). He is tenured professor of the Faculty of Architecture, Design and Urban Studies of the Pontificia Universidad Católica de Chile.

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