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ARQ (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-6996

ARQ (Santiago)  no.105 Santiago ago. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-69962020000200150 

Opinión

¿Deben resistir los monumentos? Monumentos caídos: notas sobre nuestra actual estatuofobia

Valentina Rozas-Krause1 

1 Becaria postdoctoral y profesora adjunta, University of Michigan, Ann Arbor, Estados Unidos. vrozas@umich.edu

Resumen:

El estallido social de octubre de 2019 de-finió un nuevo rol para los monumentos en Chile. Durante las manifestaciones no sólo se echaron abajo estatuas que homenajeaban a conquistadores españoles - a saber, aquellos que construyeron un país en desmedro de los pueblos originarios -, sino que también se pusieron en duda los sustentos históricos, por ende, construidos, de la denominación patrimonial de algunos edificios. Incluso el monumento a Baquedano, ubicado al centro de la rotonda del mismo nombre, en el punto neurálgico de las manifestaciones en Santiago, fue completamente cubierto con nuevos significados durante las protestas.

A fines de mayo de 2020, la muerte del ciudadano afroamericano George Floyd - a manos de la policía de la ciudad de Minneapolis en EE.UU. - reactivó el movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan) que resiste el racismo en contra de las personas afroamericanas. En el contexto de ese movimiento, una serie de estatuas que homenajeaban a esclavistas fueron atacadas, generando un sorprendente paralelo (a meses de distancia) entre lo que ocurrió en Chile y en distintas partes del mundo.

Considerando ambos eventos, en el de-bate de este número de ARQ preguntamos: ¿deben resistir los monumentos en su lugar? ¿O es preferible retirarlos del espacio público para protegerlos? ¿Qué pasa si su significado cambia? ¿Se siguen consideran-do monumentos? ¿Qué es lo que resiste de ellos? A fin de cuentas, si los monumentos materializan el cruce entre historia, arquitectura y ciudad ¿qué resiste más, el significado o el material de los monumentos?

Palabras clave: resistencia; monumentos; historia; protestas; debate

En 1936, Robert Musil escribió: «no hay nada más invisible que un monumento». Ahora nada parecería más lejano a la verdad. En Bristol, manifestantes recientemente arrojaron una estatua del traficante de esclavos Edward Colston al puerto; en Amberes, activistas están desfigurando bronces del rey Leopoldo II; en Estados Unidos, ciudadanos están derrocando monumentos confederados y en todo el mundo caen estatuas de Cristóbal Colón. Las estatuas derribadas, hundidas, desfiguradas, destrozadas y decapitadas de los últimos meses hablan del resurgimiento de rabia y descontento contra los monumentos - confederados, federa-les, patriarcales, coloniales, racistas, blancos -, recordatorios espaciales de la desigualdad estructural y representacional de nuestras ciudades. Las recientes protestas contra el racismo en Estados Unidos y en todo el mundo revelan una afinidad especial entre las protestas sociales y los monumentos; entre ciudadanos que ocupan las calles para exigir justicia y los bronces muertos que se interponen en su camino. Lo mismo puede decirse sobre la agitación social iniciada por un alza de la tarifa del transporte público en Chile el 18 de octubre de 2019. Durante meses de protestas masivas por igualdad, justicia y redistribución, los manifestantes chilenos derribaron, decapitaron y destrozaron monumentos que honraban a colonizadores españoles y a héroes de guerra republicanos que buscaban erradicar a los pueblos nativos.

Nuestra estatuofobia actual es diferente al movimiento contramonumentos del siglo XX reflejado en las palabras de Musil, así como el desdén contra los monumentos del siglo XIX. Si bien la falta de función de los monumentos molestó a los modernistas, el creciente número de nuevos monumentos no regulados preocupaba a los urbanistas un siglo antes. Hoy lidiamos con un malestar distinto: nuestros monumentos ya no reflejan quienes somos. El problema es doble. Por un lado, las ciudades no han logrado construir monumentos que representen valores actuales o, más bien, aspiracionales: monumentos a las vidas negras, a las mujeres, a la comunidad LGBTQ+, a las minorías, a las personas de color, a los inmigrantes, a los discapacitados y a ciudadanas comunes. Por otra parte, han sido reacias a eliminar monumentos ofensivos, racistas y coloniales del pasado. En Berlín, por ejemplo, activistas negros y afroalemanes junto a sus aliados han luchado durante más de una década para eliminar los nombres de calles coloniales y racistas del centro de la ciudad y construir un monumento a las víctimas del colonialismo alemán. Del mismo modo, pasaron 23 años después del regreso a la democracia para que se renombrara una vía central en Santiago de Chile que honraba el 11 de septiembre, fecha del golpe militar. La mayoría de los monumentos derrocados en los últimos meses fueron retirados por activistas y manifestantes. Una de las únicas excepciones es la estatua de Colón en San Francisco, que la ciudad retiró preventivamente como una forma de preservación. Si bien las acciones de los manifestantes pueden parecer violentas, son una respuesta a décadas de racismo e indiferencia - velados y abiertos - combinados para perpetuar el statu quo monumental. En otras palabras, sin protestas, gran parte de las estatuas de Robert E. Lee, Leopoldo II y Colón permanecerían intactas en el mundo, protegidas por un velo de invisibilidad selectiva.

En respuesta a nuestra estatuofobia actual, la mayoría de los partidarios de los monumentos afirman que eliminarlos es equivalente a eliminar la historia. Este argumento ampliamente repetido no sólo confunde la historia con su representación, sino que asume que todos los monumentos fueron erigidos con el propósito de preservar la memoria de un hecho, evento o figura del pasado. Ambas suposiciones son falsas. Si bien los monumentos pueden contar historias, no son versiones en piedra y bronce de libros de historia con revisión de pares. Por el contrario, son el resultado de procesos de selección e invisibilización fuertemente orientados a sostener narrativas dominantes. Cada estatua es producto de un medio cultural y político específico que decidió elevar una cierta versión del pasado sobre muchas otras. La proliferación de monumentos confederados erigidos después del final de la Guerra Civil estadounidense para difundir la falsa narrativa de la ‘causa perdida’, ilustra este punto. Estas estatuas confederadas no son monumentos históricos, sino representaciones intencionalmente ahistóricas del pasado. La historia en general no está en peligro, lo que ha sido amenazado por la reciente remoción de monumentos es una cierta versión del pasado, una que justificó el colonialismo, el genocidio, la esclavitud y la injusticia en nombre del ‘progreso y la ilustración’.

Cuando las ciudades de todo el mundo se enfrentan a la interrogante de cómo lidiar con los escombros de las pro-testas en curso contra el racismo y la brutalidad policial, me gustaría concluir con una imagen (Figura 1): la fotografía del monumento de Edward Colston arrojado al río Avon, que luego fue ubicado por el ingenioso algoritmo de Google Maps en medio del puerto de Bristol. Colston, como otras estatuas similares, fue rescatado del fondo del río y almacenado en un lugar reservado. Los museos han sido nuestro lugar preferido para ubicar los objetos obsoletos del pasado. Sin embargo, diría que, en nuestras circunstancias actuales, existen otras alternativas a considerar además de exhibir estos monumentos en un espacio cerrado y regulado. Quizás algunos monumentos deberían dejarse intactos, mostrando los signos acumulativos de vandalismo y reapropiación, quizás otros podrían dialogar con nuevos monumentos que replanteen sus valores y, quizás, algunos merecen quedarse bajo el agua.

Fuente: © Ben Birchall, Pa Wire/ Pa Image

Figura 1 La estatua de Edward Colston cae en Bristol, Inglaterra, el 7 de junio de 2020. 

*

Valentina Rozas Krause Arquitecta y magíster en Urbanismo, Pontificia Universidad Católica de Chile. PhD en Arquitectura por la Universidad de California, Berkeley. Actualmente trabaja en su próximo libro Memorials and the Cult of Apology como becaria postdoctoral en la Universidad de Michigan.

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