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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.34  Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942001003400005 

 

CHILENOS, PERUANOS
Y BOLIVIANOS EN LA PAMPA: 1860-1880.
¿UN CONFLICTO ENTRE NACIONALIDADES?

CECILIA OSORIO GONNET*

*  Licenciada en Historia Pontificia Universidad Católica de Chile.
Cientista Política en la misma Universidad.

_____________________________________________________________________________

"Los chilenos trabajaban, los europeos trafican,
i él (coronel boliviano) manda. El aislamiento de la región
que administra, lo convierte en una especie de dictador, i por lo
tanto un régimen de capricho i de mala voluntad, esencialmente vejatorio,
hace tan desagradable como difícil la posición de los chilenos (...). Cada
correo que llegaba del norte llevaba a Santiago i a Valparaíso la noticia
de alguna violencia, de algún despojo, cuando no de algún asesinato
perpetuado o amparado por la policía boliviana en la
persona de algún trabajador chileno"
1.

 

ABSTRACT

The present study intends, by analyzing the cases provided by the historical sources, to explain and delve into the characteristics of the coexistence between Chilean, Peruvian and Bolivian unskilled workers in the nitrate mining environment that existed prior to the War of the Pacific. In difficult working conditions and a no less hostile desert, the relationship was not easy. Certain conflictive issues have come to be regarded as nationalist, specially considering the circumstances that preceded the war. However, the denomination is not accurate. The following investigation’s goal is to analyze this environment in its varied and complex characteristics, questioning traditional conceptualizing as well as proposing a new lecture that considers the diverse variables available.

CONSIDERACIONES INICIALES

Los diversos sucesos que se generaron entre los peones salitreros antes de la Guerra del Pacífico (1860-1880) en las zonas de Tarapacá y Atacama, han sido analizados desde distintas perspectivas. La historiografía tradicional lo hizo señalando que además de las duras condiciones de vida –a raíz del clima y el tipo de trabajo–, el peón chileno se encontró en aquellos territorios con una situación hostil, la que se manifestó en arbitrariedades, abusos y problemas con los nativos. La interpretación dada a estos incidentes fue que constituían una demostración del patriotismo de los peones y de la conciencia que tenían de pertenecer a la nación chilena, que luego se habría confirmado en su alegría por la ocupación de los territorios y el valor con que lucharon en la Guerra del Pacífico. También fueron considerados como las primeras hostilidades desde Bolivia y Perú hacia Chile antes del conflicto armado2.

Otros estudios han incluido la problemática dentro de una mirada global del mundo salitrero: en formación, violento y no exento de dificultades para los peones chilenos que iban a trabajar al norte3. Julio Pinto en "Cortar Raíces, Criar fama: El peonaje chileno en la fase inicial del ciclo salitrero chileno, 1850-1879"4, analiza el fenómeno de la migración que experimentó el peonaje chileno y a través del cual se integró a la naciente industria salitrera y adoptó las características y los elementos que los nuevos tipos de producción y de relaciones imponían. Es en este contexto que se hace mención a ciertos conflictos entre chilenos, peruanos y bolivianos, que tendrían un cierto carácter nacionalista. En "Rebeldes Pampinos: los rostros de la violencia popular en las oficinas salitreras (1870-1900)", el tema vuelve a ser tratado por el historiador, pero ahora enmarcado en el estudio de la violencia popular manifestada en el mundo salitrero. Desde esta perspectiva se reconoce que los peones estaban sometidos a relaciones de dominación y constituían un grupo mayoritario y extranjero en la zona, lo que puede contribuir a explicar la violencia entre chilenos, bolivianos y peruanos. Considerando estos enfrentamientos a la luz de su análisis global, Pinto señala que "una expresión muy recurrente de violencia entre miembros del mundo popular en los años anteriores a la Guerra del Pacífico fue la que enfrentó a trabajadores de distinta nacionalidad"5.

De lo ya señalado se desprende que los términos nacionalismo y patriotismo se utilizan en estas perspectivas de análisis, aunque no es suficientemente claro a qué se refieren con ellos. De hecho, es difícil encontrar en la literatura respecto a nación, nacionalismo, patria y patriotismo, conceptos que logren una aceptación general. Por esta razón, y considerando en una discusión previa el debate académico al respecto, se han definido los contenidos que serán atribuidos a cada uno de estos conceptos en este trabajo6.

Respecto a nación se acogió el concepto de nación política planteado explícita o implícitamente por autores como Andrés de Blas Guerrero y Eric Hobsbawn7. Esto, porque sin entrar a calificar o discutir acerca de la validez de una distinción entre nación cultural o política, trabajar con la idea de esta última es más cercana a la realidad chilena. Si bien existen rasgos lingüísticos, étnicos y culturales que nos distinguen de otras naciones, no fue la defensa de estos valores lo que motivó movimientos nacionalistas en busca de la creación de un Estado independiente. Nuestra nación, como la conciencia colectiva de pertenecer a ella, con sus valores, con su historia y en un territorio determinado, es fruto de la actividad política de quienes han dirigido el país. En este sentido, Mario Góngora plantea que uno de los elementos que contribuyeron en la formación de la nacionalidad chilena fue el espíritu guerrero. Sin embargo, mayor relevancia habría tenido el papel jugado por el Estado. La nacionalidad "ha sido formada por otros medios puestos por el Estado: los símbolos patrióticos (bandera, canción nacional, fiestas nacionales y otros), la unidad administrativa, la educación de la juventud, todas las instituciones"8. La idea de nación como una conciencia de pertenecer a ella fue fruto de la evolución histórica de Chile y de una administración, que conferiría cierta unidad a un territorio y promovería el conocimiento y respeto a ciertos ideales.

Para nacionalismo se considerará principalmente la definición de Hobsbawn, quien señala que en un movimiento nacionalista debe existir el reconocimiento colectivo de pertenecer a una nación. Esto implica, que a pesar de que en determinado momento pueden existir ciertas condiciones objetivas9 para el desarrollo de un movimiento nacionalista, si no existe el reconocimiento mutuo como nación, y por lo tanto la necesidad y voluntad de identificarse con un Estado, podría no generarse el nacionalismo en la población. En un sentido similar, aunque destacando el elemento cultural, Ernest Gellner plantea como propio del nacionalismo la defensa de la población en pro de asegurar a su cultura desarrollada, un orden político y un territorio. La consecución de esta equiparidad entre cultura, voluntad y Estado, es el objetivo que guía al movimiento nacionalista y, en definitiva, es la línea central de su ideario10. Se suma a lo ya planteado el carácter excluyente del ideario nacionalista, que señala características étnicas y culturales específicas, que delimitan el grupo que se considera nación y que convierten a quien no las comparte en extranjero y en algunos casos, en enemigo. Este es uno de los rasgos que puede manifestarse de forma más evidente, ya que puede (y suele) ser extremado hasta los límites de la xenofobia y el racismo; y aun en un rango medio, es posible observarlo a través de descalificaciones verbales, exclusiones y maltratos injustificados.

Hobsbawn contribuye además a diferenciar entre patriotismo y nacionalismo, destacando en primer lugar, que surgen en momentos históricos distintos. En este sentido, es evidente la ‘modernidad’ del nacionalismo, que debido a situaciones concretas toma aspectos del patriotismo y se instaura como una ideología movilizadora muy importante. En el mismo sentido resulta muy útil el trabajo de Maurizio Virolli, Por amor a la patria. Un ensayo sobre el patriotismo y el nacionalismo, para quien "el lenguaje del patriotismo ha sido utilizado a través de los siglos para fortalecer o invocar el amor hacia las instituciones políticas y la forma de vida que defiende la libertad común de la gente, es decir, el amor a la república. El lenguaje del nacionalismo se fraguó a finales del siglo XVIII en Europa para defender o reforzar la unidad y homogeneidad cultural, lingüística y étnica de un pueblo"11. El patriotismo se enfrenta contra la tiranía, el despotismo y la corrupción. En cambio, los enemigos del nacionalismo son la contaminación cultural, la heterogeneidad, la impureza racial y la desunión social, política e intelectual. Evidentemente esto no implica que los patriotas no consideren importante la cultura, o que los nacionalistas no valoren los aspectos políticos, sino que "la diferencia crucial reside en la prioridad de énfasis: para los patriotas, el valor principal es la república y la forma de vida libre que esta permite; para los nacionalistas, los valores primordiales son la unidad espiritual y cultural del pueblo"12. Finalmente, en relación con la acepción patria, en este lenguaje patriota republicano no solo se refiere al lugar de nacimiento de un individuo o de un grupo, sino que es el Estado donde se es ciudadano, y cuyas leyes protegen la libertad y aseguran la felicidad. Patria es libertad y buen gobierno. Así, el amor a la patria es un amor racional, que la razón impulsa a cultivar y a mantener dentro de sus límites; distinto al amor a la nación, que se trata de una inclinación natural, una fuerza vital.

LOS CHILENOS EN TERRITORIO PERUANO Y BOLIVIANO

Una de las primeras preguntas que surgen al entrar de lleno en el tema de esta investigación es ¿por qué en el período en estudio habitaban chilenos en tierras bolivianas y peruanas? La respuesta es categórica. Ellos habían emigrado hasta la zona en busca de mejores trabajos y oportunidades. Fue "un movimiento esencialmente voluntario por la expectativa de mayores ingresos"13 (...) "el peón chileno estaba dispuesto a emprender un viaje de duración indefinida hacia tierras desconocidas, sin más aliciente que el de un salario que se le anunciaba como mejor que el vigente en Chile"14.

El peonaje, como un fenómeno social característico chileno, y el peón, que constituye un actor diferenciado, se relacionan íntimamente con la evolución de la economía en el país. Hasta mediados del siglo XIX, este grupo de (en su mayoría) indígenas, mestizos y otras castas, logró vivir cambiando de un trabajo a otro, sin amarrarse a ninguna actividad precisa. Sobrevivían gracias a trabajos temporales, quizás el robo, la caridad y del modo que fuera. Se trataba de "una masa laboral con relativa libertad de movimientos y habituada a circular de un empleo a otro..."15 que, por un lado, favorecía las incipientes actividades económicas del siglo XVIII y XIX, al ser mano de obra siempre dispuesta, pero al mismo tiempo, significaba muchas veces un foco de indisciplina social que podía manifestarse de distintas formas. "Las conductas desordenadas, la falta de apego a las posesiones materiales (por lo demás muy exiguas), y la ausencia de lazos o responsabilidades familiares configuraban un cuadro de indisciplina social que conspiraba contra la constitución de una fuerza de trabajo estable"16. El peón se muestra como un individuo que se pasea por el territorio, libre, sobreviviendo como lograra ingeniárselas, pero siempre, al parecer, con la intención de volver a la tierra de donde había partido.

La situación cambió cuando la economía chilena comenzó a desarrollarse de manera más compleja. La comercialización de la agricultura, las exportaciones, el crecimiento de los centros urbanos, motivarían un uso más estricto de las tierras para lograr mejorar la productividad. Se manifiesta un aumento en la población de los inquilinos y los minifundistas y una actitud por parte de "la clase dirigente de aplastar todo intento de desarrollo económico autónomo del mundo popular"17. La modernización económica iba cerrando puertas, y las posibilidades de una sobrevivencia itinerante eran cada vez más limitadas. Esta disminución de las posibilidades de vida que habían sostenido al peón, lo obligarán a buscar nuevas alternativas, que ya no tendrán las mismas características que antes. Principalmente la movilización por el territorio será cada vez más lejana, lo que dificulta el regreso, y las condiciones de trabajo lo insertan en una distinta vida laboral. Primero en el Norte Chico, y luego en Tarapacá y Antofagasta, surgirán focos de desarrollo económico, con nuevas características. Las industrias mineras, y antes aun las constructoras de ferrocarriles, son para el peón chileno una posibilidad de conseguir trabajo y dinero. Es por eso que decide viajar hasta allá. Con esto, la movilización comienza a ser claramente económica, y el aprendizaje en el nuevo trabajo, con un salario, con normas claras, se puede resumir en un puente hacia la proletarización.

La emigración hacia la zona salitrera comenzó antes que la explotación del nitrato estuviera consolidada. En el caso del territorio boliviano, existía la necesidad de poblar y ocupar su territorio, en especial estableciendo una salida al mar. Por esto, en 1825 se fundó el puerto de Lamar (Cobija), y en 1828, en una visita del Mariscal Andrés de Santa Cruz, este reclutó a 60 chilenos para llevarlos hasta el puerto, "aunque trece quisieron marcharse de inmediato, la ola inmigratoria desde Chile se convirtió en un rasgo permanente"18. Toda aquella zona costera se veía más disminuida que el resto del territorio boliviano de población nativa, por lo que se necesitó la concurrencia de grupos humanos. Además, como ya se ha dicho, los nacientes focos de desarrollo resultaban atractivos tanto para los peones en busca de trabajo, como para los empresarios en busca de inversiones. Así, la migración de chilenos a la zona boliviana de Antofagasta fue, en la década de 1840, motivada por la explotación del guano; en 1860 por el salitre y en 1870 por la plata descubierta en Caracoles.

Estas oleadas migratorias produjeron que algunas zonas se vieran mayoritariamente habitadas por ciudadanos chilenos, o que al menos su presencia fuera significativa. De este modo, desde un comienzo hubo un importante porcentaje de chilenos en el puerto de Cobija (21,53% en 1832). Más tarde, siguiendo el ‘oro blanco’, 739 chilenos de un total de mil trabajaban en la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta (en 1877). Ahora, "si el desierto salitrero se alimentaba de peones chilenos, el litoral no quedaba en zaga (...), de acuerdo a estimaciones hechas por la Municipalidad de Antofagasta en 1875, dicho puerto contaba con 5.384 habitantes, de los cuales 4.530, un 84,13%, eran chilenos"19. Finalmente, el descubrimiento del mineral de plata de Caracoles movilizó capitales y población hacia la zona, especialmente desde Copiapó.

Hacia territorio peruano, la presencia chilena habría comenzado desde la década de los ’50 en las islas Chincha, atraídos por el enclave guanero. La presencia de chilenos también se manifestaba en otros lugares del Perú, como Lambayeque, El Callao y Arica. Una de las llegadas más masivas fue en la década de los ’60, a raíz de los enganches de Enrique Meiggs, quien habría trasladado a esa zona entre veinte mil y treinta mil personas. Si bien esta fue una situación más bien extraordinaria, la presencia de chilenos en el Perú fue considerable: en 1869, el cónsul de Chile en Iquique calculaba en la provincia litoral de Tarapacá no menos de tres mil chilenos, repartidos en distintas oficinas salitreras20. A fines de 1871, "el número de chilenos residentes en el distrito consular de Iquique (...) ascendía a 4.442"21, y en 1875, el censo chileno estimaba "en más de cinco mil los emigrantes chilenos radicados en los departamentos peruanos al norte de Tarapacá"22. Más altas aún son las cifras que el censo del Perú del año 1876 da para la provincia de Tarapacá (probablemente comprende una mayor extensión territorial), ya que señala que habitan 38.226 personas, de las cuales 17.013 eran peruanos y 9.664 chilenos, siendo el resto de otras nacionalidades23.

Respecto a la presencia y al actuar de los cuerpos diplomáticos en el extranjero, según Gilberto Harris, hasta la década de 1850 la ampliación del servicio diplomático estuvo muy relacionada con el vaivén y cobertura espacial de los derrames de población, y al abanico de problemas que afectaban a los chilenos en tierras extrañas. En muchos casos, los mismos agentes solicitaban, con apuro, la creación de nuevas representaciones, o el fortalecimiento y ampliación de recursos de las existentes. Esto, ya que se sostenía que una de sus principales misiones era proteger la salud y patrimonio de los chilenos residentes. Aunque no es posible establecer con precisión cuantitativa cuántas legaciones fueron inauguradas expresamente para proteger y auxiliar a connacionales, y las que fueron por motivos estrictamente políticos, en general, se señala que esto último ocupaba un segundo plano. La práctica demostraría que las preocupaciones de los diplomáticos chilenos se relacionaron estrechamente con el deber de ‘prestar la protección que el Estado debe dispensar en el exterior a sus nacionales’. Lo cual en general se traducía en realizar repatriaciones gratuitas. Recién desde los años ’70 se deja ver una mayor densidad documental en lo que dice relación con vínculos políticos comerciales, aunque las tareas de representar, ayudar, proteger y repatriar deben haber copado la agenda diaria de los diplomáticos acreditados en Perú, Bolivia y otros24.

EL PEONAJE CHILENO EN ATACAMA: 1860-1870*

La presencia de chilenos en el litoral boliviano, como ya se ha señalado, comenzó en las primeras décadas del siglo XIX. De ahí en adelante, el flujo migratorio respondería a distintas motivaciones, pero se mantendría en un constante aumento. El inicio de la explotación de los yacimientos guaníferos en la década del ’40, sorprendió al puerto de Cobija (inicialmente llamado Lamar) en una situación, económica y administrativa, aún poco consolidada25. El período de dinamización, que comenzó con la apertura de las guaneras de Paquica y Mejillones, demostró la necesidad de factores productivos, tales como capital, tecnología, transportes, abastecimiento y mano de obra, que en la región no se hallaban disponibles. Así, pese a que la explotación del guano no requería de un gran orden infraestructural o tecnológico, necesitó "de trabajadores que extrajesen el abono y lo trasladasen hasta los embarcaderos, de modo que la ‘escasez de brazos’ se convirtió en el problema más generalizado de la minería regional"26. Esta necesidad se satisfizo mediante un reclutamiento esencialmente salarial, que actúo con especial eficacia entre la población chilena. De este modo, durante la década del ’40 y del ’50, numerosos emigrantes eran embarcados desde Valparaíso al norte, con lo que en esta última década los súbditos chilenos formaban la mayor parte de la población de Cobija27. A mediados de los ’60 fueron descubiertos otros depósitos, como el de Mejillones, donde chilenos trabajaron no solo como peones, sino que también como explotadores. Matías Torres fue uno de ellos, trabajando en la parte sur de Mejillones, obtuvo autorización del gobierno chileno para explotar el guano allí existente. La dudosa situación limítrofe de la zona provocaría conflictos entre Chile y Bolivia, en los años ’40 y también durante los ’60, donde la masiva presencia de peones chilenos en la zona, constituyó otro complejo elemento.

Comenzando el análisis de los casos que las fuentes presentan, es posible distinguir dos tipos que se distribuyen de distinto modo a lo largo del período. En primer lugar, se observan peleas individuales y grupales, entre peones chilenos y bolivianos. En segundo lugar, en especial entre 1863-1866, se pueden diferenciar una serie de conflictos relacionados con las autoridades e individuos chilenos, donde el problema de las guaneras se relaciona con los sucesos, y el análisis de los cónsules y de la prensa se ve influenciado por este altercado limítrofe.

De un modo u otro, la presencia de peones chilenos en tierras bolivianas generó una nueva situación en la zona, más aún considerando las características del peón chileno. Según Julio Pinto, "el carácter turbulento que desde siempre se había asociado al peón chileno aumentó la explosividad propia del encuentro entre culturas y el poblamiento acelerado de un territorio con características de ‘frontera’ social, con pocos frenos de orden institucional o tradicional frente a posibles desbordes"28. El espacio al cual llegaban los peones también era un factor determinante, ya que se trataba de puertos o poblados en los cuales la mantención del orden por parte de las autoridades era un objetivo constantemente buscado, ya que "de la capacidad de conjurar cualquier motín o asonada civil o militar, dependía muchas veces la conservación de la estabilidad a nivel nacional"29. En este sentido, el comportamiento trasgresor del chileno contribuía a generar complicadas situaciones tanto para las autoridades locales como para los encargados chilenos, en un período, además, no falto de conflicto en la historia boliviana30. En contraste con ello, la historiografía ha destacado a Chile como un país donde se consiguió tempranamente la estabilidad política y social. Sin embargo, el "orden fue percibido por los grupos sociales subalternos como algo impuesto desde arriba, obra de un Estado autoritario y centralizador cimentado en las fuerzas de las armas"31. De este modo, el peonaje chileno no tendía hacia al orden, sino que más bien lo evitaba. Si este era el comportamiento en su país natal, en tierras extranjeras, menos vigilados y con otras leyes y costumbres, no cambió, e incluso podría decirse que fue potenciado por estas condiciones.

A pesar de que se podría pensar que los problemas entre los peones bolivianos y chilenos eran muy frecuentes, las fuentes muestran lo contrario, ya que el número de casos es más bien reducido. Por supuesto, esto no significa que no se hayan desarrollado numerosas situaciones, sino que lo que hasta hoy llega a través de las fuentes consulares, judiciales y periódicos, no permite asegurarlo ni entregar diversos ejemplos para fundamentarlo. Sin embargo, al tener conocimiento acerca de las condiciones de vida, de trabajo, los espacios de diversión que existían, y el carácter del peón chileno, es factible considerar que fueron muchos más los conflictos que los que las fuentes mencionan. También hay que tener en cuenta los precarios recursos de los medios de comunicación, como para que todos los sucesos llegaran hasta la prensa. De hecho, cuando las noticias eran publicadas en Santiago, lo hacían con al menos 5 días de retraso. Por otro lado, quizás no todos los casos eran de una magnitud tal como para que fueran objeto de atención de la prensa, ni de los cónsules, que más bien intervenían en situaciones de gran notoriedad. Así también, es probable que los roces y peleas llegaran a ser, en cierta forma, parte de la cotidianidad, dentro de un espacio donde la violencia es un elemento más, donde las autoridades no daban abasto y no siempre lograban actuar de modo efectivo. En último término, en especial en la prensa y en la información consular, el conflicto por las guaneras desvió la atención casi exclusivamente hacia este tema, lo que pudo haber ido en desmedro de otros.

Pese a lo anterior, existe un caso que resulta de gran interés. En Tocopilla, la noche del 25 de diciembre de 1862, se produjo "una asonada de chilenos trabajadores de minas, que en número de más de cien individuos, han atacado a los pocos bolivianos que se hallaban en el pueblo, también trabajadores..."32. La pelea no terminó esa noche, sino que continuó todo el día siguiente, convirtiéndose ahora en una verdadera guerra de piedras. La extensión de la reyerta se debió en parte a que los cuatro policías a cargo no conseguían controlar a los peones, "una multitud de hombres embriagados y frenéticos procurando la ruina de sus adversarios"33. Esta incapacidad de evitar y poner término a este tipo de situaciones, sin duda contribuía a que se desarrollaran y se extendieran con consecuencias más graves. Respecto al origen del suceso, no está señalado, aunque para la policía, "el motivo es puramente nacional: los chilenos, en su ignorancia, creen que les es lícito expurgar a los bolivianos de este país; los otros, con mejores derechos, creen lo contrario..."34.

Al no tener mayores antecedentes respecto al motivo de la asonada, como por ejemplo, si los chilenos bajaron al pueblo con intenciones de robar o solo venían ebrios y algún incidente puntual comenzó la pelea, la opinión de la policía pareciera indicar que el origen se encuentra en sus distintas nacionalidades. Sin embargo, si se acepta el factor nacional como un motivo de la pelea, es preciso considerar que probablemente no fue el único. La ausencia de antecedentes de otros factores lleva a especular, ya que la combinación entre una pelea de ebrios, venganza u otro elemento, junto con la presencia masiva de un grupo de iguales, podía dar como resultado un conflicto grupal entre los peones chilenos y bolivianos, donde la identificación entre los chilenos y las actitudes o palabras ofensivas pueden surgir como expresión de una real aversión mutua, o quizás solo a raíz del conflicto mismo. La ambigüedad presente, solo podría ser superada con mayores datos acerca del caso, y con la comparación de otros similares. No obstante, llaman la atención las características de este, como su extensión y violencia, junto con la apreciación certera y precisa que realiza el prefecto de policía. ¿Su opinión se debería solo a una apreciación del momento o tenía antecedentes anteriores que la fundamentan?...

Si la presencia de numerosos compatriotas podía motivar una sensación de seguridad o de ‘envalentonamiento’ al momento de algún problema, el contar con los representantes correspondientes, los cónsules, pudo contribuir también a la actitud desafiante de los peones chilenos. "El hecho de saberse extranjeros los hacía sentirse hasta cierto punto protegidos de las sanciones que imponía la administración local, estimulándolos a solicitar continuamente la protección de los cónsules chilenos residentes..."35. Una apreciación similar tuvo en su momento el comandante de la corbeta ‘Esmeralda’, varado en Mejillones, quien señaló que los chilenos "envalentonados con el apoyo que a su juicio debe prestarles un buque de guerra, faltarían tal vez del respeto debido a las autoridades locales..."36. La opinión la expresaba luego que el cónsul del puerto le solicitara que fuera hasta Tocopilla, en los últimos días del carnaval, donde este presumía se podían producir disturbios entre los chilenos y los bolivianos. Con esto se agrega un elemento más a ser considerado: los espacios de diversión y las fechas de fiesta (carnaval, Navidad, fiestas patrias), donde en medio de la celebración, el licor y el ambiente festivo eran ‘caldo de cultivo’ para problemas entre los peones. Debido a la numerosa población chilena, usualmente se celebraban las fiestas patrias chilenas, junto con las de Bolivia, con lo que los momentos de fiesta no escaseaban. Por otro lado, en busca de reproducir otros aspectos de la vida en Chile, aparecieron numerosas ‘chinganas’, donde la venta de licor y el baile atraían a la numerosa población chilena residente. En este contexto, frecuentemente se desarrollarían conflictos con los bolivianos, pero también entre chilenos, por lo que constituían un foco de atención por parte de las autoridades, para quienes significaba un elemento más de quebrantamiento del orden.

Respecto al segundo tipo de casos que se ha distinguido, las fuentes hablan de manera mucho más abundante. Como ya se mencionó, el aspecto predominante y que destaca en estos conflictos fue la disputa territorial entre los dos países. El problema comenzó a fines de 1862, cuando un empresario, Matías Torres, entró en un litigio por guaneras en Mejillones las cuales estaba autorizado a explotar por el gobierno chileno, pero en las que también podía trabajar un ciudadano brasileño autorizado por el gobierno boliviano; el punto de conflicto era entonces, a quién pertenecía aquel territorio. La disputa se mantendría incierta y con momentos de mayor tensión, como la no concretada declaración de guerra de Bolivia a Chile, hasta 1866. Ese año, el 10 de agosto, se firmaría el tratado que hacía partícipe a Chile de la mitad de los productos minerales y guaneras que se descubrieran entre los 23º y 25º, liberando los productos chilenos de todo gravamen en su introducción por Mejillones37. Hasta esa fecha, sin embargo, en especial en la prensa y la correspondencia consular, Bolivia era para los chilenos sinónimo de ‘las guaneras usurpadas’. Lo mismo significaba Chile para los bolivianos.

Ahora bien, no solo al nivel de las fuentes hoy estudiadas la influencia del tema de las guaneras es notorio, sino que también es importante tener en cuenta hasta qué punto pudo haber sido otro factor de conflicto para la diaria convivencia, en especial en los lugares implicados. El tema no fue abordado solo por la prensa chilena, sino que también lo fue por la boliviana, y si bien los peones difícilmente leerían los diarios, no es posible afirmar que el tema haya quedado totalmente fuera de su conocimiento. Mensajes tales como "toca a todo boliviano de patriotismo herir los aires con gritos de reclamación justa, y salir del fango de la guerra civil para ponerse en alarma, en guardia de nuestro derecho"38, pudieron haber complicado aún más el ambiente. Del mismo modo, los diarios en Chile hacían su parte, destacando el abuso cometido "invadiendo el territorio de una república hermana y atropellando sus súbditos en el ejercicio de su más legítimo derecho, aprehendiendo (...) individuos por el crimen de trabajar en el desierto..."39. Si bien lo más probable es que este tipo de artículos no motivó actitudes violentas, al menos en el peonaje, es preciso considerar el ‘tono’ con que se trataba el tema en la prensa, para así valorar en su justo peso los relatos que en este mismo medio y en otros fueron publicados respecto a abusos y maltratos hacia chilenos. Además, no resulta claro el grado de influencia que pudo haber tenido el problema en las actitudes y acciones de las autoridades. Desde la perspectiva chilena, los abusos se podían explicar porque "el gobierno de Bolivia había sometido a sus autoridades la decisión de la cuestión de límites, haciendo pesar sobre ciudadanos chilenos avencidados en Cobija (...) la responsabilidad que no podía caer sino sobre el gobierno chileno"40

Cuando se inició el conflicto, una de las medidas del gobierno chileno fue enviar al vapor ‘Maipú’ a sentar presencia en los territorios en disputa. En una de sus primeras comunicaciones, el comandante J. Wiliams Rebolledo señalaba que recién llegado a Cobija se le habían presentado "varios chilenos, algunos de ellos vecinos respetables de esta población, con reclamos de todo jénero (sic), quejándose amargamente de las tropelias i vejaciones que (...) están sufriendo de parte de todas estas autoridades"41. Según el comandante, él comprobó estas situaciones y llegó a la conclusión de que los individuos que ejercían cargo público utilizaban todos los medios posibles para hostilizar a los chilenos. Sobre todo, destacaba que se culpaba a sus compatriotas de todo crimen que ocurriera, siendo en un chileno "el primero (en) que recae la sospecha, e inmediatamente (es) arrastrado a la cárcel, además se le detiene preso indefinidamente, sin proporcionarle alimento ni cosa alguna para su subsistencia, recibiendo únicamente el trato más duro que darse puede..."42.

Siguiendo estos testimonios, es factible pensar que se trataría de abusos de autoridad, en especial contra los chilenos. Esta sospecha permanente podía deberse a la impresión que del carácter violento y desordenado se tenía de los chilenos, pero también pudo verse influida por el tema de las guaneras (en especial en casos entre las autoridades locales y los chilenos residentes en el puerto). Cuando el carpintero chileno Manuel Leiva hizo un plano para una casa de las oficinas de aduana de Mejillones, el jefe político lo mandó a llamar, lo insultó y lo amenazó con encarcelarlo si volvía a hacer trabajos semejantes, "que tuviesen la menor relación con las juaneras (sic) de Mejillones que pertenecían exclusivamente a Bolivia..."43. Sin embargo, desde el mismo vapor ‘Maipú’ el cónsul chileno, José Jonashon, despachó una carta que contradijo lo anterior, desmintiendo algunas noticias que habían llegado a la capital y lamentando que "El Mercurio de Valparaíso dé constantemente cabida a artículos que solo pueden resentir el amor propio de los bolivianos..."44. Con esto, se estaba refiriendo a un artículo publicado en dicho diario, en el cual se señalaba que se había azotado a chilenos y que a un carpintero lo habían mandado apresar por hacer el plano de una casa, junto con comentar el autor de la carta al lector de esta, "figúrate cómo estarán estos matones bolivianos..."45. El cónsul planteaba que se debía evitar la publicación de este tipo de artículos e investigar quiénes los enviaban ya que solo servirían para excitar los ánimos infundadamente.

Llaman la atención, entonces, las contradictorias opiniones respecto a lo sucedido en el puerto, más aún cuando una comunicación que el vapor ‘Independencia’ enviaba desde Cobija, sostenía que "los chilenos residentes, tanto en este como en Mejillones viven por ahora tranquilos y no son molestados"46. Al enfrentar las fuentes, una de las posibilidades es adoptar la duda y la incredulidad como un referente ante lo que ponen al descubierto, pero también es posible obtener algunos indicios acerca de lo sucedido. En primer lugar, sería dudoso pensar que realmente no ocurrió ninguno de los altercados mencionados, ni que estos eran una realidad de todos los días, sino que resulta más factible ubicarse en una posición intermedia. Esto, porque si bien el cónsul Jonashon representa la ‘voz oficial’, su perspectiva de los hechos podía estar influenciada por sus propias opiniones y su gestión en los sucesos. Ya en 1859, el cónsul le señalaba al ministro que diariamente se le presentaban quejas de los peones chilenos, que ninguna de estas las había desatendido, pero que había comprobado que casi siempre "son infundadas y que la autoridad procede aunque con severidad, siempre con justicia, mas no satisfechos con esto los peones van a presentar sus quejas a todo el mundo, representándose por supuesto siempre como inocentes, y hay personas de alguna inteligencia aquí que toman entonces la parte de estos peones y predican contra abusos de autoridad (...) culpándome que no defiendo a los chilenos como debería, estas personas (...) no conocen sin embargo el país en que viven, pues es muy natural que en un distrito mineral como este, donde se reúne la hez de la peonada chilena, hay que castigar las faltas cometidas por los peones con mayor severidad que en cualquier otra parte, y no reconocen que aquí se trata esta gente con mayor bondad que en cualquier distrito mineral de Chile"47. Lo que para algunos pudo haber sido un abuso, no lo fue para el cónsul, sino que solo era la aplicación de la autoridad en un espacio de por sí violento, y que se volvía más complejo aún con la presencia del peonaje chileno. Además, Jonashon estaba planteando aquel argumento en función de justificar su actuar, que al parecer no todos evaluaban satisfactoriamente. Lo mismo sucedió en los casos arriba mencionados, donde se culpó al cónsul de no haber defendido al carpintero Manuel Leiva, además de otras situaciones como la de una mujer residente en Tocopilla que exponía los altercados y persecuciones que había sufrido por parte del corregidor local, ante lo cual, informado el cónsul, no habría hecho nada para protegerla48. De este modo, la completa negación de los sucesos por parte del cónsul debería ser relativizada, ya que es probable que no haya sido objetivo en sus apreciaciones.

Junto a lo anterior, también es preciso señalar que la utilización del poder más allá de ‘sus límites’ por parte de las autoridades locales, surge como una característica de la zona en estudio, más aún con las dificultades del poder central para consolidarse y realizar un control efectivo sobre las zonas más alejadas. Entre el 17 julio de 1863 y el 1 de enero de 1864 se publicaron en El Mercurio cuatro comunicaciones, en las que se debatió acerca de arbitrariedades y abusos cometidos por las autoridades, específicamente por el prefecto de policía de Cobija. En la primera de ellas, dos ciudadanos y el cónsul Jonashon desmentían todos los cargos que ya se habían hecho en la prensa contra la administración pública de Cobija, señalando que "es de todo punto falso, como se dice, que en Cobija se trata mal a los hijos de Chile, y lo que es peor, que se les hostiliza y hasta que se les azota"49. A estas cartas le siguieron dos en el mismo diario y otras en El Ferrocarril50, en las cuales se denunciaban las arbitrariedades que en ese puerto cometía el prefecto de policía, quien no solo arremetía contra los ciudadanos comunes, sino que también contra el resto de las autoridades, "las detenciones (...) han continuado, y por lo visto, seguirán con tal actividad, integridad y enerjía, que en breve el pueblo entero se habrá trasladado a la cárcel..."51. El problema de las autoridades en ese puerto constituye en sí ‘otra historia’, pero estos antecedentes contribuyen a entender que las irregularidades entre las autoridades y la ciudadanía eran sucesos que se extendían más allá de un problema de nacionalidades o de constituir un foco de desorden. Es evidente que estos factores tienen una gran relevancia, pero en especial en estos años, se desarrollaron problemas que debían en gran parte su origen a atribuciones excesivas de poder, rencillas personales y la carencia de un control central que regulara las situaciones locales. Así, más bien, se trata de la combinación de estos factores, ya que si se consideran las arbitrariedades de las autoridades, junto con situaciones puntuales (como el problema de las guaneras), la presencia de un gran número de peones chilenos y la falta de un control central, podría comprenderse en parte el origen de algunos de estos sucesos52.

LA PRESENCIA PEONAL EN TARAPACÁ

La emigración del peón chileno por incentivos laborales no se limitó solo al litoral de Atacama. Su presencia en las costas del Perú se inicia años antes de los considerados en este apartado, cuando en la década del ’50 la extracción del guano en las islas Chincha se convirtió en un fuerte polo de atracción para el peonaje chileno53. Anterior a esos años, la participación de peones chilenos en las faenas salitreras no parece tan significativa, como sí lo será luego de la mecanización de las oficinas salitreras a partir de 1853. "Enfrentada a un brusco incremento de la demanda, la exportación del salitre creció durante esa década en un 145 por ciento respecto de la década anterior, para volver a aumentar en un 100 por ciento en la de 1860"54. Para suplir la mano de obra necesaria, comenzó un creciente flujo de trabajadores bolivianos y chilenos que para comienzos de los años setenta ya constituirían mayoría dentro de la industria.

De modo similar a lo que ocurrió en el litoral de Atacama, la masiva presencia de peones chilenos significó mucho más de lo que las cifras señalan. Su comportamiento, estuvieran en Chile, Atacama o Tarapacá, fue, en general, el mismo: tendencia a no respetar el ‘orden’ impuesto, a disfrutar de las chinganas y de los carnavales, situándose frecuentemente en el ámbito de la violencia y de la delincuencia. Con un comportamiento tal, las autoridades de las distintas localidades peruanas y los representantes chilenos fueron puestos en más de una ocasión en complejas situaciones. En ellas se entrelazaba el poder de cada autoridad, difíciles coyunturas políticas y sociales (frecuentes en esta década en el Perú), y el actuar de los propios peones, que por momentos parecía estar guiado por ciertos sentimientos de superioridad o desprecio hacia la peonada peruana.

Es así como las fuentes han permitido distinguir dos tipos de conflictos entre el peón chileno, los naturales del Perú y sus autoridades. En primer lugar, algunos problemas se relacionaron con la historia política del país, claramente inestable en estos años. En segundo lugar, es posible diferenciar otra serie de situaciones en las que el origen se encuentra en la actitud desafiante del peón chileno, tanto con el resto de la población como frente a las autoridades. A esto se suma el manejo dado por estas ante la masiva llegada de trabajadores extranjeros.

Respecto al primer tipo de sucesos, es necesario considerar la agitada vida política del Perú durante la década del sesenta, donde el poder lo compartieron al menos 6 gobernantes, paralelo a frecuentes levantamientos en distintas localidades. La débil estabilidad del gobierno central, junto con los alzamientos, significaba en la práctica un reclutamiento constante de individuos para los distintos bandos y una actividad ‘militar’ o armada, que podía desarrollarse con cierta periodicidad. Así, no fue tan extraño que en ciertas ocasiones se vieran implicados peones chilenos en algunos de los bandos, voluntaria o forzadamente.

En agosto de 1865, el cónsul en Lima, Marcial Martínez, señalaba que "diariamente se nos ofrecen casos de reclamos por chilenos que son tomados en las levas militares..."55. Dos años más tarde, en enero de 1867, el cónsul en Arica, Ignacio Rey y Riesco, le escribía al prefecto de policía denunciando los abusos cometidos contra ciudadanos chilenos, "ya enrolándolos en cuerpos del Ejército, ya desterrándolos del lugar de su residencia por faltas de policías, ya poniéndoles en arresto y prisiones arbitrarias..."56. Según lo planteado por los cónsules, su queja se dirigiría, entre otras cosas, a la inclusión forzada de chilenos en el Ejército, del cual estaban exentos por ser extranjeros. Sin embargo, el mismo cónsul en Lima informaba también de una conversación sostenida con el ministro de Relaciones Exteriores de Perú, en la cual se le habría asegurado que la mala disposición que él observaba respecto a los chilenos, era solo en "contra de los malos chilenos (...) que habían venido en busca de mejor suerte a este país y que se habrían mezclado siempre en sus asuntos domésticos..."57.

De este modo, pareciera que el tema tiene dos lecturas. Una, respecto al enrolamiento involuntario de chilenos en las fuerzas militares, pero también su participación, ya no forzada, en los frecuentes conflictos internos del país. Lo anterior en medio de, según Martínez, una agitada vida cotidiana, ya que "el estado de alarma y de tirantez en que está la sociedad y de que adolecen todas las relaciones que a ella se refieren, es superior a lo imaginable. Nadie se ocupa sino de la revolución, muchos temen ser apresados (...) y todos viven temiendo motines y desórdenes a cada instante"58. Como ya se ha mencionado, la opinión de los cónsules debe ser de todos modos calibrada en su justo peso. Quien escribe se encontraba en Lima, por lo que su perspectiva desde el gobierno central pudo quizás ser exagerada, sobre todo, considerando que se trata de una autoridad y que desde su punto de vista del ‘orden’, lo que sucedía en Perú era realmente catastrófico. Pese a ello, sus opiniones dejan ver un grado de inestabilidad que se traspasaba de lo político a la sociedad, donde la presencia de ciudadanos extranjeros podía ser un elemento de conflicto. Más aún, si según el mismo cónsul "el nombre chileno no es simpático a la inmensa generalidad de los peruanos, sobre todo a los de Lima y sobre además (sic) al gobierno que hoy rige los destinos de este pueblo (...), (que) sienten por nosotros una malquerencia que ni aun se dan el trabajo de ocultar"59. Sin embargo, no se dispone de otras referencias que argumenten lo planteado por el cónsul, específicamente respecto a la mala disposición del gobierno peruano hacia los chilenos. Por otro lado, en el momento en que Chile se mostró solidario ante la guerra entre Perú y España, se desarrollaron variadas manifestaciones públicas de aprecio por parte del gobierno de Perú y de la ciudadanía, comentadas por los mismos cónsules y por la prensa en Valparaíso60. Dado lo anterior, el tema de una malquerencia por parte del gobierno peruano puede no ser una interpretación que se sustente adecuadamente.

Respecto al segundo tipo de conflictos, es necesario partir de las condiciones existentes según las disposiciones legales referentes a los extranjeros. En el Reglamento de Policía y Seguridad Pública, el artículo 158 disponía que "todo extranjero que ingresa a cualquier punto de la República, se presentará personalmente al superior de Policía que haya en el lugar, quien otorgará un boleto provisional en el que se espresará (sic), el nombre, apellido, patria, Estado, profesión y si se va a ejercerla en el país"61. Este trámite lo debía realizar el extranjero hasta que llegara a una capital de departamento, donde se le entregaría el boleto definitivo de seguridad. Si no cumplía esta formalidad, el individuo sería arrestado, hasta que se esclareciera su procedencia y objetivo del viaje. Luego, el artículo 159: "Cualquier extranjero que resulte vago o sin ocupación conocida, será tomado y puesto a disposición de su cónsul si lo hubiese. Si no será remitido al puerto más próximo del litoral, a fin de que se verifique su embarque con destino a un punto fuera de la República"62. Ante tales disposiciones, es posible imaginar que más de algún peón chileno se vio perjudicado por su no cumplimiento. Sobre todo, considerando que "la mayoría de nuestros nacionales que llegan a estas costas, ya de Chile, cuanto de puertos intermedios, son de la clase trabajadora o peonada que viene a buscar trabajo. Gente ignorante de las leyes restrictivas del país y que desde el (momento) que llegan, por no presentarse a la autoridad civil incurren en el (quebrantamiento) del art. 158 y de consiguiente la autoridad está autorizada plenamente para aprisionarlos"63. El cónsul Rey y Riesco consideraba sumamente perjudicial estos dos artículos, porque además de lo señalado arriba, como muchos llegaban recién a buscar trabajo, podían ser calificados como vagos, y por esto desterrados. Ante tales decisiones, el consulado no podía hacer nada, señalaba, ya que las autoridades peruanas se encontraban dentro de los márgenes de la ley. La información que las fuentes entregan solo deja constancia de la preocupación del cónsul, y de que ante sus reclamos no recibió mayores respuestas. No existen antecedentes de casos puntuales que hayan sido afectados por estos artículos. Pero dadas las condiciones en que emigraban los chilenos, en gran número, sin trabajo seguro y sin conocimiento de las leyes vigentes en el país al que llegaban, es factible suponer que en más de una ocasión se vieron perjudicados por tales disposiciones.

Ahora bien, más allá de que existieran artículos legales que pudieran perjudicar a los chilenos, es posible analizar otras situaciones, donde no hubo razones de este tipo, sino que acciones delictivas de los peones o, según los cónsules, odiosidades por parte de los peruanos hacia los chilenos. Según el cónsul en Callao, V. Cantuarias, quien vivía en Perú desde 1836, los reclamos de los chilenos eran frecuentes, y ante una pequeña falta que ellos cometieran, "se les hostiliza sin piedad; y además se les particulariza en los partes señalándole, como por apodo, su nacionalidad"64. Así también, en las Memorias del Ministerio de Relaciones Exteriores de 1860, se planteaba la necesidad de establecer una legación permanente en el Perú, debido a todos los chilenos allí residentes, y a las constantes reclamaciones que ellos elevaban a los representantes chilenos para su protección65. En especial se hacía referencia al asesinato de tres chilenos en el Cantón de la Noria, el 2 de octubre de 1859. Debido a que ninguna autoridad se había hecho cargo del homicidio, otros chilenos habrían puesto en manos del juez a los autores del delito, pero este los habría dejado inmediatamente en libertad, y habría excitado la animosidad de la gente del país contra los chilenos, "suponiendo a estos proyectos de venganza. Forjando a su antojo planes y conspiraciones imaginarias alarmó a los cantones vecinos y reuniendo alguna jente (sic) armada empezó a tomar contra los chilenos en jeneral medidas más violentas (...) sin obedecer a otro impulso que el de un ciego y vulgar odio contra la nacionalidad de esos hombres"66. Según el relato del cónsul, luego habría llegado el subprefecto de la provincia quien habría apoyado la conducta del juez, persiguiendo y encarcelando al menos a doscientos peones chilenos. Como se observa, el problema habría comenzado a raíz del asesinato de los chilenos, ante lo cual el resto habría decidido capturar y entregar a los culpables. El origen de la reacción del juez no encuentra explicación, aunque quizás pudo ser producto del temor de que los chilenos realmente comenzaran una asonada contra el resto, con consecuencias mayores. Esto, siguiendo lo que se ha dicho del carácter de los chilenos, y cómo este preocupaba a las autoridades. No obstante, si efectivamente el juez y el subprefecto actuaron de esa manera, queda un margen de su proceder del que no se tiene fundamento, a menos que se quiera asumir abiertamente la explicación del cónsul, es decir, la odiosidad manifiesta a los peones por el hecho de ser chilenos.

Hasta aquí pareciera que los peones chilenos son, en cierta forma, víctimas de las situaciones, aunque se ha visto que muchas veces tenían efectivamente culpa en los sucesos. Sin embargo, hubo situaciones en que el actuar de los peones, en especial de forma masiva, fue abiertamente trasgresor, y se observa una ‘odiosidad’ desde ellos hacia los peruanos. Un caso así es lo sucedido en la Oficina de Peragallos y Compañía, a mediados de enero de 1860. Un grupo de chilenos, entre 30 y 40, primero asaltó una pulpería, donde la dueña fue amenazada y le robaron botellas de anís y de vino. Luego se habrían dirigido a otro local, donde sin mayor razón se le dio un botellazo al dueño y se robaron damajuanas de licor. Con este botín, el grupo se fue a beber y se escondieron en una casa, hasta donde llegó el gobernador con un grupo de policías para detenerlos. Cuando los chilenos oyeron los tiros, gritaban ¡Viva Chile! e insultaban de ‘negros’, ‘zambos’ y otras cosas a los peruanos. Incluso, en medio de la pelea, al gobernador le habrían dado un garrotazo y un peón que se había puesto en la puerta como ‘tranca’, al momento que le dispararon, seguía insultando a sus captores. Los testimonios del sumario destacan, entre otras cosas, la actitud desafiante de los chilenos, ante la policía y el gobernador, y los insultos de ‘cobardes’, ‘flojos zambos’ y ‘cojudos’ que les dirigían. Incluso, en el momento que a uno de ellos lo llevaban a la cárcel, intentó resistirse, pero al no tener éxito, gritaba ¡Viva Chile! y ¡Muera el Perú!67.

La situación por sí sola describe al menos dos aspectos. En primer lugar, los peones no siempre fueron víctimas de los sucesos, más bien, junto con los otros casos mencionados, es evidente que se veían involucrados en actos delincuenciales, motines, robos, asaltos, donde en especial la acción colectiva se convertía en un importante elemento de inestabilidad y ‘desorden’ para las localidades de Tarapacá. Por otro lado, destaca la actitud desafiante y altanera, junto con la utilización de ofensas para los peruanos, que vienen a ser ‘la otra cara de la moneda’ de las ‘odiosidades’ de las autoridades hacia los peones chilenos. El origen de tales expresiones no es claro, pero dejan ver que al momento de ofender, el chileno sabía cómo hacerlo y podía llegar a utilizar los elementos raciales y culturales que lo diferenciaban del trabajador peruano.

LOS AÑOS MÁS CONFLICTIVOS: 1872-1879

Como punto de partida, es preciso cuestionar la afirmación contenida en el título, respecto a que en esos años se manifestó una mayor cantidad de conflictos entre peones chilenos, peruanos y bolivianos. Tal aseveración puede ser poco rigurosa, debido a que más bien son las fuentes las que muestran la situación de esa manera, no pudiendo el historiador confirmarla con total certeza68. Como ya se ha señalado anteriormente, el problema de la limitada información que hasta hoy llega de los sucesos en la pampa, deja un margen al cual es imposible acceder y que podría reafirmar lo dicho o quizás contradecirlo. No obstante, cuidando no caer en un total escepticismo, es plausible destacar que la frecuencia de ciertos sucesos fue mayor y lo fue también la importancia otorgada a estos por las autoridades y la prensa, tanto locales como chilenas. Lo anterior, en un ambiente que cada vez fue más sensible a este tipo de situaciones, en especial en los años previos a la guerra.

En especial en el territorio boliviano los sucesos fueron más frecuentes y se caracterizan por tratarse de problemas con las autoridades (en especial los ‘abusos’ de estas) y conflictos individuales que podían terminar como tumultos entre dos bandos. Junto a esto, el análisis que de estos sucesos realizaban las autoridades fue más profundo y polémico, centrando en ellos gran atención, lo que también se observó en la prensa (en especial en los casos bolivianos). En último lugar, pareciera que el mayor número de problemas en Bolivia se concentró entre 1876 y 1879, a diferencia de Perú, donde las referencias apuntan a los años anteriores (1872-1877). Nuevamente esta observación puede ser atribuible a una concentración de la información, no de los sucesos. Sin embargo, a través del estudio de estos es posible percibir una mayor irritabilidad, tanto entre los peones como en las autoridades, en el territorio boliviano que en Perú.

PERÚ, UNA CONVIVENCIA UN POCO MÁS ‘TRANQUILA’

En efecto, las fuentes ‘hablan’ de un menor número de conflictos en el territorio peruano que en el boliviano, pero esto no significa que en Perú además hayan sido de menor violencia o menos masivos. La diferencia se refiere más bien al número de sucesos que las fuentes entregan, en especial los relacionados con abusos de las autoridades. No se trata, por lo tanto, de inexistencia de delitos cometidos por chilenos ni de disturbios entre los peones de las salitreras.

Así por ejemplo, en La Noria, en pleno carnaval de febrero de 1872, el peón chileno Valeriano Poblete dio muerte con disparos a Apolinario Saavedra. La razón habría sido la defensa propia, ya que el chileno había intervenido en dos ocasiones para defender a compatriotas que eran maltratados por el otro peón. No son claras las razones por la cuales Poblete se involucró en esas riñas, pero en el sumario señaló que fue para auxiliar a los otros chilenos. Ante esto terminaría siendo él perseguido, por lo que se defendió, y aunque no se declara culpable, reconoce que un tiro salió de su pistola69.

Las riñas o los casos ‘individuales’ eran frecuentes en un ambiente donde la mayoría de los sujetos estaban armados, con un puñal o pistola, con lo cual "durante la década que precedió el estallido de la Guerra del Pacífico, la violencia fue una experiencia cotidiana y permanente para los trabajadores del salitre. En su mayor parte, esta era una violencia espontánea e individual, estimulada por el juego, el alcohol, y seguramente, la escasa influencia de inhibidores culturales, institucionales o familiares sobre un conglomerado popular joven, mayoritariamente masculino, y de reciente formación"70. Pareciera que no se necesitan reales motivos para ejercer la violencia, cada cual solía portar armas o un corvo, lo que se refleja en los archivos judiciales donde se observan numerosas constancias de acusaciones de heridas, generalmente cuchilladas. Una simple pelea a manos limpias no era tan común, y las reacciones solían terminar con heridos a muerte y homicidios, aunque el origen de la pelea no pareciera justificar aquel fin. Casos como el del chileno Remigio Rojas, ejemplifican lo anterior. Luego de haber estado jugando bolas con José Cruzate, al querer poner este término al juego, se le exige que pague, y luego de hacerlo, Rojas se lanza encima y lo apuñala71. Según los testigos Cruzate habría iniciado la riña, pero más allá del origen, lo que se debe destacar es que este no fue tan relevante como para usar el puñal que ambos poseían. De este modo, la violencia y el uso de armas no eran ajenos a los peones salitreros, pero en general tampoco lo eran para el resto de la población. La defensa propia podía exigir su uso incluso para mujeres como Mercedes Calderón de Miller (chilena), quien, sola ante una cuadrilla de bolivianos ebrios que le pedían licor o dinero, tomó un revólver y sin saber que no estaba con seguro, hirió de muerte a uno de ellos72.

Si la violencia era un aspecto cotidiano de la vida en las salitreras, puertos y faenas, el que una riña fuera entre peones de distinta nacionalidad pudo ser solo una coincidencia. Se trataría de enfrentamientos violentos como cualquier otro, donde las diferentes nacionalidades no era el motivo, sino una borrachera o una estafa. Este tipo de casos, donde no se observa ningún elemento que señale que la nacionalidad fue un agravante, como insultos, injurias o que se reunieran dos bandos de compatriotas, pudo ser parte de los problemas cotidianos. En este sentido, no todas las peleas pueden ser atribuibles a las malas relaciones entre los peones de distinta nacionalidad. Si esto fuera así, ¿cómo se explican las numerosas peleas, heridas, homicidios e injurias que se producían entre los chilenos? Numerosos casos de homicidios, como el de Severino Canales contra Juana Valenzuela, en La Noria en 1876, y el de Amador González en Iquique contra Olegario González. Frecuentes injurias entre mujeres, heridas inferidas por Narciso Olmos contra Mónica Rojas73, también entre Juan Reyes y Vicente Vera estando ambos ebrios74 ..., señalan que siendo todos ellos chilenos, la violencia no les era ajena, aunque se tratara de compatriotas.

Los conflictos mencionados se caracterizan entre otras cosas, porque en ellos se vieron involucrados dos o tres individuos. Sin embargo, en otras ocasiones, sucesos que comenzaron de esta manera terminaron con muchos más implicados. En comparación con lo anterior, es más probable que en este tipo de casos, la variable de la nacionalidad tuviera una influencia mayor. Una riña individual entre dos peones de distinta nacionalidad, se ampliaba entonces hasta convertirse en un enfrentamiento entre dos bandos de diferente país de origen. Un caso de estas características fue el que sucedió en el cantón de Negreiros, en la oficina de Germania, el 26 de febrero de 1873, cuando se tomó en calidad de reo a José Santos González, "chileno indicado de haber dado muerte a puñaladas al boliviano Francisco Cora, hecho que dio origen a que algunos de esta última nacionalidad se reunieran y en masa dieran también muerte a los chilenos Benito Guerra y Paulino Rojas"75. Uno de los testigos señalaba como causa del problema una pelea entre un boliviano y un chileno, por lo que se amotinaron tanto unos como otros. Pero Manuel Alache (boliviano) señalaba "que los que provocaron el conflicto fueron los chilenos que se hallaban allí, todos reunidos formando líneas de dos en el fondo en la plazuela del establecimiento; i que el que los capitaneaba eran dos (sic), uno de estos nombrado Domingo Arancibia, el que insultaba a los bolivianos con el calificativo de ‘bolivianos cochinos, piojeros y bandera de tres colores’... "76.

Las versiones del suceso son un poco contradictorias. Sin embargo, lo claro es que a partir de una riña entre peones, se terminaron enfrentando dos bandos, que eran chilenos y bolivianos, aunque en la zona de Tarapacá. Lo que recuerda que si bien los peones chilenos eran especialmente ambulantes y llegaron a ser mayoría en ciertos lugares, no eran los únicos, ya que peones bolivianos también emigraron hacia Tarapacá, sumándose, aunque en menor número, los asiáticos y europeos. Del mismo modo, los insultos inferidos a los bolivianos, elemento que ya se había observado años anteriores, es un aspecto importante. No se trataba tan solo de involucrarse en una pelea, sino que la situación daba además para que las percepciones de unos hacia otros afloraran con mayor fuerza.

Los conflictos entre iguales no fueron los únicos casos sucedidos en Tarapacá. Las fuentes hablan de numerosos problemas entre distintas nacionalidades que se desarrollaron entre los peones y las autoridades peruanas, en especial policiales y militares. Desde los primeros años de esta década, los cónsules a cargo debieron hacerse cargo de numerosas reclamaciones, a raíz de ciertos sucesos que iban de menor a mayor gravedad. En septiembre de 1873, el cónsul David Mac-Iver le escribía al prefecto de Iquique para ponerlo en conocimiento de que camino a La Noria, el chileno Isaías Velásquez "fue repentinamente detenido a la voz de ¡párese Ud.! que le daba un paisano que se acompañaba de un militar. Inmediatamente ese sujeto le descerrajó cuatro tiros de revólver, dándole uno en la frente i los tres restantes en la pierna derecha"77. Luego de la investigación pertinente, se aclaró que el individuo se había robado un par de botines, pero en ningún momento se negaron los tiros de revólver, por lo que el cónsul continuó sus alegatos condenando los procedimientos utilizados.

Un mes más tarde, por orden de la policía, el chileno Manuel Núñez fue paseado por las calles de Iquique, desnudo y con un cartelón a la espalda que decía ‘por ladrón’. Después de "haber sido expuesto a la vergüenza pública y flajelado, fue puesto en cepo de campaña de donde fue retirado cadáver"78. Este suceso mereció los más duros juicios por parte de Mac-Iver, quien señaló "que se necesita retroceder a los tiempos más remotos de la barbarie para acercarse a una símil de lo que es la conducta de la mayor parte de las autoridades para con nuestros nacionales"79. Su juicio era preciso, este no era un caso aislado, sino que formaba parte de los numerosos abusos de la policía de la ciudad, en especial del comisario de la policía, don Federico María Barreto. "La policía negocia a costa del honor, la sangre i la propiedad de nuestros conciudadanos. Justa o injustamente se recoje a cuanto chileno se encuentra de noche en las calles i lo llevan a las mazmorras de la policía de donde no sale sino mediante una fuerte multa (...). Debe darse por mui feliz el que no sale flajelado, nadie sí, deja de ser insultado, siéndole siempre enrostrada su nacionalidad como un delito..."80.

Basándose en este caso, y otros que el representante chileno decía conocer, su indignación iba dirigida hacia los maltratos que parecían injustificados, aun cuando el individuo apresado fuera culpable de algún delito. Resulta evidente que el paseo del chileno desnudo fue una medida humillante y exagerada, y que además, no terminó allí. Sus alegatos, según lo que él plantea parecen entonces lógicos y adecuados, más aún siendo una de sus responsabilidades el velar por la integridad y seguridad de los chilenos en el extranjero. Pero, por otro lado, el cónsul demostraba preocupación por los efectos que estos abusos podían provocar en la colonia chilena. "(el comisario Barreto) ...está sembrando entre la colonia chilena, que es el mayor número i los nacionales peruanos un odio que puede ser de fatales resultados para la tranquilidad de la provincia. Si aún no ha tenido lugar un choque, ha sido por la (actitud) ilustrada de nuestra colonia; pero no sabemos hasta dónde seremos capaces de contener el torrente de las pasiones exaltadas que de un momento a otro amenaza desbordarse"81. Como ya se ha planteado ante otras declaraciones de cónsules, su opinión debe ser entendida desde su posición, tanto su cargo oficial como su nivel cultural. Sin embargo, sus apreciaciones, aunque quizás un poco exageradas, dejan ver la posibilidad, contemplada al menos por las autoridades, de que las situaciones puntuales entre la policía y los chilenos también podían desembocar en sucesos más masivos y violentos. La colonia chilena tendría limites para tolerar los abusos y su capacidad de acción como masa era temida por el cónsul.

Sin embargo, si acciones colectivas de chilenos podrían ser originadas por estos abusos de la policía, ¿a qué se debían estos? La pregunta ya ha sido planteada antes, y no se ha encontrado una respuesta definitiva. Podrían nuevamente ser atribuidos a los delitos cometidos por chilenos y su actuar ‘desordenado’. Sin embargo, el exceso de violencia ¿puede ser explicado solo por la ‘mala fama’ de los chilenos? El cónsul, por su parte, habla del ‘delito de ser chileno’, con lo que parece dar a entender que la policía ejercía especial violencia por el hecho de ser ellos de determinada nacionalidad. Esta opinión era compartida por un grupo de chilenos que escribió al ministro de Relaciones Exteriores, señalándole que los extranjeros en Perú debían soportar, "sobre todo la clase del pueblo, el indescriptible trato de las autoridades civiles y militares por el solo crimen de ser chilenos.(...) El odio que las autoridades nos demuestra no se cimienta sino en la tierra que meció nuestra cuna"82. Su visión de la situación es precisa, aunque no presentan mayores argumentos que su propia opinión para respaldarla. Por esto, vuelve a surgir la pregunta, ¿el ser chileno constituía en sí mismo un elemento problemático, generador de malos ánimos y tratos por parte de los peruanos?... Y si así fuera, ¿cuál era el origen de aquel ‘odio’?

Los casos de abusos de las autoridades continuaron durante la década, repitiéndose en Iquique, Arequipa y la más lejana Lima. En el puerto de Iquique, en mayo de 1876, Genaro Montoya, Francisco Castro y N. Henríquez se dirigieron al consulado para señalar que habían sido sometidos a malos tratamientos por la fuerza de policía en el cuartel de la ciudad. Según la prefectura, los ciudadanos habrían sido sospechosos en el crimen de otro chileno y se los habría puesto en el cepo de campaña para sacarles declaración; ellos se habrían resistido, con lo que además habrían peleado contra los gendarmes83. Un incidente similar habría ocurrido en Arequipa, donde se habría azotado a tres chilenos acusados de robo, colgándolos de las manos y amenazándolos con hierros calientes para obtener la confesión84. Otras situaciones se desarrollaron en Lima, donde el chileno Juan Mariano Rosas fue "asesinado alevosamente"85 en abril de 1873. Dos años más tarde, Lucas Orellano, según el cónsul Joaquín Godoy, fue víctima de la inhumanidad del comisario Barreto, quien tomó preso al chileno, lo condujo a la comisaría y allí fue colgado de los pulgares, repitiéndose varias veces aquella operación. Según los antecedentes habría permanecido en la cárcel dieciocho días sin que se le tomara declaración86. Así también, en junio de ese año, tres chilenos habrían sido flagelados por un abogado de la Empresa de Ferrocarril de Arequipa a Puno87, y Sixto Flores habría sido víctima del capitán de caballería Belisario Echeverría y dos de sus subalternos88.

Estos sucesos causaban conmoción en los consulados y también en el resto de los chilenos, algunos de los cuales los denunciaban a través de la prensa. Sin embargo, tal acción podía también traerles confusas y trágicas consecuencias. El director del periódico Alcance a la voz del pueblo, el chileno Manuel Castro Ramos, fue increpado por el oficial Mariano Valdivia a efectuar un pago, ante lo cual contestó que en ese momento no tenía dinero y que regresara más tarde. Ante esto "Valdivia montó en cólera (...) y le intimó que marchase preso a la policía (...) con un arma de fierro forrada en cuero amarillo descargó terribles golpes en el cuerpo de Ramos (...), entonces los policiales lo tomaron de las manos y Valdivia dándole golpes en la cara sacó un periódico del bolsillo y lo incitó a que se lo tragase"89. Ramos intentó escapar y durante la persecución "recibió un balazo en el bientre (sic) disparado por el oficial Valdivia que lo postró. Entonces continuaron los ejecutores con los golpes y patadas (...)(finalmente) fue arrastrado hasta la plaza en que todavía Valdivia lo quería obligar a tragar el periódico"90. Si bien la acción policial pareció ser producto del no pago de una deuda, en el periódico donde publicaron la noticia señalaron que si "El señor Carlos Ramos, editor de este periódico guiado de su patriotismo e interés por la buena administración del país en que vive, ha denunciado los escesos (sic) de algunos subalternos, no había razón para victimarlo de una manera tan infame"91. Durante el proceso judicial se probó la culpabilidad del oficial Valdivia y los oficiales que lo acompañaban y a pesar de la dureza del caso, el cónsul no hizo mayores referencias, solo insistió en que se agilizara el proceso judicial. Debido a la inexistencia de mayores antecedentes, queda la interrogante de si la razón de la acción de la policía se debió a aquella deuda que se hace alusión o a posibles artículos que el periódico haya publicado denunciando abusos de la policía. En este sentido es significativo el gesto del policía de intentar que el chileno se tragara su diario. Pese a las ‘lagunas’ que quedan del suceso, nuevamente se vio implicado un oficial de policía en un abuso cometido a un chileno, y en este caso pareciera un acto de revanchismo debido a la divulgación de incidentes pasados.

Lo anterior torna central para la comprensión de estos hechos la persona del policía a cargo, ya que podía ser este el punto de partida para este tipo de acontecimientos. Si el oficial a cargo no tendía a utilizar la fuerza excesivamente y medidas ilegales para apresar a los culpables y sospechosos, los alegatos del cónsul no llegaban a ser necesarios y las relaciones entre ambas autoridades mejoraban. Por esto los representantes chilenos culpaban específicamente a las autoridades policiales y centraban en ellas la responsabilidad al plantear los antecedentes a los superiores. Del mismo modo, dependía del comisario de policía cómo fueran atendidas las reclamaciones por sucesos cometidos por subalternos y que no se convirtieran en un problema diplomático las gestiones de los cónsules ante las fuerzas policiales y la justicia. El cónsul Mac-Iver, en su informe al ministro de Relaciones Exteriores en 1874, señalaba que "la prefectura, grato me es decirlo, atendió con toda benevolencia este reclamo i mediante su influencia se evitó la consumación de muchos abusos..."92. Con este tipo de gestiones, Mac-Iver planteaba que se lograban mejorar considerablemente las condiciones de la colonia, en lo que "ha contribuido poderosa sino totalmente el nuevo prefecto Amaro G. Tizón cuyas distinguidas prendas personales han hecho fáciles y cordiales las relaciones con la Prefectura"93.

UNA CONFLICTIVIDAD CRECIENTE EN BOLIVIA

En Atacama, el número y la intensidad de los incidentes entre los peones de distinta nacionalidad y también con las autoridades fue mayor que en Perú, y fueron especialmente notorios en los dos años anteriores a la guerra. En este sentido, llamaron la atención incluso más que los de Tarapacá, al punto de que Diego Barros Arana, en su Historia de la Guerra del Pacífico, solo hace referencia a estos, y no menciona la situación en el Perú.

Por otro lado, el descubrimiento del mineral de plata de Caracoles, en marzo de 1870, tuvo consecuencias para la zona. A pesar de su corta vida, 8 años antes de la guerra y pocos años después de esta, dinamizó la vida social, política y económica de Atacama. El puerto de Antofagasta emergió y adquirió importancia, desencadenó flujos de capital y de bienes de consumo y migración de trabajadores hasta la zona94. La inmigración al mineral constituyó la tercera ola migratoria a la zona, lo que originó una significativa presencia de chilenos, provenientes mayoritariamente de Copiapó. De este modo, a la masiva presencia de chilenos que se encontraban en las oficinas y localidades salitreras, se añadía ahora Caracoles, que si bien no era un centro salitrero, poseía aspectos similares, en cuanto a las condiciones de trabajo y de vida, la sociabilidad (chinganas, fondas, prostíbulos) y los actores sociales, es decir, el peonaje (de distintas nacionalidades), los empresarios, las autoridades locales y los cónsules chilenos; características que permiten, por lo tanto, incluirlo en el análisis. Ya en 1876, el número de chilenos en Caracoles era de 4.530 sobre una población de 5.384, es decir, un 84 por ciento de la población95.

El tipo de conflictos que se desarrolló en Atacama fue similar a los de Tarapacá, es decir, problemas entre individuos y las autoridades (especialmente policiales y militares), y tumultos o motines entre grupos de diferente nacionalidad, donde el origen de estos no tuvo tanta relevancia como las consecuencias. Además, la atención prestada por los cónsules y por la prensa de Santiago y Valparaíso fue constante, dándole gran importancia a cualquier tipo de suceso. De hecho, en los diarios se publicaban, especialmente entre 1877 y 1879, numerosos artículos acerca de Bolivia y el mineral de Caracoles, teniendo una escasa cobertura, los también menos frecuentes, sucesos en Perú. Acerca de Caracoles, se informaba sobre la actividad minera y cómo eran respetados, primero que nada los intereses económicos y comerciales chilenos, y luego las condiciones de vida de los peones. El resto de la información acerca de Bolivia se centraba en la agitada situación política y en el tratado limítrofe de 1874, donde se estableció el límite entre los dos países en el paralelo 24º, acordándose no aumentar los derechos de exportación de minerales de los capitales e industrias chilenas, por un plazo de 25 años96. Con esto, una preocupación constante fue velar porque los derechos de los capitales chilenos fueran respetados, por lo que las primeras medidas tomadas por el gobierno boliviano en contra de estos, centraron fuertemente la atención en lo sucedía en Bolivia. Ya durante 1878, y frente al problema de la Compañía de Salitres de Antofagasta con el gobierno local, cualquier noticia que llegara del país vecino, en la que se viera afectado desde un peón hasta un empresario chileno, merecía sumo cuidado, y se enmarcaba dentro de aquella temática. De esta manera, es claro que si bien, los conflictos en las salitreras y en los puertos existieron, la interpretación que le dieron los cónsules, la policía, los jueces y la prensa pudo haberlos distorsionado en algún grado.

Respecto a los problemas con autoridades, al igual que en Perú, por lo general se trató de casos en los que, con o sin justificación, peones chilenos se vieron en prisión o fueron maltratados. Según el cónsul en Mejillones, Nicanor Zenteno, estos incidentes no eran "riñas de igual a igual, sino el atentado i el abuso del soldado que se ceba en los pobres trabajadores chilenos"97. En julio de 1876, Zenteno se dirigía al Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile e informaba de la flagelación ocurrida en contra de Loreto Henríquez. El cónsul señalaba: "actos como los que dejo nombrados, señor ministro, se suceden diariamente en los pueblos de este litoral a pesar de las formales y repetidas reclamaciones del cuerpo consular de la República. Se les contestaba siempre muy atentamente, prometiendo todo género de facilidades i la más cumplida justicia, pero casi nada se cumple; i la verdad es que nuestros nacionales se ven a menudo injustamente vejado i ultrajados, sin obtener jamás satisfacción de sus agravios ni de los perjuicios que reciben en sus intereses con las detenciones a que se ven expuestos cuando menos lo piensan"98.

Los casos que pueden reafirmar la opinión del cónsul son numerosos. En Mejillones, el 19 de noviembre del mismo año, fue azotado el peón chileno Juan Navarro, quien había sido tomado preso por el comisario por andar ebrio99. En el mismo puerto, Pedro Barrios, acusado de encabezar un motín, fue azotado y puesto en la barra. El motín por el que se le acusaba, al parecer "no había pasado de los límites de una simple pendencia entre unos cuantos trabajadores de las guaneras i algunos policiales en estado de ebriedad"100. Un año más tarde, "murió en Caracoles el ciudadano chileno Benito Berríos a consecuencia de las graves heridas que le infirieron en la noche del 13 (de noviembre) dos soldados de policía"101. El peón estando ebrio fue tomado por la policía y en los intentos de llevarlo a la cárcel se le habrían hecho las heridas mortales; para que no muriera en el cuartel, los policías lo llevaron hasta su casa, donde falleció. En Tocopilla, tres chilenos habrían sido azotados en la vía pública, y luego fueron embarcados fuera del territorio102. En este caso, el cónsul culpaba al intendente de Policía, quien constantemente realizaba sus funciones en estado de ebriedad. Finalmente, aunque la enumeración de casos podría continuar103, en Antofagasta, el 17 de junio de 1877, el peón chileno Tránsito Uvilla fue llevado a la policía por suponerse que había robado un chal. El acusado, ofreciendo testigos para defender su inocencia, fue acompañado por dos soldados a buscarlos, "i cuando enfrentaban la calle del cuartel viejo salieron otros policiales i llevándolo a dicho cuartel, lo flajelaron (sic) cruelmente como con 50 azotes, habiéndole tapado la boca previamente con un pañuelo que le introdujeron con una bayoneta"104. Después de dos días, fue embarcado hacia Mejillones, donde lo dejaron abandonado y bajo amenaza del jefe de policía Valdivieso de no sentar reclamo, ya que si no se azotaría a su mujer y a la familia. Este suceso fue denunciado por el cónsul, apareciendo también relatado, con un tono aún más condenatorio en El Litoral. Es curioso que en aquel artículo se implore al prefecto que ponga freno a estas situaciones, ya que "esos hechos no son aislados. Esa conducta de la policía es desde tiempo atrás, su sola conducta ¿Hasta cuándo toleran, las autoridades, esos abusos, sin nombre, que ofenden a la nación?"105. El llamado se realizaba en nombre del pueblo de Bolivia, no se trataba de chilenos (al menos directamente) los que escribían al artículo, lo que puede significar que los peones chilenos no fueron las únicas víctimas de situaciones como estas. Como ya se ha discutido para la zona de Tarapacá y para años anteriores, el exceso de atribuciones de las autoridades locales era una situación frecuente y que afectaba a la población en general, de la cual formaba parte la colonia chilena. Sin embargo, si se atribuye a todos los casos anteriores la lógica de que se trataba del actuar ‘normal’ de la policía, todos los comentarios y reclamaciones de los cónsules estarían fuera de lugar. Según Zenteno, "siempre la llegada de tropas coincide con atentados i violencia de todo género, porque el soldado se alza primero contra la altivez chilena i provoca a cada paso conflictos (...). Esto me ha probado i probará a Ud. que no es el roto chileno (como ellos dicen) el que se insolenta i provoca, sino el soldado de línea boliviano..."106 ¿Por qué si la violencia de los soldados a la población era una situación relativamente ‘normal’, el cónsul poseía esta lectura de los sucesos?

Tomando en cuenta la insistencia con que los implicados en incidentes protestaban ante los representantes chilenos y la acogida e importancia que ellos le otorgaban, es posible considerar que, si bien estos abusos no constituían una total excepción a la regla, pudieron haberse convertido en algo frecuente para los chilenos y en un tema relevante para los representantes diplomáticos. Según Nicanor Zenteno, "el asunto policía i sus abusos es más trascendental de lo que a primera vista i juzgado fríamente aparece. En mi constante observación tengo sentado que de esta cuestión Policías se derivan la mayor parte si no todas las diferencias entre chilenos i bolivianos, entre autoridades respectivas i aun entre los gobiernos de ambos países"107. Desde su punto de vista, los temas económicos, comerciales y judiciales no despiertan alarma, y son resueltos sin mayor problema por las autoridades, pero "esto de heridas, muerte i atentados cometidos por la fuerza armada, que debe garantizar la vida i la propiedad es cosa mui irritante, que mantiene vivo el odio i la discordia..."108.

Si los chilenos solo formaban un grupo más que era víctima de los policías y soldados, o existía hacia ellos especial resentimiento y violencia, constituye un primer aspecto que podría ser explicado en parte por el carácter altanero e irritable de los chilenos, y porque generalmente se veían implicados en actos delictuosos. Sin embargo, como ya se ha discutido, queda un margen del argumento sin explicación. Un segundo tema son las consecuencias que estos sucesos pudieron tener, y cómo contribuyeron a complejizar más aún la agitada convivencia. En este sentido, las opiniones del cónsul resultan explícitas. Su preocupación es el grado de indignación y exaltación que provocaban en la colonia chilena estos casos, que además de todo, generalmente quedaban impunes. Si la vida cotidiana ya era agitada e inestable, este tipo de acontecimientos no contribuían en nada a tranquilizarla. El temor a las reacciones en masa de los chilenos ante sucesos como estos, podía desencadenar (y lo hizo) consecuencias más graves que terminaban involucrando a los peones, a los cónsules y autoridades, y a los gobiernos. Aunque el cónsul resuelve el problema del origen de estos sucesos en ‘el odio’ a los chilenos, explicación que resulta insuficiente, su inquietud por los efectos colaterales resulta esclarecedora respecto a las condiciones de vida de las localidades en estudio. El ‘orden’ era un ideal frágil y pocas veces alcanzable, más aún con la convivencia de extranjeros y nacionales y el actuar de las autoridades a cargo.

Para finalizar la discusión acerca de este tipo de sucesos, es importante considerar que las atribuciones que los soldados y policías se tomaban, se explican en parte por el escaso control que tenían de autoridades superiores, pero también porque eran ellos quienes tenían el poder, entendido como la capacidad ‘legítima’ de ejercer la fuerza para mantener el orden en la población. En este sentido, es interesante plantear qué sucedía cuando los que estaban en el poder no eran bolivianos, sino chilenos. Al respecto, puede resultar esclarecedor el juicio emprendido en abril de 1877, por Francisco Burgos y Mariano Montaro, ambos bolivianos, contra el juez parroquial de Caracoles, Nicolás Solar, quien era de nacionalidad chilena. Ellos planteaban que desde el triunfo obtenido por los chilenos (no queda claro si en elecciones municipales o a raíz de un motín), "la zaña (sic) de los chilenos se ha asaltado sobremanera al estremo (sic) de que el más insignificante disgusto provocado por ellos mismos, lo resuelven con revólver o puñal, sin que haya autoridad que intervenga con su justicia"109. La denuncia la realizaban debido a que habrían sido maltratados por unos serenos chilenos, sin mayor motivo, y habrían sido además puestos en la barra. Tal acción, bajo el amparo y aprobación del juez parroquial Solar. Este incidente puntual, ya que no se tienen antecedentes de otros similares antes de la ocupación chilena de los territorios, puede contribuir a considerar la capacidad de acción de quienes estaban en el poder, como un factor importante para este tipo de casos. Intercambiando los papeles, chilenos como autoridades y peones bolivianos como víctimas, el cuadro resulta similar a los ya analizados. En justificación de este caso específico, se puede pensar que fue en venganza por otros abusos vividos por chilenos, pero esto no le resta valor al hecho de que se actuó del mismo modo que los policías locales.

La posibilidad de que los conflictos individuales derivaran en sucesos de mayor gravedad, tuvo asideros reales. Similar a lo que ocurría en Tarapacá, los casos de tumultos y motines de diverso origen, fueron en Atacama incluso más frecuentes y en algunos casos, produjeron peores consecuencias. En uno de estos casos, destaca que se dejaran ver algunas de las diferencias culturales presentes entre los peones. Así como el ya citado Barrios, al reclamar su inocencia, solicitaba cumplir su prisión "en mi Bandera chilena para no estar muriendo a pausa en manos de estos irracionales"110, los insultos y las frases despectivas eran frecuentes. En febrero de 1875, un grupo de bolivianos celebraba carnaval en la casa de Tránsito Lorca, a quien le solicitaron no dejara entrar a nadie más para divertirse con mayor satisfacción. "En este estado, aparecieron muchas personas por la ventana i una de ellas echó agua, denominándonos febles, (...) diciendo ‘tiempo de chaya, nadie se enoja’ ", ante lo que uno de los bolivianos contestó: "por eso no me gusta divertirme con estos chilenos cochinos"111. Ante esto, los 40 ó 50 chilenos se trenzaron en una pelea con piedras y palos con los bolivianos de la casa. Según los testigos, los chilenos insultaban a los dueños de casa "porque no se divertían con bolivianos i no dejaban entrar a los chilenos"112. En este incidente, el punto de partida fue claramente un altercado entre peones, el que además deja ver las distintas percepciones de cada bando. Los bolivianos eran ‘piojeros’, ‘febles’, ‘cobardes’; los chilenos ‘cochinos’ y no sabrían disfrutar de las costumbres locales.

En otros casos, las diferencias culturales no fueron tan explícitas y el desorden producido por los peones de debió a diversas causas. Las fiestas en sí constituían un foco preciso para el desarrollo de problemas, considerando que muchos peones tomaban más de la cuenta, y también lo hacían los policías. Zenteno relata, en junio de 1877, que alrededor de 200 chilenos llegaron hasta su casa, exponiendo quejas ante los maltratos de la autoridad y mostrándole a peones heridos, producto de una pelea entre dos soldados y varios hombres, en una chingana113. El cónsul escuchó sus quejas y para buscar una solución, llamó al prefecto, quien acudió y prometió hacer todo lo posible por capturar a los culpables. Según el representante chileno, la dispuesta actitud del prefecto habría contribuido a calmar los ánimos y a que el tumulto no terminara con trágicas consecuencias.

Sin embargo, no siempre las reuniones masivas terminaban tranquilamente. Salvador Reyes, cónsul en Antofagasta, relata un confuso incidente sucedido la noche del 30 de marzo de 1877. A las doce de la noche habrían comenzado a sonar las campanas de la Iglesia Parroquial, con lo que la gente se despierta y acude a la plaza a ver qué sucede. La medida había sido tomada por la autoridad por haber las tropas del gobierno batido a los revolucionarios en Caracoles. En un momento la Prefectura ordenó que a los grupos que gritaban ¡Viva el gobierno! se les repartiera licor. A pesar de la negativa de los comerciantes, los soldados lo hicieron, con lo que pronto grupos de la población estaban bebiendo y exigiendo más licor y chicha. La situación se fue complicando hasta que los grupos comenzaron a atacar algunas chicherías, por lo que acudió la fuerza policial y disparó contra la gente. El resultado fue al menos 12 heridos de bala, todos chilenos excepto un argentino114.

El suceso no pudo menos que indignar al cónsul, para quien "el pueblo inerme, embriagado i vivando a las autoridades por su orden es asesinado cobardemente a sangre fría, por sus mismos impulsadores (...), en un pueblo esencialmente extranjero (se) debía haber adoptado otras medidas de manifestar su legítimo entusiasmo (...), el pueblo (...) es un elemento de que no se debe hechar (sic) mano sin tener la seguridad de sostenerlo en una emergencia no a balazos, sino por la persuasión..."115. Si bien es patente que la opinión del cónsul es una visión desde la perspectiva de la autoridad, al nivel de considerar al pueblo ‘un elemento’, su molestia no dejaba de ser acertada. Incluso opinaba que siendo la población mayoritariamente chilena, no le tocaba a esta ni celebrar ni reprobar la victoria del gobierno. De este modo, el que se hubiera motivado por parte de la policía la fiesta, y luego al no poder controlar la situación se hubiera disparando a la gente, hiriendo a chilenos, le parece una grave irresponsabilidad.

El recurso de disparar indiscriminadamente solía ser usado con cierta frecuencia. Si se considera que en ciertas ocasiones podía tratarse de alrededor de una decena de policías frente a cientos de personas, debió ser considerado un recurso adecuado para calmar al grupo. El 19 de noviembre de 1876, en una chingana en Caracoles, cuando "se suscitó un pleito entre chilenos e individuos de otra nacionalidad formándose por consiguiente un tumulto al cual acudió la policía para disolverlo (...) el jefe de ella procedió con una lijeresa incalificable mandando hacer fuego sobre un grupo de gente, de donde resultó la muerte del ciudadano chileno Eliseo Arriagada y tres heridos más..."116 . A raíz de la muerte del chileno, el grupo allí presente se alteró sobremanera e intentó movilizarse en masa al cuartel de policía donde estaban los autores del asesinato. Según las fuentes chilenas, quienes calmaron los ánimos fueron los miembros de la Sociedad "La Patria" junto con el cónsul117. La sublevación de los chilenos continuó, y el ambiente fue tenso por un par de días. Según la policía, los chilenos estaban inquietos, y el solo nombre de la Sociedad "La Patria" "anima en ellos el sentimiento chileno (...) todos gritan: ¡Chilenos, a vengar a nuestro compatriota y concluir con los febles!"118. Los días y meses siguientes al suceso, el problema pasó al ámbito consular, intercambiándose correspondencia entre el cónsul Enrique Villegas y el subprefecto de Caracoles, y publicándose además esta información en El Mercurio y El Ferrocarril. La autoridad chilena sobre todo criticaba el actuar de los subalternos policiales: "no es primera vez (...) que el poco tino y despóticos procedimientos de la policía, ocasiona la muerte a ciudadanos chilenos. No sería posible (...) que los obreros chilenos que traen su industria y su trabajo al mineral, que pueblan las soledades del desierto, dando vida a la naturaleza muerta, sucumban a los tiros de revólveres y al látigo de arbitrarios agentes subalternos. La misión de la policía es de orden y paz, no de tumulto ni de sangre"119. A esta misiva el subprefecto contestó en un tono cada vez más tajante, señalando que la actitud del cónsul pasaba a llevar la soberanía boliviana y que su actividad debía limitarla a los asuntos comerciales y no a los actos de protesta de sus conciudadanos. Y respecto a ellos señalaba: "¿Puede contestar el señor cónsul que los rebeldes estaban en su derecho? ¿Que era acto lícito el de tumultuarse y pretender hacerse justicia, vivando a Chile, asaltando la Policía y victimando a los nacionales bolivianos en ejecusión (sic) de ese tan repetido grito de ‘Viva Chile’ y ‘mueran los febles’ ?"120.

El problema consular terminó con el retiro del exequátur del cónsul Enrique Villegas, y la situación debió ser manejada a través de legaciones especiales mandadas por el gobierno chileno. En la correspondencia intercambiada entre unas autoridades y otras, quedan manifiestas sus opiniones ante la situación (al menos la oficial). El gobierno chileno, principalmente criticaba el mal comportamiento de los subalternos bolivianos, y que contra ellos no se tomaban medidas correctivas adecuadas. La petición expresa que se realizaba a las autoridades bolivianas era que se hiciera justicia, ya que se consideraba que sus leyes "son harto liberales i ofrecen bastantes seguridades a las personas i al comercio libre, sea nacional o extranjero; pero las autoridades encargadas de respetar i hacer obedecer esas leyes, no siempre las conocen como debieran i muchas veces proceden arbitrariamente..."121. Por su parte, las autoridades bolivianas consideraban necesario tener en cuenta qué tipo de ciudadano chileno era el que ahora habitaba en su territorio. "Es una causa no ignorada por nadie, que la mala calidad de la ínfima clase de las nuevas poblaciones del litoral, ha entorpecido siempre desde su fundación, el pacífico imperio de la lei "122.

La muerte de Eliseo Arriagada constituye uno de los ‘casos emblemáticos’, por las implicancias en el ámbito gubernamental que tuvo, y por la cobertura dada en la prensa123. Además, contiene todos los aspectos que han sido mencionados como promotores de incidentes entre peones chilenos y bolivianos y sus autoridades. Es decir, se observan improperios y sobrenombres que dejan ver las diferencias culturales entre los peones. Comenzó como un conflicto puntual, pero que terminó movilizando a grandes grupos de personas y las autoridades se vieron implicadas utilizando expresamente la fuerza, terminando un chileno víctima de esta. Lo anterior deja ver que los sucesos, si bien pueden diferenciarse por tipos para facilitar su discusión, pueden contener distintos elementos. Los conflictos con las autoridades podían terminar implicando a los peones entre sí o al revés; los factores se entrecruzan y enriquecen el análisis de cada suceso.

Un último elemento del caso estudiado que es preciso discutir, se refiere a la Sociedad "La Patria". Esta organización había nacido el 12 de noviembre de 1876 y, según su programa, tenía por objeto la protección mutua de todos los asociados, tanto en beneficio de sus intereses como de sus derechos y personas. Benjamín Vicuña Mackenna le dedica un capítulo completo en su Historia de la Campaña de Tarapacá, como parte de los argumentos que explicaban la Guerra del Pacífico. En este, señala que se trataba de una "institución de doble carácter, porque en la superficie aparentaba estar dirigida al socorro de los asociados, (...), a la unión de los chilenos bajo un solo cuerpo directivo i especialmente a cumplir el pacto solemne de rehusar todo sometimiento a la envilecida justicia boliviana (...). Pero en el fondo i en lo más escondido i ardiente de sus propósitos, La Patria tenía por mira suprema, nada menos que la emancipación política de Bolivia de todo el territorio ocupado por los chilenos al sur de la península de Mejillones..."124. El mismo autor señalaba que según el cónsul Villegas, los miembros de la sociedad "no desmayaban en la patriótica tarea que se habían impuesto; i sus trabajos y esfuerzos se concretaron a la independencia del Litoral cuya prosperidad i desarrollo se debía i se debe esclusivamente (sic) al trabajo de los chilenos..."125. Este objetivo, al aparecer se intentó realizar a través de un alzamiento, para lo cual se encargó armas desde Valparaíso y se recolectó dinero. Sin embargo, las armas fueron descubiertas y terminaron siendo usadas por los soldados bolivianos para calmar la sublevación en Caracoles del coronel Carrasco, lo que se hizo con éxito y luego fue celebrado en Antofagasta, aquella noche de la que ya se ha hecho referencia, donde chilenos y un argentino murieron.

Siguiendo la opinión de Vicuña Mackenna y del cónsul, la Sociedad buscaba la independencia de estos territorios, debido a que, desde su punto de vista, ‘de hecho’ le pertenecían a Chile, y además, la situación ya era inaguantable en cuanto a las injusticias, los abusos y la corrupción de las autoridades bolivianas. A pesar de que oficialmente estas intenciones no eran tan claras, su presencia en el litoral preocupó desde un comienzo a las autoridades bolivianas, quienes estuvieron atentas a sus actividades e incluso se llamó a explicar sus objetivos a algunos miembros de su directiva (en diciembre de 1876), ya que la existencia de la organización tendía a "hacer más grave la discordia suscitada entre los nacionales de ambos Estados i a hacer desconocer por aquellos la jurisdicción de las autoridades del lugar"126.

De los sucesos acaecidos en la zona en estos años, la existencia de la Sociedad "La Patria, constituye quizás el caso donde se manifiestan de manera más evidente aspectos que se han definido como nacionalistas. Según Vicuña Mackenna, su bandera de lucha era "¡Guerra al boliviano!"127 y realmente intentaron concretar sus intenciones independentistas. No obstante, y si bien intervinieron en casos como el de Arriagada, la organización no estaba integrada por peones ni trabajadores, sino más bien por comerciantes y ‘gente ilustrada’125a. Por esto no forma parte, propialmente tal, de los conflictos entre peones de distinta nacionalidad. Más bien su relación con ellos se refiere a que, por un lado, podrían haberse convertido en líderes de algún tipo de movimiento nacionalista (en el caso de que se hubiera concretado realmente alguno), ya que, al parecer, tenían mucho más claras sus intenciones y sus opiniones respecto a los bolivianos. Por otro lado, deja ver que la situación general en tierras bolivianas era compleja, y no solo afectaba a los peones, ya que motivó la formación de una sociedad como esta, donde se mezcló la defensa de intereses comerciales y personales, con las percepciones que se tenía de los bolivianos (especialmente de las autoridades).

Finalmente, hay que tener en cuenta que en los años previos a la Guerra del Pacífico cualquier incidente era mirado con una perspectiva distinta a los años anteriores. En especial en los últimos meses, la objetividad relativa que se puede esperar de la opinión de los cónsules es inexistente, en un ambiente, por lo demás ya muy convulsionado gracias a la prensa de ambos países, que publicaba artículos cada vez más agresivos. De este modo, y producto del conocimiento de todos los sucesos vividos, el cónsul Zenteno tenía una lectura muy clara de lo que estaba sucediendo en Atacama con los chilenos residentes y sus relaciones con los bolivianos. Su opinión era que "estas poblaciones están hartas de sufrimiento"128 y que "...los chilenos desean ardientemente verse libres formando parte de la nación; los bolivianos, no obstante que presienten se les va de las manos este panel donde se ceba su codicia, lanza anticipados aullidos por su presa, insultando a la laboriosa colmena que por tanto tiempo ha trabajado para hartar su perezosa avaricia en premio de su inmoralidad judicial y administrativa..."129. El discurso ha cambiado diametralmente, ese ‘elemento’ llamado pueblo ahora quería formar parte de la nación, y si antes se era crítico con los bolivianos, ahora se es totalmente condenatorio. La guerra enturbia las perspectivas y si las relaciones con los países ya habían influido en el discurso de la prensa y de los representantes diplomáticos, ahora simplemente lo controlaba. Por otro lado, es probable, pero no es claro hasta qué punto, que el conflicto afectó la convivencia entre los peones ¿Cuánto pudo la prensa contaminar el ambiente y la cotidianidad? También habría que considerar la labor de la Sociedad "La Patria" y el discurso de los dueños de las oficinas, de los patrones, sobre los trabajadores ¿Afloró el patriotismo o el nacionalismo en los trabajadores?... ¿Se sintieron parte de una nación a la que se debía defender ante la violación del tratado?... Si esto fue así, ¿su identidad como chileno estaba presente desde que llegaron a Tarapacá y Atacama, o fue definiéndose gracias a las experiencias vividas?...

CONSIDERACIONES FINALES

Lo primero ‘a considerar’ en este apartado final es contestar la pregunta que se presentó al inicio, es decir, caracterizar y definir los conflictos vividos entre peones chilenos, bolivianos y peruanos, intentando concluir si se trataba de un espíritu nacionalista presente en los obreros salitreros. Al respecto, la respuesta no es categórica. No es posible plantear, ‘si, los conflictos revelan un profundo nacionalismo en los peones’, o ‘no, este era inexistente’. Más bien, considerando los conceptos definidos y sobre la base de los casos que se han discutido, es posible extraer algunos planteamientos generales, los que se refieren preferentemente a lo que sucedía con los peones chilenos.

En primer lugar, los frecuentes incidentes entre los peones de distinta nacionalidad no revelan que prevaleciera en ellos un nacionalismo, tal como se ha definido en este estudio. No se trataría de movimientos nacionalistas, ni de conflictos guiados por este fenómeno. Si fuera necesario definirlos en ese sentido, movimientos nacionalistas o patrióticos, sería más adecuado hacerlo en este último término. Esto, porque solo presentan ciertos rasgos posibles de identificar como nacionalistas, tales como el reconocimiento de ser nacidos en Chile y de las características culturales, raciales y lingüísticas que distinguían a los chilenos del resto de la población local.

Basándose en esto, podría plantearse que ellos se consideraban parte de la nación chilena, pero este punto es discutible. Porque por un lado los peones se identificaban como chilenos, tenían conocimiento de su lugar de origen y cómo este les confería una nacionalidad distinta a la de sus compañeros de trabajo. Las fuentes dejan ver que el peón salitrero se sentía ‘muy chileno’, aunque estuviera fuera, y esto obviamente se reforzaba si el número de ellos era considerable. Sin embargo, no es evidente que los peones percibieran la existencia de la nación chilena. De hecho, no es posible saber qué podía significar para ellos el concepto mismo de nación ¿Sería también un ente alejado como en general se concebía al Estado? Los chilenos se identificaban como tales, pero ¿se sabían parte de una ‘nación chilena’? Probablemente no. La construcción de la nación chilena, una nación política, fue dirigida ‘desde arriba’ en un largo proceso y que no acogió a todos los actores sociales, menos aún en estos años. Esta concepción quizás es posible encontrarla en las autoridades, en la elite oligárquica, en los académicos y empresarios, pero difícilmente en el peón que viajó al norte.

No obstante, los chilenos residentes en los territorios vecinos tenían conciencia de ciertas características culturales, raciales y probablemente lingüísticas que los diferenciaban de los locales y estas afloraban con cierta frecuencia. Se han observado situaciones en las cuales las expresiones ‘feble’, ‘cojudos’, ‘cochinos’ o ‘zambos’, no eran utilizados como amistosos apodos. El insulto y el sobrenombre dejan ver que se percibían las diferencias raciales y culturales. Las fiestas y los carnavales también lo demostraban, se celebraba de distinta manera y por diferentes motivos. Además, los chilenos recrearon en Tarapacá y Atacama algunas de sus costumbres y espacios de diversión, como por ejemplo, las chinganas. Con relación a las lenguas, las fuentes no hablan de casos en los que las diferencias entre estas hayan sido parte de un conflicto. Sin embargo, tampoco es posible asegurar lo contrario.

De este modo, el identificarse como chilenos y el reconocimiento de las diferencias culturales y raciales son rasgos que pertenecen a lo que se ha definido como nacionalismo. Sin embargo, los conflictos vividos, donde estos elementos podían aflorar no pueden ser llamados nacionalistas. No se trató de movimientos nacionalistas de fines del siglo XIX, conducidos por líderes que apelan a una nación que no está materializada en un Estado y donde el objetivo es conseguir concretizarla en uno. En este sentido, solo la Sociedad "La Patria", integrada por chilenos y con escasa o nula participación de los peones, contemplaba, tres años antes de la guerra, la intención de independizar aquellos territorios del Estado boliviano. Su influencia en el resto de la población fue reconocida, pero no alcanzó a constituirse en un liderazgo que canalizara los resentimientos culturales y raciales presentes en los peones y diera vida a un movimiento nacionalista propiamente tal.

En el caso chileno, la nación estaba ya hace algunas décadas materializada en el Estado, y a pesar de que un porcentaje importante de la población habitara fuera de sus fronteras y allí tuvieran problemas con los nativos, no significaba que todos ellos quisieran separarse del territorio peruano o boliviano para anexarlo al chileno. Como ya se ha estudiado, los historiadores tradicionales han señalado que esa intención de captar tierras para Chile sí estaba presente en el chileno residente fuera, pero la perspectiva desde la cual se afirma aquello es analizando el comienzo de la Guerra del Pacífico, y la referencia es más bien hacia la Sociedad "La Patria". Es muy posible que las muestras de alegría que sintieron los chilenos cuando se ocupó Antofagasta se debieran al cansancio ante los abusos y las arbitrariedades, pero no porque los peones pensaran que ‘debían’ ser gobernados por autoridades chilenas. Además, es dudoso creer que todos los altercados entre chilenos y bolivianos, por ejemplo, iban dirigidos a debilitar a Bolivia para apropiarse de los territorios y también es factible poner en duda si es eso lo que pensarían los peones en el momento que sucedían aquellos conflictos. El nacionalismo implica una cierta cohesión desde los dirigentes al grupo que lo va apoyando y que cree en los ideales de fundar su Estado propio (aspecto que no se habría concretado en el caso de la Sociedad "La Patria"). La influencia de las diferencias raciales y culturales pudo ser importante en la diaria convivencia, aflorar en las peleas o quizás motivarlas, pero no fueron elementos usados para fundamentar la exclusión de sectores de la población, ni la necesidad de ser gobernados por los iguales. Más bien pudieron ser aspectos que clarificaban que en Tarapacá y Atacama convivían poblaciones de distinto origen, y que en momentos de conflicto pudieron agruparse en bandos opuestos.

Recordando lo señalado respecto al patriotismo –que se esfuerza por reforzar vínculos de solidaridad y fraternidad y que se enfrenta contra la tiranía, el despotismo y la corrupción–, los actos de violencia y los motines que encontraban justificación en los abusos de fuerza de las autoridades, en las arbitrariedades o en la ineficiente acción de la justicia, son más factibles de ser llamados patrióticos que nacionalistas. Las denuncias judiciales por arbitrariedades y abuso de autoridad, dejan ver, desde la perspectiva de los peones, que el origen de algunos desórdenes y de reclamos, fue la defensa de un compatriota injustamente apresado o maltratado. Además, aunque el objetivo del estudio se centra en analizar las percepciones de los peones, las fuentes consulares y la prensa manejan los sucesos también desde una perspectiva patriota más que nacionalista, centrando el discurso en la defensa de los chilenos, atacando las injusticias y las arbitrariedades. Las diferencias culturales y raciales no formaban parte central de la discusión, ya que si bien es posible distinguir un cierto aire de superioridad de parte de las autoridades respecto a la mejor organización y administración chilena, no se trataba de una actitud permanente, sino que formaba parte de las denuncias en casos puntuales. Debe tenerse en cuenta la ambivalencia de los planteamientos de los cónsules y de la prensa, que en situaciones de crisis gubernamentales entre los países adoptaban un discurso crítico y despectivo, pero en los momentos de tranquilidad, la fraternidad y la solidaridad entre los países era la tónica dominante.

Al señalar lo anterior, es preciso discutir acerca de la percepción de patria que pudieran tener los peones chilenos. En esta investigación se le ha definido no solo como el lugar de nacimiento de un individuo, sino además como el Estado del cual se es ciudadano y cuyas leyes protegen la libertad y aseguran la libertad; el sentimiento hacia ella es, desde este punto de vista, más racional, en parte evaluando si estas condiciones se cumplen o no. Ante esta concepción es claro que los peones sabían que ellos eran chilenos, y frente a las situaciones vividas quizás pudieron pensar que aquello no les hubiera sucedido en Chile (a pesar de que su posición allí tampoco era privilegiada). Es claro que no se reconocían como ciudadanos, porque no lo eran, pero si bien la patria pudo no ser entendida en su globalidad, existía una percepción del país, de cómo se vivía en el, y de cómo este debía protegerlo aun en el extranjero a través del cónsul (al menos parte de los peones, y la mayoría de los comerciantes y empresarios recurrieron a ellos en momentos de dificultad). De este modo, los elementos que se han definido como parte del patriotismo intervinieron en los sucesos ocurridos en la pampa, y en ocasiones los originaron, aunque en el desarrollo de algunos conflictos se conjugaron, además, con los aspectos culturales.

Los argumentos que avalan la respuesta planteada se basan en lo que las fuentes han dicho, por lo que a modo de recapitulación, es conveniente puntualizar las principales ideas que se han desprendido de su análisis. En primer lugar, para el peón que viajó desde el centro o del Norte Chico de Chile, la realidad salitrera se convirtió en un punto de llegada sin retorno. Un ambiente absolutamente distinto al de origen, donde se vive en medio de la nada y el silencio se escucha. El ámbito laboral significaba otro cambio, ya que a medida que se comenzó a concurrir a las salitreras por motivos netamente económicos y fueron sometiéndose al ritmo y al estilo de producción salitrero, el peón se fue ‘proletarizando’130. Es decir, tuvo que adscribirse a una nueva forma de producción, en la cual él desarrolla solo una parte del trabajo, el patrón ya no es alguien cercano y conocido, e inevitablemente va a terminar cambiando su forma de vida. Las oficinas salitreras con sus campamentos y pulperías, los pueblos con alguna que otra entretención, como los prostíbulos, y el puerto lleno de posibilidades, conformaban un ambiente que envolvía y no necesariamente de un modo acogedor. Sumándose a toda esta nueva realidad, resulta que el chileno está en tierras extranjeras, pero se encuentra con un gran número de compatriotas. Casi por lógica social es posible señalar que en estas condiciones los chilenos se identificaron entre sí y al menos ‘se tuvieron en cuenta’ mutuamente.

Otra característica del contexto en el cual se desarrollaban estos conflictos fue la violencia. Su presencia en el mundo salitrero es evidente, por lo que es importante destacar su relación con el tema de los conflictos entre nacionalidades. En este sentido, la probabilidad de que surgiese un altercado, y que este pudiera terminar en heridas leves, graves o una muerte, era muy alta. Y también lo era el que los chilenos, que formaban parte importante de la población, se vieran involucrados en ellos. Los problemas entre peones de distinto origen, entonces, se convierten en una más de las manifestaciones de esta violencia, como también lo eran los incidentes entre chilenos. De los casos estudiados, y los que sucedieron pero no se conocen hoy, el que se tratara de peones chilenos contra bolivianos o peruanos pudo ser solo un ‘accidente’ y no tener una razón en sí mismo. Si bien en muchos de los incidentes el problema de las distintas nacionalidades era un componente importante, no en todos fue su origen, y más bien solo surgió en su transcurso. Con lo que es claro que si en ocasiones pudo ser central, muchas veces fue una de las variables que introdujo en el suceso y lo complicó aún más.

Al contexto de por sí violento, se añadía además el carácter conflictivo de los peones; se caracterizaron por sostener una actitud desafiante al orden y a la autoridad. "La permanente rebeldía frente a las imposiciones de la autoridad y el patrón, la violencia de las reacciones individuales y colectivas, en fin, la facilidad para situarse fuera de la ley, no eran actitudes desconocidas entre el peonaje chileno que por esos mismos años trabajaba en la minería del Norte Chico, los ferrocarriles, la zona carbonífera o las ciudades en expansión"131. Esa conducta no cambió por hallarse en territorio boliviano ni peruano y constituyó un elemento relevante en la convivencia del mundo salitrero.

Como una sumatoria, a lo anterior se agrega la poca efectividad que tenían las ya escasas autoridades existentes en las localidades del norte salitrero. En numerosas ocasiones el número de policías o soldados era ínfimo frente a un motín y solo llegaban refuerzos más tarde. Ante esas situaciones, el uso de disparos al aire o tomar indistintamente a algunos de los involucrados, eran algunas de las medidas utilizadas. Como ya se ha señalado, en estas circunstancias influía además la persona del prefecto de policía, quien en ocasiones podía actuar de manera más o menos moderada. El abuso de la autoridad y de la fuerza no se explica solo por la magnitud del suceso, sino que también por el carácter del policía a cargo, quien pudo o no ‘extralimitarse’ en sus funciones.

Por otro lado, en momentos conflictivos entre los países, las cuestiones limítrofes o las posibilidades de guerra pudieron ejercer en las autoridades algún tipo de influencia en su actuar. No es claro que las represalias se dirigieran en especial a los peones chilenos, también lo fue hacia los comerciantes o empresarios en la zona; pero se trata de un elemento más a considerar, sobre todo en estos veinte años que no estuvieron exentos de roces e incluso momentos críticos entre los países. De este modo, el limitado control que podían ejercer las autoridades ante la agitada convivencia, las aún más conflictivas disposiciones que tomaban y el carácter del policía a cargo, se conjugaban con la violencia propia del medio y el carácter ‘explosivo’ de los peones, lo que daba por resultado una cotidianidad compleja y difícil, en la cual se sitúan los diferentes sucesos protagonizados entre peones de distinta nacionalidad.

Estos incidentes tuvieron variadas características, en cuanto al número de los implicados y sus consecuencias, y en general se manifestaron a lo largo de las dos décadas en estudio. Pudo tratarse de peleas entre dos individuos que terminaban con heridas a puñal u otro objeto, que comenzaron debido a un juego, una borrachera o algún roce. Pudieron terminar allí, o involucrar a otros, hasta enfrentarse dos bandos, la mayoría de las veces, chilenos contra bolivianos o peruanos. En estos casos, operaba el principio de reconocerse como compatriotas y de cohesionarse en defensa de los implicados. Esta lógica puede parecer demasiado sencilla, pero es vital considerar que la acción grupal estuvo motivada por un fenómeno colectivo, ya que es evidente que enfrentar en grupo al agresor o a la autoridad da más posibilidades de salir victorioso. Así, coordinarse e identificarse con los connacionales fue un paso más dentro de este proceso. En un ambiente donde reunir a un grupo de personas para una acción colectiva no era difícil, no es extraño que los chilenos lo hicieran para defender a otro, más si se creía que la acción en su contra no fue legítima. Del mismo modo, y en los años posteriores con mayor fuerza, en los conflictos de carácter exclusivamente laboral, la identificación será con todos los de la clase trabajadora, sin importar la nacionalidad.

Los otros casos que terminaron en motines o desórdenes más masivos, fueron aquellos en donde, por ejemplo, se intentó apresar a algún peón, y al resistirse, otros se unieron en su defensa. Así, también, las situaciones de explícito abuso de fuerza de un policía, podían terminar incluso en homicidio. En general, lo central no era si el implicado era culpable o no, sino que se podría decir que se llegó a un punto, que en conocimiento de los maltratos de los policías, si un individuo iba a ser apresado, este se resistía y probablemente con apoyo de sus compañeros, evitaba ir a la cárcel. En cierta manera se creó un círculo vicioso, donde el temor a los policías motivaba la violencia, la misma que explicaba la represión utilizada por las autoridades, más aún cuando estas situaciones eran masivas. En el tipo de casos donde hubo una acción ilegal innecesariamente violenta, la respuesta también violenta de los peones no constituía una excepción. En un ambiente más bien hostil, donde las autoridades no eran chilenas, actuaban de manera incorrecta y más encima la acción quedaba impune, se "terminaba sublevando justas desconfianzas en menoscabo del prestigio i respeto (...) que tanto necesitaba la autoridad en estas poblaciones casi improvisadas..."132.

Otro tipo de casos lo constituyen aquellos que comenzaron como una acción masiva, es decir, los motines o asonadas de peones. El origen pudo ser el asalto a una pulpería o chichería, así como a las oficinas salitreras. Si bien las fuentes no entregan tantos antecedentes como en los otros casos, la identificación con los iguales era un aspecto fundamental, ya que así lo era para los integrantes como para las autoridades que debían controlarlos. En los archivos judiciales o de la policía quedaba claramente establecido que se trataba, por ejemplo, de ‘un grupo de peones chilenos’. En estas ocasiones también afloraban con mayor fuerza las diferencias culturales, que se expresaban en insultos y ofensas. La seguridad e identificación que produce el actuar en grupo, probablemente lo motivaba aún más.

Hasta el momento se han planteado las condiciones objetivas que explican el contexto y la facilidad con que los incidentes entre peones podían surgir. También se ha hecho referencia a ciertos aspectos subjetivos, tales como las diferencias culturales y raciales percibidas por los chilenos hacia los bolivianos y peruanos. Sin embargo, una pregunta que se ha planteado con frecuencia se refiere a la llamada ‘malquerencia’ de los peruanos y bolivianos, tanto peones como autoridades, hacia los chilenos. Al respecto, y en relación primero a los peones, lo más probable es que percibieran las diferencias culturales que tenían con aquellos individuos que llegaban del territorio vecino. Costumbres, rasgos, lengua eran distintas, y en alguna medida pudieron motivar rechazo o distanciamiento, más aún considerando que ellos eran los originarios de la zona y debieron recibir a estos numerosos y no siempre amigables emigrantes. Ahora bien, y como ya se ha discutido, no resultaron ser fundamentales ya que la convivencia, a pesar de todo, fue posible.

El razonamiento puede cambiar un poco al hacer referencia a las autoridades de los países vecinos. En ellas es posible añadir a los aspectos culturales ya mencionados, el factor de desorden potencial que significaban los chilenos, y como ya se ha discutido, la influencia del contexto general de las relaciones entre los países. La presencia masiva de los chilenos, que tenían una justificada fama de ser precursores de conflictos, en localidades donde la mantención del orden de por sí ya era una tarea difícil, pudo originar hacia los emigrantes una especial atención. El uso de la fuerza, aunque no de ciertos castigos133, en parte era justificada por esta necesidad de controlar las zonas a cargo, y en esto se veían implicados tanto los locales como los extranjeros. De este modo, y a diferencia de lo que sucede en la convivencia entre los peones donde solo se enfrentan las distintas nacionalidades, en este caso se entremezclan dos identidades: el diferente país de origen y la autoridad versus el trabajador. La afirmación, frecuente en las fuentes, de que existía hacia los chilenos una ‘especial aversión’ pudo no ser más que la respuesta al ‘especial comportamiento’ de estos.

Finalmente, es necesario señalar que a pesar de los numerosos antecedentes de conflictos entre los peones de distinta nacionalidad (y considerando que pudieron ser más), observado a lo largo de los veinte años en estudio, es posible plantear que constituyeron un elemento importante de la convivencia en el mundo salitrero, pero no fueron la tónica fundamental. Se enmarcan dentro de un contexto, y en este ocupan un lugar importante, sin embargo, no lo dominan ni influencian por completo. Si se pudiera obtener el número total de incidentes de todo tipo en estos años, probablemente el porcentaje de los producidos por individuos de distinta nacionalidad no sería muy alto.

Lo anterior no pretende restarles importancia a estos conflictos, sino que valorarlos en su justa medida, en especial frente al papel central que la historiografía tradicional les atribuyó para explicar el contexto previo a la Guerra del Pacífico, e incluso justificar la ocupación de los territorios por Chile. Es verdad que en esos años los incidentes fueron más numerosos y violentos que los anteriores, pero también es cierto que existía un mayor número de población, tanto local como chilena en la zona, y que en especial en las autoridades y en la prensa la temática de la guerra ya estaba ejerciendo su influencia. Cualquier abuso a un chileno pudo ser considerado, por las autoridades y la prensa, un atropello a la patria, y motivar gestiones en el ámbito diplomático. Aunque en realidad solo haya sido uno más de los incidentes que se desarrollaban en el mundo salitrero.

Considerando lo planteado, es claro que las acciones colectivas entre nacionales no constituyeron movimientos nacionalistas ni patrióticos. En realidad, no fueron movimientos sociales en el sentido de ser acciones colectivas en busca de un objetivo común. De todos modos, se presentan en estos conflictos algunos aspectos que pertenecen al nacionalismo, como son la percepción de las diferencias culturales y raciales que se demostraban en insultos o apodos despectivos. Sin embargo, estos no eran utilizados como lo son en los movimientos nacionalistas, es decir, como base para la xenofobia o la exclusión de sectores de la población, intentando imponer una grupo racial y cultural sobre otro. Así, también se ha argumentado respecto a los elementos pertenecientes al patriotismo que se manifiestan en estos incidentes. Las denuncias en contra de los abusos, la injusticia y el no respeto ante las libertades de los individuos, son algunos de ellos. Su papel en los incidentes pudo ser a veces central, en la medida en que el origen del problema estuvo en la defensa de algún maltrato o encarcelamiento no justificado. En este sentido pueden ser más relevantes que los elementos del nacionalismo. No obstante, no lo suficiente como para sostener que eran conflictos originados exclusivamente por el patriotismo de los peones. La riqueza de los incidentes que se han analizado en esta investigación radica en que no son unicausales, sino que se conjugan en ellos una serie de elementos, y en cada caso en distinta medida. Para su comprensión se hace necesaria la consideración de todos aquellos aspectos que intervienen y les dan vida, y donde los aspectos patrióticos o nacionalistas, constituyen solo una parte. Interesante, compleja y subjetiva, pero que no logra atribuirse la preeminencia frente al resto de las variables que explican la existencia de estos sucesos en Tarapacá y Atacama. En último término, estos incidentes fueron un aspecto más de la cotidianidad del mundo salitrero entre 1860 y 1880. Los peones trabajaban, se divertían, se emborrachaban, se involucraban en peleas o motines, todo esto en un contexto único y que llega hoy parcialmente al investigador.

Después de la Guerra del Pacífico, las localidades donde los chilenos antes eran extranjeros serían ahora parte del territorio nacional. A pesar de que muchos bolivianos y peruanos debieron emigrar de estas zonas, el carácter multinacional de las oficinas salitreras, de los puertos y de los pueblos continuaría en los años siguientes. Sin embargo, cabe preguntarse si ahora que las autoridades eran chilenas, ¿los abusos a los peones serían denunciados por la prensa y causarían tanta alarma?, las distintas nacionalidades ¿continuarían siendo una variable que complicaba la diaria convivencia o el fortalecimiento de la identidad obrera disminuyó su importancia?, finalmente, los peones chilenos ¿habrán logrado concebir como un ente cercano a la patria y a la nación?

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1 Diego Barros Arana, Historia de la Guerra del Pacífico (1879-1881), Santiago, 1914, 45.         [ Links ]
2 A grandes rasgos esta es la interpretación de Diego Barros Arana en Historia de la Guerra..., op. cit.; Gonzalo Bulnes en Guerra del Pacífico, Santiago, 1911-1919         [ Links ]y Benjamín Vicuña Mackenna en Historia de la campaña de Tarapacá, Santiago, 1880.         [ Links ]
3 Julio Pinto V., "Rebeldes Pampinos: los rostros de la violencia popular en las oficinas salitreras (1870-1900)", en Trabajos y Rebeldías en la pampa salitrera, Santiago, 1998.         [ Links ] Gilberto Harris Bucher, Emigración y políticas gubernamentales en Chile durante el siglo XIX, Valparaíso, 1996.         [ Links ]
4 Julio Pinto V., "Cortar Raíces, Criar fama: El peonaje chileno en la fase inicial del ciclo salitrero chileno, 1850-1879" en Historia, Vol. 27, 1993.         [ Links ]
5 Julio Pinto V., "Rebeldes Pampinos: los rostros de... op. cit., 94.
6 La investigación completa se encuentra en Cecilia Osorio G., Conflictos entre nacionalidades en el mundo salitrero: 1860-1880, Tesis para optar al grado de Licenciatura en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile, 1998.         [ Links ] En ella se encontrará la discusión conceptual, algunos antecedentes del contexto histórico y otros casos de incidentes. Esta tesis fue dirigida por el historiador Julio Pinto V. quien con sus acertados consejos y comentarios constituyó un apoyo fundamental para su realización.
7 Andrés de Blas Guerrero, Nacionalismos y Naciones en Europa, Madrid, 1995.         [ Links ] Eric Hobsbawn, Naciones y Nacionalismo desde 1780, Barcelona, 1991.         [ Links ]
8 Mario Góngora, Ensayo Histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Santiago, 1981, 12.         [ Links ]
9 Estas condiciones objetivas pueden ser la lengua, la etnia, o rasgos culturales precisos, conjugados con una población mayoritaria que los posea y que esté en desventaja ante un grupo minoritario que tiene el poder.
10 Ernest Gellner, Naciones y Nacionalismo, México, 1991.         [ Links ]
11 Maurizio Virolli, Por amor a la patria. Un ensayo sobre el patriotismo y el nacionalismo, Madrid, 1997, 15.         [ Links ]
12 Ibid.,16.
13 Julio Pinto, "Cortar raíces, criar fama..., op. cit., 432.
14 Ibid., 433.
15 Julio Pinto V., Verónica Valdivia O., Hernán Venegas V., "Peones Chilenos en las Tierras del Salitre, 1850-1879: Historia de una Emigración Temprana", en Contribuciones Científicas y Tecnológicas, Nº 109, Santiago, 1995, 48.         [ Links ]
16 Ibid.
17 Ibid., 50.
18 Julio Pinto, "Peones chilenos en las tierras del salitre..., op. cit., 58.
19 Ibid., 62.
20 Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores (en adelante AMRREE) Vol. 108, Huantahaya, 29 de abril de 1869.         [ Links ]
21 Julio Pinto, "Peones chilenos en las tierras del salitre..., op. cit., 69.
22 Ibid., 65.
23 Oscar Bermúdez, Historia del Salitre, desde sus orígenes hasta la Guerra del Pacífico. Santiago, 1963, 369.         [ Links ]
24 Ibid., 89-91. Respecto a las zonas de Tarapacá y Antofagasta, al empezar los ’50 carecían de representación chilena, pero ya al final de la década había en Cobija e Iquique. En 1866 se sumaron Pisagua y Tocopilla. A mediados de los ’70 Mejillones Boliviano, Antofagasta, Caracoles y Calama. Si bien no eran zonas directamente relacionadas con la industria del salitre (no se considera el litoral de Atacama ni Antofagasta), en 1852 había representación en Lima, Lambayeque, Pasco, Callao, Ayacucho y Pisco. Para 1870 ya se habían sumado La Paz, Junín, Paita, Arica, Pacasmayo y Huacho. Y, en 1875, Corocoro, Oruro, Paita, Tacna e Ica.
* Para hablar de la zona de Antofagasta se usará el vocablo Atacama, tal como lo hacía el gobierno boliviano en esos años.
25 Julio Pinto V., Verónica Valdivia O., "Peones chilenos en tierras bolivianas: la presencia laboral chilena en Antofagasta. 1840-1879" en Población y Sociedad, 1994, Nº 2, 104.         [ Links ]
26 Ibid.
27 Ibid., 117.
28 Julio Pinto V., "Peones chilenos en tierras bolivianas..." op. cit., 121.
29 Ibid., 122.
30 De hecho, los años entre 1848 a 1880 han sido señalados como una etapa caótica de gobiernos caudillistas donde la inestabilidad política fue la tónica, junto con los alzamientos de militares. Si bien las crisis se producían al nivel de las elites gobernantes en constante lucha por retener el poder, y sobre todo, dar una forma estable al ordenamiento jurídico-político del país, los desórdenes y los alzamientos llevaban el conflicto a distintas zonas del país. Herbert Klein, Historia General de Bolivia, Bolivia, 1982, 157-188.         [ Links ]
31 Julio Pinto V., "Peones chilenos en tierras bolivianas...", op. cit., 122.
32 Archivo Nacional, Fondo Ministerio de Relaciones Exteriores (en adelante AN.RREE) Vol. 115, 28 de diciembre de 1862.         [ Links ]
33 Ibid.
34 Ibid.
35 Julio Pinto V., "Peones chilenos en tierras bolivianas ..." op. cit., 125.
36 AN.RREE, Vol. 117, Mejillones, 9 de febrero de 1863.         [ Links ]
37 Jorge Basadre, Chile, Perú y Bolivia independientes, Barcelona, 1948, 375.         [ Links ]
38 AN.RREE, Vol 117, Cobija, 25 de abril de 1863.         [ Links ]
39 El Mercurio, 12 noviembre de 1862. (cursiva del texto original)         [ Links ]
40 El Ferrocarril, 10 de septiembre de 1863.         [ Links ]
41 AN.RREE, Vol. 117, Cobija, 18 de junio de 1863.         [ Links ]
42 Ibid.
43 Ibid.
44 Ibid., 18 de julio de 1863.
45 El Mercurio, 25 junio de 1863.         [ Links ]
46 AN.RREE, Vol. 117, 25 de agosto de 1863.         [ Links ]
47 Ibid., Vol. 105, 19 de noviembre de 1859.
48 El Mercurio, 26 de mayo de 1862.         [ Links ]
49 El Mercurio, 17 de julio de 1863.         [ Links ]
50 Las dos que continúan las denuncias son del 16 de octubre y 14 de noviembre de 1863, en El Mercurio. Otra carta defiende al prefecto, el 1 de enero de 1864. En El Ferrocarril hay una descripción de la situación del puerto el 15 de noviembre de 1863.
51 El Mercurio, 14 de noviembre de 1863.         [ Links ]
52 Por otro lado, las publicaciones que en especial El Mercurio realizaba, no estaban exentas de subjetivismo. En general, los artículos de este medio referentes a las guaneras fueron más bien ofensivos hacia el país vecino, "un Estado débil como potencia marítima y territorial, (...) que se atreve a provocar por las vías de hecho, a otro relativamente fuerte y preponderante, (...), un Estado culto y respetable...", en El Mercurio, 12 de noviembre de 1862.         [ Links ]
53 Julio Pinto V., "Peones chilenos en las tierras del salitre..." op. cit., 64.
54 Ibid., 66.
55 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 78, Lima, 19 de agosto de 1865.         [ Links ]
56 Ibid., Vol. 98, Arica, 19 de enero de 1867.
57 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 78, Lima, 10 de julio de 1865.
58 Ibid., Vol. 78, Lima, 26 de julio de 1865.
59 Ibid., Vol. 78, Lima, 10 de septiembre de 1865. En ese momento gobernaba Perú Juan Antonio Pezet, quien debió enfrentar una serie de levantamientos durante 1865 y quien finalmente perdió el poder, imponiéndose Mariano Ignacio Prado.
60 Ejemplos de estas se encuentran en El Mercurio, del 31 de mayo y 6 de junio de 1864, y del 9 de noviembre de 1865.
61 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 98,         [ Links ] recorte de prensa, adjunto a la comunicación del 8 de marzo de 1867.
62 Ibid.
63 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 98, Arica, 8 de marzo de 1867.
64 AMRREE, Cónsules de Chile en el Extranjero, Vol. 109, Callao, 28 de febrero de 1860.         [ Links ]
65 Memorias del Ministerio del Interior, 1852-1860.         [ Links ]
66 AMRREE, Cónsules de Chile en el Extranjero, Vol. 105, Iquique, 20 de octubre de 1859.         [ Links ]
67 Fondo Judicial de Iquique (en adelante FJI) Leg. 1735, Nº 4. El hecho ocurrió el 22 de enero de 1860.
68 Resulta evidente que son escasos los temas de historia social, centrada en actores populares, donde es posible afirmar un hecho o una percepción de una situación con total seguridad, debido a la escasez de las fuentes. En este sentido, si se poseyeran antecedentes de todos los casos sucedidos, se podría comparar en qué años fueron más frecuentes.
69 FJI, Leg. 1630, Nº 3.
70 Julio Pinto V., Trabajos y Rebeldías... op. cit, 91.
71 FJI, Leg. 1652, Nº 1.
72 FJI, Leg. 1585, Nº 19.
73 FJI, Leg. 1620, Nº 2.
74 FJI, Leg. 1652, Nº 3.
75 FJI, Leg. 1426, foja 1.
76 FJI, Leg. 1426, foja 37.
77 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 115, Iquique, 24 de septiembre de 1873.         [ Links ]
78 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 115, Iquique, 28 de octubre de 1873.
79 Ibid.
80 Ibid.
81 Ibid.
82 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 120, Iquique, 25 de agosto de 1873.         [ Links ]
83 El Mercurio, 7 de junio de 1876.         [ Links ] El suceso habría sucedido los primeros días de mayo de ese año.
84 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 131, Arequipa, 24 de abril de 1875.         [ Links ]
85 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 106, Lima, 24 de abril de 1873.         [ Links ]
86 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 106, Lima, 14 de mayo de 1875.
87 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 106, Lima 14 de junio de 1875.
88 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 106, Lima, 26 de junio de 1875.
89 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 131, Iquique 24 de mayo de 1875.
90 Ibid.
91 Ibid.
92 AMRREE, Cónsules de Chile en el Perú, Vol. 125, Iquique, 30 de abril de 1874.         [ Links ]
93 Ibid.
94 Alexis Pérez, Caracoles: centro de confluencia de mineros, comerciantes y habilitadores capitalistas (1871-1878), Data Nº 2, Sucre, 1992, 135.         [ Links ]
95 Memoria del Cónsul General al Ministerio de Relaciones Exteriores. Fondo Ministerio de Relaciones Exteriores, 10 de abril de 1876. Foja 100.         [ Links ]
96 Gonzalo Bulnes, op. cit., 47.
97 AMRRE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta 4 de agosto de 1878.         [ Links ]
98 AN.RREE, Vol. 172, Mejillones, 21 de julio de 1876, Foja 49.         [ Links ]
99 AN.RREE, Vol. 172, Antofagasta, 28 de nov. de 1876, Foja 72.
100 AN.RREE, Vol. 172, Mejillones, 21 de julio de 1876, Foja 49.
101 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 14 de diciembre de 1877.
102 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 18 de diciembre de 1877.
103 Al menos dos casos más de flagelaciones a peones, en El Mercurio, 20 de febrero de 1877 y 9 de julio de 1877.         [ Links ]
104 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, junio de 1877.
105 El Litoral, Antofagasta, 30 de junio de 1877.         [ Links ]
106 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 4 de agosto de 1878. El subrayado es original del texto; el destacado es mío.
107 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 22 de junio de 1878. El subrayado es del original.
108 Ibid.
109 Fondo Judicial de Antofagasta (en adelante FJA), Leg. 818, Nº 8.
110 Julio Pinto V., "Cortar raíces... op. cit., 444.
111 FJA, Leg. 829, Nº 13.
112 Ibid.
113 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta 11 de junio de 1877. El caso también aparece publicado en El Mercurio, 19 de junio de 1877.         [ Links ]
114 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 1º de abril de 1877.
115 Ibid.
116 Archivo Nacional, Cónsules de Chile en el extranjero, Vol. 172, Foja 125.
117 Se trataba de una sociedad integrada por chilenos que buscaba proteger los intereses de sus miembros. Se retomará y profundizará más adelante.
118 El Mercurio, 12 de diciembre de 1876.         [ Links ]
119 Archivo Nacional, Cónsules de Chile en el extranjero, Vol. 172, Foja 144.
120 Archivo Nacional, Cónsules de Chile en el extranjero, vol. 172, Foja 145.
121 "Memoria del Ministerio de Relaciones Exteriores y Colonización", presentada al Congreso en 1878. p. 10.         [ Links ]
122 Ibid., 19.
123 Durante diciembre de 1876 hasta febrero de 1877, se publicaron noticias y las cartas intercambiadas por los gobiernos en El Mercurio y El Ferrocarril.
124 Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de la..., op. cit., 55.
125 Ibid., 60.
125a Existe debate respecto al carácter "elitista" de "La Sociedad". Las fuentes no permiten aclarar si participaban realmente peones u obreros. La escasa historiografía respecto al tema tiende a afirmar lo contrario. Ver, Alexis Pérez. "Caracoles, centro de confluencia de mineros, comerciantes y habilitadores capitalistas (1871-1878)" en Data Nº 2, Sucre, 1992.
126 El Ferrocarril, 18 de enero de 1877.         [ Links ] En carta donde se cancelaba el exequátor al cónsul Villegas, firmada por el Presidente provisional, Hilarión Daza.
127 Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de la..., op. cit., 57.
128 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Vol. 46, Antofagasta, 1 de febrero de 1879.
129 AMRREE, Cónsules de Chile en Bolivia, Antofagasta, 4 de febrero de 1879. El destacado es mío.
130 Julio Pinto V., Cortar Raíces..., op. cit., 425-428.
131 Ibid., 446.
132 AN.RREE, Vol. 172, Foja 81. Quien escribe es el cónsul Nicanor Zenteno.
133 Como los azotes que estaban prohibidos en ambos países.

 

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