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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.34  Santiago  2001

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942001003400014 

ARIEL PERALTA. El mito de Chile. Santiago, Editorial Bogante, 1999, 250 págs.

Los últimos escritos acerca de Chile abundan en temas determinados por la contingencia; modernización del Estado, el caso Pinochet y las secuelas de su "secuestro" en Londres, las variadas formas que puede asumir la corrupción, la constante denuncia de los crímenes perpetrados por los organismos de seguridad del régimen militar o los problemas que continúa enfrentando nuestra transición hacia una plena democracia, tan necesaria como dificultosa y lenta sin la participación de su soslayado destinatario: el pueblo ciudadano.

En este marco carente de protagonismo colectivo, tan diferente de aquella etapa de comienzos de los ochenta, en esta etapa recesiva de la actividad política masiva, los vinculantes entre el mundo de las ideas y una masa que sufre de la privatización hasta de sus propios proyectos de vida, de su fe en sí y para sí, en una avasallante campeada cibernética, son en su mayoría animadores radiales y comentaristas deportivos los que como taumaturgos se apropian de la fe de las personas y combinan sus exégesis con una tendencia a abarcar todos los temas, desde lo público hasta la esfera de los más privados, inspirados por un supuesto sentido común, esa " filosofía de los no filósofos, ese folclore de la filosofía" en el decir de Gramsci, tan escaso como voluble entre nosotros.

En este ambiente, con una ciudadanía de bajo perfil, en que toda una fauna de politólogos y "politiqueros" cesantes –menos conocidos que los futbólogos– ocupa espacios reservados a ellos con una pasmosa falta de talento para un debate interesante y creíble, donde queda en evidencia que son los epígonos de una modernidad tan ahistórica como carente de conocimientos, pasión y audacia, resulta reconfortante que al amparo de Ediciones Bogavante reinicie su bogar por derroteros conocidos y míticos, una prosa valiente, riquísima de contenidos, provocativa, y por lo mismo, rara en nuestro medio intelectual, tan propenso a la obnubilante autoadulación mitológica. "El Mito de Chile" reaparece en los momentos en que se erosiona aquella imagen simpática y distante que proyectáramos hasta fines del segundo tercio del siglo, la de un bucólico país ... "estriado hacia el Pacífico, con perfil de cara a la esperanza, cuya gente andaba sin apuro, forcejeándole al sol cada mañana… un hermano nuevo, original y hermoso, una costa infinita de este lado del mundo y un motivo de lucha de este lado del triunfo" en tiernas y dolidas palabras del poeta argentino Eduardo Mazo.

¿En qué consistiría la erosión de esa imagen idealizada de la hora presente? ¿Cuál es el perfil humano que exporta un país interesadamente calificado como exitoso? El de una altanera fanfarronería, autorreferida por cierto, que nos hace bastante menos dulce y dotado de las inocentes virtudes que Bolívar nos asignara en su descripción jamaicana. Por el contrario, el chileno de hoy que visita otros países cree sabérselas todas; "no degusta, compara y emite juicios en voz alta y dice que los tomates y las uvas de Brasil no son tan ricas como las de Chile". Tenemos esa arrogancia del rutinario, al decir de Tancredo Pinochet1 , una vacua vanidad de nuevos ricos, porque si de comparaciones se trata y esto no es nuevo sino una acentuación de procedencia empresarial, hasta uno de nuestros marginados pobladores sin casa se cree superior a cualquier habitante de Bolivia, Perú o el Ecuador.

Nuestros políticos, con excepciones que confirman la regla general, no lucen como antaño su prosapia, no abundan entre ellos los ensayistas como en el pasado reciente, ni hacen gala de elocuencia oratoria y hasta su humor es acartonado y falso, no resultando raro sino muy normal el verlos mezclados con toda la "pléyade" de entretenedores como fotógrafos, diseñadores, peluqueros, decoradores, actores, futbolistas, empresarios, modistos y mujeres tan bellas como estultas, en reuniones sociales muy bien preparadas y que la siutiquería ha rebautizado como "eventos", en donde la inauguración de una muestra artística solo es el pretexto de estas gentes para mostrarse con desparpajo, ya que de escultura, pintura, cine, poesía, teatro clásico, tendencias vanguardistas o instalaciones tienen un conocimiento precario o nulo, y sin embargo relegan al artista, es decir al creador y su obra a un segundo plano. Confirmación de lo descrito lo constituye el hecho de que cuando no hay publicidad, pueden verse palcos oficiales y primeras filas de nuestros teatros vacías de ese público "marketinero" como lo ha denominado el vulgo, y en buena hora, porque así facilitan a los espectadores cultos poner atención a lo sustantivo.

¿Cuánto hay de novedad y cuánto de acentuación en estas conductas sociales avaladas por una tendencia trepadora e imitativa? ¿Qué actores sociales podrían constituirse en reserva moral para que esto cambie, si es que existen condiciones en lo mediato? Son estas, interrogantes acuciantes, pero posibles de resolver a partir de un diagnóstico difícil de levantar y compartir. Solo podremos ser, a partir del conocimiento certero de lo que somos, de nuestra real valía, y a ello "El Mito de Chile" contribuye como muy pocas obras de nuestro dispensario cultural de ideas.

Casi tres décadas han transcurrido desde que al escribir "El Mito", Peralta nos descubriera el Chile mitológico y develara un conjunto de esencias amargas al hacer añicos los velos de apariencias, las actitudes impostadas en los comportamientos institucionales o sociales, recibiendo como respuesta el distanciamiento de quienes experimentaban sus opiniones como un aguijonazo en lo más sagrado, un grito disonante para oídos habituados a la misma musiquilla asordinada del halago, aquella que genera el coro de los medrosos y genuflexos.

A lo largo de cuatro siglos y medio se han moldeados los sentimientos de los chilenos en torno a una imagen del país, de una manera tal que el chileno medio, de izquierda o derecha no abandonará fácilmente. Así, una obra ofrecida generosamente a las nuevas generaciones fue desmerecida por quienes constituían la intelligentzia de izquierda y odiada por la derecha de siempre, por el carácter antioligárquico del libro porque dejaba en evidencias relaciones propias de un alma nacional enfeudada, hasta entre quienes optaban por posturas "progresistas". "El Mito" es desagradable para un conglomerado social que experimenta esa degeneración del buen nacionalismo que es el patrioterismo, enfermedad sicopática que ve en todo crítico analítico un peligroso enemigo en un país con chauvinismo de cuartel, repleto de conmemoraciones bélicas inoculadas desde la infancia como ritos sagrados, y que alimentan sentimientos xenófobos hacia nuestros países vecinos, dificultando los esfuerzos integracionistas y una correcta comprensión del pasado histórico.

La asimilación de un correlato caricaturesco y deformante, acrítico y agresivo hacen que nuestra petit histoire estimule al rechazo de una obra extraña en un país que recela de la crítica, ejercida libremente como discurso antisistema. La calidad de la prosa, como la profundidad de su contenido hicieron del libro de Ariel Peralta un producto no apto para las tareas inmediatas y más urgentes, un desiderátum intelectual inconciliable con la acción de los publicistas de ese ayer como de hoy, efímeros en su utilidad contingente.

Con todo ese derrotero, con censura nacional y autocensura editorial este bogavante literario vuelve por sus fueros a reencendernos el intelecto, a conmovernos con la relectura de sus capítulos, verdaderos escorzos trazados con maestría sintética que traducen el drama psíquico-cultural de un país en eterna reconstrucción, suma de anhelos y visiones heterogéneas y yuxtapuestas más que una concreción nacional. Vuelve "El Mito" para ofrecerse a los desencantados que con estoicismo buscan por debajo del relumbrón una luz más tenue pero permanente para un juicio desalienante. Por todo ello sostenemos que "El Mito" es una obra que no acaba en sí, que no aplaca el hambre de saber, sino lo estimula a confrontar y buscar otras respuestas; parafraseando al París del 68, diríamos que "El Mito" no es el pan sino que contiene la levadura para quienes anhelan otro porvenir.

Aunque la presente reedición contempla el agregado de dos capítulos finales de factura reciente, "Modernidad y Postmodernidad del Chile de hoy" y "Chile, una épica inconclusa", más un prólogo que ilustra parte de sus vicisitudes, esta obra continúa, a pesar de sus treinta años, y para sorpresa de su autor, plenamente vigente en sus aseveraciones por lo que creemos, debiera considerarse como un clásico de nuestra literatura ensayística y en referente ineludible para el diagnóstico de Chile ante el cercano bicentenario de nuestra independencia, hermanándolo al juicio valiente que hicieron hace casi cien años Francisco Antonio Encina, Alejandro Venegas, Tancredo Pinochet, Nicolás Palacios o Luis Emilio Recabarren, notables ensayistas que constituyen la Generación del Centenario.

De los capítulos del libro original que en su conjunto no ofrecen ningún cambio de contenido, y uno que otro retoque formal o la actualización de los ejemplos cuando es necesario, es especialmente interesante el destinado a los grupos sociales, destacable además por ser el más extenso de todo el libro; comienza con un epígrafe de Sartre y coincidente más con un análisis del resentimiento que con la proyección histórica en el accionar de una conciencia de clase conocedora de su origen y sus características, y lo que debe hacer en el escenario económico, social y político para modificar su existencia2. De allí ciertas descripciones muy certeras como también ciertas opiniones que, con acento rotundo no logran ser suficientemente asertivas en un tema que reconocemos como apasionante y complejo.

El resentido social, aún consciente de su condicionamiento o de su fatal acondicionamiento que lo estanca socialmente, puede en momentos actuar con rebeldía contra algo que le recuerda su precaria situación, pero no pasa del exabrupto porque carece del "por qué" luchar como una meta que requiere de un esfuerzo constante colectivo y organizado. Ningún buen programa ni cuerpo teórico por coherente y científico que sea en sus propósitos de redención social tiene garantizado el triunfo, sino muchas veces la gloriosa derrota que lo hace memorable , un eslabón de muchos en esta crocheana "hazaña de la libertad".

Dice el párrafo de Sartre con que comienza el capítulo que: "La conciencia de clase aparece cuando se empieza a entender que no se puede salir de una clase para entrar en otra", y en las primeras líneas nuestro ensayista señala que hay una "verdadera nebulosa que rodea a la pirámide social" y que "los valores se disgregan no ya desde una cabeza invisible, sino de sectores de pensamiento con ubicuidad soterrada" lo que hace que dicho análisis aparezca "como una hidra de múltiples tonalidades"3.

Afirma que "la sociedad chilena se presenta como un cuerpo desmembrado con latidos disímiles… en respiradero único y vital, en la secuencia imprevista del acto creador definitivo". Ciertamente un escepticismo en el sentido filosófico supera el simple resentimiento y cuidándose del optimismo dogmatizante de quienes levantan imágenes tan idílicas como depuradas y deformadas del país, hurga en lo aparente y las muestra en toda su precariedad. Así nos señala con notable precisión que observándose "con atención la movilidad del resentimiento en Chile (se) advertirá que hay como un flujo y reflujo de enfrentamiento ideológico, en eterno nacimiento de doctrinas originales o de importación en su gran mayoría, que sollaman la pasión de distintas generaciones pero que nunca han logrado destruir la base de lo establecido... ni los grupos medios ni el sector de los trabajadores, han logrado arraigar en la realidad político social la perspectiva de renovación. Carentes unos de cierta tradición en lo ideológico y de fuerza compresora los otros, hacen que Chile se mantenga como en un aparejamiento sectorial, es decir, en coexistencia de poder a través de la pirámide socioeconómica. Los trabajadores dominan desde su base organizativa sindical; los grupos medios el ámbito de la burocracia estatal y particular y las minorías plutocráticas el mundo visible e invisible de las finanzas"4.

Luego afirma que "somos iconoclastas" casi por instinto generacional; de ahí también el perdón tácito de las "altas esferas" frente a una actitud que en su propia juventud sintieron. Así, la "acción desalmada" es entendida casi como una etapa inevitable y superable de nuestra naturaleza social, tan solo un vértigo dentro de una verticalidad muy estructurada en una sociedad con el alma enfeudada. A este respecto cabe señalar que esta particular y poco digna característica social ya era evidente para muchos observadores de nuestras señas al momento de producirse el proceso emancipador. "Chile adolecía de esta fiebre del fanatismo y de la habitual de la servidumbre, sostenidas por las preocupaciones que engendró el sistema bárbaro en que nacimos", dice en carta fechada en 1817 y escrita en Jamaica el canónico José Cortés Madariaga. Un año antes en las instrucciones de Martín de Pueyrredón al General San Martín al momento de organizar el Ejército de los Andes se lee: "El sistema colonial observado por los españoles en Chile desde la Conquista ha sido en gran parte diverso del que se nota en las demás provincias meridionales. El feudalismo ha prevalecido casi en todo su vigor y el ínfimo pueblo ha sufrido el peso de una nobleza engreída y de la opulencia reducida a una clase poco numerosa del reino"5.

De este constituyente psicosocial tan arraigado se desprende que todas nuestras transiciones hacia estadios superiores de convivencia social y política, incluida la actual, deban avanzar con cautela por los meandros menos caudalosos, sin saltarse ninguno, dando pruebas evidentes de buena fe y arrepentimiento en el suavizamiento de aquellos arrebatos más ardientes de un pasado político reciente.

Concluirá esta transición como las anteriores con el reacomodo institucional de numerosos actores del drama, reconciliados como unos verdaderos caballeros de la política. "Siempre ha sido así" dice la sentencia popular y es como una lápida que clausura por un tiempo, los espacios más significativos de redención social, en un sistema que al sacrificio heroico ofrece como alternativa, siempre, la claudicación.

El recuerdo de las brutalidades refuerza en el pueblo esa tendencia garante de la paz social, la de ser guiados sin la noción esclarecedora del sujeto a objeto de la historia... en una sociedad infantilizada. Así hemos proyectado tan secular impresión de maquiavélica flexibilidad, capaz de absorber hasta los detractores más radicales del sistema.

Solo en este país de "inocentes virtudes", al decir de Bolívar6 podría concebirse la suprema ingenuidad de los heterodoxos del pensamiento socialista, de programar una transición incruenta del capitalismo hacia una república democrática de trabajadores de la mano del mismo Estado… Otra más de esas ensoñaciones redentoras, ilusiones que forja nuestra extendida "ingenuidad creyente" como la llama Peralta, porque un análisis correcto de nuestra realidad histórica debería tener presente la fría, lógica y despectiva sentencia de quienes lograron el triunfo al destruir el proceso nacionalista del Presidente Balmaceda, expresada en los términos de Eduardo Matte en 1892... "los dueños de Chile somos nosotros mismos, los dueños del capital y del suelo, el resto son las masas que pueden ser influidas y vendidas, ellas no cuentan como opinión y prestigio"7.

Pasado cierto tiempo de cicatrización de las heridas, "los héroes con aureolas de mártires", les son entregados a la masa en forma pasteurizada y dosificada por la historia oficial, esa que recoge el discurso justificatorio de los victimarios, siempre del lado de la legalidad, consensuado con el mea culpa del sobreviviente del holocausto. Esta versión impuesta intrasistema desplaza por las conveniencias del reacomodo, al análisis del contexto, de modo que se ofrece a todos un conjunto de exterioridades tan digeribles como la honradez y la patriótica valentía de políticos que más allá de sus posibles buenas intenciones, cometieron errores que apresuraron su propio fin por fanatismo, por la obcecación de no negociar una salida institucional a tiempo o porque no se rodearon de la gente adecuada. De esta forma figuras emblemáticas como Balmaceda o Allende dejan de representar en nuestra historiografía escolar el enfrentamiento entre un nacionalismo progresista y las zarpas del imperialismo británico o norteamericano y sus aliados nativos, para dar paso a la entrega de esos hombres de un ideario personal deshecho con su desaparición. Un fetichismo agostante de las verdaderas dimensiones del drama histórico, orienta hacia la individualidad y no a las posibilidades de cambio que los personajes representaron ideológicamente.

En la disección misma de nuestros segmentos sociales nuestro autor, junto a la descripción de sus procedencias genealógicas, en lo que no hay gran novedad como tampoco en las características en los que concentran la riqueza en un libro antioligárquico, se detiene especialmente en las metamorfosis de "la clase media" a la que define como "dependiente intermediaria del poder tradicional, timorata para esclarecer su función definitiva", en que los subsectores que la conforman "toman partido solo en aquellos instantes de una notoria quiebra del sistema". No arriesgan, se arriman al poder, reconocen jefes y todos aspiran a serlo así sea en periféricas parcelitas desechables por quienes sí detentan el de tomar las decisiones más gruesas. Situados entre los que lo poseen todo y los desposeídos, los grupos intermedios son el mejor caldo de cultivo para todas las variantes del populismo, siendo tentados al de corte autoritario porque la dádiva que de él emana en su paternalismo feudal y vertical, satisface la sed de justicia social que late en ellos y les calma de los asedios de una posible opción revolucionaria para la cual son absolutamente ineptos. Indigentes mentales incapaces de exasperación, legalistas, rutinarios, acomodaticios, orientados hacia un laissez faire son creyentes por herencias y liberales por moda, pura pose y aunque el partido político que más se haya disputado su representación se llame radical, "la clase media" jamás será radical en nada, solo el amortiguador de la lucha más definida entre las antípodas de toda sociedad.

En cuanto a los pobres y marginales, Peralta cita a Guillermo Feliú Cruz quien, con un dejo de desprecio dice que: "la historia de Chile a diferencia de cualquier otra historia carece de pueblo, porque a este no lo anima ningún otro sentimiento que no sea el de la servidumbre". Luego, reconociendo momentos de la lucha social señala que la mayoría de las veces el pueblo es más un energético que un conductor, que experimenta tan solo "exabruptos subitáneos", que no posee "un destino común, una corporeidad ascendente, lineal y unificada; sería en la conceptualización marxista una clase en sí y no para sí ... "un elemento de presión disperso, inconexo aun para editar políticas definitorias" y luego para reforzar sus conclusiones cita a Aníbal Pinto quien señala que el proletariado... "Ha aparecido lo bastante fuerte como para desviar a otros de su camino, pero es demasiado débil como para encauzar el proceso por la ruta propia, por lo demás borrosamente definida, salvo en el plano de las necesidades más evidentes y específicas"8

Los fragmentos expuestos situarían al propio Peralta en el bando de los desesperanzados (no hay, sabemos, escritores inocentes o ensayistas neutrales) y no podríamos esperar de un escéptico conocedor de su país un rebozante optimismo, pero la desesperanza, insistamos, también nubla o deforma la perspectiva, de allí que su análisis padezca de inevitables contradicciones puesto que a la par que cita como ejemplo de subordinación social la actitud campesina de esperar de pie y silenciosamente a que el homenajeado consuma la merienda preparada por ellos (este es Darwin), señala en otra parte la fugaz "posibilidad de considerarse dueño de sí mismo" por parte del hombre de nuestros campos, más impulsivo y apasionado gracias a su "no contaminación urbana de su invernadero de siglos", a diferencia del hombre fabril detenido en la corporación institucionalizada del sindicato o sencillamente ausente en un individualismo estéril que anhela el "progreso" en la gota del salario y en la aquiescencia del empleador.

Señala luego que la plutocracia nacional hizo toda una apología interesada de las buenas condiciones de nuestro pueblo hasta el instante que "la espontaneidad social empujó a ese mismo pueblo, si no a metas de dirección, a enfrentar al explotador descubierto"... "La sublevación era el desconocimiento de la paternidad honesta..."

Es necesario recalcar a esta parte del comentario crítico que los obreros del salitre, esos "espontaneístas", que al igual que los mineros del carbón se agruparon en torno a la FOCh, y las mutuales eran de origen campesino, de modo que la muda en el oficio no alteró en ellos la condición de sufrientes expoliados ni las básicas nociones de su humanidad irredenta, así las zonas mineras como las agrícolas experimentarán la represión sistemática como antídoto contra la rebeldía creciente a lo largo de medio siglo y el sindicato, antes de su manipulada y politiquera intervención burocratizante, fue catalizador y catapulta de sus demandas. La impresionante brutalidad de la represión fue, entre fines del siglo diecinueve y los primeros cincuenta años del veinte, proporcional al peligro, al menos desestabilizante, que la organización de los trabajadores podía generar a nuestro modo de producción subdesarrollado y dependiente.

El fermento de rebeldía puede no ser ciencia pero es genuino en Chile, en la Argentina pre y postperonista o en el Perú pre y postgenerales "progresistas" y su acción rompe con el carácter señorial de las relaciones sociales heredadas y obliga a los estados aunque sea a una ligera legislación antes inexistente.

En cuanto a la incuestionada tendencia a la servidumbre acuñada en los campos (la mayor parte de los obreros urbanos tiene su origen en la migración campo-ciudad) y sentado que siempre hay excepciones o particularidades que no alteran la expresión general, es notable el hecho de que el mismo escenario de la "pacificación de la Araucanía", sea el de la más agitada violencia, reprimida cincuenta años después en la segunda administración de Arturo Alessandri, haciendo imborrable el nombre de Ranquil.

Sin desmerecer los numerosos aciertos del libro y de este capítulo en particular, habría que insistir en que siendo uno de los más apasionantes es de los menos definitivos. Recordemos a Lucien Fevre: "las cosas no son tan simples y evitemos planear desde muy alto porque abajo está la verdad". Omar Torrijos9 decía, que "Solo en los libros se hacen las revoluciones en línea recta y en cómodas autopistas". En ellos también se clasifican y descalifican los procesos sociales; el proletariado inglés, el francés, el alemán o el norteamericano, con mayores perfiles, proyección y experiencia histórica e ideológica, tampoco coronaron sus luchas con el éxito obteniendo parciales reivindicaciones que no suplantaron al sistema.

Convengamos también en que aquella conquista parcial llamada democratización del Estado, trajo tras el período más heroico o romántico de la lucha social, un acomodo al status imperante que devino a lo largo de medio siglo, en la incorporación burocratizante de los núcleos ayer disfuncionales vía legislación o vía incorporación a la democracia parlamentaria, al medrar bajo el alero corruptor del "padre" Estado, ahora benefactor y garante dosificador del bienestar social.

A la degeneración de las organizaciones populares, incluidas las juveniles o poblacionales, contribuyó la transversal tendencia imitativa que estimula en estos últimos decenios al desarrollo de una espiral de arribismo, que acentúa la inautenticidad como un mal nacional y desaloja de los sectores desposeídos a través del consumismo, ese fervor rebelde, que fuera la más notoria impronta del roto, ese "comunista atávico" en la opinión de Vicuña Fuentes. De ese magma aflora en ocasiones una violencia inconducente e instintiva provocada por la existencia de "lo otro", lo inasible "como un desgarramiento de infecundidad interior depositada de súbito en el arranque libertario del yo ultrajado, en un joven obrero frustrado en su proyección potencial o en la torva "barra brava" religión del lumpen... Violencia de patochadas surgidas de un venero de insatisfacciones10

En el penúltimo capítulo y primero de los agregados en esta reedición ("Modernidad y posmodernidad en el Chile de hoy"), Peralta, sin perder rigor ni objetividad, despolariza la discusión acerca de la modernidad, con un enfoque tan histórico como necesario, en un campo críptico para los iniciados en las tendencias más modernas de la sociología, la semiótica o la teoría comunicacional. Reconoce el fenómeno como una inducción generada en "los centros de poder económico y político a escala planetaria", lo que hace de la modernidad algo reflejo, confuso, y por ello sin una verdadera asimilación, lo que no justifica su rechazo sin más, en nombre de un nacionalismo identitario a outrance, que pudiera confundirse con un conservadurismo propio de mentalidades oligárquicas de viejo cuño, como la de esos señores de "horca y cuchillo" que dominando nuestra escena política postindependentista, conservaron casi intactas en más de un siglo y medio las estructuras económicas y sociales de su entorno inmediato, a contrapelo de su paulatino alejamiento del ejercicio gubernamental, mas no de su influencia indirecta. Esos mismos sectores retardatarios de cualquier forma de modernidad y progreso social en los campos tecnológicos y educativos, truncaron la modernización de un Balmaceda, inaugurando sin embargo la tendencia imitativa europeizante y el consumo de lo superfluo, mas no la inventiva creadora de las viejas civilizaciones.

Los abordajes a la modernidad o los más absurdos sobre una más extraña posmodernidad, tienen en sociedades económicamente dependientes como la nuestra, el sabor de lo impostado y se resuelve en el pináculo de nuestra provinciana sociedad, entre imitadores al día e imitadores retrasados, entre privatizadores ortodoxos del credo neoliberal y quienes, estigmatizando las políticas de asistencialidad estatal como "socializantes", recurren por los efectos de su retraso de un mercado mundial inmanejable, al mismo Estado como única solución protectora ante lo que califican como "competencias desleales", como si un mínimo conocimiento de la historia mundial no demostrara palmariamente que no existe lealtad del fuerte hacia el débil, del imperio a la periferia que lo nutre, y se desnutre echando, inútilmente, mano a los desechos obsolescentes de un mundo que recurre en cambio en forma heterodoxa a todo su propio arsenal histórico de experiencias.

Asistimos, bajo el mañido eslogan de "la aldea global" a las sistemáticas desintegraciones de lo nacional por parte de una trasnacionalización del capitalismo, moderna forma supranacional y supraestatal del imperialismo en su fase más efectiva y encubierta. Bajo este enjambre de apariencias impostadas ¿qué permanece como identitario? Tal vez el verticalismo de nuestras relaciones sociales como columna vertebral de nuestra estructura societaria; una inconfesable relación de vasallaje que reconoce en el poder un ordenador natural de la vida. Dice Ariel Peralta que la "tecnomodernidad no ha redundado en un cambio de vida ostensible para las grandes mayorías de Chile", sino apenas ha "constituido un ejercicio de muda paciencia en medio de una orfandad social y espiritual. Las viejas lavanderas golpeaban con tablas las ropas de "los otros" en las orillas de esteros o canales; hoy pueden hacerlo con lavadoras eléctricas en el recinto propio o ajeno, pero la obsecuencia reverencial continúa intacta, como si un manto de irreflexión cobijara la inmutabilidad del tiempo11".

El país, ciertamente ha experimentado cambios, no podía esperarse menos de un tercio de siglo entre dolores y esperanzas; nosotros tampoco somos los mismos, aunque los ideales, valores, sentimientos y sueños de una profunda transformación sociocultural por los que entonces valía vivir y hasta morir continúen, a su modo, habitándonos, aunque no estén de moda. Sin embargo, este constatar no resta significación a un libro que apuntara, por mucho tiempo, a develar esencias por sobre las superficialidades deformantes que constituyen nuestras apariencias. Permítaseme, entonces, subrayar del epílogo original de 1971, algunas de esas "palabras posteriores y necesarias" con que nuestro autor concluía su obra mayor:

"Este libro ha querido ser la presentación de un testimonio vaciado en un molde que, no por ser desesperanzado en muchos aspectos, cobijaba la ilusión de un renacer… y si las líneas precedentes han conformado una visión más centrada en el querer apasionado que en la frialdad del diagnóstico, ello reafirma la posibilidad creadora de un país que hoy, más que en otro momento, tiene la posibilidad de reencontrarse consigo mismo… Estamos entre la frustración y la historia, en el desafío más notable que podía deparársenos; el celo dubitativo que siempre nos ha acompañado al observar la gestión de los gobernantes debe transformarse en la acción uniformadora de todos los que sentimos a la patria como un haz inalienable, sin el interés lucrativo del destino individual. Solo con esa perspectiva, y teniendo además un vigía de hierro en nuestro interior, ninguna alborada se resistirá para llegar al encuentro de un Chile definitivo".

JOSÉ MIGUEL NEIRA CISTERNAS

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1 La Conquista de Chile en el siglo XX
2 George Gurtvitch en su "Teoría de las Clases sociales" señala que solo puede entenderse con sus componentes económicos sociales y sicológicos como una conciencia colectiva, es decir, como una interpenetración parcial de las conciencias individuales.
3 El mito de Chile, 101.
4 Idem. 103.
5 Ricardo Donoso, Las ideas políticas en Chile", 93.
6 "Carta de Jamaica"
7 Frases citadas por el autor en 105.
8 El mito de Chile, 137.
9 General panameño.
10 El mito de Chile, 146.
11 El mito de Chile, 172.

 

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