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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.38 n.1 Santiago jun. 2005

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942005000100009 

 

RESEÑAS

RUDOLPH AMANDUS PHILIPPI, El orden prodigioso del mundo natural. Pehuén Editores-Universidad Austral de Chile. Santiago, 2003, 152 páginas; Alexander von Humboldt, Mi viaje por el camino del inca (1801-1802). Editorial Universitaria, Santiago, 2004, 288 páginas, y Alexander von Humboldt, Cuadernos de la naturaleza. Los Libros de la Catarata, Madrid, 2003, 432 págs.

Abordamos en esta reseña tres obras recientemente aparecidas en que los protagonistas de las mismas son dos naturalistas del siglo XIX. A través de ellas no solo apreciamos la importancia de la puesta en valor del patrimonio cultural, el interés que despiertan en Chile los textos de viajeros o el creciente desarrollo de la historia de la ciencia, en especial, la ampliación de las categorías con que los estudiosos abordan la comprensión del pasado americano.

En El orden prodigioso del mundo natural, se reúnen trabajos del Rodolfo Amando Philippi, rescatados por un equipo de investigadoras de la Universidad Austral de Valdivia liderados por la antropóloga Leonor Adán, e integrado por las historiadoras Ulrike Steenbuck y Andrea Larroucau, y la conservadora-restauradora Susana Muñoz Le Breton. En el texto, junto a los documentos que se ofrecen, algunos por primera vez, encontramos monografías relativas a la vida y obra del naturalista alemán llegado a Chile en 1851, sobre su aporte a la zoología y su papel en el desarrollo de la botánica chilena, una valoración del saber del científico y, finalmente, una explicación del acervo documental de este explorador, investigador y dibujante que conserva la Dirección de Museología de la casa de estudios valdiviana.

La publicación muestra la variedad de temas que ocuparon la atención de Philippi, transformándose en un buen ejemplo de las nuevas oportunidades que animan el trabajo historiográfico, gracias a las cuales problemas tan antiguos como los de la expansión nacional decimonónica, ahora cuentan también con fuentes para ser abordados desde el ángulo del papel del conocimiento científico en dicho proceso.

Ahondando en el contenido de los originales de este naturalista y viajero incansable, encontramos trabajos que tratan asuntos tan concretos como la identificación de especies naturales, hasta otros más abstractos relacionados con sus ideas políticas; pasando por sus descripciones de paisajes, tipos humanos, costumbres, usos sociales y mentalidades de la sociedad en que se desenvolvió. También es posible captar la evolución de su propia situación y mirada, en el sentido que en sus primeros escritos se aprecia todavía al extranjero recién llegado, al inmigrante que añora su tierra natal, cuyo trabajo aparece teñido de una mirada emotiva; mientras que a medida que pasa el tiempo, comienzan a desaparecer tales evocaciones y a dominar la visión racionalista y crítica del científico dotado de un agudo sentido de observación, capaz no solo de apreciar la variedad y riqueza del paisaje natural objeto de su preocupación, también las profundidades del carácter del pueblo con el cual convive. Un buen ejemplo de lo que afirmamos se encuentra en algunas de las láminas de Philippi que se seleccionaron para esta edición, en la que la representación de Chile y "lo chileno" aparece claramente. Pero también en sus relatos cuando, por ejemplo, en medio de una excursión, y fatigados por la jornada, cuenta que en la casa del dueño del potrero había pocas mujeres, "así pues nosotros mismos ataviamos nuestras camas"; o cuando grafica el peso de lo formal en Chile a propósito de aquel pastor que, queriendo contraer matrimonio, pero sin tiempo para asistir a la misión a aprender las obligaciones de los esposos, acordó con el piadoso padre enviar a un criado en su lugar.

También en relación con las fuentes reproducidas, el texto resulta muy estimulante. Ellas son abundantes y variadas, demostrando su potencialidad para el estudio de temas como el papel de la geografía en la construcción de la identidad nacional, la relación entre ambiente natural y desenvolvimiento económico, la participación desde Chile en redes científicas internacionales, como la correspondencia de Philippi lo demuestra y, fundamental para quien sea capaz de hacer las preguntas adecuadas, las posibilidades de una historia interdisciplinaria, no solo con otras disciplinas de las ciencias sociales, en especial con las ciencias físicas y naturales.

RESEÑAS Las monografías que acompañan esta edición de documentos resultan pertinentes pues no solo sitúan la personalidad del naturalista en el contexto histórico, valorando su contribución al conocimiento científico de su época, sino que también permiten apreciar el valor que hombres como él atribuían a su trabajo en relación con el papel del conocimiento en la ampliación de la libertad y el cultivo de la personalidad. Por último, libros como este muestran una vez más la necesidad de investigar las colecciones patrimoniales existentes en los diversos acervos que se encuentran a lo largo del país. Solo así estas cobrarán significado, se mantendrán vivas y contribuirán al desarrollo de nuestro conocimiento. Haciendo posible descubrir, entre otros aspectos, lo que Philippi captó en su tiempo, esto es, que no hay "nada más sublime que el estudio de la naturaleza".

Esta máxima también se aprecia en la antología preparada por David Yudilevich L., en la que el investigador de las universidades de Chile y de Londres reúne los escritos de Humboldt relacionados con su viaje por América del Sur. El editor aprovecha pasajes de Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, de los Cuadros de la naturaleza y de los diarios del barón alemán, para "reconstruir" el viaje del naturalista por el "camino del inca" entre 1801 y 1802, en un recorrido de cerca de 2.000 kilómetros que lo llevó, junto a Aimé Bonpland, desde Pasto a Lima.

Acompañados de textos del editor en el que se informa sobre la trayectoria del naturalista y se ilustra sobre su obra científica, los escritos seleccionados muestran claramente la aventura científica que significó el conocimiento de la naturaleza americana, uno de cuyos protagonistas absolutos, en especial por la repercusión de su obra, resulta ser Humboldt. Buscando "tomar el pulso del cielo y la tierra", identificar las principales características del nuevo mundo, "investigar en él la interacción conjunta de todas las fuerzas de la naturaleza", fue que el sabio realizó sustantivos aportes al conocimiento de la geografía y botánica americana, así como a las ciencias en general al determinar, entre otros fenómenos, la relación existente entre altitud, temperatura y vegetación.

Humboldt describe especies animales, como el cóndor, y vegetales como la quina, pero también paisajes y elementos propios de la cordillera de los Andes, como volcanes, valles, quebradas, cimas, gargantas, precipicios y cascadas. Ahí están sus reflexiones sobre la planta que más vida había salvado en la historia de la humanidad, la quina. La que servía para combatir el paludismo, las fiebres tercianas y la malaria, y que gracias al legado indígena había sido apreciada por los europeos. Su valoración de la naturaleza andina no tiene límites: "el panorama maravilloso que solo pueden brindar los Andes" escribe. "En una cordillera tan enorme todo es proporcional, la forma, las masas, tamaño de los contornos, profundidad de los valles, cantidad de agua, altura de las caídas, su sonido tronante; todo es más grande y majestuoso que en los Alpes suizos, en los Pirineos, en los Cárpatos, los Apeninos y otras montañas que he visto". No escatima adjetivos para referirse a la realidad que se le presenta. Imponente, calmo, majestuoso son los que utiliza en su descripción del Chimborazo visto desde la meseta de Tapia.

Junto a las descripciones, están las reflexiones del explorador, fruto de una mirada de la realidad que, por venir de quien viene, normalmente está sometida a la comparación con lo europeo, aunque no por eso deja de captar la idiosincrasia de algunos de los pueblos americanos. Por ejemplo cuando refiriéndose a los numerosos obstáculos que se encuentran en los senderos y caminos concluye: "en Europa se quita el árbol del camino; aquí se cambia el camino". O cuando alude a la "codicia de los hacendados" que ha causado el deterioro de los monumentos históricos que encuentra a su paso. Mostrando sensibilidad, es capaz de apreciar el valor de la arquitectura indígena, haciendo notar la elegancia de las formas de sus edificios, o la riqueza de las lenguas americanas, que considera ejemplo de que "América poseyó alguna vez mucho mayor cultura de la que encontraron los españoles en 1492". Incluso la realidad americana lo proyecta más allá de ella, como cuando afirma: "Así, en los trópicos todo toma formas y costumbres más suaves, más pacíficas. ¡Solamente el hombre sigue siendo en todo el planeta igual, persiguiendo y odiando a su propia especie!".

Mapas, láminas, anexos, índices toponímicos y onomásticos y bibliografías completan una edición que pone al alcance del público chileno escritos de difícil acceso desde nuestro país. Tal vez el principal mérito de una publicación que, por otra parte, tiene el defecto de integrar escritos que poco tienen que ver con el cuerpo principal, como el de Víctor W. von Hagen sobre las carreteras del sol y los capítulos de Cieza de León sobre los reyes incas, sus palacios y algunas de su provincias.

Muestra de la influencia de Humboldt en la configuración de la moderna geografía española es la reedición de sus Cuadros de la naturaleza, publicados en español por primera vez en 1876 por el editor, impresor y librero Gaspar, sobre la traducción realizada por Bernardo Giner de los Ríos de la edición francesa de 1866. En esta obra, una de las más apreciadas por el naturalista de origen alemán, se ofrece en toda su magnitud el goce que embarga al viajero cuando aprecia, con admiración, los grandes paisajes de las cordilleras americanas, sus selvas, sus ríos y los restos de las civilizaciones precolombinas. Aquí se ofrece la mirada humboldtiana revestida de todo su afán por tratar de descubrir el orden existente en las apariencias caóticas de la naturaleza, así como las conexiones que se dan entre fenómenos distantes pero que obedecen a una misma causa. El naturalista utilizó un método empírico de observación sistemática que, por medio del raciocinio, debía conducir a la explicación causal de dichos fenómenos y a su comparación con otros similares.

El romántico prusiano demuestra que su método no fue el de la simple observación neutra, y que para él la contemplación de la naturaleza era una fuente de placer estético y un camino para su comprensión. Un estímulo para desarrollar la imaginación y la comunicación pues, como escribió, luego de dieciocho meses en el interior del continente y al arribar al océano Pacífico: "¡qué suma de gozos y de dolores! Cuán pequeño y estrecho es el mundo real en comparación con el que el hombre produce, abrazado en la profundidad de sus sentimientos".

Dividido en siete libros en los que Humboldt aborda a través de cuadros más o menos breves la descripción de estepas y desiertos, las cataratas del Orinoco, la vida nocturna de los animales en las selvas del Nuevo Mundo, la fisonomía de las plantas, la estructura y modo de acción de los volcanes, la fuerza vital o genio rodio y la meseta de Cajamarca, el texto tiene la intención de, como alguna vez afirmó, hacer ver "que la exacta y precisa descripción de los fenómenos no es absolutamente inconciliable con la pintura viva y animada de las imponentes escenas de la creación".

La edición está acompañada de una introducción debida a los investigadores del Consejo Superior de Investigación Científica de España (CSIC), Miguel Ángel Puig-Samper y Sandra Rebok. El primero, un reconocido historiador de la ciencia e investigador y editor de la obra científica de Humboldt, entre otros intereses relacionados con el quehacer de los naturalistas en América y España.

En su estudio los historiadores del CSIC pasan revista a los primeros años de estudios del naturalista, ofreciendo una descripción de cómo llegó a materializar su viaje a América luego de la muerte de su madre en 1796; a continuación abordan su paso por España como una etapa de preparación, en la que Humboldt no solo se vinculó a científicos peninsulares, sino que se las arregló para obtener un pasaporte real para viajar por América; nombran a grandes rasgos las etapas de su viaje y explican las características de su trabajo científico en Europa a su regreso del Nuevo Mundo. En una visión estimulante, y que abre numerosas posibilidades a los estudiosos de la ciencia, interpretan los cuadros de la naturaleza como un intento por comprender el mundo natural a partir de la conjunción entre ciencia y estética, en donde el concepto de cuadro tiene una importancia radical al ser el instrumento utilizado por el sabio para organizar el espacio según criterios estéticos, modificando los criterios de percepción y ampliando su escala de observación. Un verdadero modelo de conocimiento que Humboldt toma de la filosofía de Kant, para quien el conocimiento comienza por los sentidos, pasa por el entendimiento y concluye en la razón.

Como acertadamente sostienen Puig-Samper y Rebok, la representación artística de América en el siglo XIX, está íntimamente vinculada a Humboldt, entre otras razones, porque la iconografía representaba otra forma de comunicar una idea de la naturaleza. Sin duda una concepción que tendría seguidores, entre otros, Claudio Gay y su Atlas de la historia física y política de Chile. Magnífico ejemplo de la utilización explícita del arte para transmitir conocimientos científicos.

Humboldt concibe la representación del paisaje no solo como un instrumento para la contemplación de la naturaleza. En razón de sus objetivos científicos, este debe apreciarse también como la representación de objetos específicos fieles a la realidad, para su posterior investigación o ilustración. Por lo anterior es que no debe resultar extraño que, a impulsos de sus concepciones, la iconografía sobre América experimentará una renovación fundamental hacia una representación realista y estéticamente exigente, como la obra de Claudio Gay o Auguste Morisot, el pintor que acompañó a Jean Chaffanjon al Orinoco en 1886, lo muestran.

Entre los cuadros más incitantes están aquellos que ofrecen un sentido estético y sensible, por ejemplo, el referido a la vida animal una vez entrada la noche. El naturalista introduce el sonido nocturno de la selva, añadiendo así otro elemento perceptible a los sentidos en sus descripciones científicas. La descripción de los gritos nocturnos de los animales en los trópicos, en las riberas del Orinoco, es elocuente: "comenzó en el bosque un ruido tal que fue preciso renunciar en absoluto a dormir. Todo el matorral resonaba de los gritos salvajes. Entre las numerosas voces que tomaban parte en este concierto no podían distinguir los indios sino aquellas que, después de una breve pausa, comenzaban a dejarse oír solas. Eran estas los aullidos guturales y monótonos de los aluatos; la voz quejumbrosa y aflautada de los titíes; el ronquido del mono dormilón; los gritos entrecortados del gran tigre de América; del cuguar o león sin melena; del pecari, del perezoso y de un enjambre de loros; los de las parraquas y de otras gallináceas. A veces, el rugido del tigre bajaba de lo alto de los árboles, acompañado siempre de los gritos agudos y lastimeros de los monos que pugnaban por escapar a este peligro nuevo para ellos".

Más dramática resulta todavía la razón que ofrece Humboldt para explicar el tumulto de la selva. "Me pareció que la escena provenía de un combate empeñado por casualidad que se iba prolongando con encarnizamiento siempre creciente. El jaguar persigue a los pecarís y tapires y estos animales, estrechamente apretados unos contra otros, quiebran la empalizada de arbustos que pone obstáculo a la fuga. Asustados con este ruido, mezclan los monos desde las copas de los árboles sus gritos a los de los grandes animales; despiertan a las familias de aves posadas en sociedad y así, poco a poco, se va poniendo en conmoción toda la gente animal". Es la cadena de persecuciones mutuas para la conservación de la propia vida animal en plena acción. A ella todavía el explorador agrega los violentos aguaceros, oportunidad en que "eran más ruidosos los gritos o cuando, en medio de los truenos, iluminaba el relámpago el interior de la selva". Si duda una escena espectacular que, desde el ángulo de los estudiosos de la ciencia, contribuye a dilatar sus oportunidades de comprender la realidad americana. Como concluyó el sagaz viajero prusiano: "en cada matorral, en la corteza agrietada de los árboles, en la tierra que cavan los himenópteros, la vida se agita y se hace oír, como una de las mil voces que envía la naturaleza al alma piadosa y sensible del hombre".

La elocuencia de sus descripciones, la densidad de sus reflexiones, la intensidad de las imágenes, la variedad de temas que es posible desarrollar a partir de estas fuentes justifican plenamente editar y leer a naturalistas como Humboldt y Philippi. A través de ellos, el descubrimiento científico de América, el papel de la ciencia en la organización y formación de las naciones durante el siglo XIX, la constitución de redes científicas o la práctica científica en los nuevos estados se ofrece como un terreno virgen para los historiadores. Tan inexplorado como alguna vez se presentaron ante los naturalistas viajeros los dilatados espacios del continente americano.

RAFAEL SAGREDO BAEZA
Pontificia Universidad Católica de Chile