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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) v.40 n.1 Santiago jun. 2007

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942007000100009 

 

Instituto de Historia
Pontificia Universidad Católica de Chile
HISTORIA N° 40, Vol. I, enero-junio 2007: 175-176
ISSN 0073-2435

RESEÑAS

 

BERNARD LAVALLÉ, Francisco Pizarro. Biografía de una conquista. Lima, Instituto Francés de Estudios Andinos / Instituto de Estudios Peruanos / Embajada de Francia en el Perú / Instituto Riva-Agüero, 2005, 264 págs. (Ia ed. en francés, 2004).

 


Acostumbrados al rigor científico que delimita metodologías y cursos de acción epistemológicos, el historiador tiende permanentemente a garantizar una producción monográfica basada en levantamiento empírico original, sobre fuentes manuscritas, e inscrita en la senda de la creación de conocimiento. No siempre calza con esta búsqueda, por cierto, la procupación por el uso de herramientas narrativas adecuadas, que deben contemplar un lenguaje comprensible, pero también seductor y explicativo, sin cuyo continente el contenido pierde su fuerza explicativa y la demostración se debilita en sus objetivos de discusión académica. Por otro lado, los paradigmas de la investigación recién están volviendo tímidamente al estudio de personajes y de eventos. Ampliamente descalificados por los historiadores contemporáneos, estos tópicos, estudiados desde las nuevas perspectivas aportadas por las tres últimas décadas de avance historiográfico, están dando nuevas luces como soportes y "puertas de entrada" a procesos de mayor envergadura.

Con el libro que comentamos, Bernard Lavallé nos entrega un buen ejemplo de las posibilidades y alternativas que surgen de los puntos anteriores. En primer lugar, no pretende ser una investigación absolutamente original, basada esencialmente en fuentes primarias. El mismo autor se encarga de aclararlo en su introducción, subrayando los trabajos fundamentales que ya se han escrito y sobre los cuales sustentará su relato; ello, sin dejar de hacer intervenir recurrentemente a los actores, a través de las principales crónicas del período.

En este sentido, Francisco Pizarro se inscribe en una propuesta de difusión del conocimiento -considerando, por lo demás, que se trata de un libro escrito para público europeo-. Esta opción, sin embargo, está lejos de disminuir sus méritos. En efecto, el recorrido al que nos invita Lavallé no es solamente el transcurso lineal de una biografía ya conocida. Armado de un impecable y potente uso del lenguaje y de una reconocida capacidad narrativa, el autor nos propone ingresar a un proceso histórico -en todo el sentido nouvelle histoire del término- a través de su actor principal. En cierto sentido, Pizarro aparece como un "trampolín", un eje articulador, una puerta de entrada para comprender el primer medio siglo de la presencia hispana en América, en la medida en que nuestro conquistador participa en todas sus fases, situaciones y problemas. Lavallé construye, pues, un verdadero panorama dialéctico entre el conquistador y lo conquistado -tierras y hombres-, presentando a la Conquista como un "hecho total". En palabras del autor, "Para nosotros, la biografía de Francisco Pizarro era también [...] la de su época y de los lugares adonde sus pasos lo llevaron" (pág. 14).

De esta manera, el libro nos presenta un recorrido notable por problemas y procesos que son los comunes al resto de los inmigrantes europeos: la oscuridad social de los orígenes (hijo ilegítimo, campesino, analfabeto, ... acompañado por el consiguiente vacío documental sobre su infancia); la importancia regional de su experiencia (los que rodearán a Pizarro serán casi siempre originarios de Extremadura); la energía "picaresca" de la aventura "hacia delante" y la búsqueda del golpe de suerte ("la más hermosa de las conquistas -apunta Lavallé- era siempre la que estaba por hacerse, aquella hacia la cual se iría más tarde en las tierras que quedaban por descubrir"); el papel esencial de lo militar como caldo de cultivo para ascender y mejorar la situación; la presencia del "Nuevo Mundo" como escenario donde catapultar los deseos, olvidar el pasado y construir un futuro volunta-rista, antes de que el Estado se desplegase en sus formas más coloniales; el papel central, justamente, de la voluntad, de la capacidad de liderazgo, del don de mando, del arrojo y de la osadía, como motores psicosociales de la Conquista; el cinismo, el engaño y la crueldad que acompañan todos sus pasos por los Andes; la ambición material, que lleva a coyunturas delirantes y a bajezas sorprendentes.

El recorrido que presenta Lavallé, insisto, es atrayente y cautivador, y permite dar cuenta de la contradicción permanente que aflora entre epopeya y tragedia, verdaderas antípodas que dialogan dialéctica y permanentemente a lo largo del libro. En ocasiones, el autor se detiene en detalles descriptivos, que alejan al lector de la línea argumentativa y distraen innecesariamente del análisis -como cuando detalla el reparto del botín de Atahualpa (pág. 133) o en las numerosas descripciones de batallas y huestes-, aunque normalmente sirven para acercarse a las tensiones y vivencias cotidianas del momento relatado.

Quisiéramos rescatar tres aspectos que afloran permanentemente a lo largo del libro -como afloran, también, del proceso de conquista- y que hemos adelantado más arriba.

En primer lugar, el arrojo, la osadía, la actitud temeraria y aventurera, último recurso en las situaciones más extremas, cuando todo parece perdido, cuando la geografía se come a los hombres, cuando el enemigo cubre las salidas o cuando las tropas amasan un motín (págs. 41, 55-57, 82). Es la respuesta a las condiciones extremas con que la experiencia americana fraguó desde un comienzo a los bizoños aventureros y, también, la forma de salir del anonimato y de sobresalir de entre la multitud de campesinos que buscaban fortuna, como lo estaba demostrando, de hecho, el éxito cortesiano en México (págs. 42-43, 44, 58, 66, 68, 165). Ello explica que siempre encontremos este tipo de comportamiento voluntarioso en medio de las operaciones exitosas, entre las que destaca, por supuesto, el episodio de "los trece de la fama" (pág. 64).

Un segundo tópico comprende el cinismo, la frialdad táctica y la capacidad ilimitada de traición y de conjura que acompañó la vida americana de Pizarro desde sus comienzos, cuando recién salía de su anonimato soldadezco, al ser el encargado por Ojeda de custodiar un emplazamiento en el golfo de Urabá (pág. 37). Actitudes que, por supuesto, destilaban en el conjunto de hispanos que circulaban y se posicionaban en el "Nuevo Mundo".

La intriga, la mentira, el engaño y el incumplimiento de compromisos adquiridos fueron armas poderosas, usadas entre los propios hispanos, y entre estos y los indígenas, particularmente a la hora de aprovechar a su favor las tensiones interétnicas, las ambiciones de los curacas o, en el caso específico peruano, la lucha fratricida entre los pretendientes al trono inca (págs. 43, 85, 94, 97, 126, 129, 136, 142, 149-150, 153-154, 164, 166). En relación a este último aspecto, sin duda central para el desenvolvimiento de los hechos, Lav alié señala: "La inteligencia a la vez política y militar de Pizarro y de sus lugartenientes radica en haber comprendido que debía ser posible jugar con este abanico de tensiones y de rencores, con la condición de demostrar audacia y de hacerse dueños del juego" (pág. 107).

En sentido inverso, dichas actitudes terminarán alimentando, también, la vorágine ambiciosa que autofagocitará a los conquistadores del Perú, primero al interior de las huestes originarias y, luego, entre los restos de ellas y los flamantes agentes del Estado (págs. 131-132, 134). Así, la gloria de los vencedores terminó ahogándose en las pugnas internas y en la dinámica propiamente colonial, que comenzaba rápidamente a deplazar el poder y la autonomía inicial de los beneméritos (véanse, en particular, los capítulos "Del espectro de la guerra civil a sus tragedias" y "El fin de los conquistadores").

Por último, otro elemento omnipresente en la vida de Pizarro y en los procesos que se desenvolvieron a su lado, fue el uso -implacable, sistemático e inmisericor-de- del terror y la crueldad, como mecanismos para controlar y someter a los indígenas. Asaltos con perros de guerra -cebados de antemano con carne india-, masacres por doquier, degollamientos, mutilaciones y torturas, revestidas, a veces, de gratuito sadismo, enmarcaron la brutalidad de una dominación que, al menos en esta etapa de la invasión, no respetaba ni las más mínimas reglas cristianas que, se supone, alimentaban ideológicamente el proceso de expansión española (págs. 39, 41,43,94, 118,138-139, 152,178-179).

Nos queda claro, pues, que la guerra y el oro obnubilan los sentidos, hacen perversa la razón y hacen relucir lo peor de la humanidad.

Desde la oscura bastardía en su Trujillo original hasta la gloria conquistada en el Cuzco -seguida de un calamitoso y trágico final- la vida de Francisco Pizarro pareciera digna de un film que mezcle aventura, drama y terror. Sin ir más lejos, el título de la tercera parte del libro ("El oro, la gloria... y la sangre"), revela una justa y escalofriante combinación de conceptos que dan cuenta de la complejidad y la polisemia del proceso. Bernard Lavallé nos ha entregado aquí su relato impecable, intenso y atractivo, fruto de una reflexión madura y, una vez más, con un exquisito uso de la escritura.

JAIME VALENZUELA MÁRQUEZ
Pontificia Universidad Católica de Chile