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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.44 no.1 Santiago jun. 2011

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942011000100016 

HISTORIA N° 44, vol. I, enero-junio 2011: 230-234

RESEÑA

Julio Pinto Vallejos y Verónica Valdivia Ortiz de Zárate, ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación (1810-1840), Santiago, Lom Ediciones, 2009, 352 páginas.

 

En las últimas décadas, los debates asociados a los orígenes, desarrollo y expansión de las naciones y los nacionalismos han tenido gran impacto en las formas de abordar el estudio no solo de estas entidades -ahora concebidas como existencias socialmente construidas-, sino también de la propia historia como disciplina dedicada a su estudio. Desde los años ochenta y noventa del siglo XX, cuando irrumpieron los trabajos de B. Anderson, E. Hobsbawm y E. Gellner entre otros, la pretendida existencia natural, objetiva y perenne de las naciones comenzó a ponerse en duda, generando grandes repercusiones en el mundo académico. El debate se hizo más abundante y fructífero a partir de las reflexiones emanadas de las corrientes subalternas, el giro cultural, el feminismo y la poscolonialidad, las que, no obstante reconocer la contribución hecha por los autores antes mencionados, advirtieron de los peligros que acarreaban los análisis históricos binarios acerca de experiencias y procesos que son múltiples y heterogéneos. La crítica invitaba a reconsiderar no solo los fundamentos sobre los que se habían construido las naciones, sino también los relatos históricos en los que estas se sustentaban, los que, apelando a una supuesta universalidad, seguían enmarcados dentro de fronteras, temporales y espaciales rígidas que terminaban por excluir procesos, sujetos y perspectivas analíticas. La propuesta fue descentrar el foco, de modo de pensar la(s) historia(s) fuera de los límites que imponían los órdenes nacionales. Pese a la abundancia de este tipo de reflexiones en distintas academias, la historiografía chilena se ha mostrado renuente a hurgar en los procesos que han dado forma a las diferentes expresiones de la nacionalidad. Es por esta razón que el estudio de los historiadores Julio Pinto y Verónica Valdivia, que aborda la construcción social de la nación en Chile, resulta un aporte de considerable valor y trascendencia, toda vez que inaugura nuevas posibilidades de repensar los procesos de formación nacional en el país desde nuevos enfoques epistémicos.

La obra, una acuciosa y contundente investigación sobre el período que se extiende entre los años 1810 y 1840 en Chile, pone en el centro del debate al "pueblo", con toda la carga de imprecisión y ambigüedad que esta palabra involucró en esos años, y su relación con los procesos de construcción de las ideas de nación que se desplegaron desde distintos sectores y grupos de interés. El texto se compone de seis capítulos que se organizan alrededor de tres preguntas que constituyen la columna vertebral del estudio: la voluntad de los grupos dirigentes de construir una idea de nación, los mecanismos y visiones que se movilizaron para este fin y la receptividad de los sectores populares respecto de estas propuestas. Con el fin de desarrollar el estudio de ellas, los autores analizan cuatro variables centrales que les permiten desplegar distintas hipótesis a lo largo de su investigación, al tiempo que abordar los modos de participación de los diferentes sujetos implicados en el proceso. Estas variables son el estudio de los distintos discursos de nación que se generaron en esos años, la circulación de mecanismos simbólicos asociados a estos, la experiencia militar como rito iniciático y la aceptación, resistencias y negociaciones en las que se vieron involucrados los sectores populares en su trayectoria para constituirse en parte de la nación.

Son varios los aspectos que hacen de este libro un texto imprescindible para el estudio del período. Para empezar, la idea de nación es concebida, como categoría analítica, en términos plurales y flexibles, por cuanto esta(s) sería(n) el resultado de procesos de construcción que se van nutriendo de significados no solo diferentes sino muchas veces contradictorios e incluso improvisados e irreflexivos, según los contextos históricos e intereses involucrados. En este sentido, los autores ponen en tela de juicio la supuesta coherencia de los proyectos hegemónicos del Estado chileno, para situarlos en una trayectoria histórica que complejiza el análisis Así, vocablos tales como "pueblo", "patria" o "ciudadanía", signados por su vaguedad y polisemia conceptual, son historizados desde los distintos usos, aplicaciones y transformaciones que van adquiriendo según los sujetos que los emplean y las situaciones en que lo hacen. Sin embargo, la trayectoria genealógica no se queda solo en una discusión conceptual; el análisis, por el contrario, indaga tanto en las disputas, cooptaciones y negociaciones que emanan de su uso, como en las eventuales consecuencias que generaron.

En relación con lo anterior, la consistencia y densidad analítica respecto del tránsito experimentado por el concepto "pueblo", desde una acepción restringida a los hombres de élite hacia una eventual integración de la plebe o bajo pueblo al proyecto nacional, es elocuente. La trayectoria aparece animada por complejas y a ratos silenciosas disputas y negociaciones, en las que intervinieron de forma activa distintos grupos provenientes de las élites dirigentes, los militares, la Iglesia y también el bajo pueblo. En efecto, al contrario de la percepción generalizada que concibe a la plebe como masa obediente y pasiva, los autores la develan como un sector que negocia y opone sus resistencias a las iniciativas de inclusión/exclusión elaboradas por los otros segmentos. Además, lejos de aceptar en términos interpretativos una inmovilidad respecto de las supuestas certidumbres ideológicas que habrían regido el actuar de los distintos grupos, el estudio da cuenta de los vaivenes y oscilaciones que son propios de lo que los autores -acudiendo al trabajo de Corrigan y Sayer para el caso inglés- entienden como un período de "transición -o revolución- cultural", como el que habría tenido lugar entre 1810 y 1840.

Así, el acucioso examen de los discursos y símbolos, revestidos de significados que fluctúan entre la inclusión del bajo pueblo en términos más liberales, aunque no por el momento igualitarios, y otros que conciben la inclusión en términos de una nación que valora el orden, la disciplina y la subordinación, aparece cargado de paradojas y contradicciones, desde las que se dejan ver, por los intersticios, las actuaciones y protagonismos del mundo popular. Ejemplos de ello son las constantes deserciones, motines, sublevaciones o desafíos al reclutamiento; la capacidad de imponer el tradicional "desorden popular", representado en las acciones desplegadas entre 1815 y 1817 por las guerrillas y montoneras, como estrategia no solo aceptada, sino incluso valorada por los segmentos dirigentes; o la obligación a la que se ven enfrentados los sectores pelucones de transar con valores y costumbres populares, a partir de la década de 1830, interpretación que desafía la arraigada noción del "peso de la noche" como instrumento que habría logrado imponer actitudes signadas por la pasividad y la obediencia del bajo pueblo.

El marco temporal, circunscrito entre las guerras de Independencia y la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, da cuenta de otro aspecto central en la discusión, a saber, los conflictos bélicos en tanto dispositivos de construcción de las nociones e imágenes de nación. Debatiendo con la tradicional concepción que entiende las guerras como elemento clave en la formación de la identidad nacional chilena (M. Góngora), los autores desentrañan con gran sutileza y convicción el sentido de las conflagraciones internas y externas, ya no como fundamentos de una idea de nación única, singular y hegemónica, sino como campos de experiencia -con toda la complejidad que involucra en términos de vivencias, ensayos, rutinas y aprendizajes- de la nación por parte de los sectores populares. Tal y como se señaló, el estudio rebate la noción de la guerra como experiencia generalizada y permanente, identificando los conflictos bélicos en un marco espacial y temporal determinado. Por ejemplo, después de 1818 la guerra no habría constituido una vivencia cotidiana para los habitantes del valle central, como sí lo fue para los de la frontera sur. Si en el primero la preocupación estuvo centrada en combatir las distintas formas de "ocio" popular, en el segundo, la denominada guerra a muerte daba cuenta de las resistencias ante la amenaza del desmoronamiento del orden preexistente. En uno y otro caso, así como en otras situaciones que se detallan en el texto, la guerra logró, muchas veces, relegar los debates ideológicos respecto del tipo de nación e inclusión ciudadana dirigida al bajo pueblo.

Pero el estudio de las guerras no se restringe solo a las batallas y escaramuzas, sino que se extiende a las pugnas que se generaron en relación al uso y significado de lo bélico. En efecto, a lo largo del texto es posible apreciar otros combates, muy pocas veces abordados por la historiografía, que son los que van dando sentido a los objetivos, participación y, en última instancia, contenidos de la nación. Así, en lo que respecta a las inclusiones o exclusiones referidas al mundo popular, se advierten diferentes posturas y variaciones frente a su participación en las guerras. Desde la indiferencia y marginalidad experimentada por la plebe en los inicios del período estudiado, hasta las interpelaciones que se le hacen para ingresar a formar parte de la tropa y las milicias, pasando por la reivindicación por parte de los patriotas de las guerrillas populares, sus titubeos respecto de la implementación de una idea de soldado-ciudadano frente a la eventualidad de fomentar un desorden social sin control y la pugna que emergió entre una concepción del servicio a la patria relacionado con ciertos derechos y atribuciones y otra que concibe la nación en armas como un deber y no un derecho, el análisis dota de historicidad tanto a los procesos como a la actuación de los distintos sectores participantes.

Tal vez sea en los dos últimos capítulos y en la conclusión donde se expone, con más elocuencia e intensidad, la riqueza del texto. Allí los autores sintetizan y concluyen con claridad y lucidez las sugerentes propuestas analíticas desplegadas en todo el trabajo. La provocadora relectura de los procesos acaecidos en la década de 1830 -en particular, la batalla de Lircay, el estallido de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y el asesinato del ministro Portales- opera como colofón del entramado de historias (en plural) que dieron vida a diferentes proyectos de nación. Así, desestimando la supuesta desmovilización que habría logrado el régimen portaliano en relación a los sectores populares, los autores dan relevancia su participación a tal punto que, al grupo estanquero-pelucón, vencedor en Lircay, no le habría quedado más alternativa que generar políticas de persuasión e inclusión, a partir de una nueva "revolución cultural" emanada desde el Estado. Sin embargo, ello no implicó el desmantelamiento de las posiciones liberales pipiolas, ni la subordinación de las fuerzas militares que, como en el caso de Freire, habían manifestado una mayor inclinación a reconocer al pueblo como ciudadano. Por el contrario, por lo menos hasta 1836-1837, las pugnas por redefinir los contenidos que debía tener ese "pueblo" como depositario de la soberanía nacional siguieron su curso. Fueron el estallido de la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y el asesinato de Portales los que actuaron como bisagra cronológica en la resignificación de las ideas de pueblo y nación. En efecto, como señalan los autores, fue en estos momentos en que se "descubrió" al pueblo como "bajo pueblo", entendido como sujetos que obedecen, trabajan y se sacrifican por la patria, aunque revestido de una ficción inclusiva que sitúa en igualdad de proporciones sus "virtudes cívicas y guerreras".

Por último, resta señalar que el estudio de Julio Pinto y Verónica Valdivia no solo es un aporte de enorme magnitud respecto del período en cuestión y de los modos de pensar la(s) historia(s) nacional(es), sino que además abre valiosas posibilidades de seguir indagando y ampliar la discusión hacia nuevas preguntas y miradas acerca de los procesos de construcción nacional. Por de pronto, inquirir ya no solo acerca de la recepción de las políticas emanadas de los grupos de élite por parte de los sectores populares, sino también de los eventuales proyectos que surgieran desde abajo. Probablemente sea necesario revisar nuevas fuentes y pensar en otras variables, a pesar de lo cual no cabe duda de que ¿Chilenos todos? La construcción social de la nación va a constituir uno de los cimientos básicos de los futuros debates.

Consuelo Figueroa
Universidad Diego Portales

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