SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.50 número2Promesas y prácticas curativas de devotos “a nombre de” la Virgen María y de Cristo en el Noroeste argentino en el transcurso del siglo XIX AL XX índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • En proceso de indezaciónCitado por Google
  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO
  • En proceso de indezaciónSimilares en Google

Compartir


Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.50 no.2 Santiago dic. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/s0717-71942017000200399 

Artículos

Tras los pasos de la muerte. Mortandad en Tacna durante la Guerra del Pacífico, 1879-18801

Felipe Casanova Rojas* 

Alberto Díaz Araya** 

Daniel Castillo Ramírez*** 

*Historiador, Universidad de Tarapacá. Correo electrónico: fcasanovarojas@gmail.com

**Historiador, Doctor en Antropología. Departamento de Ciencias Históricas y Geográficas, Universidad de Tarapacá. Correo electrónico: albertodiaz@uta.cl

***Profesor de Historia y Geografía, Universidad de Tarapacá. Correo electrónico: dcastillo@uta.cl

Resumen

El artículo analiza la presencia de los ejércitos Perú-Bolivianos en la ciudad de Tacna durante la Guerra del Pacífico. Se discuten los escenarios sociales, económicos y sanitarios experimentados por soldados, mujeres, niños y pobladores, para proponer una alternativa que considere la multiplicidad de factores que decidieron el resultado de la batalla del Campo de la Alianza, librada en las cercanías de la urbe el 26 de mayo de 1880. Mediante el estudio de las condiciones sociales y salubres se examina la magnitud de la mortandad generada por el aumento de la población que formó parte de la experiencia vivida por el conjunto de actores involucrados y que contribuyó, en parte, a la derrota de los aliados en el campo de batalla.

Palabras claves: Chile; Perú; siglo XIX; Guerra del Pacífico; Tacna; soldados peruanos; soldados bolivianos; mortandad de guerra; experiencia sociobélica

Abstract

The article analyzes the presence of the Peru-Bolivian armies in the city of Tacna during the War of the Pacific. The social, economic and health scenarios experienced by soldiers, women, children and settlers are discussed to propose an alternative that considers the multiplicity of factors that decided the outcome of the battle of the Campo de Alianza, fought in the vicinity of the city on May 26, 1880. The study of the social and salubrious conditions examines the magnitude of the mortality generated by the increase of the population that was part of the experience lived by the group of actors involved and that contributed, in part, to the defeat of allies on the battlefield.

Keywords: Chile; Peru; nineteenth century; Pacific War; Tacna; Peruvian soldiers; Bolivian soldiers; war mortality; socio-military experience

Introducción

A mediados del año 2008 un grupo de investigadores peruanos que buscaba delimitar la extensión del área en la que se libró la batalla del Campo de la Alianza (26 de mayo de 1880) halló el cuerpo momificado de un soldado boliviano. Los pormenores del hallazgo se mantuvieron en la más absoluta reserva, hasta que en 2015 nuevos trabajos en el sitio permitieron encontrar otros dos cuerpos de combatientes aliados. De esta manera, la tarea arqueológica consistió en la excavación y rescate de los cadáveres de dos soldados bolivianos y uno peruano, acaparando la atención de un público que no conocía un acierto de este tipo desde el año 20022. Al mismo tiempo, el descubrimiento se convirtió en una prometedora oportunidad para comprender parte de la vida cotidiana de los soldados movilizados durante el conflicto de 1879 y esclarecer las circunstancias de sus decesos en batalla3.

En su mayor parte, los estudios sobre la batalla del Campo de la Alianza -y de la Guerra del Pacífico (1879-1884) en general–, han sido desarrollados sobre la base de la entelequia de los sentimientos nacionales, donde las matrices militares establecen un marco en el que la patria ocupa el principal papel como sujeto histórico4. Asimismo, se ha unificado la manera en que el combate –y el conflicto-, se construye históricamente adecuándolo con el despliegue de ciertos mecanismos que permiten la reproducción de los vínculos con la nación5. Si es así, los factores que explican la derrota o la victoria en el campo de batalla se focalizan en los aspectos tácticos de los mandos, en las consecuencias estratégicas de su resultado, en el número de soldados utilizados, la eficiencia/carencia de apoyo logístico, el tipo de equipo y armamento como la cantidad de muertos y heridos, entre otros6.

En un entramado teórico, es posible argüir que la figura del soldado ha sido moldeada como el ícono presente en los frentes de batalla (o frentes externos)7, y que en él recaen todas las experiencias para el desarrollo del conflicto. Sin embargo, investigaciones recientes posibilitan la exploración de fenómenos que surgen al interior de los grupos inmersos en contextos bélicos, cuya experiencia ostenta una gran versatilidad según cual sea el sujeto protagonista y la posición en los respectivos acontecimientos de guerra, dotándole de significados diversos8. De este modo, la construcción de sujetos ha pasado de la posición épica e individual del soldado a una más concreta y colectiva de los distintos segmentos que hacen, ven y viven la guerra, transitando hacia trágicas realidades que pueden ser explicadas desde perspectivas distantes a lo militar y político9.

Una lectura alternativa del fenómeno bélico, permite problematizar el desenvolvimiento de otros actores en los frentes de batalla, en este caso, el concerniente al departamento de Tacna, discutiendo cómo la guerra se hace operativa al interior de la sociedad local, qué efectos provoca en el tejido social y cuáles son los otros factores que explican el desenlace de acontecimientos como los registrados el 26 de mayo de 1880. Un acercamiento plausible permitiría sostener que una de las consecuencias que revelan la dimensión del conflicto en poblaciones guarnecidas por ejércitos nacionales, y que no son clarificadas por la historiografía sobre la lucha en el Campo de la Alianza, corresponde al brote de distintas enfermedades infecciosas con alto índice de mortalidad durante el periodo en el que los soldados peruanos y bolivianos estuvieron acantonados en el radio urbano de Tacna y sus espacios circundantes10.

Por lo anterior, hallazgos como los de 2008 y 2015 permiten reevaluar las condiciones de vida experimentadas por los soldados, pero también por las mujeres, niños y vecinos anónimos de la ciudad, originadas por una relación construida entre condiciones sociales, culturales y económicas adversas. ¿Cuáles fueron las consecuencias de la prolongada presencia de los ejércitos aliados acantonados en Tacna? ¿Qué factores incidieron en el brote de enfermedades infecciosas de alta mortalidad? Dichas interrogantes permiten conjeturar que el resultado de la batalla no se limitó necesariamente a elementos, estrategias y tácticas aceptados por la historiografía militar. Al parecer, los componentes de orden sociocultural, económicos y salubridad de soldados y pobladores constituyeron un influjo para la disposición de los batallones previos al enfrentamiento en el Campo de la Alianza. En tal sentido, que la alta mortandad permite observar una imagen compleja y multidimensional de aquella batalla, en la que se visibilizan factores sociales que permiten inclinar la balanza en favor de uno u otro de los contendientes.

Considerando esta problemática, este artículo examina los pormenores entre el arribo del ejército boliviano en abril de 1879 y la ocupación de Tacna por parte de las tropas chilenas en mayo de 1880, caracterizando a la sociedad regional como activos protagonistas del conflicto. A su vez, se analizan las condiciones que influyeron en el brote y extensión de distintas enfermedades asociadas a los contextos de guerra, describiendo la forma e impacto con que estos padecimientos se manifestaron entre combatientes y pobladores en tiempos de contienda. Asimismo, se entregan indicadores cuantitativos sobre la mortandad en Tacna, estableciendo cuadros comparativos que presenta el decenio 1874-1884.

Como estrategia metodológica, se reunió información documental proveniente de diversos repositorios archivísticos de Perú, Chile y Bolivia. Al respecto, se han identificado los recursos testimoniales producidos por soldados peruanos y bolivianos, propiciando la pesquisa de descripciones personales que permitiesen profundizar las experiencias en torno a los contextos previos a la batalla, las privaciones, carencias materiales y enfermedades padecidas durante el acantonamiento militar. Además, se recurrió a la prensa, a las comunicaciones y oficios de las autoridades para reconstruir el escenario anterior al desenlace bélico, como también se extrajeron antecedentes de los decesos de soldados y pobladores desde los libros de defunciones de la parroquia de Tacna11, elaborando una base de datos que admitiese identificar cuantitativamente las características de la mortandad registrada en el periodo de estudio, comparándola con las extensas descripciones entregadas por el soporte documental y testimonial, con énfasis en las conflagraciones del siglo XIX.

Tacna antes de la guerra

Para mediados de la década de 1870, la ciudad de Tacna poseía una población de 7.738 personas. Era la cabeza de un distrito que se dividía en tres provincias: Arica, Tacna y Tarata12. Asimismo, la provincia estaba dividida en una serie de distritos que, en su conjunto, totalizaban una población de 10.778 almas13. La ciudad ocupaba “una gran extensión de N.E. a S.O. y su mayor ancho no llega a 800 metros”14. Era “un pueblo de bastante estension, que cuenta con muchos buenos establecimientos de comercio y una distinguida sociedad”15. Sus calles estaban “cortadas casi en ángulo recto”16; su “plaza principal, llamada de Armas, juega una fuente” y “cuenta tambien con otro bonito paseo, llamado Pasage Vigil”17. Contaba con un hospital, “un teatro pequeño, varias plazas, una alameda muy bonita y una iglesia en actual construcción”. Un constante crecimiento económico y comercial, iniciado alrededor de 1850, la situaba como “el segundo o tercer lugar’ de importancia “después de Lima por el espíritu progresista de sus vecinos”18. Junto con el cercano puerto de Arica, formaba parte de los flujos comerciales y las actividades mercantiles y agrícolas de la provincia, donde la actividad portuaria y el tráfico internacional eran fundamentales para sus economías, estableciendo una “plataforma para el intercambio mercantil en la región sur andina, siendo Arica el puerto de embarque y descarga de productos, y Tacna el lugar de almacenaje”19.

La agricultura estaba orientada en los cultivos de vides, forrajes, algodón y otros productos para el consumo local. Los once ayllus circundantes, habitados en su mayoría por indígenas, contribuían al surtido mercado con la producción de sus pequeñas chacras y chacarillas, al mismo tiempo en que las haciendas de Para, Piedra Blanca y Peschay cubrían la demanda por pastos y alfalfas20.

La población seguía la estructura social peruana, en la cual la élite local ejercía una fuerte influencia en las decisiones comunitarias, pese a estar conformada por un reducido número de comerciantes extranjeros y hacendados exportadores21. Los artesanos constituían un importante grupo productivo y las clases populares agrupaban a indígenas y afrodescendientes (cuadro 1).

Cuadro 1 Población total según condición racial 

Condición Cantidad
Blancos 3.347
Indígenas 5.786
Negros 194
Mestizos 1.397
Asiáticos 54
TOTAL 10.778

Fuente: Censo General de la República del Perú…, op. cit., tomo VII.

En el plano institucional, al ser una ciudad-capital, las reparticiones del Estado estaban encabezadas por la casa de gobierno, la Corte de Justicia, dos juzgados de primera instancia y la Municipalidad. La máxima autoridad local era el prefecto departamental, mientras que el alcalde se preocupaba de las tareas edilicias22.

Para Tacna, el impacto de la guerra con Chile comenzó a sentirse con el nacimiento del conflicto. Hasta fines de febrero de 1879, la tensión diplomática en la región salitrera de Antofagasta se había limitado a las discrepancias entre Chile y Bolivia, a propósito del aumento tributario que este último había decretado sobre los empresarios del departamento del litoral; lo que, a juicio del primero, constituía una violación del tratado de límites suscrito por ambos países en 1874. Perú se vio involucrado por su presencia en un tratado de alianza suscrito con la nación altiplánica en 1873, lo que desencadenaría las declaraciones de guerra correspondientes y el inicio de las actividades bélicas.

Estas acciones consistieron en incursiones navales que se inclinaron a favor de Chile cuando se capturó al monitor peruano Huáscar en las cercanías de Mejillones, en octubre de 1879. Desde allí, el ejército chileno llevaría a cabo una paulatina campaña en los territorios peruanos, ocupando los departamentos de Tarapacá (noviembre de 1879), de Moquegua (febrero-marzo de 1880) y de Tacna (marzo-junio del mismo año), dando fin a la primera etapa del conflicto23.

De esta manera, la guerra requirió de la presencia de un alto número de soldados aliados, que se preocupasen de guarnecer un punto estratégico para el comercio sur andino. Sin embargo, la paulatina llegada del conjunto de miembros y acompañantes de los ejércitos Perú-Bolivianos aumentó la densidad demográfica de Tacna y activó el desenvolvimiento de la sociedad tacneño-ariqueña en la guerra. Pese al impulso inicial que el conflicto había provocado en el consentimiento patriótico de la población, su lealtad irrestricta a la defensa nacional estaba menos articulada de lo que se cree, principalmente por el grado de influencias que tenían los intereses de una clase mercantil muy ligada al comercio ultramarino24. No obstante, la oligarquía tacneña abrió sus puertas a los militares, compartiendo en círculos privados y en retretas públicas. Una mujer de la élite recordaba que durante los primeros meses del conflicto todo “fue fiestas y conciertos que tenían el fín de ayudar en lo posible a ciertos gastos y con el objeto de hacer más llevadora la vida” de los “jóvenes que abandonaron hogar y comodidades” para concurrir a la guerra25.

Como era de suponer, la alta sociedad y los servidores públicos construyeron un papel basado en la caridad y la beneficencia. En mayo de 1879, un decreto supremo establecía el descuento de un “20% de los haberes de todos los empleados y pensionistas del Estado (…) en clase de donativos para los gastos de guerra”26. Por su parte, “los Vocales, Fiscales, Jueces de 1ª Instancia y demás empleados de la corte de Tacna” ofrecían dinero con el mismo objetivo27. En junio, la tesorería del consejo departamental recibió dieciocho soles “de los señores Emilio Santiago y Ca., el producto de una funcion de óptica dada en esta ciudad para ayudar á los gastos de la guerra”28. En septiembre, “los vecinos de las tres provincias” donaron “doscientos y mas caballos”, para montar a los soldados del regimiento Flanqueadores de Tacna29. De igual manera, los propietarios de los valles de Sama, Locumba, Lluta, Tarata y “demás puntos del Departamento”, habían entregado cuantiosas partidas de alfalfa “para el sostenimiento de mas de tres mil animales de que constan las caballerías y brigadas del Ejército aliado”30.

Pero los habitantes no solo debieron aportar con dinero y otros recursos. También tuvieron que contribuir incorporándose de forma voluntaria o forzosa a las unidades de la guardia nacional movilizada en la región. El reclutamiento militar fue rápido y constante. Así, el 11 de marzo de 1879 se decretó la creación de un “Batallon de Nacionales”, que debía “principiar sus ejercicios é instrucción doctrinal” con la mayor prontitud posible31. Como ciudadanos movilizados, los habitantes formaron parte de los batallones de infantería “Artesanos de Tacna, Granaderos de Tacna y Cazadores de Piérola”, además de un escuadrón de caballería, los Flanqueadores de Tacna32. A su vez, se constituyeron en una reserva movilizable, que en 1879 incluía a empleados (190), comerciantes (177), agricultores (699) y artesanos (605)33.

Los soldados: reclutamiento y movilización

El desembarco chileno en el puerto boliviano de Antofagasta (1879) marcó un punto de inflexión en la escalada de tensión que vivían ambos países desde inicios de aquel año. El posterior ingreso del Perú agravó aún más el tirante escenario diplomático, el cual dio paso al comienzo de las hostilidades militares. En Bolivia, las noticias de la incursión chilena no fueron oficializadas hasta varios días después de confirmado el hecho, pues se buscaba no alterar las celebraciones de los carnavales locales y, al mismo tiempo, se deseaba articular un plan de movilización y concentración de soldados. Dicho plan precisaba de los brazos del mundo civil, ya que ni el país ni el resto de los beligerantes mantenía fuerzas militares de línea suficientes para enfrentar una campaña extensa y de características modernas. El ejército boliviano “estaba formado por 2.300 hombres y mil oficiales” uniformados con textiles de “arpillera”, “malamente teñidos para imitar la apariencia del uniforme francés” y con armas “tan anticuadas que varios batallones estaban armados con mosquetes de chispa”34.

La movilización nacional se inició con rapidez, presentando una variedad de problemas que con la misma celeridad afectaban a los ejércitos chileno y peruano. Al respecto, el tipo de reclutamiento, las aptitudes de la oficialidad y los componentes del ejército boliviano se detallan a continuación:

“En Bolivia se decretó un reclutamiento en masa, que junto con una amnistía general para los opositores al régimen atrajo gran número de hombres bajo banderas. Los reclutas eran excelentes, pero no había oficiales ni jefes que pudieran entrenarlos, dirigirlos y convertirlos en un ejército eficiente. Eran en su mayoría indios que mostraban resistencia y valor a toda prueba, sumisos e incansables en las marchas. Acostumbrados a largos viajes, llevando pesadas cargas sólo mantenidos con hojas de coca durante muchos días, estaban naturalmente dotados para esta clase de trabajos, pero en la guerra moderna el adiestramiento sólo puede ser dirigido por instructores bien preparados, y éstos faltaban. Para armar estas tropas se impuso un préstamo forzoso que no fue completado. Y así salieron con el general Daza varios millares de indios bolivianos mal uniformados, si es que uniforme tenían, con ojotas o descalzos, armados con armas de fuego de todos los calibres y todos los períodos históricos, menos el presente, sin abastecimientos, transportes ni servicios médicos, a unirse a los peruanos en Tacna”35.

Completada la movilización inicial en ambos países, devino la definición del plan de operaciones a seguir, el cual requería precisar un lugar de acantonamiento permanente como base para posteriores incursiones. En el papel, Tacna reunía todas las condiciones anheladas, pues constituía una zona geoestratégica imprescindible para las operaciones de la alianza, resumidas en los siguientes factores36:

  1. La falta de medios militares y de subsistencia impedían la organización de una expedición al departamento del Litoral por el interior de Bolivia (vía Calama), ya que el país no contaba con un erario suficiente para equipar y sostener a una fuerza con una extensiva línea de suministros.

  2. El circuito que formaban Tacna y Arica era primordial para los intereses de la alianza. Ambas ciudades permitían el funcionamiento de los flujos económicos del comercio ultramarino de Bolivia, que siguió funcionando hasta el inicio del bloqueo naval del puerto ariqueño (noviembre de 1879). De ahí que “lo único que afanaba al Perú para que el ejército boliviano venga á Tacna, era el peligro que esta ciudad y Arica corrían sin estar guarnecidos”37.

En un principio, la idea de que Tacna y sus localidades adyacentes reunían condiciones favorables para la instalación permanente de miles de soldados estaba muy aceptada. Su cercanía con Arica, Puno, Arequipa y Bolivia permitía el acceso a múltiples vías de avituallamiento, pertrechos y alimentación. Además, la ciudad se encontraba relativamente lejos de las inclemencias e insalubridades que presentaba el puerto de Arica y otras localidades costeras de la zona, donde las fiebres palúdicas habían adquirido un carácter endémico. No obstante, la escala de la guerra que habría de librarse contra Chile sobrepasó todas esas hipotéticas cualidades.

Al comenzar las hostilidades, la marina peruana transportó una gran cantidad de soldados desde el Callao a las regiones de Tacna y Tarapacá38. Cabe consignar que durante casi todo el año 1879 la mayor parte del ejército peruano fue trasladado al territorio salitrero tarapaqueño, mientras sus aliados bolivianos se ubicaron en el espacio tacneño, después de sortear una marcha desde La Paz que demoró catorce días39. Los primeros soldados se detuvieron en la localidad rural de Pachía, al este de Tacna, a la espera del arribo de la totalidad de las tropas que llegaban desde Bolivia, ingresando a la ciudad en los primeros días de mayo de 187940. Durante el siglo XIX, en el imaginario de la sociedad peruana y boliviana, los soldados eran representados como un personaje infatigable para las tareas de la vida militar41. Sobre sus atributos se decía: “nuestros soldados (…) no pueden ser detenidos ni por las fragosidades del camino, ni por las distancias que tienen que vencer”, y que podían caminar “siete leguas castellanas por dia”42.

Algunos cronistas atribuían dichos atributos a una similitud sociocultural entre los componentes de los ejércitos aliados. Así, el peruano estaba integrado “entre 9.000 y 13.000 hombres” y constituido por “cholos o indios, a los que se agregaba gran número de negros, mulatos a quienes eran fácil incitar a la rebelión”43, ya que “desde la Independencia hasta la fecha, los batallones y escuadrones (…) han sido formados: los primeros, principalmente con indígenas del país, y los segundos, generalmente con los negros y zambos, que eran buenos ginetes”44. Otros testimonios indican que el soldado boliviano salía “del bajo pueblo, y aun en mucho de la clase indígena” que “no siempre posee el grado de cultura suficiente para conocer y practicar sus deberes con la patria, á pesar de que su arrojo y valor son indiscutibles en los momentos de prueba”45.

Tal como lo ha sostenido la historiografía boliviana, pareció ser que el discurso de guerra atrajo a las filas del Ejército a componentes de las sociedades peruanas y bolivianas que con anterioridad no habían formado parte de la vida castrense46. Al respecto, un cronista del ejército boliviano destaca la presencia de la “buena clase artesana” entre los movilizados arribados a Tacna, ya que esta “conoce y juzga los problemas y luchas políticas” del país, vigorizando “nuestro ejército” al enrolarse “con la satisfacción de cumplir un deber grato á su corazon é ineludible para su conciencia”47. Concepciones de este tipo no consentían a todos los grupos sociales y étnicos de Bolivia, por cuya causa la movilización respondió a una marcada división de clases48. De esta forma, los “jóvenes ilustrados” estaban enrolados en gran número en la Legión Boliviana, un cuerpo compuesto por una serie de escuadrones provinciales. Los oriundos de “La Paz, Cochabamba, Sucre, Potosí y otros departamentos, tenían sus dignos representantes en los cuerpos de ‘Murillo’, ‘La Vanguardia’ y ‘Libres del Sur’”, con un “núcleo numeroso de jóvenes doctores que han hecho la campaña de 1879 y 1880, en clase de soldados”49. La juventud mestiza de las ciudades, formada “en su mayoría” por “artesanos, maestros, oficiales y aprendices”, se integraron a los distintos batallones de infantería50. Cuando salió de La Paz, el Batallón Bustillo estaba compuesto por “tantos centenares de industriales, que dejando la holgada posicion que su laboriosidad les créara”, salían de “su cara ciudad” para “saborear todas las contrariedades de la campaña”51. En Tacna, Manuel Claros podía ver a los “paceños y orureños”, encuadrados en el Regimiento Murillo; a “cochabambinos”, en el Vanguardia; a “sucrenses, potosinos, aiquileños y cinteños”, en el Libres del Sud; “tarateños” en el Batallón Loa, que en su mayor parte eran “trabajadores de las salitreras”; a “tapacareños”, en el Aroma; “cliceños y punateños”, en el Viedma; “tarateños y aiquileños” del Padilla; “tarijeños”, en el Tarija; “chicheños”, con el Chorolque; y “cochabambinos, en el Batallón Grau52.

En el Perú, la guerra movilizó a todos los segmentos de la sociedad. La “juventud de Lima se alistaba al servicio de las armas, y pedia marchar á la banguardia”53. Mientras que en mayo de 1880, los soldados del batallón peruano Canevaro eran descritos como “muy finos (…) altos, blancos”, habiendo “tambien (…) negros que relucían como un charol”54.

Al parecer, el origen de la masiva movilización de blancos y mestizos se debió a que los indígenas estaban marginados de la vida política55. Sin embargo, son múltiples los testimonios que distinguen una cantidad importante de población indígena andina en los ejércitos. Al respecto, Sara Neuhaus señala: “el grueso de las tropas bolivianas estaba formado en su mayor número por indígenas que fueron arrancados de sus chozas; analfabetos, ingenuos y pacíficos, que iban a la guerra sin saber lo que ella significaba”56. En el mismo tenor, Narciso Campero reconocía que “habia cuerpos formados exclusivamente por aborígenes, a los qué, como sabeis, es difícil sinó imposible hacerles comprender la importancia de una cuestión internacional, y mas difícil todavía el interesarlos por ella”57.

Las descripciones anteriores no admiten una experiencia política de las poblaciones indígenas. No obstante, durante el siglo XIX las comunidades andinas se adscribieron a distintas modalidades de prácticas ciudadanas que respondían a la heterogeneidad de los contextos políticos y culturales de la nación58, buscando responder al proyecto republicano, asumiendo muchas veces posturas contradictorias, como apelar tanto a la ciudadanía como al reconocimiento de derechos y costumbres propias del discurso colonial59. De esta manera, se comprende por qué en septiembre de 1879, las autoridades de la sierra de Tarata convocaron a la comunidad para que se uniesen a la guardia nacional, tras lo cual “ha visto con suma satisfaccion que numerosos grupos de ciudadanos han acudido llenos de entusiasmo de los distintos pueblos de la Quebrada, Tarucachi y Ticaco”, en un número que bordeó los doscientos treinta “individuos jóvenes y decididos á derramar su sangre en aras del honor nacional”. Se esperaba que los enrolados “haran un cuerpo de ejército de primera linea, pues es preciso tener en cuenta lo que son en sí los despiertos indíjenas de esta Provincia”, y que “fuertes y hábiles, pronto se tornarán soldados veteranos”60.

Por otra parte, la participación indígena como soldados pudo responder a su incorporación por medio de la coerción. La leva, el método para reclutar obligatoriamente a la población para servir en el Ejército y que se desarrolló cuando el contexto bélico estaba en su punto crítico, no distinguía etnia ni nacionalidad. Así, en marzo de 1880, Juan Chavez, declaraba que el indígena aimara Ascensio Mamani había sido sacado de su casa por dos soldados “que me condujeron en calidad de recluta á su cuartel”, pese a que “yo pertenecía á la reserva movilisable de agricultores”, que “no he dejado de concurrir todos los días designados, al lugar de instrucción” y que era “padre de una numerosa familia, y labrador honrado; pues conduzco desde ahora once años la chara de don Mariano Arce, sin que tenga éste motivos de queja”61.

De esta manera, durante el tiempo transcurrido entre la declaración de guerra (marzo-abril de 1879), la captura del monitor Huáscar (octubre de 1879) y la pérdida del departamento peruano de Tarapacá (noviembre de 1879), el paulatino arribo de fuerzas militares provenientes de distintos puntos del Perú y Bolivia, aumentó significativamente el volumen demográfico de Tacna. A partir de mayo de 1879, la población se acrecentaría con la llegada de 5.982 soldados del ejército boliviano, cuya cifra no incluye la indeterminada cantidad de rabonas, vivanderas, niños y otros individuos que seguían su marcha y que se quedaron en la ciudad62. A ellos se agregaban cerca de cuatro mil soldados peruanos, movilizados a lo largo de los primeros meses del conflicto y que fueron desplazados a Tarapacá. A su vez, la recalada de los restos del Ejército del Sur (diciembre de 1879), derrotado en la región salitrera y acompañado por “muchas (…) familias” y “pobres mujeres”63, extendió aún más la presencia militar en Tacna, ya que para fines del primer año de la guerra existían 7.743 soldados peruanos, sin agregar a los componentes de su aliado64.

El número de soldados fluctuó según las necesidades de la guerra, mediante una movilidad constante entre distintos puntos poblados, tanto dentro como fuera de la provincia tacneña65. Por dicha razón, resulta casi imposible cifrar con exactitud la cuantía de personas que se hallaron en la ciudad durante el periodo 1879-1880, pertenecieran o no al círculo militar. Con todo, una relación entre las cantidades conocidas permite entregar un aproximado para el periodo según la población establecida por el censo nacional de 1876 (10.778) y el número de soldados que en promedio se hallaron en la ciudad en cada año. Por ende, para 1879 se fija la residencia total en 16.760 personas; mientras que en 1880, fluctuó en 23.671. Cabe advertir que estas cantidades estimadas no incluyen a mujeres rabonas e hijos de soldados, cuyo número no ha sido posible hallarlo en la documentación disponible.

Rabonas y vivanderas

Las consecuencias producidas por la permanencia inmóvil de miles de soldados también afectaron a todo el tejido social de Tacna y aldeas guarnecidas. Un ejército sudamericano decimonónico no estaba formado exclusivamente por hombres armados. Detrás o delante de ellos había un sin número de comerciantes, artesanos, prostitutas, esposas, convivientes, niños, entre otros, que acompañaban a los batallones en su despliegue militar. De esta forma, la cantidad –indeterminada- de individuos acompañantes aumentaba el número de personas que se hallaban en un punto de acantonamiento, sin considerar el desenvolvimiento cotidiano desarrollado por los propios habitantes.

En Bolivia y Perú, el principal papel de las mujeres que seguían a los regimientos se conocía como rabona, que era un “complemento del soldado (…), pues sin élla no tendría éste resignación ni valor". Sus tareas correspondían a la preparación de alimentos “tanto en los cuarteles cuanto en los campamentos, y élla también es la que le lava su ropa y cuida de su limpieza". La mujer que acompañaba al soldado compartía con él “todas las penas y fatigas de una larga jornada", soportando “con mucha resignación el fardo que lleva en las espaldas", cargando “todo los útiles de cocina y ropa, llevando ademas en brazos un asqueroso perro á quien idolatra como á su hombre"66. Además, solía llevar a “su cría67”, “un bebé atado a sus espaldas"68, al que trasladaba ya nacido a la campaña. En un relato de un combatiente, se observa la permanente conexión entre la rabona y su hijo:

“Me distrajo de mis cavilaciones la presencia de una rabona. Era la del sargento Olaguibel, que llegaba con su guagua a la espalda y sosteniendo en una mano una ollita de barro por las puntas del paño en que iba envuelta. Venia desde Tacna trayéndole el almuerzo a su compañero. Despues de saludarse, la mujer procedió sin dilación a vaciar en un plato el contenido de la olla, mientras el sargento aprisionaba en sus robustos brasos al niño que besaba y acariciaba con ternura. Cuando le hubo alcanzado el plato colmado de su sustancioso chairo, la rabona tomó, a su vez, al niño en un brazo sujetando al mismo tiempo el rifle con la mano que le quedaba libre. Terminado el almuerzo, hombres y mujer se confundieron en un estrecho y prolongado abrazo de despedida, despues del cual ella volvió a presentarle al niño para que lo besara por última vez y echándoselo en seguida a la espalda cogió el lío con una mano y emprendió rápidamente el viaje de regreso a Tacna”69.

Algunos cronistas veían a la rabona como una mujer ilegítima, que no pertenecía al hogar común del soldado, pues decían “hai muchos que dejan” a sus mujeres “en su pueblo i toman a la rabona, que viene a ser la mujer en campaña”. Los hombres no soportaban su ausencia y “cuando algunas veces los jefes han querido impedir la compañía de esas mujeres, han notado que el soldado estaba violento i que las deserciones eran considerables”70. Las medidas de control del mando militar boliviano buscaban evitar que su presencia relajase la disciplina al interior de los cuarteles, ya que otra de las características que definían a la rabona era el de ser “bodega” del soldado:

“He dicho bodega, en efecto, ella se constituye en depositaria y proveedora del pisco ó del aguardiante, sin los cuales parece fuera imposible la vida para aquellos hombres. Bajo esta faz, la rabona es el fantasma que mas preocupa al oficial de guardia durante el dia; pues á pesar de la escrupulosa requisicion que se hace en todo su cuerpo, la rabona consigue su objeto y tiene siempre nuevos recursos para lograrlo.

Ella introduce las botellas de bebida, unas veces entre sus numerosas polleras cortas de gruesa bayeta- otras, atando á su cintura un cordel del cual lle suspendida la botella y oculta entre ambas piernas! –yá en el fondo de sus grandes ollas de comida– ó en grandes vejigas que colocan á la espalda ó en el seno– y por fin, entre otros muchos recursos, en una larga caña tacuara perfectamente hueca con disimulados tapones en sus estremos”71.

En realidad, más allá de los papeles serviciales de estas mujeres, el soldado se encontraba culturalmente sujeto a la presencia femenina en los campos de batalla, que no se limitaba solo a la figura distintiva de la rabona. Existían, además, “proveedoras” o “vivanderas”, pequeñas comerciantes populares que suministraban alimentación. Si bien su existencia es conocida mediante escasas huellas documentales, testimonios como el de Manuel Claros permiten comprender su influencia. En los momentos previos al inicio de la batalla del Campo de la Alianza, este oficial boliviano, junto a un acompañante, recurrió al dinero que se les había dado “como diarios adelantados”, para que unas “vivanderas” le vendiesen “un buen plato de caldo, y asado”72.

La función de las “proveedoras” tenía una obvia razón lucrativa. La actividad de la mujer no estaba ligada a la exclusiva dependencia del soldado, como tampoco podía atenderlo solo a él. Tenía cierta libertad de acción, ejerciendo el comercio entre todos aquellos que pudieran pagar por sus servicios. En general, las mujeres realizaban actividades de subsistencia a través de la venta de comida, además de facilitar albergue a soldados y habitantes. Unos días antes de la batalla del 26 de mayo, cuando ya todo el Ejército se había trasladado a sus campamentos en los altos de Tacna, el mando boliviano dictó ciertas medidas de prevención y precaución para regular el tránsito de personas al sitio. Se prohibió que cualquier “particular” ingresase “sin obtener pasaporte de la policía de Tacna o pase firmado por los estados mayores jenerales”; pero quedaban exentos de dicha interdicción “los arrieros de las brigadas que conducen agua i forraje, i las mujeres pertenecientes al ejército, quienes sin el requisito del pase indicado, pueden entrar al campamento o salir de él”73. De esta manera, el mismo día de la batalla “una vivandera Lorenza (…) había venido a la fila de combate, a vender panes, cigarros, fosforos, etc.”74, productos que los soldados podían pagar por medio de “los 60 ctvs. diarios que nos pasaban”, adquiriendo igualmente “caldos de toda clase, laguas recias, asados de pescado con lechuga, huevos, bisté” por el precio de “10 cts. (…) cada plato”75.

Al igual que en los campamentos, la ciudad ofrecía sitios de descanso y comida administrados por mujeres. En sus recuerdos, un sargento que buscaba incorporase al Ejército en Tacna, evocaba que tras su primera noche en la ciudad peruana, “fui en busca de un mejor alojamiento”, el que encontró tal como se narra a continuación:

“Al pasar por una chichería, (cuartos donde se espende la chicha), á cuya puerta encontré a una india, pregunté á ésta donde hallaría una posada; me ofreció alojarme en su tienda, mediante un real por dia. Acepté en el acto, seguro de no encontrar otro hotel mas arreglado á mis circunstancias, y traté de buscar algun contento para mi estómago, que nada recibia hacia 24 horas. Nueve dias pasé alojado en aquel inmundo cuarto, manteniéndome con un plato de mondongo con arroz, que saboreaba á eso de las 12, mediante un medio plata”76.

La rabona era necesaria dentro del entablado bélico, pese a que su caracterización siempre estuvo ligada a la marginalidad y la servidumbre, detentando todas las cualidades del mundo popular e indígena andino. Pero, junto con las vivanderas y otras comerciantes populares, constituían el motor de la subsistencia del soldado. De sus aparentes tareas serviciales surgía cierta autonomía para realizar actividades comerciales independientes del paternalismo imperante, haciendo que en alguna medida el soldado dependiese de su diligencia cotidiana.

Manutención de soldados

La elección de las ciudades de Tacna y Arica como lugares de guarnición adquirió trascendencia para los efectos de la campaña. Aunque se cumplió el objetivo inmediato, de proteger una zona clave para los intereses de la alianza, proporcionando un punto de salida para el traslado de soldados al departamento de Tarapacá, una base naval secundaria para las operaciones del monitor Huáscar y dando protección al comercio ultramarino de Bolivia; con el transcurso de los primeros días de acantonamiento se percibió que la zona no estaba en condiciones para sostener el arribo de una gran cantidad de soldados, mujeres y niños junto con la población local.

El primer factor condicionante fue el volumen productivo del valle del río Caplina, pues “sólo es suficiente para satisfacer las necesidades naturales del pais, y jamas podrá hacer frente á las que hoy se presentan, con motivo del acrescentamiento de la población”77. Por esta razón, habían dudas del éxito militar, debido a una coyuntura económica que podía impedir un desenvolvimiento idóneo de la milicia, afectando su subsistencia y la de sus habitantes. A su vez, el desarrollo de las operaciones militares podría -como efectivamente ocurrió- cercenar las vías de circulación de artículos de primera necesidad, alterando el surtimiento de recursos provenientes de otros valles y ciudades colindantes. La carencia demandaba impulsar nuevas formas de abastecimiento, como el pretendido por el ejército boliviano, que solicitó a las poblaciones del interior del país que acumulasen víveres de todo tipo. En el mismo sentido, las autoridades locales recurrieron a los comerciantes, temiendo “que los propietarios pidan al contado y en el acto el valor de sus artículos”. Al respecto con alicaídas arcas fiscales se propuso, entonces, que los soldados pagaran el valor de los suministros78.

El aumento de la población en Tacna requirió de la diversificación de los espacios de acantonamiento. Las localidades serranas fueron los lugares elegidos. Los poblados de Pachía, Calana y Pocollay atendieron “á parte del Ejercito Boliviano que se encuentra escalonado en esos puntos”; mientras Candarave e Ilabaya hicieron lo mismo “con las brigadas de ambos ejércitos á fin de hacerles proporcionar forraje y demás auxilios”79.

Pero más allá de los esfuerzos por expandir estos sitios de guarnición, el problema medular fue el desabastecimiento de todo tipo de artículos, incluso militares. Por ello, en marzo de 1879, al decretarse la creación de un batallón de trescientas plazas -organizado sobre la base de los artesanos de la ciudad-, el prefecto de Tacna, Carlos Zapata, envió una solicitud en la que pedía con toda celeridad instrumentos musicales para dotar a la “banda de guerra compuesta de seis cornetas y seis tambores”, pues le había sido imposible hallarlos en la urbe80. A los pocos días, José Hernández, comandante del Batallón Artesanos de Tacna, requería trescientos “vestuarios completos de paño ó bayetón”, e igual número de camisas, calzoncillos, corbatines, “morriones ó cristinas”, además de “rifles buenos, pues hoy tiene minié inservible”, cartucheras, tahalíes, cinturones, vainas, “chapas ó hebillas”, capotes, frazadas, “cantinas corrientes” y porta capotes81. Para los soldados, el equipamiento era caro y escaso. Uno de ellos decía, en enero de 1880, que los “oficiales y tropa nos hallamos casi descalzos y peor vestidos”, y que no podía reparar su uniforme porque “el valor de una prenda, cuesta el sueldo íntegro del Subalterno”82. En algunos casos, los vestidos no se recibían confeccionados, entregándose solo “el material; es decir las varas necesarias de una especie jergón blanco, amarillo, verde ó colorado, con el que los mismos soldados hacían su vestuario ó lo mandaban hacer á su propia costa”83.

La presencia de la escuadra naval chilena frente a Arica y el consecutivo inicio del bloqueo del puerto en diciembre de 1879, clausuró las posibilidades de un abastecimiento por la vía del comercio ultramarino. A partir de aquel momento, las únicas rutas expeditas fueron los caminos interiores que conectaban a la ciudad con aldeas andinas, territorios donde arrieros indígenas transportaban los productos a lomo de mulas, burros o llamas84. Las regiones de Puno, Tarata y algunas de Bolivia se convirtieron, entonces, en los principales centros de provisión para el Ejército. En los primeros días de enero de 1880, ingresaron a Tacna, “mandados de Puno y remitidos por el Subprefecto de Tarata”, cuatrocientos salones, cuarenta arrobas de cecina y dieciocho costales de chuño y quinua entera y molida. Además, se prometía remitir con la mayor prontitud “llamos, toros y mas carnes secas”85. Por la misma fecha, la prefectura de Puno ordenaba “requisar las bestias mulares que hay en el Departamento en el número que sea posible para una brigada que en su oportunidad pueda servir á nuestro Ejército, para la traslacion de los viveres y demas auxilios” que necesitaban las fuerzas en Tacna y Arica86. Por otra parte, pero en el mismo sentido, el avance del ejército chileno, que comenzó a ocupar las ciudades de Ilo y Moquegua y los valles de Sama y Locumba, entre febrero y abril de 1880, cortó las líneas de suministro que permanecían abiertas por la vía terrestre. Justamente, en abril de aquel año, Lizardo Montero comunicaba: “los enemigos nos han interceptado las remesas de reses, asi que á lo mas, solo pueden los Proveedores proporcionarnos media racion de Carne”87.

La necesidad por movilizar los productos por los caminos de arrieros visibiliza el papel que tuvo el indígena durante la guerra, las prácticas que llevó a cabo como el impacto que tuvo el conflicto en el ámbito productivo de las comunidades88. La interrupción de la ruta de abastecimiento marítima aumentó la demanda de la producción agrícola local, la que en cierta medida y según sus capacidades pudo contribuir con vegetales, frutas y carnes a un mercado urbano deteriorado. Con todo, las condiciones ambientales del periodo estival de 1880 no permitieron que los productos enviados por las comunidades indígenas llegaran a los soldados. El subprefecto de Tarata comunicaba de esta forma las complicaciones que se habían presentado para el envío de carne al ejército de Tacna:

“Con fha 28 del último Diciembre participé á VS. que hasta ese dia habian muerto cinco reses de las treinta mandadas de la Provincia de Chucuito; posteriormente, hasta hoy han muerto tres mas, asi es que solo existen veintidos.– y lo peor del caso es que se hallan tan flacos que ni aun la carne se puede utilizar, y temeroso que no lleguen á la quebrada, donde pensé mandarlos; no lo he verificado.

Lo mismo esta sucediendo con los llamos que hasta hoy he tenido en el Distrito de Ticaco. El Gobernador me participa que de los doscientos cuarenta y uno que tiene á su cargo ya han muerto diez y siete atribuyendo este incidente a lo flacos que están, escasos de pastos y la mucha lluvia por cuya razon he ordenado su traslacion al Maure.- Tambien me dice el Gobernador que la falta de sal y de sol y la mucho agua, dá lugar á que no se charquee la carne, que aunque completamente inútil, por flaca, habian practicado esta operación, para provar lo sucedido”89.

Con las condiciones climáticas predominantes desde diciembre de 1879, la producción local declinó, extendiéndose al resto de los valles circundantes que hasta entonces habían apoyado la limitada capacidad del valle del Caplina. Por esta razón, al iniciarse el año 1880, el subprefecto del Cercado comunicaba que el valle de Sama “sufre perjuicios de consideracion en su agricultura, con motivo de las circunstancias que atraviesa el pais”90. No obstante, el clima no fue el único responsable del declive productivo. Los bajos niveles de las aguas del canal de Uchusuma, que surtía a la ciudad, estaban afectando los cultivos en las parcelas y chacras91. Los propietarios de dichas tierras elevaron una comunicación a la autoridad militar señalando que no se contaba “con los fondos precisos para cumplir las obligaciones que pesan sobre la Empresa” encargada de “atender á la conservación del Canal, previniendo ó reparando inmediatamente, en su caso, los accidentes á que lo esponen las condiciones especiales en que lo ha colocado la Naturaleza”. A causa “de los trastornos producidos por la guerra”, el fisco peruano no había proporcionado los dineros para “emprender las reparaciones que hay imperiosa y urgente necesidad de ejecutar” en el conducto, y que se volvieron críticas cuando “hace dos meses que” las aguas “no descienden de la Cordillera”. El impacto negativo en la agricultura, que producía “quinientos topos de cultivo”, llevó a plantear “echar al Canal las (aguas) que están represadas en las lagunas de Condorpico”, que se hallaban detenidas a causa de un estudio de seguridad por parte de un ingeniero del Estado. En consecuencia, el agua corría por las acequias de Tacna solo los días lunes, martes y miércoles, “y si corre en los demas es en una exigua cantidad que no llena el objeto”92. Si bien los reclamos apuntaban a la necesidad de reglar el flujo del canal, los demandantes eran conscientes de que un “curso constante y regular” también constituía “una necesidad de hijiene y salubridad públicas”93.

Un segundo factor, fueron las dinámicas del comercio local, influenciadas por las rencillas de poder a raíz de la crisis financiera que arrastraba el Perú desde mediados de la década. La mentalidad comercial y mercantil de las élites no proyectaba la necesidad de dotar con recursos básicos a los soldados y habitantes con bajo poder adquisitivo. Por su parte, el mando militar, que buscó la subsanación de dicha parvedad, no tuvo la capacidad para argumentar esas propuestas, ingresando de lleno a las disputas locales. Desde un principio, el comercio tacneño aprovechó la situación de guerra para usurear a costa de los soldados. Unos días antes del arribo del ejército boliviano, “los vendedores de viveres y demás artículos de primera necesidad” alzaban “temerariamente el precio de sus mercancias”, reducían el pan “notablemente en su peso y tamaño” y duplicaban “el valor de cuanto se espende” en el mercado urbano94. Se notaba la “carísima” vida “en esta ciudad”, ya que se había “triplicado el valor de todo y para todo”95. Los soldados criticaban esos aumentos, al tildarlos de aprovechamiento injustificado. Uno de ellos, Manuel Claros, anotaba en su diario de campaña que camino a la ciudad, y luego de una “marcha por una bajada larguisima durante el dia”, varias mujeres peruanas “nos robaron mucho y con descaro”, vendiéndoles “cada pan” a “30 y a 20, un vaso de agua por 10”, y que al llegar a Pachía “los vecinos no dejaban de robarnos”, cobrando por cada quintal de cebada ocho bolivianos, “asi como de la alfalfa seca”96.

La principal causa de estas alzas –y que puede tomarse como un tercer factor– era la severa desvalorización que tenía el dinero peruano, principal –pero no único– circulante monetario en la ciudad. El billete “de á sol de emision fiscal” tenía un valor real de “treinta centavos en plata”97, y el comercio lo aceptaba “por tres reales plata”. A su vez, la moneda de nikel, utilizada como vuelto del papel-moneda, arrastraba “un 50 por ciento de depreciación”98.

En consecuencia, el soldado peruano era el que vivía un escenario más complejo. Ellos “estaban pesimamente alimentados”, y se les pagaba como diario un sol en billete, por cuanto “entre los consumidores de esta plaza, que en su mayor parte solo son defensores de la integridad nacional” era “notorio que no existe el metalico sino el billete, que se le paga por el valor de treinta centavos”99. Esa cantidad debía ser dividida –muchas veces- entre el hombre y la rabona, a razón de quince centavos por cada uno100. La devaluación progresiva y violenta del billete peruano “ocasionaba las mayores contrariedades i miseria” al soldado101. En marzo de 1880, un jefe de la guardia civil de Tacna señalaba: “en la actualidad si bien reciben [los soldados] el diario de un sól billete que atendiendo á la depresiacion que este sufre, tampoco pueden proveerse de ningun modo del vestuario que necesitan para atender al servicio”102. El alto costo de la vida en la ciudad y la depreciación monetaria hacía “imposible que el militar pueda sostenerse con el medio sueldo decretado por el Gbo, aun cuando se les pague en plaza sellada”103. Pero la situación era más delicada de lo que se percibía en los campamentos. La “escases de fondos para el sostenimiento del Ejercito es abrumadora” y debió pedirse “prestado al Comdte en Jefe del Ejercito Boliviano veinte mil soles” en dinero metálico, por cuanto la comisaría no contaba con recursos para pagar los “diarios de la tropa”104. El apremiante contexto es descrito en un extracto de la misiva que Agustín Aguirre le envía a Nicolás de Piérola, en enero de 1880:

“Sensible es Excelentísimo Señor, que tenga que participarle, que tengamos, que luchar contra dos poderosos enemigos; el primero, los especuladores, que no desperdician ocasión, sin tener en cuenta la honra de la Patria; y el enemigos chilenos, que ya casi lo tenemos encima. Hace días que públicamente y por la prensa se dice: que llegó un contingente de dineros en plata sellada, mientras tantos, al Ejército se paga y da socorros diarios en papel moneda o nickel; aquí solo se recibe el billete de 1 Sol por 25 centavos plata, y el nickel por ningún valor. ¿Por qué el General Montero autoriza esta horrible especulación? ¿Por qué Excelentísimo Señor el Coronel Latorre, 1° Jefe del Batallón “Victoria” N° 6, Comandante General de la 4° División y Jefe del Estado Mayor General del Ejército, investido de tres poderes, se desentiende o se hace el sordo? Precisos es decirlos Señor; porque son los primeros que lucran y sacan partidos de esta situación, porque procuran desesperar a la tropa y oficiales; nada puede hacer el soldado con 50 centavos en billete de socorros diarios, quedando así reducidos a 10 Soles plata el de Subteniente, 12 Soles el de Teniente y así sucesivamente”105.

Por su parte, el soldado boliviano, pese a que “no recibe racion de ninguna especie durante su presencia en el centro de la poblacion” y debe “proveer á su manutencion” por cuenta propia, recibía dos pesos plata “para los jefes”, un peso “para los oficiales y 4 reales para el soldado”, como anticipo “del haber mensual que queda reducido para el soldado á unos 3 ó 4 pesos”106. Al ser un circulante metálico dentro del patrón financiero imperante, sus campamentos estaban “llenos de cantineras i vendedores, porque las leyes del mercado monetario rijen con el mismo despotismo en el fogon de la rabona que en el mostrador de oro de los bancos”107.

Muertos, enfermedades y medicinas

La llegada de los ejércitos Perú-Bolivianos acrecentó la densidad demográfica de Tacna. Como se estableció, el número de habitantes se vio incrementado por la presencia de un contingente que se asentó en una ciudad que no poseía las condiciones de abastecimiento y salubridad para una prolongada estadía de las tropas. En tal sentido, durante el periodo en el que las fuerzas militares aliadas estuvieron acantonadas, la parroquia tacneña registró un importante aumento en las defunciones (cuadros 2 y 3).

Cuadro 2 Fallecidos según filiación social, 1879 

  %
Soldados 120 7,39
Hijos de soldados 334 20,57
Mujeres de soldados 12 0,74
Pobladores 1.124 69,21
Sin información 34 2,09
TOTAL FALLECIDOS 1.624 100,00
TOTAL POBLACIÓN 16.760 9,68

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 3 Fallecidos según filiación social, 1880 

  %
Soldados 388 15,80
Hijos de soldados 329 13,40
Mujeres de soldados 28 1,14
Pobladores 1.710 69,63
Sin información 1 0,04
TOTAL FALLECIDOS 2.456 100,00
TOTAL POBLACIÓN 23.671 10,37

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Transcurrido el primer año de guerra (1879), en los libros parroquiales se registró la defunción de 1.624 personas, de las cuales el 28,7% eran individuos que pertenecían o poseían alguna filiación con el estamento de soldados establecidos (cuadro 2). Ahora, de un total aproximado de 5.982 soldados acuartelados, el índice de mortalidad alcanza el 2% (120) de la población castrense. Si se considera a los hijos de los soldados y mujeres rabonas, el radio de mortalidad se incrementa sobre dos dígitos.

Para 1880, los datos arrojan un total de 2.456 muertes, donde el 30,34% corresponde a sujetos vinculados a las tropas (cuadro 3). Igual que en 1879, del número total de soldados instalados en la ciudad (12.893) se establece un índice de mortalidad de un 3% (388) de militares; cuyos indicadores también se incrementan sobre los dos dígitos al considerar a los hijos y a las rabonas.

Dado el estado de guerra, una primera explicación a este complejo escenario de mortandad focalizada en Tacna, sería que el incremento del número de fallecidos se debe a la presencia de los soldados, amplificándose al considerar a sus mujeres e hijos. No obstante, una comparación con los índices de mortandad en los años previos al conflicto, permite identificar que la cantidad de fallecidos de la población no militar aumentó por sí sola (al respecto véase cuadro 4).

Cuadro 4 Fallecidos en población no militar, 1874-1884 

Años
1874 781
1875 830
1876 690
1877 893
1878 868
1879 1.124
1880 1.710
1881 624
1882 472
1883 704
1884 542

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E8, E9, E10, E11 y E12.

En dicho sentido, estas cifras confirman que la llegada de los ejércitos repercutió en la mortandad de los pobladores, no necesariamente por el hecho bélico, sino porque la mayor parte de las causas de defunción corresponden a diversas enfermedades infecciosas asociadas a las condiciones endémicas de la región, la salubridad y a los contextos sociales precarizados por el acrecentamiento de la densidad demográfica (cuadros 5 y 6)108.

Cuadro 5 Fallecidos según enfermedades infecciosas y no infecciosas, 1879 

    %
Infecciosas Soldados 96 5,91
Hijos de soldados 303 18,66
Mujeres de soldados 7 0,43
Pobladores 929 57,20
No infecciosas Soldados 23 1,42
Hijos de soldados 24 1,48
Mujeres de soldados 5 0,31
Pobladores 174 10,71
Sin información 63 3,88
TOTAL FALLECIDOS 1.624 100,00
TOTAL POBLACIÓN 16.760 9,68

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 6 Fallecidos según enfermedades infecciosas y no infecciosas, 1880 

    %
Infecciosas Soldados 312 12,70
Hijos de soldados 273 11,12
Mujeres de soldados 24 0,98
Pobladores 1.266 51,55
No infecciosas Soldados 67 2,73
Hijos de soldados 44 1,79
Mujeres de soldados 4 0,16
Pobladores 299 12,17
Sin información 167 6,80
TOTAL FALLECIDOS 2.456 100,00
TOTAL POBLACIÓN 23.671 10,37

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

De esta manera, en 1879 el 82,2% de las defunciones se debió a ciertos tipos de padecimientos patógenos transmitidos por el agua, alimentos, aire o vectores (cuadro 5). Recordando que las líneas de abastecimientos aún se encontraban abiertas y que el número de soldados no era comparativamente alto, el índice de mortandad de los combatientes muertos por enfermedades infecciosas alcanzó el 1,6% (96) de la población militar.

Del 10,37% de mortandad en 1880, 1.875 (76,35%) sucumbieron ante enfermedades infecciosas (cuadro 6). En este caso, el aumento de la población total generó una disminución porcentual en la mortandad de los pobladores (51,55%). Empero, el mismo crecimiento provocó que en los soldados el índice alcanzara el 12,70%, el doble del año anterior.

En concreto, el aumento de los casos de enfermedades patógenas llamó la atención a las autoridades. Si bien el arribo del ejército boliviano alteró las dinámicas económicas y sociales de Tacna, pareciera que en los primeros meses de guarnición la condición sanitaria de soldados y pobladores fue satisfactoria. Según el general boliviano Manuel Othon Jofré, “el estado sanitario del Ejército manifestóse satisfactorio en los primeros meses de su residencia en Tacna pues sus enfermos no pasaban de un uno por ciento, inclusos los despeados en la travesía de la Cordillera”. Con el transcurrir de los meses “el desarrollo del calor, falta de humedad” y las “corrientes de aire”, desmejoraron “notablemente” la condición de los soldados109.

Esta decadencia paulatina en las condiciones de salud se debe a la prevalencia que experimentan con el paso de las semanas los soldados ante las enfermedades infecciosas, las que pueden dividirse en tres grupos habituales según sea el tipo de contagio por transmisión.

Desde el primer año de guerra existió una preponderancia de males vinculados al contexto bélico y a la subsecuente precarización de las condiciones sociales. En 1879, el 21,73% de las defunciones respondió a enfermedades infecciosas transmitidas por el consumo tanto de agua como de alimentos contaminados (cuadro 7), destacando la disentería como la más mortífera, con 251 casos fatales (15,46%). Al año siguiente, cuando la mortandad llegó al 22,88% (cuadro 8), la disentería aumentó su virulencia, presentando 430 decesos (17,50%).

Cuadro 7 Fallecidos según enfermedades transmitidas por el agua y alimentos, 1879 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Cólera 1 1 0,06
Disentería 35 53 5 158 251 15,46
Irritación 1 26 1 72 100 6,16
Diarrea 1 1 0,06
Total 36 79 6 232 353 21,73
TOTAL FALLECIDOS 1.624

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 8 Fallecidos según enfermedades transmitidas por el agua y alimentos, 1880 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Cólera
Disentería 90 56 9 275 430 17.50
Irritación 1 36 92 129 5,25
Diarrea 3 3 0,12
Total 91 92 9 370 562 22,88
TOTAL FALLECIDOS 2.456

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

En una etapa prebacteriológica, las causales de esta y otras enfermedades infecciosas eran asociadas a múltiples razones, como el contacto con personas enfermas, cambios en el clima, desastres naturales, problemáticas sociales o conflictos armados110. Para el caso de Tacna, los principios de propagación se atribuían a la urbanización de la ciudad. Al respecto, en junio de 1880 un corresponsal chileno describía sus “calles estrechas, tortuosas, descuidadas” y los “paseos, como plazas, alamedas” que “retratan el carácter peruano, enemigo del aseo i la salubridad”, destacando que tanto “los cauces de la alameda como las acequias que corren por el medio de las calles” recibían “los desperdicios de todos los habitantes” que allí depositaban “toda clase de inmundicias”111.

De esta forma, se ignoraba que la disentería era generada por el parásito Entamoeba histolytica112. que vivía y se multiplicaba en aguas no tratadas. Pero más allá del clima o las otras razones aludidas, su carácter endémico o epidémico se debía a la falta de condiciones higiénicas y a la utilización de las aguas de acequia para variadas tareas. En marzo de 1880, “el cauce de dicha Alameda” se había convertido “en receptáculo de cuanta inmundicia y desperdicio manan” de los hogares circundantes, al extremo de que “no se puede transitar por ese paseo, sin tener que llevarse el paño á las narices ó cosechar con buen dolor de cabeza y apresurar el paso para aspirar otro aire”113. Augurando la reducción de su consumo, los oficiales del ejército boliviano descartaban ingerir el agua urbana por el hecho de que llegaban sucias a la ciudad. En tal tenor, un oficial señaló:

“Por el centro de las avenidas, existe una asequia ancha empedrada por donde atraviesa el agua, cada domingo y jueves que sueltan de Tarata, pasando los pueblitos de Pachía, Calana, Pocolla y Alto de Lima, de modo que esas aguas llegan a Tacna después de que todos los pueblos indicados lavan su ropa, se bañan, asi como curan todo los fleteros de Calana y Pachia sus recuas maltratadas; es el agua más sucia e inmunda que existirá en la tierra; ésta es la razón por que los soldados bolivianos han fracasado en el hospital más o menos 500 hombres: felizmente los jóvenes (oficiales) tomábamos agua destilada, o en su defecto ‘chinchivi’ importada en botellas de barro y que se parece a una limonada”114.

A la práctica clasista del dispendio de agua destilada, se agregaba la forma en que las rabonas y otras mujeres cocineras elaboraban los alimentos para el consumo comercial. Así, el párasito de la disentería podía transmitirse por las comidas frescas contaminadas y por los portadores. De esta manera, un oficial argentino al servicio del ejército boliviano describía de la siguiente forma las tareas de cocina:

“La rabona, como cocinera, tiene una especialidad que seguro estoy no muchos se someterian á esperimentarla, poniendo á prueba la despreocupación del estómago.

Sentada al lado de su olla de chupe, de picante, de cuatro cosas, ó de lahua (todos platos nacionales), la rabona busca parásitos urgando la cabeza de su hijo ó compañero, entre tanto no se presenta un cliente á pedirle de comer.

Para dar á conocer su especialidad, supondré que ha servido á uno, que este le ha devuelto el plato, y que otro se presenta en demanda de comida –entonces ella, teniendo en su mano izquierda el plato grasiento que acaba de recibir, pasa sobre la grasa el índice de su mano derecha, lo lleva á la boca y chupa la grasa, lo trae de nuevo al plato y de nuevo lo lleva á la boca, continuando en esta operación hasta trasportar del plato á la boca toda la grasa del primero, para lo que le ha servido de vehículo el mismo dedo con que hacía un momento arrancaba parásitos de la cabeza de su hijo ó compañero”115.

Con el transcurrir de los meses, la preocupación por las condiciones generales de la población invadieron a las autoridades civiles y mandos militares. Según Manuel Jofré, en octubre de 1879 la superioridad castrense boliviana “pensaba sériamente en la desinfección de los Cuarteles para prevenir y combatir las epidemias que se desarrollan en la Costa en la primavera y el verano”, proponiendo la instalación de los campamentos militares “fuera de la ciudad” y “la irrigación y fumigación de los Cuarteles con sustancias desinfectantes”, previniendo enfermedades con “tendencias á un desarrollo tísico ó tifoideo”116.

Aunque no se halló evidencia de un brote de fiebre tifoidea, en 1879 y 1880 la mayor parte de las muertes fueron a raíz de padecimientos infecciosos virales (cuadros 9 y 10). Al respecto, las afecciones provocadas por microorganismos (esporas, bacterias, virus u hongos) representaron el 38,36% de los decesos de 1879 y el 21,86% de los de 1880.

Cuadro 9 Fallecidos según enfermedades infecciosas transmitidas por el aire, 1879 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Viruela 2 119 190 311 19,15
Sarampión 1 9 11 21 1,29
Resfrío 1 1 2 0,12
Erisipela 1 9 10 0,61
Tisis 6 25 123 154 9,48
Pulmonía 29 2 1 90 122 7,51
Escrófulas 4 4 0,24
Total 38 157 1 428 624 38,36
TOTAL FALLECIDOS 1.624

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 10 Fallecidos según enfermedades infecciosas transmitidas por el aire, 1880 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Viruela 4 37 109 150 6,10
Sarampión 5 15 20 0,81
Resfrío 2 2 4 0,16
Erisipela 1 7 8 0,32
Tisis 16 31 1 150 198 8,06
Pulmonía 42 1 3 108 154 6,27
Escrófulas 2 2 4 0,16
Total 63 77 4 393 537 21,86
TOTAL FALLECIDOS 2.456

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

En este grupo, hubo 311 casos fatales por viruela (19,15%) durante el primer año del conflicto (cuadro 9), disminuyendo en los siguientes doce meses con 150 muertes (cuadro 10). Asimismo, la segunda causa entre estas enfermedades infecciosas fueron la tisis y escrófulas, ambas sinónimo de la tuberculosis117. En 1879, alcanzaron el 9,52%; mientras en 1880, el 8,22%.

En relación con el resto de los males patógenos, la viruela en 1879 acarreó el mayor porcentaje de fallecimientos, siendo los pobladores (190) y los hijos de los soldados (119) los más propensos a padecerla. Unido al hacinamiento de la población, el virus “variola” se propagaba mediante el contacto directo con el contagiado o con sus artículos personales (ropa, sábanas, entre otros). Además, su sintomatología incluía un periodo de incubación de doce días, seguidos de una etapa donde el enfermo presentaba escalofríos, fiebres, cefaleas, vómitos, convulsiones y taquicardias118. Los casos graves podían mostrar lesiones cutáneas en forma de pústulas o granos, dejando desfigurado el rostro con huecos visibles y una probable ceguera119.

En julio de 1879, y ante el aumento de los cuadros de viruela, el alcalde de Tacna, F. Monje Ledesma, envió un oficio al cirujano en jefe de las tropas bolivianas para que se apresurase en “la vacunación a éste vecindario con el objetivo de impedir la propagacion de la viruela”, recomendando “la mas estricta vijilancia sobre la Hijiene Pública y muy especialmente de los diversos cuarteles”, que debían “ser inspeccionados por lo menos cada semana”, confiando que tuviesen una “inescrupulosa limpieza”120. La máxima autoridad municipal temía que el “poco satisfactorio del estado de salubridad de los cuerpos” militares, sumado a “la vista de los enfermos existentes en el hospital de esta ciudad, en las cuadras de los cuarteles y en los campamentos de Calana y Pocollay”121, permitiera la propagación del mal.

La campaña de inoculación no tuvo resultados satisfactorios, pues en agosto de aquel año se decía que “la viruela sigue aquí cundiendo, sin que las autoridades llamadas á impedirlo, adopten medida alguna para evitar el desarrollo de tan terrible epidemia”. Al parecer, las razones de la propagación patógena recayeron sobre el tipo de fluido vacuno administrado, elaborado “en pasta, ó seco”, y que “indudablemente no tiene las propiedades ni la eficacia del liquido”. En dicho escenario, “todas las vacunaciones hechas con este fluido no han producido efecto alguno” y por ello “no está distante que entre la infeccion a los cuarteles, donde, por la razon manifestada, está la tropa sin el único preservativo contra la viruela”122.

Sin embargo, los datos para el año 1880 exhiben una baja importante en las fatalidades por viruela (6,10%). Al parecer, el fin de la guarnición de los ejércitos aliados y la rebaja en el número de niños vinculados a los círculos castrenses pudieron contribuir a su mengua porcentual.

Por su parte, la tuberculosis era una enfermedad asociada a la aglomeración de personas, así como a los ambientes húmedos, a una nutrición deficiente y a la depreciación de las condiciones higiénicas y habitacionales123. En 1880 Tacna experimentó la última etapa de la interrupción gradual de las líneas de abastecimiento y la sucesiva escasez de alimentos, junto con el arribo de nuevos componentes militares peruanos y bolivianos, incrementando tanto la demanda por recintos habitacionales como la falta de alimentos para la población, acrecentando los casos fatales de tisis en relación con el año anterior (cuadros 9 y 10).

Pareciera que la tisis fue un padecimiento de pobladores locales, pues en ambos años se muestra su prevalencia entre los fallecidos. En el segmento de los batallones, la principal afección infecciosa respiratoria fue la pulmonía, con veintinueve y cuarenta y dos casos respectivos. Así, Lizardo Montero escribía: “diariamente aumenta el número de los enfermos á consecuencias sin duda de la falta de suficiente abrigo para resistir los efectos del mal clima y del trabajo incesante á que esta obligada” su tropa124. A su vez, tiempo después comunicaba que sus hombres sentían “escases, miseria, estado de desnudez” y “hambre”, y que les invadía una sensación de “ninguna esperanza de mejoramiento”125.

En ambos casos (tisis y pulmonía) los virus y bacterias se transmitían por las vías aéreas. En enero de 1880, el periódico local denunciaba que el aseo de las calles “se efectúa de ordinario á las 8 ó 9 de la mañana, y por la tarde de 4 á 5; horas precisamente en que las calles se encuentran invadidas por un sinnúmero de transeuntes”126.

Aunque en 1879 los patógenos virales fueron la causa del mayor porcentaje de mortandad (38,36%), el principal temor de pobladores y militares fueron las fiebres palúdicas. Las enfermedades transmitidas por vectores como los mosquitos, pulgas y piojos, tenían un signo endémico en la región, siendo el puerto de Arica el principal foco de infección. A pesar de ello, en el primer año del conflicto solo el 15,82% de los fallecidos sucumbió por dichas causas (cuadro 11). Aquel año predominaron las infecciones transferidas por piojos y pulgas, como el tifus (2,70%) y el tabardillo (5,41%), totalizando el 8,12% del total de fallecidos. Un ejemplo concreto de sus formas de contagio puede encontrarse en la ya citada referencia del oficial argentino, que describía cómo la cocinera hurgaba en la cabeza de su hijo o compañero mientras preparaba la comida.

Cuadro 11 Fallecidos según enfermedades infecciosas transmitidas por vectores, 1879 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Tifus 6 1 37 44 2,70
Fiebres 7 15 42 64 3,94
Tercianas 2 8 51 61 3,75
Tabardillo 2 15 71 88 5,41
Hidrofobia
Total 17 39 201 257 15,82
TOTAL FALLECIDOS 1.624

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 12 Fallecidos según enfermedades infecciosas transmitidas por vectores, 1880 

  Soldados Hijos de soldados Mujeres de soldados Pobladores Total %
Tifus 12 4 18 34 1,38
Fiebres 55 26 137 218 8,87
Tercianas 84 57 10 295 446 18,15
Tabardillo 3 3 0,12
Hidrofobia 1 1 0,04
Total 151 87 10 454 702 28,58
TOTAL FALLECIDOS 2.456

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Para 1880, el escenario fatal de las enfermedades vectoriales se acrecienta, agrupando el 28,58% del total de fallecidos. Pese al aumento, los casos de patógenos transportados por piojos y pulgas disminuyeron, pues el tifus cobró la vida de treinta y cuatro personas (1,38%) y tres sucumbieron por tabardillo (0,12%). La baja se debió a las decisiones adoptadas por el mando militar, ya que el ejército boliviano extendió campamentos fuera de la ciudad, liberando cierta presión demográfica sobre el radio urbano. En efecto, en enero de 1880, cuando el “calor abrumaba aquí a nuestros soldados”, las tropas bolivianas comenzaron a montar sus cuarteles en las localidades del interior del valle, como Pocollay y Calana, donde “al menos” gozarían “del ambiente de campo y tendrán todos los dias agua corriente en qué bañarse”127.

En comparación con el año anterior (3,75%), en 1880 el 18,15% de las defunciones fueron inducidas por padecimientos vinculados a picaduras de anófeles, comprobando la naturaleza permanente de las afecciones palúdicas en la zona. En los ejércitos, las aprensiones por las consecuencias sanitarias del prolongado acantonamiento se extendían durante todo el año. Precisamente, en mayo de 1879 el mando de las fuerzas bolivianas ordenó el regreso del Regimiento Murillo y de la banda de músicos del Batallón Daza, “por temor á las tercianas”128.

El significativo aumento de las muertes por tercianas se revela por la sintomatología de la enfermedad. El ejército peruano derrotado en Tarapacá arribó a Arica en diciembre de 1879, guarneciéndose en el puerto por algún tiempo. La medicina de la época atribuía las tercianas a “las condiciones telúricas” de “Arica i en jeneral en los valles” peruanos, ya que “presentan en alto grado la aptitud para el desarrollo de la malaria”. Al respecto, un cirujano chileno describía el origen de las fiebres de la siguiente manera:

“El valle de Azapa, en cuya cabecera se encuentra el puerto de Arica, está constituido jeolójicamente por un terreno arcilloso, fácil por lo tanto para retener las aguas que corren en abundancia en los diferentes meses del año. Esta agua reúnen en su seno los vejetales i demas materia que suministra el valle i que encuentran en la humedad i el calor un medio en que verificar con facilidad las descomposiciones orgánicas. Tan manifiesta es en este lugar la influencia de la humedad unida a un gran calor en el desarrollo del miasma palúdico, que se nota una oscilación de la endemia, oscilacion que se marca por una recrudescencia en el número de casos en los meses de enero, febrero i marzo es decir en la época en que a los grandes calores del sitio, se une la presencia abundante del agua que corre del interior por el derratimiento de las nieves de los Andes”129.

Desconociendo que los mosquitos anófeles que abundaban por dichas aguas estancadas y pantanosas eran los verdaderos transmisores del mal, la llegada del verano, la subsecuente acentuación de las temperaturas y el periodo de incubación de diez a catorce días de la enfermedad, hicieron que en abril de 1880 el ejército peruano se encontrase “apestado por las tercianas” y con “muchas bajas”130. De esta manera, debido a que “no hai cuarteles para ocho mil hombres” y “la terciana hace muchos estragos en este tiempo”, la intención de “trasladar a Tacna, una gran parte del ejército que está en el vecino puerto” fue tardía131. Ya contagiados, y trasladados en Tacna a “una casa de la familia Rospigliosi”, los soldados presentaban el “triste estado en que se encontraban”, hallándose “o semidesnudos o vestidos con ropas demasiado ligeras”, “unos estaban agripados, otros con paludismo, mal alimentados i sin posibilidades de atención”132. Al presentarse “esporádicamente” en el valle del Caplina133, la enfermedad se extendió entre la población, que alcanzó el 12,01% del total de fallecidos.

Después de la etapa de incubación, un enfermo de tercianas sufría los síntomas por varios días. Florencio del Mármol, fue atacado por estas fiebres unos días antes de la batalla del 26 de mayo. Postrado “ál punto que el mismo general me prohibió terminantemente de asistir á su despacho”, se confinó en “una reducida pieza” de un conventillo, “sin mas muebles que el recado que me servia de cama y una silleta”, para ser atacado “todo el día” por “el frio ó devorado por la fiebre que le sucede, y que son característicos de la enfermedad, sin logar hacer oir mi voz á los vecinos pidiéndoles un poco de agua para calmar la insaciable sed”. Trasladado a una ambulancia militar, “la terciana fue quizá causa de dos nuevas afecciones de mayor gravedad, que reclamaban atencion y cuidados especiales”, pues “carecia absolutamente de fuerzas para sostenerme”134.

Aparte de las condiciones ya expuestas, la proliferación de las enfermedades infecciosas pudo responder a la falta de hospitales civiles y militares, a una organización deficiente del sistema sanitario, a la penuria de medicamentos como al acceso a los recintos asistenciales. Sin duda, el contexto socioeconómico local se recrudeció con el bloqueo de la costa y el progresivo corte de las líneas de abastecimientos terrestres con el resto del Perú.

En el caso de los hospitales, la ausencia de financiamiento fijo para el funcionamiento y adquisición de insumos u otros materiales mermó su capacidad asistencial. Las ambulancias enviadas a Tacna respondían al mando militar, pese a estar integradas por personal civil, y sus vías de subvención provenían de “la recolección de limosnas” y de eventos caritativos, llevados a cabo por las mujeres de la ciudad, así como en Bolivia y en el resto del Perú135. De esta manera, los recursos e insumos médicos estaban supeditados a las actividades benéficas que pudieran realizarse. Y, aunque el ejército boliviano contaba con recintos hospitalarios136, el peruano apelaba al cuidado de sus heridos y enfermos por cuenta del hospital de la beneficencia y de las propias ambulancias movilizadas. No obstante, el periodo estival de 1880 superó la capacidad de atención de estos recintos, pues “en un local relativamente pequeño, hay mas de 400 enfermos”. Por ese motivo, la junta departamental de ambulancias civiles “se ha conseguido el local de ‘Artesanos’ para recibir enfermos y heridos, tanto en su salon como en ramadas que está mandando construir, para mayor ensanche del local”, haciendo uso de estas tareas “las señoras, que forman la Sociedad de Caridad”137.

A la falta de espacios adecuados para la atención hospitalaria se sumaban las condiciones de acceso a los medicamentos que permitieran enfrentar enfermedades como las tercianas y las fiebres palúdicas. Su disponibilidad se vio afectada seguramente por el bloqueo naval y el avance del ejército chileno por la provincia de Moquegua, que cortaron o mermaron las redes de comercio y abastecimiento aliado. El principal remedio para estas fiebres era el sulfato de quinina, gracias al cual “han quedado libres de sus males” una “multitud de individuos”138, siendo las características alcaloides en dosis precisas de la corteza de quina, resultaban efectivas contra el ciclo del parásito productor de estas fiebres139. Su escasez en los almacenes aliados de Tacna y Arica se constata en una solicitud enviada por la superintendencia del hospital militar del puerto que buscaba una remisión de una cantidad apropiada de quinina obsequiada por la jefatura de los ejércitos del sur a la prefectura de la ciudad, a la que no había podido acceder por falta de fondos140.

Los muertos antes de la batalla

Los registros de defunción de la parroquia de Tacna detallan las características de los decesos, cuyas cifras al contrastarse con otras fuentes y testimonios, nos aproximan al complejo entramado social de la guerra. Asimismo, entregan una radiografía de las particularidades de las tropas y soldados movilizados, de las mujeres que los acompañaron y de los hijos que nacían, crecían y morían a su lado. De acuerdo con lo anterior, en 1879 fallecieron doce soldados peruanos y ciento cinco bolivianos, alcanzando el 0,20% y el 1,78% del total de militares acantonados en la ciudad (cuadro 13). Un año después, el arribo de un mayor número de contingente peruano aumentó su índice de mortandad, correspondiendo al 1,84% de las muertes; mientras el 1,05% respondió a los combatientes bolivianos (cuadro 14). En su totalidad, fueron quinientos ocho los soldados fallecidos durante el periodo 1879-1880: cuatrocientos noventa y uno pertenecientes a los ejércitos Perú-Bolivianos y diecisiete a otras nacionalidades (cuadros 13 y 14). En comparación con el total de fallecidos en ambos años (4.080), esta cantidad fija en 12,45% el índice de mortandad militar.

Cuadro 13 Soldados fallecidos según nacionalidad, 1879 

  %
Peruanos 12 0,20
Bolivianos 105 1,78
Otras nacionalidades 3 0,05
TOTAL SOLDADOS 5.892 2

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 14 Soldados fallecidos según nacionalidad, 1880 

  %
Peruanos 238 1,84
Bolivianos 136 1,05
Otras nacionalidades 14 0,10
TOTAL SOLDADOS 12.893 3

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Los militares bolivianos fallecidos fueron doscientos cuarenta y uno entre 1879-1880. Debe considerarse el drama epidémico que vivió Bolivia durante “los últimos meses de 1877 y los primeros de 1878”. En dicho tiempo, el país experimentó una “sequía casi absoluta”, que permitió “la proliferación de los mosquitos en los charcos de las quebradas”, cuyas “aguas detenidas, verdosas y mal olientes, sirvieron de caldo de cultivo para la multiplicación de anofeles”, propagando el paludismo “al departamento de Cochabamba por Arque, Sipesipe y Quillacollo”; y desde allí a “Cliza, Punata, Tarata, Arani y Sacaba”, pasando a “Totora, Mizque, Aiquile”, y cubriendo “el departamento de Chuquisaca” hasta Tarija. Las fiebres fueron acompañadas por una hambruna generalizada en el departamento cochabambino, provocando muertes que algunos calculaban en “tres veces mayor de lo normal”141.

El promedio de edad de los soldados bolivianos era de 30,65 años. A esa edad, un hombre era considerado adulto maduro (cuadro 15). En el caso peruano, el mismo promedio llega a los 25,5 años (cuadro 16). Si el discurso movilizador de las poblaciones en guerra abogaba por el reclutamiento de la juventud, se presume que dicha idea no se adecua a las categorías históricas de la madurez en el siglo XIX.

Cuadro 15 Soldados bolivianos fallecidos según rango etario, 1879-1880 

Edad %
11-15 4 1,66
16-20 35 14,52
21-30 100 41,49
31-40 59 24,48
41-50 23 9,54
51-60 9 3,73
61-70 2 0,83
Sin información 9 3,73
TOTAL 241 100,00

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9, E10 y E11.

Cuadro 16 Soldados peruanos fallecidos según rango etario, 1879-1880 

Edad %
11-15 4 1,60
16-20 80 32,00
21-30 122 48,80
31-40 26 10,40
41-50 12 4,80
51-60 2 0,80
61-70 1 0,40
Sin información 3 1,20
TOTAL 250 100,00

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9, E10 y E11.

En cuanto a las filiaciones de parentesco, trescientos setenta y ocho soldados fueron inscritos como solteros; ciento cuatro como casados; dieciséis viudos; y diez en los que no se indica dato alguno. Por otra parte, de los niños, solo un 15% tenía un padre conocido; mientras que el 85% restante indicaba el nombre de la madre. Ello confirma el carácter desarraigado de los miembros de los sectores populares, que en gran porcentaje rechazaba el matrimonio como única vía de unión procreativa.

Los datos dan razón de cuarenta decesos de mujeres reconocidas como rabonas o esposas legítimas de soldados, cuyo promedio de edad asciende a veintiocho años (cuadros 17 y 18). En 1879, las muertes no superaron el 0,73%; indicando que entre las mujeres acompañantes del militar no había una mortandad significativa, pese a que su presencia numerosa se confirmaba por la muerte de un alto número de hijos de soldados. En 1880 el escenario de defunción de mujeres rabonas no cambia con respecto al ciclo anterior (cuadro 18).

Cuadro 17 Rabonas fallecidas según nacionalidad, 1879 

Nacionalidad %
Peruanas 1 0,06
Bolivianas 11 0,67
Total 12 0,73
TOTAL FALLECIDOS 1.624 100,00

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 18 Rabonas fallecidas según nacionalidad, 1880 

Nacionalidad %
Peruanas 3 0,12
Bolivianas 22 0,89
Otras nacionalidades 2 0,08
Sin información 1 0,04
Total 28 1,14
TOTAL FALLECIDOS 2.456 100,00

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Sin embargo, las relaciones de vínculo siguen el mismo patrón que su par masculino, pero a la inversa, ya que solo siete casos registran soltería; treinta y dos casadas y una viuda. Cabe mencionar que en los registros existe una cantidad no precisada de solteras con indicios de tener alguna vinculación con soldados, a razón de que su edad, procedencia y desconocimiento del origen familiar y de la localidad de origen constituyen rasgos distintivos en personas con tránsitos urbanos temporales. Posiblemente este tipo de mujeres eran las que ejercían el comercio menor y que seguían el movimiento de los batallones en calidad de vivanderas o pacotilleras.

Como ya se indicó, junto a las mujeres y comerciantes populares había una cantidad indeterminada de niños en edad lactante e infantil, que acompañaban a sus padres o eran concebidos durante la campaña142. Su mortandad durante los años de guerra fue alta: 663 hijos de soldados durante el periodo 1879-1880. Es decir, el 16,25% del total de fallecidos en el mismo lapso (4.080): el 20,56% de los difuntos de 1879 y el 13,39% de los muertos en 1880 (cuadros 19 y 20). En ambos años, la muerte de los hijos de los soldados bolivianos fue alta, contabilizando 283 defunciones en 1879 y 217 en 1880. Sin duda, el aumento de militares peruanos, a partir de diciembre de 1879, también incrementó el índice de mortandad para 1880 (11,20% en comparación con el 5,77% de 1879).

Cuadro 19 Hijos de soldados fallecidos según nacionalidad, 1879 

Nacionalidad %
Peruanos 51 5,77
Bolivianos 283 32,04
Otras nacionalidades
Total 334 37,82
Total niños fallecidos 883 100,00
TOTAL FALLECIDOS 1.624 20,56

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 20 Hijos de soldados fallecidos según nacionalidad, 1880 

Nacionalidad %
Peruanos 104 11,20
Bolivianos 217 23,38
Otras nacionalidades 8 0,86
Total 329 35,45
Total niños fallecidos 928 100,00
TOTAL FALLECIDOS 2.456 13,39

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Por otro lado, un dato no menor es el rango etario de estos hijos de soldados, cuyo mayor número no alcanzó a vivir por mucho tiempo (cuadro 21). Así, el 93,21% (618) falleció en los primeros cinco años de vida, evidenciando un alto índice de mortandad entre lactantes. Asimismo, las edades permiten reconocer que 259 niños (39,06%) no alcanzaban un año de vida, corroborando que la actividad procreativa de soldados y rabonas fue constante durante la campaña.

Cuadro 21 Hijos de soldados fallecidos según rango etario, 1879-1880 

Nacionalidad %
0-5 618 93,21
6-10 31 4,68
11-15 2 0,30
16-20 3 0,45
21-30 3 0,45
31-más 1 0,15
Sin información 5 0,75
TOTAL 663 100,00

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9, E10 y E11.

Conviniendo con la mortandad de soldados y sus círculos sociales próximos, los decesos de los pobladores también tuvieron indicadores significativos (cuadros 22 y 23). En 1879 se contabiliza una preponderancia equitativa de peruanos y bolivianos, pues los primeros bordearon el 35,96%, y los segundos un 30,23% (cuadro 22). Por el contrario, en 1880 el equilibrado índice de mortandad se desnivela, pues el 36,25% de los fallecidos fueron peruanos y el 24,96%, bolivianos (cuadro 23). Sin duda, el desbalance se debe al resultado de la batalla del Campo de la Alianza y al consecutivo fin de la guarnición del ejército boliviano, que abandonó la ciudad una vez consignada la derrota militar e iniciada la ocupación chilena.

Cuadro 22 Pobladores fallecidos según nacionalidad, 1879 

Nacionalidad %
Alemania 2 0,12
Argentina 10 0,62
Bolivia 491 30,23
Brasil 1 0,06
Chile 2 0,12
China 4 0,25
Colombia 0,00
Ecuador 0,00
Estados Unidos 0,00
España 2 0,12
Francia 7 0,43
Gran Bretaña 2 0,12
Italia 13 0,80
Perú 584 35,96
Suiza 1 0,06
Sin información 39 2,40
Total 1.158 71,29
TOTAL FALLECIDOS 1.624 100,00
TOTAL POBLACIÓN 16.760 6,90

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E9 y E10.

Cuadro 23 Pobladores fallecidos según nacionalidad, 1880 

Nacionalidad %
Alemania 3 0,12
Argentina 8 0,33
Bolivia 613 24,96
Brasil 1 0,04
Chile 16 0,65
China 1 0,04
Colombia 1 0,04
Ecuador 4 0,16
Estados Unidos 1 0,04
España 3 0,12
Francia 6 0,24
Gran Bretaña 2 0,08
Italia 15 0,61
Perú 890 36,24
Suiza 0,00
Sin información 147 5,99
Total 1.711 69,67
TOTAL FALLECIDOS 2.456 100,00
TOTAL POBLACIÓN 23.671 7,22

Fuente: AOTMT, Defunciones, vols. E10 y E11.

Además, ambos cuadros confirman que con el ejército boliviano arribó una gran cantidad de individuos ligados de alguna forma al círculo castrense. A su vez, pese a que presentan un bajo índice de mortandad, los decesos de extranjeros reflejan las múltiples nacionalidades que existían e interactuaban en un territorio crucial para el comercio del sur peruano.

En el Campo de la Alianza

En definitiva, la magnitud de la mortandad asociada a enfermedades infecciosas no solo mermó la capacidad de los ejércitos aliados, su salud y la de la población sino que expuso los efectos que el desarrollo de la guerra provocó en una localidad incapaz de superar los escollos que la guarnición le presentaba a diario.

De esta manera, un mes antes de la batalla en el departamento de Tacna, los ejércitos aliados recibieron la orden de abandonar la ciudad y trasladarse a un descampado ubicado en las alturas próximas. Según Vicente Ochoa, el mes de abril concluyó “dejando una ansiedad incontenible” entre los soldados, ya que se “está en momentos de librar un combate sangriento y quizá el más decisivo” del conflicto143. Los reconocimientos del Estado Mayor aliado, que buscaba la mejor posición para la defensa de la localidad, incluían “maniobrar algunas evoluciones por todas esas pampas que se extienden al norte de Tacna”, que “duraron por algunos días”, y en los cuales “no dejábamos de sufrir mucho por la polvareda que secaba nuestras fauces” y por “la fatiga en ese sol abrasador” que “se aumentaba en las marchas por razón de que nuestros pies se internaban hasta la canilla en la arena, sin poder dar el paso natural”144.

El principal problema del sitio definitivo para instalar el campamento y las defensas era el acceso al agua, pues su escasez “es el principal inconveniente con el que se tropieza”145. El terreno era desconocido para los soldados, acostumbrados desde más de un año al valle. En palabras de uno de ellos: “la sed era insoportable, nos asfixiábamos con tanta arena”146. Además, en ese punto del conflicto, el mando buscaba proporcionarse “a cualquier costo” los “recursos necesarios para el ejército, como agua, víveres, carbón de piedra y otros artículos”147.

En la mañana de aquel 26 de mayo de 1880 la presencia del ejército chileno en las proximidades del Campo de la Alianza hizo inevitable la batalla. Para “los que estábamos en la ciudad (…) la salida de las tropas nos impresionó mucho”, pues desde los hospitales y casas surgían “numerosos enfermos que, con paso vacilante, salían a combatir quedando en su mayoría tirados en la falda del cerro Magollo”148. Los que no podían movilizarse por cuenta propia se agrupaban en las esquinas, “mirando hácia las alturas del campamento, que hasta entonces no ofrecían otra cosa que los contornos superiores de las densas columnas del humo de la batalla”149.

Conclusiones

La planificación militar de los aliados, que fraguó una táctica de guerra defensiva, tiempo después admitió que las operaciones terrestres que el ejército chileno realizó en el territorio tacneño, aislaron sus vías de suministro. Pero, asimismo, la escasez de artículos y recursos de primera necesidad, sumado a la depreciación del circulante monetario peruano, hizo que los habitantes y soldados tuviesen un poder adquisitivo disminuido.

Con todo, la conjunción de variados factores posibilitó también la proliferación de distintas enfermedades infecciosas que acabaron con la vida de un significativo porcentaje de la población en Tacna. Los padecimientos atribuidos a contextos de aglutinamiento de individuos y condiciones sociales abatidas, así como los males endémicos de la región, demuestran el impacto del conflicto en la ciudad y sus alrededores. De esta manera, del total de muertes ocurridas en el periodo 1879-1880, se advierte la huella dejada en el tejido social tacneño. Así, de las cuatro mil ochenta defunciones registradas, 681 (16,69%) correspondieron a la disentería; 461 (11,30%) a la viruela; 352 (8,63%) a la tisis (tuberculosis) y 507 (12,43%) a las tercianas.

Pero, ¿quiénes fueron las principales víctimas? El mismo ejercicio demuestra que el 0,76% (31) de la mortandad general respondió a rabonas y mujeres de combatientes; un 10% (408) a los soldados; un 14,12% (576) a hijos de militares y 53,80% (2.195) a pobladores. Es decir, las enfermedades infecciosas propias de la guerra y de la región mataron a más pobladores que a otros actores. De acuerdo con ello, los cuadros patógenos asociados a la presencia de ejércitos en localidades con un número importante de población eran más mortíferos con los habitantes que con los soldados. Sin embargo, al integrar a las mujeres e hijos de los soldados, el índice de mortandad se eleva significativamente, alcanzando un 24,88%. Pero, debe consignarse que más allá de la muestra estadística, la capacidad combativa del soldado también debe sentarse sobre sus relaciones interpersonales. En el ámbito afectivo, el fallecimiento de mujeres y niños emparentados con los soldados debió constituir un golpe psicológico para individuos que se movilizaron con la guerra junto a su núcleo familiar, quienes permanecían a su lado mientras integraran las tropas.

Las condiciones sociales, económicas y sanitarias fueron determinantes para los soldados peruanos y bolivianos que, durante casi un año de acantonamiento, aguardaron el arribo de las tropas chilenas. Cuando llegó el momento de la confrontación campal, los actores aliados habían experimentado una serie de circunstancias que influyeron en su capacidad para combatir en el Campo de la Alianza. De estas, la mortandad por agentes patógenos fue significativa, pues no solo redujo el número de soldados disponibles, mermando, de paso, a sus círculos sociales y familiares sino que, también, dejó tras de sí un número indeterminado de enfermos y convalecientes que, en variados casos, fueron incapaces de combatir.

Al mismo tiempo, dicho entablado ilustra la escasa preparación y capacidad organizacional de los países aliados, que no fueron capaces de afrontar una campaña bélica de características modernas, frente a un adversario que no vivía un escenario muy diferente150. La incorporación de las condiciones mencionadas visibiliza los complejos escenarios que rodean al despliegue de los ejércitos nacionales en localidades urbanas o rurales, construidas y habitadas por distintos grupos que dan forma y sentido a la contraposición que dos sociedades experimentan mientras esperan enfrentarse. Por lo demás, admite proponer factores paralelos a los utilizados generalmente por la historiografía militar, desechando la imagen rígida y bidimensional de la batalla151, y problematizando una construcción histórica que trasciende a los enfoques basados únicamente en los resultados. De esta manera, es posible comprender por qué el día del combate un soldado veía que “las calles estaban llenas de ciudadanos que armados se dirigían tambien al Alto, de mujeres entusiastas unas, otras llorando, y de niños que ofrecían el mismo contraste”152.

En el anfiteatro de la guerra en Tacna, los soldados, con sus mujeres e hijos, entre indígenas, rabonas y mestizos, ya se habían encontrado con la muerte, mucho antes del estallido de los fusiles en el Campo de la Alianza.

1Este artículo es resultado de los proyectos FONDECYT N° 1151514, UTA 5731-14 y 5748-16, y del Convenio de desempeño UTA-MINEDUC.

2En 1996 fue hallado el cuerpo de un combatiente peruano caído durante la batalla de Chorrillos (13 de enero de 1881) inhumado en 2002 al interior de una cripta en la plaza Bolívar, frente al Congreso de la república, en Lima. El Comercio, Lima, 28 de julio de 2011. De igual manera, en 1998, también en el extenso campo de combate de Chorrillos, fue encontrado el cadáver de un soldado chileno, que en 2006 fue repatriado y sepultado con honores militares en Santiago.

3La noticia concitó distintos honores militares póstumos, que en su conjunto constituían “un reconocimiento a todos los ‘héroes anónimos’” que combatieron y murieron en la refriega. Los cuerpos de los combatientes bolivianos fueron repatriados en agosto de 2015, mientras el del soldado peruano descansa en la Escuela Militar de Chorrillos, en Lima. La Razón, La Paz, 17 de agosto de 2015; La República, Lima, 28 de agosto de 2016.

4Véase la introducción de Gabriel Salazar, Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX, Santiago, Ediciones SUR, 1985 y Alejandro San Francisco, “Historiografía chilena reciente de la Guerra del Pacífico y nuevas posibilidades de estudio”, en Carlos Donoso y Gonzalo Serrano (eds.), Chile y la Guerra del Pacífico, Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2011, pp. 187-211.

5Germán Morong, “De la historiografía nacional a la historia de los bordes. Violencia epistémica y emergencia de lo subalterno en el contexto de la chilenización del norte grande; siglos XIX-XX”, en Alberto Díaz, Rodrigo Ruz y Luis Galdames (comp.), Tiempos violentos. Fragmentos de historia social en Arica, Arica, Ediciones Universidad de Tarapacá, 2014, pp. 11-22.

6Desde una perspectiva renovada y sintética, véase a William Sater, Andean Tragedy. Fighting the War of the Pacific, 1879-1884, Lincoln, University of Nebraska Press, 2007.

7Al respecto, véase el capítulo introductorio de John Keegan, El rostro de la batalla, Madrid, Turner Noema, 2013, pp. 11-80 y a Carmen Mc Evoy, Guerreros civilizadores. Política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2011.

8Ángel Alcalde, “Experiencias de guerra y fascismos. Los excombatientes en Europa y España (1914-1945): una introducción comparativa”, en José Luis Ledesma y Javier Rodrigo (eds.), Reevaluaciones: Historias locales, miradas globales (VII Congreso de Historia local de Aragón), Zaragoza, Instituto Fernando el Católico, 2011, pp. 365-376.

9Véase Nelson Manrique, Campesinado y nación, las guerrillas indígenas en la guerra con Chile, Lima, Centro de Investigación y Capacitación, 1981; Sergio Rodríguez, La problemática del soldado chileno durante la Guerra del Pacífico, Santiago, Colección Biblioteca Militar, 1984; Florencia Mallon, Campesino y nación: La construcción de México y Perú poscoloniales, México D.F., Historias Ciesas, 2003; Carlos Méndez, Héroes del silencio: los veteranos de la Guerra del Pacífico, Santiago, Ediciones Centro de Estudios Bicentenario, 2004; Desierto de esperanzas. De la gloria al abandono: los veteranos chilenos y peruanos de la guerra del 79, Santiago, Ediciones Centro de Estudios Bicentenario, 2009 y Dolor y olvido: los excombatientes bolivianos de la Guerra del Pacífico, Santiago, Ediciones Centro de Estudios Bicentenario, 2013; David Home, Los huérfanos de la Guerra del Pacífico: El Asilo de la Patria’, 1879-1885, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Sociedad y Cultura, 2006, vol. XLIV; Paz Larraín, Presencia de la mujer chilena en la Guerra del Pacífico, Santiago, Centro de Estudios Bicentenario, 2006; Luis Oporto, “Indios y mujeres en la Guerra del Pacífico”, en Fuentes, N° 31, La Paz, 2014, pp. 6-29; Patricio Ibarra, “Veteranos y prensa satírica: Desmovilizados e inválidos en los periódicos chilenos de caricaturas durante la Guerra del Pacífico (1879-1884)”, en Universum, vol. 28, N° 2, Talca, 2013, pp. 59-82; Eduardo Cavieres y José Chaupis (eds.), La Guerra del Pacífico en perspectiva histórica. Reflexiones y proyecciones en pasado y en presente, Arica, Ediciones Universidad de Tarapacá, 2015; Felipe Casanova, “La guerra imaginada ”. Identidades nacionales y representaciones de la batalla del “Campo de la Alianza” y de la “Toma del Morro” en las ciudades de Tacna y Arica, memoria para optar al título de Historiador, Arica, Universidad de Tarapacá, 2016. Además, véanse los artículos contenidos en Diálogo Andino, N° 48, Arica, 2016.

10En términos demográficos, la evolución de una población estaría determinada por la mortalidad de sus habitantes, que tiene estrecha relación con el estilo de vida, la alimentación, higiene, educación, nivel económico y estado social, entre otros. Diego Peral y José Fernández, “Mortalidad en Olivenza durante los primeros treinta años del siglo XIX”, en Revista de Demografía Histórica, vol. XXX, N° 2, Madrid, 2013, pp. 165-206.

11Los registros parroquiales se encuentran depositados en el Archivo del Obispado de Tacna y Moquegua, Fondo San Pedro de Tacna, Partidas de Defunción, 1853-1884 (en adelante AOTMT).

12Efraín Choque, El impacto de la guerra con Chile en Tacna. 1879-1884, Tacna, Ediciones NuevoCurso, 2002, vol. 1, p. 59.

13Censo General de la República del Perú de 1876, Lima, Imprenta del Teatro, 1878, tomo VII, p. 881. Las cifras entregadas por el censo nacional de 1876 no son concluyentes, pues algunos autores elevan a 11.239 los habitantes del distrito de Tacna. El departamento homónimo, conformado por las provincias antedichas, alcanzaba según el censo citado 36.019 personas. En cuanto a los caseríos, los registros documentales los denominan ayllus: antiguas formas de comunidad nuclear, propias de la región andina, en la que se trabajaba de modo colectivo un territorio de propiedad común. Los ayllus circundantes a Tacna eran: Ayca, Aymará, Capanique, Collana, Humo, Olanique, Para, Peschay, Pocollay, Silpay y Tonchaca. Al respecto, véase Mariano Paz Soldán, Diccionario geográfico estadístico del Perú, Lima, Imprenta del Estado, 1877, pp. 904-905.

14Soldán, op. cit., p. 904.

15Florencio del Mármol, Recuerdos de viaje y de guerra, Buenos Aires, Imprenta de obras de la Nación, 1880, p. 42.

16Soldán, op. cit., p. 904.

17Del Mármol, op. cit., p. 42.

18Soldán, op. cit., p. 904.

19Alberto Díaz, Rodrigo Ruz, Luis Galdames y Alejandro Tapia, “El Arica peruano de ayer. Siglo XIX”, en Atenea, N° 505, Concepción, 2012, p. 164. Como ciudad comercial, presentaba un amplia presencia de casas comerciales extranjeras, que mantenían sus oficinas mayores en Tacna y agencias pequeñas en Arica. De igual manera, podía observarse una fuerte comparecencia de bolivianos, provenientes de sectores cercanos a La Paz, Oruro y Cochabamba, que ejercían el tráfico comercial, el arrieraje y la producción agropecuaria. Se decía que cuando un “cochabambino va a Tacna [va] como a su propio país; allí encuentra su idioma natal, sus costumbres, a sus deudos y a sus amigos”, Fredy Gambetta, Nueva crónica del tiempo viejo, Tacna, Editorial Caja Municipal de Ahorro y Crédito, 2001, p. 56.

20Cabe señalar el predominio de la pequeña propiedad campesina en la estructura de la tenencia de la tierra, pues la mayor parte de los propietarios era o tenía procedencia indígena. Al respecto, véase a Choque, op. cit., pp. 21-39.

21Op. cit., p. 46.

22Ibid.

23La primera etapa de la Guerra del Pacífico se distingue desde la ocupación de Antofagasta hasta la toma de Arica. La segunda responde a la campaña de Lima. Y la tercera, a los casi dos años y medio de operaciones militares en la sierra central del Perú.

24En abril de 1879, la élite comercial y política de la ciudad se cuadró con el contexto bélico imperante, asumiendo “la actitud que le corresponde en la actual contienda con la Republica de Chile”, y aseguró “la cantidad de diez mil soles” del presupuesto local para ir en la ayuda de los gastos de guerra. También propuso “formar una columna Municipal, que se denominará ‘Rifleros de la Union’”, que sería “sostenida con fondos que se procurará el Concejo” departamental. Guillermo Mclean al prefecto del departamento. Tacna, 18 de abril de 1880, en Centro de Estudios Histórico-Militares del Perú, Archivo Histórico Militar (en adelante CEHMPAHM), caja 2, sobre 25, foja 16.

25Sara Neuhaus, Recuerdos de la batalla del Campo de la Alianza y de la ocupación de Tacna en la guerra del 79, Lima, Empresa Editorial “Rímac”, 1938, p. 7. Las retretas públicas se ejecutaban en el pasaje Vigil, y eran realizadas “por las piezas elejidas, notable por su delicada ejecucion”, que corría por parte de las bandas militares acantonadas en la ciudad. La Revista del Sur, Tacna, 14 de noviembre de 1879. A su vez, los “caballeros y señoritas de Tacna” organizaban conciertos en el teatro local, “a beneficio de las ambulancias de la guerra”, a los que asistían “en su mayor parte” los militares bolivianos. El Comercio, La Paz, 22 de mayo de 1879.

26José Quiñones al presidente del Consejo Departamental de Tacna. Lima, 5 de mayo de 1880, en Archivo Departamental de Tacna (en adelante ADT), “Concejo Departamental de Tacna. Comunicaciones recibidas de los Ministerios/Hacienda y Comercio. Dirección de Contabilidad General”, s/f.

27Carlos Zapata al presidente del Consejo Departamental. Arica, 9 de mayo de 1879, en ADT, “Consejo Departamental de Tacna. Comunicaciones recibidas de la Prefectura de Tacna, oficio del prefecto titular de Tacna, Doctor don Carlos Zapata/meses enero a diciembre de 1879”, s/f.

28La Revista del Sur, Tacna, 2 de septiembre de 1879.

29Op. cit., 14 de octubre de 1879.

30Ibid.

31Carlos Zapata al director de la guerra. Tacna, 28 de marzo de 1879, en CEHMPAHM, caja 2, sobre 25, s/f.

32En la opinión de algunos militares de carrera, se argumentaba que la defensa regional no era un buen argumento para sentar plaza de soldado, ni mucho menos combatir en las proximidades de sus residencias. El cambio de acento se relaciona con las nociones que cada individuo tenía de su papel como soldado, en una guerra que a la postre se convertiría en una defensa territorial. En una carta a Lizardo Montero, José Joaquín Inclán, decía: “dadas tales condiciones topográficas, parece lo más conveniente anticiparnos a ocupar el valle de Sama que aun cuando no ofrece posiciones ventajosas presenta dos ventajas: impedir que el enemigo ocupe el valle obligándolo a combatir sin poder refrescar su gente y caballada y colocar a nuestros soldados en una posición desesperada, en la cual no les quedaría más elección que la muerte o la victoria, pues (…) no les quedaría otra elección (…). Pienso así porque la historia y la experiencia me han demostrado que el ejército que combate teniendo una ciudad a su espalda afloja con facilidad, y más si parte de ese ejército pertenece a los habitantes de ella”. Carta de José Joaquín Inclán a Lizardo Montero. Tacna, 5 de marzo de 1880, en Rubén Vargas, Guerra con Chile. Campaña de Tacna y Lima. Documentos inéditos, Lima, Milla Batres, 1967, p. 69.

33La Bolsa, Arequipa, 21 de mayo de 1880.

34Theodorus B. Mason, Guerra en el Pacífico Sur, Santiago, Editorial Francisco de Aguirre, 1971, p. 25. El número exacto de soldados con que contaba Bolivia al inicio del conflicto es hasta hoy cuestión de debate. Una cifra convincente estima en 2.165 sus soldados, divididos en tres unidades de infantería, dos de caballería y una de artillería. Al respecto, véase a Julio Díaz, Historia del Ejército de Bolivia, La Paz, Imprenta central del Ejército, 1940, pp. 20-22.

35Mason, op. cit., p. 67.

36Carlos Dellepiane, Historia Militar del Perú, Lima, Biblioteca Militar del Oficial, 1977, vol. II, p. 65.

37Vicente Ochoa, Diario de la campaña del ejército boliviano en la guerra del Pacífico, Sucre, Librería y Tipografía “La Económica”, 1899, p. 29.

38Dellepiane, op. cit., p. 63.

39Ismael Heredia, La concentración del ejército boliviano en la costa peruana, con motivo de la Guerra del Pacífico, Lima, Imprenta del Ministerio de Guerra, 1945, pp. 48-51.

40El recibimiento de los soldados bolivianos a inicios de la guerra fue caluroso y dispuesto de múltiples atenciones por parte de la población tacneña. Al respecto, Vicente Ochoa señala: “el tránsito por las calles de lo más hermoso que se puede imaginar. Se notaban en todos los semblantes la admiración y el respeto que infundía el marcial ejército de Bolivia. El pueblo a la cabeza de cada batallón lo saludaba con los arranques del corazón que los ¡vivas! del entusiasmo”: op. cit., p. 19. El programa de festejos fue el siguiente: “Art. 1°. El sol del dos de Mayo será saludado en la Alameda pública por las bandas de música de las tres primeras Divisiones del Ejército, que sucesivamente tocarán las canciones peruana y boliviana, partiéndo luego á recorrer las calles de la Ciudad al son de composiciones marciales. Art. 2°. La retreta será tambien ejecutada por todas las bandas, que tocarán sucesivamente por el órden de su antigüedad, primero las de infantería y despues de caballería en la Plaza de Armas”, en La Revista del Sur, Tacna, 2 de mayo de 1879.

41La representación de la figura infatigable del soldado boliviano y peruano fue, incluso, reproducida por historiadores chilenos, quienes los describían como: “el único en el mundo de quien puede decirse que no necesita servicio de provisión porque lleva en su mochila el alimento para tres o cuatro días”, compuesto “casi exclusivamente de un puñado de harina de maíz i de unas hojas de coca”. Gonzalo Bulnes, Guerra del Pacífico. De Antofagasta a Tarapacá, Valparaíso, Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 1911, p. 559.

42El Comercio, La Paz, 12 de junio de 1879. Esta imagen estaba muy introducida en la mentalidad de los combatientes, que atribuían su integración a “la historia patria” que “nos había enseñado que nuestro soldado, bien dirigido, no tiene rival en el mundo”. Daniel Ballivian, Los colorados de Bolivia. Recuerdos de un subteniente. La batalla de Tacna, 26 de Mayo de 1880, Valparaíso, Imprenta Americana, 1919, p. 16.

43Mason, op. cit., pp. 25-27.

44Carlos Prince (ed.), Lima antigua, Lima, Imprenta del Universo, 1890, p. 17. Las autoridades peruanas habrían prohibido a los indígenas los servicios en la caballería, bajo la creencia de que no sabían montar caballos. Sater, op. cit., p. 50.

45Ochoa, op. cit., p. 29.

46Cfr. Roberto Querejazu, Guano, salitre y sangre. Historia de la Guerra del Pacífico (la participación de Bolivia), La Paz, G.U.M., 1979; Wolf Gruner, “‘Los parias de la patria’. La discriminación estatal de los indígenas en la República de Bolivia (1825-1952/53)”, en Josefa Salmón y Guillermo Delgado (eds.), Identidad, ciudadanía y participación popular desde la colonia al siglo XX, La Paz, Plural Editores, 2003, pp. 181-190 y Parias de la patria: El mito de la liberación de los indígenas en la República de Bolivia (1825-1890), La Paz, Plural Editores, 2015; James Dunkerley, Orígenes del poder militar: Bolivia 1879-1935, La Paz, Plural Editores, 2006 y Oporto, op. cit.

47Ochoa, op. cit., p. 102. Al respecto, existen varios ejemplos. En mayo de 1879, Federico Calderón, Hermójenes Castillo, Custodio Mejía, Rodolfo Villegas, Antonio Criáles y Juan Supo, solicitaron sus pasaportes al prefecto de La Paz para trasladarse a Tacna a integrarse al ejército que ya se hallaba en dicha urbe. En su petición, los seis afirmaron residir en “la república hermana y aliada del Perú” desde hacía varios años, donde habían dado forma a sus intereses “y negocios establecidos”. El Comercio, La Paz, 15 de mayo de 1879. De igual manera, Manuel Barron, “animado del mas vivo sentimiento de patriotismo”, y “cumpliendo con el Sagrado deber que me correspondia como á Ciudadano boliviano”, abandonó a su familia “i comodidades en el asciento Mineral de Colquechaca” para “defender la integridad i autonomía de mi pais”, enrolándose como teniente 2° del Batallón Vengadores. Manuel Barron al Presidente de la República. Viacha, 31 de mayo de 1881, en Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, Ministerio de Guerra (en adelante ABNBMG), tomo 1881, número 102, s/f.

48Querejazu, op. cit., p. 104. La amplia presencia de componentes artesanos dentro del ejército boliviano llevó a la prensa paceña a publicar que: “es una calamidad la que nos pasa con motivo de la guerra. Los talleres están en acefalía, de suerte que para obtener un par de botines, un chaleco, un tiento de montura, una refaccion de silleta o un clavo, o una soga para ahorcarse, sin ser Júdas o siéndolo, no se encuentra obrero, que a uno le dé gusto”. El Comercio, La Paz, 16 de septiembre de 1879.

49Del Mármol, op. cit., p. 56. El escuadrón Vanguardia arribó a Tacna con doscientos cincuenta hombres, “armados de carabina Winchester, Remington y chassepot, todos jóvenes estimables de la primera sociedad de Cochabamba”: La Revista del Sur, Tacna, 2 de mayo de 1879. En el Libres del Sud, por ejemplo, podía encontrarse a José María Butrago, sargento 1°, fiscal del partido de Sucre; a Antonio Zelada, Estaurófilo Navas, José María Urdininea y Lora, sargentos 2°, abogados; así como a varios soldados que “eran algunos otros abogados” y “estudiantes de Medicina, teólogos y uno que otro propietario”: Manuel Claros, Diario de un excombatiente de la Guerra del Pacífico, La Paz, Diario “La Nación”, 1962, p. 21.

50Querejazu, op. cit., p. 105.

51El Comercio, La Paz, 20 de mayo de 1879.

52Claros, op. cit., p. 37.

53El Cruzado, Sucre, 26 de marzo de 1879.

54Ochoa, op. cit., p. 38.

55Querejazu, op. cit., p. 214.

56Neuhaus, op. cit., p. 9.

57Narciso Campero, Informe del general Narciso Campero ante la Convención Nacional de Bolivia, como general en jefe del ejército aliado, La Paz, Imprenta de la Unión Americana, 1880, p. 30.

58Cfr. Alberto Díaz “Los Andes de bronce. Conscripción militar de comuneros andinos y el surgimiento de las bandas de bronce en el norte de Chile”, en Historia, N° 42, vol. II, Santiago, 2009, pp. 371-399.

59En el caso de la participación política en el ámbito local, véase a Alberto Díaz, Rodrigo Ruz y Luis Galdames, “Participación de la población indígenas de Arica y Tarapacá en la política y la justicia comunitarias durante el siglo XIX”, en Revista de Estudios Histórico-Jurídicos, N° XXXIII, Valparaíso, 2011, pp. 511-532.

60La Revista del Sur, Tacna, 2 de septiembre de 1879.

61Juan Chavez, a nombre de Ascensio Mamani, al prefecto de Tacna. Tacna, 7 de marzo de 1880, en Archivo Nacional Histórico, Benjamín Vicuña Mackenna (en adelante ANHVIM), vol. 223, f. 169.

62“Cuadro de la fuerza efectiva del ejército de Bolivia que se halla actualmente en Tacna en campaña sobre el ejército invasor”, en Pascual Ahumada, Guerra del Pacifico. Recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias i demas publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú i Bolivia, Valparaíso, Imprenta y Librería Americana, 1884, tomo I, p. 247.

63“La travesía del ejército peruano de Tarapacá a Arica. Correspondencia de Neto a La Patria de Lima”, Arica, 24 de diciembre de 1879, en Ahumada, op. cit., 1885, tomo II, p. 237.

64“Parte diario que pasa el espresado, al Benemérito Señor Contra-Almirante Jefe Superior Político y Militar de los Departamentos del Sur, de las ocurrencias habidas en el dia anterior”, Arica, 30 de diciembre de 1879, en ANHVIM, vol. 223, f. 283.

65Esos movimientos fueron los tránsitos entre Tacna y Arica, y viceversa; Tacna-Arica-Pisagua; Tacna-Pachía, y viceversa; Tacna-Pocollay, y viceversa, o Tarapacá-Arica-Tacna, entre otros.

66Prince, op. cit., pp. 21-22.

67Ibid.

68Clements R. Markham, The War between Peru and Chile, 1879-1882, London, Printed by Gilbert and Rivington, 1883, p. 100. La traducción es de los autores.

69Ballivian, op. cit., pp. 14-15.

70José Cortés, La República de Bolivia, Santiago, Imprenta de “El Independiente”, 1872, pp. 71-72. Es tradicional que entre las mujeres indígenas aimaras y quechuas del altiplano se cargase en awayus, llijllas o mantas a sus bebés, atributo que indica la vinculación étnica de las rabonas: Díaz, op. cit.

71Del Mármol, op. cit., p. 61.

72Claros, op. cit., p. 52.

73“Orden general del ejército boliviano”. Campamento de la Alianza, 23 de mayo de 1880, en Ahumada, op. cit., 1886, tomo III, p. 116.

74Claros, op. cit., p. 48.

75Op. cit., p. 47.

76Del Mármol, op. cit., p. 38.

77La Revista del Sur, Tacna, 29 de diciembre de 1879. En 1876, el subprefecto de Tacna destacaba que “la agricultura en la provincia es floreciente, a pesar de la escasez de agua”, y aunque “no se hacen grandes plantaciones y sembríos” por dicha causa, “los productos que se cosechan dan abasto para las necesidades del pais”: “Memoria del Subprefecto de Tacna II 1876”, en Miguel Pinto, Geografía del Perú. Siglo XIX. Moquegua y Tacna, Lima, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Seminario de Historia Rural Andina, 2002, p. 77.

78Para ello, “el envío correría por la H. Municipalidad, que garantizaría el precio de los artículos, que, una vez vendidos en el campamento [en Tacna] al precio de acá [Bolivia], y con más los gastos de trasporte, darían el valor abonable por la autoridad garantizadora”: El Comercio, La Paz, 20 de mayo de 1879.

79Carlos Zapata al director de policía, Arica, 4 de julio de 1879, en CEHMPAHM, caja 2, sobre 25, f. 27. Pocollay era un poblado ubicado a 5$$ km de Tacna; Calana distaba a 11 km y Pachía a 22. Candarave era una pequeña aldea de la provincia de Tarata, distante 211 km de Tacna. Por último, Ilabaya estaba a 167 km de la misma. Paz Soldán, op. cit., pp. 780, 643, 148.

80Carlos Zapata al ministro de Guerra y Marina, Tacna, 28 de marzo de 1879, en CEHMPAHM, caja 2, sobre 25, f. 10.

81José Hernández a Carlos Zapata, Tacna, 28 de marzo de 1879, en CEHMPAHM, caja 2, sobre 25, f. 12.

82Carta de Agustín Aguirre a Nicolás de Piérola, Tacna, 20 de enero de 1880. Original en colección particular.

83Del Mármol, op. cit., p. 63.

84Albert Davin, 50.000 millas en el océano Pacífico, París, Paris-Plon Editores, 1886. Traducción del francés por Hernán Minder Pino, Lieja, 2006, p. 59.

85La Revista del Sur, Tacna, 12 de enero de 1880.

86Hipólito Valdés al director de la guerra, Puno, 5 de enero de 1880, en CEHMPAHM, caja 16, sobre 243, f. 3. El tránsito por la ruta de Puno era organizada por las autoridades de Tarata, que se encargaban “de recibir el ganado y demás artículos de necesidad para el Ejército”. “Instrucciones que da la prefectura a los comandantes militares y comandantes en jefe, para el desempeño de los cargos que les están encomendados”, Puno, 2 de enero de 1880, en CEHMPAHM, caja 16, sobre 243, s/f. El derrotero también era ocupado para remitir el correo de los soldados. Una vez bloqueado el puerto ariqueño, “nuestras comunicaciones serán muy tardías, como son los correos por tierra”. Carta de Andrés Noriega a María Álvarez, Arica, 10 de diciembre de 1879, en Centro de Estudios Histórico-Militares del Perú, Genealogías (en adelante CEHMPG), legajo 2, f. 37.

87Carta de Lizardo Montero a Nicolás de Piérola, Tacna, 3 de abril de 1880, en Biblioteca Nacional del Perú, colección Nicolás de Piérola (en adelante BNPNP), vol. 30, s/f.

88Un ejemplo de las actitudes contradictorias se da en la provincia de Chucuito –cercana a Puno–, donde se denunciaba que “un Manuel Gutierrez i otros indijenas simpatizan i favorecen a nuestros enemigos, proporcionándoles víveres, i llegando al estremo de que un sobrino de Gutierrez se coloca en determinados lugares para apresar a los propios que mandan las autoridades”: Fermín Hernández al prefecto de Tacna, sin lugar, 21 de abril de 1880, en Benjamín Vicuña Mackenna, Historia de la campaña de Tacna y Arica. 1879-1880, Santiago, Rafael Jover, 1881, p. 612.

89El subprefecto de Tarata al prefecto de Tacna, sin lugar, 3 de enero de 1880, en ANHVIM, vol. 223, f. 255.

90El subprefecto del Cercado al prefecto de Tacna, Tacna, 15 de enero de 1880, en ANHVIM, vol. 223, f. 256. Los propietarios de los valles de Sama, Locumba, Lluta, Tarata, y “demas puntos del Departamento”, habían entregado cuantiosas partidas de alfalfa “para el sostenimiento de mas de tres mil animales de que constan las caballerías y brigadas del Ejército aliado”, los que también se beneficiaban de la producción de chala “y otras plantas” de los lotes del río Uchusuma: La Revista del Sur, Tacna, 14 de octubre de 1879; 29 de diciembre de 1879.

91La Revista del Sur, Tacna, 28 de diciembre de 1879.

92Ibid. En enero de 1880, el corresponsal de La Democracia señalaba que en la ciudad “tan solo corre el rio, los dias domingo, jueves, y algunos sábados”: La Democracia, La Paz, 24 de enero de 1880.

93La Revista del Sur, Tacna, 29 de diciembre de 1879.

94La Revista del Sur, Tacna, 29 de marzo de 1879. En el caso del pan, el periódico tacneño no encontraba razón alguna para su reducción, puesto que el aumento demográfico en la ciudad aún no se hacía sentir, existiendo una cantidad “considerable de harina” que podía “calcularse en 200 mil quintales”.

95Ochoa, op. cit., p. 28.

96Claros, op. cit., p. 8.

97“Bando del subprefecto de Arica”, 9 de abril de 1880, en ANHVIM, vol. 223, f. 191.

98La Revista del Sur, Tacna, 21 de mayo de 1880. De hecho, los propios corresponsales de prensa chilenos, que llegaron al ocupar la ciudad, indicaban: “en el mercado hai escasez de carne i solo se obtiene a precios increíbles; pero no faltan las verduras i las frutas”. Por ejemplo, “el pan es un artículo de lujo e importa dos reales (20 cts. nuestros) una marraquetita delgada de una cuarta de largo”: El Ferrocarril, Santiago, 6 de junio de 1880.

99Subprefecto de Arica al prefecto de Tacna, 26 de abril de 1880, en ANHVIM, vol. 223, f. 243.

100Vicuña Mackenna, op. cit., p. 861.

101Ibid.

102Federico Mazuelos al prefecto de Tacna, Tacna, 27 de marzo de 1880, en ANHVIM, vol. 223, f. 286. En noviembre de 1879, Andrés Noriega, capitán del Batallón Granaderos del Cuzco, le envió una carta a María Álvarez, comunicándole: “con el Mayor Loaiza hemos firmado una Letra de trescientos soles en billetes á la casa de Rodolfo Hoefler, el alemán alto que estuvo en Cuzco”. Andrés Noriega le indicaba: “tan luego como recibas esta irás á la casa de la esposa del Mayor Loaiza, á recibir (…) cincuenta soles”, que “son los únicos que he podido mandarte”, apartando “diez soles a mi madre, sin aun es de tu voluntad, de lo que te agradeceré infinito”. Carta de Andrés Noriega a María Álvarez, Arica, 14 de noviembre de 1879, en CEHMPG, sin caja, legajo 2, f. 35.

103Carta de Lizardo Montero a Nicolás de Piérola, Tacna, 13 de abril de 1880, en BNPNP, vol. 30, s/f.

104Carta de Montero a Piérola, Tacna, 25 de marzo de 1880, en BNPNP, vol. 30, s/f.

105Carta de Agustín Aguirre a Nicolás de Piérola, Tacna, 20 de enero de 1880, Colección particular.

106Del Mármol, op. cit., p. 62.

107Vicuña Mackenna, op. cit., p. 861.

108Cabe mencionar que la agrupación de las enfermedades más recurrentes en el siglo XIX requiere distinguir las expresiones utilizadas en los registros parroquiales para establecer cuál había sido la causa de muerte. Tal como lo han planteado algunos historiadores de la epidemiología, las definiciones estampadas son resultado de una diversidad de conocimientos procedentes de distintas épocas, sistemas y escuelas de medicina; de la evolución de la nomenclatura, vocabulario y clasificaciones; y de la aplicación de criterios variables, entre otros. En consecuencia, los diagnósticos conllevan incoherencias o falta de continuidad al momento de definir la causa de muerte, pues en muchas ocasiones eran personas con escasa o nula formación médica (familiares del difunto, vecinos o el párroco) las que estampaban el motivo del fallecimiento. Por esta razón, se ha recurrido a la clasificación de enfermedades propuestas por José Bernabeu-Mestre, Diego Ramiro Fariñas, Alberto Sanz Gimeno y Elena Robles González, “El análisis histórico de la mortalidad por causas. Problemas y soluciones”, en Revista de Demografía Histórica, vol. XXI, N° 1, Madrid, 2003, p. 169.

109Manuel Othon Jofré a un prefecto departamental, La Paz, octubre de 1879, en Ochoa, op. cit., p. 256.

110José Lossio, Acequias y gallinazos: salud ambiental en Lima del siglo XIX, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2003, p. 41.

111El Coquimbo, Coquimbo, 28 de junio de 1880.

112Enrique Laval, “Disentería y absceso hepático en el Chile colonial y republicano. El doctor Miguel Cla-ro Vásquez”, en Revista Chilena de Infectología, N° 27, Santiago, 2010, pp. 76-79.

113La Revista del Sur, Tacna, 16 de marzo de 1880.

114Claros, op. cit., p. 17. El “chinchibí”, “chinchibín” o “chinchibirria” era un licor afroperuano al que eran aficionados “los negros y zambos”, refiriendo a una chicha ordinaria “que se le aromatizaba con nueza moscada, jengibre, clavo de olor, canela y flores de sauco”. Fernando Romero, Quimba, Fa, Malambo, Ñeque. Afronegrismos en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1988, p. 108. La presencia de esta bebida entre la oficialidad subalterna se explica por la importante presencia de componentes afros en las poblaciones de Tacna y Arica, así como en el resto del sur peruano. En Arica, por ejemplo, los censos levantados durante el siglo XIX destacaban la alta presencia de población afrodescendientes, que bordeaba el 50%. Al respecto, véase a Alberto Díaz, Luis Galdames y Rodrigo Ruz, Y llegaron con cadenas: las poblaciones afrodescendientes en la historia de Arica y Tarapacá (siglos XVII-XIX), Arica, Ediciones Universidad de Tarapacá, 2013.

115Del Mármol, op. cit., p. 62.

116Manuel Othon Jofré a un prefecto departamental, La Paz, octubre de 1879, en Ochoa, op. cit., p. 257.

117Victoriano Farga, “La conquista de la tuberculosis”, en Revista Chilena de Enfermedades Respiratorias, vol. 20, N° 2, Santiago, 2004, pp. 101-108.

118Susana Ramírez, La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito, tesis para optar al grado de Doctor en Historia, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1998, pp. 37-38.

119Lilia Oliver, “La epidemia de viruela de 1830 en Guadalajara”, en Relaciones, vol. XXIX, N° 114, Zamora, 2008, p. 80.

120F. Monje Ledesma al cirujano en jefe del ejército boliviano, Tacna, 21 de julio de 1879, en Elvira Cárdenas, Las ambulancias de la guerra del Pacífico. Obra de Zenon Dalence, patricio orureño, Oruro, Garza Azul, 2012, p. 37. Como antecedente, en enero de 1878 el médico titular de Arica, Manuel Villalobos, comunicaba que frente a un hipotético brote de viruela era necesario inocular en el menor tiempo posible a la población. Manuel Villalobos al presidente del consejo departamental, Arica, 9 de enero de 1878, en ADT, “Consejo Departamental de Tacna. Oficio del Médico Titular de Arica, Don Manuel Villalobos, enero 1878”, s/f.

121La Democracia, La Paz, 17 de julio de 1879. Cabe mencionar que estas medidas preventivas de la alcaldía respondían a una experiencia anterior, acontecida entre fines de la década de 1860 e inicios de la de 1870, cuando la ciudad enfrentó una de sus mayores crisis sanitarias decimonónicas al estallar y propagarse un fuerte brote de fiebre amarilla. Si bien la infección estuvo presente durante todo el año 1869, los cuatro primeros meses (enero-abril) fueron los de mayor virulencia y mortandad poblacional. Al respecto, véase a Sebastián Sors, Memoria histórica de la fiebre amarilla que sufrió la ciudad de Tacna en el presente año de 1869, Tacna, Imprenta de “El Porvenir”, 1869. Este brote epidémico contribuyó para la generación de políticas públicas de higiene y saneamiento, que regulaban la venta de comestibles y bebidas, el uso de agua potable y de aseo, la limpieza de barrios y viviendas y las prevenciones higiénicas para la población. Al respecto, véase a Guillermo MacLean, Reglamento de Policía Municipal para la ciudad de Tacna, Tacna, Imprenta de la Revista del Sur, 1877.

122La Revista del Sur, Tacna, 28 de agosto de 1879.

123Lossio, op. cit., p. 39.

124Lizardo Montero al ministro de Guerra y Marina, Arica, 31 de julio de 1879, en CEHMPAHM, caja 3, sobre 45, f. 19. En agosto, desde Lima, le contestaban: “(…) que es incalculable la situacion estrecha del erario. Que aquí los cuerpos, con exepcion de tres, carecen de capotes y hay dos hasta ahora vestidos de lienzo por no haber absolutamente recursos en medio de tantos acreedores por cuantiosas deudas. Que á no ser asi no se habria ni aguardado los pedidos y las fuerzas de esas baterías estaría provista ya de todo. Que sin embargo, le remito en el ‘Chalaco’, camisas, calzoncillos y frazadas; que seguiré enviándole lo posible; que ha habido que vestir la tripulacion de todos los buques sin haberse podido encontrar quien quisiera contratar los vestuarios para marinería; que ha sido preciso hasta de recoger parte de ellos en las tiendas pagando precios subidos”.

125Carta de Montero a Piérola, Tacna, 3 de abril de 1880, en BNPNP, vol. 30, s/f

126La Revista del Sur, Tacna, 21 de enero de 1880.

127La Democracia, La Paz, 24 de enero de 1880.

128Ochoa, op. cit., p. 55.

129Caracteres que revisten las fiebres intermitentes en el departamento de Tacna, Santiago, 1880, f. 3.

130Ochoa, op. cit., p. 293.

131La Democracia, La Paz, 24 de enero de 1880.

132Neuhaus, op. cit., p. 10. La marcha del Ejército del Sur peruano desde Tarapacá hacia Arica, por los contrafuertes de la cordillera de los Andes, fue una penosa travesía. El corresponsal de La Patria de Lima, que realizó el trayecto, decía: “la falta de recursos era absoluta en todas partes. Caseríos i pueblos hallábanse completamente abandonados: los habitantes habian huido a Tacna, Arica i otros puntos. Conseguir un pan, un cigarro, eran tan difícil como encontrar un garbanzo de a libra. He visto dar un sol por una galleta, i había algunos que ofrecían diez por una libra de azúcar (…). La carne de borrico i de caballo era un potaje que estaba a la órden del dia en la marcha (…). La falta de calzado en la tropa imposibilitaba mucho las marchas (…). Muchos de los heridos que venían con el ejército hacian la marcha a pié. Era imposible conseguir bestias”. “La travesía del ejército peruano de Tarapacá a Arica. Correspondencia de Benito Neto a La Patria de Lima”, Arica, 24 de diciembre de 1879, en Ahumada, op. cit., 1885, tomo II, p. 237.

133Caracteres que revisten…, op. cit., f. 3.

134Del Mármol, op. cit., pp. 94-95.

135Cárdenas, op. cit., pp. 36-49. Las iniciativas de caridad eran tareas esencialmente femeninas, puesto que “a ellas está encargada en gran parte, la procuracion de fondos, que sostengan a la institucion de la ‘Cruz Roja’”, dedicando tiempo “en el hogar querido” para “hacer hilas, para formar vendas, y para dobledillas, sábanas y fundas destinadas a los heridos”; en resumen, “todo lo que sirva al santo ministerio de la caridad en campaña”. El Comercio, La Paz, 13 de enero de 1880.

136Un oficial boliviano señalaba que el hospital estaba situado “al terminar la calle del Comercio a dos cuadras de la plaza principal que toma en esta parte el nombre de calle del Callao, tiene varios departamentos y cuartos independientes, tanto para los enfermos, como para los practicantes, tiene puertas a ambos extremos de las calles N. y S. con ventanas de fierro”: Claros, op. cit., p. 26.

137La Revista del Sur, Tacna, 21 de enero de 1880.

138Emilio P García, Del ácido carbo-azótico como sucedáneo de la quinina, tesis para optar el grado de Bachiller en Medicina y Cirugía, Lima, Universidad Mayor de San Marcos, 1883, p. 10.

139José Fonfría, Joaquín Fernández y Cristina Jiménez, “La dosis de corteza de quina y de quinina en la lucha antipalúdica desde el siglo XVIII”, en Actas VIII Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de la Técnica, La Rioja, Universidad de la Rioja, 2004, vol. II, p. 585.

140Toribio Arbaiza al prefecto del departamento de Tacna, Arica, 21 de mayo de 1880, en ANHVIM, vol. 246, f. 181.

141Querejazu, op. cit., p. 196.

142En ocasión del ingreso del ejército boliviano a La Paz, unos años antes de la guerra, un viajero francés escribió: “ninguna retirada en derrota ha podido dar jamás una idea de lo que fue el desfile de las bandas que precedieron al ejército llamado regular. Indios arrastrando animales cargados de bagajes, de fusiles quebrados, de utensilios de cocina, de vituallas; en seguida todo un regimiento de mujeres dobladas bajo el peso de zurrones repletos de armas, de niños en pañales o de provisiones”: Charles D’Ursel, Sudamérica. Viajes y estadías en Brasil, en la Plata, en Chile, en Bolivia y en el Perú, París, E. Plon y Cía, 1879, p. 115.

143Ochoa, op. cit., p. 303.

144Claros, op. cit., p. 33. El mando general aliado, recaído en el general Narciso Campero, comprendió que ante la posibilidad de presentar batalla en el valle de Sama, la movilidad era imposible. En su informe, el comandante general de los ejércitos aliados en la batalla del Campo de la Alianza anota: “carecíamos por completo de elementos de movilidad y de transporte, que no se habian procurado hasta entónces. No se podía movilizar la lejion boliviana; era imposible llevar agua y víveres para el ejército, sin lo qué no podría aventurarse espedicion alguna por aquel desierto desprovisto de todo recurso”: Campero, op. cit., p. 7.

145Ochoa, op. cit., p. 306.

146Claros, op. cit., p. 43. Para protegerse de las condiciones ambientales del desierto, Manuel Claros describe que los soldados construían: “toldos de campaña con chalones y sábanas en unas cañas huecas que nos hicimos traer de Tacna, cavando la arena para que sirva como una caja y dormir cómodos”. Después de la victoria, los soldados y la prensa chilena interpretaron estos agujeros como pequeñas trincheras que en la batalla fueron utilizadas por los aliados para parapetarse; sin embargo, Narciso Campero coincide con Manuel Claros al señalar: “los ‘hoyos’ que había (…) eran un recurso buscado por la tropa para poder hacer mas fácilmente sus carpas (especie de tiendas de campaña formadas a la ligera con frazadas o tiras de lienzo) y dormir ahí dentro, con alguna comodidad. Igualmente, los ponderados ‘foso’ abiertos paralelamente a la línea de batalla (…) fueron simplemente… preciso es decirlo… los lugares de desahogo para la tropa, que iban renovándose con otros nuevos, a medida que la salubridad lo exigía”: Campero, op. cit., pp. XII-XIII.

147Campero, op. cit., p. 10.

148Neuhaus, op. cit., p. 11.

149Del Mármol, op. cit., p. 101.

150Sater, op. cit.

151Keegan, op. cit., pp. 24-34.

152Del Mármol, op. cit., p. 102.

Recibido: Julio de 2017; Aprobado: Septiembre de 2017

Creative Commons License This is an Open Access article distributed under the terms of the Creative Commons Attribution License, which permits unrestricted use, distribution, and reproduction in any medium, provided the original work is properly cited.