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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.50 no.2 Santiago dic. 2017

http://dx.doi.org/10.4067/s0717-71942017000200491 

Artículos

“Defensores de la humanidad y la civilización”. Las legiones extranjeras de Montevideo, entre el mito cosmopolita y la eclosión de las ‘nacionalidades’ (1838-1851)1

Mario Etchechury Barrera* 

*Investigaciones Socio-Históricas Regionales (ISHIR - Conicet) Rosario, Argentina. Correo electrónico: mario.etchechury@gmail.com

Resumen

En el presente artículo analizamos el reclutamiento de milicias y legiones voluntarias de residentes extranjeros destinadas a la defensa de Montevideo, entre 1838 y 1851, durante la llamada Guerra Grande. Este proceso creó un complejo espacio transnacional que tuvo amplias consecuencias culturales y políticas. Por un lado, para justificar el armamento de la población extranjera, las autoridades locales elaboraron una retórica cosmopolita, presentando a las legiones como símbolos de la lucha por la humanidad y la civilización contra el despotismo y la tiranía universal. Por el otro, la dinámica cotidiana de estas milicias extranjeras generó una intensa conflictividad social entre los combatientes de las diversas “patrias”, amenazando con desatar una “guerra civil” dentro de la ciudadpuerto.

Palabras claves: Montevideo; siglo XIX; enrolamiento transnacional; legiones; extranjeros; cosmopolita; identidades étnicas; guerra

Abstract

The following paper analyzes the recruitment of militias and volunteer legions, composed of foreign residents, in order to defend Montevideo between 1838 and 1851 during the Guerra Grande. This process created a very complex transnational space with considerable political and cultural consequences. On the one hand, to justify the armament of the foreign population, the local authorities plotted a cosmopolitan rhetoric which presented the legions as symbols of the fight between humanity and civilization against despotism and universal tyranny. On the other, the daily dynamics of these militias generated intense social disputes between the combatants of the different “fatherlands”, threatening to provoke a “civil war” inside the city.

Keywords: Montevideo; nineteenth-century; transnational enlistment; legions; foreigners; cosmopolitan; ethnic identities; war

Introducción

En los últimos años las historiografías europeas y estadounidenses han enfatizado el papel central desempeñado por las redes militares y fuerzas de guerra transnacionales en las revoluciones y movimientos políticos del mundo atlántico, desde fines del siglo XVIII en adelante. A través del estudio de la circulación de aventureros, voluntarios, mercenarios, emigrados y agentes diplomáticos informales este corpus ha ido erosionando la visión clásica de la guerra en Occidente, que postulaba un paulatino control administrativo y logístico de los ejércitos, y que habría culminado con la universalización del modelo de conscripción cívica propio de los Estados-nación2.

En el caso del Río de la Plata, la creación de cuerpos de emigrados y la incorporación de efectivos y oficiales de ejércitos europeos fue acompañada por la formación de milicias de residentes extranjeros que llegaron a tejer una auténtica tradición políticomilitar en la región. En esta perspectiva, Montevideo constituye un laboratorio relevante para reflexionar sobre el ejercicio de la representación armada de los súbditos europeos en ultramar, dado que allí, desde fines de la década de 1830, se conjugaron varios tipos de experiencia de alistamiento transnacional, desde levas privadas, unidades de mercenarios y compañías reclutadas por contrato hasta legiones de voluntarios. La ciudad se convirtió en centro de operaciones para numerosos militares, emigrados y aventureros procedentes “de las cuatro partes del mundo” como resaltaba de forma crítica un periódico en 18503. Corsarios y marinos experimentados como Giuseppe Garibaldi, John Coe, Francisco Fourmantin o Bernard Dupuy, jefes y oficiales de prestigio como los generales argentinos José María Paz y Juan Lavalle o combatientes de las guerras carlistas españolas como José Guerra y Manuel de Clemente, por citar unos pocos ejemplos, revistaron en las escuadrillas navales y fuerzas de tierra creadas en el enclave portuario y su Hinterland rural, llegando, incluso, a ocupar puestos de comandancia. A esos nombres más conocidos se sumó una heterogénea “plebe de ultramar” compuesta de marinos, artesanos, jornaleros, colonos y exiliados políticos, que se incorporaron a los cuerpos locales en sucesivas etapas.

Sobre la base de la documentación estudiada, aquí sostenemos que estas fuerzas de guerra crearon un espacio transnacional donde confluyeron –y tomaron nuevos significados– diversas identidades patrias, lealtades políticas e imaginarios culturales y se forjaron lazos asociativos de importancia capital para los inmigrantes en tiempos de guerra4. Lejos de constituir tópico local se inserta en el más vasto problema de las formas de acción política transnacional. En efecto, el enrolamiento de milicias y legiones extranjeras efectuado en Montevideo entre 1838 y 1851 fue acompañado de una retórica cosmopolita, que ponía énfasis en el modo en que las luchas rioplatenses formaban parte de una guerra mayor. Tal como lo ha postulado la historiografía contemporánea, el cosmopolitismo en su vertiente político-militar, es decir, como el conjunto de prácticas e ideas que postulaba la existencia de una lucha global de los pueblos de la tierra por su libertad y autodeterminación en el que debían combatir los “patriotas” de todo el orbe, sin importar su lugar de nacimiento, constituyó un movimiento complejo, pleno de tensiones y cambios internos. Forjado durante las denominadas “revoluciones atlánticas” de fines del XVIII, recurrió a diversas formas de organización supraestatales y se nutrió de varias fuentes ideológicas, destacando el papel inicial de las logias de la francmasonería y la carbonería. Más allá de su laxitud ideológica y organizacional, la idea de una “hermandad” de las naciones por encima de los límites estatales dotó de herramientas políticas y económicas a numerosos grupos de “patriotas” republicanos exiliados, como ocurrió durante las décadas de 1820 y 1830, cuando estas redes internacionalistas alcanzaron su madurez y conectaron a numerosos comités, clubes y congregas de acción política a lo largo y ancho de Europa y América5.

En ese sentido nos apartamos de la visión dominante –sustentada en el caso uruguayo por una vasta historiografía tradicional–6 que ha visto en las legiones extranjeras la traducción lineal y homogénea de tendencias universalistas, como si esos mismos milicianos no fuesen portadores de fuertes identidades comunitarias, marcadas por sus países o regiones de origen, lengua y tradiciones e imaginarios culturales, aspectos que irrumpían en todo momento, a menudo de forma violenta. El cosmopolitismo, que apelaba a la referida hermandad entre pueblos por encima de las patrias o naciones de los combatientes, constituyó en gran medida una estrategia política articulada con suma dificultad por el gobierno montevideano y las oficialidades extranjeras. Estas ideas universalistas fueron, en realidad, un programa fallido, en buena medida ahogado por los conflictos étnicos forjados en el propio mundo social de la guarnición.

En la primera parte del artículo trazaremos un breve panorama historiográfico sobre las modalidades del enrolamiento transnacional en América Latina a lo largo del siglo XIX, intentando realizar un décapage que permita identificar la diversidad de experiencias y situaciones, desde el enganche de mercenarios hasta la contratación de colonosmilitares o la creación de milicias de inmigrantes residentes. En un segundo apartado, analizaremos el modo en que se conjugaron muchas de estas prácticas de enrolamiento de extranjeros en el caso de Montevideo durante la llamada Guerra Grande (1838-1852), un conflicto en el que coexistieron luchas entre “partidos” del Estado Oriental del Uruguay, de la Confederación Argentina y de Rio Grande do Sul, con intervenciones navales y militares de Inglaterra, Francia y del Imperio del Brasil. Desde el inicio de la contienda el ejército montevideano se convirtió en un conglomerado compuesto por libertos, argentinos, franceses, italianos y españoles que a menudo, al momento de crearse las compañías y batallones, se agrupaban siguiendo patrones regionales (catalanes, vascos –españoles y franceses–, canarios, correntinos…). Como veremos en la tercera parte, esta paulatina extranjerización de las milicias y ejércitos montevideanos, por un lado, alimentó la construcción de una retórica y unas prácticas inscriptas en el “voluntariado militar internacional” –así definido por Gilles Pecout–7; mientras, por el otro, propició la paulatina condensación de localismos, patriotismos y “nacionalidades” en constante choque y reconfiguración.

El enrolamiento transnacional en Iberoamérica: Un universo de categorías (y prácticas) híbridas

La incorporación de extranjeros a las fuerzas de guerra iberoamericanas –ya fuesen del Rey o de los Estados-nación– se alimentaba de varias tradiciones políticas y castrenses. Por una parte, se relacionaba con un principio de orden práctico propio de los ejércitos europeos e hispanoamericanos de Antiguo Régimen –aunque en rigor es muy previo– que apuntaba a establecer unidades homogéneas agrupando efectivos tanto por patria como procedencia territorial, como una vía para consolidar fidelidades y establecer cadenas de mando “naturales”. La vieja rutina de los funcionarios militares de la monarquía española de incorporar a los ejércitos a “gente de naciones” –entre los que destacaron los irlandeses– constituyó un claro ejemplo de ese procedimiento, que tuvo su correlato dentro de las fuerzas de guerra francesas, sobre todo desde el siglo XVIII en adelante8. En el contexto de las llamadas “revoluciones atlánticas” se fue consolidando un nuevo tipo de militancia transnacional que, con independencia de descansar en prácticas previas, estaba sustentada en factores ideológicos, en fraternidades políticas que trasegaban los de por sí difusos límites estatales. La creación de legiones auxiliares en las “repúblicas hermanas” durante el Directorio y la posterior inclusión masiva de contingentes extranjeros en la Grande Armée napoleónica representaron un papel clave en la articulación de estas redes internacionales de solidaridad, aunque esa misma práctica también respondía a factores logísticos (disminuir la presión del reclutamiento en el territorio francés o alistar a los numerosos contingentes de prisioneros de guerra de las coaliciones enemigas)9. Movimientos como el filohelenismo –desarrollado en el marco de las luchas por la independencia griega– o la “hermandad entre los pueblos”, que fue enarbolada por diversas agrupaciones durante las revoluciones liberal-democráticas de 1820-1848 y del Risorgimento italiano, impulsaron a miles de combatientes europeos y americanos a abandonar sus territorios de origen para luchar por “causas” internacionales, ya fueren de signo revolucionario, monárquico/legitimista10. En ese sentido, a menudo el enrolamiento y la circulación de milicias internacionales dependió de organizaciones de emigrados exiliados que, partiendo del mundo de la carbonería y las logias masónicas, arribaron a auténticas organizaciones políticas de masas –o con pretensiones de tales– como las promovidas por Giuseppe Mazzini y su círculo de corresponsales políticos en Europa y América11.

Es necesario intentar poner un poco de orden en este universo abigarrado, porque es evidente que se trata de encuadres de naturaleza institucional y política muy diversos. No es lo mismo un mercenario, un colono-militar o un voluntario, aunque en todos los casos se trate de extranjeros que toman las armas en ejércitos o milicias de estados que no eran los propios. Como señalaron Nir Arielli y Bruce Collins en un trabajo esclarecedor, si bien los criterios legales ayudan a identificar algunas de estas formas de servicio militar transnacional, ellas no agotan una realidad muy compleja, sobre todo porque “globalmente, la transición desde sujetos a ciudadanos ha sido gradual y desigual”. El caso de los cipayos de la India o de cuerpos de las monarquías compuestas, como los efectivos eslavos en Austria-Hungría o los soldados irlandeses dentro de los ejércitos británicos, que técnicamente no eran mercenarios, integrarían a priori estas modalidades de enrolamiento “transnacionales”. Se trataría, como refieren los mencionados autores, de “una compleja realidad donde el negro, el blanco y algunos matices de gris coexisten”12.

En los territorios americanos a lo largo del siglo XIX vemos reflejadas varias de estas modalidades. Por un lado, existió un intenso flujo de oficiales y soldados producido por el fin de las guerras napoleónicas en Europa, que coincidió con la movilización militar revolucionaria en Latinoamérica, proceso que articuló un enorme mercado de mano de obra bélica alrededor de las cuencas del Atlántico y el Pacífico. Como consecuencia, miles de efectivos de la Grande Armée se asentaron en las tres Américas y muchos se alistaron como oficiales de los nuevos ejércitos revolucionarios o se dedicaron a empresas civiles, fenómeno de múltiples aristas que ha sido explorado en profundidad –quizá como ninguna otra de estas migraciones militares del periodo– por Walter Bruyère Ostells, Rafe Blaufarb, Cristophe Belaubre y Patrick Puigmal, entre otros13. El fin de las guerras napoleónicas también nutrió de marinerías y comandantes experimentados a las nacientes escuadrillas navales revolucionarias y propició un resurgimiento inédito del corso en la región, aspecto, este último, que demostró ser capital para el reconocimiento internacional de las nuevas entidades políticas posrevolucionarias14. En la misma coyuntura se produjo el arribo a tierras americanas de efectivos contratados o “enganchados” en Europa por agentes especiales. Entre ellos figuran los siete mil combatientes ingleses, irlandeses y “hannoverianos” (que incluían una mezcla de alemanes, polacos, ingleses y prusianos) contratados por los jefes revolucionarios de Venezuela y la Gran Colombia, episodio que ha estudiado con detenimiento Matthew Brown desde una renovada perspectiva socio-cultural15. Las autoridades del Imperio del Brasil engancharon europeos, en particular irlandeses y “alemanes”, mediante operativas de colonización militar llevadas a cabo desde inicios de la década de 1820 por reclutadores profesionales, cuya participación fue activa durante la Guerra de la Cisplatina (1825-1828) contra las Provincias Unidas del Río de la Plata y que resurgiría en 1851-1852, durante los preparativos para el enfrentamiento contra el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas16. México constituyó otro escenario donde, de manera esporádica, se formaron cuerpos extranjeros, como los “San Patricios”, desertores irlandeses de las tropas estadounidenses que en 1846, luego de pasar la frontera, se integraron a fuerzas locales hasta ser disueltos a fines de 184817. Los ejércitos liberales de las décadas de 1850 y 1860 dieron de alta efectivos europeos y estadounidenses e, incluso, en 1865 Giuseppe Mazzini instó a Benito Juárez a instituir una legión republicana europea con base italiana, para luchar contra el invasor francés18. En algunas coyunturas puntuales, estos circuitos alimentaron un entramado de dimensiones globales que puso en movimiento pertrechos, recursos logísticos y hombres a lo largo y ancho del Atlántico. La ocupación francesa de México (1862-1867), junto a la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) y la conflagración de la Triple Alianza contra Paraguay en Sudamérica (1864-1870) crearon un dinámico mercado transnacional de combatientes por donde peregrinaron millares de inmigrantes, aventureros y efectivos desmovilizados, entre los que figuraban italianos, irlandeses, franceses, polacos, alemanes y belgas19.

A medida que la inmigración europea fue asentándose en Latinoamérica surgió otro tipo de reclutamiento extranjero, el de las milicias integradas por súbditos radicados o avecindados que, al momento de tomar las armas, se desempeñaban como artesanos, tenderos, comerciantes y jornaleros y que no necesariamente poseían experiencia militar previa. En ocasiones, estas fuerzas se levantaban a modo de cuerpos cívicos de autodefensa centrados en la figura del voluntario, aunque en ocasiones podían ser creadas mediante enrolamiento forzoso, lo que dependía, entre otros factores, de la presencia de cónsules o representantes acreditados que defendieran los intereses de cada colectivo. Por ello, ese doble carácter de extranjeros y, al mismo tiempo, vecinos que poseían muchos súbditos europeos afincados en ultramar transformó a estas milicias en un campo frecuente de debates diplomáticos acerca de la “neutralidad” que debían guardar los inmigrantes en los conflictos y su derecho o no a portar armas en situaciones de guerra. Aparte del Río de la Plata, que estudiaremos más adelante, en México las autoridades crearon pequeñas guardias de residentes alemanes y franceses en la capital, que operaron entre mediados de 1848 y 1850, modelo que se repetiría más adelante, cuando se formó el “cuerpo de seguridad pública” de 1853, además de existir otros proyectos similares en 1856 y 186520. De forma paralela, las autoridades civiles y militares de varios estados intentaron llevar adelante proyectos de colonización militar, enrolando en Europa o en sus propios territorios a súbditos europeos dispuestos a afincarse en fronteras en expansión, con un doble cometido defensivo y “civilizatorio”. Los ya referidos “alemanes” e irlandeses en el Imperio del Brasil en la primera mitad del siglo XIX y los italianos de la Legión Agrícola-Militar en la frontera meridional de Buenos Aires a partir de la década de 185021 son claros ejemplos de esa política. En esta misma dirección se inscribía el fracasado intento del enviado oriental en París, Melchor Pacheco y Obes, para formar una legión franco-montevideana, que debía integrarse con presidiarios de las barricadas y guardias desmovilizados.

Montevideo y los entramados del reclutamiento transnacional, de las milicias cívicas a las legiones extranjeras (1829-1851)

Las formas de inserción de los extranjeros en las fuerzas de guerra y milicias en ambas orillas del Plata habían suscitado tempranas polémicas desde la década de 1820. Los primeros episodios concretos se llevaron a cabo en Buenos Aires, en abril de 1829, cuando las autoridades locales, tras la crisis política que siguió al fusilamiento del gobernador porteño Manuel Dorrego, convocaron a la formación del que sería el Batallón de los Amigos del Orden, integrado por compañías francesas, italianas y españolas. La abierta oposición del cónsul francés a que sus connacionales participaran de esa experiencia causó un violento altercado diplomático y militar, todavía poco estudiado, pero que puede considerarse “fundacional” de la tradición de milicias extranjeras en la cuenca rioplatense22. En el Estado Oriental del Uruguay la normativa sancionada en abril de 1830 exceptuaba en su conjunto a “los extranjeros”, sin mayor especificación, quedando disponibles junto al resto de los exonerados para revistar en los cuerpos pasivos23. No obstante, el servicio eventual de súbditos franceses en patrullas urbanas de naturaleza miliciana que tuvo lugar en 1829 y 1836, produjo algunos intercambios de notas entre los cónsules y las autoridades locales, demostrando la sensibilidad del tema a la luz de la conflictiva experiencia de Buenos Aires24. El debate sobre este problema se aceleró a partir de 1835, cuando se aprobó y reglamentó la Guardia Nacional y, sobre todo, en 1837, momento en que se discutieron algunas modificaciones de la norma original. En esa oportunidad los representantes polemizaron sobre la conveniencia de incluir a los extranjeros (europeos y americanos) en la nueva milicia, predominando la postura que consagraba la excepción del servicio, salvo para aquellos residentes que no dispusieran de autoridades consulares acreditadas en el país25.

El recrudecimiento de la conflictividad regional a mediados de la década de 1830 agilizó el enrolamiento de inmigrantes y coadyuvó a un paulatino proceso de extranjerización de las fuerzas basadas en Montevideo, que tuvo su ápice durante la llamada “Guerra Grande” (1838-1852). Como es sabido, este rótulo es producto de una construcción historiográfica y política posterior, dado que no hubo un único conflicto, sino una sucesión de frentes de lucha y actores con diversas pretensiones y logísticas. Para algunos autores, el origen de la contienda fue el levantamiento rural iniciado en 1836 por el general Fructuoso Rivera contra su sucesor en la presidencia, el también general Manuel Oribe. Esta pugna propició el reforzamiento de complejas coaliciones regionales entre “bandos” o “partidos” de ambas orillas del Río de la Plata y sirvió de fundamento para los intereses geopolíticos de las autoridades francesas que, desde 1829, venían protagonizando una serie de diferendos con los gobiernos de Buenos Aires, que se agravaron durante el inicio del segundo mandato de Juan Manuel de Rosas (1835-1852). En ese contexto, Rivera, como jefe del denominado “partido” Colorado –opuesto al Blanco, que se conformó alrededor del liderazgo de Manuel Oribe26– estableció fuertes vínculos con emigrados antirrosistas, muchos de ellos identificados con el grupo unitario, que se habían ido radicando en el Estado Oriental del Uruguay, así como con militares de la facción farrapa de la provincia de Rio Grande do Sul, que entre 1835 y 1845 encabezaron un movimiento republicano de corte separatista contra el centro político de Rio de Janeiro. Mientras tanto, Manuel Oribe afianzó sus relaciones con el círculo político federal, que se consolidó alrededor de Juan M. de Rosas y varios de sus aliados provinciales. El conflicto se agravó aún más cuando las autoridades francesas, alegando daños y perjuicios a sus súbditos, decretaron el bloqueo al puerto de Buenos Aires (1838-1840) y comenzaron a apoyar a los diversos grupos antirrosistas, brindando soporte material y logístico a varias expediciones e incentivando el armamento de sus súbditos en Montevideo. Luego de que en octubre de 1838 la revolución riverista triunfara en el terreno militar, Manuel Oribe renunció al poder y, junto a un contingente de oficiales y políticos de confianza, emigró a Buenos Aires, donde fue designado por Rosas como comandante del Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina. Esta fuerza realizó una sangrienta guerra de “pacificación” por las provincias del interior de la Confederación que, en ese momento, desafiaban el liderazgo del gobernador porteño. Luego de esta campaña, que se coronó en diciembre de 1842, con la derrota de una coalición de tropas antirrosistas comandadas por Fructuoso Rivera en la batalla de Arroyo Grande (provincia de Entre Ríos) el Ejército Unido puso sitio a Montevideo (febrero de 1843) y, tras varias alternativas, logró controlar casi todo el territorio del Estado Oriental. Asimismo, Oribe estableció en el campamento sitiador una suerte de administración estatal propia –el denominado Gobierno del Cerrito, que incluyó su propio puerto y aduana–. De manera simultánea, las autoridades de la denominada “defensa de Montevideo”, apoyadas por las armadas de Francia e Inglaterra, se vieron reducidas al perímetro demarcado por las murallas y trincheras de la ciudad, funcionando como una ciudad-Estado a lo largo del extenso asedio, que fue levantado recién en octubre de 1851. En ese momento una colación político-militar formada por efectivos de Brasil, Entre Ríos y Montevideo obligó a Manuel Oribe a disolver el Ejército Unido y poco después triunfó sobre Manuel de Rosas, en la batalla de Monte Caseros (3 de febrero de 1852)27.

La movilización militar de Montevideo atravesó dos grandes fases a lo largo de la Guerra Grande: la primera transcurrió entre julio y diciembre de 1839, cuando fuerzas federales al mando del entrerriano Pascual Echagüe ingresaron al territorio oriental, siendo derrotadas en la batalla de Cagancha (29/12/1839). La segunda, se desarrolló aproximadamente entre mayo de 1842 –momento en que se esparció el rumor de una inminente incursión directa desde Buenos Aires– y la invasión del Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina al mando de Manuel Oribe, ocurrida a fines de ese mismo año, episodio que culminó con el ya referido asedio a Montevideo. Grosso modo y para resumir con brusquedad un proceso complejo y sinuoso de movilización militar, entre septiembre de 1839 y julio de 1843 fueron implementados y recreados por las autoridades montevideanas unos veintiocho cuerpos, en su mayor parte milicianos, que incluyeron desde guardias urbanas compuestas por jóvenes “del comercio y del foro” hasta milicias de artesanos, empleados y jornaleros, pasando por compañías de extranjeros enganchados, escuadrones de lanceros nacionales y piquetes de morenos libres.

Desde ya muchas de las fuerzas creadas durante ese lapso de poco más de cuatro años fueron licenciadas transcurridos los momentos de mayor alarma, algunas apenas pasaron de ser proyectos y solo unas pocas perduraron tiempos prolongados, por lo que los estados de fuerza reflejan vértices dentro de cada ciclo, sin que podamos hablar de una acumulación o sedimentación de fuerzas. De igual modo, más que soldados de línea se trataba de “ciudadanos en armas” que restringían su servicio a la defensa de la ciudad, con nula o escasa experiencia de combate e irregular armamento: más del 90% de los efectivos alistados en 1839 y un 71% de los de febrero de 1843 integraban cuerpos voluntarios, guardias nacionales o milicias urbanas, entre otros encuadres similares. En esta última fecha, solo los batallones de línea integrados por libertos manumitidos a partir de diciembre de 1842 –unos mil ochocientos efectivos iniciales– y algunos escuadrones de caballería eran considerados por los comandantes de la guarnición de Montevideo como auténticos soldados28.

El proceso de movilización armada puede ser sintetizado a partir de algunas cifras globales: si a comienzos de 1838, cuando todavía gobernaba Manuel Oribe, la guarnición de la capital disponía de unos mil ciento cuarenta hombres armados, para septiembre de 1839 esa cifra había alcanzado los dos mil seiscientos ochenta efectivos, llegando en febrero de 1843, en el cenit de la movilización, a unos seis mil quinientos combatientes, cuando ya se había constituido un ejército de reserva para la defensa de la capital29. Por lo mismo, fue entre 1839 y 1843 que se desarrollaron los proyectos de enrolamiento de extranjeros de mayor envergadura30. Por entonces, la ciudad-puerto reflejaba la hegemonía demográfica y mercantil europea: entre 1835 y 1842 habían arribado más de treinta y tres mil inmigrantes europeos –según otras fuentes unos cuarenta y ocho mil–lo que supuso un cambio abismal en la demografía del Estado Oriental, cuya población total en 1835 se estimaba en apenas 128.371 habitantes31. De los poco más de treinta y un mil habitantes de la ciudad censados en 1843, cuando el asedio comenzó, 5.324 eran franceses, 4.205 italianos, 3.406 españoles, 2.553 argentinos, 659 portugueses, 606 ingleses, 492 brasileros, 49 estadounidenses, 76 hispanoamericanos, 183 de “otros estados europeos” y 861 “sin patria conocida”, a los que se sumaban 1.344 africanos. Con todo, la población rotulada como “Nacional” u oriental apenas ascendía a 11.431 habitantes32.

En ese entonces el puerto montevideano ya servía de refugio y centro logístico para numerosos “emigrados” políticos y militares que habían alcanzado una posición relevante en la prensa escrita, en el gobierno y en las oficialidades. Entre ellos destacaba una dinámica comunidad de argentinos33 que se enrolaron en el ejército de operaciones de Fructuoso Rivera y en la “legión libertadora” del general Juan Lavalle34. No es casual entonces que, ante la invasión de Echagüe, entre las primeras iniciativas de milicias extranjeras figurara la de un grupo importante de emigrados antirrosistas proscriptos que en septiembre de 1839 ofrecieron al gobierno organizar una legión argentina destinada al servicio urbano que, sucesivamente reorganizada y recreada a lo largo del periodo, combatió en la ciudad hasta su retiro y disolución en abril de 184635. En la misma circunstancia de 1839 el cónsul francés Raymond Baradère, en combinación con el almirante Leblanc y el enviado Buchet de Martigny, ordenó el desembarco de un contingente de cuatrocientos marinos, realizando un llamamiento a los súbditos residentes para armarse y colaborar bajo el pabellón de su país en un cuerpo de voluntarios franceses creado al efecto36. Básicamente se trataba de una fuerza miliciana incentivada y controlada por los agentes metropolitanos con el visto bueno de las autoridades de la capital, que fue desmovilizada al desaparecer la amenaza de la invasión de Echagüe, algo muy diferente a lo que ocurriría en abril de 1843 con la creación de la legión francesa, que desde sus inicios se enfrentó con el cónsul de turno.

Esta modalidad de reclutamiento extranjero se aceleró a medida que la contienda se fue prolongando. Surgieron así unidades mixtas o “híbridas”, es decir, que, si bien operaban en pie de igualdad con el ejército de línea, revistando en el frente, conservaban algunos privilegios propios de cuerpos cívicos como, por ejemplo, no salir de la ciudadpuerto o elegir a sus oficiales, aspectos establecidos en contratos específicos que, además, reglaban el tiempo y las condiciones materiales del servicio.

En el inicio del segundo ciclo de movilización, en mayo de 1842, el ministro de Guerra y Marina autorizó la formación del batallón vasco-navarro de Los Aguerridos, comandado por el veterano de las guerras carlistas españolas José Guerra. Este cuerpo constituyó un claro ejemplo de confluencia entre el interés estatal del reclutamiento y los negocios de transportistas de colonos de ultramar encabezados en esta oportunidad por la casa de Genaro Rivas, que controlaba parte de los circuitos de introducción de inmigrantes vascos. A cambio del pago de los pasajes, estos empresarios aceptaban poner los contingentes transportados desde la Península a disposición del gobierno para integrar un cuerpo que, si bien mantuvo autonomía y fue comandado por connacionales designados por el propio coronel Guerra, al mismo tiempo operó como una fuerza de línea de carácter permanente, a la que se debía vestir, alimentar y pagar hasta el fin de la contienda37. Otro proyecto análogo fue el Batallón de Voluntarios de la República –que apuntaba a reclutar italianos y franceses– elevado a las autoridades en junio de 1842 por el capitán Giacomo [Jacobo] Gie. De acuerdo con las bases convenidas, sus combatientes serían vestidos y armados por el Estado, prestando servicio activo “a la par del Ejército de línea y en cualquier puesto donde la autoridad lo destine” mientras durara el conflicto. Para ello cada voluntario recibiría una onza de oro al engancharse, además un sueldo, acordándosele premios y exoneraciones impositivas de acuerdo con su graduación, mientras que el capitán Giacomo Gie exigía para sí el reconocimiento de su grado y una gratificación inicial de quinientos pesos. Si bien al momento de concretarse el acuerdo ya se habían enganchado más de setenta voluntarios, para que las condiciones se cumplieran el gobierno había exigido un piso de doscientos reclutas en un mes, de lo contrario los ya alistados revistarían en el mencionado batallón de Los Aguerridos38. En febrero de 1843, ya con el Ejército Unido de Vanguardia de la Confederación Argentina sitiando la capital, el gobierno montevideano aceptó otra oferta de Louis Drouart y A[andré?] Barriere para alistar un batallón de voluntarios franceses de quinientas plazas, mediante un contrato similar al de Giacomo Gie, por el cual los enrolados recibirían sueldos, vestimentas, raciones y gratificaciones, prestando servicio hasta la firma de la paz. Si bien el contingente –designado como Voluntarios de la Libertad– sería integrado al Ejército, se acordó que solo se desempeñaría dentro de la ciudad, repitiendo así el esquema “mixto” de un cuerpo de línea que negociaba condiciones de servicio propias de una milicia urbana39.

A pesar de desconocer lo sucedido con los Voluntarios de la República, pues no figuran en los posteriores estados de fuerza relevados hasta ahora, lo acontecido con Los Aguerridos vasco-navarros y con los Voluntarios de la Libertad franceses nos permite afirmar que las compañías particulares bajo un régimen de alistamiento similar al del ejército de línea arrojaron resultados bastante negativos para los defensores de Montevideo. Además de prestar un servicio reducido, dado que fuera de sus pretensiones iniciales no pasaron de ser alineaciones menores, sus integrantes elevaron constantes reclamos por pagas atrasadas, reflejo de la debilidad de las finanzas públicas. Tras varios incidentes de este tipo en febrero de 1843 la mayor parte del contingente vasco-navarro terminó por desertar al campo enemigo, donde fue amalgamado a otros efectivos de similar procedencia para formar el Batallón de Voluntarios de Oribe, que en los hechos se transformó en una suerte de “legión española”. El cuerpo comandado por Luis Drouart y Barriere atravesó por un proceso de erosión similar. En mayo de 1843 el general José M. Paz, Jefe de Armas de la ciudad, anunciaba el “desorden” de los Voluntarios franceses “á causa, según dicen los sediciosos de no cumplirles el contrato que hicieron al t[iem]po de sus enganches”, situación que había aparejado la negativa a prestar servicio en la línea, amenazando con desmoralizar al resto de las tropas40. Luego de ser disuelto, varios de sus efectivos se integraron a la Legión Francesa, que había comenzado a reclutarse en abril del mismo año.

La suerte de los enganchadores privados fue irregular. Que sus carreras no siempre estuvieron cubiertas de éxito lo demuestra el itinerario del propio Louis Drouart, un emigrado francés que comenzó a revistar en los ejércitos riveristas en 1836. Como se desprende de otros documentos fragmentarios, después de la disolución de los Voluntarios de la Libertad, en enero de 1844 Drouart requirió pasaporte gratis para retirarse a Rio Grande do Sul “no pudiendo vivir mas en la miseria y no pudiendo tampoco obtener una colocacion”41. Años más tarde, en marzo de 1849, se presentó en el consulado oriental de París, uniformado y muñido con sus antiguos despachos de teniente coronel, solicitando carta de ciudadanía, que le fue denegada por el enviado diplomático José Ellauri tras indagar en sus conflictivos antecedentes42. De acuerdo con los datos aportados por Caludio Braconnay, una vez de regreso a Montevideo reapareció en los despachos ministeriales en 1869, solicitando, sin éxito, su reconocimiento como coronel43.

Si la mayor parte de estas compañías no pasaron de ser cuerpos menores y sin mayores consecuencias políticas, desde el establecimiento del sitio a Montevideo, a mediados de febrero de 1843, se generaron las primeras reacciones masivas por parte de la población extranjera de la capital, que condujeron a un armamento cuya magnitud abrió la puerta a un nuevo tipo de encuadre, el del voluntariado. El temor de muchos extranjeros, de verse reducidos a la ciudad amurallada y expuestos a posibles represalias en caso de entrada del enemigo, dieron pie a reclamos de armas para la autodefensa. Las autoridades navales y consulares francesas de Montevideo habían pretendido seguir el plan puesto en práctica en septiembre de 1839, vale decir, desembarcar un núcleo de marinos a cuyo alrededor se formarían los súbditos armados, distribuidos en la ciudad a lo largo de diez postas defensivas. Sin embargo, ese diseño controlado de milicia autodefensiva, elaborado en febrero de 1843, fue desbordado por reclamos de mayor energía que chocaban con la política de neutralidad del gobierno francés. El 1 de abril comenzó a observarse una intensa movilización popular en calles, barracas de comercio y teatros, llamando a una acción frontal contra el enemigo, reuniones que continuaron los días siguientes. Mientras tanto, en la misma fecha, desde el campamento sitiador Manuel Oribe dirigió una circular a los representantes consulares europeos radicados en Montevideo, que terminó de polarizar la situación. En este documento –que la historiografía clásica ha situado como el parte-aguas, que aceleró la militarización de los súbditos europeos– el comandante del Ejército Unido, invocando su condición de Presidente legal de la República, afirmó:

“[…] no respetará la calidad de estrangero, ni en los bienes ni en las personas, de los subditos de otras Naciones que tomaren partido con los infames rebeldes Salvages unitarios, contra la Causa de las Leyes que el infrascripto y las fuerzas que le obedecen sostienen, sino que serán considerados tambien en tal caso como rebeldes salvages unitarios y tratados sin ninguna consideracion”44.

Tras la enérgica respuesta del comodoro inglés John Brett Purvis, Manuel Oribe debió matizar y contextualizar sus intimidaciones45, pero el documento original fue criticado y dio pie a nuevos reclamos de los súbditos ingleses en demanda de la protección de su estación naval, sirviendo, además, al gobierno montevideano como ejemplo de la “barbarie” que esperaba a los inmigrantes en caso de no alistarse46. En este contexto de efervescencia popular Le Patriote Français, periódico surgido en febrero de 1843, en pleno ciclo de movilización, se transformó en el principal promotor del armamento de los residentes europeos, criticando la pasividad del cónsul Theodore Pichon cuando este, siguiendo indicaciones expresas procedentes de París, decidió reafirmar el principio de neutralidad en la contienda rioplatense47. En sus columnas aparecieron entusiastas llamados a la población francesa y a los norteamericanos, ingleses, saboyardos, piamonteses e italianos para que llevaran a cabo una “toma de armas general sin ridículas distinciones de clase o de posición”48. Una nota elevada al jefe político y de policía de Montevideo por varios súbditos franceses fechada el 1 de abril señalaba que ya estaba todo dispuesto para el alistamiento de los extranjeros, faltando solo la autorización oficial y las armas49. No fue casual que, considerándose abandonados por sus propias autoridades, los súbditos franceses recurrieran al general José María Paz para ofrecerle sus servicios como ciudadanos en armas. En ese contexto, durante los diez primeros días de abril, con autorización del gobierno, se formó una legión de voluntarios franceses –que incluía un batallón de vascos– y una legión italiana, que se unieron a la ya creada Legión Argentina, todos ellos considerados como “cuerpos auxiliares” del ejército de línea de la capital. Los españoles (término que solía incluir a colectivos bastante diferenciados entre sí, como los canarios, vascos y catalanes) no se agruparon en un destacamento propio, teniendo en cuenta que no pudieron hacer valer su calidad de extranjeros hasta fines de 1845, cuando arribó a Montevideo Carlos Creus, primer representante diplomático de la Península. Hasta ese momento, numerosos súbditos isleños y peninsulares –en especial colonos canarios– habían sido enrolados de forma compulsiva dentro de las compañías de Guardia Nacional como si se tratara de ciudadanos legales y, por lo que sabemos, pudieron tejer allí sus propias redes de sociabilidad militar. Asimismo, el grueso de la artillería de la plaza estuvo conformado en un inicio por españoles50.

Por sus dimensiones y repercusiones políticas, es el proceso de creación de las legiones francesa e italiana, concretado como queda dicho en los primeros días de abril de 1843, el que permite analizar en filigrana el modus operandi de los dispositivos de enrolamiento y cómo a partir de ellos se crearon densos entramados sociales y políticos. Aquellos súbditos que disponían de posibilidades materiales y de prestigio social o que habían desempeñado con anterioridad carreras militares convocaron a sus compatriotas a concurrir a diversos espacios de sociabilidad –bares, comercios, juegos de pelota, cafés– que fueron empleados como centros para el alistamiento51. El veterano marsellés Jean-Chrysostome Thiébaut (1790-1851), exoficial napoleónico, se consolidó como líder del nuevo cuerpo. Exponente típico de los peregrinajes posteriores a la disolución de la Grande Armée, había combatido en la década de 1820 en España en las filas de la Légion de la Liberté, emigrando después a Portugal, Inglaterra y, en 1828, al Imperio del Brasil, donde se dedicó con irregular éxito a emprendimientos comerciales, hasta recalar en Montevideo, donde obtuvo un considerable capital52.

Aunque otros oficiales procedían del ejército de línea francés, entre los que destacaban Hugon y Ribet53, el diseño general sugiere que las compañías –como ocurría con el resto de las milicias– se reunieron siguiendo criterios barriales, vínculos de amistad o dependencia laboral. La naturaleza autogestionada de creación de compañías de la legión francesa y sus órganos internos –hospital, armería, banda de música– es un claro ejemplo de ello. Entre los numerosos avisos publicados por Le Patriote Français, principal órgano empleado por los impulsores de la legión con este cometido, figuran las convocatorias del capitán Raimond, encargado de reunir a los miembros de la 3ª compañía junto al café El Inmortal, la de Pélabere, jefe de la 2ª, que recibía candidatos en su domicilio, lo mismo que Aubriol, capitán de la 1ª compañía54. De la misma manera, Senateur Rosuiller anunció la formación de una compañía en el café de la Cocarde55 mientras Poyseinjean aceptaba inscripciones para la 1ª compañía de voltíjeros, cuyas armas se retiraban en el Estaminet Français de M. Jérome56. La artillería fue montada siguiendo una pauta análoga. Para ello, Joachin Bernard comunicó que admitiría inscripciones en su domicilio y en su establecimiento comercial, donde los interesados recibirían una prima de enganche y “tomarían conocimiento de las ventajas que les son ofrecidas”, tratativas a las que se sumó Alazard, quien se ocupó de crear otra compañía auxiliar de la misma arma en la casa comercial de Estévez, frente al café Uruguay57. El sostén material y alojamiento de algunas de estas compañías en buena medida dependió de sus propios capitanes, al menos en los inicios, hasta que las autoridades pudieron establecer cuarteles y un sistema de abastecimiento de raciones: en septiembre de 1843, el citado Rosuiller demandaba al jefe político de la ciudad ser exonerado del pago de la renta de la casa que habitaba con gran parte de la compañía que había creado, a la que, incluso, preparaba la comida, situación similar a la de Dominico Dulac, capitán de los tiradores del 2° batallón, que brindaba alojamiento y alimentaba a cuarenta hombres en una casa alquilada58.

En el caso de los vascos-franceses, que desde un comienzo formaron una unidad autónoma dentro de la legión, varias figuras del medio local, que habían colaborado en el montaje de las compañías, se dividieron los votos, recayendo el comando en Juan Bautista Brie de Laustan, poderoso comerciante vinculado al transporte de colonos59. Si bien en adelante la legión recibiría armas, raciones y vestimentas del gobierno, su naturaleza revestía un carácter enteramente voluntario y miliciano de “cuerpo auxiliar”, inspirado en parte en el modelo de la Garde Nationale. No obstante, según Joseph Lefèvre, Jean-Chrysostome Thiébaut logró imponer un autoritario control sobre el bureau de administración de la legión, disminuyendo el carácter deliberativo del cuerpo60. Del mismo modo se pusieron en práctica mecanismos de coerción indirecta –practicados tanto por el gobierno como por los propios oficiales de la legión– que buscaron incentivar el alistamiento y asegurar la permanencia de los combatientes. Este fue, sin duda, el batallón más poderoso de la guarnición, llegando a reunir en algunos momentos más tres mil efectivos, a pesar de que los números fluctuaron mucho a lo largo del asedio, incluso, mes a mes, llegando a descender a 1.134 efectivos en marzo de 1850, mientras que el regimiento vasco-francés osciló entre los seiscientos y cuatrocientos milicianos61.

El proceso de reclutamiento de la Legión de Voluntarios Italianos, que siguió una vía análoga, parece haber sido, en cambio, bastante más conflictivo. La primera referencia documentada de un proyecto para estructurar una milicia nacional de ese origen remite a un petitorio elevado al ministro de Guerra y Marina el 1 de abril de 1843, firmado por Francesco Cassana, Giacomo Danuzio, Francesco Molinari, Pablo Giusti, Gioballa Saboja, Franceso Brian y Luigi Dellongo, que integraban una comisión organizadora. Los signatarios proponían “al Superior Gob.no d esta Republica tomar las armas en defensa de su causa, e invitar a nuestros compatriotas a seguirnos voluntariamente”. Para ello establecía una serie de condiciones propias de las milicias urbanas, que incluían la circunscripción del servicio dentro de la línea defensiva, el licenciamiento tras la finalización de la guerra, el goce de las mismas pensiones “que sean concedidas a los demas estrangeros que tomen las armas” y un pago y raciones iguales a los acordados a los voluntarios franceses62. Finalmente, un decreto del Ministerio de Guerra y Marina del 9 de abril autorizó la propuesta, con la condición previa de que se debía reclutar al menos cien efectivos “[…] los cuales gozaran del sueldo, vestuario, racion y premio del Ejto. de la Republica a cuyas ordenes estaran sujetos […]”63. La organización militar de la legión se basó en una división entre un grupo de combatientes estables denominados “velitos” –en probable alusión a la infantería ligera de la Roma clásica– que permanecían acuartelados, y los simples legionarios, que debido a sus ocupaciones solo concurrían a formar a las cinco de la tarde, cuando se pasaba lista y se daban las órdenes generales64. Según estas coordenadas se instituyeron diversos puntos de enganche en la ciudad y fueron designados varios “capi di sezione” para facilitar el enrolamiento, siguiendo en este aspecto un modelo similar al francés65. La naturaleza colegiada del comando y el accionar de varios jefes enfrentados desestabilizaron el funcionamiento de la legión desde sus inicios66. A diferencia de los voluntarios franceses aquí no existía un líder nato, exceptuando a Giuseppe Garibaldi, que en los comienzos solo se ocupó de modo parcial del comando, abocado como estaba a las operaciones de la escuadrilla naval67. Para mayo de 1843, según consta en el diario interno llevado por el cuerpo, se había desatado una “Guerra abierta entre los diferentes capos y legionarios de las 3 divisiones”, que amenazaba con disolver la milicia. Ese clima se acentuó cuando dos divisiones y una compañía se negaron a prestar servicio, en mayo de 1843, aduciendo no haber recibido sus raciones y disponer de pocas municiones, lo que provocó una fuerte crisis interna. En respuesta, el impulsivo ministro de Guerra y Marina, Melchor Pacheco y Obes, destituyó y degradó a varios jefes y designó a Guiseppe Garibaldi como comandante, compartiendo en un inicio su puesto con Angelo Mancini. El modo que encontró Giuseppe Garibaldi, de terminar las disensiones internas y disciplinar a los milicianos, fue convocar al veterano combatiente Francesco Anzani, que se encontraba en Buenos Aires, considerándolo “el único capaz de organizar el batallón”. La medida profundizó la ruptura entre sus partidarios y los del coronel Mancini –muchos de los cuales desertarían a principios del año siguiente– pero dotó de mayor estabilidad al cuerpo68. A lo largo del sitio, la legión, que había llegado a disponer de alrededor de setecientos milicianos en su mejor momento, para descender a poco más de trecientos en diciembre de 1850, se desempeñó como un cuerpo “anfibio”, realizando operaciones fluviales y terrestres, incluso, extensas campañas fuera de Montevideo.

Con independencia de estos mecanismos normales seguidos por las dos legiones, el enrolamiento también tomó otras vías más coactivas que ponen en tela de juicio la naturaleza exclusivamente voluntaria del alistamiento y nos alertan sobre las líneas políticas que comenzaron a escindir a las comunidades extranjeras, rompiendo con el estatus de neutralidad que hasta ese momento habían invocado los extranjeros en situaciones de guerra. A estos efectos, el cónsul Pichon denunció a poco de comenzada la movilización que algunos agitadores franceses, entre los que aparecía “un tal Recoeur” transitaban las calles instando a sus connacionales a armarse “declarando á los que se rehusaban qe pronto se les obligaría a ello”69. El cónsul francés reclamó en varias ocasiones por el encarcelamiento de súbditos que habían pretendido salir del batallón, señalando que algunos legionarios secundaban a la policía en la tarea de exigir los comprobantes de empadronamiento a sus compatriotas70. Por otro lado, una vez que se ingresaba a una compañía el abandono del servicio acarreaba sanciones, al menos para el honor y el “buen nombre” de los implicados. Cuando las legiones italiana y francesa, en el marco de un acto público de apoyo al gobierno realizado en octubre de 1843, dieron a sus efectivos la posibilidad de abandonar filas, los once italianos que se atrevieron a dar un paso al frente “fueron envestidos por gritos de furor y menosprecio de toda la Legión indignada”, debiendo interceder el ministro de Guerra y Marina que “repitio á todos que esos individuos estaban perfectamente en su derecho porque así lo había prometido y era la voluntad del Gobierno”71. Este tipo de procedimientos coactivos se reflejó asimismo en la decisión tomada por Jean-Chrysostome Thiébaut de publicar en Le Patriote Français las listas nominales con los “tránsfugas” que habían desertado o “depuesto las armas junto al cónsul”, como una manera de deshonrar el nombre de los que abandonaban filas, decisión que despertó reservas de los propios residentes franceses72.

A su vez, las autoridades buscaron incentivar el armamento mediante varias disposiciones que, de forma indirecta, reducían los márgenes de acción de los súbditos europeos, por lo que fueron rotuladas por el cónsul Theodore Pichon como coercitivas73. Entre otras medidas, un decreto del 4 de marzo de 1843 gravó con una tasa semanal las casas de comercio extranjeras que desearan permanecer abiertas, entendiendo que no era justo que mientras unos se encontraban en la línea “los que se llaman neutrales permanecen tranquilos en sus tiendas y talleres, vendiendo y traficando”. Cuando la formación de las legiones estaba encaminada, una nueva medida exoneró de esta carga a “Todo extrangero enrolado para la defensa de la Capital”74. El gobierno se valió, además, de alicientes materiales a los voluntarios franceses e italianos, concediendo premios en tierras y cabezas de ganado por medio de una ley de mayo de 1843. Un proyecto similar buscó extender estos beneficios a los voluntarios argentinos y españoles, aunque en este caso no consta que fuera aprobado75. Theodore Pichon, cada vez más enfrentado a las autoridades locales, exigió el licenciamiento de los legionarios, prohibió el uso de los colores franceses y empleó varios medios indirectos para disminuir al máximo el enrolamiento, incluyendo la distribución de sumas de dinero entre los potenciales reclutas. Por último, para evitar un enfrentamiento diplomático de mayor envergadura, en abril de 1844 las autoridades acordaron “nacionalizar” a los voluntarios, que renunciaron a la ciudadanía francesa, para tomar de allí en más el nombre de 2ª Legión de Guardia Nacional76.

Visto el panorama cabe preguntarse si la organización de legiones por nacionalidad o patria expresó la traducción al mundo de las milicias de unas identidades colectivas preexistentes o, por el contrario, si fue el alistamiento dentro de esas legiones el que ejerció un efecto amalgamador sobre las diversas patrias históricas, coadyuvando a “transformar” a genoveses en italianos y a vascos, bearneses y gascones en franceses. Aunque una respuesta, siquiera aproximada, requeriría de nuevas indagatorias –y fuentes– que permitieran descender a cada uno de los grupos extranjeros que participaron de la contienda, pueden ensayarse algunas conjeturas apoyadas en evidencia fragmentaria.

En primer lugar, es probable que la militarización de la población extranjera de Montevideo influyera en el doble proceso de politización y condensación de estereotipos nacionales que en otras ciudades-puerto, como Buenos Aires, se desarrolló a partir de la década de 1850, a través de asociaciones y entidades civiles, como sugirió en su momento Grazia Dore77. Ahora bien, un estudio más detenido confirma que las legiones extranjeras no fueron organizaciones cultural y socialmente homogéneas –lo que se evidenció en el proceso de reclutamiento– ni las motivaciones que tuvieron sus milicianos para alistarse fueron similares, todo lo que impide trazar líneas simples entre militarización y nacionalización. Sin duda, el principio de origen de los combatientes tomado como base de organización de cada cuerpo coadyuvó a recubrir bajo rótulos genéricos unas identidades previas que con la guerra adquirieron nuevas connotaciones. En cuanto a la legión comandada por Giuseppe Garibaldi, el esfuerzo por crear una conciencia de italianidad entre los emigrados estuvo presente desde un comienzo como parte de un proyecto político de “regeneración nacional” muy preciso, apadrinado desde Europa por Giuseppe Mazzini y que tenía a Giambattista Cuneo como representante rioplatense más connotado. Por su parte, las proclamas del coronel Jean-Chrysostome Thiébaut, convocando al armamento de los franceses, también oscilaron entre unas referencias comunes sintetizadas en las gestas de la Revolución – y sobre todo del imperio– que funcionaban como un poderoso aglutinante, y alusiones concretas a bearneses, gascones, normandos, bretones y vascos –a quienes se dirigió en varios artículos escritos en euskera– demostrando, así, que el haz de identidades regionales poseía cierta robustez dentro de la comunidad gala. Donde más clara quedó expresada esa dificultad fue en el colectivo vasco-francés, integrado como cuerpo autónomo dentro de la Legión Francesa. Allí parece haber pesado más el patriotismo regional –alimentado de numerosas acusaciones de malversación elevadas por los oficiales vascos contra Jean-Chrysostome Thiébaut–, que terminó por generar un desgajamiento bastante conflictivo en abril de 1845, cuando los efectivos vascos se escindieron para funcionar como regimiento de cazadores78.

La misma naturaleza comunitaria del armamento extranjero se expresó en la articulación de redes de solidaridad que se abocaron a colaborar con los voluntarios mediante bailes, funciones teatrales improvisadas por compañías italianas y francesas, y suscripciones públicas. Varios comerciantes, comisiones de damas, médicos, farmacéuticos y armeros ofrecieron sus servicios –a menudo de modo gratuito– en el marco de iniciativas que dieron lugar, por ejemplo, al hospital y armería de la legión francesa79. La integración de estas milicias posibilitó a muchos extranjeros acceder a recursos materiales y redes de solidaridad interétnicas fundamentales en tiempos de desempleo y escasez de alimento. Además, gozaron de ciertos privilegios y recurrieron al patronazgo de sus jefes en busca de protección. Son numerosas las notas de Giuseppe Garibaldi intercediendo a favor de combatientes y paisanos, ya fuere para solicitar exenciones en tasas matrimoniales, agilizar pleitos de la órbita civil, solicitar la liberación de prisioneros o la disminución de castigos y recomendar a individuos ante las autoridades públicas80. El Estado mayor de la legión francesa fue más lejos, ofreciendo a sus compatriotas atender en todas las reclamaciones presentadas ante la justicia, policía y gobierno locales, cumpliendo así tareas propias del Consulado cuando Theodore Pichon lo abandonó a comienzos de 1844, a raíz del conflicto por el armamento de sus súbditos81. Por otro lado, en el contexto de crisis económica que caracterizó a varios tramos del sitio, las autoridades proporcionaron vituallas diarias –y a menudo habitaciones– a las familias de los legionarios: hacia 1845 el 25% de los individuos racionados dentro de la legión italiana pertenecían al rubro “familias” y la cifra aumentaba en mucho dentro de la legión francesa y del regimiento de los cazadores vascos, oscilando en esa misma fecha entre el 43% y el 53% del personal total racionado, respectivamente82. Incluso, por lo que sugieren algunos documentos, los hospitales de las legiones fueron empleados para brindar atención a numerosos no combatientes: en apenas ocho meses de actividad Juan Bautista Siffudi, médico de la entidad italiana, atendió a seiscientas familiares de milicianos83. En 1844 otro activo miembro de la comunidad local, el ya mencionado Giambattista Cuneo, instaló una scuola italiana gratuita para hijos de legionarios, siguiendo el modelo de Giuseppe Mazzini84 y desarrolló empresas periodísticas como Il Legionario Italiano (1844, 1846) –al que había precedido en 1842 L'Italiano–, que buscaban “nacionalizar” a los inmigrantes de ultramar. En una línea similar puede colocarse al citado Le Patriote Français (1843-1851) de tendencia republicana, que en los hechos funcionó como el principal órgano de la comunidad francesa local, dando amplia difusión a las órdenes diarias y documentos públicos emitidos por la oficialidad de la legión francesa. Ante esta variedad de funciones –que sobrepasaron los cometidos militares– se puede afirmar que en muchos aspectos las legiones extranjeras constituyeron una modalidad de asociacionismo étnico antes de que surgieran entidades civiles específicas como Unione e Benevolenza, en la década de 185085.

Empero, y con esto pasamos a la segunda parte del problema, estos intentos por afirmar los vínculos de “camaradería nacional” se combinaron con la existencia de una base social muy heterogénea dentro de cada batallón. Ambas legiones se transformaron en auténticas “bombas de succión” de milicianos y refugio de desertores de múltiples procedencias –incluyendo las marinas y estaciones navales–, desdibujándose así la idea de un reclutamiento por fronteras nacionales, algo que se manifestó en la legión francesa, cuyos jefes fueron amonestados en repetidas oportunidades por dar lugar en sus filas a todo tipo de combatientes86. Incluso, en su interior llegó a funcionar una compañía al mando del italiano Giovanni Battista Berutti dedicada a “seducir” a sus paisanos para que se pasaran desde la legión garibaldina, con el pretexto de que allí recibirían mejores vestuarios y raciones, práctica que contaba, al parecer, con el visto bueno de Jean C. Thiébaut87. Más allá de estos episodios puntuales, el traspaso interno de legionarios parece haber sido continuo, por lo que no es de extrañar que para 1845 algunas fuentes sostuvieran que una tercera parte del Regimiento de Cazadores Vascos estaba compuesta de gallegos, catalanes y portugueses, algo similar a la legión francesa88. La legión italiana también fue afectada por esta dinámica, atravesando un paulatino proceso de “españolización” que, si ya era visible a mediados de la década de 1840, para diciembre de 1850 había alcanzado grandes proporciones: del total de trescientas plazas computadas en diciembre de ese año nada menos que la mitad eran “Canarios y Españoles pescadores que sirven para disfrutar de la racion”, por lo que casi no había “verdaderos legionarios italianos”, como informaba el cirujano del cuerpo, Bartolomé Odicini89. Según algunos testimonios, esta presencia de españoles en los batallones extranjeros se habría hecho masiva a partir de fines de 1845, cuando el representante Carlos Creus les entregó papeletas de nacionalidad que los eximían del servicio en las milicias locales. Si bien en el mismo contexto se intentó formar una “legión compuesta de ciudadanos españoles” en carácter de voluntarios, las gestiones reservadas del mismo diplomático terminaron bloqueando el proyecto90.

“Todas son nacionalidades”. Surgimiento y crisis del imaginario cosmopolita

Partiendo del complejo mundo social creado por estas formas de reclutamiento transnacional, desde el comienzo del asedio las autoridades montevideanas debieron construir una auténtica ingeniería simbólica y discursiva para generar una nueva lealtad que convocara y aglomerara a estas fuerzas heterogéneas alrededor de una causa. De hecho este desafío para conciliar a las “naciones” con la “causa de la humanidad” replicaba en el ámbito militar las reflexiones y debates que en ese momento llevaban adelante intelectuales y activistas internacionales como Giuseppe Mazzini y su círculo de colaboradores. Pese a que la historiografía tradicional uruguaya ha tendido a emplear el concepto de ‘cosmopolita’ como sinónimo de ‘extranjero’ y, por ende, contrario a ‘nacional’ o ‘local’, en realidad los significados del término eran menos lineales para los actores del periodo. Esto es importante porque a mediados del siglo XIX ya se estaba procesando una crítica a la idea del cosmopolitismo como una militancia abstracta que sobrevolaba a los distintos países. En ese sentido, Giuseppe Mazzini puede ser considerado como el principal promotor de lo que Stefano Recchia y Nadia Urbinati dieron en llamar un “genuino cosmopolitismo de las naciones” que conjugaba elementos universalistas con lealtades nacionales, es decir “[…] la creencia de que los principios universales de libertad humana, igualdad y emancipación se realizan mejor en el contexto de estados-nación independientes y gobernados de forma democrática”91. En el caso de Montevideo, el gobierno y los mandos de las legiones extranjeras apelaron a la existencia de una lucha civilizatoria y supranacional contra la tiranía y el “sistema de sangre” de Rosas y Oribe, a una camaradería de armas en favor de la libertad, de la independencia y de las instituciones representativas, es decir, un discurso propio del patriotismo republicano92, que propiciaba una “amistad política” entre las “naciones” que convergían en la ciudad-puerto, por encima de los lugares de nacimiento. Tales contenidos fueron canalizados a través de discursos divulgados en la prensa, órdenes diarias, desfiles, conmemoraciones y pronunciamientos públicos en los que los batallones orientales y extranjeros declaraban su “fe política”.

La creación y distribución de símbolos representó un papel preponderante en esta estrategia de integración: ya a mediados de febrero de 1843 las autoridades habían entregado estandartes y banderas orientales a los diferentes batallones formados para la defensa de la ciudad, conscientes, como apuntaba el editor de El Nacional, de que la “defensa de Montevideo”, como se autodefinió desde un inicio el gobierno de la ciudad, “será famosa en todo el mundo civilizado y en la posteridad americana”93. En febreromarzo de 1843, antes de la creación de los principales cuerpos de voluntarios, El Tambor de la Línea, un efímero periódico castrense, publicó una serie de viñetas que son un reflejo patente de esa política: en ellas se nos presenta una galería de imaginarios milicianos franceses, argentinos, sardos, africanos libertos, catalanes y vascos, argumentando mediante encendidos discursos patrióticos –enunciados en una suerte de castellano creole que intentaba recoger las diversas lenguas nacionales– los motivos por los que decidieron apoyar al gobierno montevideano. Entre ellos, un marinero del Batallón de Matrícula resumía esa concordia entre las naciones: “Di Genova siamo la maggiore parte: hai nei nostri corpi, Italiani, Francesi, Spanoli é Portughesi; tutta gente amante de la Libertá […]”94.

Más allá de estas representaciones, el gobierno local estimuló varias iniciativas de “amistad política”, como quedó reflejado en mayo de 1843, cuando Bernardina Fragoso –esposa del general Rivera y figura central de su “partido” en Montevideo– ofreció a los voluntarios galos un diseño de la bandera de la legión, en la que figuraba “el Aguila y los recuerdos de la gloria francesa, presentados a un Cuerpo de Valientes por las hijas del Pueblo Oriental”. Jean C. Thiébaut aceptó la ofrenda aludiendo a “La hospitalidad tan generosamente acordada por la Republica Oriental, á los franceses que buscaban una nueva patria”, prometiendo ceñir la espada “para ayudar [a] vuestros bravos compatriotas a conservar á su pais la independencia que un tirano monstruoso quiere en vano robarle”. Remarcando estas consignas el ministro de Relaciones Exteriores, Santiago Vázquez, sostuvo en el marco de la misma ceremonia que la enseña ofrendada representaba “la señal de reunion de los defensores de la humanidad y de la civilización”95.

Esa misma lógica de fraternidad entre los pueblos reapareció al realizarse los funerales públicos en homenaje a los franceses caídos, a comienzos de junio de 1843. Allí el jefe político y de policía Andrés Lamas aludió a los legionarios como combatientes “por la libertad, por la causa de la humanidad”, declarándose como “hermano de vosotros”96.

Con un cometido similar las dirigencias militares de la guarnición cultivaron una retórica internacionalista que se canalizó a través de varias órdenes diarias, sobre todo durante los dos primeros años del sitio, cuando Melchor Pacheco y Obes, una de las figuras más imbuidas en esta idea global, mantuvo su mayor influencia desde el Ministerio de Guerra y Marina. Para lo atinente a la autoproclamada “emigración argentina” esa política era, además, esperable, en tanto el propio jefe de armas de Montevideo desde fines de 1842 era el general cordobés José María Paz –miembro del núcleo principal de exiliados antirrosistas–al que se sumaron un gran número de oficiales y combatientes. Ello explica el sesgo “americanista” de muchas consignas puestas en circulación por los líderes montevideanos, a pesar de que este concepto había sido monopolizado por el discurso rosista97.

Cuando en abril de 1844 el general Paz consultó al gobierno sobre el reconocimiento que debía otorgarse a los servicios previos de militares extranjeros, el ministro de Guerra y Marina estableció que los oficiales “cuyos despachos no emanen del tirano de Buenos Aires, cuentan su antigüedad en el Ejército como si siempre le hubieran pertenecido, porque la comunidad de intereses y de gloria de ambas Repúblicas, no permite qué los Jefes y Oficiales argentinos sean considerados extranjeros en el Pueblo Oriental”98, lo que, sin duda, constituye una de las formulaciones más amplias de “amistad política” que podemos encontrar entre ambos colectivos a lo largo del periodo. Pero también se colocó énfasis en hechos y conmemoraciones más alejadas del medio local. La ejecución de varios revolucionarios italianos, efectuada por las autoridades austríacas en Bolonia el 7 de mayo de 1844, dio pie para una orden general en la que se determinó que el ejército montevideano “[…] se asociará al dolor de aquel pueblo ilustre y desgraciado y deplorará el destino de esos hombres generosos que soñaron la libertad de la Patria y cayeron en los cadalsos del despotismo […]”, eventos que eran apreciados como parte de un “martirologio de la libertad”99. Poco después una nueva orden llamaba a conmemorar “el día de Napoleón el Grande” considerándolo como “una de las gigantescas del Hacedor” y, por tanto, digno de ser recordado “donde quiera que se ame la gloria y los progresos”100. Incluso, el inglés George Plantagenet-Harrison, un militar, aventurero y peregrino de polémica trayectoria, se presentó ante el presidente Joaquín Suárez en noviembre de 1844 “[…] con el objeto espreso de ofrecer mis servicios á V.E. como un soldado, para pelear bajo la heroica bandera de Montevideo, la bandera de la libertad y la Constitución”101, lo que entre otras cosas demuestra la rapidez con que la ciudad-puerto se había transformado en un escenario político global.

Obviamente esta retórica era replicada por los oficiales de las legiones italiana y francesa mediante pronunciamientos públicos en los que se remarcaba el combate común contra la “tiranía”. En octubre de 1843, cuando la guerra ya amenazaba con prolongarse tras el fracaso de las primeras negaciones diplomáticas, ambas legiones realizaron actos solemnes en los que se comprometían a continuar la lucha a toda costa, al tiempo que sus jefes y oficiales se presentaron ante el presidente Joaquín Suárez. En esa ocasión, Giuseppe Garibaldi –quien, sin lugar a duda, expresaba la idea internacionalista de modo más claro– reivindicó sus credenciales de emigrado político, ciudadano del mundo y aliado de Montevideo:

“Yo soy un proscripto pero me honro de mi proscripción. Nada me debe la República porque en ella he encontrado asilo y protección. He adoptado aquí y en otras partes la causa de la libertad y de la civilización y combatiré por ella en esta República con el mismo interés y decisión con que lo haría por mi patria, porque tal la considero. Estoy persuadido de que en nada discrepan de estos sentimientos los de mis paisanos á mis ordenes y los de mis compañeros los franceses, en cuya tierra halle también asilo, cuando combatía por iguales principios. Todos ellos están dispuestos á defender esta capital, como defenderían el techo bajo el que nacieron”102.

Tópicos de esta naturaleza volvieron a reaparecer en marzo de 1845, cuando la oficialidad de la legión italiana, en nombre de todos los voluntarios, rechazó el premio en tierras y ganados ofrecido por Rivera en recompensa por los servicios brindados a la república, argumentando: “[…] que es deber de todo hombre libre combatir por la libertad do quiera que asome la tiranía, sin distinción de tierra ni de Pueblo, porque la Libertad es el patrimonio de la humanidad”, en tanto se comprometían a continuar dividiendo “[…] ‘pan y peligros’ con sus valientes camaradas de la guarnición de la capital”103. El anónimo Canto del Legionario Italiano, compuesto en Montevideo en la misma época, sintetizaba este postulado cosmopolita, al proclamar en sus versos iniciales “Un altro é il nostro sole/ Altra é la nostra terra/ Ma dei tiranni in odio/ Noi qui facciamo la guerra”104. Luego de acabado el asedio Bartolomé Odicini, en nombre de un grupo de oficiales, solicitó al gobierno montevideano les concediera el pabellón de la legión italiana para enviar al municipio de Génova donde “[…] servirá también de ejemplo a los democráticos italianos que se preparan á redimir la patria del despotismo que desde tres siglos la tiene oprimida, porque esta Bandera les enseñará que contra las muchas bayonetas de los tiranos, aun pocos hombres libres y verdaderamente republicanos pueden vencer y adquirirse la corona del triunfo”105. Otros combatientes, que casi no dejaron registros, invocaron décadas más tarde su pertenencia a ese mundo cosmopolita, a modo de “capital simbólico”, para obtener prebendas o ascensos. En 1865 el francés Pablo Durrafort sostuvo haber servido desde 1825 “a esta patria adoptiva […] peleando siempre por la causa santa de la libertad” mientras que el italiano Juan Estarrico, en la misma fecha, se presentaba como “Amigo siempre de los principios democráticos y de contribuir al tiempo al gran partido de la ‘Libertad’”, reivindicando su pertenencia durante el sitio al Regimiento de Cazadores Vascos, “compuesto de demócratas voluntarios”106. Colocado en esta línea documental, el célebre panfleto Montevideo, ou Une nouvelle Troie, publicado en París por Alexandre Dumas (padre) en 1850, más que una excepción fue el epítome literario de esta retórica universalista que situaba a Lajos Kossuth, Suárez y Garibaldi como parte de una misma causa contra el despotismo en todas sus manifestaciones globales107.

Empero, si todos estos eventos ilustraban la emergencia de un movimiento cosmopolita, de hermandad entre los pueblos, que llegó a poseer cierta densidad entre oficiales y algunos soldados, en el “llano social” de la guarnición las cosas fueron mucho más complejas, pudiéndose observar un enfrentamiento continuo –y a menudo brutal– entre los milicianos extranjeros, que, por una parte, reforzó y dio nuevos significados a las identidades étnicas y, por otra, terminó abriendo una brecha entre los combatientes considerados como “hijos del país” y los “foráneos”. La idea de que Montevideo, por constituir una ciudad abierta, que hacia 1843 contaba con más de un 60% de extranjeros, representaba un centro político cosmopolita abroquelado, se apoya en una presunción falsa. Tanto los regionalismos como los patriotismos, que ya contaban con su propia dinámica en tiempos de paz, fueron amplificados en el campo militar, un terreno proclive a la competencia entre jefes, los celos entre cuerpos y las acusaciones de arribismo que comenzaron a lanzar los oficiales “naturales” a los extranjeros. No está demás recordar que aun los que habían luchado al lado de Garibaldi, décadas después pusieron en entredicho el supuesto desinterés que el “Héroe de los dos mundos” había proclamado. Entre ellos, el general Ventura Rodríguez, que definía al jefe de los camicie rosse de Montevideo como “un “cruzado universal de la libertad hecho general en la República”, destacaba, al mismo tiempo, que “nunca mandó sus ejércitos, sino para defender, propagar y sostener los intereses exclusivos de su Patria, con las armas y los recursos de orientales”. Debido a esto, aunque “solía decir que su patria era el mundo o que él era ‘hijo del mundo’, Garibaldi no dejaba de sentir como italiano y de mirar las cosas con exaltada parcialidad”108. Si en la cima del poder esas divergencias trataron de ser aplacadas por el cultivo de una hermandad “universalista” contra la tiranía, el conflictivo mundo social de los milicianos colocó a la ciudad “sobre un volcán”, según anotó el militar y emigrado argentino Tomás de Iriarte109. Una visión similar expresó el intelectual Domingo F. Sarmiento en enero de 1846, durante su breve pasaje por la Montevideo sitiada:

“La organización de los cuerpos por nacionalidades, trae ventajas para la guerra exterior, harto compensada por los males que produce para la paz interna. Los orientales oriundos guardan una enemiga profunda contra los arjentinos, que dentro i fuera, los mandan en el campo, dirijen en la prensa, defienden en el foro, i hacen suya la lucha, que el provincialismo quisiera llamar nacional. Todas son nacionalidades, i la presunción de injusticia hecha a un italiano, pone en campaña las pasiones calabresas”110.

En efecto, el alistamiento de los extranjeros había producido fricciones entre los efectivos de diferentes procedencias desde el inicio del sitio. Entre otros, Pacheco y Obes aludía a “una rivalidad marcada entre Orientales y Argentinos, rivalidad que se revelaba á todo momento por querellas particulares, y que en ocasiones había amenazado ó hecho temer conflictos de cuerpos”, algo que era común entre legionarios franceses e italianos, que en varias oportunidades “habían alborotado la ciudad con sus sangrientas reyertas”111. Episodios de esta naturaleza continuaron durante todo el asedio y probablemente muchos de ellos no dejaron registro escrito. La mayor parte de las veces ignoramos el contenido concreto de los “insultos” o “provocaciones” que desataban los tumultos, pero cabe suponer, a la luz de los casos conocidos, que un su mayor parte se trataba de cuestiones sobre el honor o simples actos de solidaridad espontánea con integrantes de la misma “patria” que ejemplifican bien estos cruces entre etnicidad y esprit de corps. Los italianos protagonizaron varios episodios desde el comienzo del sitio, que reflejaban un creciente sentimiento corporativo. La policía, de acuerdo con el general Tomás de Iriarte, se había visto reducida a “pasiva espectadora” de sus “continuas y sangrientas pendencias”, explicadas, en gran medida, por ser “hombres groseros, desalmados, y de hábitos criminales adquiridos en una vida aventurera”. Estos desmanes apenas eran controlados por Garibaldi quien “se resiente muchas veces de la parcialidad del espíritu nacional y de cuerpo” para mantener “su rol de caudillo [y] conservarlos adictos y devotos”112. De acuerdo con las fuentes policiales, una simple reyerta en el mercado de la ciudadela podía derivar en “un tumulto de legionarios”, que emprendían a golpes contra los celadores, como ocurrió en marzo de 1844, cuando cerca de cien milicianos se movilizaron espontáneamente en defensa de un correligionario italiano que había golpeado a un vendedor. En las mismas jornadas, otro guardia daba cuenta de diez legionarios italianos “capitaneados por un Brigada de la misma” que insultaron y desarmaron a una patrulla de celadores. Tras sucederse varios hechos de este tipo el Jefe Político elevó una queja al ministro de Gobierno alertando de “los desordenes a que han dado lugar en el asedio de esta plaza, la indisciplina de varios voluntarios extranjeros con especialidad los Italianos”113. Años después –en abril de 1848– cuando quince guardias públicos pretendieron disuadir a una partida de voluntarios italianos que jugaban naipes en el mercado, los implicados provocaron un tumulto “haciendo armas contra la autoridad y llamando en su auxilio multitud de sus paisanos que tomaron una parte activa en la resistencia”114.

A menudo esos eventos podían ser en apariencia banales, como el ocurrido a comienzos de enero de 1846, cuando un grupo de milicianos vascos detuvo y golpeó a un soldado liberto que, según la declaración de los agresores, había robado a un vendedor ambulante. En ese momento un sargento reconoció al moreno como soldado de su mismo cuerpo, el batallón 3° de infantería, y al intervenir en su defensa fue apedreado y asesinado por los vascos. En respuesta, tal como anotaba Tomás de Iriarte en sus memorias: “[…] se propagó la animosidad y el encono con una rapidez eléctrica entre los negros y los vascos: éstos corrían precipitados por las calles con su fusil al hombro, y se formaron al instante varios grupos armados: aquellos a distancia de su cuartel estaban desarmados, pero juraban vengar al oficial”. Poco después los libertos afectados se negaron a embarcar para realizar una campaña fuera de Montevideo, mientras las autoridades no satisficieran su reclamo de justicia. En septiembre del mismo año un grupo de marineros españoles y milicianos italianos se trabaron en lucha en el muelle del puerto, teatro de constantes querellas, a raíz de supuestos insultos y provocaciones de los primeros, debiendo intervenir Garibaldi y el cónsul Carlos Creus para sofocar la algarada, cuando ya se habían reunido más de trescientos individuos. El altercado, que ocasionó algunos heridos, dejó, sin embargo, “impresiones de odio y venganza entre unos y otros”, según destacaba el citado Tomás de Iriarte.

A principios de octubre el enfrentamiento entre ambos colectivos alcanzó proporciones mayores, cuando cientos de milicianos se citaron en el muelle armados de cachiporras y machetes, dando como resultado varios heridos y muertos115. Los españoles, sin haber tenido una legión propia, también desarrollaron espacios de sociabilidad política dentro de los cuerpos en que se encontraban enrolados, movilizándose en situaciones en las que se consideraban despreciados o agredidos. En el marco de los festejos cívicos organizados por el gobierno montevideano en octubre de 1845, varios milicianos, descontentos con el contenido de unos decorados alegóricos considerados hirientes para su honor nacional, organizaron una “asonada” destruyendo los ornamentados y enfrentándose a grupos de legionarios italianos y franceses que concurrieron a proteger las banderas oriental y francesa instaladas junto al escenario, lo que ilustra el poder de convocatoria de estas reyertas entre comunidades “nacionales”. El episodio, que se saldó con un muerto y varios heridos, ejemplificaba la emergencia explosiva de unas identidades étnicas que, con independencia de que ya existían, habían sido fortalecidas por el encuadre militar116.

Aunque por razones de espacio aquí no nos detendremos en el punto, cabe señalar que esta misma efervescencia fue instrumentada por los “partidos” locales en sus pugnas internas. Desde el inicio del sitio los ministros y jefes militares se apoyaron en facciones de legionarios para sostenerse en el poder o desplazar a agrupaciones contrarias. Mientras que el partido de gobierno entre 1843 y 1846 logró la lealtad de las legiones italiana y argentina, los milicianos vascos y franceses fueron cooptados por los opositores riveristas, al igual que las tropas libertas. Este juego de alianzas cambiantes se ejemplificó en abril de 1846, durante el estallido de una violenta revolución que produjo cambios en el elenco de gobierno. En el mismo sentido, el rápido ascenso de Giuseppe Garibaldi, de comandante de la escuadrilla naval y coronel de la legión italiana a jefe de las fuerzas de tierra de Montevideo, en junio de 1847, causó un profundo malestar entre los círculos militares locales, que protestaron ante las autoridades y realizaron tentativas de insurrección, dejando en claro que la mancomunidad entre extranjeros y nacionales se estaba agotando117.

Ahora bien, ¿puede hablarse de un efecto acumulativo de estos enfrentamientos casi diarios sobre las identidades colectivas? Y, en caso afirmativo, ¿cuáles fueron sus canales de traducción política? Una vez más el terreno es resbaladizo, siendo difícil superar lo conjetural. La correspondencia política del elenco montevideano parece dar cuenta de un mundo de tensiones permanentes donde lo étnico y lo político proseguían entrecruzándose, con resultados a veces impredecibles. En noviembre de 1848, Andrés Lamas –enviado oriental en la Corte de Rio de Janeiro– informaba de varias cartas escritas por “notables” de Montevideo que acusaban al ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Manuel Herrera y Obes, de promover un aflojamiento en la defensa de la plaza. Es muy significativo que entre esos rumores se señalara la progresiva consolidación en la tropa de calificativos que amenazaban con disolver las barreras ideológicas que, se suponía, dividían a asediados y sitiadores, para establecer otras nuevas, centradas en la contraposición entre nacionales y gringos y carcamanes. Esta oposición se habría ido cristalizando primero entre jefes y oficiales para extenderse luego a los combatientes, transformándose así en un problema social:

“Dicen que esto de carcamanes y gringos, ha bajado, naturalmente de los jefes á los soldados y que hoy no se oye otra cosa en las calles, sin que nadie se cure de contener el veneno que circula con esas palabras y la analogía y punto de contacto que ellas van estableciendo. Agregan que los de afuera explotan hábilmente esa rivalidad que V. deja tomar cuerpo: que cuando están de avanzada los nacionales cambian muy pocas balas y que los enemigos les hacen entender que solo quieren pelear con los gringos; que eso lo repiten ya muchos de nuestros soldados, y que todos van acostumbrándose á ver verdaderos enemigos en los Legionarios”118.

Debido a estas expresiones “las distancias se acortan a toda prisa” entre los bandos contrarios por lo que en poco tiempo “los de adentro y los de afuera, los consideraran [a los extranjeros] enemigos comunes y el negocio estará concluido”. De algún modo, entonces, esa presencia extranjera en el seno de la guarnición montevideana trastocaba y mutaba la naturaleza política del conflicto, como apuntamos atrás. Por un lado, parecía difuminar la lógica de guerra de independencia contra el ejército invasor de Rosas –tal como la contienda había sido presentada en los documentos públicos montevideanos–para remarcar otra, de dimensión nacional, donde los orientales presentes en ambos ejércitos confraternizaban –pese a sus distancias políticas– contra la intervención europea condensada en los legionarios. La guerra civil regional habría sido devorada así por las lógicas propias de una guerra internacional, lo que demostraba el agotamiento de la experiencia militar multinacional y cosmopolita de la guarnición montevideana. Justamente por ello, Lamas aludía como principal tarea para asegurar la defensa de la plaza “detener esa gangrena del espíritu americano á lo pampa; ese odio á los extranjeros, esas palabrotas de carcamán y gringo”119. Poco antes, el propio Manuel Herrera y Obes –cuyas prevenciones ante el poder alcanzado por los voluntarios extranjeros eran claras– había constatado los progresos de “la maldita doctrina del americanismo de Rosas, debido también, es verdad, en gran parte, a la conducta insoportable de las Legiones y los Legionarios”120.

A modo de conclusión

A lo largo del presente trabajo hemos intentado deconstruir las interpretaciones historiográficas de Montevideo considerada como una ciudad-puerto “europeizante”, cuyo cariz internacional la contraponía a los discursos de índole patriótico-nacional –incluido el americanismo, asociado con frecuencia al enemigo–, pues es evidente que la naturaleza heterogénea de sus fuerzas favoreció la emergencia de retóricas y topos contradictorios. Antes que una realidad ya dada, como si se tratara de un mero reflejo del carácter extranjero de los combatientes montevideanos, el cosmopolitismo fue en realidad un programa político implementado por las autoridades de la ciudad y las oficialidades de las propias legiones, que como tal estuvo sujeto desde un inicio a conflictos internos y a la afirmación de identidades contrapuestas dentro de las milicias. En efecto, lejos de ser un escenario idóneo para la convivencia de culturas, la naturaleza multiétnica de la guarnición montevideana en un contexto de guerra acabó por sentar las bases y fortalecer los propios nacionalismos y patriotismos regionales, como lo expresan las continuas querellas y enfrentamientos entre italianos y franceses, entre vascos y libertos, o entre orientales y argentinos. En este sentido, a mediados de la década de 1840 los sectores liberales montevideanos, que habían apoyado de modo entusiasta el surgimiento de los cuerpos de voluntarios multinacionales, descubrieron en ellos a un inesperado “caballo de Troya” que amagaba con producir un cambio en la naturaleza de la contienda: en lugar de una guerra universal contra la tiranía y el despotismo emergió –y en ocasiones con virulencia– una contienda entre extranjeros e “hijos del país”, que se había ido fraguando al interior de la guarnición en el marco de una conflictividad cotidiana entre legionarios. Esta conflictividad puso límites claros al programa cosmopolita, que de forma lenta comenzó a erosionarse. Así, pues, el espacio abierto por las milicias extranjeras y su dinámica diaria, en apariencia banal y repetitiva, brinda nueva evidencia empírica sobre la construcción-invención de las identidades colectivas en el Río de la Plata.

Por otra parte, el armamento de las legiones extranjeras ilustra acerca de las dificultades de los grupos políticos montevideanos para montar un ejército centralizado, de naturaleza “estatal”. Por el contrario, como vimos en las páginas precedentes, la construcción social de las fuerzas de guerra de Montevideo entre 1838 y 1851 permite recuperar un haz de iniciativas de armamento surgidas desde abajo, que las autoridades se limitaron a canalizar o reglar, y que nos abre la puerta a un mundo de formaciones “híbridas” situado entre las milicias urbanas clásicas, el mercenariado y las nuevas formas de voluntariado internacional. En esa dirección, las legiones extranjeras funcionaron como espacios sociales complejos que operaron a varios niveles: dispositivos o guardias de auto-defensa nacional, espacios de acción política, entramados de solidaridad y apoyo material en entornos de guerra.

1La investigación que da origen a los resultados presentados en este artículo recibió fondos de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (Montevideo), bajo el código PD_2014_1_101938. Agradecemos las lecturas al borrador original realizadas por Elisa Caselli y Ángeles Alpe, así como las atentas observaciones y sugerencias de los árbitros anónimos de la revista Historia.

2No por casualidad buena parte de las investigaciones más renovadoras proceden del universo social marítimo y sus agentes (marineros, piratas, corsarios…). Ellas han cambiado el modo de considerar el proceso de monopolización de la violencia, desafiando los enfoques territoriales de la historiografía política más tradicional. A título indicativo pueden verse: Janice Thomson, Mercenaries, Pirates & Sovereigns, State-Building and Extraterritorial Violence in Early Modern Europe, New Jersey, Princeton University Press, 1994; Peter Linebaugh y Marcus Rediker, La Hidra de la Revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la Historia oculta del Atlántico, Barcelona, Crítica, 2005 [ed. orig. 2000]; Mickaël Augeron y Mathias Tranchant (dirs.), La Violence et la Mer dans l'espace Atlantique. XIIe–XIX siècle, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2004; Stefan Eklöf Amirell & Leos Müller (eds.), Persistent Piracy. Maritime Violence and State Formation in Global Historical Perspective, UK, Palgrave Mcmillan, 2014; David Parrot, The Business of War. Military Enterprise and Military Revolution in Early Modern Europe, Cambrigde, Cambridge University Press, 2012; Rafael Torres Sánchez & Stephen Conway (eds.), The Spending of States. Military Expenditure during the Long Eighteenth Century: patterns, organization and consequences, 1650-1815, Saarbrücken, Verlag Dr. Müller, 2011; Richard Harding & Sergio Solbes Ferry (coords.), The Contractor State and Its Implications, 1659-1815, Las Palmas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Servicio de Publicaciones, 2012; Jeff Fynn Paul (ed.), War, Entrepreneurs, and the State in Europe and the Mediterranean, 1300-1800, Leiden-Boston, Brill, 2014.

3El Defensor de la Independencia Americana, N° 523, El Miguelete, 30 de septiembre de 1850, p. 2.

4Los vínculos entre fuerzas de guerra, identidades y formas de participación política en América Latina a lo largo del siglo XIX han sido analizados desde renovadas perspectivas en las últimas dos décadas. A título indicativo pueden consultarse los trabajos de Clément Thibaud, Repúblicas en armas. Los ejércitos bolivarianos en la Guerra de. Independencia en Colombia y Venezuela, Bogotá-Lima, Planeta, Instituto Francés de Estudios Andinos, 2003; Alejandro Rabinovich, La société guerrière. Pratiques, discours et valeurs militaires dans le Rio de la Plata, 1806-1852, Rennes, Presses Universitaires de Rennes, 2013 y Juan Luis Ossa Santa Cruz, Armies, politics and revolution. Chile, 1808-1826, Liverpool, Liverpool University Press, 2014.

5Karma Nabulsi, “Patriotism and Internationalism in ‘Oath of Allegiance’ to Young Europe”, in European Journal of Political Theory, vol. 5, N° 1, London, 2005, pp. 61-70. Sobre las bases filosóficas del cosmopolitismo y sus manifestaciones modernas cfr. Margaret C. Jacob, Strangers Nowhere in the World: The Rise of Cosmopolitanism in Early Modern Europe, Philadelphia, University of Pennsilvania Press, 2006.

6Pese al interés documental de muchos aportes, la mayor parte de esa historiografía, escrita hace varias décadas, es apologética: Septembrino Pereda, Los extranjeros en la Guerra Grande, Montevideo, El siglo Ilustrado, 1904 y Los italianos en la Nueva Troya, Montevideo, Estado Mayor del Ejército-Departamento de Estudios Históricos, 1976; Leogardo Miguel Torterolo, La Légion Française a Montevideo, Montevideo, Imprimerie de l'Etat-Major de l'Armée, 1921 y La Legión Italiana en el Uruguay. Síntesis histórica, Montevideo, Escuela Naval, 1923; Claudio María Braconnay, La Legión Francesa en la Defensa de Montevideo, Montevideo, Claudio García, 1943; Octavio Morató, “La influencia francesa en el país”, en Revista Nacional, N° 12, Montevideo, diciembre de 1938. Una versión más aggiornada puede verse en Jacques Duprey, Voyage aux origines françaises de L'Uruguay, Montevideo, Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, 1952, cap. VII, pp. 155-205.

7Gilles Pecout, “International volunteers and the Risorgimento. Introduction”, in Journal of Modern Italian Studies, vol. 14, N° 4, Connecticut, 2009, pp. 413-426.

8En ese sentido, el instituto de la “nación” daba corporeidad social y jurídica a los militares “extranjeros” ante el Monarca católico, lo que poseía un gran valor político y simbólico para obtener recursos y fortalecer vínculos de lealtad. Cfr. Óscar Recio Morales, “‘Una nación inclinada al ruido de las armas’. La presencia irlandesa en los ejércitos españoles, 1580-1818: ¿la historia de un éxito?”, en Tiempos modernos, N° 10, Madrid, 2004, pp. 1-15 y “La gente de naciones en los ejércitos de los Austrias hispanos: servicio, confianza y correspondencia”, en Enrique García Hernán y Davide Maffi (eds.), Guerra y sociedad en la monarquía hispánica: política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700), Madrid, Fundación MAPFRE, 2006, vol. 1, pp. 651-680; Francisco Andujar Castillo, “Las naciones en el ejército de los Borbones”, en David González Cruz (ed.), Extranjeros y enemigos en Iberoamérica: la visión del otro. Del Imperio español a la Guerra de la Independencia, Madrid, Sílex, 2010, pp. 137-154. Un sólido panorama de conjunto sobre los exiliados en Thomas Glesener, “El ejército de los exiliados. Exilio y militarización en España, del Tratado de Utrecht a la Revolución Francesa”, en José Javier Ruiz Ibáñez e Igor Pérez Tostado (eds.), Los exiliados del Rey de España, Madrid, Red Columnaria-Fondo de Cultura Económica, 2015, pp. 349-352. Para el caso francés entre 1648 y 1789: Guy Rowlands, “Foreign Service in the Age of Absolute Monarchy: Louis XIV and His Forces Étrangères”, in War in History, vol. 17, N° 2, Leeds, 2010, pp. 141-165 y Christopher Tozzi, Nationalizing France's Army: Foreign, Black, and Jewish Troops in the French Military, 1715-1831, Virginia, Virginia University Press, 2016.

9Guy Dempsey, Napoleon's mercenaries. Foreign Units in the French Armies under the Consulate and Empire, 1799-1814, London, Greenhill Books, 2002; Jean-François Brun, “Les unités étrangères dans les armées napoléoniennes: un élément de la stratégie globale du Grand Empire”, in Revue Historique des Armées, N° 255, 2009. Disponible en https://rha.revues.org/6752 [fecha de consulta: 2 de febrero de 2017]. Una historia global de los mercenarios desde la revolución francesa al siglo XX en: Walter Bruyère-Ostells, Histoire des mercenaries. De 1789 à nos jours, Paris, Tallandier, 2011.

10Gilles Pecout, “Philhellenism in Italy: Political friendship and the Italian volunteers in the Mediterranean in the Nineteenth century”, in Journal of Modern Italian Studies, vol. 9, N° 4, Connecticut, 2004, pp. 405-427; Walter Bruyère-Ostells, “Volontaires et corps francs: cosmopolitisme d'action radical?”, in Sylvie Aprile, Jean-Claude Caron et Emmanuel Fureix (eds.), La liberté guidant les peuples. Les révolutions de 1830 en Europe, Champ Vallon, Sevssel, 2013, pp. 215-227; Ferdinand Nicolas Göhde, “A new military history of the Italian Risorgimento and Anti-Risorgimento: the case of ‘transnational soldiers’”, in Modern Italy, vol. 19, N° 1, Cambrigde, 2014, pp. 21-39.

11Salvatore Candido,“La emigración política italiana a la America Latina (1820-1870)”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, vol. 13, Hamburgo, 1978, pp. 216-238 y L'azione mazziniana in Brasile ed il giornale ‘La Giovine Italia’ di Rio de Janeiro (1836) attraverso documenti inediti o poco noti, separata del Bolletino della Domus Mazziniana, vol. XIV, Pisa, 1968.

12Nir Arielli & Bruce Collins, “Introduction: Transnational Military Service since the Eighteenth Century”, in Nir Arielli and Bruce Collins (eds), Transnational Soldiers. Foreign Militar Enlistment in the Modern Era, UK, Palgrave Macmillan, 2013, pp. 1-12.

13Walter Bruyère-Ostells, La Grande Armée de la Liberté, Paris, Tallandier, 2009; Rafe Blaufarb, Bonapartist in the Borderland. French Exiles and Refugees on the Gulf Coast, 1815-1835, Tuscaloosa, University of Alabama Press, 2005, “Arms for Revolutions: Military Demobilization after de Napoleonic Wars and Latin American Independence”, in Alan Forrest, Karen Hagemann & Michael Rowe (eds.), War, Demobilization and Memory. The Legacy of War in the Era of Atlantic Revolutions, Hampshire, Palgrave Mcmillan, 2016, pp. 100-116; Christophe Belaubre, “Les officiers de la Grande Armée et le pouvoir de l'Eglise en Amérique centrale (1824-1826)”, in Christophe Belaubre, Jordana Dym et John Savage (eds.), Napoleón et les Amériques, Tolouse, Editions Méridiennes, 2009. Entre los varios trabajos de Patrick Puigmal pueden consultarse: Diccionario de los militares napoleónicos durante la independencia de Argentina, Chile y Perú, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Fuentes para la Historia de la República, 2013, vol. XXXVI, Diccionario de los militares napoleónicos durante la independencia de los países bolivarianos (Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador), Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Fuentes para la Historia de la República, 2015, vol. XXXIX, Memorias de Jorge Beauchef, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Fuentes para la Historia de la República, 2005, vol. XXIV, “Brasil bajo influencia napoleónica y francesa. Los mensajeros de la independencia: militares, libreros y periodistas”, en Historia, vol. 46, N° I, Santiago, 2013, pp. 113-151 y en coautoría con Rafael Núñez Muñoz, “La imagen de Chile y los chilenos a través de los escritos de la oficialidad napoleónica durante la independencia: 1817-1830”, en Alpha, N° 31, Osorno, diciembre de 2010, pp. 243-255.

14Nicolás Terrien, Des patriotes sans patrie. Histoire des corsaires insurgés de l'Amérique espagnole (1810-1825), Mordelles, Las Persaides, 2015; Lauren Benton, “Una soberanía extraña: la Provincia Oriental en el Mundo Atlántico”, en 20/10. El Mundo Atlántico y la modernidad iberoamericana, 1750-1850, vol. 1, México D.F., 2012, pp 89-107; Agustín Beraza, Los corsarios de Artigas, Montevideo, Centro de Estudios Históricos, Navales y Marítimas, 1978; Miguel Ángel de Marco, Corsarios argentinos. Héroes del mar en la independencia y en la guerra con el Brasil, Buenos Aires, Emecé, 2002; Pablo Arguindeguy y Horacio Rodríguez, El corso rioplatense, Buenos Aires, edición del Instituto Nacional Browniano, 1996; Brian Vale, Una guerra de ingleses, Buenos Aires, Instituto de Publicaciones Navales, 2005.

15Matthew Brown, Adventuring through Spanish Colonies. Simón Bolívar, Foreign Mercenaries and the Birth of New Nations, Liverpool, Liverpool University Press, 2006.

16Gilmar de Paiva dos Santos Pozo, Imigrantes irlandeses no Rio de Janeiro: Cotidiano e revolta no primeiro reinado, Dissertação para obtenção do título de Mestre em História, São Paulo, Universidade de São Paulo, Faculdade de Filosofia Letras e Ciências Humanas, Departamento de História, 2010.

17Robert Ryal Miller, “Los San Patricios de la guerra de 1847”, en Historia Mexicana, vol. XLVII, N° 2, México D.F., 1997, pp. 345-385 y Susannah Ural-Bruce, The Harp and The Eagle. Irish–American Volunteers and the Union Army, 1861-1865, New York, New York University Press, 2006, pp. 36-37.

18Lawrence Tylor Hansen, “Voluntarios extranjeros en los ejércitos liberales mexicanos, 1854-1867”, en Historia Mexicana, vol. 37, México D.F., octubre-diciembre de 1987, pp. 205-237.

19Acerca de México: Tylor Hansen, op. cit.; Ángela Moyano Pahissa, Los belgas de Carlota. La expedición belga al Imperio de Maximiliano, México D.F.. Pearson Educación, 2011; Joseph Hefter, El soldado de Juárez, de Napoleón y de Maximiliano, México, Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, 1962.

20Brígida von Metz et al., Los pioneros del imperialismo alemán en México, Ciudad de México, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social-Ediciones de la Casa Chata, 1982, p. 317.

21Luis Caronti, Legiones italianas. Breves noticias de sus servicios en el Ejército argentino, Buenos Aires, 1907; Antonio Crespi Valls (comp.), Primer centenario de la Legión Agrícola-Militar: 1856-1856, Bahía Blanca, Municipalidad de Bahía Blanca, 1955; César Puliafito, La Legione Italiana-Bahía Blanca 1856: el frente olvidado del Risorgimento, Bahía Blanca, El autor, 2007. Para el caso de Brasil: Marcos Justo Tramontini, A organização social dos imigrantes. A Colônia de São Leopoldo na fase pioneira (1824-1850), São Leopoldo, Unisinos, 2000; Santos Pozo, op. cit.

22Ernesto J. Fitte, La agresión francesa a la escuadra argentina en 1829, Buenos Aires, Plus Ultra, 1976.

23Cfr. “Milicias. Su organización”, 28 de abril de 1830, Título 7°, artículo 1°, en AA.VV, República Oriental del Uruguay. Registro de Leyes y Decretos [en adelante CLD], tomo 1 (1825-1834), Montevideo, 1930, p. 209. Esta disposición había sido precedida por la ley sobre la organización de la milicia aprobada en febrero de 1826, cuando la Provincia Oriental formaba parte de las Provincias Unidas, que había dispensado del enrolamiento a los “extranjeros transeúntes”. Cfr. “Milicia Nacional. Organización y composición de la Milicia”, Título 10, artículo 3°, 12 de febrero de 1826, en CLD, tomo 1, op. cit. p. 28.

24De Baradère a Llambi, 28 de julio de 1836, copia N° 2, ff. 250v-251 y De Llambi a Baradère, copia N° 3, ff. 252-252v. Una copia del decreto del 28 de julio de 1836 ordenando las patrullas urbanas en copia N° 4, f. 254, en Archives des Affaires Étrangères, Montevideo, vol. 2.

25Acta N° 70, 24 de marzo de 1835, en Actas de la H. Cámara de Representantes, 1°, 2° y 3° períodos de la segunda legislatura, Montevideo, Imprenta El Siglo Ilustrado, 1905, tomo II, p. 271; Acta N° 78, en Actas…, op. cit., tomo II, pp. 309-310; Acta N° 85, 28 de abril de 1835, en Actas…, op. cit., tomo II, pp. 337-338; Acta N° 31, 13 de abril de 1837, en Actas…, op. cit., 1906, tomo III, años 1837-1841, pp. 134-136.

26Las agrupaciones tomaron esos colores como distintivos a partir de 1836. Los integrantes de los actuales partidos políticos uruguayos Colorado y Nacional (o Blanco) se consideran a sí mismos como herederos de esas facciones decimonónicas.

27Un resumen del conflicto en Ana Frega, “La vida política”, en Gerardo Caetano (dir.), Ana Frega (coord.), Uruguay. Revolución, independencia y construcción del Estado, Madrid, Planeta-Mapfre, 2015, tomo I: 1808-1880, pp. 75-78.

28Sobre las fuerzas de línea libertas véase Alex Borucki, From Shipmates to soldiers: Emerging Black Identities in the Rio de la Plata, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2015.

29Las cifras de comienzos de 1838 en: “Mapa general de la fuerza armada de la República Oriental del Uruguay, según la revista de 15 de enero de 1838 a saber” [elevado por la Contaduría General el 21 de febrero de 1838], en Actas de la H. Cámara de Representantes, 1°, 2° 3er periodos de la 3ª legislatura y prórroga extraordinaria, Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1906, tomo III, años 1837-1841, p. 324. Las de 1839 en: “Relación que tiene cada cuerpo de los que existen hoy en la capital”, 17 de septiembre de 1839, en “Papeles de Rivera existentes en la Biblioteca Nacional de Madrid”, en Estado Mayor General del Ejército, Boletín Histórico, N° 64, Montevideo, enero-marzo de 1955, p. 64. Los estados de fuerza de 1843 fueron publicados años después de iniciado el sitio en El Nacional, N° 1859, Montevideo, 24 de febrero de 1845.

30En octubre de 1838 ya se habían formado algunas compañías vascas y catalanas, que se sumaron al ejército de Rivera. Cfr. Mario Etchechury-Barrera, “De colonos y súbditos extranjeros a ‘ciudadanos en armas’. Militarización y lealtades políticas de los españoles residentes en Montevideo, 1838-1845”, en Revista Universitaria de Historia Militar, vol. 4, N° 8, Sevilla, 2015, pp. 119-142.

31Juan A. Oddone, La formación del Uruguay moderno. La inmigración y el desarrollo económico–social, Buenos Aires, EUDEBA, 1966, pp. 12-13 y 15.

32“Padrón de Montevideo, levantado en Octubre de 1843”, en Horacio Arredondo (ed.), Los ‘apuntes estadísticos’ del Dr. Andrés Lamas, Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1928, pp. 28-29. Las papeletas de base que sirvieron al padrón indican que los censistas utilizaron de manera aleatoria las identidades nacionales genéricas –italianos, franceses, argentinos, españoles–, que terminaron siendo utilizadas en el resumen, y las procedencias regionales o “patrias” (vascos, canarios, correntinos, sardos, etc.). Este doble registro fue utilizado, asimismo, por las administraciones portuarias y por la policía. Desde el punto de vista ocupacional, la mayor parte de esta masa heterogénea estaba integrada por “artesanos” (3.318), “jornaleros y asalariados” (3.089), “comerciantes” (1.483) y “militares” (1.224), dividiéndose el resto entre “profesores en ciencias” –incluyendo literatos, artistas y maestros de primeras letras– (176), “empleados” (340), “hacendados” (74) “criados” –libertos en régimen de patronato– (62) y “eclesiásticos” (42), figurando una buena proporción como “sin ejercicio” (1.888).

33En las fuentes de la época el término ‘emigración argentina’ o ‘argentinos’ era empleado con frecuencia. Esa emigración estaba compuesta sobre todo por porteños, pero también por numerosos correntinos y exiliados de otras provincias del interior de la Confederación Argentina.

34Acerca de la construcción de redes político-partidarias de emigrados en el territorio estatal cfr. Ignacio Zubizarreta, Los unitarios: faccionalismo, prácticas, construcción identitaria y vínculos de una agrupación política decimonónica, 1820-1852, Stuttgart, Heinz Akademischer Verlag, 2012.

35Véase la convocatoria en El Nacional, N° 237, Montevideo, 6 de septiembre de 1839.

36“Document N° 1. Proclamation”, firmada por Leblanc, Buchet de Martigny y Raymond Baradère, 12 de octubre de 1839, en Affaires de La Plata. Pétition et Documents, Paris, 1844, pp. 12-13; Joseph Lefèvre, La Légion Française, première annèe du siège de Montevideo. Extrait des Souvenirs d'un Volontaire, par Jh. Lefevre, Montevideo, Imprimerie du Patriote Français, 1852, pp. 10-11; El Nacional, Montevideo, 20 de septiembre de 1839 y 14 de octubre de 1839. El número de plazas difiere según la fuente: en el citado dossier documental Affaires de La Plata se sostiene que dos mil franceses acudieron al llamado de 1839. Por su parte, el cónsul inglés Thomas Hood en sus despachos habla de unos setecientos artesanos vascos y franceses enrolados. De Thomas Hood a Palmerston, 22 de octubre de 1839, in Public Record Office/Foreign Office [en adelante PRO/FO] 51-15.

37Cfr. Etchechury, “De colonos…”, op. cit.

38“Bases para la formacion de un Cuerpo de Italianos con la denominación de Voluntarios de la República” [subrayado en el original], en Archivo General de la Nación, Uruguay (en adelante AGNU), Ministerio de Guerra y Marina, caja 1329.

39“Propuesta de individuos franceses p.ª levantar un cuerpo de 500 hombres que ha sido aprobada por el Gobno”, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1337.

40Notas del Gral. José M. Paz al Ministro de Guerra y Marina, 7 de mayo de 1843, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1339 y 30 de mayo de 1843, caja 1340.

41Carta de Luis Drouart al Ministro de Gobierno, 11 de enero de 1844, en AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 951, carpeta 6.

42Carta de José Ellauri al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, Manuel Herrera y Obes, 24 de marzo de 1849, en Museo Histórico Nacional, Uruguay (en adelante MHN), colección Palomeque: “Documentos para la Historia Diplomática del Uruguay”, tomo 310.

43Braconnay, op. cit., p. 81. En la documentación su nombre aparece escrito de diversos modos (Louis o Luis Druart o Drouart). Claudio Braconnay designa al referido batallón como Defensores de la Libertad, señalando que fue licenciado poco después, sin llegar a integrar más que una compañía. Es probable que se trate de una confusión de nombres.

44Carta de Manuel Oribe al Señor Pro-Cónsul General de SMB, 1 de abril de 1843, en PROF/FO, despacho N° 28, 51-22. Si bien la circular recién se difundió en la prensa entre el 6 y el 7 de abril –por lo cual difícilmente puede atribuírsele el papel de desencadenante de las movilizaciones– de acuerdo con el testimonio de Joseph Lefevre algunos ejemplares ya habían circulado el día 2. Lefevre, op. cit., p. 40.

45“Au brigadier général D. Manuel Oribe, commandant l'avant-garde de l'armée de la République Argentine”, 9 de abril de 1843 y “Le Président légal de la République à M. le Commodore commandant en chef les forces navales de S.M.B. sur la côte occidentale de l'Amérique du sud”, 12 de abril de 1843, en Affaires de la Plata. Pétitions et documents, Paris, 1844, pp. 64-66.

46Circular de Don Manuel Oribe a los cónsules extrangeros y observaciones sobre ella publicadas en el Nacional, n. 1207. Montevideo, Imprenta El Nacional, 1843; sobre la reacción de la prensa inglesa y francesa, cfr. Le Patriote Français, N° 53, Montevideo, 7 de abril de 1843; The Britannia Monte Video Report, N° 44, Montevideo, 8 de abril de 1843.

47Dadas sus implicancias políticas los cónsules de Inglaterra y Francia se apresuraron a disuadir a sus respectivos súbditos de enrolarse en las fuerzas de guerra locales, invocando en el primer caso el Act to prevent the Enlistment or Engagement of Her Majesty's Subjects to Serve in Foreign Service de 1819 y en el segundo el artículo 21 del Código Civil.

48Le Patriote Français, N° 48, Montevideo, 1 de abril de 1843 y Le Patriote Français, N° 49, Montevideo, 2 de abril de 1843.

49Nota colectiva dirigida al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, 1 de abril de 1843, en AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 944, carpeta 7.

50Etchechury, “De colonos…”, op. cit. El mismo criterio de alistamiento étnico fue empleado para estructurar las llamadas “guerrillas”, partidas de combatientes estables que realizaban incursiones diarias contra las posiciones del ejército sitiador en los alrededores de la ciudad en una guerra de desgaste. Cfr. Orden del día del 24 de agosto de 1843, en “Historia del Ejército. Año 1843”, Boletín Histórico, N° 50, Montevideo, septiembre-octubre de 1951, p. 18. La organización de los contingentes en otras ciudades-puerto como Maldonado y Colonia siguió un modelo análogo: al menos desde mediados de la década de 1840 en la primera plaza revistaban una compañía de “cazadores correntinos” y un “cantón de extranjeros”, mientras que en la segunda combatieron compañías de voluntarios franceses e italianos. Cfr. “Guarnición de Maldonado. Estado que manifiesta la fuerza, armamentos, fornituras y municiones que tienen los Cuerpos que guarnecen la Plaza, hoy dia de la fecha”, enero de 1848, en AGNU, Fondo Ministerio de Guerra y Marina, caja 1400; Estados de los cuerpos de Colonia, 29 de octubre de 1847, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1397 y Torterolo, op. cit., pp. LII-LIII.

51Estas modalidades de reclutamiento ya habían sido reseñadas, ente otros, por Braconnay, op. cit., pp. 40-41 y Duprey, op. cit., pp. 179-181.

52Jacques-André Duprey, Jean-Chrysostome Thiébaut et Montevideo assiégé (1843-1851), Montevideo, Ediciones del Bechito, 2002, pp. 21-26.

53Lefèvre, op. cit., pp. 43-44.

54Le Patriote Français, N° 55, Montevideo, 9 de abril de 1843.

55Op. cit., N° 60, 17-18 de abril de 1843.

56Le Patriote Français, N° 82, Montevideo 15-16 de mayo de 1843.

57Op. cit., N° 93, 29-30 de mayo de 1843 y N° 77, 10 de mayo de 1843.

58Notas de Senateur Rosuiller y Domingo Dulac a Andrés Lamas, 18 de septiembre de 1843 y 21 de septiembre de 1843, en AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 947, carpeta 7.

59Lefèvre, op. cit., pp. 52-53.

60Op. cit. p. 79.

61Un cuadro completo por años de los efectivos de la legión y el Regimiento de Cazadores Vascos puede consultarse en Braconnay, op. cit., pp. 114-115.

62“Diario de la Legión italiana de Montevideo llevado por Bartolomé Odicini. 1° de abril 1843-12 de octubre de 1847”, vol. 1282, nota del 1 de abril de 1843, elevada al Gobierno, Cuaderno N° 8, Museo Histórico Nacional, Casa de Lavalleja. El diario manuscrito incluye ocho cuadernos de los cuales el N° 8 es un racconto elaborado a posteriori con documentos adjuntos. Gaio Gradenigo editó una breve selección de este manuscrito. Cfr. Gaio Gradenigo, Garibaldi in America. Con il Diario della Legione Italiana di Montevideo, Montevideo, Don Orione, 1969.

63“Diario de la Legion italiana de Montevideo llevado por Bartolomé Odicini. 1° de abril 1843-12 de octubre de 1847”, vol. 1282, op. cit.

64Op. cit., cuaderno N° 8, nota de Giuseppe Garibaldi al Gobierno, 9 de abril de 1843.

65Op. cit., cuaderno N° 1, entrada del 24 de abril de 1843.

66Op. cit., cuaderno N° 1, entrada del 3 de mayo de 1843.

67Giuseppe Garibaldi sirvió en las fuerzas de Montevideo entre 1841 y abril de 1848, cuando partió hacia la península itálica junto a un grupo de legionarios. Para ese momento había alcanzado el grado de coronel mayor de la república, llegando a comandar la escuadrilla naval, la Legión Italiana y, durante pocos días, la guarnición de Montevideo.

68“Diario de la Legión italiana de Montevideo llevado por Bartolomé Odicini. 1° de abril 1843-12 de octubre de 1847”, vol. 1282, cuaderno N° 8, op. cit.

69Carta de Theodore Pichon al Ministro de Relaciones Exteriores, 6 de abril de 1843, en AGNU, Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 1739, carpeta 2.

70Nota de Theodore Pichon al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, 28 de octubre de 1843, en AGNU, Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 1739, carpeta 2 y Notas de Theodore Pichon al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, 27 de noviembre de 1843, 28 de noviembre de 1843 y 12 de diciembre de 1843, en AGNU, Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 1740, carpeta 1.

71“Nuevo pronunciamiento de la Legión Italiana”, en El Nacional, N° 1439, Montevideo, 2 de octubre de 1843.

72Le Patriote Français, N° 255, Montevideo, 9 de diciembre de 1843; N° 257, 11-12 de diciembre de 1843 y N° 258, 13 de diciembre de 1843. El retorno de los “arrepentidos” que habían abandonado la legión estaba previsto, pero ello implicaba la pérdida de los grados previos, debiendo recomenzar como simples efectivos. Entre otras véase la orden del día del 8 de enero de 1845, en “Legión Francesa. Libro de órdenes (1844-1845)”, en MHN, Manuscritos, tomo N° 20.

73Nota de Theodore Pichon al Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, 1 de diciembre de 1843, en AGNU, Ministerio de Relaciones Exteriores, caja 1740, carpeta 1.

74“Cuaderno de toma de razon de los estrangeros á quienes comprende sacar temporalm.te papeleta de Com.° pª neutrales y quedan ecsonerados pr hallarse alistados en los Batallones ausiliares de la Cap.l según el Sup.or decreto del 9 Abl del presente año de 1843”, en AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 944, carpeta 8.

75Cfr. AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 947, carpeta 6b, nota del 1 de noviembre de 1843.

76Un resumen del conflicto en Braconnay, op. cit., pp. 76-96. De todas maneras, el nombre “legión francesa” se siguió empleando de manera usual.

77Grazia Dore, La democracia italiana e l'emigrazione in America, Brescia, Morcelliana, 1964, pp. 120-127. Sobre este punto ha realizado numerosas puntualizaciones Fernando Devoto, “¿Inventando a los italianos? Imágenes de los primeros inmigrantes en Buenos Aires (1810-1880)”, en Anuario del IEHS, vol. 7, Tandil, 1992, pp. 121-135.

78Braconnay, op. cit. pp. 138-139.

79Lefèvre, op. cit., pp. 50-60.

80Véase entre otras las cartas de Giuseppe Garibaldi: a Rufino Bauzá, 31 de diciembre de 1844 y 12 de agosto de 1845, a Manuel Herrera y Obes, 19 de abril y 12 de agosto de 1845 y 2, 24 y 30 de septiembre de 1847, a Santiago Sayago, 24 de abril de 1845 y a John Pascoe Grenfell, 8 de noviembre de 1844, en Giuseppe Fonterossi, Salvatore Candido y Emilia Morelli (eds), Giuseppe Garibaldi. Epistolario, Roma, Istituto per la Storia del Risorgimento Italiano, 1973, vol. I: 1834-1848, pp. 93, 113, 123, 126, 151, 242, 244-245 y 253.

81Legión Francesa, orden del día del 2 de enero de 1844, publicada por Le Patriote Français, N° 277, Montevideo, 6 de enero de 1844.

82Estado del 15 de febrero de 1845, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1364. Las familias de los demás cuerpos de la guarnición recibieron raciones a lo largo del asedio, práctica que, por otra parte, fue empleada por casi todos los ejércitos rioplatenses a lo largo del siglo XIX. Cfr., por ejemplo: Juan Carlos Garavaglia y Elisa Caselli, “Guerra, política y negocios en Buenos Aires. Las oficinas de Hacienda y los proveedores del Estado (1858-1860)”, en Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana ‘Dr. Emilio Ravignani’, N° 39, Buenos Aires, segundo semestre de 2013, pp. 95-99.

83Cfr. Comunicación de Bartolomé Odicini a Antonio Susini, 21 de marzo de 1850, transcrita por Pereda, Los italianos…, op. cit., pp. 189-193 y nota de Siffudi publicada en El Nacional, Montevideo, 4 de julio de 1845.

84Il Legionario Italiano. Libertá, Egualianza, Umanitá. Independencia/Unitá, N° 2, Montevideo, 11 de noviembre de 1843.

85Sobre el posterior asociacionismo italiano cfr. Ema Cibotti, “Mutualismo y política en un estudio de caso. La sociedad Unione e Benevolenza en Buenos Aires entre 1858 y 1865”, en Fernando Devoto y Gianfausto Rosoli (eds.), L'Italia nella società argentina, Roma, CSER, 1988, pp. 253-257. Una visión de conjunto en Fernando Devoto y Eduardo Míguez (eds.) Asociacionismo, trabajo e identidad étnica. Los italianos en América Latina en una perspectiva comparada, Buenos Aires, CEMLA-CSER-IEHS,1992.

86Cfr., entre otras, las órdenes del día del 1 y 20 de junio de 1843, en “Libro de ordenes diarias. Legión Francesa, 1843 a 1844”, en AGNU, Ex AMHN, libro N° 3952; y las notas del Gral. José María Paz al Ministro de Guerra y Marina, Melchor Pacheco y Obes, 2 de enero de 1844 y 3 de enero de 1844, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1351.

87“Diario de la Legion italiana de Montevideo llevado por Bartolomé Odicini. 1° de abril 1843-12 de octubre de 1847”, vol. 1282, cuaderno N° 8, op. cit.

88Etchechury, “De súbditos…”, op. cit., p. 130.

89De Bartolomé Odicini a Melchor Pacheco y Obes, 14 de diciembre de 1850, en AGNU, Archivos Particulares, caja 54, carpeta 18. Bartolomé Odicini elaboró en la misma carta un “Cuadro Numerico del Personal (por nacionalidad) de la Legión Italiana comprendido los invalidos, y los Enfermos de cada compañía en diciembre de 1850 […]”.

90De Adolphus Turner a Earl of Aberdeen, 31 de enero de 1846, en PRO/FO 51-40, despacho N° 4; de Carlos Creus al Primer Secretario del Despacho del Estado, 9 de mayo de 1846, “Informes diplomáticos de los representantes de España en el Uruguay”, en Revista Histórica, año LXI, tomo XXXVIII, N° 112-114, Montevideo, diciembre de 1967, pp. 343-344.

91Stefano Recchia y Nadia Urbinati (eds.), A Cosmopolitanism of Nations. Giuseppe Mazzini's Writings on Democracy, Nation Building, and International Relations, Princeton, Princeton University Press, 2009, p. 2. Traducción nuestra. Maurizio Isabella ha estudiado la conformación de estas redes que permitieron erigir “una sociedad civil transnacional”. Entre otros tópicos analiza la transición entre los modos de acción política propios de las organizaciones carbonarias y el nuevo liderazgo mazziniano consolidado a partir de la década de 1830, que estableció una ruptura significativa en términos ideológicos y organizacionales. Cfr. Maurizio Isabella, Risorgimento in Exile: Italian Émigrés and the Liberal International in the Post-Napoleonic Era, Oxford, Oxford University Pres, 2009, 96. También puede verse Richard Stites, The Four Horsemen. Riding to Liberty in Post–Napoleonic Europe, Oxford, Oxford University Press, 2014.

92Sobre los componentes cívicos del patriotismo republicano véase Maurizio Viroli, Per amore della patria. Pattriotismo e nazionalismo nella storia, Bari, Laterza, 2011, pp. 23-42.

93El Nacional, N° 1249, Montevideo, 10 de febrero de 1843 y N° 1250, 11 de febrero de 1843.

94El Tambor de la Línea, N° 1, Montevideo, 1843, s.d. Este periódico formó parte de otras publicaciones efímeras dedicadas a exaltar a las fuerzas de guerra locales en los inicios del sitio, como El Telégrafo de la Línea o El Guerrillero. A partir de abril las legiones crearon sus propios uniformes y emblemas, tomando diversos colores y motivos, mayormente inspirados en los símbolos de sus comunidades de origen. Los franceses, que emplearon sus colores patrios para los uniformes y escarapelas, diseñaron la bandera legionaria mediante una reorganización de los campos de su pabellón nacional, agregando en su centro un haz de varas rodeada por las consignas Union, Fraternité, Ordre y Humanité y un águila imperial en el asta. Cfr. Braconnay, op. cit., pp. 61-65. Según se desechó otro modelo previo, más ligado a la tradición revolucionaria, que incorporaba un gorro frigio. Por su parte los italianos elaboraron una enseña nueva, que más adelante sería utilizada por los garibaldinos en Europa, consistente en un paño sobre el que se representó un volcán en erupción.

95El Nacional, N° 1323, Montevideo, 11 de mayo de 1843 y N° 1324, 12 de mayo de 1843.

96Op. cit., N° 1343, Montevideo, 5 de junio de 1843.

97Sobre el “sistema americano” promovido por el rosismo, véase Jorge Myers, Orden y virtud. El discurso republicano en el régimen rosista, Quilmes, Universidad Nacional de Quilmes, 2011, pp. 58-72.

98Orden general del 10 de abril de 1844, en “Historia del Ejército Nacional (continuación). Años 1843-1844”, en Estado Mayor General del Ejército, en Boletín Histórico, N° 53, Montevideo, marzo-abril de 1952, p. 14.

99Orden general del 10 de agosto de 1844, en “Historia del Ejército Nacional (continuación). Año 1844”, en Estado Mayor General del Ejército, en Boletín Histórico, N° 56, Montevideo, septiembre-octubre de 1952, pp. 9-10. Se refiere a los fusilamientos decretados por una comisión militar instalada como parte de la represión del movimiento revolucionario encabezado en Bolonia en agosto de 1843 por Pasquale Muratori, evento que tuvo amplia repercusión en la prensa liberal europea. Cfr. Domenico Brasini, Il tentativo rivoluzionario di Pasquale Muratori a Savigno (Bologna) nell'Agosto 1843. Notizie e documenti raccolti e pubblicati da Domenico Brasini, Bologna, Tipografia Fava e Garagnani, 1888.

100Orden general del 17 de agosto de 1844, en Boletín Histórico, N° 56, Montevideo, septiembre-octubre de 1952, p. 15.

101En su calidad de presidente del Senado, Joaquín Suárez se desempeñó como Primer Mandatario entre 1843 y principios de 1852. El Nacional, N° 1782, Montevideo, 22 de noviembre de 1844. En el mismo número apareció la carta de George Henry de Strabolgi Neville Plantagenet-Harrison, fechada el 18 de noviembre de 1844 en el hotel de Comercio, y la respuesta elogiosa de Joaquín Suárez, datada el 21 de noviembre de 1844. Supuestamente, tras haber combatido en Yucatán, Harrison (1817-1890) viajó a Perú y luego al Río de la Plata. Más tarde participó en el alzamiento de Schleswig-Holstein (1848), revistó en las tropas de la Confederación Alemana y, por último, en Turquía (1853), aunque muchos de estos hechos no pueden ser contrastados. A partir de allí y hasta su muerte desarrolló estudios genealógicos en Inglaterra, que pretendían probar sus títulos nobiliarios, presentándose como duque de Lancaster.

102“Presen€tación de los gefes y oficiales de la Legión Francesa é Italiana al Gobierno”, en El Nacional, N° 1441, Montevideo, 4 de octubre de 1843. Lucy Riall analizó con detenimiento la construcción política de Giuseppe Garibaldi como héroe del Risorgimento, incluyendo su estancia en Montevideo: Lucy Riall, Garibaldi. L'invenzione di un eroe, Roma & Bari, Laterza, 2007.

103Carta de Giuseppe Garibaldi a Fructuoso Rivera, 23 de marzo de 1845, en Fonterossi, Candido e Morelli (eds.), op. cit., p. 121.

104“Canto del Legionario Italiano”, s.d., en AGNU, Fondo ex Archivo y Museo Histórico Nacional, caja 190, carpeta 17.

105Carta de Bartolomé Odicini, s.d. en Héctor Vollo, La bandera de San Antonio. Monografía polémica con documentos inéditos, Montevideo, Dornaleche y Reyes, 1904, pp. 18-19. Como destaca este autor, la bandera enviada fue una copia de la original realizada, una vez más, por Bernardina Fragoso de Rivera en marzo de 1846, para conmemorar la batalla de San Antonio, en la que un grupo de legionarios comandados por Giuseppe Garibaldi triunfó sobre fuerzas oribistas, en el departamento de Salto. Sobre ella se grabó la frase: “Hazaña del 8 de febrero de 1846 realizada por la Legión Italiana a las órdenes de Garibaldi”.

106Notas de Juan Estarrico, 5 de abril de 1865 y Pablo Durrafort, 31 de mayo de 1865, al Ministro de Guerra y Marina, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja sin número, correspondiente a mayo de 1865.

107Para un análisis clásico sobre las ediciones e impacto de la obra de Alexandre Dumas: Jacques Duprey, Alejandro Dumas, escritor al servicio de Montevideo y enemigo de Rosas, Buenos Aires, Talles Gráficos Rodríguez Giles, 1942. Un estudio detenido sobre su composición y autoría puede consultarse en Pablo Rocca, “¿Traducir o transcribir? Ficción y materialidad en Montevideo ou Une nouvelle Troie (1850), de A. Dumas”, en Blanca López de Mariscal, Donna Kabalen de Bichara y Paloma Vargas Montes (eds.), Print Culture through the Ages. Essays on Latin American Boock History, Cambridge, Cambridge Scholars Publishing, 2016, pp. 125-137.

108Ventura Rodríguez, Memorias militares del general Don Ventura Rodríguez, Montevideo, Barreiro y Ramos, 1919, pp. 43 y 200.

109Tomás de Iriarte, Juan Manuel de Rosas y la defensa de Montevideo, Buenos Aires, Ediciones Argentinas S.I.A., 1951, p. 17.

110Carta de Domingo F. Sarmiento a Vicente F. López, 25 de enero de 1846, en Domingo F. Sarmiento, Viajes por Europa, África i América, 1845-1847, Madrid, ALLCA XX, 1997, pp. 38-39.

111“Memoria del General Melchor Pacheco y Obes sobre su actuación en la Defensa de Montevideo durante los años 1843-1846”, en Revista Histórica, año LXXI, tomo l, N° 148-150, Montevideo, diciembre de 1977, p. 810.

112Iriarte, Juan Manuel de Rosas…, op. cit., p. 75.

113AGNU, Ministerio de Gobierno, caja 953, carpeta 5, notas del 4, 5 y 7 de marzo de 1844.

114De Faustino López al Ministro de Gobierno, Manuel Herrera y Obes, 12 de abril de 1848, en AGNU, Ministerio de Guerra y Marina, caja 1402.

115Tomás de Iriarte, Memorias. El sitio de Montevideo, 1846, Buenos Aires, Goncourt, 1969, pp. 481 y 484.

116Etchechury, “De colonos…”, op. cit., pp. 139-140.

117Sobre el motín de abril de 1846, cfr. Borucki, op. cit., capítulo III. Una narración del rechazo al nombramiento de Giuseppe Garibaldi en Iriarte, Memorias del general Tomás de Iriarte. La Nueva Troya: 1847, Buenos Aires, Goncourt, 1971, pp. 200-201.

118De Andrés Lamas a Manuel Herrera y Obes, 18 de noviembre de 1848, en Correspondencia diplomática privada del doctor don Manuel Herrera y Obes con los principales hombres públicos, americanos y europeos, de 1847 á 1852, Montevideo, La Comercial, 1901, p. 252.

119Correspondencia diplomática…, op. cit., p. 254. Por ‘pampa’ se refiere en términos despectivos a las comunidades indígenas que poblaban un amplio arco regional de la Argentina contemporánea, incluyendo aquellas “parcialidades” que ocupaban el territorio de la actual provincia de “La Pampa”, al sur de Buenos Aires.

120De Manuel Herrera y Obes a José Ellauri, 24 de octubre de 1848, en op. cit., pp. 210-211.

Recibido: Marzo de 2017; Aprobado: Julio de 2017

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