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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.51 no.1 Santiago jun. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/s0717-71942018000100259 

Reseñas

El valor de los acuerdos

Diego Hurtado-Torres1 

1Programa de Doctorado en Historia, University of Maryland

Cerda-García, Eduardo. El valor de los acuerdos. Santiago: Memoria Creativa, 2016. 305 ppp.

En sus memorias, el político democratacristiano Eduardo Cerda deja a la vista del lector un testimonio único sobre los principales acontecimientos que han dado forma a la vida pública chilena del último medio siglo. Ocupando un lenguaje ameno, convierte la narración de sus remembranzas en un posicionamiento ético ante los sucesos políticos que, a veces como protagonista, a veces como actor secundario, recuerda. En los cimientos de este estado de ánimo despunta el don de la confianza como piedra angular de la actividad política, aunque aquí el memorialista no ejerce un uso más profundo del término. El valor de los acuerdos consta de diez capítulos que transcurren desde los días en que la vocación política desplegó sus seducciones en el niño y el joven hasta los primeros meses de 2016, que lo muestran alerta, aunque optimista, sobre los difíciles desafíos que el porvenir le pondrá por delante a Chile.

Además, la muy bien cuidada edición del libro incluye cápsulas de reminiscencias sobre el tema de la historia política chilena durante los últimos cincuenta años aportadas por varias personalidades políticas, entre los que destacan los cinco Presidentes de la República desde el retorno a la democracia en 1990. En lo sustancial, los entrevistados reiteran el tono conciliatorio y la actitud panorámica adoptados por el democratacristiano. Asoma una disposición que no solo se da por advertida de las zozobras que atraviesa la política en Chile sino que, también, evoca un antes mejor, bastante idílico, en algunos casos referido al periodo que se conoce como “democracia de los acuerdos”; y en otros a las décadas 1950 y 1960. Lo último en razón de la supuesta preeminencia de los entendimientos y la formación doctrinaria, hoy perdida, de quienes se dedicaban a la política en ese entonces. Es la hipótesis de haber intentado encarnar un espíritu tolerante proclive al encuentro y no al incordio de posiciones lo que hace, entre otras cosas, tan llamativo este ejercicio autobiográfico.

Hay algo más también, en especial para quien se interese en la historia del Partido Demócrata Cristiano (PDC). Si bien el autor ocupó una posición dentro del debate interno del Partido a lo largo de su trayectoria, por las funciones que le tocó desempeñar durante el gobierno de la Unidad Popular –fue presidente de la Cámara de Diputados y luego secretario nacional del Partido cuando ocurrió el golpe de Estado en 1973– y la dictadura de Augusto Pinochet –ejerció la secretaría nacional de la Alianza Democrática-, por su capacidad de convertirse en “centro del centro”, y por un estilo personal edificado sobre la buena crianza, sus puntos de vista se acercan a mostrar cualitativamente el espíritu con que el mundo socialcristiano arrostró los decisivos momentos políticos que se le plantearon durante la segunda mitad del siglo xx.

Su libro de memorias se ensambla con una tradición literaria de la actividad política en Chile, respetada y amplificada por los más diversos personajes durante los siglos xix y xx, que ha sido vivamente alimentada en lo que va de la actual centuria y que experimentó una suerte de despertar junto con la restauración democrática en el año 1990. Desde entonces, figuras de todas las corrientes implicadas en los procesos políticos de la época han dado a la publicidad sus vivencias y reflexiones sobre los sucesos que les tocó protagonizar5 y no pocos miembros o exmiembros del Partido Demócrata Cristiano se han entregado también a la fascinación de poner por escrito sus recuerdos6. En tiempos de asedio de lo solemne, los énfasis del democratacristiano procuran resguardar la majestad del juego político, en el entendido de que este sea visto como una mínima común lógica de cualquier cultura democrática que se afinque en la honradez y la austeridad, y cuya esencia es apenas manifestada por la palabra ‘convivencia’ o el cúmulo de experiencias recolectadas a lo largo del tiempo que identifican a una comunidad.

Su subjetividad logra avenirse con una debida rigurosidad estilística, ya sea que se compartan o no sus posiciones. No se puede olvidar que la generación del exdiputado abrazó la política antes del colapso de la democracia en 1973, de las profundas transformaciones socioeconómicas operadas durante la dictadura y de la revolución tecnológica en curso, circunstancias históricas que a nuestro modo de entender pueden explicar el abismo generacional perceptible entre el temperamento pacífico, las prevenciones caballerescas y las pasiones lentas que la prosa del político deja entrever y el desasosiego contemporáneo desobediente a todo lo que huela a promesa de caminos largos. Mas ¿no son justamente las promesas, lo político por excelencia, garantías de estabilidad en el reino de incertidumbres que es el futuro? ¿Acaso no se trata la política, en gran medida, de empeñar la palabra y, por supuesto, cumplirla? Durante la mayor parte de su existencia el Partido Demócrata Cristiano –y de ello es ejemplo la militancia de Eduardo Cerda– ha exacerbado una visión de la política basada en las formalidades de la ley, la negociación, la competencia entre proyectos trascendentales y la supremacía del juramento, algo que ha afectado tanto su propia autocomprensión como el entendimiento con otras doctrinas que no trabajan sobre los mismos conceptos de vida, política y promesa. Aunque la hondura de estos dilemas exige un estudio acabado que no podemos emprender aquí, hay tres momentos de la historia política contemporánea en que la postura del Partido Demócrata Cristiano se vio tensionada en extremo o sencillamente sobrepasada por la realidad social a la que ha intentó hacer frente desde las aras del sistema democrático. Por su alto interés para ampliar el debate, las apreciaciones del exdiputado democratacristiano sobre la Reforma Agraria del gobierno de Eduardo Frei Montalva, el plebiscito no convocado por Salvador Allende en 1973 y su propio papel en la secretaría de la Alianza Democrática no pueden pasarse por alto.

“La Reforma Agraria –escribe Eduardo Cerda– fue un proceso doloroso, pero necesario” (p. 48). Según este enfoque, dicha legislación se anticipaba a una explosión social inminente por la pobreza en el campo y su primera intención era “otorgar condiciones de dignidad al campesinado chileno” (p. 46). La lógica política arrastraba el carro de la lógica económica: aumentar la producción de la tierra; y, aunque las expropiaciones desataron la hostilidad de muchos propietarios, el proceso transcurrió sin toda la violencia y el caos que se desató durante el gobierno de la Unidad Popular. Gracias a ella, gran parte de la pauperizada población campesina se incorporó a la economía y al mercado, y la agricultura chilena, rindiendo debajo de su potencial antes de la reforma, se convirtió en uno de los principales exportadores de fruta y otros productos agrícolas. Hasta aquí sea planteada una versión que defiende la Reforma Agraria desde una perspectiva comparativa que resalta sus logros. Desde luego, en cualquier balance que se haga de este proceso no deberían ignorarse los argumentos aportados por Cerda –quien, por lo demás, es ingeniero agrónomo y empresario agrícola, lo que le permite referirse al asunto con conocimiento de causa. Sin embargo, la mayoría electoral reunida por el PDC no fue exitosa en fraguar un pacto social que respaldara y diera solidez a la Reforma Agraria, arruinando las ya agrias relaciones entre el mundo socialcristiano y el mundo de la derecha. Cabe recordar que la política moderna funciona gracias y no a pesar de la negociación y que el consenso puede llegar a ser bastante más que un medio en cuanto se conciba como una imperfecta traducción de la paz.

No era esta última la posición de ninguno de los principales participantes de la democracia chilena hacia septiembre de 1973, con la probable salvedad de parte del Partido Demócrata Cristiano y algunos sectores minoritarios en otras colectividades. Gravemente deteriorada, la convivencia cívica entre gobierno y oposición había llegado al divorcio. Cerda, en lo que se ha hecho un canon dentro del debate respectivo, “alta-miraniza”7 la responsabilidad ética de la izquierda en el colapso democrático, atenuando la del presidente Allende. Afirma, refiriéndose a la unión de una base ideológica marxista y un estilo democrático en el Presidente socialista, que Allende “anduvo sobre dos caballos paralelos y nunca resolvió en cuál de los dos quedarse” (p. 76), indecisión que habría sido clave en su caída. A esta ambivalencia personal se sumaban la existencia del Pacto de la Unidad Popular, que sometía la capacidad de decisión de Allende a la unanimidad de los partidos miembros de su coalición, y el compromiso fundante que supuso el Estatuto de Garantías Constitucionales acordado con el PDC para que Allende accediera a la Presidencia, pero transgredido por la orientación revolucionaria de la Unidad Popular a lo largo de sus tres años de gobierno. En suma, no sin dejar de reprocharle algunas tácticas, Eduardo Cerda recuerda al líder de la Unidad Popular como un político de palabra, aunque quizá sin atreverse a mostrarlo como un cumplidor estratégico.

Tal vez lo más atrayente del libro sean las revelaciones sobre el plebiscito que no fue el 11 de septiembre de 1973, al que se supone que Allende iba a convocar. Cerda cuenta que la tarde del domingo 9 de septiembre Carlos Briones, ministro del Interior del momento y principal nexo del gobierno con la oposición democratacristiana, le avisó vía telefónica que el plebiscito estaba “oficialmente aceptado” y que al día siguiente (lunes 10) habría una cadena nacional en que se le informaría al país (p. 101). Se desprende del relato de Eduardo Cerda que la postergación del anuncio presidencial se produjo por la incapacidad de Salvador Allende de alinear al Partido Socialista detrás de la medida del plebiscito. En este punto, es preciso conservar una reserva crítica frente a las propiedades curativas que a menudo se le atribuyen a este hipotético plebiscito. Cerda mismo es ambiguo. Mientras en una parte del relato llega a sostener que la salida plebiscitaria “no se apartaba de la institucionalidad vigente en ese momento” (p. 101) –algo que es, por decir lo menos, muy dudoso– más adelante prefiere dejar como incógnitas tanto lo que hubiera pasado si Allende efectivamente hubiera convocado al plebiscito como la reacción de las Fuerzas Armadas si el hipotético nuevo escenario se hubiera desatado (p. 117). Lo más seguro nunca podrá zanjarse qué hubiera ocurrido de haberse producido el plebiscito, considerando que los indicios disponibles apuntan a que Allende podría haber polarizado aún más a la sociedad llamando a un plebiscito extra-constitucional o, bien, no haber resuelto absolutamente nada mediante un plebiscito constitucional. El desmoronamiento de la democracia chilena en 1973 no obedece a esta circunstancia de última hora y debe hallarse en otro tipo de divagaciones.

El golpe de Estado privó a los democratacristianos de su entorno natural. El propio Eduardo Cerda tuvo que retraerse a sus negocios privados en el campo, sin asumir un papel público demasiado notorio por más de una década. Componedor por excelencia, su tipo de temperamento se comprobó como el más adecuado para desempeñarse en la sensible tarea que le correspondió cumplir siendo secretario de la Alianza Democrática, cargo desde el que volvió a la vida política activa en 1984. Avezado y diligente articulador, contribuyó a preparar y divulgar la tesis sobre la que se cimentó la estrategia electoral de la oposición a la dictadura de Augusto Pinochet: la paz sobre el conflicto, la razón antes que la fuerza, el voto en vez del arma. Junto a otros, logró interpretar un momento del espíritu nacional que, extenuado por la inestabilidad de la discordia permanente, deseaba una salida pacífica al gran desencuentro cívico representado por el gobierno militar. Ese camino, tan vilipendiado ahora por ciertos usos de la memoria, exigía el acuerdo con las Fuerzas Armadas; era una posición tras la cual no fue fácil alinear a los elementos de izquierda de la Concertación de Partidos por el No que, en su mayoría, apreciaban el plebiscito de 1988 como un fraude. Pero la clase política opositora, de hecho, no tenía fuerza para mucho más que seguir esa estrategia. Su combustible era el objetivo común de derrotar a Pinochet y su baluarte la rúbrica empeñada.

Al final del libro, el autor no rehúye encarar el problema de lo que por estos días se ha dado en llamar una “crisis de confianza” o “crisis de la política”. Aunque su argumentación resulte algo unidimensional –atribuye la pérdida de mística e idealismo a una relación no regulada entre dinero y política-, el reclamo apunta en la dirección correcta y tiene cierta perspectiva histórica. Como se sabe, se ha hecho un lugar común explicarse el derrumbe de la democracia en 1973 por el desequilibrio existente entonces entre el mayor desarrollo político y el menor desarrollo económico. Siguiendo esa línea, ¿no será posible, entonces, que la corrupción, síntoma claro de la concentración del poder, constituya una consecuencia relativa de la inversión de ese desequilibrio de desarrollos o, para decirlo de manera franca, de la disparidad actual entre un mayor desarrollo económico y un menor desarrollo político?

La lectura de las memorias del exdiputado, incluidas las relevantes anécdotas que cuenta, conseguirá despertar estas y también otras meditaciones en cualquier lector medianamente convencido de la primacía de la política. En tiempos en que se rinde culto a la independencia como a una nueva idolatría de moda, es de suyo relevante escuchar y sopesar las experiencias de un hombre que dedicó su vida a la función política desde un partido, tal vez el más popular de la segunda mitad del siglo xx chileno. Tanto si se simpatiza con los postulados del PDC como si no, se deberá reconocer que los juicios de valor de Eduardo Cerda tienen la particularidad de poner en diálogo dos cabos no siempre fáciles de reunir como son el pasado y el futuro, climas respectivos del Chile que se fue y del Chile que vendrá.

5Por ejemplo, Clodomiro Almeyda, Reencuentro con mi vida volumen, Santiago, Ediciones del Ornitorrinco, 1987; Orlando Millas, En tiempos del Frente Popular. Memorias. Primer, Santiago, CESOC, 1993; Orlando Millas, Memorias, 1957-1991, Santiago, ChileAmérica CESOC, 1996; Luis Corvalán Lépez, De lo vivido y lo peleado. Memorias, Santiago, LOM Ediciones, 1997; Enrique Silva Cimma, Memorias privadas de un hombre público, Santiago, Editorial Andrés Bello, 2000; Patricia Arancibia Clavel et al., Jarpa: confesiones políticas, Santiago, La Tercera-Mondadori, 2002; Carmen Lazo, La Negra Lazo. Memorias de una pasión política, Santiago, Editorial Planeta, 2005; Luis Jerez, Ilusiones y quebrantos (desde la memoria de un militante socialista), Santiago, Editorial Forja, 2007; Gabriel Salazar, Conversaciones con Carlos Altamirano. Memorias críticas, Santiago, Editorial Debate, 2010.

6Por ejemplo, Otto Boye, Hermano Bernardo: 50 años de vida política vistos por Bernardo Leighton, Santiago, Editorial Aconcagua, 1986; Rafael Agustín Gumucio, Apuntes de medio siglo, Santiago, CESOC, 1994; Patricio Aylwin, El reencuentro de los demócratas: del golpe al triunfo del No, Santiago, Ediciones B, 1998; Gabriel Valdés, Sueños y memorias, Santiago, Editorial Taurus, 2009; José Musalem, Mi vida entre líneas: memorias, Santiago, Cadaqués, 2012; William Thayer, Memorias ajenas, Santiago, Editorial Andrés Bello, 2012; Patricio Rojas, Tiempos difíciles. Mi testimonio, Santiago, Aguilar Chilena de Ediciones, 2013; Claudio Robles, Jacques Chonchol. Un cristiano revolucionario en la política chilena del siglo xx, Santiago, Ediciones Universidad Finis Terrae, 2016.

7El neologismo es por el exsenador Carlos Altamirano Orrego, secretario general del Partido Socialista entre 1971 y 1979, quien dio rostro y voz a la línea del socialismo revolucionario que abogaba por tesis extremistas y una salida violenta al conflicto entre gobierno y oposición.

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