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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.51 no.2 Santiago dic. 2018

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942018000200485 

ARTICULOS

Lo bello o lo útil. Ideologías en disputa en torno a la creación del primer curso universitario de arquitectura en Chile, 1848-18531

Amarí Peliowski* 

*Doctora en Historia y Teoría del Arte por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (París). Centro de Investigación en Artes y Humanidades, Facultad de Artes, Universidad Mayor (Santiago de Chile).Correo electrónico: amari.peliowski@umayor.cl

Resumen

En 1849 se fundó el primer curso universitario de arquitectura de Chile, en la Universidad de Chile. Si bien la historiografía local ha establecido que la orientación de este curso fue, en sus bases, beauxartiana, lo cierto es que este término no ha sido definido en detalle. El presente artículo aborda un episodio agonístico que surgió a partir de esta fundación, en que se enfrentaron dos discursos que atribuyeron a la Arquitectura valoraciones sociales, materiales e ideológicas dispares. La pregunta que se intentaba responder discurría en torno al papel y la importancia de la arquitectura en la sociedad chilena: ¿estaba asociado a su capacidad de vehicular valores universales de belleza y cultura o, más bien, a su capacidad de satisfacer las necesidades materiales de un país en construcción?

Palabras claves: Chile; siglo xix ; Arquitectura; formación universitaria; Claude-François Brunet Debaines; Andrés Bello; arte y técnica; eclecticismo

Abstract

In 1849 the first university architecture course in Chile was founded at the University of Chile. Although local historiography has established that the orientation of the course was, at its roots, Beaux-Arts style this term had certainly not been defined in detail. This article analyzes an agonistic episode that emerged from this foundation, in which two discourses that attributed to architecture disparate social, material and ideological values confronted each other. The question that it attempted to answer would revolve around the role and the importance of architecture in Chilean society. Was it associated with its capacity to drive universal values of beauty and culture, or rather its capacity to satisfy the material necessities of a country under construction?

Keywords: Chile; Nineteenth Century; Architecture; University Education; Claude-François Brunet Debaines; Andrés Bello; Art and Technique; Eclecticism

La herencia francesa

En la historiografía de la arquitectura chilena, la mitad del siglo xix ha sido descrito de manera recurrente como un momento de articulación entre una tradición colonial compuesta por formas renacentistas y barrocas austeras, y un estilo republicano neoclasicista. Desde la admiración expresada por Vicente Grez en 1889 por las obras de sus contemporáneos -a los cuales agradecía haber introducido en Chile el sentido del buen gusto y la elegancia, y llevar a la arquitectura por el camino de la modernidad y el cosmopolitismo-, pasando por el malestar de los neocolonialistas Eduardo Secchi y Rodulfo Oyarzún, que en 1941 tacharon a las arquitecturas decimonónicas de decadentes y puramente imitadoras, hasta los análisis de historiadores como Eugenio Pereira Salas o Myriam Waisberg, que reconocieron, en las décadas de 1950 y 1960, el influjo de una nueva generación de arquitectos academicistas “progresistas” que rompieron con los modelos convencionales de formación, trabajo y concepción plástica de sus predecesores, las descripciones de la segunda mitad del siglo xix se han referido de manera casi invariable a un momento de transformaciones estéticas y culturales en el ámbito de la arquitectura, marcado por el abandono de la influencia española y la inauguración de un periodo de evidente tendencia afrancesada2.

La identificación de este quiebre está, sin duda, vinculada a la constatación de un hecho específico: la fundación en 1849 del primer curso de arquitectura universitario, en la Universidad de Chile, y la llegada al país del arquitecto francés Claude-François Brunet Debaines (1799-1855), contratado por el gobierno chileno para dirigir el curso3. Este hecho, según la historiografía local, tuvo tres efectos. En primer lugar, su contratación, que le otorgaba el título de “arquitecto de gobierno”, permitió recuperar cierto vigor del campo de la construcción que había sido iniciado en las últimas décadas del siglo xviii por Joaquín Toesca y una treintena de ingenieros del Cuerpo Real de Ingenieros Españoles -como, por ejemplo, José Antonio Birt, Agustín Caballero o Leandro Badarán-que llegaron a Chile, enviados todos por Carlos III, a modernizar la infraestructura territorial y urbana del país4. El impulso renovador se vio, sin embargo, afectado por los remezones y las repercusiones del proceso de independencia en las décadas de 1810 y 1820, que llevaron a un estancamiento de la actividad arquitectónica. Para Eugenio Pereira Salas, Claude-François Brunet Debaines, que construyó varios edificios públicos y privados que cambiaron la fisionomía de la capital chilena -como la iglesia de la Veracruz, el Teatro Municipal de Santiago, el pasaje Bulnes, y las residencias de Melchor Concha y Toro y del presidente Manuel Bulnes-, impuso un sello de cierre a un periodo dominado por prácticas pseudoartesanales de escaso arte, lo que restauró aquel influjo extranjero inaugurado por el arquitecto italiano y los ingenieros españoles5. A partir de este enunciado de Eugenio Pereira Salas, este “salto” y continuidad entre la acción transformadora de Joaquín Toesca y la de Claude-François Brunet Debaines -y el origen extranjero y raíz academicista de ambos que aparecen de cierta forma como garantías de modernidad, elegancia y profesionalismo en la práctica de la arquitectura-se repite, de modo más matizado o no, en parte importante de la producción histórica que le siguió6.

En segundo lugar, la fundación del primer curso de arquitectura del país en la Universidad de Chile, con el arquitecto francés a la cabeza, significó un claro cambio en la cultura arquitectónica local en cuanto permitió aumentar, de manera lenta, pero notoria, la cantidad de profesionales ejerciendo en Chile7. Además, como se verá más adelante, su creación puede entenderse como reflejo de la consideración de la disciplina arquitectónica como una práctica fundamental en la construcción cultural y material de la nación chilena.

Por último, la acción de Claude-François Brunet Debaines en Chile ha servido como prueba y símbolo de la enorme influencia de la cultura francesa en Chile gatillada en tomo a mediados de siglo. Tanto la obra construida del arquitecto, expresiva de las tendencias neoclásicas francesas, como el plan académico del curso de arquitectura, que se ha entendido como manifestación de su cultura beauxartiana, han sido considerados como expresión de aquello que ha sido denominado “el afrancesamiento” o, incluso, la “francomanía” o la “francofilia” de la cultura decimonónica chilena8. En este sentido, la reconstrucción histórica de las primeras décadas de existencia del curso de arquitectura se ha trazado a partir de su afiliación a arquitectos franceses o asociados a la cultura gala: a Claude-François Brunet Debaines, que dirigió el curso entre 1849 y el año de su muerte, en 1855, le siguió Lucien Hénault, director entre 1858 y 1866 (después de una dirección interina de Juan Bianchi y luego José Zegers a un curso sin alumnos), y Manuel Aldunate, quien estudió ingeniería en París y fue director del curso entre 1872 y 1899. Sumado esto a la acción proyectiva y constructiva de estos mismos arquitectos y otros llegados entre las décadas de 1830 y 1870, la segunda mitad del siglo xix ha sido vinculada de manera estrecha a lo “francés”, influjo que transitó entre el elogio a lo clásico entre principios de siglo y la década de 1860, hacia el historicismo eclecticista, que integró hacia fines de siglo el gusto por los revivals renacentistas, góticos u orientalistas.

Revisiones recientes de ese historicismo han logrado hacer un retrato pormenorizado y localista de esta tendencia estética decimonónica9, desmontando, de paso, categorías artísticas genéricas, y desmintiendo el modelo difusionista que tiende a ver la arquitectura chilena del siglo xix como una importación irreflexiva de modelos europeos10. Siguiendo esta línea, se pretende indagar aquí en los alcances del calificativo de beauxartiano en el contexto de su aplicación a los planes de formación en las primeras décadas de existencia del curso de arquitectura, aportando con esto a la constatación de que la tradición arquitectónica y académica francesa y su difusión en Chile estuvo lejos de ser única y monolítica. Por el contrario, las diferentes ideas que surgieron a mediados del siglo xix en torno al papel de la arquitectura en la construcción de la naciente nación pueden comprenderse como reflejo, por una parte, de la pluralidad de discursos academicistas que coexistían en un periodo marcado por la explosión disgregada de los historicismos; por otro lado, eran también producto de una búsqueda incipiente de una arquitectura nacional que supiera adaptarse a la realidad local. Se quiere demostrar aquí que la búsqueda de una ideología arquitectónica propia en estos años fue un proceso en cierta medida controversial11, marcado por ambigüedades, cuestionamientos y debates, algo que ya fue sugerido por algunos estudiosos de la formación artística en el Chile del siglo xix, y sobre lo cual se profundiza aquí atendiendo al ámbito específico de la arquitectura12.

Un profesor de Arquitectura para Chile

El primer curso de arquitectura de Chile se fundó en el contexto de una actividad arquitectónica poco normativizada y anclada aún a su pasado colonial. En las últimas décadas del siglo xviii se había producido un importante auge de la construcción gracias al plan modernizador del imperio Borbón; la llegada de Joaquín Toesca y de los ingenieros del Cuerpo Real no solo implicó una transformación material del paisaje urbano y territorial, sino que, además, contribuyó a sentar las bases de la enseñanza de la arquitectura en Chile. El italiano instaló en su casa una escuela informal, nocturna y gratuita en la cual se formaron jóvenes discípulos, y los españoles Agustín Caballero y Miguel María de Atero enseñaron Matemáticas y Dibujo Lineal en la Academia de San Luis, la primera academia de matemáticas de Chile, fundada en 179713. Del curso de agrimensura impartido en esta academia -que en 1819 pertenecería al republicano Instituto Nacional-egresaría una generación de jóvenes agrimensores entre los cuales algunos se dedicarían a la arquitectura y a la construcción como, por ejemplo, Juan José Gandarillas y Manuel Aldunate, el futuro director del curso de arquitectura de la Universidad de Chile14.

Luego del proceso de independencia en la década de 1810, la enseñanza profesional en Chile vivió transformaciones importantes. El Instituto Nacional, fundado en 1813, concentraba la enseñanza secundaria y superior de la capital, siguiendo los preceptos educacionales del educador Manuel de Salas, el jurista Juan Egaña y el sacerdote Camilo Henríquez, políticos y personajes principales del proceso de emancipación chilena que pregonaban la educación técnica, política y moral como medios de alcanzar el progreso social. Sin embargo, luego del impulso ideológico y fundador que vendría con el cambio de régimen, en la década de 1820 ya se hacía sentir la precariedad de la enseñanza por la falta de establecimientos preparados para educar a las nuevas generaciones, tanto de la élite como de los sectores populares. A partir de 1830, la fundación de varias escuelas municipales, privadas y conventuales, como también de liceos, la creación del Ministerio de Justicia, Instrucción y Culto en 1837 (más tarde Ministerio de Justicia, Culto e Instrucción Pública) y el establecimiento de la primera universidad republicana en 1843 -la Universidad de Chile-, gatillaron el comienzo de un nueva etapa en el proyecto gubernamental de educación pública, la formación del llamado Estado docente15.

En este contexto, fue fundado en 1849 el primer curso de arquitectura en la Universidad de Chile. Esto, después de que no se concretara, por motivos desconocidos, el plan de formar un curso dirigido por el constructor francés Auguste Charme, cuyo contrato con el gobierno chileno, de 1846, estipulaba que debía dar lecciones de arquitectura en caso de que se estimara conveniente abrir una escuela para esta disciplina16. El curso en la Universidad de Chile se planteó como parte de la Facultad de Ciencias Matemáticas y Físicas, una de las tres facultades que nacieron junto a la institución. Esta estuvo en sus primeros años orientada a la formación de dos profesiones -agrimensores y ensayadores-, a los que se irían agregando a partir de 1849 las de ingeniero geógrafo (que reemplazaba la de agrimensor), ingeniero en minas, ingeniero de puentes y caminos, y arquitecto17. Este último título fue añadido en respuesta a un requerimiento del ministro de Justicia, Culto, e Instrucción Pública, Manuel Antonio Tocornal, requerimiento que el rector de la universidad, Andrés Bello, exponía en el discurso de celebración del quinto aniversario de la institución, dando cuenta de que:

“Su señoría lamenta lo reducido de las aplicaciones que se han hecho hasta ahora de los estudios matemáticos. Carecemos, dice, de arquitectos civiles, de injenieros espertos en la construccion de caminos puentes i toda clase de obras públicas. Pero el mismo Señor Ministro nos da esperanzas halagueñas de ver remediada esta necesidad dentro de poco tiempo. El Gobierno, añade Su Señoría, ha aceptado con entusiasmo la idea de fundar en Santiago una escuela práctica de arquitectura civil, bajo la dirección de un injeniero que debe de llegar de Europa de un momento a otro”18.

El problema se remedió al año siguiente con la fundación por decreto del curso de arquitectura que buscaba “jeneralizar en Chile el conocimiento de este arte i formar arquitectos que puedan, sin socorros estraños, satisfacer las necesidades del país”19. Así, uno de los objetivos principales era fomentar la autonomía nacional a través de la formación de profesionales locales aptos. Pero para formar el curso, por falta de arquitectos profesionales ejerciendo en Chile -como menciona Eugenio Pereira Salas, Benjamín Vicuña Mackenna llamaba a la generación de arquitectos activos en la primera mitad del siglo xix los “archituertos”, por su condición de aficionados20- se tuvo que acudir al “socorro ajeno”. El ingeniero que debía llegar de Europa era, en realidad, un arquitecto, el francés Claude-François Brunet Debaines.

Su contratación constituye un primer indicio de que para cumplir con el proyecto de fundación del curso de arquitectura no bastaba con contratar a un extranjero con buenos antecedentes, ni que usara cualquier metodología de enseñanza. Esto se deduce del hecho de que su currículo se contrastó con el de al menos un candidato más, lo que evidencia que en Chile se esperaba que los nuevos arquitectos y profesores cumplieran un perfil específico. En efecto, un arquitecto que casi fue contratado por el gobierno chileno representaba una alternativa bastante divergente, en cuanto provenía de un ámbito académico y profesional muy distinto al de Claude-François Brunet Debaines.

Según la correspondencia oficial que el ministro plenipotenciario en París, Francisco Javier Rosales, envió al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, Salvador Sanfuentes, dos semanas antes de ser contratado Claude-François Brunet Debaines, un arquitecto llamado Jean-Baptiste Bourgeois ofreció sus servicios para ocupar el cargo de arquitecto del gobierno de Chile. El 14 de abril de 1848, en efecto, Francisco Rosales informaba al Ministro que algunos días antes se había presentado en la legación chilena este arquitecto, recomendado por Alphonse de Cailleux, director de los museos reales de Francia a partir de 1825 y director adjunto del Museo del Louvre desde 1836. Francisco Rosales adjuntaba las cartas de presentación que Jean-Baptiste Bourgeois le había entregado, que consistían en dos epístolas redactadas por él mismo y dos notas de recomendación firmadas por Pierre-François-Léonard Fontaine, el reconocido arquitecto y decorador, quien fuera arquitecto de Napoleón I junto a Charles Perder. En las cartas redactadas por Jean-Baptiste Bourgeois, relataba su formación temprana en arquitectura con su padre, luego un paso por la École Polytechnique (Escuela Politécnica) de París de donde se recibió como ingeniero geómetra, su trabajo como catastrador del departamento de Morbihan, y luego sus estudios de arquitectura con el arquitecto Pierre-Théodore Bienaimé21 y con Charles Percier y Pierre Fontaine, con los cuales trabajó en la remodelación del palacio del Louvre y la conversión del palacio de Versalles en museo.

Es interesante constatar la cercanía de Jean-Baptiste Bourgeois con Pierre Fontaine, quien junto a Charles Percier fueran representantes paradigmáticos del neoclasicismo francés que marcó la pauta estética y creó la escenografía ideal para la fantasía imperial de Napoleón Bonaparte. De inspiración romana, rico en ornamentos y tonos cromáticos, este estilo decorativo fue impulsado en gran parte por la École des Beaux-Arts (Escuela de Bellas Artes) de París, cuya vocación era, durante la primera mitad del siglo xix, de tendencia clasicista, y donde el método de enseñanza se basaba en la preparación, mediante dibujos minuciosos, de proyectos para el concurso Grand Prix de Rome. Este certamen premiaba a los mejores alumnos con estadías de dos a cuatro años en Roma -más adelante, agregando otros destinos como Grecia o Pompeya-para dibujar los grandes monumentos e instruirse en todo lo referente a los principios del clasicismo. Bajo este paradigma curricular, que operó sin modificaciones entre el siglo xviii y una reforma al funcionamiento de la escuela que se implantó en 1863, las clases de construcción no tenían gran importancia22.

Es pertinente pensar que Jean-Baptiste Bourgeois recibió la influencia academicista mediante el trabajo práctico con Pierre Bienaimé, Charles Percier y Pierre Fontaine, pero también se debe considerar que fue alumno de la École Polytechnique entre 1803 y 180523, y que es muy probable que haya ejercido un importante influjo en su formación el arquitecto Jean-Nicolas-Louis Durand, profesor en esa institución entre 1795 y 1830. Este fue contratado para dar clases de arquitectura a los alumnos de ingeniería en esta escuela fundada en 1794, que tenía por objetivo formar a los nuevos ingenieros de la república. A partir de sus lecciones ahí, fue construyendo una teoría arquitectónica que ha sido catalogada en la historiografía de revolucionaria, en razón de su fuerte divergencia del canon beauxartiano que había predominado, sin muchas variaciones, en los últimos dos siglos.

Su teoría postulaba que la arquitectura debía ser reducida a los principios de conveniencia y economía, relegando a una categoría secundaria la venustas de Marco Vitruvio, que aseguraba la belleza y armonía del edificio. Consideraba la belleza un producto derivado de la reducción formal y material del proyecto a su mínimo eficiente (en términos estéticos, económicos y constructivos), delineando así una doctrina racionalista en la cual todo elemento arquitectónico debía obedecer a su función y configurarse con el mínimo de recursos materiales y económicos posibles. Esta visión de tendencia ingenieril, potenciada por el público al cual dirigía sus lecciones, tenía como fundamento, además, la racionalización de la forma a través de la estandarización de los elementos y la imposición de una grilla ortogonal y regular a todo proyecto de arquitectura -fuera un templo, un hospital, una caballeriza, un palacio o una vivienda sencilla-, donde los elementos podían ser dispuestos en infinitas combinaciones. Con esto, estableció, de hecho, un fuerte antecedente para la construcción de prefabricados, que se incorporarían en la arquitectura a partir de mediados del siglo xix y cuyo iniciador paradigmático sería el Crystal Palace de Joseph Paxton. La corriente por él fundada, marcó la bifurcación definitiva de la teoría, la práctica y la enseñanza de la arquitectura en Francia en dos ramas distintas, situándose en la ribera contraria la rama beauxartiana24. Para el historiador Jean-Philippe Garric, esta última corriente está simbolizada por la figura de Charles Percier, que reivindicaba su estatus de artista, a diferencia de Jean-Nicolas-Louis Durand que, sin negar la importancia de la dimensión morfológica y estética en los procesos de diseño, se negaba a situar a la belleza como valor último, o único, de la arquitectura25. La importancia y el alcance histórico de esta cisión es indudable, pues es a partir de ella que el movimiento moderno pudo constituirse, siendo teorizado, por un lado, como antítesis y liberación del academicismo rígido de la tradición beauxartiana y, por otro, como una expansión de la tradición racionalista fundada por Jean-Nicolas-Louis Durand26.

El influjo ingenieril está, de hecho, bien expresado en el plan que Jean-Baptiste Bourgeois ofrecía al gobierno chileno. El arquitecto proponía hacerse cargo de levantar obras civiles, religiosas y comerciales, pero también de proyectos de canalizaciones; en suma, “dirigir la ejecución de los trabajos que me serían solicitados, aplicando los mejores métodos empleados en Francia”. Por otra parte, se comprometía a establecer una “escuela normal” de arquitectura, preocupándose de agregar que también se trataría de una escuela “para el arte de la construcción”. En esta escuela, decía, enseñaría el dibujo de arquitectura, el levantamiento de planos, la aplicación de sombras al dibujo, los elementos de matemáticas “indispensables a un arquitecto” (llegando a grados complejos de matemáticas como ecuaciones de segundo grado, la trigonometría, las tablas de logaritmos y la geometría descriptiva), el corte de piedras, el dibujo estructural, el dibujo de máquinas, elementos de mecánica orientado a la conducción del agua y en general a trabajos hidráulicos, finalizando el curso con un estudio de la naturaleza orientado a identificar el uso de materiales propios del país (los metales, los diferentes tipos de madera, de piedra, los mármoles y granitos y los productos volcánicos), y a fabricar materiales (yeso, cal, amiantos, morteros, cementos, ladrillos, tejas y baldosas). Es decir, se trataba de una educación integral que apuntaba a formar a arquitectos en el arte y las técnicas de la construcción y, al ser normal, también en la educación de profesores27.

Es interesante notar la orientación del curso de Jean-Baptiste Bourgeois en comparación con la del curso que Claude-François Brunet Debaines propondría al año siguiente al gobierno que estaría, como se verá, dirigido a una formación preeminentemente artística basada en el aprendizaje de la historia de la arquitectura, la teoría del arte, el idioma latín y el dibujo. Jean-Baptiste Bourgeois, por su parte, no haría ninguna mención a la enseñanza ni de la historia y la teoría de la arquitectura, ni del latín, destacando, por el contrario, la orientación constructiva de su programa al proponer al gobierno chileno la contratación de obreros “selectos y hábiles” franceses para trabajar en el país y formar a futuros “jefes de taller”28. Para este arquitecto, la transmisión de los saberes técnicos parecía estar al centro de su proyecto educativo.

Ante la oferta, pensaba Francisco Rosales que “sería una adquisición para Chile el contratar al Mr. Bourgeois”, sobre todo por las buenas referencias que traía de la mano de Pierre Fontaine29. No obstante, Francisco Rosales expresó a Salvador Sanfuentes sus reparos ante la edad avanzada del arquitecto, nacido en 1786, y las dificultades que podía encontrar al enfrentar múltiples encargos a lo largo de todo Chile, para lo cual tendría que viajar con frecuencia. Pareciera ser, además, que el ministro plenipotenciario desconfiaba de las capacidades artísticas de Jean-Baptiste Bourgeois, quizá considerando que satisfacía un perfil demasiado ingenieril; esto se evidencia en la manera en que el francés relataba en su carta que “usted me preguntó si como inspector yo podría componer los proyectos de arquitecto en jefe, expresando intenciones sobre los proyectos” mientras que los inspectores se encargaban más bien de “hacer el estudio de los detalles de ejecución”. Jean-Baptiste Bourgeois justificaba su aptitud afirmando que muchas veces las obras de arquitectura “eran enteramente la obra de los inspectores” y que varias veces se le había ofrecido un puesto de arquitecto en París, “que yo rechacé por algunas razones de familia y sobre todo por no dejar a mi venerable maestro”, el arquitecto Pierre Fontaine30.

Cabe preguntarse si al momento de meditar sobre la posibilidad de contratar a Jean-Baptiste Bourgeois, Francisco Rosales quizá ya conocía el perfil de Claude-François Brunet Debaines, o esperaba a algún arquitecto proveniente de la Escuela de Bellas Artes que oficiara de manera más manifiesta el rol de “artista”.

Un curso de arquitectura para Chile

En efecto, Claude-François Brunet Debaines provenía del ambiente académico beauxartiano, y se puede pensar que Francisco Rosales pensó que hacía falta en Chile un cultivador del “arte” de la arquitectura, más que de su técnica. Nació en Vannes en el seno de una familia de arquitectos, siendo su hermano menor, Charles-Fortuné-Louis, un arquitecto de bastante reputación. Es importante recalcar su parentesco y de Charles-Fortuné-Louis, ya que la obra de ambos arquitectos ha sido con frecuencia confundida, lo que es muy probable a causa de la similitud en las iniciales de sus nombres31. Claude-François se inscribió en arquitectura en la École des Beaux-Arts de París en 182032, y ejerció como arquitecto en la misma ciudad entre 1835 y 1848, siendo miembro durante ese periodo de la Comisión de Monumentos Históricos de Francia, y arquitecto inspector de trabajos públicos con una vasta experiencia en catastros. También fue nombrado presidente del Consejo de la Sociedad Central de Arquitectos de París, que en sus propias palabras, contribuyó a formar33.

En mayo de 1848, fue contratado en París por Francisco Rosales, desembarcando en Valparaíso el 16 de noviembre del mismo año, del barco Stahueli34. El acuerdo firmado por las dos partes estipulaba que el francés debía quedarse en Chile por siete años, adquiriendo el título de “Arquitecto del gobierno”, que lo obligaba a ocuparse de obras de arquitectura estatal. Su contrato le permitía también trabajar en el ámbito privado si así lo deseaba. Estuvo, en efecto, desde 1849 y hasta su muerte en 1855, a la cabeza de varias construcciones públicas y privadas en Santiago, ejerciendo también como inspector técnico de obras de arquitectura a lo largo de todo Chile35. El segundo punto estipulado en el contrato versaba sobre la obligación de formar la primera escuela profesional de arquitectura del país, estableciendo que “si el Gobierno juzgase oportuno en Santiago la creación de una Escuela de Arquitectura tendría derecho a llamar al contractante, a profesar y dirigir dicha Escuela, sin estar obligado a asignarle ninguna remuneración más del sueldo estipulado en el capítulo siguiente”36.

Es probable que el requerimiento de formar un curso de arquitectura le haya sido solicitado apenas se instaló en Chile, pues ya en diciembre de 1848 respondió a esta obligación, enviando un proyecto de curso. Consideraba una gama amplia de conocimientos que estaba orientado a la formación artística, con una atención particular -a diferencia del plan ofrecido por Jean-Baptiste Bourgeois-a las distintas ramas de las humanidades y los cursos prácticos de dibujo y construcción. El curso incluía una “historia resumida de la arquitectura y sincronismo de los hechos históricos desde el origen del arte hasta la época del Renacimiento en Italia” -que en sus “divisiones principales” consideraba, sin embargo, llegar hasta el “siglo de Louis XIV y de Louis XV en Francia”-. Luego, contenía un ramo de “teoría del arte arquitectónico deducido del estudio de los monumentos antiguos y de los diversos tratados de arquitectura que tienen más autoridad”, y un “análisis de los principales monumentos de las diversas épocas corroborados por ejemplos las teorías repasadas”; un “curso de dibujo lineal arquitectónico comprendiendo el ornamento aplicado a los monumentos” y una “aplicación de la arquitectura y de las teorías al arte de construir, o curso práctico de construcción”. Este ultimo ramo -estipulaba- “supone conocimientos matemáticos, y nociones de física y de química”. Los cursos de corte científico parecían ser un complemento necesario, pero de segunda importancia37. El papel central que le asignaba a la teoría histórica y artística puede deducirse de su petición, presentada unas semanas después, del envío de planchas representando los principales monumentos y de libros que permitirían que “el gusto se forme, que el espíritu se abra a nuevas combinaciones”38.

Este proyecto, escrito en francés, sería modificado y ampliado en una carta en español enviada por el arquitecto en julio de 1849, agregando “conocimientos literarios” que comprendían “la lengua del país”, “bastante latín para comprender una inscripción y traducir los autores que han escrito sobre la materia”, y “la historia de los diferentes pueblos y principalmente historia antigua”. Se sumaba, también, una sección de “conocimientos especiales”, que incluían “las matemáticas, comprendida la aritmética, la geometría descriptiva, un poco de física, de química y de geometría elemental, un poco de álgebra y de geología, los principios de estas tres últimas ciencias solamente”, “los principios del dibujo lineal y de las figuras” y “un poco de estática, si es posible”39.

Es posible elucubrar que esta modificación “cientifizante”, junto con la inclusión de ramos relacionados a la realidad chilena -como los estudios de la lengua española-haya respondido a alguna observación de Francisco Rosales, del ministro Salvador Sanfuentes o su sucesor Manuel Antonio Tocornal40, o de alguna otra autoridad que tuvo acceso al plan. Esto, si se considera que la segunda propuesta, a pesar de los cambios, generó aún disenso por su orientación demasiado humanista y por no estar acomodada a las necesidades locales. En efecto, el Consejo de la Universidad de Chile -con Andrés Bello a la cabeza-, envió el 12 de noviembre de 1849 al ministro Manuel A. Tocornal una contrapropuesta para mejorar el curso, sugiriendo que el curso debía orientarse a la mejora de las habilidades matemáticas con el objetivo de dotar al país de construcciones más sólidas y más numerosas. La manera de lograr esto, según el consejo liderado por Andrés Bello era, en primer lugar, la supresión de materias inútiles o excesivas que se caracterizaban por “no ser de mucha aplicación entre nosotros”: historia de la arquitectura, latín, y física, química y geología. En segundo lugar, se propuso la vinculación de la formación en arquitectura con la de la agrimensura, “en atención a que separadas estas dos carreras y sobretodo la última son bien poco lucrativas en nuestro país, mientras que unidas pueden proporcionar una renta suficiente, aun en las provincias, a los que las abracen”. Para lograr un programa con tales características, se propusieron, entonces, tres resoluciones, todas en relación con una concentración en el estudio de las matemáticas: primero, la obligación de pasar el curso de matemáticas del Instituto Nacional para todo alumno que pretendiera el título de arquitectura; en segundo lugar, prevenir que aquellos que no lo hicieran, pero que sabían aritmética y geometría podrían tomar el curso de arquitectura, pero no pretender obtener el diploma y, por último, que durante los tres años que durara el curso de arquitectura se estudiasen matemáticas superiores y geometría descriptiva41. Sin duda, el programa de Jean-Baptiste Bourgeois hubiera sido más adaptado a estos requerimientos.

Es interesante que Andrés Bello haya sido el promotor de acercar el programa a una formación más práctica y menos teórica, pues el intelectual ha sido descrito en la historiografía, con frecuencia, como un “humanista clasicista”, arduo defensor del cultivo de las letras -incluyendo el aprendizaje del latín-y de la ciencia pura como medios de hacer entrar a la nación en el camino del progreso, un progreso con base en la exaltación intelectual42. Para Claudio Gutiérrez, la actitud de Andrés Bello frente al fomento de las ciencias estuvo marcada por el modelo naturalista de la contemplación y la divulgación de las ideas, considerando la ciencia como un medio para comprender el mundo, no como una herramienta para su explotación43. Sin embargo, como han observado Sol Serrano y Ana María Stuven, el carácter humanista del pensamiento del polímata venezolano, influenciado por el utilitarismo de Jeremy Bentham, no se contradijo con una apreciación del “valor funcional” de las ciencias. Esta valoración apareció expresada en el discurso de inauguración de la Universidad pronunciado por el venezolano en septiembre de 1843, donde resaltaba las “aplicaciones a una industria reciente” de las ciencias matemáticas y físicas, aunque también alertaba los peligros de un “empirismo ciego” del saber práctico que no considera la importancia del conocimiento44. Justamente en el informe crítico que elaboró a propósito del curso de Claude-François Brunet Debaines se encuentra una expresión de esta doble filiación ideológica, delineándose la faceta pragmática de un Andrés Bello que podía, como destaca su biógrafo Luis Bocaz, objetar la inclusión de clases de latín para arquitectos pese a su defensa permanente de la enseñanza del latín, demostrando su apertura a adoptar ideas que podían ser contrarias a su propia formación. Para Luis Bocaz, esta es una de las señales que prueban que para Andrés Bello no existía un modelo cultural previo, ya probado, que sirviera de guía para su plan de reorganización de las estructuras educativas de Chile45.

La preocupación principal del venezolano parecía ser la adaptación a la realidad chilena de los programas culturales y políticos importados de Europa. En una “polémica historiográfica” en la cual se vio enfrentado al joven José Victorino Lastarria a fines de 1844, se pueden reconocer algunos signos de este afán. A través de publicaciones en periódicos de la época, Andrés Bello y José Lastarria confrontaron sus visiones dispares sobre cómo debía enfrentarse la tarea de escribir la historia de Chile, haciendo eco de la rivalidad entre corrientes historiográficas que se estaba dando en Francia en el mismo periodo. Andrés Bello defendía una metodología “narrativa”, donde predominaba la descripción del hecho y de los datos empíricos por sobre la interpretación de estos últimos, mientras que José Lastarria proclamaba la necesidad de aplicar una “filosofía de la historia” a los sucesos, cuya naturaleza interpretativa permitía encontrar patrones y estructuras, sacar conclusiones y formular teorías políticas que apoyarían a la humanidad en su camino al progreso46. Esta oposición entre empirismo e idealismo metafísico tocaba el encuentro entre proyectos culturales externos y la realidad de un lugar y un tiempo específicos:

“Ábranse las obras célebres dictadas por la filosofía de la historia. ¿Nos dan ellas la filosofía de la historia de la humanidad? La nación chilena no es la humanidad en abstracto; es la humanidad bajo ciertas formas especiales; tan especiales como los montes, valles y ríos de Chile; como sus plantas y animales; como las razas de sus habitantes; como las circunstancias morales y políticas en que nuestra sociedad ha nacido y se desarrolla”47.

Preocupado de satisfacer necesidades locales, la faceta pragmática del pensamiento del humanista venezolano en torno a la enseñanza de la arquitectura encuentra también antecedentes en el ideario de los pensadores ilustrados de fines del siglo xviii, y principalmente de Manuel de Salas, que por primera vez formularon la necesidad de orientar la educación -una educación popular no dependiente de las congregaciones religiosas- a la productividad nacional, fomentando la cualificación técnica, teórica y práctica de artesanos sobre todo por medio de la enseñanza del dibujo técnico48. En el periodo colonial y particularmente en sus últimas décadas, la formación en arquitectura todavía no ingresaba en los discursos oficiales de intelectuales y administradores estatales, pero la enseñanza del dibujo lineal, cuyo uso en la arquitectura había sido fomentado y codificado a partir de la década de 1760 por los ingenieros españoles enviados por Carlos III, fue tomado por Manuel de Salas como uno de los elementos centrales de su proyecto de educación de artesanos orientado a mejorar la productividad industrial del país, materializado en la primera escuela técnica del país, la Academia de San Luis49. Aunque la Arquitectura y la Ingeniería no formaron parte del plan pedagógico de Manuel de Salas, la idea de una formación concentrada en las matemáticas aplicadas como base para el progreso de la agricultura, la industria, el comercio y las artes, y como matriz para una instrucción popular, sí marcó los inicios del plan de educación pública de la naciente república, moldeada por las ideas de Manuel de Salas, Juan Egaña y Camilo Henríquez50. Esta orientación productivista fue eclipsada a partir de la década de 1820 con la imposición de un modelo conservador que, como ha remarcado Claudio Gutiérrez, estaba enfocado en la educación política y moral de las élites51.

A mediados de siglo estas ideas se fueron recuperando, y la recepción crítica del curso de arquitectura de Claude-François Brunet Debaines es quizá señal de este proceso. Atendiendo a las observaciones de Andrés Bello, se fundó, entonces, por decreto gubernamental el curso de arquitectura en el Instituto Nacional en 17 de noviembre de 1849 con un programa en parte modificado. Por acuerdo del Consejo de la Universidad de Chile, que alojaba al Instituto Nacional, la nueva Escuela de Arquitectura quedaba “sometida en su parte teórica a la Facultad de Matemáticas, como clase de enseñanza superior del Instituto Nacional”52. Esto, no obstante el mismo año, el 4 de enero, se había fundado la primera academia de arte, la Academia de Pintura, dependiente de la Facultad de Humanidades y que más adelante, transformada en Escuela de Bellas Artes, intervendría en la formación de los arquitectos, impartiendo cursos de arquitectura en su seno. En efecto, ya en 1858, poco después de la muerte de Claude-François Brunet Debaines y cuando se creó la “sección de bellas artes” del Instituto Nacional que reagruparía la enseñanza en artes, esta contemplaba los ramos de pintura y dibujo, de escultura y de arquitectura53. Esta pronta transformación de la consideración de la arquitectura como una rama de las artes y no solo de la ingeniería es significativa en cuanto expresa que la identidad disciplinaria del curso de arquitectura durante este periodo fundacional estaba lejos de la consolidación. En este sentido, es interesante señalar que la pertenencia institucional del curso de Arquitectura, tensionada entre las instituciones ingenieril y artística, no estuvo saldada hasta la década de 1940, cuando se fundó en la Universidad de Chile la Facultad de Arquitectura. Es claro así que la condición híbrida de la disciplina generó, en esta segunda mitad del siglo xix, disputas en torno a su identidad y su misión.

En los inicios del curso se fue instalando este discurso productivista en sus aplicaciones a la arquitectura, lo que era reflejo de un ideario que apareció por ese entonces de manera transversal en las reflexiones sobre la instrucción formal en ciencias y en artes – las artes entendidas en el sentido amplio de las artes mecánicas-, en Chile. La mitad del siglo xix marcó en efecto, como ha afirmado Pierre Francastel, la unión definitiva entre artes y técnica, en el sentido de que las artes, como toda producción humana, asumieron la determinación de la existencia humana por la máquina. El símbolo de esta unión fue, para este sociólogo del arte, la organización de la primera exposición internacional de productos de la industria, en Londres en 1851, certámenes que se adoptaron pronto en Chile. En este sentido, se pueden comprender las reflexiones que surgieron en Chile en torno al rol social de las artes en el contexto de una gradual comprensión y concientización del papel de la industria como motor de la producción humana y también, en estos albores del maquinismo, como vehículo privilegiado del progreso54.

Con la fundación de la Universidad de Chile se intentó materializar este ideario. Aunque en la ley orgánica de fundación de la universidad no se estipulaba específicamente que la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas se preocupara de fomentar las ciencias aplicadas a la producción nacional55, en 1843 se decretó que los temas de disertación para los premios universitarios de 1844 y 1845 de la misma facultad estarían enfocados en la utilidad de estas ciencias para el desarrollo industrial y el progreso nacional: en 1844 el título fue “Influencia de las matemáticas i ciencias físicas en la civilización i prosperidad social; exponiendo los medios de perfección de su cultivo, el estado actual de la industria en Chile”, y al año siguiente fue “Recursos que pueden desarrollarse en Chile por medio del cultivo de las ciencias físicas y matemáticas”56. Esta enfoque, como ha señalado Sol Serrano, siguió las ideas del secretario de la facultad y posterior decano, el científico polaco Ignacio Domeyko, que al llegar a Chile en 1837 se vio enfrentado, en Coquimbo, a lo que consideró la ignorancia total de los trabajadores de minas, ajenos a los principios científicos básicos de la química, la física y las ciencias naturales y poco familiarizados con las últimas técnicas de extracción mineral. Esto lo llevaría a comprender que la enseñanza científica debía acomodarse a las condiciones locales y concentrarse en la transmisión de herramientas prácticas y experimentales, más que en la instrucción de principios teóricos57. Las ideas de Ignacio Domeyko concordaban con las del naturalista francés Claudio Gay, autor de la Historia física y política de Chile (1844-1848) y del Atlas de la historia física y política de Chile (1854). El naturalista pensaba que en Chile no era necesario educar a sabios, si no que se debía formar a personas que tuvieran una comprensión simple de la naturaleza, suficiente para entenderla y, sobre todo, para saber aprovecharla58.

Este discurso encontraría eco en otras personalidades asociadas a la Universidad, preocupadas, en específico, por el desarrollo de las artes y la arquitectura. Por ejemplo, en el discurso de apertura de la Academia de Pintura del 7 de marzo de 1849, su director, el pintor italiano Alessandro Cicarelli, expresaba la intención de pensar las bellas artes como un complemento de la industria; para él, la Escuela de Bellas Artes “toma el concepto científico de un lado, lo elabora, lo ilustra, i pasa a la industria para acompañarla con la luz del principio del dibujo, de lo bello, de lo elegante i sencillo”59. El mismo año, el 14 de octubre, en la memoria general sobre las actividades de la Universidad leída por su secretario general, Salvador Sanfuentes, se refirió a las recién creadas escuelas de pintura y arquitectura, destacando la importancia de que sirvieran a las ciencias aplicadas en vistas de aportar al progreso nacional:

“Si la filosofia i la literatura son las que fijan las verdaderas bases del buen gusto, i dándose la mano con la historia, excitan el entusiasmo del artista i le enseñan a inspirarse en los sublimes misterios i bellezas de la naturaleza, no menos que en los grandes ejemplos de los siglos que pasaron; si no puede desconocerse que las matemáticas i las ciencias naturales son el alma, por decirlo así, de la industria, no será fácil concebir por qué se haya intentado retener siempre a la ciencia en las rejiones de la abstraccion, sin llamarla a dirijir de cerca a las artes i la industria que, como hijas suyas, dan forma i aplicacion al pensamiento que aquella elabora. Esa valla funesta, trazada talvez por una preocupacion indigna del siglo en que vivimos, desaparecerá entre nosotros i será nuestra Universidad la que dé este ejemplo saludable. Ella ennoblecerá las artes, haciéndolas entrar con las ciencias en un comercio recíproco i mutuamente ventajoso”60.

Salvador Sanfuentes fue uno de los más importantes defensores de la educación en artes aplicadas, cristalizándose esta posición en su papel en la creación de la Escuela de Artes y Oficios, destinada a la educación de artesanos, y luego en el cargo que ocupó en esa institución como superintendente a partir de su fundación en 184961. Un mes antes, el 17 de septiembre, el francés Jules Jarriez -contratado por el gobierno para dirigir esta escuela-, mencionaba en su discurso de inauguración de la institución la necesidad de pensar las artes desde una perspectiva que combinara de manera equitativa la teoría y la práctica, de tal manera que “una i otra se den recíprocamente la mano. Marchar a ciegas en la ciencia práctica de las máquinas es crearse voluntariamente monstruosas dificultades” de la misma manera que “la teoría por si sola no conduce a nada”62.

Lo bello y lo útil

El agrimensor Juan José Gandarillas, en uno de los pocos discursos publicados en los Anales de la Universidad de Chile durante el siglo xix que competen específicamente a la arquitectura, abordaba otro aspecto de la educación técnica: la aparente oposición, o desbalance, entre lo bello y lo útil. En una memoria de 1850 advertía que se debía atender con urgencia la falta de atención a aspectos técnicos en la arquitectura -y la priorización equivocada del aspecto y el lujo de los edificios-pues “se levanta una iglesia, una casa pública, como la en que ahora nos hallamos reunidos; i al poco tiempo flaquean las murallas, comienzan a hundirse los techos, se tuercen los pilares, i el edificio todo peligra: gasta el Erario grandes sumas en su reparación, pero sin buen resultado, habiéndose solo conseguido tenerle en pie por algunos años; mas después volverá al mismo o peor estado a causa de su insegura construcción”. “La decadencia del noble arte” en el siglo xix y en relación con sus admirables antecedentes coloniales se debía, según Juan Gandarillas, a la falta de solidez, causada por la “falta de idoneidad en los directores i artesanos” y “la ligereza con que se trabaja”, es decir, una escasez de profesionales aptos y responsables; “la poca profundidad que se da a los cimientos” y “la falta de estribos que aseguren las murallas altas, i de llaves que las unan entre sí”, y en general la desatención de técnicas constructivas que prevengan los daños causados por terremotos; y “la mala calidad u estado de los materiales”, es decir, una falta de criterio en la elección de materiales de construcción, priorizando la compra de “materiales baratos, aunque sean de mala calidad”, lo que “economiza la indispensable solidez, con el objeto de emplear ese ahorro en cosas de mero lucimiento”, como “estucos, molduras, tallados, revestidos i follajes de pilares, con otros adornos superficiales […] La casa queda, como suele decirse, bonita, pero insegura, i por consiguiente, de poca duración: esto sucede muchas veces”. Juan Gandarillas se cuida, sin embargo, de no posicionar su crítica como portadora de un juicio estético al gusto moderno o a la suntuosidad; “solo deseo que no se opongan a la necesaria solidez”63.

Para Claude-François Brunet Debaines, como para Juan Gandarillas y como para parte importante de la tradición arquitectónica occidental -basada en los principios vitruvianos-, la belleza no debía constituir el fin único de la arquitectura. En el Manual de arquitectura que redactó para su curso en la Universidad, publicado en 1853, expresaba que “el fin que el arquitecto debe proponerse en sus composiciones es cumplir con las dos condiciones principales del arte de edificar, lo bello i lo útil”64, temperando luego la importancia de la condición estética del edificio, aduciendo que “la forma, por mas bella i mas grandiosa que se la suponga, solo debe ocupar el segundo lugar entre las composiciones arquitectónicas, debiendo ocupar el primero el principio de la conveniencia i del destino, como que satisface a la principal condicion del arte de edificar -la utilidad”65. Sin embargo, la definición de lo útil en Claude-François Brunet Debaines no provenía de un ideario pragmático o ingenieril, enfocado en soluciones constructivas, sino que, muy por el contrario, derivaba de discusiones teóricas y eminentemente estéticas que se estaban dando por esos momentos en París en el ámbito academicista, lo que se condice con el hecho de que su teoría había sido compuesta en su mayor parte en Francia.

En efecto, este manual, titulado Curso de arquitectura, escrito en francés para el Instituto Nacional de Chile, era una traducción al español de un artículo de Claude-François Brunet Debaines sobre las “modificaciones que un diploma necesitaría en la enseñanza de la arquitectura”, presentado ante la Sociedad Central de Arquitectos de Francia y publicado en 1846 en la Revue générale de l'architecture et des travaux publics66. La versión en español, traducida por el taquígrafo y profesor de Instituto Nacional Francisco Solano Pérez, se imprimió en 1853, constituyéndose en el primer texto sobre la arquitectura escrito en el país y, al mismo tiempo, en el primer manual realizado y publicado en América Latina67. Agregando un preámbulo sucinto que describe porqué y cómo escribió el texto, y omitiendo varios párrafos referidos a contingencias del gremio de los arquitectos en Francia68, la introducción al curso es una traducción literal del texto redactado en París, dando cuenta de la intención de Claude-François Brunet Debaines de mantener su plan pensado para la academia francesa, a pesar del traslado a un contexto geográfico, cultural, social y económico muy diferente.

Luego de la introducción, el resto del libro era un pormenor de las materias que debían ser enseñadas al alumno de arquitectura, según la propuesta de una comisión de arquitectos pertenecientes a la Sociedad Central de Arquitectos de Francia, compuesta por el mismo Claude-François Brunet Debaines y los arquitectos Guillaume Abel Blouet, Charles Gourlier, Simon-Claude Constant Dufeux y un Baltard que puede haber sido Victor, Prosper o Louis Pierre. El curso propuesto en Francia comprendía el estudio de la lengua francesa; dibujo de ornamentos y de figura humana; historia de la arquitectura; teoría de la arquitectura; composición de arquitectura aplicada a tres tipos de proyectos (monumento, edificio público y casa particular); y experiencia práctica. Se diferenciaba del primer programa propuesto por Claude-François Brunet Debaines para Chile en la inclusión del estudio de la lengua francesa -y no del latín- y, lo que es sorprendente, en una concentración mucho mayor en los cursos tecno-científicos, incluyendo aritmética, álgebra, geometría, trigonometría, estática, mecánica, geometría descriptiva, estereotomía, perspectiva, contabilidad para construcciones, leyes y ordenanzas de arquitectura69. Así, la adaptación que Claude-François Brunet Debaines hizo del programa en Chile, en sus propuestas de 1848 y 1849, y quizá con la libertad concedida por la lejanía, encaminaba la instrucción por los ramos humanísticos, dejando los científicos como complemento secundario. En efecto, en el Curso, si bien describía este programa que se había propuesto en Francia por el comité, enseguida detallaba el que concebía para Chile. Este nuevo curso propuesto solo consideraba cuatro materias: historia de la arquitectura; teoría del arte aplicado al estudio de los monumentos antiguos y a los tratados; dibujo arquitectónico y de ornamentos, y un curso práctico de construcción en obra70. Parecía ser que la definición de Claude-François Brunet Debaines del arquitecto tenía un vínculo estrecho a la figura del artista, una interpretación que tal vez derivaba de una preocupación que era común a los arquitectos de su generación, en torno a la confusión frecuente, en la sociedad civil, entre arquitecto y empresario, cosa que expresó varias veces en su artículo de la Revue71.

El programa respondía, entonces, de manera parcial a los requerimientos de Andrés Bello -a pesar de que Claude-François Brunet Debaines tildaba al rector de “el hombre de gusto, [el] hombre iluminado cuyas observaciones serán religiosamente escuchadas”72-, excluyendo, aunque sin entusiasmo, los estudios de latín73. Insistía, también, en mantener los estudios teóricos de geología, física y química, y sobre todo mantenía una fuerte concentración en la historia universal de la arquitectura y en la teoría basada en el estudio de monumentos antiguos, cuya descripción ocupa más de tres cuartas partes de su manual. La centralidad de la historia es algo que también se distingue en la selección bibliográfica del manual, que incluye a los autores clásicos (como, por ejemplo, Marco Vitruvio, Sebastiano Serlio, Andrea Palladio, Philibert de l’Orme, Vincenzo Scamozzi, Antoine Desgodets, Claude Perrault, Jacques François Blondel, Johann Joachim Winckelmann), pero también a los teóricos contemporáneos, arquitectos y arqueólogos, que investigaron y dibujaron las ruinas antiguas, alentando el desarrollo y la diversificación de los historicismos decimonónicos (por ejemplo, Auguste Famin, James Stuart, Nicholas Revett, Alexandre Laborde, Antonio Nibby, Antoine Chrysostome Quatremère de Quincy, Jacques Ignace Hittorf y Prosper Mérimée). La bibliografía también demuestra cómo Claude-François Brunet Debaines descartaba una aproximación matemática, pues es notoria la ausencia de los escritos de Jean-Nicolas-Louis Durand y de tratados de construcción -aunque se debe mencionar aquí que en 1848 Claude-François Brunet Debaines solicitó a las autoridades de la Universidad la adquisición de dos manuales técnicos, de Jean Rondelet (Traité pratique de l'art de bâtir, 1847-1848) y de Joseph Alphonse Adhémar (Traité de charpente, 1861)-74. Se debe mencionar que Claude-François Brunet Debaines también accedió, por consejo del ministro de Instrucción Pública, “hacer marchar a la par con los estudios teóricos, estudios prácticos que quiere facilitaros haciéndoos asistir bajo mi dirección a los trabajos públicos emprendidos por el Gobierno en esta capital”, lo que permitiría a los alumnos iniciarse en la construcción, constituyendo, al mismo tiempo, según el francés, “un descanso útil en vuestros trabajos de gabinete”. En este sentido, Claude-François Brunet Debaines aceptaba un sistema de funcionamiento muy similar al de los ateliers beauxartianos, donde la construcción se aprendía a través de trabajos prácticos y no con lecciones teóricas75.

En cualquier caso, la publicación del curso daría cuenta de la conclusión de aquel encuentro de opiniones entre Andrés Bello y Claude-François Brunet Debaines que se podría calificar de manera laxa de “debate”. Ignacio Domeyko sellaría la discusión calificando el Curso, unos meses antes de su publicación y señalando que estaría pronto a aparecer, de “bastante bueno”76.

Claude-François Brunet, de todas maneras, no era ajeno a las preocupaciones de los chilenos, y se esmeró en expresar su comprensión de la realidad local en el Curso. En la introducción al texto, en las primeras líneas, situándose como comentador externo de la realidad de un país en proceso de autodefinición, reconocía, como Andrés Bello, la necesidad de cultivar la arquitectura en tanto medio para alcanzar el progreso y, sobre todo, la civilización: abogaba, así, por la instauración de la enseñanza “de un arte que es la espresión mas completa de la civilización de los pueblos en que se cultiva”, para “lograr las mejoras que se propone introducir en el país”77. Sin embargo, estas mejoras fueron, a su vez, asociadas por el arquitecto no a aspectos técnicos ni a la cualificación masiva de profesionales, sino a la adquisición del concepto de lo “bello”:

“El gobierno no retrocede, para dotar con instituciones liberales al pais que administra, i para haceros llegar de un salto al mismo punto en que nos hallamos en nuestra vieja Europa, al cual no hemos alcanzado sino después de una marcha lenta i siglos de trabajos constantes; que el solo medio, digo, de probar que un pueblo nuevo es apto a recibir los beneficios de una educación que de un golpe lo pondrá al nivel de los pueblos más avanzados, es la perseverancia en los estudios que desarrollaran según estoi persuadido, ese instinto de lo bello que mi bien puede haber estado dormido hasta ahora, pero que existe i dispertará, no lo dudeis, si me cabe la felicidad de inspiraros el deseo de cultivar un arte que satisface al mismo tiempo la imajinacion, el gusto i ese amor de lo bello que no nace ni se desarrolla sino paulatinamente i a medida que los pueblos avanzan en la via de la civilización”78.

Esta es una de las escasas menciones a Chile que aparecen en el manual. El resto del texto, como se ha señalado, es la traducción del curso que había publicado ocho años atrás en París. Las discusiones que ahí aparecen, por lo tanto, reflejan el público al cual estaba dirigido: sus colegas y compatriotas.

El funcionalismo del Eclecticismo

El diálogo que Claude-François Brunet Debaines pretendía establecer con sus lectores franceses discurría precisamente en torno a la definición de este “instinto de lo bello” que quería despertar en sus discípulos chilenos. Su preocupación principal en lo referente a este concepto era la distorsión a la que estaba siendo sometido ese concepto en la academia, ceñido por la mantención estricta del ornamento clásico, llevando a la inflexibilidad, la falta de creatividad y la tergiversación del canon, lo que para el arquitecto francés significaba la postergación de la función del edificio en virtud de lograr una apariencia bella o grandiosa. Incluso, alegaba, se daba demasiada atención a los dibujos de proyecto, que exigiendo gran detalle y virtuosidad “hacen perder mucho tiempo”, cuando solo deberían ser usados “en corto numero”, los diseños debiendo “reservarse para la espresion de las composiciones arquitectonicas, para la ornamentación, la decoracion que no tienen otros interpretes”79. Para evitar el fachadismo, decía:

“Hai que distinguir entre los monumentos que deben hablar unicamente a los ojos, i de los cuales la forma es la cualidad esencial, i los de una utilidad real que tienen un destino particular, que hace que en ellos la forma sea mas bien un accesorio. Se ve con mucha frecuencia que por una falsa aplicación de la bella forma arquitectónica, griega o romana, se llega a revestir con un esterior embustero respecto de su destino, monumentos que pertenecen a otro orden de ideas, i a destruir asi las relaciones de coordinación entre la forma i el objeto del edificio, relaciones sin las cuales no puede haber belleza en arquitectura”80.

Poner de relieve la utilidad permitía a Claude-François Brunet Debaines retornar a los principios vitruvianos y en específico a la noción de la utilitas, que preconizaba una relación directa entre la forma y la función del edificio. Su definición de utilidad no estaba emparentada con la perspectiva bellista, enfocada en la solución de problemas locales; tampoco buscaba una racionalización de la forma, siguiendo la influencia politécnica de Jean-Nicolas-Louis Durand, ni comulgaba con las preocupaciones técnicas de Juan Gandarillas. En este sentido, el manual de Claude-François Brunet Debaines difería de lo que, según Ramón Gutiérrez, constituyen las corrientes más pragmáticas americanas como las expuestas por los tratadistas de una generación posterior en América Latina. Por ejemplo, los textos del ingeniero mexicano Mariano Carrillo de Albornoz (Prontuario de arquitectura, 1854) y del ingeniero peruano Teodoro Elmore (Lecciones de arquitectura, 1876) estaban orientados a problemas más tecnológicos, de adaptación al medio y, en general, a atender las realidades y contingencias regionales mediante técnicas y soluciones tipológicas sui generis81. Frente a estas definiciones “ingenieriles” o pragmáticas de lo útil, la noción de utilidad en Claude-François Brunet Debaines introducía, por el contrario, la idea de la autonomía de la arquitectura frente a la ingeniería, en tanto definía lo útil a partir de un léxico propio a la arquitectura académica. En este contexto, el utilitarismo de Claude-François Brunet Debaines, que había sido alumno de André Chatillon, a su vez alumno de Charles Percier82, era sintomático de un discurso crítico que se estaba formando por esos años en la academia francesa. Su definición de ‘utilidad’ no implicaba de hecho un acercamiento a la racionalidad de la ingeniería, sino que significaba, más bien, una precisión léxica dentro del sistema de pensamiento academicista, vinculándose a la puesta en duda de la supremacía de lo clásico y a la irrupción, por ese entonces incipiente, de la noción de ‘eclecticismo’83.

De esta alineación teórica se desprende la importancia para Claude-François Brunet Debaines del estudio de la historia, lo que permitía coordinar de manera adecuada el aspecto de un edificio con su función. Desde las primeras páginas declara, en efecto, que “todo lo concerniente a la profesión de arquitecto” debe estar referido en alguna medida a Marco Vitruvio, padre de la tradición clásica, y que es necesario estudiar la historia de diferentes épocas; si bien no en profundidad, debiera ser requerimiento a todo arquitecto conocer al menos sus hechos principales84. “Sin esta educación preparatoria -insiste- el Arquitecto puede llegar a ser un habil dibujante, un buen constructor; pero su espíritu sin cultura solo producira obras imperfectas”85. A partir de este recurso a la historia, Claude-François Brunet Debaines se alinea con los primeros intentos de levantar el velo censurador de las formas alejadas de la tradición clásica como las medievales, renacentistas, las provenientes “del siglo del gran rei “ o el “estilo Louis XV” que, según él, podían servir de inspiración tanto como las formas clásicas86. Abogaba, así, por una plena libertad del arquitecto frente a las formas que ha ofrecido la tradición disciplinaria en todas sus versiones temporales y geográficas, repasando la arquitectura de zonas geográficas como India, Egipto, Persia, aunque excluyendo, como nota Ramón Gutiérrez, las formas precolombinas o coloniales americanas87. “El eclecticismo”, declaraba:

“[…] me parece aquí indicado i racional: lo bello, en Arquitectura, sobre todo, no es tan absoluto, que no puedan hacer elementos variados […] lo bello no resulta necesariamente del empleo sistemático del elemento griego o romano […] por lo menos se concederá al artista el derecho de elejir entre todos los estilos el que mejor se asimile a sus ideas de estética […] Encerrar el arte en tipos absolutos i exclusivos, estrecharlo entre limites que no puede salvar sin incurrir en una especie de escomunion, es aniquilar, es por decirlo asi, matar la invención: es en efecto detener el vuelo del genio, querer inmovilizarlo en provecho de ciertos tipos sacramentales, anatemizando todo lo que fuera de ellos se produjere”88.

A pesar de que las obras que construyó en Chile pueden calificarse como neoclásicas y que su ‘curso’ se ha tildado de clasicista89, en la dimensión discursiva sus preocupaciones eran expresivas de asuntos plenamente contemporáneos; el arquitecto estaba participando del movimiento crítico que se estaba gestando en la década de 1840 en París, y que tendría su apogeo a mediados de la década siguiente. La mitad del siglo xix fue, en efecto, un momento en que aún se encontraba en pugna la distinción entre arquitectos e ingenieros, en que la hegemonía de los principios clasicistas que habían perdurado desde el declive del barroco se encontraba en plena crisis, y en que las escuelas politécnicas estaban ofreciendo un programa innovador que pretendía racionalizar la teoría arquitectónica proveyéndola de herramientas científicas90. Frente al panorama cambiante, la comunidad de arquitectos reaccionó, proponiendo una transformación radical de la tradición clasicista. En este sentido, el surgimiento del eclecticismo puede comprenderse, también, como producto de lo que el historiador Peter Collins ha denominado “la exigencia de una nueva arquitectura” en la era de la industrialización y secularización general de la sociedad, y que era síntoma de un creciente malestar que ya existía en la Escuela de Bellas Artes desde fines del siglo xviii 91. Su aparición puede vincularse, también, a la tradición ahistórica impuesta por la teoría de Jean-Nicolas-Louis Durand, quien integraba los elementos clásicos en sus sistema de composición a partir de una consideración de la “economía” que implicaba la fuerza del hábito. Dentro de este sistema de pensamiento, el clasicismo no era más que un repositorio de convenciones útiles por su familiaridad92.

La validación generalizada del eclecticismo vino con la publicación por tomos del Dictionnaire raisonné de l'architecture française du xi au xvi siècle, de Eugène Viollet-le-Duc (1854-1868), que rescataba y ponía en valor, por primera vez en siglos, la arquitectura medieval. Trabajó asistiendo a Prosper Mérimée, inspector general de la Comisión Nacional de Monumentos Históricos de Francia, inventariando y restaurando varios edificios góticos, y sus remodelaciones creativas y poco apegadas a la rigurosidad histórica fueron paradigmáticas de la libertad que pregonaba el eclecticismo93. Es significativo recordar aquí que Claude-François Brunet Debaines trabajó en esta comisión, creada en 1837, bajo el mando de Prosper Mérimée, por lo que es muy probable que haya seguido muy de cerca el surgimiento del neogótico en Francia.

A partir de esta valorización del gótico, se abrió la puerta a la aceptación de todos los estilos conocidos. Así, el eclecticismo establecía los elementos y tipologías arquitectónicos, de cualquier época y cultura como soluciones combinables, formando parte de un inventario infinito y global, abriendo paso a un antidogmatismo, a una nueva creatividad y a una fascinación con soluciones nuevas y nunca vistas que irían horadando gradualmente la tradición académica. Si bien Eugène Viollet-le-Duc formuló una violenta crítica hacia la tradición académica, este fue nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes en 1863, demostrando los esfuerzos que se hicieron en esa institución por renovar los discursos teóricos. Este movimiento más tarde llevaría a la ruptura definitiva de la academia con la exigencia de coherencia vitruviana y el historicismo, dando paso, varias décadas más tarde, a la tabula rasa del modernismo.

Uno de los adalides de este cambio a mediados de siglo fue César Daly, director de la Revue Générale de l’Architecture et des Travaux Publics, la misma revista donde Claude-François Brunet Debaines había publicado su programa de curso de arquitectura en 1845. Esta revista, tal como declaraba su director en sus editoriales y en algunos artículos, buscaba promover una unión entre las disciplinas de la arquitectura y la ingeniería -y consecuentemente del arte y de la ciencia- y una racionalización general del pensamiento arquitectónico. A diferencia de la propuesta de Jean-Nicolas-Louis Durand, que se basaba en las convenciones clásicas, buscaba también una renovación de las formas que se estaban repitiendo desde mediados del siglo xviii. César Daly se preocupó en particular de denunciar la esterilidad y el servilismo de la copia clasicista, planteando la necesidad de la invención de una arquitectura de formas nuevas que pudieran simbolizar los nuevos tiempos. Para él, la arquitectura debía ser invención y creatividad, y el eclecticismo se presentó pronto como solución, aunque se tratase, desde su punto de vista, de un recurso transitorio antes de alcanzar la arquitectura del futuro, cuyas formas eran aún desconocidas. La arquitectura no solo debía ser historia, tal como lo planteaba el historicismo, sino que, también, debía ser progreso94. Tanto César Daly y su Revue Générale, como la formación, en 1840, de la Société Centrale d’Architectes, fueron centrales en la constitución y difusión de este nuevo paradigma estilístico, que cuestionaba la centralización o imposición de dogmas de parte del Estado o de la Academia95. Así, Claude-François Brunet Debaines, uno de los fundadores de la Société y cuyo texto sobre la enseñanza fue publicado en la revista de César Daly, se encontraba en la década de 1840 al centro de esta reformulación teórica del estilo96.

César Daly también fue el primero en hablar de una “escuela racionalista”, que según él eran un grupo de arquitectos que no eran conscientes de ser un movimiento, pero que creían que la forma arquitectónica era en esencia su forma estructural. Asimismo, comulgaba con la idea de que, decía, provenía de este movimiento, de que la arquitectura debía reconciliarse con la ciencia moderna y la industria, una unión que era imposible para aquellos que ciegamente imitaban iglesias y palacios97. Este discurso sobre el cruce entre arte y ciencia, sin embargo, no aparece en Claude-François Brunet Debaines y, más aún, su concentración sobre la noción de historia lo enfrentó con aquellos, como Andrés Bello, que veían en la arquitectura, y sobre todo en su enseñanza, una posibilidad para instaurar una cultura constructiva basada en principios de seguridad y funcionalidad.

Arquitectura y nación

Ciertamente la confrontación entre dos concepciones sobre el papel social y la práctica material de la arquitectura no es exclusiva a este momento histórico ni al ámbito chileno. Es una dicotomía que ha marcado la historia del arte y la técnica y su largo aliento puede trazarse a la oposición entre las figuras bíblicas de Marta y de María, símbolos del pragmatismo y del idealismo espiritual, de la vida en la tierra y de la vida en los cielos, del trabajo manual e intelectual98. Su confrontación también está asociada a la división medieval entre artes mecánicas, ligadas a la materialidad y las artes liberales, vinculadas al pensamiento. La identificación renacentista de la arquitectura con las últimas marcó, sin duda, la definición moderna del arquitecto como un artista-intelectual, alejado de las prácticas artesanales99.

Sin embargo, durante el “largo” siglo xix se dio un particular proceso de adquisición de autonomía del arquitecto en términos disciplinares, implicando su distinción del ingeniero, y en términos estéticos, proclamando la independencia de las leyes de la historia. En el camino a la autodeterminación están inscritas las preguntas sobre el papel del arquitecto y de la arquitectura en una sociedad cambiante, industrializada y secularizada, y en estos cuestionamientos fue central pensar en la unión entre el arte, por una parte, y la tecnología y la industria, por otra. De estas reflexiones surgieron en Francia los politécnicos con su arquitectura racionalista, y los eclecticistas, que promovieron dos aproximaciones divergentes al funcionalismo en cuanto lo interpretaban como una simplificación de la forma, los primeros, y como una diversificación de la forma, los segundos.

Este mismo tipo de reflexiones circulaban en Chile entre los intelectuales que estaban formando a mediados de siglo las instituciones de enseñanza superior que servirían de base para organizar la sociedad del progreso. Sin embargo, la realidad local era bien distinta a la de Europa: no había aún señas de una fuerte industrialización, la estructura social y económica siendo aún regida por la explotación agrícola en el latifundio. En la determinación de una política de fomento de los oficios artísticos y técnicos, pareciera haber predominado, al menos en el ámbito discursivo, la necesidad de distanciarse de este modelo social y económico enraizado en el mundo colonial. Como se ha visto, se perfilaron dos estrategias de alejamiento de este pasado y de proponer medios para alcanzar el progreso: a través de la instrucción técnica o a través de la erudición.

Por un lado, se encontraba la idea educar a los artesanos en las técnicas que permitirían desarrollar en el país la actividad industrial, lo que traería beneficios económicos transversales y autonomía al trabajador. Estas ideas recuperaban valores ilustrados que a pesar del contexto distinto, seguían persistiendo en Chile. Es interesante notar, en este sentido, que, aunque se podría pensar que, como en Francia, los ideales de la Ilustración podrían haberse prolongado en la primera mitad del siglo xix de la mano del sansimonismo -movimiento precursor del positivismo de Auguste Comte que tanto influyó a pensadores chilenos de mediados de siglo100-, lo cierto es que la doctrina que seguía las ideas del conde Henri de Saint-Simon tuvo escasa repercusión en Chile, transmitiéndose a través de Santiago Arcos, José Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, o el más desconocido Louis-Antoine Vendel-Heyl, principalmente en el ámbito de las letras y no tanto así en el de la ciencia, la técnica, el arte o, considerando que algunos lo consideran antecedente para la consolidación del socialismo, en la política101. El sansimonismo, que abrazaba, entre otras ideas, la noción de un Estado laico e industrializado, motor de la modernización y de la igualdad social, elevó la figura del ingeniero, en particular, como conductor de reformas materiales y políticas, actitud que se ha considerado como antecedente para la constitución de una cultura tecnocrática102. La presencia vaga de estos ideales podría considerarse como una reverberación de los efectos de la industrialización que estaban propagándose desde las metrópolis europeas a las periferias descolonizadas, pero no como una influencia directa sobre el pensamiento en torno al arte y la técnica. La persistencia del iluminismo puede comprenderse más bien como la continuidad de las ideas republicanas de Manuel de Salas, Camilo Henríquez y Juan Egaña, defensores de la educación universal basada en la educación política y moral de las clases populares, y la valorización del trabajo manual. En la década de 1840 y 1850 estas ideas fueron rescatadas por los integrantes de la Sociedad de la Igualdad, organización política fundada por los liberales Francisco Bilbao y Santiago Arcos y que reunía a varios otros intelectuales en torno a la idea de asociación política entre sectores altos y bajos, materializado en la creación de escuelas populares y que comulgaba, por ejemplo, con proyectos como la Escuela de Artes y Oficios.

Por otro lado, también se instaló la idea de que para alcanzar el estatus de sociedad civilizada, era necesario formar a estudiantes cultos, versados en las disciplinas humanistas y conocedores de las nociones “correctas” y europeas sobre la belleza, y de este enfoque era paradigmático el pensamiento de Claude-François Brunet Debaines. En esta corriente de pensamiento se pueden encontrar ciertas afinidades con el romanticismo anticlasicista, liberal, que buscaba la emancipación de las ataduras de la tradición y de las instituciones, y la desvinculación del racionalismo ilustrado a través de la cultivación del espíritu individual.

El pragmatismo de Andrés Bello, a la cabeza del consejo universitario, y el idealismo de Claude-François Brunet Debaines, fueron expresión de una preocupación por hacer progresar al país a través del cultivo de las artes y las ciencias por medios distintos. El agrimensor Manuel Salustio Fernández hizo eco de esta confrontación de métodos en su discurso de incorporación al cuerpo académico de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas en junio de 1854, donde expuso sobre “la necesidad i medios de fomentar en Chile el estudio de las ciencias físico-matemáticas aplicadas a la industria i las artes”. En esta memoria, Manuel Fernández hace un elogio de las ciencias útiles, oponiéndolas a las ciencias especulativas, y a las leyes, siendo estas últimas para el agrimensor loables y necesarias, pero no sin el complemento de su aplicación a la industria. Señalaba, al mismo tiempo, que uno de los problemas principales en esta priorización equivocada de las ciencias especulativas reside en la falsa idea de que forjaban una carrera más lucrativa y honrosa que las aplicadas:

“Ya el joven se avergüenza de estar con su padre, de ayudarle en su taller; no es posible que el que tuvo en sus manos a Ciceron, vaya a ocuparlas en tomar un cepillo para labrar una tabla, o una barra de hierro para trabajar una pieza de herrería! He aquí un ser aislado e infeliz, un individuo que no pertenece a ninguna clase de la sociedad; que desprecia a sus iguales i que es despreciado a su vez por sus antiguos compañeros de colejio, que ya no lo miran sino como al hijo del carpintero o del herrero”103.

Es interesante notar que en la dicotomía entre teoría y práctica, entre María y Marta, entre las ideas y las cosas, existía también esta confrontación entre ideales sociales. La Universidad de Chile simbolizaba a mediados del siglo xix la tradicional educación humanística de las élites, mientras que en los márgenes de este proyecto central del Estado se comenzó a delinear un proyecto educativo, empujado, por un lado, por aquellos que querían priorizar la educación primaria como medio de educación de las masas104 y, por otro, por los que querían luchar contra el deshonor ligado a las artes manuales de los gremios de artesanos, orientado a los oficios y profesiones técnicas. De este impulso derivó la creación de la Escuela de Artes y Oficios, de la Escuela de Agricultura en la Quinta Normal, de varias escuelas nocturnas de artesanos, y de los cursos de ingeniería en la escuela de minas de Coquimbo105.

Formaba parte, también, de este proyecto periférico el curso de arquitectura, que no era una iniciativa medular de la Universidad de Chile, sino que permaneció hasta fines del siglo xix como secundaria y discontinua, de difícil concreción, y cuyo obstáculo principal fue la falta de alumnos. En efecto, el curso tuvo en sus primeros cincuenta años una asistencia muy escasa: en su primer año contó con seis alumnos, de los cuales ninguno se recibió106; en 1857 tuvo que cerrarse por falta de alumnos; en 1860 tenía cinco alumnos inscritos; en 1862, trece años después de su creación, se tituló el primer arquitecto, Ricardo Brown; entre 1863 y 1866 la afluencia del curso transitó entre tres y trece alumnos; y en 1866 se cerró hasta 1872, por falta de alumnos. En este periodo, luego de la muerte de Claude-François Brunet Debaines en 1855, fue dirigido por el francés Lucien Hénault hasta 1866, aunque en la práctica, por la falta de alumnos, se dedicó más a dar clases de construcción a los alumnos de ingeniería civil de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas. En 1872 pasó a la dirección de Manuel Aldunate, quien propuso al año siguiente un nuevo programa de estudios, se orientaba de manera evidente al aprendizaje de la construcción y de nociones matemáticas útiles al arte -su curso estaba destinado, según él, a formar arquitectos-ingenieros-, matriz programática que permaneció durante las tres últimas décadas del siglo xix 107.

A pesar de la importancia que se le ha dado al tratado fundacional de Claude-François Brunet Debaines, pareciera ser, entonces, que su repercusión entre sus discípulos y sucesores fue escasa. Aunque la Sección de Bellas Artes del Instituto Nacional organizó en su seno clases de Arquitectura a partir de 1858, alojando, incluso, el curso en su institución -que, a su vez, formó parte de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Bellas Artes a partir de 1879-, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas fue la que entregó los diplomas de arquitecto, hasta la creación de la Facultad de Arquitectura en 1944108. Es claro que la identidad disciplinar de la arquitectura estaba lejos de establecerse en este periodo.

La fundación del curso de arquitectura por Claude-François Brunet Debaines y la reducida proyección que tuvo su programa, así como su recepción crítica, el debate en torno a la identidad disciplinar y la subsistencia de los ideales racionalistas de la ingeniería en la formación arquitectónica, son testimonio de la conformación de un discurso, no necesariamente reflejado en la práctica, en torno al importante papel que podía tener la disciplina en la formación de la república naciente, proceso complejo que sigue atrayendo la atención de la historiografía chilena109. La confrontación de aproximaciones distintas daba cuenta de la tensión que generaba la importación de modelos foráneos a una realidad local, cuya adaptación y reformulación, a mediados del siglo xix, parecía ser el sustrato de la conformación de una identidad nacional donde condiciones y soluciones se correspondieran.

1Este artículo forma parte de los productos del proyecto de investigación de posdoctorado Fondecyt N° 3160146, bajo el patrocinio de la Universidad Mayor y la Universidad de Chile. La autora agradece el apoyo del académico Rodrigo Booth (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile) en el desarrollo de esta investigación, y a los evaluadores anónimos de este texto que contribuyeron a su mejoría con valiosos comentarios.

2Vicente Grez, Les beaux-arts au Chili. Exposition de Paris 1889. Section chilienne, Paris, A. Roger et F. Chernoviz, 1889; Eduardo Secchi, Arquitectura en Santiago: siglo xvii a siglo xix, con prólogo de Rodulfo Oyarzún, Santiago, Comisión del Cuarto Centenario de la Ciudad, 1941; Eugenio Pereira Salas, La arquitectura chilena en el siglo xix, Santiago, Editorial Universitaria, 1956; Myriam Waisberg, La clase de Arquitectura y la Sección de Bellas Artes: en torno al centenario de la creación de la Sección de Bellas Artes de la Universidad de Chile, 1858-1958, Santiago, Universidad de Chile, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Instituto de Teoría e Historia de la Arquitectura, 1962. Para una revisión detallada de la historiografía de la arquitectura nacional, incluyendo los títulos que repasan la arquitectura del periodo aquí mencionado, véase Horacio Torrent, “Historiografía y Arquitectura moderna en Chile: notas sobre sus paradigmas y desafíos”, en Anales del Instituto de Arte Americano e investigaciones estéticas “Mario J. Buschiazzo”, vol. 42, N° 1, Buenos Aires, 2012, pp. 55-76.

3El apellido del arquitecto aparece escrito en la historiografía y en las fuentes documentales de formas variadas, entre ellas:”Brunet Debaines”, “Brunet de Baines”, Brunet Debaisne” y “Brunet Debaisnes”. Se usará aquí la primera forma, siguiendo la firma que utilizaba el arquitecto en la correspondencia que envió en Chile.

4Véase Gabriel Guarda, Flandes Indiano: las fortificaciones del reino de Chile, 1541-1826, Santiago, Universidad Católica de Chile, 1990; Gabriel Guarda, El arquitecto de La Moneda: Joaquín Toesca, 1752-1799: una imagen del imperio español en América, Santiago, Ediciones de la Universidad Católica de Chile, 1997.

5Pereira Salas, op. cit., pp. 11-15, quizá siguiendo el diagnóstico de Diego Barros Arana que acusaba la “falta absoluta de gusto i de ciencia” y el “deplorable i hasta vergonzoso estado de atraso” de la arquitectura construida posterior a la muerte del “gran arquitecto” italiano, lo que se remediaría en parte con la contratación de Claude-François Brunet Debaines, “uno de los mejores cooperadores al progreso” de la ciudad. Diego Barros Arana, Un decenio de la historia de Chile (1841-1851), Santiago, Imprenta Universitaria, 1906, tomo ii, pp. 398-401.

6Véase, por ejemplo, José Henríquez, “Claudio Fco. Brunet de Baines Luciano Henault”, Seminario de investigación, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile, 1957; Fernando Riquelme, “Neoclasicismos e historicismos en la arquitectura de Santiago”, en Varios Autores, De Toesca a la arquitectura moderna, Santiago, Universidad de Chile, Centro de Arquitectura, Diseño y Geografía, 1996, pp. 31-42; Osvaldo Cáceres, La arquitectura de Chile independiente, Concepción, Ediciones Universidad del Bío-Bío, 2007 y los textos que acompañan la edición facsimilar de Claude-François Brunet de Baines, Curso de arquitectura, escrito en francés para el Instituto Nacional de Chile, Santiago, Universidad de Chile, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, 2008.

7Los primeros años del curso de Arquitectura de la Universidad de Chile, enumerando profesores, estudiantes y egresados, fueron reconstruidos por Myriam Waisberg, op. cit.

8Un ejemplo paradigmático de este retrato afrancesado de la arquitectura chilena de la segunda mitad del siglo es la descripción que hace de ella Henry Russell Hitchcock en su clásico Architecture: nineteenth and twentieth centuries, Baltimore, Penguin Books, 1958, p. 91. En relación con la influencia generalizada de la cultura francesa en Chile en este periodo, véase Jean-Pierre Blancpain, Francia y los franceses en Chile, 1700-1980, Santiago, Hachette, 1987, y Francisco Javier González, Aquellos años franceses. 1870-1900. Chile en la huella de París, Santiago, Taurus, 2003. Las obras de Bernardo Subercaseaux, Historia de las ideas y de la cultura en Chile, Santiago, Editorial Universitaria, 1997-2004, 3 tomos y de Ricardo Krebs y Cristián Gazmuri (eds.), La revolución francesa y Chile, Santiago, Editorial Universitaria, 1990, también dan cuenta de algunas particularidades de la influencia francesa en la política, cultura y sociedad chilenas del siglo xix. Los términos ‘francomanía’ y ‘francofilia’ son utilizados por Jean-Pierre Blancpain en su artículo “Cultura francesa y francomanía en América Latina: el caso de Chile en el siglo xix“, en Cuadernos de Historia, N° 7, Santiago 1987, pp. 11-52.

9Véase José Morais, “Los islamismos de la arquitectura chilena decimonónica y otras referencias orientales”, en ARQ, N° 95, Santiago, 2017, pp. 62-73 y Solène Bergot, “Unidad y distinción. El eclecticismo en Santiago en la segunda mitad del siglo xix“, en 180, año 13, N° 23, Santiago, 2009, pp. 32-35. El libro de Mauricio Baros, El imaginario oriental en Chile en el siglo xix, Saarbrücken, Editorial Académica Española, 2011, aporta también algunas especificaciones sobre el eclecticismo en Chile.

10En algunos comentadores de la época aparece la caracterización de la arquitectura chilena como mera imitación de lo europeo, tachando la emulación desatada de pastiche y de mal gusto. Véase Charles Wiener, Chili & Chiliens, Paris, Léopold Cerf, 1888; Theodore Child, The Spanish-American Republics, New York, Harper & Brothers, 1891. Ese tipo de arquitectura de remedo fue luego cuestionado por los neocolonialistas de las décadas de 1910 a 1930, quienes abogaron por la necesidad de encontrar inspiración en elementos propios y revisitar la historia indígena y colonial. Véase a este respecto Humberto Eliash y Manuel Moreno, Arquitectura y modernidad en Chile, Santiago, Universidad Católica de Chile, 1989, pp. 18-28. La falta de originalidad, la necesidad de referentes externos y la dificultad en encontrar una identidad propia han aparecido como constantes en la historiografía del siglo xx, no solo para revisiones de la arquitectura del xix sino, también, para la modernista. Véase, por ejemplo, Humberto Eliash y Manuel Moreno, Arquitectura moderna en Chile (1930-1950): testimonios y reflexiones, Santiago, Chile Industrias Metálicas Chile, 1985 y Patricio Gross, Arquitectura en Chile, desde la prehispanidad al centenario, Santiago, Sa Cabana, 2015.

11Se introduce aquí la noción de ‘controversial’ en el sentido otorgado por la Sociología de la Ciencia y los Estudios STS (Science, Technology and Society Studies) que entienden el proceso dinámico de fabricación de discursos científicos y tecnológicos como productos de procesos agonísticos. En el campo de la historia de la Arquitectura, esta metodología permite atender la condición colectiva y socialmente determinada de los cánones técnicos y artísticos. Véase Albena Yaneva, Mapping controversies in architecture, Farnham, Ashgate, 2012 y su aplicación a casos chilenos en Amarí Peliowski y Rodrigo Booth, “El estudio de controversias como metodología de investigación para la historia de la arquitectura en Chile”, en Proceedings Intersecciones, Segundo congreso interdisciplinario de investigación en arquitectura, diseño, ciudad y territorio, Santiago de Chile, Diciembre 13 al 15 del 2016, Santiago, Universidad Católica de Chile y Universidad de Chile, 2016, pp. 634-638. En el ámbito de la historia política chilena, la obra de Ana María Stuven, La seducción de un orden: las élites y la construcción de Chile en las polémicas culturales y políticas del siglo xix, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2000, permite comprender el estudio de la discusión y la controversia como método de análisis de las estrategias de consenso social en el siglo xix.

12Pablo Berríos et al., Del taller a las aulas. La institución moderna del arte en Chile (1797-1910), Santiago, LOM Ediciones, 2009, pp. 142-156 y 284-292.

13Guarda, Flandes Indiano…, op. cit. y Guarda, El arquitecto de La Moneda…, op. cit. Los albores de la enseñanza del dibujo lineal en Chile son descritos en profundidad por Berríos et al., op. cit.

14Pereira Salas, op. cit., p. 8.

15Véase Gertrude Yaeger, “Elite Education in Nineteenth Century Chile”, in Hispanic American Historical Review, vol. 71, N° 1, Durham, 1991, pp. 73-105; Sol Serrano, Universidad y nación: Chile en el siglo xix, Santiago, Editorial Universitaria, 1993 y Claudio Gutiérrez, Educación, ciencias y artes en Chile, 1797-1843: revolución y contrarrevolución en las ideas y políticas, Santiago, RIL Editores, 2011.

16Véase Ernesto Greve, Historia de la ingeniería en Chile, Santiago, Imprenta Universitaria, 1938-1944, vol. 4, p. 211; Jaime Parada, “La profesión de ingeniero y los Anales del Instituto de Ingenieros de Chile, 1840-1927”, en Anales del Instituto de Ingenieros de Chile: ingeniería y sociedad, 1889-1929, Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile y Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos de Chile, 2011, p. xx.

17Véase Rolando Mellafe, Antonia Rebolledo y Mario Cárdenas, Historia de la Universidad de Chile, Santiago, Ediciones de la Universidad de Chile, 1992; Serrano, op. cit. y Carlos Sanhueza, Lorena Valderrama y Joan Cornejo, La escuela de Ingeniería y Ciencias a 100 años del nombramiento de su primer director, 1817-2017, Santiago, Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, Escuela de Ingeniería y Ciencias, 2017.

18Andrés Bello, “Memoria leída por el rector de la Universidad de Chile en el aniversario solemne del 29 de octubre de 1848”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vi, Santiago, 1848, p. 181.

19“Escuela de Arquitectura”, 17 de noviembre de 1849, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, p. 59.

20Pereira Salas, op. cit., p. 8.

21Pierre-Théodore Bienaimé (1765-1826), estudió en la Académie Royale d’Architecture y fue alumno, junto a Charles Percier y Jean-Nicolas-Louis Durand, de David Le Roy. Ejerció como inspector de edificios en París.

22Para una comprensión de las metodologías, enseñanzas y discusiones en torno a la arquitectura que se dieron en la École des Beaux-arts de París y sus diferencias con la vertiente politécnica, véase Peter Collins, Changing ideals in modern architecture, London, Faber and Faber, 1967; Robin Middleton (ed.), The Beaux-Arts and Nineteenth Century French Architecture, Cambridge, Mass., The MIT Press, 1982; Frédéric Seitz, “L'enseignement de l'architecture en France au xixe siècle”, in Les cahiers deu Centre de Recherches Historiques, N° 11, Paris, 1993, s/p.; Hanno-Walter Kruft, A history of architectural theory: from Vitruvius to the present, New York, Princeton Architectural Press, 2014, pp. 272-289 y Jean-Philippe Garric, “The French Beaux-arts”, in Martin Bressani & Christina Contandriopoulous (eds.), The Companion to the History of Architecture, New Jersey, Wiley, 2017, vol. iii, pp. 1-15.

23C. P Marielle, Répertoire de l’École impériale polytechnique: ou, Renseignements sur les élèves qui ont fait partie de l'institution depuis l’époque de sa création en 1794 jusqu'en 1853 inclusivement, avec plusieurs tableaux et résumés statistiques, suivi de la liste des élèves admis en 1854 et de Vindication des mutations survenues dans l'intérieur de l’école jusqu'au 25 septembre 1855, Paris, Mallet-Bachelier, 1855, p. 27.

24Jean-Nicolas-Louis Durand publicó sus lecciones en la obra Précis des leçons d'architecture donnés à l’École Royale Polytechnique, Paris, École Royale Polytechnique, 1802. Aquí resume lo esencial de su teoría, constituyéndose en las décadas siguientes el manual principal de enseñanza de la arquitectura en esa institución. Para mayor detalle sobre la biografía, obra y fortuna crítica de sus ideas, véase Werner Szambien, J. N. L. Durand, Paris, Picard, 1984 y Sergio Villari, J. N. L. Durand (1760-1834). Art and science of architecture, New York, Rizzoli, 1990.

25Jean-Philippe Garric, “Durand ou Percier? Deux approches du projet d'architecture au debut du xixe siècle”, in Bibliothèques d'atelier. Edition et enseignement de l'architecture, Paris 1785-1871, catalogue de l'exposition, Paris, Institut National d’Histoire de l’Art (INHA), 2011, pp. 9-25.

26Uno de los historiadores canónicos que ha sugerido una genealogía de la arquitectura moderna marcada por las ideas de Jean-Nicolas-Louis Durand es Peter Collins, op. cit. Para un análisis crítico de la importancia y prevalencia de los principios racionalistas y antimetafísicos de Jean-Nicolas-Louis Durand en la arquitectura del siglo xx, véase Alberto Pérez-Gómez, Architecture and the crisis of modern science, Cambridge, Mass., The MIT Press, 1983. El catálogo de la exposición The architecture of the Ecole des Beaux-arts: an exhibition presented at the Museum of Modern Art, New York, October 29, 1975-January 4, 1976, catalog edited by Arhur Drexler, New York, 1975, puso de relieve por primera vez, en el contexto del surgimiento del posmodernismo historicista, la necesidad de superar la censura modernista de la tradición beauxartiana en pos de reevaluar los alcances y las enseñanzas posibles de la tradición neoclásica en la Arquitectura del siglo xx.

27M. Bourgeois, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de Chile, 8 de abril de 1848, en Archivo Nacional Histórico (en adelante, ANH), Fondo Ministerio de Educación, vol. 29. Las citas son traducción propia del francés, en adelante señaladas como “n. t.”.

28Ibid.

29Francisco Javier Rosales, Carta a Salvador Sanfuentes, Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 14 de abril de 1848, ANH, Fondo Ministerio de Educación, vol. 29.

30N. t. Bourgeois, op. cit.

31Charles-Fortuné-Louis (1802-1862) fue autor de varias obras en París, entre ellas uno de los numerosos proyectos de unión entre el palacio del Louvre y el jardín de las Tullerías, y la decoración de la tumba de Napoleón I. Fue también arquitecto municipal de Le Havre, y recibió el título de Caballero de la Legión de Honor en 1858. Algunos datos biográficos de Charles-Fortuné-Louis, como la autoría de diversos proyectos (en particular aquellos desarrollados en París) y de varios dibujos, además de la obtención del título de Caballero, han sido atribuidos de manera equivocada a Claude-François. De los tres textos escritos por Charles-Fortuné-Louis -Manuel de droit et de jurisprudence spécial pour les architectes, entrepreneurs ouvriers et propriétaires (1841), Projet de disjonction du Louvre et des Tuileries, comprenant l'achévement de ces deux monuments, le placement de la Bibliothèque royale, du Château d'eau, et de l’Académie royale du musique (1847) y À propos de la révocation par M. Ed. Larue, Maire du Havre (1858)-, dos (Manuel… y À propos…) han sido mencionados por error como obras de su hermano. Véase Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 2008, pp. 49-53. La confusión proviene con toda seguridad de errores contenidos en el Plutarco del joven artista: Tesoro de Bellas Artes de José Bernardo Suárez -basándose en antecedentes ofrecidos por Fermín Vivaceta— Santiago, Imprenta Chilena, 1872, pp. 459-461, en Henríquez, op. cit., y en Pereira Salas, op. cit., fuentes principales en lo referente a la biografía del arquitecto francés. Para descripciones detalladas de los currículos de ambos hermanos consultar Charles Bauchal, Nouveau dictionnaire biographique et critique des architectes français, Paris, André, Daly fils et Cie, 1887, p. 616; Louis Thérèse David de Penanrun, Edmond Augustin Delaire et F. Roux, Les architectes élèves de l'École des Beaux-arts, 1793-1907, Paris, Librairie de la construction moderne, 1907, p. 199.

32Registres matricules élèves section architecture, 1801-1860, AJ52-357, registro de matrícula n.° 3138, Archives École Nationale des Beaux Arts, Paris.

33Claudio Francisco Brunet de Baines, Curso de arquitectura: escrito en Francés para el Instituto Nacional de Chile, Santiago, Imprenta de Julio Belin, 1853, p. 4.

34Claude-François Brunet Debaines, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 17 de noviembre de 1848, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

35Para una descripción detallada de las obras de Claude-François Brunet Debaines en Chile, véase Henríquez, op. cit.

36“Contrata del Arquitecto Civil. Mr. Brunet de Baines”, París, 1 de mayo de 1848, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

37N. t. Claude-François Brunet Debaines, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 10 de diciembre de 1848, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

38N. t. Claude-François Brunet Debaines, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 29 de diciembre de 1848, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

39Claude-François Brunet Debaines, “Carta a Manuel Antonio Tocornal, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública”, 24 de julio de 1849, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

40Salvador Sanfuentes ejerció como ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública entre el 9 de febrero de 1847 y el 14 de junio de 1849. Manuel Antonio Tocornal ejerció en el mismo cargo entre el 25 de junio de 1849 y el 24 de abril de 1850. Véase Luis Valencia Avaria, Anales de la República, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1951, pp. 480-483.

41Andrés Bello, “Informe en representación del Consejo Universitario sobre el curso de Arquitectura propuesto por Brunet Debaines”, 12 de noviembre de 1849, en ANH, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

42Por ejemplo, en Hugo Montes, “Andrés Bello, humanista”, en Revista Chilena de Humanidades, N° 1, Santiago, 1982, pp. 47-54; Yaeger, op. cit.; Iván Jaksic, Andrés Bello: la pasión por el orden, Santiago, Editorial Universitaria, 2001; Gutiérrez, op. cit.

43Gutiérrez, op. cit., pp. 196-210.

44Serrano, op. cit., pp. 104-105; Stuven, op. cit., pp. 70-73; Andrés Bello, “Discurso pronunciado por el Sr. Rector de la Universidad, D. Andrés Bello, en la instalación de este cuerpo el día 17 de setiembre de 1843”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo i-ii, Santiago, 1843-1844, p. 147 y ss. Véase, también, Verónica Ramírez y Patricio Leyton, “Andrés Bello y la difusión de la astronomía: educación y retórica científica”, en Asclepio. Revista de historia de la medicina y la ciencia, vol. 62, N° 1, Madrid, 2017, p. 198, donde se analiza la convergencia de los intereses intelectuales y materiales de Andrés Bello en el desarrollo de la ciencia en el ámbito local.

45Luis Bocaz, Andrés Bello: una biografía cultural, Bogotá, Convenio Andrés Bello, 2000, pp. 165-175 y 190.

46Descripciones detalladas de esta disputa aparecen en Subercaseaux, op. cit., tomo i, pp. 75-89 y Jaksic, op. cit., pp. 181-193.

47Andrés Bello, Obras completas, Caracas, La Casa de Bello, 1981-1984, tomo xxiii, p. 249. Citado por Jaksic, op. cit., p. 193.

48Para un recuento de las ideas de Manuel de Salas con respecto a las artes industriales, véase Berríos et al., op. cit. y Gutiérrez, op. cit.

49Véase Amarí Peliowski, Traces de modernité: pratiques et fonctions du dessin d'architecture au Siècle des Lumières au Chili, 1762-1797, thèse de doctorat non publiée, Paris, École des Hautes Études en Sciences Sociales, 2015 y Manuel de Salas, Escritos de don Manuel de Salas, Santiago, Imprenta Cervantes, 1910, pp. 151-199 y 567-590.

50Eduardo Castillo, “La discusión sobre las artes y oficios en los albores de la república”, en Revista Chilena de Diseño, N° 2, Santiago, 2012, pp. 81-91.

51Gutiérrez, op. cit. Véase también Yaeger, op. cit.

52“Acuerdos del consejo”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, p. 73. El decreto de fundación aparece en “Decretos del gobierno”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, pp. 59-60.

53“Boletín de Instrucción Pública”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo xvi Santiago, 1858, pp. 139-140.

54Pierre Francastel, Art et technique aux xixe et xxe siècles, Paris, Éditions de Minuit, 1956. Sobre la convergencia de pinturas, semillas, máquinas y otros tipos de “producciones” en las exposiciones de artes e industria que se organizaron en Chile a partir de 1869, véase Carmen Hernández, “Chile a fines del siglo xix: exposiciones, museos y la construcción del arte nacional”, en Beatriz González Stephan y Jens Andermann (eds.), Galerías del progreso: Museos, exposiciones y cultura visual en América Latina, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2006, pp. 261-294 y Juan David Murillo, “De lo natural a lo nacional: representaciones de la naturaleza explotable en la exposición internacional de Chile de 1875”, en Historia, vol. 48, N° 1, Santiago, 2015, pp. 245-276.

55“Ley orgánica de la Universidad de Chile”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo i-ii, Santiago, 1843-1844, p. 5.

56“Acuerdos de las Facultades”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo i-ii, Santiago, 1843-1844, pp. 126-127.

57Serrano, op. cit., p. 206.

58Según lo ha destacado Gutiérrez, op. cit., pp. 224-225.

59Alessandro Cicarelli, “Discurso pronunciado a la apertura de la academia de pintura por su director D. Alejandro Cicarelli, el día 7 de marzo de 1849”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, p. 116. Para comprender el alcance de este discurso en el contexto del desarrollo de la pintura en Chile a mediados de siglo, véase Catalina Valdés, “Comienzo y deriva de un paisaje: Alessando Cicarelli, Antonio Smith y los historiadores del arte chileno”, en Amarí Peliowski y Catalina Valdés (eds.), Una geografía imaginada: diez ensayos sobre arte y naturaleza, Santiago, Ediciones Metales Pesados, Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2014, pp. 88-89.

60Salvador Sanfuentes, “Memoria sobre los trabajos de la Universidad, leída por el secretario jeneral en la sesion solemne que celebró la corporación en día 14 de octubre de 1849”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, pp. 147-148.

61Véase Eduardo Castillo, EAO: La Escuela de Artes y Oficios, Santiago, Ocho Libros, 2014.

62Jules Jarriez, “Discurso pronunciado a la apertura de la escuela de artes i oficios, por su director D. Julio Jarrier, el día 17 de setiembre de 1849”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo vii, Santiago, 1849, p. 123.

63Juan José Gandarillas, “Memoria sobre las causas de la falta de solidez que se nota en la mayor parte de los edificios que se construyen en el país”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo viii, Santiago, 1850, pp. 301-305.

64Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 11.

65Op. cit., 1853, p. 8.

66Brunet des Baisnes, “Des modifications qu'un diplôme nécessitérait dans l’Enseignement de l’Architecture. Des Changements que l’Ezemption de la Patente apportera dans la loi qui règle la responsabilité des architectes”, en Revue générale de l'architecture et des travaux publics, vol. vi, Paris, 1845-1846, pp. 459-465. Este artículo está firmado solo con apellido, y aunque Charles Fortuné Louis también fue miembro de la Société Centrale d’Architectes a partir de su fundación, se puede asumir la autoría de Claude-François a partir de las propias declaraciones de este último en el Curso de su autoría (1853, op. cit., p. 4).

67Ramón Gutiérrez, “Comentarios sobre el tratado de Brunet de Baines y sus fuentes bibliográficas”, en Brunet de Baines, Curso de arquitectura…,op. cit., 2008, pp. 35-48.

68Estos párrafos discurren, sobre las modificaciones a las cuales se había sometido el trabajo del arquitecto, quien ya no encarnaba la figura del constructor total, sino que se ocupaba solo de la parte artística del proyecto. Brunet des Baisnes, “Des modifications qu'un diplôme…”, op. cit., pp. 463-465.

69Guillaume-Abel Blouet, Charles Gourlier, Simon-Claude Constant Dufeu, Baltard et Claude-François Brunet De Baisnes, “Programme des connaissances nécessaires pour l'obtention du diplôme”, en Revue générale de l'architecture et des travaux publics, vol. vi, Paris, 1845-1846, pp. 456-457.

70Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, pp. 14-15.

71Brunet des Baisnes, “Des modifications qu'un diplôme…”, op. cit., pp. 459-460; 463-465. Véase también nota 69.

72En una carta del 10 de diciembre de 1848, Claude-François Brunet Debaines declaraba que sometía su propuesta de curso a la sanción del ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, a quien enviaba la carta, pero que también remetía el curso a este “hombre de gusto” e “iluminado” que, si bien no aparece nombrado, se trataba con toda seguridad de Andrés Bello. N. t. Claude-François Brunet Debaines, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 10 de diciembre de 1848, en AHN, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

73Véanse los comentarios de Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 4, insistiendo en la necesidad de integrar estudios de latín para comprender las inscripciones antiguas.

74Véase la enumeración bibliográfica realizada por Ramón Gutiérrez en la reedición del Curso de Claude Brunet Debaines. R. Gutiérrez, op. cit., pp. 45-48. La solicitud del arquitecto aparece en Claude-François Brunet Debaines, Carta a Salvador Sanfuentes, ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública, 29 de diciembre de 1848, en AHN, Fondo Ministerio de Justicia, vol. 108.

75Brunet de Baines,Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 16.

76“Actas de las sesiones plenarias”, extracto de la sesión del 2 de abril, en Anales de la Universidad de Chile, tomo xi Santiago, 1853, p. 95.

77Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 3.

78Op. cit., pp. 16-17.

79Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 7.

80Op. cit., p. 8.

81R. Gutiérrez, op. cit., pp. 35-38.

82La estructura de talleres constituyó el fundamento metodológico de la Académie Royale d’Architecture y de su continuadora republicana, la École des Beaux-Arts. En esta estructura, cada alumno trabajaba, durante todo su periodo de estudios, en la oficina de alguno de los maestros académicos, estableciendo una genealogía de maestros y discípulos que perduraría hasta las reformas que derivaron de los movimientos populares de mayo de 1968.

83Fernando Riquelme ha descrito a Claude-François Brunet Debaines como un “seguidor de las doctrinas racionalistas de su compatriota Jean-Nicolas-Louis Durand”. Riquelme, op. cit., p. 33. La autora aprovecha de rectificar aquí la reflexión ofrecida en otro estudio acerca del carácter racionalista del pensamiento de Claude-François Brunet Debaines, en Peliowski, op. cit., pp. 348-358.

84Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 5.

85Op. cit., p. 6.

86Op. cit., p. 10.

87R. Gutiérrez, op. cit., p. 37.

88Brunet de Baines, Curso de arquitectura…, op. cit., 1853, p. 10.

89Véase Riquelme, op. cit. y R. Gutiérrez, op. cit.

90El largo proceso de autonomización de las disciplinas arquitectónica e ingenieril en Francia ha sido descrito en detalle por Antoine Picon en Architectes et ingénieurs au siècle des Lumières, Marseille, Parenthèses, 1988. La crisis del clacisismo en la academia francesa y la aparición de la alternativa racionalista es analizada en detalle en Collins, op. cit., pp. 198-217 y en Kruft, op. cit., pp. 272-289.

91“The demand for a new architecture”, in Collins, op. cit., pp. 128-148. Véase a este respecto también Drexler, op. cit., pp. 13-17 y Garric, “Durand ou Percier?…”, op. cit., p. 17.

92Joseph Rykwert, “The école des Beaux-arts and the classical tradition”, in Robin Middleton (ed.), The Beaux-Arts and Nineteenth Century French Architecture, Cambridge, Mass., The MIT Press, 1982, pp. 9-17.

93Kruft, op. cit., pp. 272-289.

94Véase, por ejemplo, “L'architecture de l'avenir” (“La arquitectura del futuro”), en Revue Générale de l’Architecture et des Travaux Publics, vol. 8, Paris, 1849, pp. 26-27. La importancia de César Daly para la conformación de la teoría eclecticista ha sido recalcada por Collins, en op. cit. Para una revisión de la su teoría como representativa de la dialéctica decimonónica entre racionalismo e idealismo, véase la tesis de magíster de Joanna Merwood, Towards the architecture of the future. César Daly and the science of expression, master's thesis in History and theory of architecture, Montreal, University McGill, 1995.

95Para comprender las coyunturas sociales, políticas y gremiales que dieron pie al movimiento eclecticista, véase Jean-Pierre Épron, Comprendre l’éclecticisme, Paris, Norma, 1997.

96Hay otros artículos publicados en la Revue Générale d’Architecture et des Travaux Publics por “Brunet Debaines”, “Brunet Debaine”, “Brunet Debaisnes”, “Brunet de Baines” y “Brunet de Baisnes” en los vols. ii (1841), v (1843) y vii (1847-1848), pero la falta de mención al nombre de pila no permite aseverar si se trata de textos escritos por Claude-François o por su hermano Charles-Fortuné-Louis, puesto que ambos hermanos pertenecieron a la Société desde 1844, incluso Claude-François mientras vivía en Chile. Véase Bulletin de la Société Centrale des Architectes, Paris, E.Thunot, boletines del año 1844 (“Bulletins des séances générales des 11 et 18 Juillet, 1er et 8 Aout 1844”, pp. 27 et 30), y del año 1850 (“Bulletin de la séance générale du 30 Décembre 1849”, p. 10).

97Véase Collins, op. cit., pp. 198-199.

98Véase Janis Langins, “The Sons of Martha vs. the Sons of Mary: Forging Iron and Finding Gold in Engineering and Business Ideologies”, in Steen Hyldgaard Christensen, Bernard Delahousse, Christelle Didier, Martin Meganck & Mike Murphy (eds.), The Engineering-Business Nexus: Symbiosis, Tension and Co-Evolution, New York, Springer Science+Business Media B.V., 2018 (en prensa). La autora quisiera agradecer al profesor Janis Langins por compartir este texto y permitir su citación. Véase también Lynn White, Jr., Medieval religion and technology: collected essays, Berkeley, University of California Press, 1978, pp. 217-253.

99La identificación histórica de la arquitectura con la techné, las artes mecánicas, las artes liberales y las bellas artes han sido revisadas por Stephen Parcell en Four historical definitions of architecture, Montréal, McGill-Queens University Press, 2012.

100La llamada “generación del 42”, inspirada en el pensamiento de Auguste Comte, estuvo conformada por intelectuales como: José Victorino Lastarria, Francisco Biblao, Santiago Arcos y los hermanos Amunátegui. Véase Subercaseaux, op. cit., tomo i.

101Sobre el sansimonismo de Louis A. Vendel-Heyl, véase Andrés Estefane, “De naufragios e infortunios. Louis Antoine Vendel-Heyl en Chile”, en Varios autores, Historias del siglo xix chileno, Santiago, Editorial Vergara, 2006, pp. 71-88. José V. Lastarria, por su parte, menciona una herencia sansimoniana en Simón González en su relato sobre el encuentro con el viejo filósofo venezolano en casa de Andrés Bello. José Victorino Lastarria, Recuerdos literarios, Santiago, Imprenta de la República de Jacinto Núñez, 1878, p. 53.

102Véase Antoine Picon, Les sansimoniens. Raison, imaginaire et utopie, Paris, Belin, 2002.

103Manuel Salustio Fernández, “Memoria sobre la necesidad i medios de fomentar en Chile el estudio de las ciencias físico-matemáticas aplicadas a la industria i artes. Discurso de recepción de Don Manuel Salustio Fernández, leído en junio de 1854”, en Anales de la Universidad de Chile, tomo xii, Santiago, 1854, p. 205.

104Como, por ejemplo, el intelectual argentino radicado en Chile, Domingo Faustino Sarmiento. Véase Yaeger, op. cit.

105C. Gutiérrez, op. cit., p. 282. Véase también Castillo, 2012, op. cit.

106Los alumnos fueron: Fermín Vivaceta, Daniel Barros Grez, José Tomás Ovalle, José Alejandro Squella, y dos alumnos más de los cuales no se conoce el nombre. Waisberg, op. cit., pp. 14-15.

107Véase Waisberg, op. cit.; Cáceres, op. cit., p. 76 y Fernando Alegría, Sobre la enseñanza de la arquitectura en la Universidad de Chile, Santiago, Universidad de Chile, 1968.

108Wasiberg, op. cit.

109Véase Gabriel Cid, “La nación bajo examen. La historiografía sobre el nacionalismo y la identidad nacional en el siglo xix chileno”, en Polis, vol. 11, N° 32, Santiago, 2012, pp. 329-350.

Recibido: Noviembre de 2017; Aprobado: Abril de 2018

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