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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.52 no.2 Santiago Dec. 2019

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942019000200471 

Artículo

Variaciones sobre la hispanidad a la luz de 1939. La Institución Cultural Española de Buenos Aires, entre el falangismo y el exilio republicano1

Miranda Lida* 

*Doctora en historia por la Universidad Torcuato di Tella. Filiación institucional: Universidad de San Andrés-CONICET. Correo electrónico: mirandalida@conicet.gov.ar

Resumen

El impacto de la Guerra Civil española está muy trabajado para el caso argentino. En este trabajo se estudia la vida pública y cultural de una de las más prestigiosas instituciones españolas en Argentina: la Institución Cultural Española de Buenos Aires (ICEBA). En tanto que asociación tenía a su cargo la diplomacia cultural española en el país, tuvo lazos oficiales con los sucesivos gobiernos españoles, tanto democráticos como dictatoriales. Se analiza, en especial, su posicionamiento ante el triunfo de Franco y las diferentes inflexiones que usó de la idea de la hispanidad. Se trabaja con los archivos de la institución estudiada, cotejados con otros archivos oficiales y con prensa.

Palabras claves: España; Buenos Aires; siglo xx ; Guerra Civil española; hispanidad; exilio republicano; falangismo; Institución Cultural Española

Abstract

The impact of the Spanish Civil War has been widely studied with respect to the Argentine case. The contribution of this article is to study the public and cultural life of one of the most prestigious Spanish institutions in Argentina: the Spanish Cultural Institution of Buenos Aires (ICEBA). While the association was responsible for Spanish cultural diplomacy in the country, the ICEBA had official ties with successive Spanish governments, both democratic and dictatorial. This article focuses on its position relating Franco’s triumph and the different inflections that the ICEBA used surrounding the idea of Hispanidad. The article analyzes the institution’s archives, along with other official archives and press.

Keywords: Spain; Buenos Aires; Twentieth Century; Spanish Civil War; Hispanidad; Republican Exile; Falangism; Spanish Cultural Institution

IntroduccIón

En la década de 1930, España estuvo en el centro de los debates políticos occidentales, cuando la Segunda República debió hacer frente al levantamiento de Francisco Franco. En este contexto, como es sabido, las posiciones se polarizaron. En la escena política argentina, el debate permitió la conformación de un importante bloque de opinión antifascista que ha sido estudiado en diversos aspectos: los intelectuales y los actores políticos y sociales participantes; sus trayectorias ideológicas; las publicaciones periódicas intervinientes; las batallas y disputas que emprendieron; sus posicionamientos frente a diferentes problemas de la hora tanto de la política nacional como de la internacional, entre otras cuestiones2. El debate adquirió una importancia que se vio reafirmada por el hecho de que el país contaba desde hacía varias décadas con una fuerte comunidad española local, constituida gracias a las intensas oleadas de inmigrantes que recibió desde fines del siglo xix. De ahí que haya sido un objeto de especial interés historiográfico estudiar el caso argentino, el comportamiento de sus asociaciones étnicas y de las diferentes expresiones regionalistas, que contaban con una fuerte trama de instituciones propias3.

Aquí se procura iluminar otros aspectos de esta coyuntura, a través del estudio de la vida pública y cultural de una asociación comunitaria escasamente estudiada hasta ahora, cuya conducta en la coyuntura y sus prácticas permiten iluminar desde otros ángulos el problema español. Puntualmente, nos centraremos en una de las más prestigiosas instituciones españolas en Argentina, a su vez, de fuertes contactos internacionales: la ICEBA. En tanto que asociación cultural comunitaria de la élite española en Argentina, que tenía a su cargo la diplomacia cultural española en el país, la ICEBA tuvo lazos oficiales con los sucesivos gobiernos, tanto dictatoriales como democráticos, desde Miguel Primo de Rivera hasta Francisco Franco, sin omitir, a su vez, la construcción de estrechos vínculos con la Segunda República, entre 1931 y 1939. Se trata de una asociación comunitaria que tuvo un cierto carácter oficial vis-a-vis con el gobierno de España, puesto que recibió del gobierno español reconocimiento en tanto que institución cultural e, incluso, se le asignó presupuesto y una cierta preeminencia entre las demás asociaciones de su tipo. Esta situación explicaría la preocupación de la ICEBA por mantener una cierta “neutralidad” ante la guerra civil española o, al menos, por sostener una imagen pública de no beligerancia, que le facilitaría la aceptación del triunfo de Francisco Franco en 1939 y la convivencia con la dictadura a partir de ahí. Esto no significó, sin embargo, que la ICEBA se hubiera convertido en un simple títere del régimen franquista luego de 1939, aunque no caben dudas de que mantuvo relación con funcionarios del régimen e, incluso, con grupos falangistas en Argentina. Pero conservó y ejerció una cierta independencia que se advierte, por ejemplo, a través de la autonomía con la que dio amparo a distintos exiliados republicanos españoles que solicitaron cobijo en Argentina a través de la ICEBA, a pesar de que desde la España franquista le llovían recomendaciones en sentido contrario, provenientes de funcionarios del nuevo régimen4. Pudo así, por ejemplo, asistir al historiador Claudio Sánchez Albornoz y a los médicos Pío del Río Hortega y Gustavo Pittaluga cuando intentaron refugiarse en Argentina, a pesar de que los funcionarios de dictador español, objetaron esas acciones, entre otros casos que se podría mencionar.

La visión de España que tenía la ICEBA no se ajustaba cabalmente a la de Francisco Franco, si bien no le era contrastante. La ICEBA no dejaba a un lado la consigna de defender la hispanidad, consigna predicada largamente por el régimen, inspirada, a su vez, en la Defensa de la hispanidad de Ramiro de Maeztu, obra ampliamente conocida puesto que su autor fue diplomático en Buenos Aires a fines de la década de 1920. Ahora bien, argumentaremos que, si bien la ICEBA no omitía invocar la hispanidad, al mismo tiempo la resignificó a su modo: le dio un matiz estrictamente cultural, remontándose al regeneracionismo español heredero del “desastre” de 1898, del que el propio Ramiro de Maeztu también había participado en su hora. Sobre esta base, estaba latente la idea de que España podría recomponer su orgullo nacional, aspecto en el que parecía coincidir con el autor español, pero no tanto a través de la cruz y la espada, sino, más bien, del fomento de las artes, las letras y las ciencias, a fin de devolverle prestigio intelectual y presencia internacional a España, idea que los fundadores de la ICEBA compartían en alguna tenue medida con la cultura así llamada institucionista que en el primer tercio de siglo xx, y desde una matriz reformista, impulsó a una serie de intelectuales regeneracionistas a la creación de instituciones científicas en España para fomentar la vida cultural, cuyo radio de acción no se limitó solo a la Península, sino que se extendió, también, a América Latina, dado que ese anhelo de cambio cultural se combinó, a su vez, con un fuerte sentimiento hispanoamericanista −pueden recordarse en este sentido cómo los viajes de Rafael Altamira y Adolfo Posada a Argentina con motivo del centenario calzaron perfectamente bien con el arielismo de comienzos del siglo xx5. Así, el espíritu noventayochesco signó a la ICEBA desde la hora de su fundación en 1914, de ahí los estrechos lazos que tuviera con las élites intelectuales, artísticas y científicas provenientes de la así llamada “edad de plata” de la cultura española, que precedió a la guerra civil. Fue difícil que la guerra y el franquismo disolvieran por completo esos vínculos, pero le impuso a la ICEBA la imperiosa obligación de acomodarse al nuevo régimen. El resultado fue la siguiente paradoja: una asociación que participó de la construcción de redes de ayuda y solidaridad con exiliados republicanos luego de 1936 terminó por hacer suyo el culto a la hispanidad, mediante el cual la ICEBA reafirmaría el valor de la cultura hispánica, su lengua, sus letras, su ciencia y sus artes, a través de su programa cultural. El estudio de este caso nos invita, así, a complejizar las ideas de España que existían en la Argentina de la década de 1930, que no se agotan ni en la cruzada purificadora predicada por los simpatizantes de la causa así llamada “nacional”, por un lado, ni en la defensa de la libertad frente al fascismo apoyada por los republicanos.

Este trabajo está organizado en dos partes. En un primer apartado, presentamos a la ICEBA, sus rasgos generales y composición, así como también un sucinto resumen de la labor que desarrolló en Argentina en sus primeras dos décadas de existencia, desde 1914 hasta mediados del decenio de 1930; además, introducimos la figura del empresario catalán Rafael Vehils, quien fuera su presidente a partir de 1938, pero que ya desde comienzos de la década de 1930 comenzó a ejercer una fuerte influencia en la institución, y al cabo de unos años se volvió un actor clave, en especial, durante la coyuntura de la guerra y la posguerra civil. En segundo lugar, analizamos el comportamiento de la ICEBA en los años de Rafael Vehils, cuando tuvo ocasión de apoyar a exiliados republicanos, pero a la par acompasó su conducta a la nueva coyuntura que se establecería en España con la toma del poder por Francisco Franco porque, al tratarse de una institución cultural que gozaba de reconocimiento oficial, optó por no romper lanzas con el nuevo régimen y, por el contrario, procuró su acomodación a la nueva situación. No caben dudas de que las autoridades de la ICEBA coincidían con el régimen del dictador español en su revalorización de la hispanidad, de ahí que en 1942 podamos encontrarla celebrando los 450 años de la “conquista” de América. Sin embargo, lo hizo de tal modo que, como veremos, se apartaría del discurso oficial de una hispanidad unida por la espada y la fe para ofrecer una imagen más compleja, menos tosca, donde las artes, las letras y las ciencias se convertirían en el hilo conductor de la puesta en valor de la cultura hispánica.

ICEBA en la cultura argentina: De la Segunda República a la guerra civil

La ICEBA fue el producto de la gestión emprendida desde las élites españolas para crear un organismo que promoviera el intercambio cultural, científico y artístico entre Argentina y España; fue fundada a instancias de Avelino Gutiérrez, reputado médico de origen cántabro instalado en Buenos Aires6. La ICEBA instaló por convenio con la Universidad de Buenos Aires una cátedra estable en la que periódicamente se invitaba a los principales profesores españoles, sin importar su disciplina, para dar cursos y conferencias en Buenos Aires; los profesores eran designados en acuerdo directo con Madrid a través de la Junta de Ampliación de Estudios, la principal institución científica española. Entre otros científicos e intelectuales que hicieron esta experiencia se destacaron: José Ortega y Gasset, Pío del Río Hortega, Adolfo Posada, Julio Rey Pastor, Blas Cabrera, Augusto Pi y Suñer y Claudio Sánchez Albornoz7. En 1914, el primer huésped de la ICEBA fue Ramón Menéndez Pidal, que brindó un ciclo de conferencias en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires acerca de la obra del tradicionalista Marcelino Menéndez y Pelayo cuya muerte había inspirado la iniciativa de fundar la ICEBA. Era todo un gesto que hablaba del perfil de la naciente institución que contaba en su seno con importantes figuras provenientes de sectores conservadores y católicos existentes entre las élites españolas de Argentina. En este sentido se destacaba Félix Ortiz y San Pelayo, carlista y ferviente católico que en la década de 1930 ocupó el puesto de conferencista en el marco del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires; fue, además, líder comunitario en la Asociación Patriótica Española (APE) que había sido fundada en 1896, no solo como institución mutual y comunitaria, sino, además, con la intención de asistir a España en los momentos previos a la guerra de 1898. Su presencia no debe hacer perder de vista el hecho de que la ICEBA tuvo, pese a ello, un amplio papel de promoción cultural en diálogo con un arco variado de personalidades de la cultura y la ciencia españolas, muchos de ellos liberales, republicanos o socialistas, que ocupaban posiciones prominentes en universidades y centros de investigación en la “edad de plata” española y es en este sentido que es un excelente laboratorio donde testear el impacto de las trasformaciones políticas de la década de 1930.

A partir de abril de 1931, una vez instalada la Segunda República en España, la ICEBA alcanzó reconocimiento oficial por parte del nuevo gobierno, lo cual redundó en que comenzara a contar con más amplio margen para colocarse en el corazón de la diplomacia cultural que llevaría adelante España tanto en Argentina como en Hispanoamérica8. El gobierno republicano reforzó su presencia y nombró agregados culturales en las embajadas en América Latina; en el caso argentino, fue designado el profesor español de la Universidad de Buenos Aires, Amado Alonso, discípulo de Ramón Menéndez Pidal, que había llegado a fines de la década de 1920 a Argentina, escapando del régimen de Miguel Primo de Rivera9. A partir de 1931, el gobierno republicano facilitó, a través de la Junta de Relaciones Culturales en España, importantes recursos para que ICEBA pudiera distribuir becas y subsidios tanto para españoles residentes en el país como para argentinos. La expansión cultural de España había sido impulsada desde la década de 1920 con la creación de la Oficina de Relaciones Culturales Española (ORCE), creada a instancias de Américo Castro para fortalecer el intercambio con Hispanoamérica; como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, muchos países europeos habían comenzado a preocuparse por fundar instituciones de diplomacia cultural y España no fue la excepción10. Con la instalación de la dictadura de Miguel Primo, la ORCE perdió la autonomía que Américo Castro había procurado darle y fue refundada en 1926 bajo el nombre de Junta de Relaciones Culturales (JRC). Solo con la instalación de la Segunda República la diplomacia cultural española recobró bríos en América Latina, poniendo énfasis, a su vez, en los valores hispanoamericanistas de 1898, inspirados en Ángel Ganivet, José Enrique Rodó y Rubén Darío, entre otros11. La JRC recibió el apoyo de los intelectuales españoles más influyentes, hijos del reformismo liberal institucionista, que colaboraban con el Centro de Estudios Históricos, la Junta de Ampliación de Estudios y la Institución Libre de Enseñanza, instituciones clave para la modernización de la ciencia y la cultura españolas en el primer cuarto del siglo xx; sobre esta base, se reforzó el americanismo de la Junta y, en general, la política exterior de la Segunda República.

Fue precisamente en el contexto del reformismo del primer bienio republicano que las cortes españolas aprobaron una generosa subvención para la Institución Cultural Española de Buenos Aires −primera institución de su tipo en América Latina−, que iría acompañada de una política de becas (de las que la ICEBA participaría en las decisiones, con cartas de recomendación e influencia) para que tanto argentinos como españoles residentes en Argentina pudieran hacer estudios superiores y de posgrado en España. La novedad fue hecha pública en 1933, durante la primera visita a Buenos Aires, costeada por la ICEBA, del historiador Claudio Sánchez Albornoz, que acababa de ser nombrado, además, ministro de Educación del Estado español. Esta política había sido impulsada en las Cortes por Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo, con el apoyo de Fernando de los Ríos, ministro (socialista) de Educación español. Ante esta novedad, ni siquiera Félix Ortiz y San Pelayo, que ocupaba un puesto en la comisión directiva de la ICEBA justo en ese momento, se opuso; por el contrario, debió admitir que era necesario enviar una nota de agradecimiento por el generoso gesto de la novel república española, que beneficiaba en forma directa a la ICEBA12. (Félix Ortiz y San Pelayo, sin embargo, mostró rápido su incomodidad por participar de una asociación que comenzó a sentirse a gusto con el gobierno en tiempos de la Segunda República: así, en un gesto de neto distanciamiento, impulsó en 1933 la creación del Centro de Acción Española, del cual fue presidente honorario, y cuyo lema era “religión, patria y familia”, de tal manera que no puede decirse que se haya movido ni un ápice de su posición netamente tradicionalista y católica)13. El subsidio duró poco tiempo, puesto que durante el bienio “negro” el gobierno de la CEDA (1934-1935) decidió suspender las becas, dejando a la ICEBA sin un importante caudal de recursos. Más todavía, el gobierno español coqueteó con la idea de establecer en Buenos Aires un nuevo instituto para las relaciones con España, directamente dependiente de Madrid, decisión que puso el grito en el cielo entre las autoridades de la ICEBA, que reclamaron a Madrid y lograron dar marcha atrás con el proyecto. Recién en 1936, con el triunfo del Frente Popular, la ICEBA logró volver a construir vínculos amistosos con el gobierno español, que prometió reestablecer las becas para argentinos, promesa que no pudo ser cumplida porque el 18 de julio ocurrió el levantamiento militar y el comienzo de la guerra civil.

En los años de la república española, la ICEBA afianzó su influencia en la escena local. Ganó visibilidad en la intelectualidad argentina gracias a la feria del libro español que en 1932 se organizó en Buenos Aires, con el auspicio de la embajada de la república española y con la participación de hombres de letras de la Península especialmente invitados, así como también con el aval oficial de universitarios y élites españolas en Argentina. Apoyaron en este sentido la Asociación Patriótica Española, la Cámara Española de Comercio, por entonces presidida por Rafael Vehils, buen conocedor del mercado editorial hispanoamericano dado que desde antes de su arribo a Argentina en 1929 había impulsado la Sociedad Libre de Estudios Americanistas de Barcelona que una vez bajo el nombre de Casa de América, y con el apoyo de la JAE, alentó los intercambios culturales con América Latina.14

El espaldarazo que la ICEBA le brindó al libro español se condice con el clima de apertura impulsado por la Segunda República. Fue en este contexto que se volvió influyente Rafael Vehils, acaudalado empresario que en la década de 1930 colaboró con Francesc Cambó, el poderoso hombre de la CHADE-CADE en Argentina, bien conocido por sus negocios turbios con el Estado para conseguir las concesiones eléctricas15. El empresario se comportó como un filántropo generoso cuando en 1933 ofreció un abultado donativo anual para lanzar un concurso dentro de la ICEBA que se denominaría “Premio estímulo de validación hispánica” por el cual se compensaría a quien haya escrito en la prensa general un artículo en el que se reivindicara cualquier aspecto, tanto antiguo como moderno, de la cultura, las letras, las artes o las ciencias españolas con la intención de prestigiarlas. El donativo fue aceptado por la Comisión Directiva de la ICEBA y el nombre del acaudalado catalán comenzó a volverse, de este modo, influyente en el seno de las élites culturales españolas: era evidente que aspiraba a convertirse en un poderoso mecenas en las letras y la crítica literaria de temas hispanoamericanos. Para el premio, que se celebraría todos los años, se designó un jurado compuesto por representantes de la ICEBA, del Círculo de la Prensa y de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE); los trabajos premiados fueron luego publicados bajo la forma de libros editados por la ICEBA, costeados por los aportes del empresario, sobre distintos aspectos de la cultura española. Uno de los más prestigiosos ganadores de este premio fue el humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña, que se estableció en Argentina a mediados de la década de 1920. En 1942, a su vez, el catalán lanzó, asimismo, la colección de “validación argentina” (se trataba en verdad de reediciones de obras publicadas previamente en España) en la cual se publicarían títulos en los que diferentes plumas españolas pusieran en valor la cultura y las letras argentinas, así como distintos aspectos sociológicos o históricos. Por medio de estos donativos, se volvió influyente en el seno de la comisión directiva de la ICEBA; en un principio, se presentó como un donante anónimo que procuraba desinteresadamente alentar los lazos culturales entre Argentina y España, pero a poco andar estuvo claro que la creación de ese premio no solo le daría visibilidad a la cultura española en la prensa y la sociedad argentinas, sino que haría de él un nombre de peso entre las élites españolas en el Río de la Plata.

Era un momento tenso en la ICEBA. La polarización política de los tramos finales de la Segunda República se replicó en el seno de la asociación y se agudizó a medida que nos aproximamos al levantamiento franquista; tanto es así que las disputas intestinas salieron a la luz pública y se ventilaron en la prensa. En este contexto, no se puede pasar por alto que la elección de autoridades de la ICEBA de 1935, donde se perfilaron netamente dos bandos, se mostró por demás agitada. Uno de ellos fue el encabezado por Félix Ortiz y San Pelayo, quien hizo todo lo posible para colocar en la Comisión Directiva a alguien de su agrado y, al mismo tiempo, denostó públicamente a su rival, Luis Méndez Calzada, un liberal y moderado a quien, a pesar de su vasta experiencia en la ICEBA, se lo acusó de dejarse llevar por su “pasión política” de carácter “acentuadamente izquierdista”, según se publicaría en un diario comunitario16. A pesar de la derrota en las elecciones internas del bando encabezado por Félix Ortiz y San Pelayo, la pulseada no se detuvo. Lejos de ello, el estallido de la guerra civil la volvió más encarnizada. La opinión pública se encontraba sacudida por los debates políticos de la hora; recordemos en este sentido el revuelo que se produjo, por ejemplo, en torno del congreso del PEN Club que contó con la presencia de fascistas, como Filippo Marinetti y judíos perseguidos por las políticas nazis, como Stefan Zweig: es sabido hasta qué punto la guerra de España tuvo un fuerte impacto en la opinión pública y agitó el debate de ideas en Buenos Aires17.

En 1938, en las vísperas de una nueva elección interna de autoridades en la ICEBA, Félix Ortiz y San Pelayo no vaciló en arremeter contra la asociación que él mismo había contribuido a fundar más de dos décadas antes, en una columna de opinión que publicó en el diario católico El Pueblo, un diario que se convirtió en un ferviente vocero de la causa franquista y fue también una de las voces más exacerbadas del catolicismo de la década de 1930, impregnado de ideas de cruzada18. El patriarca más reaccionario de la asociación cultural comunitaria de los españoles reprodujo muchos de los prejuicios que el régimen de Francisco Franco enarboló contra las instituciones científicas e intelectuales liberales que le precedieron, en especial, la cosmopolita Junta de Ampliación de Estudios, la principal interlocutora de la ICEBA en Madrid hasta 1936:

“De los sabios españoles que nos propinó la Junta de Ampliación de Estudios de Madrid, abiertamente varios de ellos no llegaban a vulgares profesionales, aunque es de justicia hacer constar que se estudió la forma en que había de valerse la ICE para elegir los profesionales designados, y no halló otro organismo tan adecuado como la Junta de Ampliación de Estudios, organismo de tendencias sectarias, muy liberales.

[…] La tendencia de los que decidían la suerte de la Institución Cultural Española era la misma que distinguía la Junta de Ampliación de Estudios […] su tendencia con todos los rebordes de marcada hostilidad a toda tendencia católica. Porque, claro está, los que dominaban la situación eran liberales y no hay tiranía más cruel y más hipócrita que la de esos señores que todo lo hacen en nombre de la libertad […] La Junta de Ampliación de Estudios propuso en el año 1929 a un sacerdote eminente para que ocupara la cátedra de la Cultural de Buenos Aires […] Fue el único año que la Cultural no tuvo dinero para pagar los gastos del profesor […] Pero es que el candidato propuesto en el año 1929 era el R. P. Zacarías García Villada, jesuita”19.

El jesuita al que refiere Félix Ortiz y San Pelayo era historiador (especialista en historia eclesiástica, en clave confesional) y perteneció, además, al grupo de colaboradores de Acción española, publicación antirrepublicana y monárquica que le brindaría una justificación ideológica al levantamiento franquista, homóloga de su par francesa inspirada por Charles Maurras, fundada por Ramiro de Maeztu a partir de 1931. El artículo contenía todos los clichés de la derecha católica española que apoyaría a Francisco Franco: la denuncia de la “tiranía” de los liberales junto a la acusación, incluso persecución, dirigida contra la Junta de Ampliación de Estudios, por su carácter cosmopolita. Como veremos, tuvo que maniobrar en aguas por demás agitadas.

Rafael Vehils en la ICEBA: Variaciones sobre la hispanidad, entre el discurso y las prácticas

En marzo de 1938, ingresó a la Comisión Directiva de la ICEBA y se convirtió en una de sus figuras más fuertes; terminará presidiendo la junta directiva, compuesta también, entre otros, por Alberto Gutiérrez –hijo de Avelino– y el empresario español Rafael Benjumea y Burin (conde de Guadalhorce). España llevaba cerca de dos años de conflicto bélico y la comunidad española en Argentina estaba involucrada en gestiones de ayuda y campañas solidarias20. Lo que nos interesa aquí no es tanto reconstruir cómo la ICEBA se posicionó frente a las diferentes redes solidarias, ya fuere republicanas o nacionalistas –ambos bandos tuvieron eco y ramificaciones en su seno–, sino, más bien, mostrar la compleja situación en la que se encontró en esta coyuntura. Había construido estrechos vínculos con la Segunda República desde 1931, como vimos, pero no por ello se convirtió en una institución propagandista de los republicanos en Argentina luego del 18 de julio de 1936. Por el contrario, lo que se advirtió, en especial luego de que Rafael Vehils asumiera la dirección, es que la ICEBA buscaría definir una estrategia por la cual acomodarse a no importaba cuál ganador en la guerra civil, cuyo final en 1938 era impredecible todavía, si bien no era difícil darse cuenta de que el franquismo había mejorado su posición en el terreno bélico, gracias al apoyo de la Alemania nazi y de la Italia fascista. La posición de la ICEBA, pues, fue pragmática en esta coyuntura, si es que cabe la posibilidad de ser pragmático frente a una guerra civil de estas proporciones. Continuó con su política de poner en valor y difundir las letras, las artes y las ciencias españolas, sin importar si los intelectuales que tenía como interlocutores se encontraban forzados al exilio (los vínculos de la ICEBA, y en especial los de Raúl Vehils, con los exiliados republicanos fueron en algunos casos muy intensos). Pero, al mismo tiempo, acompasó su ritmo al del franquismo, reconoció el régimen triunfante en 1939 y trató de adaptarse al nuevo clima de ideas, en el que prevaleció con todo su peso la idea de la hispanidad predicada por Ramiro de Maeztu, Zacarías de Vizcarra y por el filósofo Manuel García Morente –que había sido becado por la ICEBA tiempo antes–21. Asimismo, para sumar más ingredientes que complejizan el modo en que se posicionaría frente al franquismo, ICEBA continuó adelante con su política de traer a Argentina a intelectuales españoles para lo que, luego de 1939, sometería las decisiones al régimen del dictador español. En 1942, la ICEBA recibió reconocimiento oficial por parte del gobierno de Francisco Franco en tanto que institución encargada en Argentina del intercambio científico con España, por lo cual no sorprende encontrarla celebrando el 450 aniversario del “descubrimiento de América”, fecha clave en el calendario franquista a través de la cual proyectaría el mito de la hispanidad a Hispanoamérica.

El resultado fue una política de acomodamiento para una asociación comunitaria que había tejido estrechas amistades con intelectuales españoles que, luego de 1939, quedaron en el exilio. Sin embargo, tampoco cortó amarras con los exiliados, sino que conservó entre ellos amigos que habían sido becarios de la JAE antes de la guerra civil a los que asistió para su salida de España e instalación en América. Antes de 1939, se había destacado en llevar adelante la diplomacia cultural entre Argentina y España imbuida de valores institucionistas y liberales reformistas, pero eso no le impidió poder adaptarse a los nuevos tiempos. Eso implicó, en ocasiones, un doble juego, por el cual recibió críticas de funcionarios de Madrid con los que, como veremos, no rompió relaciones. A la vez, hizo suya una idea de una España que pretendía ser ecuménica, porque no se trataba de reivindicar la España medieval (como hacía Ramiro de Maeztu), sino la cultura española de todos los tiempos, desde los humanistas renacentistas como Juan Luis Vives, acto en el que participó el profesor judío de latín Gregorio Halperín, hasta autores más contemporáneos, hijos de la Revolución francesa, como Benito Pérez Galdós, usualmente denostado en los círculos católicos (se hicieron también sendos homenajes al poeta Jorge Manrique, el diplomático y escritor Diego Saavedra Fajardo, además del propio Miguel de Cervantes, entre otros)22. En este punto, su idea de España era compleja, menos unidimensional que la predicada por el régimen cada vez que enarbolaba la bandera de la hispanidad, dado que la ICEBA podía darse el lujo de organizar conferencias para hablar de autores judíos conversos, mostrar la importancia de la tradición renacentista e, incluso, proteger a exiliados que el régimen franquista veía con malos ojos. La Institución enarboló la bandera de la defensa de España, pero mostró de España una imagen que no se circunscribía a la cruz y la espada.

Uno de los primeros gestos de la ICEBA, luego del estallido de la guerra civil fue intentar hacer algo por los intelectuales y académicos que iniciaron su exilio que, en muchos casos, sería casi de por vida. Prestó su apoyo tanto institucional como financiero, formal e informal, a la conformación de la así llamada “Junta Argentina para la Ayuda a los Universitarios Españoles” (JAAUE), que funcionó entre 1937 y 1938, para gestionar ayuda económica a los españoles que, durante la guerra, se exiliaron en la Casa de España en París. La Junta contó con el auspicio de intelectuales activos en Argentina que tuvieron una prominente actuación en diferentes asociaciones y publicaciones antifascistas, entre ellos: Victoria Ocampo, Risieri Frondizi, Amado Alonso, el médico Bernardo Houssay, Pedro Henríquez Ureña, entre otros23. Para cuando triunfó Francisco Franco, el 1 de abril de 1939, la Junta ya se había disuelto, en gran medida porque su labor de ayuda económica a los exiliados en París se había vuelto insuficiente para paliar las consecuencias de un exilio que ya había comenzado a adquirir dimensiones inabarcables; con la caída de París en manos de Adolf Hitler, en junio de 1940, menos sentido tuvo continuar con esta estrategia de ayuda.

Ahora bien, el triunfo de Francisco Franco no disuadió a las nuevas autoridades de la ICEBA de continuar la ayuda con otras estrategias. Rafael Vehils se comprometió tanto a título individual como institucional y en más de un caso hizo gestiones específicas para recibir intelectuales, científicos y artistas en diferentes instituciones universitarias argentinas. Hubo casos en los que debió enfrentar los reproches de funcionarios franquistas que veían con malos ojos esas gestiones y emitieron duras advertencias en caso de que Argentina, gracias a la ICEBA, les abriera las puertas a algunos nombres juzgados “rojos” por el gobierno de Francisco Franco. Pero las advertencias no lo disuadieron de continuar adelante. Así, protegió al médico Pío del Río Hortega a quien le financió un laboratorio y centro de investigación privado, y ello a pesar de que José Ignacio Ramos, agente franquista en Argentina e impulsor de diferentes asociaciones falangistas (había sido también un importante eslabón de la propaganda del bando “nacional” en Buenos Aires durante los años de la guerra civil), se opuso porque, según declaró, el médico español se “dejó enrolar en distintos manifiestos políticos y hoy se encuentra en muy mala situación”24 por haber colaborado con el gobierno republicano. Entre los intelectuales y científicos españoles a los que asistió Rafael Vehils ya fuera con ayuda económica directa o con la realización de gestiones para abrirles puertas en Argentina se contaron: el historiador Claudio Sánchez Albornoz25, el filólogo Américo Castro, la educadora María de Maeztu (hermana de Ramiro que en España, antes de la guerra civil, se volvió un ícono de la “mujer moderna” por el modo en que alentó la educación femenina en la Residencia de Señoritas, que presidió hasta 1936), el médico Severo Ochoa (aunque luego no aceptará trasladarse a Argentina y se radicó en Inglaterra), el abogado y escritor Ramón Pérez de Ayala26. También apoyó a otros intelectuales españoles que se hallaban en América Latina y les proporcionó recursos para hacerles más llevadero su exilio, como es el caso del jurista e historiador del derecho José María Ots, que se refugió en Colombia, a quien le financió la publicación de un libro, junto con el apoyo de Ricardo Levene27; brindó ayuda también al dramaturgo Jacinto Grau, a quien le consiguió un subsidio estadounidense, facilitado por el hecho de que ICEBA se comprometió a servirle de garantía. En su afán por procurarle apoyo a exiliados trabó relación con fundaciones e instituciones estadounidenses como la Fundación Rockefeller, que asistió junto con ICEBA el exilio de Claudio Sánchez Albornoz en Argentina, o el American Friends Service Committee, entidad organizada por los cuáqueros para la asistencia a refugiados, que brindó ayudas en casos puntuales, así, por ejemplo, a Jacinto Grau.

Sin embargo, estas ayudas solidarias tenían sus limitaciones; como es sabido, Argentina no descolló en las redes del exilio científico republicano en América Latina, aunque facilitó gestiones y abrió puertas en más de un caso28. Pero lo hizo de modo selectivo y restrictivo29. Las limitaciones no solo tuvieron que ver con las pocas posibilidades existentes en las universidades para absorber un alto número de intelectuales y científicos, sino que, también, respondieron a consideraciones de tipo ideológico y político, puesto que a los posibles candidatos a ocupar cátedras se les exigía una declaración de “apoliticidad” que Rafael Vehils no tomaba como un simple trámite, sino como un compromiso estricto. Por ejemplo, en el caso de Claudio Sánchez Albornoz, que había llegado a ser Ministro durante la Segunda República y, por tanto, no podía ser juzgado neutral políticamente, se le exigió una declaración de que en Argentina se dedicaría pura y exclusivamente a la vida académica. El empresario catalán, que hizo las gestiones para traerlo a Argentina, tenía prevenciones con respecto a Claudio Sánchez por su pasado republicano en un contexto donde ICEBA estaba tratando de adaptarse a los nuevos tiempos luego del triunfo de Francisco Franco. Así, pues, no ha de extrañar la insistencia con la que le insistió al historiador español en el compromiso de “neutralidad política absoluta” para entrar a Argentina y de “abstenerse de actuar en otros centros culturales”.30 Y así sería posible enumerar otros casos que pasaron por sus manos.

Ahora bien, por más tibia que haya sido la ayuda que Rafael Vehils brindó a algunos exiliados republicanos, su accionar solidario provocó malestar en el seno de la Cultural española de Buenos Aires. Un miembro de la Comisión Directiva que acompañó al empresario catalán desde el inicio de su gestión incluso decidió renunciar, con el argumento de que ICEBA había abandonado la neutralidad política31; otros decidieron no acompañarlo en diferentes actividades culturales, como es el caso del escritor hispanófilo, Premio Nacional de Literatura, Arturo Capdevila. La moderación con la que Rafael Vehils se movió a la hora de tender una mano al exilio intelectual y científico español no fue suficiente para tranquilizar a quienes veían esos gestos como inadmisibles. Aplaudido por Alfredo Palacios, quien fuera el primer diputado socialista de Argentina y de América Latina, y por otros compañeros de su bancada, que se acercaron a ICEBA en esta coyuntura, pero denostado, a su vez, por hispanófilos a ultranza como Félix Ortiz y San Pelayo, estaba claro que si el empresario deseaba continuar al frente de la Cultural después del triunfo de Francisco Franco, le serían necesarios ostensibles gestos de reacomodamiento para con los tiempos que corrían.

La junta directiva de ICEBA sufrió de hecho una fuerte recomposición a mediados de 1939, con el ingreso del conde de Guadalhorce, acompañado, por su parte, de Manuel Escasany, proveniente de la familia dueña de la principal joyería del país, cercana, a su vez, a sectores católicos en Argentina –fue la principal patrocinadora del Congreso Eucarístico Internacional de 1934–32. Alberto Gutiérrez, hijo de Avelino, el patriarca fundador de ICEBA –ambos muy cercanos a Alfredo Palacios–, continuó en la Comisión Directiva que, de esta manera, procuraba ofrecer una imagen de relativo pluralismo en un momento en que la comunidad española en Argentina debió enfrentar la toma del poder por Francisco Franco, la derrota republicana, la diáspora de miles de exiliados y, además, el clima bélico internacional que se instaló en Europa con las agresivas campañas de Adolf Hitler, que llevaron al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Además, en el consejo técnico de la ICEBA, el órgano consultivo compuesto por intelectuales argentinos, ingresaron nombres provenientes del arco católico y nacionalista, entre ellos: Guillermo Furlong, Carlos Ibarguren y Gustavo Martínez Zuviría. Nada de esto impidió, sin embargo, que la ICEBA continuara enviando ayuda a exiliados y refugiados. Así, por ejemplo, en 1941 envió un giro de dos mil francos al matemático catalán Pedro Pi Calleja, entonces en el norte de África, que terminará encontrando refugio, al igual que Claudio Sánchez Albornoz, en la Universidad Nacional de Cuyo33. En cambio, ese mismo año la Comisión Directiva negó ayudas a otros dos exiliados, ambos destacados defensores del autonomismo catalán, en situación delicada, el médico Augusto Pi Suñer y el historiador de la filosofía Jaime Serra Hunter, que terminaron exiliándose en Venezuela y México respectivamente34. Los gestos solidarios se volvieron menos frecuentes con el paso del tiempo, si bien se mantuvo firme el compromiso de Rafael Vehils con Pío del Río Hortega, a quien costeó salario y gastos de su laboratorio particular, que funcionaría en la sede de la Asociación Patriótica Española; de esta manera, evitó que el médico fuera absorbido por las universidades estadounidenses, dado que no faltaron propuestas de la Fundación Rockefeller para llevarlo a Estados Unidos35.

En 1939, el advenimiento del triunfo franquista coincidió con el 25° aniversario de ICEBA, efeméride que Rafael Vehils se propuso celebrar con gran pompa, para lo cual solicitó un subsidio del gobierno argentino que obtuvo gracias a las gestiones del senador conservador y nacionalista Matías Sánchez Sorondo. El cuarto de siglo de la institución coincidió, además, con la inauguración de la sala “España” en el seno de la Biblioteca Nacional argentina, dirigida por Martínez Zuviría, gesto elocuente en este contexto. La celebración por los veinticinco años convivió con el clima triunfalista enarbolado por los sectores franquistas de la comunidad española en Buenos Aires: era difícil separar ambos acontecimientos. El nuevo régimen tuvo en Buenos Aires como vocero a Juan Pablo Lojendio, quien se había encargado de la propaganda para el bando nacional durante la contienda y ocupó diversos cargos diplomáticos en Argentina gracias a los cuales procuró influir sobre ICEBA36. A partir de allí, la atmósfera se enrareció: la participación de Rafael Vehils en la despedida a Eduardo Marquina, propagandista de la causa franquista, que había sido recibido en Buenos Aires por monseñor Gustavo Franceschi, reafirma esta idea37. Ese mismo año, también, la ICEBA auspició un ciclo de conferencias de José María Pemán, el vocero literario del régimen franquista, en el Colegio Nacional de Buenos Aires38. Luego del triunfo de Francisco Franco, ICEBA trató de continuar brindando una imagen de “neutralidad” o “apoliticismo” de todas formas, por ello no vaciló en conceder uno de sus principales premios a Pedro Henríquez Ureña, cuyas credenciales como humanista y antifascista eran bien conocidas39.

También es significativa la relación cercana de Rafael Vehils con Rafael Benjumea y Burin, conde de Guadalhorce, empresario de los transportes que hizo su fortuna y obtuvo su título nobiliario a la sombra de Miguel Primo de Rivera en la España de la década de 1920, y se instaló en Argentina luego del triunfo de la Segunda República para volcarse al negocio de la red de subterráneos de Buenos Aires (su empresa CHADOPYF construyó la línea “C” donde hizo instalar murales y azulejos de motivos típicos españoles). El conde de Guadalhorce poseía una estrecha red de amigos que alentó la creación de círculos falangistas en Buenos Aires entre los que se destacó uno de sus socios, José Coll Mirabell, que estuvo por detrás de estos grupos incluso después de 1941, cuando se estableció la Comisión de Actividades Antiargentinas, comisión parlamentaria creada a fin de prevenir, investigar y sancionar las actividades políticas de grupos fascistas en el país, creada bajo la presión de Estados Unidos que veía a Argentina como un país reacio a apoyar la causa aliada en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y, a la vez, sospechado de solidaridad con el Eje por múltiples vías40. (El conde de Guadalhorce había participado en los años de la guerra civil en una de las principales entidades para canalizar la colaboración con los nacionalistas durante la guerra civil, los “legionarios civiles de Franco”). La creación de la Comisión se vio acompañada por la sanción de una ley que prohibía las actividades de grupos políticos extranjeros, ya fuere cualquier edición local del partido nazi o fascista, e incluía igualmente a eventuales ramificaciones de la falange española tradicionalista y de las JONS, que tendrían vedado actuar bajo esas denominaciones, pero comenzaron a hacerlo de modo encubierto bajo otros ropajes.

En lo que respecta a la Falange, se estableció en 1941 la Casa de España (nombre anodino con el que se procuraba eludir las restricciones legales), con domicilio en la avenida Entre Ríos 757 de la ciudad de Buenos Aires: “bajo ese nombre, como antes lo he dicho, se oculta la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, cuyos estatutos presentados en su oportunidad para que le fuera permitido su desarrollo no son precisamente los que rigen internamente a la Institución”, según rezaba una denuncia recibida por la Comisión de Actividades Antiargentinas41. La Casa de España en Buenos Aires estuvo apadrinada por José Coll, con el cargo de secretario general, según folleto publicado en 1941; también figuraba en su staff la educadora María de Maeztu, a cargo de la sección de letras hispánicas de la entidad. La Casa de España terminó disuelta a causa de las denuncias recibidas en 1942, pero no se puede pasar por alto el apoyo que contó entre la diplomacia franquista (el marqués de Magaz, embajador franquista en Buenos Aires auspició su inauguración) y la proximidad que tenía con distintos miembros de ICEBA que, a su vez, también mantenía relación con el Centro de Acción Española, fundado en su hora por Félix de Ortiz y San Pelayo que, en 1942, invitó a las autoridades de ICEBA para participar de acto en conmemoración del 18 de julio, fecha aniversario del levantamiento franquista –este tipo de actos se hacía por demás en diferentes organizaciones hispanófilas y tradicionalistas–42.

En este contexto, con un movimiento falangista que continuaba actuando de manera encubierta, se preparó la celebración por los 450 años del “descubrimiento de América” el 12 de octubre de 1942 en una nueva fiesta de la hispanidad en tanto que comunidad espiritual entre las antiguas colonias hispanoamericanas y España, que contaría con representación de las autoridades nacionales, así como también de la diplomacia del franquismo en el país. En un momento signado por el clima instalado por la decisión del gobierno argentino de mantenerse apegado a una neutralidad que sería leída como connivencia con el nazismo, y a medida que arreciaban las denuncias dirigidas ante la Comisión de Investigación de Actividades Antiargentinas por la presencia de distintos actores que hacían propaganda por el Eje, el 12 de octubre de 1942 fue una fecha crucial en la que ICEBA no podría mirar hacia un costado puesto que el propio gobierno de Francisco Franco, a través de su embajada en el país, se dispuso a celebrarlo con apoyo de la Iglesia católica y del gobierno de Ramón Castillo. Ahora bien, ICEBA no se plegó a la celebración oficial organizada en Salta por el arzobispo Roberto Tavella, con apoyo oficial (estuvieron presentes el presidente Ramón Castillo que firmó un decreto ad hoc para avalarlo, así como también acompañaron Carlos Ibarguren, el embajador de España marqués de Magaz y el ministro de Relaciones Exteriores Enrique Ruiz Guiñazú, entre otros), del que participaron sacerdotes (entre ellos, monseñor Gustavo Franceschi), nacionalistas católicos (v.g., Gustavo Martínez Zuviría, Rómulo Amadeo), funcionarios, militares, miembros del cuerpo diplomático español y algunos universitarios católicos, como es el caso del historiador Rómulo Carbia. Bajo el nombre de Primer Congreso de la Cultura Hispanoamericana, avalado por el gobierno, tuvo como propósito, según decreto del Poder Ejecutivo, “el estudio de nuestra tradición que nace de la Hispanidad de donde se espera provocar un noble interés y una saludable reacción en beneficio de los principios espirituales que deben ser el fundamento nacional”43.

Ahora bien, por contraste con la iniciativa oficial, ICEBA organizó un mes después de la fecha oficial sus propios festejos paralelos a los que procuró darles un aspecto estrictamente cultural y científico, garantizado por la presencia de profesores universitarios, que escaseaban, sin embargo, en el evento celebrado en Salta. Contó entre sus participantes a los miembros de la élite científica y académica de la época, provenientes casi en su totalidad de la Universidad de Buenos Aires, en especial, de la facultades de Filosofía y Letras y de la de Derecho, entre ellos: Coriolano Alberini, Amado Alonso, Atilio dell'Oro Maini, Venancio Deulofeu, Luis Roque Gondra, Pedro Henríquez Ureña, Ricardo Levene, Diego Luis Molinari, Martín Noel, Juan Probst, Emilio Ravignani, Julio Rey Pastor, Francisco Romero y José Luis Romero. Hubo un único sacerdote, el jesuita Guillermo Furlong, en calidad de miembro de la Academia de la Historia y hubo un único nombre en común entre ambos eventos, el abogado y filósofo tomista Tomás D. Casares. El tono de los programas y discursos de presentación de ambos eventos fue distinto. ICEBA pretendió darle a su coloquio celebrado en el mes de noviembre en el Concejo Deliberante de Buenos Aires un aspecto académico, de ahí que se hablara de las “consecuencias del descubrimiento de América” en una amplia diversidad de aspectos y disciplinas: geografía, náutica, astronomía, ideas científicas, antropología, zoología, botánica, medicina, minería, enseñanza, idioma, artes, ideas, literatura, religión, ideas económicas, políticas y del derecho44. El coloquio llevó por título “El descubrimiento de América y el progreso de la cultura”, fórmula que aparecía despojada de toda apelación al mito de la hispanidad, así como de la invocación a una España eterna trasplantada en América, en claro distanciamiento de la cruzada militante desplegada por el congreso salteño. La polisemia de la idea de España hizo posible que ICEBA se apartara de la rígida idea de la hispanidad45.

De este modo la ICEBA pudo permanecer al margen de las críticas que la prensa antifascista le propinó al congreso salteño de 1942. El diario Crítica, por ejemplo, publicó bajo el título “La Hispanidad del Requeté es lo que quiera avivar entre nosotros el Congreso de Salta” una denuncia que, cabe recalcar, fue tenida en cuenta por la Comisión de Actividades Antiargentinas, cuyo archivo conservó una copia:

“El Congreso de la Hispanidad –ahora transformado en ‘Primer Congreso de la Cultura Hispanoamericana’– tiene por la filiación ideológica de sus patrocinadores, un claro sentido fascistizante, según lo hemos puntualizado ya en otras notas aparecidas en Crítica. Hay en sus intenciones y hasta en sus palabras un parentesco muy marcado con las ideas que echa a rodar el Consejo de la Hispanidad instituido por el general Franco para dar forma concreta a su ‘voluntad de imperio’, esto es, a sus sueños de reconstrucción del sangriento imperio colonial de Carlos V. Y la maniobra, por otra parte, es evidente en los precisos instantes en que la seguridad del continente exige reforzar los vínculos del panamericanismo –ideal permanente de libertad–, los voceros del totalitarismo exhiben un hispanoamericanismo que nunca fue otra cosa que fácil metáfora de aniversarios y que ahora se transforma en una nueva edición del mito de la sangre que constituye la esencia del nazismo”46.

El coloquio organizado por la ICEBA no recibió, a diferencia del anterior, ninguna denuncia en la prensa y tampoco fue objeto de un llamado de atención por la Comisión de Investigación de Actividades Antiargentinas que se dedicaba a recoger denuncias en torno de las actividades de los países aliados del Eje en Argentina, en gran medida gracias a la habilidad política de Rafael Vehils, un hombre que sabía moverse en ámbitos muy variados, académicos y diplomáticos, laicos y católicos, republicanos y falangistas, lo cual hizo posible que la ICEBA desempeñara papeles difíciles de conciliar en el periodo aquí estudiado, desde ayudar selectivamente a algunos exiliados, hasta tratar con naturalidad y fluidez a líderes del movimiento falangista tal como se desarrolló en Argentina. Nada retrata mejor esta ambigüedad que el modo en que se plegó a celebrar la hispanidad en 1942: sin hablar de ella de manera directa, en un evento extraoficial.

Palabras Finales

La manera en la que la ICEBA resolvió expresar su adhesión al festejo del 12 de octubre de 1942 era sintomática de la trayectoria recorrida hasta ahí. Por un lado, se encontraba en el corazón de la diplomacia cultural entre Argentina y la España franquista que hizo suyo el culto a la hispanidad, en tanto que identidad espiritual, para los pueblos de lengua hispánica; por el otro, no por ello la ICEBA dejó de poner en práctica un mecenazgo tutelado para con los exiliados republicanos (en especial, intelectuales, artistas y científicos) que aspiraban a insertarse en la escena cultural argentina. La solidaridad practicada con los exiliados no fue por ello una expresión de una solidaridad política o ideológica, sino, más bien, debe ser leída como un gesto de un fuerte contenido nacionalista por el cual se procuraba evitar la descomposición y la pérdida de los principales protagonistas de lo que había sido una de las épocas más brillantes para las universidades, la ciencia y la cultura en España, es decir, la así llamada “edad de plata” española, anterior a 1936. La idea era, sobre todo, salvar el prestigio de la ciencia española, que había dado premios Nobel como el que obtuviera Santiago Ramón y Cajal, cuyo principal discípulo fue precisamente Pío del Río Hortega, a quien Rafael Vehils se comprometió a preservarlo dentro de la órbita del mundo hispánico (caso contrario, habría sido absorbido por las instituciones científicas de Estados Unidos), a pesar de que ese mismo apoyo fue juzgado incómodo por los funcionarios del régimen franquista. De ahí que las posiciones del catalán parezcan difíciles de explicar; conservador, incluso reaccionario, en lo político, pero más abierto en el terreno cultural, dispuesto a no trasladar a la órbita de las letras y las ciencias el espíritu de cruzada que compartían varios de sus compañeros de ruta en las asociaciones falangistas con las que coqueteó e, incluso, con las propias autoridades diplomáticas franquistas en Argentina, con las que talló una relación amigable, puesto que asistían con regularidad a los actos organizados por la ICEBA. De esta manera, la política cultural, de Rafael Vehils nos permitió iluminar, desde el corazón de las élites españolas en Argentina, la vasta cantidad de matices que pueden leerse en torno del conflicto español.

1Este trabajo fue posible gracias a la cátedra Eulalio Ferrer concedida por la Universidad de Cantabria en 2017.

2Dora Schwarstein, Entre Franco y Perón. Memoria e identidad del exilio republicano español, Barcelona, Crítica, 2001; Ricardo Pasolini, Los marxistas liberales. Antifascismo y cultura comunista en la Argentina del siglo xx, Buenos Aires, Sudamericana, 2013; Jorge Nállim, Las raíces del antiperonismo. Orígenes históricos e ideológicos, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014; Ernesto Goldar, Los argentinos y la guerra civil española, Buenos Aires, Contrapunto, 1986; Luis Velasco Martínez, “La emigración española en Latinoamérica ante la Guerra Civil española y el fascismo español: el caso argentino”, en Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 38, Bogotá, 2011, pp. 39-54.

3Xosé Manoel Núñez Seixas y Ruy Farías, “Trasterrados y emigrados. Una interpretación sociopolítica del exilio gallego de 1936”, en Arbor. Revista de Ciencia, Pensamiento y Cultura, vol. 185, Madrid, 2009, pp. 113-127; Silvina Jensen, “Los expatriados catalanes en Chile y Argentina y el universo de ayuda solidaria hacia las víctimas de la guerra civil española”, en Projeto Historia, n.° 52, San Pablo, 2015, pp. 37-75.

4Al respecto, véase María Aránzazu Díaz Regañón Labajo, El exilio científico republicano en Argentina, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2016; Bárbara Ortuño Martínez, Hacia el hondo bajo fondo… Inmigrantes y exiliados en Buenos Aires tras la guerra civil española, Madrid, Biblioteca Nueva, 2018.

5Javier Moreno Luzón y Fernando Martínez López, La Institución Libre de Enseñanza y Francisco Giner de los Ríos: Nuevas Perspectivas, Madrid, Fundación Francisco Giner de los Ríos, 2012. Acerca de su legado, véase Jorge De Hoyos Puente, ¡Viva la inteligencia! El legado de la cultura institucionista en el exilio republicano de 1939, Madrid, Biblioteca Nueva, 2016.

6Marta Campomar y Javier Zamora Bonilla, “Avelino Gutiérrez (1864-1946). La ciencia y la cultura en las dos orillas”, en Marcela García Sebastiani (ed.), Patriotas entre naciones. Elites emigrantes españolas en Argentina, Madrid, Editorial Complutense, 2011. Para un análisis general de la inmigración, véase José Moya, Primos y extranjeros. La inmigración española en Buenos Aires 1850-1930, Buenos Aires, Emecé, 2004.

7Rosario E. Fernández Terán y Francisco A. González Redondo, “Las cátedras de la Institución Cultural Española de Buenos Aires. Ciencia y educación entre España y Argentina, 1910-1940”, en Historia de la educación, vol. 29, Salamanca, 2010, pp. 195-219; José María López Sánchez, “La Junta para Ampliación de Estudios y su proyección americanista: La Institución Cultural Española”, en Revista de Indias, vol. 239, Madrid, 2007, pp. 81-102. Véase la nota dirigida por Avelino Gutiérrez, director de la ICEBA, al rector de la UBA, Eufemio Uballes, 9 de agosto de 1915, Archivo del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires, R-183.

8Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, “Las relaciones culturales de España en tiempo de crisis: de la II República a la Guerra Mundial”, en Espacio, tiempo y forma. Serie V. Historia Contemporánea, vol. 7, Madrid, 1994, pp. 259-294.

9Miranda Lida, Amado Alonso en la Argentina. Una historia global del Instituto de Filología, Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 2019.

10Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, Imperio de papel. Acción cultural y política exterior durante el primer franquismo, Madrid, CSIC, 1992.

11Lorenzo Delgado Gómez-Escalonilla, Acción cultural y política exterior. La configuración de la diplomacia cultural durante el régimen franquista (1936-1945), tesis doctoral, Madrid, Universidad Complutense, 2002.

12Véase Libro de Actas 3, Asamblea general ordinaria del 30 de marzo de 1933, en Archivo de la ICEBA, fs. 29-31.

13Estatutos del Centro Acción Española, Buenos Aires, enero de 1933, en Patrimonio Legislativo. Archivo de Comisiones Especiales. Disponible en https://apym.hcdn.gob.ar/comisiones-especiales/nazis/inventario/ [fecha de consulta: agosto de 2018].

14Gabriela Dalla-Corte Caballero, El archivo documental del americanismo catalán. Una historia centenaria para la Casa de América (1909-1968), Barcelona, Fundación Casa América Catalunya, 2013.

15Borja de Riquer, Cambó en Argentina. Negocios y corrupción política, Buenos Aires, Edhasa, 2016.

16Lence (seud.), “La Institución Cultural Española. Peligros de la política”, en El Correo de Galicia, Buenos Aires, 24 de marzo de 1935. También, “Objeción a una candidatura meritoria y honrosa para nuestra colectividad”, en Hispano, Bahía Blanca, 7 de abril de 1935. Véase también en este mismo sentido las actas de esa agitada elección, Libro de Actas 3, sesión de Asamblea general ordinaria del 29 de marzo de 1935, en Archivo de la ICEBA, fs. 105-110.

17Tulio Halperín Donghi, La Argentina y la tormenta del mundo, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003; Sylvia Saítta, “Filippo Marinetti en la Argentina”, en Paula Bruno (ed.), Visitas culturales en la Argentina 1898-1936, Buenos Aires, Biblos, 2014.

18Miranda Lida, La rotativa de Dios. Prensa católica y sociedad. El Pueblo 1900-1960, Buenos Aires, Biblos, 2012.

19Félix Ortiz y San Pelayo, “Hablemos de los sabios españoles que aquí hemos conocido por la Institución Cultural Española”, en El Pueblo, Buenos Aires, 27 y 28 de junio de 1938, p. 9.

20Mónica Quijada, Aires de república, aires de cruzada: la guerra civil española en Argentina, Barcelona, Sendai Ediciones, 1991.

21Es necesario señalar, de todas formas, que la idea de la hispanidad es polisémica, admite múltiples lecturas con diferentes sesgos político-ideológicos a su vez. La hispanidad interpretada en clave católica y espiritual, con espíritu militante era solo una de sus variantes, si bien la más virulenta, de ahí la invocación a la idea de raza y cruzada, que venían dadas por añadidura; otras lecturas, afines al institucionismo español, al krausismo y, también, a la impronta arielista en América Latina, seguían ideas herederas del humanismo y abogaban por construir una identidad en común, respetuosa de las diferencias con un reconocimiento mutuo de las idiosincrasias de los pueblos americanos.

22Los homenajes que organizó la ICEBA a las principales figuras de las plumas españolas entre 1938 y 1942 recogen una amplia variedad de nombres provenientes de la España moderna y contemporánea.

23Miranda Lida, “Redes de solidaridad y mecenazgo frente al exilio científico de la guerra civil española La Junta Argentina para la Ayuda a los Universitarios Españoles y la Institución Cultural Española de Buenos Aires”, en Boletín Americanista, Barcelona, 2019, en prensa.

24Carta de José Ignacio Ramos a Rafael Vehils, Buenos Aires, 26 de noviembre de 1938 (con membrete de la “Representación del Gobierno Nacional de España”), Correspondencia recibida, carpeta 6, imágenes 292-294, en Archivo de la ICEBA.

25El contrato del historiador con la Universidad de Buenos Aires estipulaba que “este sueldo le será liquidado y pagado mensualmente desde el primero de enero de 1943 y hasta el 31 de diciembre de 1945, integrándose con el aporte del presupuesto a universitario y las donaciones de la fundación Rockefeller y de la Institución Cultural Española”, contrato celebrado con el profesor Dr. Claudio Sánchez Albornoz, expediente 5040/1942, Archivo del Rectorado de la Universidad de Buenos Aires.

26Véase por ejemplo carta de Ramón Pérez de Ayala a Rafael Vehils, Biarritz, 25 de septiembre de 1939, Correspondencia recibida, carpeta 7, imágenes 529-532, Archivo de la ICEBA.

27Carta de Ricardo Levene a Rafael Vehils, Buenos Aires, 6 de agosto de 1941 (con membrete de la Universidad de Buenos Aires), Correspondencia recibida, carpeta 9, imagen 374, en Archivo de la ICEBA.

28Consuelo Naranjo Orovio, “Los caminos de la JAE en América Latina: redes y lazos al servicio de los exiliados republicanos”, en Revista de Indias, vol. LXVII, n.° 239, Madrid, 2007, pp. 283-306; Clara E. Lida, Inmigración y exilio. Reflexiones sobre el caso español, México, El Colegio de México-Siglo XXI, 1997; Clara E. Lida y José E. Matesanz, El Colegio de México: una hazaña cultural 1940-1962, México, El Colegio de México, 1990; Andrea Pagni, El exilio republicano español en México y la Argentina. Historia cultural, instituciones literarias, medios, Madrid, Iberoamericana Vervuert, 2011; Sebastiaan Faber, Exile and Cultural Hegemony: Spanish Intellectuals in México, 1939-1975, Nashville, Vanderbilt University Press, 2002.

29Fernando Devoto, “El revés de la trama: políticas migratorias y prácticas administrativas en la Argentina”, en Desarrollo Económico, vol. 41, n.° 162, Buenos Aires, 2001, pp. 281-304; Miranda Lida, “La Fundación Rockefeller y la Institución Cultural Española de Buenos Aires frente el exilio republicano español en la Argentina. El caso de Claudio Sánchez Albornoz”, en Revista de Indias, Madrid, en prensa, 2019.

30Carta del rector Edmundo Correas a Rafael Vehils, Mendoza, 21 de mayo de 1940, Correspondencia recibida 2, legajo 8, imágenes 769-772, en Archivo de la ICEBA.

31En 1938 renunció como vocal Vicente Nicolau Roig; el año anterior lo había hecho Baldomero Villamil. Véase Libro de Actas 2, imágenes 34 y 59, Asambleas generales ordinarias del 10 de diciembre de 1937 y 13 de septiembre de 1937, en Archivo de la ICEBA.

32Miranda Lida, Historia del catolicismo argentino. Entre el siglo xix y xx, Buenos Aires, Siglo XXI, 2015.

33La asistencia brindada por la ICEBA a Pi Calleja no se hubiera logrado sin el apoyo del matemático español Julio Rey Pastor que trabajaba en la Universidad de Buenos Aires desde fines de la Primera Guerra Mundial. Véase Libro de Actas 3A, imagen 73, Asamblea general ordinaria del 3 de octubre de 1941, en Archivo de la ICEBA.

34El pedido de protección a Augusto Pi Suñer lo dirigieron los médicos Bernardo Houssay y Mariano Castex. Jaime Serra Hunter, que había sido rector de la Universidad de Barcelona, contó con el apoyo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ambos casos fueron desestimados. Libro de Actas 2A, imágenes 170-179, Asamblea general ordinaria del 22 de mayo de 1940, en Archivo de la ICEBA.

35Libro de Actas 3A, imagen 69, Asamblea general ordinaria del 3 de octubre de 1941, en Archivo de la ICEBA.

36Alejandra N. Ferreyra, “La acción propagandística a favor del franquismo durante la guerra civil española: la actuación de Juan Pablo Lojendio en Buenos Aires, 1936-1939”, en Páginas, n.° 16, Rosario, 2016, pp. 123-140.

37Eduardo Marquina, Carlos Arniches y monseñor Gustavo Franceschi, El alma de España. Poética, popular, religiosa, Buenos Aires, Amorrortu, 1940.

38Libro de Actas 3A, imagen 66, Asamblea general ordinaria del 3 de octubre de 1941, en Archivo de la ICEBA.

39Fernando Degiovanni, “Una disciplina de guerra: Pedro Henríquez Ureña y el latinoamericanismo”, en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, vol. 41, n.° 82, Massachussets, 2015, pp. 135-160.

40Para un contexto del antifascismo argentino, véase Germán Friedmann, Alemanes antinazis en Argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2010; Andrés Bisso, Acción Argentina, Un antifascismo nacional en tiempos de guerra mundial, Buenos Aires, Prometeo, 2005.

41“Carta dirigida a la Comisión Investigadora de Actividades Antiargentinas de la Cámara de Diputados”, Buenos Aires, 1 de septiembre de 1941, en Patrimonio Legislativo. Archivo de Comisiones Especiales. Disponible en https://apym.hcdn.gob.ar/comisiones-especiales/nazis/inventario/ [fecha de consulta: agosto de 2018].

42Nota dirigida por Melchor Lluró y Fausto Hurtado a Rafael Vehils, Centro Acción Española, Buenos Aires, 13 de mayo de 1942, en Archivo de la ICEBA, Correspondencia recibida 2, legajo 10, foto 145.

43Programa de temas del Primer Congreso de la Cultura Hispanoamericana a realizarse en Buenos Aires en octubre de 1943, Buenos Aires, s.e., 1942.

44Primer coloquio intelectual de la Institución Cultural Española. El descubrimiento de América y el progreso de la cultura, Buenos Aires, s.e., 1942.

45Aimer Granados, Debates sobre España. El hispanoamericanismo en México a fines del siglo xix, México, El Colegio de México/Universidad Autónoma Metropolitana–Xochimilco, 2005; Isidro Sepúlveda, El sueño de la Madre Patria. Hispanoamericanismo y nacionalismo, Madrid, Fundación Carolina-Centro de Estudios Hispánicos e Iberoamericanos, Marcial Pons, 2005.

46“La hispanidad del requeté es lo que quiere avivar entre nosotros el congreso de Salta”, en Crítica, Buenos Aires, 23 de julio de 1942.

Recibido: Octubre de 2018; Aprobado: Mayo de 2019

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