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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.53 no.1 Santiago June 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942020000100011 

Artículos

De la democracia revolucionaria a la democracia posible. Trayectorias políticas y conceptuales de la democracia en la izquierda marxista chilena, c.1950-c.19901

Marcelo Casals* 

Mariana Perry** 

*Doctor en Historia de América Latina, University of Wisconsin-Madison. Profesor asistente, Centro de Estudios de Historia Política, Escuela de Gobierno, Universidad Adolfo Ibáñez. Correo electrónico: marcelo.casals@uai.cl

**Doctora en Humanidades, Universiteit Leiden. Profesora investigadora, Instituto de Historia, Facultad de Derecho y Gobierno, Universidad San Sebastián. Correo electrónico: mariana.perry@uss.cl

Resumen

La democracia en el siglo XX se convirtió en un concepto central a la hora de fundamentar y legitimar la acción política. La izquierda marxista chilena no fue ajena a ese fenómeno. A partir de publicaciones periódicas, revistas doctrinarias, memorias y discursos públicos, en este artículo estudiamos las trayectorias políticas y conceptuales de la democracia en la elaboración doctrinaria y estratégica de los principales partidos y movimientos de izquierda durante las décadas de 1950 a 1990. En ese periodo se verificó un desacoplamiento conceptual entre la democracia y la revolución. Mientras la conflictiva construcción y aplicación de un proyecto de transición al socialismo incorporó el ideal democrático, la derrota de 1973 obligó a una reestructuración general, marcada por la elección de reconstruir una democracia representativa antes que aspirar a revolucionar las estructuras sociales.

Palabras claves: Chile; siglo XX; democracia; marxismo; izquierda; revolución; doctrina; historia conceptual

Abstract

During the twentieth century, democracy became a central concept when grounding and legitimizing political action. The Chilean Marxist Left was not alien to this phenomenon. Based on periodical, doctrinal journals, memoirs and public discourses, in this article we study the political and conceptual trajectories of democracy in the doctrinal and strategic elaboration of the main left-wing parties and movements between the 1950s and the 1980s. In that period, democracy and revolution became conceptually decoupled. While the conflictive construction and application of a transition project to socialism incorporated the democratic ideal, the 1973 defeat forced a general restructuring, marked by the choice to reconstruct a representative democracy rather than aspire to revolutionize social structuress.

Keywords: Chile; twentieth century; democracy; Marxism; left-wing; revolution; doctrine; conceptual history

Introducción

En Chile y buena parte del mundo, el siglo XX vio la primacía de la legitimidad democrática del poder político. Como producto de los conflictos políticos e ideológicos de la segunda parte del siglo XIX, fue cada vez más ineludible asumir la democracia como ideal normativo de la organización del poder estatal. En América Latina, ese proceso estuvo cruzado por la hegemonía del republicanismo en la construcción de las nuevas naciones independientes y por las promesas levantadas por la retórica liberal con que esos nuevos órdenes políticos se legitimaban a sí mismos. En ese sentido, la democracia se convirtió en lo que Reinhart Koselleck ha llamado un “concepto universal de orden superior” que, en virtud de la diversidad de actores en pugna, requirió de “determinaciones adicionales” a modo de definir de manera específica su funcionalidad política. Esas determinaciones asumieron la forma de adjetivos – ‘representativa’, ‘popular’, ‘directa’, ‘protegida’, entre muchos otros– que diesen cuenta de la dimensión específica en la cual se desplegaba la legitimidad política del concepto2. En Chile, con la modernización de la política en medio de una aguda crisis de legitimidad de la mano de la “cuestión social” a principios del siglo XX, la mayoría de las fuerzas en pugna adscribieron a algún tipo de significado normativo de democracia, algo que se mantendría por el resto de la centuria. Fue tal la potencia de la legitimidad democrática que incluso regímenes dictatoriales como los de Carlos Ibáñez y Augusto Pinochet acudieron a ella con el objetivo de dotarlos de una base robusta de significado político e institucional3. Las apropiaciones, resignificaciones y conflictos en torno a la democracia moldearon el arco de fuerzas políticas a lo largo del siglo. La potencia de este concepto en sintetizar trayectorias, identidades y proyectos estuvo dado sobre todo por su carácter ambiguo e incompleto, tanto a la hora de definir sus límites como de evaluar sus prácticas, alimentando aún más las querellas sobre sus reales alcances. La democracia, en ese sentido, fue y sigue siendo un problema nunca del todo dilucidado –donde “se encabalgan la historia de un desencanto y la historia de una indeterminación”, como dijera Pierre Rosanvallon–, lo que, a su vez, habilita la acción muchas veces en nombre de sus definiciones contrastantes4. Desde ahí se fundamentaron y legitimaron proyectos de cambio y conservación social, movimientos de protesta y represión, aperturas y clausuras de participación política, y, en general, actores políticos organizados de distintas y contradictorias inspiraciones ideológicas.

En este artículo abordamos las trayectorias políticas y conceptuales de la democracia en un sector político determinado –la izquierda chilena– y en un periodo –entre 1950 y 1980– caracterizado por la progresiva y a ratos conflictiva formulación de un proyecto revolucionario de cambio social, la implementación del mismo en el gobierno de la Unidad Popular (UP) (1970-1973), y las consecuencias de su violenta derrota política y militar en el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Entendemos por ‘izquierda’ a aquellos partidos y movimientos que se identificaron tanto con un horizonte político igualitarista y emancipador como con la crítica a las consecuencias deshumanizadoras del capitalismo. En Chile, la noción de izquierda –y de derecha– comenzó a ser de uso común a partir de la década de 1930, e identificó a partidos que habían asumido distintas variantes de socialismo de inspiración marxista, en línea con sus símiles europeos y latinoamericanos. De allí que, más allá de las a ratos agrias disputas al interior de la izquierda, parte fundamental de su identidad política se haya moldeado en torno al concepto de ‘revolución’, en tanto pasaje ineludible del capitalismo al socialismo. En ese sentido, a través del estudio de las distintas concepciones de democracia en la izquierda chilena, desde la relación con el ideario revolucionario que caracterizó a dicho sector, tanto en Chile como en el mundo, planteamos que la democracia desde la izquierda sufrió un proceso conflictivo y no uniforme de desacoplamiento conceptual de la revolución, en virtud de las experiencias políticas disímiles en estos años. El proyecto allendista que redundaría en la “vía chilena al socialismo” asumió una relación recíproca y necesaria entre profundización democrática, reestructuración revolucionaria de la sociedad, y construcción del socialismo, en contraste con las fracciones radicalizadas de la izquierda que promovían un quiebre absoluto con el Estado “burgués”. Por otro lado, parte importante de la izquierda bajo dictadura eligió centrar las energías en la reconstrucción de una democracia representativa como alternativa al autoritarismo, excluyendo el horizonte revolucionario y emancipador que había caracterizado a las distintas vertientes globales del socialismo en el siglo XX.

La vinculación conceptual entre izquierda marxista chilena y democracia tiene raíces históricas profundas. En 1887 se fundó el Partido Demócrata (PD), de fuerte base obrera y artesanal. A su vez, fue la primera colectividad que hizo de la democracia como ideal normativo, su principal seña de identidad5. Desde el PD, y a raíz de un proceso constante de recepción local de ideas socialistas, emergería en 1912 el Partido Obrero Socialista (POS), de la mano del obrero tipógrafo Luis Emilio Recabarren. Para él, “socialismo” y “democracia” no eran antitéticos, sino, más bien, complementarios: el primero era la consecuencia lógica del despliegue histórico total de la segunda6. En el contexto de la crisis política y económica de la década de 1920 e inicios de la de 1930, y luego del proceso de “bolchevización” del POS a raíz de su transformación en Partido Comunista de Chile (PCCh) en 1922, la democracia empezó a ser asociada en el pensamiento revolucionario con estrategias reformistas que serían incapaces de acabar con la miseria social y la explotación de los asalariados. Lo mismo sucedió en los orígenes del Partido Socialista de Chile (PSCh), fundado en 1933, luego de la experiencia revolucionaria de la breve República Socialista del año anterior7. La noción de ‘democracia’ como ilusión burguesa para engañar a las masas explotadas sufrió un nuevo vuelco con la redefinición antifascista de la izquierda que se hizo carne en el Frente Popular, alianza de los partidos de izquierda y el Partido Radical, que triunfó en las elecciones presidenciales de 1938. En ese escenario, la democracia debía ser defendida y profundizada ante la amenaza global del fascismo. La izquierda marxista se identificó a sí misma con las “fuerzas democráticas” del país, estableciendo un continuo conceptual entre ‘democracia’, ‘pueblo’, ‘socialismo’ y ‘revolución’. En la práctica, ello se plasmó en la expansión del Estado en la economía y la sociedad sobre la base de un modelo industrializador y modernizador, que exigía la integración institucional y la participación electoral de los partidos de izquierda. El camino de la revolución, en ese sentido, parecía estar dado por el fomento de un movimiento obrero robusto y la acumulación de fuerzas a través de la lucha político-electoral para reorientar al Estado hacia la transición al socialismo8.

La nutrida bibliografía sobre la izquierda chilena –en la que nos basamos y, a la vez, complementamos– ha centrado su atención en las formulaciones estratégicas específicas de los partidos de izquierda en diálogo con las experiencias militantes en distintos periodos del siglo XX. Aquí apuntamos a una dimensión hasta el momento poco explorada: las definiciones, conflictos y cambios de sus principales orgánicas partidarias a partir de las distintas aproximaciones a la democracia, y su relación cambiante con el ideario revolucionario. Este asunto es históricamente relevante dada la extensión y potencia de las querellas sobre la democracia durante buena parte del siglo XX y su centralidad en la elaboración identitaria y estratégica de la izquierda, sobre todo gracias a que –al decir de Reinhart Koselleck– en dicho concepto se entrecruzan el ámbito de experiencias y el horizonte de expectativas de actores colectivos9.

El estudio de las definiciones en torno a la democracia, proponemos, sirve de puerta de entrada al estudio de los desplazamientos, quiebres y reelaboraciones sufridos por un sector protagonista en los conflictos políticos del siglo XX chileno. Desde allí, es posible dimensionar los cambios sufridos en el plano de las ideologías y las ideas en diálogo con las condiciones políticas concretas en el tránsito entre la democracia y la dictadura de los años 1950-1980. Para ello, lo que resta de este texto está dividido en tres partes. En la primera sección –“democracia y revolución”– exploramos los significados de la democracia desde mediados de la década de 1940 y principios de la de 1950 hasta el triunfo electoral de la Unidad Popular en 1970. En ese periodo se construyó la idea de que era posible transitar al socialismo mediante el Estado y la democracia representativa, vaciando al concepto de ‘revolución’ del uso de la violencia como forma de alcanzar el poder. Sin embargo, esa noción fue resistida por sectores radicalizados que desplazaban el ideario democrático a un futuro socialista indefinido, sobre todo a raíz de la emergencia del referente revolucionario cubano. Esos debates ocurrieron en un espacio ambiguo entre la adscripción a la ortodoxia revolucionaria de matriz leninista y la práctica política institucional y electoral de la izquierda chilena. En la segunda parte –“democracia o revolución”– estudiamos los debates al interior de la izquierda durante el gobierno de la Unidad Popular. La figura de Salvador Allende emerge aquí como el articulador principal de los conceptos de ‘democracia’ y ‘revolución’ en la noción de “vía chilena al socialismo”. La polarización política y social impondría límites infranqueables al proyecto de tránsito pacífico al socialismo, a la vez que al interior de la izquierda se verificaría una división irreconciliable en torno a la naturaleza de la revolución y las posibilidades de la democracia para alcanzar los objetivos propuestos. En el tercer apartado –“democracia sin revolución”–, analizamos la reacción de la izquierda chilena bajo el autoritarismo militar. Allí se verifica una nueva división entre quienes se pliegan a estrategias insurreccionales en perspectiva revolucionaria y aquellos que de manera progresiva renuncian a la revolución en pos de una restauración democrática. El proceso de “renovación socialista” se inscribió en esa segunda línea. En la coyuntura del plebiscito de 1988, parte importante de la izquierda se sumaría a una salida negociada desde la dictadura hacia una democracia representativa que aplaza –o renuncia de manera definitiva a– la revolución y el socialismo.

Para efectos de este estudio nos hemos basado en revistas partidarias representativas de dirigentes e intelectuales de las distintas expresiones de la izquierda chilena, sobre el entendido que allí se formularon de manera más explícita las aproximaciones teóricas y estratégicas al problema de la democracia. Estamos conscientes que dicha elección metodológica impone límites, sobre todo debido a que reproduce las jerarquías partidarias en el estudio de los usos y definiciones de la democracia en la acción política colectiva. Si bien las dirigencias de los partidos fueron actores claves en la trayectoria general de la izquierda chilena en estos convulsos años, ello, por cierto, no agota la experiencia de politización, revolución y represión de cientos de miles de actores sociales que se compenetraron de distintas formas con el proyecto histórico de la izquierda chilena. Esperamos que este estudio sirva como guía general para distintas aproximaciones al problema de las disputas y prácticas en torno a la democracia y su relevancia a la hora de comprender las dinámicas de conflicto político contemporáneo.

“Democracia” y “Revolución” en la formación y desarrollo de la izquierda marxista chilena (1948-1970)

1948 marcaría un punto de inflexión en el desarrollo político de la izquierda chilena. Ese año, se aprobó la llamada Ley de Defensa Permanente de la Democracia que, con el patrocinio del último de los gobiernos radicales, el de Gabriel González Videla, ilegalizaba al PCCh aduciendo que significaba un peligro para la estabilidad y la soberanía nacional. En esa coyuntura, un conjunto significativo de actores políticos leyó la difícil situación social local bajo el esquema bipolar de la incipiente Guerra Fría, según la cual el mundo estaría dividido en dos bloques geopolíticos e ideológicos irreconciliables representados por Washington y Moscú. De allí que, para quienes apoyaron esa ley, la defensa de la democracia se asumiese desde una óptica inequívocamente anticomunista10. Para entonces, el ocaso del fascismo y el antifascismo, y las dificultades de los gobiernos previos, habían disuelto la alianza frentepopulista. Los conflictos entre socialistas y comunistas incrementarían su virulencia, llevando a que una fracción relevante del PSCh apoyase la legislación anticomunista de Gabriel González V. Con todo, a pesar de ese contexto de crisis generalizada para la izquierda, subsistían aproximaciones optimistas frente a las posibilidades políticas presentes y futuras de la democracia. Esa esperanza, por ejemplo, llevó a que el PCCh no renunciara a su inclinación histórica de inserción institucional para avanzar las posiciones de la clase trabajadora y acumular fuerzas para una futura transición al socialismo. Cuando surgieron grupos insurreccionales al interior del partido en clandestinidad, fueron desplazados mediante el uso intensivo de toda la retórica comunista de la época para representar a los disidentes como “destructores del partido”11.

Por su parte, al interior del PSCh se había logrado aprobar un nuevo Programa en 1947, redactado por el destacado intelectual Eugenio González. Allí, descartó la validez de la democracia entendida solo en términos formales, donde la libertad y la soberanía no pasarían de ser una “ficción metafísica”. Por el contrario, planteaba, la “verdadera democracia” emergería solo bajo formas avanzadas de socialismo, que transformaría la “pseudo democracia actual” en una “democracia orgánica”12. En ese sentido, para González el socialismo no era antitético al liberalismo, en la medida en que el primero sería el cumplimiento de las promesas emancipadoras e igualitaristas del segundo, ampliando la democracia desde la política formal a las condiciones materiales de existencia13.

En la década de 1950, la izquierda sufrió un fuerte proceso de reestructuración política y estratégica. Dejando atrás las duras querellas de los años anteriores, y convencidos de los límites que alianzas con actores políticos centristas más poderosos implicaba socialistas y comunistas, crearon en 1956 una nueva alianza política: el Frente de Acción Popular (FRAP). El nuevo conglomerado se vio fortalecido por la reunificación de las fracciones socialistas en 1957 y, en 1958, por la derogación de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia y los alentadores resultados en las presidenciales de ese año, con Salvador Allende llegando en segundo lugar apenas debajo del vencedor Jorge Alessandri. Al mismo tiempo, sin embargo, se empezaron a delinear líneas estratégicas divergentes y, en varios puntos, contradictorias. La mayoría del socialismo chileno aprobó lo que se conocería como “Frente de Trabajadores”, una orientación política caracterizada por apuntar de manera directa hacia la construcción del socialismo, sin acudir a alianzas con representantes de otras capas sociales dadas las amargas experiencias previas de colaboración con el radicalismo14. Por su parte, el PCCh venía desarrollando desde sus años de clandestinidad durante los gobiernos de Gabriel González Videla y Carlos Ibáñez, la línea llamada “Frente de Liberación Nacional”, basada en una noción “etapista” del cambio social, dejando, por ello, la construcción del socialismo para un futuro posterior al cumplimiento de las “tareas” históricas de la burguesía modernizadora15. Ambas líneas chocaban en aspectos esenciales: mientras que los comunistas buscaban mayorías electorales a través de pactos con fuerzas reformistas, los socialistas apelaban a un purismo obrerista. Además, las tareas políticas se contradecían: los socialistas consideraban posible y conveniente la construcción del socialismo sin pasar por largas etapas de transición, mientras los comunistas creían necesario “agotar” las posibilidades políticas y económicas de los tiempos que vivían. En 1962 ambas direcciones partidistas harían públicas sus diferencias en un debate abierto y frontal sobre estos temas, en particular el papel de la Unión Soviética, el problema de las alianzas y, algo que ya veremos, el espinoso asunto de las “vías”16.

En la formulación tanto del “Frente de Trabajadores” como del “Frente de Liberación Nacional”, las definiciones ante la democracia cumplieron un papel central. Por una parte, fueron comunes y repetitivas las admoniciones contra la democracia “burguesa” según la tradición crítica marxista. En las publicaciones teóricas del PCCh abundaron las reproducciones de pasajes de Lenin en las que entendía la democracia “burguesa” como una dictadura de clase o, como recordaba el dirigente y escritor comunista Volodia Teitelboim, un régimen “estrecho, cansado, falsificado, hipócrita; un paraíso para los ricos y una trampa para los explotados y los pobres”. En contraposición, la democracia socialista sería una forma “nueva, superior, de democracia auténtica, efectiva, para la mayoría del pueblo, para las amplias masas laboriosas”. Por ende, desde esa perspectiva, la Unión Soviética sería “el país más democrático del mundo”17, según dijera el secretario general Luis Corvalán en el XXII Congreso del PCUS en 196118. Lo propio podía encontrarse en las formulaciones oficiales del PSCh. Clodomiro Almeyda, en el primer número de la revista teórica partidaria Arauco, anunciaba el inevitable agotamiento de la “democracia burguesa”19. En contraposición, auguraban el advenimiento de la “República Democrática de Trabajadores”, consecuencia última de la línea estratégica del “Frente de Trabajadores” y “fase inicial del desarrollo del socialismo”. Esa nueva democracia significaría la “patria legítima de las mayorías nacionales, de quienes crean la riqueza, de quienes hacen la historia con su sangre y su fe, su dolor y esperanza”20. La soberanía popular, en ese escenario, sería ejercida por las mayorías sociales, y no por las minorías como en la democracia “burguesa”21. Para algunos intelectuales socialistas, esa democracia había tomado forma en la experiencia yugoeslava, una democracia “directa, socialista”, caracterizada por el “autogobierno” obrero y, por lo tanto, ajeno a los excesos burocráticos y autoritarios que le enrostraban al modelo soviético22. Comunistas y socialistas contraponían desde la teoría los modelos socialistas a las democracias “burguesas” o liberales en términos de veracidad y falsedad. Mientras las primeras eran la consecuencia directa de la socialización de la propiedad y el poder, las segundas eran artefactos engañosos diseñados para el sometimiento de las mayorías.

Todo el acuerdo que pudo existir en las formulaciones más abstractas –y a la vez más cercanas a la ortodoxia marxista– sobre la democracia en el indefinido futuro socialista, se convirtió en duras disputas cuando la discusión se trasladó al plano de las vías revolucionarias. Al respecto, el PCCh hizo suya la orientación acordada en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1956, en el que además de denunciar los horrores del estalinismo, se aceptó la posibilidad de que determinadas sociedades pudiesen transitar de modo pacífico al socialismo. El PCCh encontró en la “vía pacífica” la sanción ideológica oficial a su propia práctica política histórica, que implicaba como condición de posibilidad la defensa del Estado de derecho, la ampliación de las libertades ciudadanas y del derecho al sufragio23. De allí que el PCCh defendiera con ahínco la existencia y profundización de la democracia representativa, haciendo posible la adopción no siempre reflexiva ni sistemática de principios políticos liberales24. La democracia chilena, a pesar de sus defectos, sería una conquista de la clase obrera, y su profundización y radicalización no podían sino conducir al socialismo.

Por su parte, el PSCh reaccionó críticamente ante la “vía pacífica”, ya que la consideraban una peligrosa tendencia “electoralista” que terminaría por apagar el ímpetu revolucionario del proletariado. Esa idea adquirió mayor espesor a raíz del triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 y su posterior viraje socialista. El régimen cubano y sus principales ideólogos buscaron elevar a nivel de modelo revolucionario su propia experiencia guerrillera en sectores rurales, desechando, por ende, estrategias institucionalistas como la buscada por el PCCh. Imbuidos en ese ánimo, los más importantes intelectuales del PSCh criticarían con nuevos bríos la propuesta estratégica comunista. Salomón Corbalán, por ejemplo, calificó a la “vía pacífica” como un inaceptable “camino de conciliación”, mientras que el más radical Óscar Waiss le negaba el carácter marxista a dicha estrategia. Alejandro Chelén, por su parte, propuso de manera explícita tener a Cuba como referente estratégico, lo que implicaba un uso táctico de la legalidad “burguesa” con el verdadero objetivo de acumular fuerzas para un levantamiento revolucionario25. A partir de la experiencia cubana, las elaboraciones teóricas del PSCh empezaron a hacer hincapié en la necesidad de superar la democracia “burguesa” o representativa y reemplazarla por una democracia “directa” y “popular” mediante la instauración de una “asamblea del pueblo”, como el propio “Che” Guevara había propuesto en la reunión de Punta del Este de 196126. En ese sentido, el nuevo referente cubano introdujo el recurso a la violencia como estrategia revolucionaria legítima, algo que había estado latente tanto con la recepción del modelo soviético como en la experiencia fundacional del PSCh, la “República Socialista” de 1932. El PCCh, a pesar de expresar solidaridad con Cuba, no aceptó la transformación mecánica de la estrategia cubana en modelo revolucionario continental, dado que existirían países, como Chile, en los que “la vía más probable sea la pacífica”, como señalara en 1964 Luis Corvalán27.

El debate sobre las vías y las referencias a la posibilidad de la violencia revolucionaria quedaron en gran medida pausadas por las exigencias electorales de la campaña presidencial de 1964. Para entonces, la izquierda marxista había logrado consolidar su alianza electoral, aumentar su influencia política en el ámbito nacional y engrosar la popularidad de su principal líder, Salvador Allende, quien no tuvo problemas para conseguir su tercera nominación presidencial consecutiva. El entusiasmo izquierdista creció con la victoria de su candidato en una elección complementaria en Curicó que, dada su cercanía con la presidencial, fue entendida como un plebiscito. Ante la derrota, la conservadores y liberales acabaron con el pacto que los unía a los radicales, y dieron su apoyo incondicional al candidato democratacristiano, Eduardo Frei. Su aporte a la campaña vino de la mano de manera casi exclusiva de mensajes anticomunistas de tono apocalíptico. En este esfuerzo propagandístico –que contó con un profuso financiamiento de los aparatos de inteligencia estadounidenses– se insistió en la idea de que el triunfo de Salvador Allende significaría la conculcación de las libertades públicas, la familia, la religión, la independencia nacional y, por supuesto, la democracia28. Además, la Democracia Cristiana acuñó el slogan “Revolución en Libertad” para sintetizar su proyecto reformista, dejando ver que la otra alternativa revolucionaria, la marxista, era incompatible con la libertad humana.

Ante ese escenario, la izquierda en campaña tuvo que hacer frente a una acepción anticomunista de democracia, entendida desde esa perspectiva como la defensa de la institucionalidad estatal, las libertades cívicas y la propiedad ante una amenaza revolucionaria, estatista y autoritaria. Los intelectuales izquierdistas intentaron deslegitimar esta acepción de democracia a través de una crítica sistemática del supuesto carácter revolucionario del proyecto democratacristiano, representándolo, en contraposición, como un intento engañoso de la burguesía para asegurar la sobrevivencia del capitalismo29. Por el contrario, plantearon, ‘democracia’ y ‘revolución’ eran conceptos necesariamente relacionados, hasta el punto que uno sin el otro vaciaba de significado a ambos30. Al mismo tiempo, intentaron afirmar el carácter democrático del proyecto político de Salvador Allende y el FRAP, para lo cual las referencias a estrategias insurreccionales y nociones ortodoxas como “dictadura del proletariado” tenían que ser matizadas o silenciadas. En el programa presidencial del FRAP, por ejemplo, se afirmaba que el objetivo principal era “ampliar y perfeccionar la democracia”, lo que significaba eliminar los vicios que favorecían a los poderosos y así otorgarles a todos los chilenos “igualdad de posibilidades y deberes” a través de la participación de los trabajadores en el poder31. Para defender esa idea, el PCCh llamó a la cautela y la moderación, buscando con ello restar legitimidad a las acusaciones de la peculiar alianza centro-derechista. Entre otras cosas, defendieron la idea de que la lucha por la democracia y la libertad había sido históricamente impulsada por los sectores populares, ya que les permitía avanzar en la organización política: “A la clase obrera –se leía en Principios– le interesan las libertades públicas, los derechos democráticos, las instituciones republicanas, aunque ellas no signifiquen todavía la plena liberación de los trabajadores”32. Sus pares socialistas siguieron el mismo camino. Alejandro Chelén, por ejemplo, rechazaba las acusaciones anticomunistas contra Salvador Allende, negando de plano la posibilidad de un futuro régimen totalitario, arbitrario o violento33. Más allá de las formulaciones teóricas anteriores –parte de sus señas de identidad ideológica antes que conceptos internalizados de acción política– la dirigencia izquierdista reafirmó su carácter institucional, democrático y gradualista, a la vez que revolucionario. Los ataques de rivales políticos, en la línea de la bipolaridad ideológica de la Guerra Fría global y continental, permitieron la reafirmación del carácter democrático de la izquierda.

La derrota de Allende y el FRAP en 1964 produjo una radicalización relativa de los planteamientos estratégicos de parte importante de la izquierda. Si bien el PCCh siguió defendiendo la validez de la “vía pacífica” y la noción ‘etapista’ del tránsito entre el capitalismo y el socialismo, en la segunda mitad de la década de 1960 dieron más énfasis a la idea de “lucha de masas”, en las que sin adherir a un ideario insurreccional, apoyaban iniciativas políticas que no se enmarcaban en la legalidad “burguesa”, como tomas de terreno en el campo y la ciudad. Esto no significaba renunciar a la idea de la democracia como escenario propicio para la necesaria acumulación de fuerzas, sino, más bien, presionar por profundizar sus contenidos igualitaristas y soberanos en años en que la noción misma de propiedad estaba siendo redefinida por buena parte del arco político chileno, sobre todo a raíz de la reforma agraria y la consecuente reforma constitucional propiciada por el gobierno democratacristiano34.

Por su parte, en el PSCh, dirigentes e intelectuales radicalizados comenzaban a ganar espacios en la estructura interna. Ya en 1965, por ejemplo, el socialista Carlos Altamirano rechazaba la posibilidad de vivir una etapa “democrático-burguesa” en Chile, dada la incapacidad de la burguesía local “de constituir el factor dinámico que impulse el desarrollo”35. Al no ser necesaria una etapa intermedia en la construcción del socialismo, la integración a la institucionalidad democrática resultaba contraproducente para los fines revolucionarios. Ejemplo concreto y, desde esa perspectiva, exitoso de esa línea de interpretación era el régimen cubano: lejos de buscar una construcción gradual del socialismo, la guerrilla castrista habría acelerado el ritmo esperado del desarrollo social, instaurando un régimen revolucionario y un Estado de nuevo tipo, con prescindencia de las formas democráticas representativas o “burguesas”. Más aún, por esos años ese tipo de modelo estratégico aspiró a constituirse en referente continental a través de las propuestas del “Che” Guevara: una guerrilla compacta y bien organizada podía crear las “condiciones objetivas” para la revolución, haciendo posible “saltarse etapas” en el camino al socialismo36. Ese voluntarismo revolucionario era contradictorio en sus fundamentos con la “vía pacífica” y la línea de inserción institucional, alianzas amplias y acumulación de fuerzas para el futuro.

Enmarcado en ese mismo proceso de radicalización local y continental en la estela de la Revolución cubana, en 1965 se fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), atrayendo en un primer momento a viejos militantes desprendidos de los partidos de izquierda marxista, para luego captar la atención de jóvenes estudiantes universitarios radicalizados. En 1967, con Miguel Enríquez a la cabeza, ese segundo grupo se hizo de la dirección de la organización, definiéndose en términos explícitos en clave insurgente y revolucionaria. A pesar de ser por entonces un grupo pequeño y sin el enraizamiento social de comunistas y socialistas, el MIR alcanzó notoriedad gracias a la crítica frontal al desarrollo político y estratégico de la izquierda “tradicional”37. Parte importante de esa crítica fue canalizada por la revista Punto Final, donde escribieron sus principales dirigentes e ideólogos. Allí se insistió en la idea de que la participación electoral caminaba en una dirección contraria a las posibilidades de hacer la revolución en Chile, dado que “la democracia burguesa no ofrecerá jamás garantías suficientes a las fuerzas populares”38. Más aún, ese sistema, la “democracia representativa”, “es uno de los tantos mitos que muy pocos se atreven a rechazar”, dada las ilusiones que genera de ser “el sistema más perfecto”39. Lejos de eso, ese sistema sería el terreno más apropiado para la reproducción de la dominación “burguesa”, por lo que la idea de que la participación y competencia abiertas por el poder político no sería más que una ilusión para engañar a las masas y, más grave aún, a los partidos de izquierda40. Según esa óptica, una izquierda marxista consecuente con los fines propuestos debería rechazar la tentación de insertarse en la institucionalidad estatal y abrazar la revolución armada en la expectativa de construir un Estado de naturaleza radicalmente diferente al “burgués”.

En ese contexto, la tensión entre ortodoxia teórica y estrategia política en los partidos marxistas se incrementó. Socialistas y comunistas tuvieron problemas en conciliar esa relación tanto al interior de sus propias propuestas como también en relación con su respectivo aliado. Los grupos radicalizados del PSCh alcanzaron una importante victoria en el Congreso partidario celebrado en la ciudad de Chillán en diciembre de 1967. Una de sus más célebres conclusiones rechazaba de forma explícita los mecanismos de participación institucional mientras abogaba por la implementación de “violencia revolucionaria”: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico, y a su ulterior defensa y fortalecimiento”41. La noción de revolución que se convirtió en hegemónica en los grupos radicalizados dentro y fuera del PSCh, entonces, asumía a la violencia como pasaje obligado en la transición entre capitalismo y socialismo. El ideal normativo de la democracia, incluso de la ulterior democracia socialista, no aparecía como una preocupación importante en estas formulaciones. Sin embargo, estas apelaciones a la violencia revolucionaria no se tradujeron en una adecuación partidaria a las exigencias de la lucha armada. Más allá de la retórica radicalizada, la participación periódica en elecciones y el proceso de construcción de una alianza electoral junto a los comunistas siguió su curso. Las desavenencias, como veremos, no quedarían por ello superadas.

Los comunistas, por su parte, avanzaron en las implicancias de la “vía pacífica” y la construcción del socialismo a través de la institucionalidad estatal. Algunos de sus ideólogos señalaron que la lucha por la democracia estaba ligada a los objetivos antiimperialistas y antioligárquicos de la lucha por el socialismo. Evidencia de ello fue el carácter históricamente antidemocrático de la derecha y la “reacción”: “Cada paso en dirección a la democracia y hacia la libertad es un golpe para el imperialismo y las oligarquías porque a través de un ambiente de democracia pasa el camino que conduce a la consecución del objetivo final del proletariado, la construcción de la sociedad socialista”42. Sin embargo, la adscripción a la ortodoxia soviética, que se traducía, también, en defensas cerradas a la política exterior de Moscú, entró en contradicción con las apelaciones a la participación democrática. La invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia en 1968, y la justificación ideológica que hiciera el PCCh, causó críticas no solo en la opinión pública chilena, sino que, también, al interior de la izquierda. La dirigencia del PCCh señaló, en línea con la retórica soviética, que la intervención estuvo motivada por el uso “contrarrevolucionario” que fuerzas enemigas al socialismo hicieran del proceso de “democratización” en Checoslovaquia43. La justificación del uso de la fuerza para mantener el control de regímenes de partido único –entendidos como una “dictadura del proletariado” necesaria para la superación irreversible del capitalismo– contradecía la valoración de la democracia como arena de lucha política funcional a la construcción del socialismo y, sobre todo, a los rasgos que asumiría en el futuro dicho modelo. La ortodoxia ideológica, de ese modo, imponía obstáculos de difícil resolución a la coherencia de la línea estratégica defendida.

Más allá de las disputas estratégicas al interior de la izquierda, y las tensiones entre ortodoxia y práctica política en cada una de las propuestas, la alianza socialista-comunista perduró. En 1969, el FRAP dio paso a la Unidad Popular (UP), al integrar a parte importante del Partido Radical y a grupos izquierdizados desprendidos de la Democracia Cristiana, como el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU). A pesar de la renuencia de los sectores radicalizados al interior del PSCh, Salvador Allende, junto a sus asesores y bases políticas, pudo resolver de manera temporal las contradicciones al interior de la izquierda, al formular una línea estratégica que, junto con ponerse como meta la construcción del socialismo, reafirmaba el camino institucional como el único posible en las condiciones chilenas. El Programa de la Unidad Popular asumió la posibilidad de “corregir” la naturaleza burguesa del Estado, democratizándolo desde el interior y respetando las libertades civiles, “sin las cortapisas con que los limitan actualmente las clases dominantes”44. La victoria conseguida el 4 de septiembre de 1970 entregó la oportunidad inédita de llevar a la práctica estas ideas, despertando de paso ansiedades con respecto al futuro democrático en la oposición de centro y derecha. De hecho, un mes después de las elecciones presidenciales, la Democracia Cristiana exigió para ratificar a Salvador Allende en el Congreso que la Unidad Popular firmara un “estatuto de garantías democráticas”, con el objetivo explícito de obligar a la izquierda a respetar las libertades fundamentales presentes en la Constitución y los límites generales del Estado de derecho. Para la izquierda, y en particular para Salvador Allende, dadas las apelaciones democráticas de la “vía chilena al socialismo”, ello no significaba un problema grave. Las contradicciones, sin embargo, estallarían ante la aceleración de los acontecimientos y la polarización de parte importante de la población chilena bajo el eje revolución-contrarrevolución.

Democracia o revolución. El estallido de las diferencias durante la Unidad Popular (1970-1973)

Si bien todos los partidos políticos integrantes de la coalición triunfante en 1970 adscribieron al programa que aspiraba al socialismo a través de la institucionalidad estatal, y participaron en la campaña política que los condujo al triunfo, esta vía no era el único camino que se debatía en el repertorio de posibilidades de la izquierda chilena. Como ya señalamos, desde la década anterior –y con fuerza desde la Revolución cubana– la percepción general dentro de la izquierda chilena de estar viviendo en un momento histórico propicio para acelerar procesos de cambio revolucionario, apoyaba las versiones que insistían en que históricamente la arena institucional de la democracia representativa solo había sido útil a la burguesía, imposibilitando cualquier cambio estructural por medio de sus instituciones. A través de la discusión en torno a las “vías”, lo que se discutía era la real posibilidad que presentaba el Estado –históricamente “burgués”– para alinearse con la voluntad de “las masas”.

La postura del PCCh, como venía siendo desde las últimas décadas, entendía la lucha por fortalecer y profundizar la democracia como complemento a la lucha por el socialismo, idea que había recibido la sanción doctrinaria del comunismo soviético. Los resultados de la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros en Moscú, el 17 de junio de 1969, reafirmaban la noción de estar en el momento histórico preciso para solucionar los problemas básicos en línea con la paz, la democracia y el socialismo, y derrotar al imperialismo. Asimismo, se entendía que las conquistas populares logradas a través de la democracia permitirían “enraizar en las masas la convicción de la necesidad del socialismo”45. Por ende, la participación en la institucionalidad democrática no solo era esencial para alcanzar el socialismo, sino que tenía un propósito educador para involucrar a la masa obrera en el proyecto socialista. A lo anterior se sumaba la convicción al interior del PCCh de que la democracia chilena entonces existente era producto de las conquistas históricas de la clase trabajadora organizada. Esta idea, recalcada por los comunistas y por el propio líder de la UP, fue una constante legitimadora del proceso democrático que condujo a Salvador Allende a ganar la elección presidencial.

El PSCh en cambio, alojó en su seno distintas aproximaciones con respecto a las potencialidades democráticas del Estado. Por un lado, existía una fuerte tendencia al interior del Partido liderada por Carlos Altamirano, secretario general del Partido entre 1971 y 1979, afín a una visión más bien instrumental de las instituciones republicanas. En 1968, en un artículo titulado “El Parlamento, tigre de papel”, cuestionaba la real posibilidad del sistema parlamentarista de democratizar la vida de un país. Para Altamirano, dicha democratización dependía de la correlación de fuerzas entre “clase explotada” y “clase explotadora”, lo que debía ser abordada no desde una “reforma constitucional”, sino que desde la “revolución social”. El Parlamento –señalaba– había actuado como una trampa para los partidos de izquierda, dado que se habían “parlamentarizado”, sometiéndolos a tendencias “socialdemócratas y electoralistas”. Y agregaba: “un socialismo revolucionario que cometa el error de colocar en el centro de su quehacer político al Parlamento se convertirá en ‘socialismo reformista’”46. La victoria de la Unidad Popular no produjo una reformulación real de esa tesis. De acuerdo con esa línea de análisis, ese hecho se explicaba en virtud de los límites del “reformismo” democratacristiano, la aparición de nuevas fuerzas sociales y la represión estatal contra la actividad revolucionaria de la izquierda radical, todo lo cual habría sacudido “la conciencia de un electorado habituado al mito de la democracia chilena”47. Es decir, para Altamirano, el triunfo de Salvador Allende no respondía necesariamente al avance progresivo e institucional de la clase obrera, sino que a una toma de conciencia frente a los abusos del sistema burgués y su democracia representativa.

Dentro del mismo PSCh, por otro lado, se mantenía una línea –aquella liderada por Salvador Allende– que consideraba a la democracia como una conquista popular y como condición para el triunfo del socialismo. En el primer discurso ante el Congreso Nacional el 21 de mayo de 1971, Salvador Allende acuñó el concepto de “vía chilena al socialismo” para sintetizar la articulación concreta entre democracia y revolución. En esa oportunidad, destacó que el gobierno estaba comprometido con el Estado de derecho, lo que demostraba un “reconocimiento explícito de que el principio de legalidad y el orden institucional son consubstanciales a un régimen socialista, a pesar de las dificultades que encierran para el periodo de transición”48. Por otro lado, Allende, además, contestándole a los escépticos de izquierda, señaló que dado que el fundamento del Congreso descansaba en el voto popular, “nada en su naturaleza misma le impide renovarse para convertirse de hecho en el Parlamento del pueblo”. Tal novedad, que enfatizaba el sello democrático de la revolución, solo se entendía porque en Chile –a diferencia de Rusia o Cuba– no se necesitaba la “dictadura del proletariado”, porque “Chile, de acuerdo a su historia y a su propia realidad, ha buscado su camino y ha empleado este camino para hacer posible, dentro de los marcos del sufragio, un Gobierno Popular nacional, auténticamente revolucionario y democrático, para abrir también las anchas avenidas que nos conduzcan al socialismo”49. Como ya había señalado en su primer discurso como Presidente el 5 de noviembre de 1970, esto significaba la creación de un “segundo modelo de transición al socialismo” luego de la experiencia soviética de 1917. “Sin precedentes en el mundo”, este original camino avanzaba hacia la construcción de “una nueva sociedad, más humana, en que las metas últimas son la racionalización de la actividad económica, la progresiva socialización de los medios productivos y la superación de la división de clases”50. De ese modo, para Salvador Allende, la unión entre democracia y revolución implicaba renunciar a seguir caminos preestablecidos, creando otro radicalmente nuevo y con aspiraciones universales, pudiendo de esa manera excluir la violencia en la superación del capitalismo.

Los partidos políticos de la Unidad Popular también apelaron a la democracia para justificar sus posiciones respecto del proceso revolucionario. El destacado historiador socialista Julio César Jobet, recordando la ortodoxia marxista, llamó a aumentar la influencia política de la clase obrera, la única “genuinamente democrática”, con el objetivo de avanzar hacia la disolución de las clases sociales y las fronteras entre Estado y sociedad civil, la única posibilidad de experimentar la “democracia real”. Por ello, la revolución chilena no podía seguir el modelo soviético: “El comunismo soviético ha desacreditado la libertad, el socialismo y la democracia, a causa de su sistema tiránico absorbente, donde se ha avasallado al hombre, sometiéndolo completamente inerte a un Estado totalitario”51. En ese nivel de análisis, las diferencias con el PCCh eran claras. Celebrando los cincuenta años del PCCh en 1972, Luis Corvalán, citando a Luis Emilio Recabarren, decía: “Rusia revolucionaria es el más poderoso baluarte de la verdadera democracia, de la democracia del pueblo honrado y trabajador”52. Más allá de estas diferencias, para la mayoría de las bases políticas de la izquierda la revolución era necesaria y anhelada en virtud de su promesa democratizadora. Los nuevos miembros de la coalición así también lo plantearon. El Partido Radical, en su XXV Convención llamó a recuperar la dimensión popular e igualitarista de la democracia, corrompida por el capitalismo, en tanto condición necesaria para el tránsito al socialismo53. Del mismo modo, Rodrigo Ambrosio, líder intelectual del MAPU, defendió la participación política y electoral de su partido por ser manifestación concreta de las luchas de los trabajadores54.

Si bien no formó parte de la Unidad Popular, el MIR fue protagonista en estos debates al hacer presente las tensiones de la dialéctica “revolución”/“democracia”, y al inclinarse siempre por la consecución de la primera por sobre las exigencias de la segunda. En principio, tendió a distanciarse de las reales posibilidades de la democracia para conducir una revolución socialista. Jaime Faivovich –en Punto Final–, si bien reconocía que la democracia burguesa había permitido al proletario la organización para minimizar el daño de las condiciones impuestas por el capitalismo, señalaba, a su vez, que ese no era el marco que solucionaría sus problemas, puesto que esta era una “expresión jurídica de una estructura económica que aprisiona al proletariado en la celda de la miseria, la incertidumbre, la privación y la desigualdad”55. Del mismo modo, Fernando Mires consideraba que el “proletariado chileno se encuentra bajo una dictadura burguesa a través de su forma democrática”, situación que debía ser transformada una vez que se alcanzara la conciencia política para ello. A pesar de la condición “dictatorial” de la democracia burguesa en Chile, le otorgaba un voto de confianza al gobierno de Salvador Allende al sostener que se podía facilitar el “quiebre de la dominación burguesa democrática de clase” a través de la acción del proletariado en el Estado. Sin embargo, advertía, el problema surge cuando la conquista del poder es visto como un fin y no como un medio. En tal caso, la UP podría caer en un perfeccionamiento “de la maquinaria de dominación”56. La idea de que el Estado “burgués” era irredimible, y que había que reemplazarlo por un nuevo Estado por obra de un “poder popular” antagónico, se constituiría como eje común de las elaboraciones estratégicas del MIR57.

Más allá de las diferencias en torno a la confianza puesta en las instituciones democráticas, fue la figura unificadora del propio presidente Salvador Allende quien permitió el dificultoso avance programático de la Unidad Popular. Por una parte, Allende encarnó una línea al interior de la izquierda chilena y sus bases sociales que veía la inclusión de la masa trabajadora en la institucionalidad democrática chilena como resultado de décadas de lucha popular. En ese sentido, hacía eco de ciertas lecturas “excepcionalistas” del desarrollo histórico local –el carácter permeable del Estado, la prescindencia política de las Fuerzas Armadas, la estabilidad de las instituciones representativas– que harían posible un tránsito institucional, y sin el costo social aparejado a la violencia revolucionaria, hacia el socialismo58. Por otro lado, sus apelaciones a la democracia y la historia nacional se combinaron con una defensa y promoción del ideario revolucionario latinoamericano y tercermundista, representado en último término por el régimen cubano aun cuando la cercanía personal con Fidel Castro no implicó abandonar la defensa de la originalidad de la “vía chilena al socialismo”. La experiencia chilena, según Allende, se entroncaba con procesos revolucionarios y antiimperialistas –y, por lo tanto, defensores de la soberanía nacional– en el ámbito continental y global, pero se distinguía de modelos extranjeros como el soviético y el cubano en los caminos escogidos para la revolución.

La articulación entre valoración histórica de la democracia chilena e identificación con el ideario revolucionario latinoamericano de la década de 1960 sirvió de elemento aglutinante de una izquierda en creciente tensión interna. Sin embargo, mientras la Unidad Popular implementaba sus primeras medidas expropiatorias y redistributivas, los cuestionamientos de dirigentes e intelectuales radicalizados comenzaron a oírse con más fuerza. Carlos Altamirano, en enero de 1971, planteó la imposibilidad de provocar los cambios políticos, económicos y sociales que la mayoría soberana les había encargado, manteniendo las estructuras de la “democracia burguesa”. Incluso, identificó como enemigos de la revolución al “sectarismo partidista y el apego a las tradiciones del orden burgués”. La única forma de alcanzar la revolución chilena, decía Altamirano, se daría “en la medida que las vanguardias de la clase trabajadora sepan revolucionarse a sí mismas, se incorporen sin temores a las masas populares y encuentren en ellas el dinamismo, la orientación y la fuerza que harán posible la conducción del pueblo chileno hacia la construcción del socialismo”59. En su intervención frente al Congreso del PSCh en La Serena, y en una clara respuesta a la posición de Carlos Altamirano, Slavador Allende insistió en que el triunfo de la UP era evidencia de la posibilidad de poner la institucionalidad democrática burguesa al servicio de los intereses del pueblo, y agregó:

“Hemos ganado por los cauces legales. Hemos vencido a través del camino establecido por el juego de las leyes de la democracia burguesa, y dentro de estos cauces vamos a hacer las grandes y profundas transformaciones que Chile reclama y necesita. Dentro de la propia Constitución modificaremos esa Constitución, para dar paso a la Constitución Popular, que expresa auténticamente la presencia del pueblo en la conquista y ejercicio del poder”60.

Por su parte, el PCCh mantuvo durante todo el periodo de gobierno de la UP un decidido apoyo a las prácticas políticas que Salvador Allende lideraba para cumplir el programa dentro de cauces democráticos. En 1971, y respondiendo a las críticas tanto de oposición como de la ultraizquierda, Volodia Teitelboim señaló:

“Nunca hubo más libertad y democracia en este país […]. Jamás Chile fue como hoy, en los cinco continentes, ejemplo de un nuevo experimento político, de una revolución donde precisamente la libertad y la democracia conocen las expresiones más elevadas registradas en la historia de Chile”61.

Durante la Unidad Popular, algunos intelectuales comunistas intentaron profundizar la reflexión sobre las posibilidades de la democracia, superando la dimensión estratégica de la “vía pacífica”. Carlos Cerda, por ejemplo, publicó una extensa reflexión dirigida a armonizar marxismo-leninismo y construcción democrática del socialismo, apuntando a las posibilidades que entregaba el Estado para “atar de manos” al enemigo. Por su parte, Sergio Vuskovic enfatizó el carácter nacional de la vía chilena, lo que, a su vez, permitía desprenderse de nociones ortodoxas de “partido único” y “dictadura del proletariado”. Sin embargo –como bien señala Alfredo Riquelme– las obligadas referencias a los clásicos de la teoría y la necesidad de encuadrar esos planteamientos en los rígidos parámetros de la ideología partidaria funcionaron como una “camisa de fuerza” que les habría impedido una articulación más coherente entre democracia, revolución y sociedad ideal a construir. El contexto de rápida polarización política y social también impondría límites a planteamientos más originales al respecto62.

El ya tenso equilibro tanto al interior de la coalición de la UP como con las fuerzas opositoras –de izquierda y derecha– se polarizaría aún más con la visita que realizó Fidel Castro a Chile entre noviembre y diciembre de 1971. En un recordado discurso en la Universidad de Concepción, sostuvo que quienes iniciaron la revolución en Cuba lo hicieron pensando en el marco “de la democracia burguesa y del parlamentarismo”, dado que no se habían dado cuenta de que la revolución se había desatado hasta que, en una concentración multitudinaria, cuando se hablaba de elecciones, la masa “sin consignas lanzadas” habría respondido “¿Elecciones para qué? ¿Elecciones para qué? ¿Elecciones para qué? (aplausos). La masa fue, al fin y al cabo”63. En la misma línea, en su discurso de despedida en el Estadio Nacional, terminó de condenar la democracia representativa aludiendo a que, a pesar de que había significado una evolución en la historia de la humanidad, esta era una invención de los sectores privilegiados para “mantener el dominio de clase”, por lo que “las revoluciones socialistas establecen sus propias constituciones y sus propias formas de democracia”64. Con estas intervenciones, reforzó la relación excluyente entre democracia y revolución que albergaban grupos como el MIR y secciones del PSCh, tensionando las relaciones al interior de la izquierda chilena y, de paso, contribuyendo con la articulación de una oposición insurreccional y unida de forma creciente en el antimarxismo. Los partidos opositores –el Partido Nacional y la Democracia Cristiana– se aliaron en la Confederación Democrática (CODE), precisamente en nombre de la defensa de la democracia ante la amenaza revolucionaria. Ello los llevó a asumir una actitud obstruccionista en el Congreso, y de apoyo y fomento a la protesta social contra el gobierno, como fue el caso durante el extenso “Paro de Octubre” de 1972.

Las diferencias cada vez más visibles al interior de la izquierda respecto de la posibilidad de utilizar el Estado para orientar el proceso revolucionario radicaron en que aquellos sectores críticos de la “vía chilena” consideraban las conquistas populares que la clase trabajadora había logrado desde principios de siglo como cesiones estratégicas de la burguesía para controlar las masas. La instalación de la revolución socialista, en esa línea, debía ser producto de un quiebre con el camino recorrido por las instituciones políticas chilenas. Andrés Pascal Allende, líder del MIR, decía en agosto de 1973 que el camino estratégico del gobierno había conducido a la clase obrera “no al socialismo, sino a la defensa de la democracia burguesa contra la amenaza de la dictadura militar gorila”65. La verdadera potencialidad democrática, insistía en esa línea Carlos Altamirano, era aquella que anidaba en el “poder popular”, por fuera de los marcos del Estado, único camino posible hacia una “democracia directa” socialista66. En cambio, para el PCCh la Unidad Popular era una experiencia de “democracia avanzada” que entregaba las herramientas necesarias para avanzar al socialismo, la verdadera democracia67. En línea con el PCCh y en respuesta al Proyecto de Acuerdo de la mayoría opositora de la Cámara de Diputados acusando al gobierno de romper la legalidad, Salvador Allende señaló:

“La democracia chilena es una conquista de todo el pueblo. No es obra ni regalo de las clases explotadoras y será defendida por quienes, con sacrificios acumulados de generaciones, la han impuesto. Con tranquilidad de conciencia y midiendo mi responsabilidad ante las generaciones presentes y futuras, sostengo que nunca antes ha habido en Chile un Gobierno más democrático que el que me honro en presidir, que haya hecho más por defender la independencia económica y política del país, por la liberación social de los trabajadores. El Gobierno ha sido respetuoso de las leyes y se ha empeñado en realizar transformaciones revolucionarias en nuestras estructuras económicas y sociales. Reitero solemnemente mi decisión de desarrollar la democracia y el Estado de Derecho hasta sus últimas consecuencias”68.

Al mismo tiempo, Allende tuvo que lidiar con la oposición espontánea de sus bases sociales. El 29 de junio de 1973 –mismo día en que el coronel Souper realizó un intento frustrado de golpe militar, conocido como tanquetazo– Salvador Allende se dirigió al país en un discurso en el Estadio Nacional, señalando que la Unidad Popular buscaba hacer “cambios revolucionarios en pluralismo, democracia y libertad”. Frente a los gritos de la muchedumbre llamando a “cerrar el Congreso Nacional”, interrumpió su alocución para decir: “No voy –óiganlo bien y con respeto– no voy a cerrar el Congreso, porque sería absurdo. No lo voy a cerrar. Pero si es necesario, enviaré un proyecto de ley para llamar a un plebiscito para que el pueblo se pronuncie (ovación)”69. Incluso en esa coyuntura crítica, mantuvo su postura institucional de profundización democrática orientada al socialismo.

Los significados de la democracia estuvieron en el primer plano de la discusión al interior y exterior de la coalición de la Unidad Popular durante sus tres años en el poder. Lo que estuvo en disputa entre las distintas vertientes de la izquierda tuvo que ver más con las posibilidades que la democracia realmente existente tenía para la revolución, que apelaciones a un tipo ideal de democracia que, por lo demás, aún no había sido definida, dado que históricamente todavía no había sido alcanzada. Los acuerdos mínimos sobre la meta final cedieron terreno a los desacuerdos sobre los medios para alcanzarla, llevando a una tensión interna difícil de sostener. Ello fue expresión del “empate catastrófico” –al decir de Tomás Moulian– que sumió a la izquierda en una parálisis teórica y estratégica que facilitó su violento derrocamiento el 11 de septiembre de 197370. Salvador Allende, el catalizador de un discurso político que la izquierda venía urdiendo desde la década de 1930, no logró en vida generar el consenso entre sus propias filas, ni para definir en conjunto una democracia socialista ulterior ni para acordar los pasos para conseguirla.

Democracia sin revolución. De la derrota a la renovación (1973-1988)

El golpe de Estado que terminó con la “vía chilena al socialismo” modificó de manera radical los términos de los debates al interior de la izquierda. Las discusiones que se venían construyendo sobre la tríada “democracia”, “socialismo” y “revolución” fueron reorganizadas en torno a la tarea urgente de la supervivencia física, primero, y a la formulación de estrategias para luchar contra la dictadura, después. A esa reflexión se le agregaría en años posteriores la lucha y defensa por los derechos humanos –fuente también de crítica a los “socialismos reales”–, luego de comprobar en carne propia la desaparición, muerte y exilio de dirigentes, militantes y simpatizantes de la izquierda chilena a manos de los agentes represivos de la dictadura.

El primer periodo de recomposición narrativa del proyecto de izquierda solo puede entenderse desde la perspectiva de la sobrevivencia. Ya sea desde la lucha clandestina inicial o desde la reestructuración partidaria en el exilio, estos primeros tiempos fueron la continuación de los discursos sostenidos hasta el 11 de septiembre de 1973, ordenados ahora en torno a ciertas preguntas centrales: ¿cuál era la naturaleza del régimen que había tomado el poder en Chile?, ¿cuál era la mejor estrategia en términos de alianza para derrocarlo? y ¿cómo se respondía, desde el repertorio político acumulado, a ese nivel de violencia? Una vez procesado el shock inicial, estas preguntas llevaron a cuestionamientos más amplios en torno a los alcances prácticos de la teoría socialista71.

El PCCh, con mayor experiencia en la lucha clandestina, pudo iniciar un proceso de recomposición partidaria de manera más o menos rápida. Sus alianzas internacionales le habían permitido echar a andar un operativo para sacar la cúpula partidaria del país y retomar los discursos políticos ya conocidos72. En ese sentido, fue el primero en catalogar a la recién instalada dictadura como fascista, ante lo que se imponía la necesidad de construir una amplia alianza política y social en la línea de lo que había sido la experiencia del Frente Popular. De allí que se impusiera como tarea del momento la generación de aquella alianza con la DC, que la Unidad Popular nunca pudo lograr. En ese marco, la dirección del Partido empezó un proceso de reflexión y evaluación de la derrota. Una de las primeras formulaciones de cierto grado de elaboración se dio desde el interior del país el año 1975, con la circulación del texto El ultraizquierdismo, caballo de Troya del imperialismo, en el que se culpó a la ultraizquierda del aislamiento de la clase obrera y la dificultad en ampliar las alianzas a partidos burgueses como la DC, algo considerado como fundamental para el éxito de la Unidad Popular. Este tipo de evaluaciones recibió un decidido apoyo de dirigentes del movimiento comunista internacional. Zhivkov, al respecto sostuvo: “No hay que dramatizar los hechos. Lo fundamental es buscar nuevos aliados, el gran frente antifascista”73.

A pesar de las urgencias del momento y de la estrategia antifascista del PCCh dentro y fuera de Chile, la DC rechazó de forma sistemática la posibilidad de construir una alianza con el comunismo chileno. En ello se entremezclaban rencillas históricas, como también diferencias en torno a las concepciones sobre la democracia74. Así lo evidenció, en 1977, la respuesta de Luis Corvalán al libro escrito por Genaro Arriagada y Claudio Orrego, Leninismo y Democracia, en el que –según el primero– se les exigía abandonar el principio leninista de la dictadura del proletariado. En línea con el férreo compromiso del PCCh con la ortodoxia, su secretario general respondió: “la dictadura del proletariado es mucho más democrática que el más democrático de los gobiernos (de hecho, dictaduras) de la burguesía”. Pero a reglón seguido, agregó: “Para decirlo muy claramente, en todas las instancias del desarrollo social e histórico, nosotros propiciamos un estado de derecho, democrático y representativo de la mayoría. No hay razón entonces, para que alguien suponga que en algún momento pensamos hacer uso de la arbitrariedad”. Corvalán en este sentido, rescataba el espíritu de la “vía chilena” sobre la democracia y el acceso al poder; pero al defender el principio leninista de la dictadura del proletariado, retomaba un elemento de la ortodoxia marxista que había estado en un incómodo segundo plano en las elaboraciones teóricas previas. Al mismo tiempo que defendía el leninismo, Corvalán insistía en la necesidad de una amplia alianza antifascista que, a contrapelo de las acusaciones de intelectuales democratacristianos sobre la naturaleza antidemocrática del comunismo, buscaba reordenar el campo político en bloques definidos entre quienes se habían plegado a la dictadura –como lo había hecho parte importante de la DC en un principio– y quienes defendían la democracia75. La tensión entre “leninismo” y “democracia”, por cierto, resultó intolerable para las sucesivas dirigencias democratacristianas bajo dictadura.

Al mismo tiempo, la cúpula del PCCh exiliada en Moscú tuvo que hacer frente a las críticas lanzadas desde dirigentes del comunismo internacional en relación con la falta de preparación armada, convirtiéndose el tópico militar en uno de los principales puntos de debate76. El propio Leonid Brezhnev dedicó un apartado especial a Chile en el informe al XXV Congreso del PCUS de 1976, sosteniendo que “toda revolución debe saber cómo defenderse”77. Ese tipo de cuestionamientos también se reprodujeron en Chile. Volodia Teitelboim describió en los siguientes términos las “desviaciones” del periodo anterior: “florecieron como plantas venenosas diversas concepciones reformistas. Una sobrestimación de particularidades nacionales, cierta confianza supersticiosa en la vigencia inquebrantable de instituciones políticas heredadas. Se dio demasiado crédito al carácter predominantemente profesional y constitucionalista de las Fuerzas Armadas”78. Ese tipo de “autocríticas” sentaron las bases de los cuestionamientos de las líneas constituyentes que el comunismo chileno había sostenido hasta 1973.

Así, los limites encontrados en la estrategia antifascista de alianzas amplias, la cruen-ta represión que sufrió el Partido en el interior, los cambios en la “subjetividad” de la militancia en Chile, la influencia del comunismo soviético frente al tema armado, y la consolidación de la dictadura incidieron en que, hacia fines de la década de 1970, el PCCh replanteara sus líneas constituyentes de identidad, con foco especial en torno a las tácticas políticas privilegiadas hasta el momento, fenómeno que el historiador Rolando Álvarez ha denominado “renovación comunista”79. Luis Corvalán oficializó el cambio estratégico en un discurso ante sindicatos soviéticos en Moscú, en 1980 en el que señaló que frente al fascismo “el pueblo no tendrá otro camino que recurrir a todos los medios a su alcance, a todas las formas de combate que lo ayuden, incluso a la violencia aguda, para defender su derecho al pan, a la libertad y a la vida”80. Se inauguraba así el tránsito en la política comunista desde el “Frente antifascista” hacia la política de “Rebelión Popular de Masas” (PRPM). En términos generales, este viraje se puede interpretar tanto como continuidad y ruptura en relación con la tradición política del comunismo desde principios de siglo XX. Por una parte, de acuerdo con lo planteado por historiadores como Rolando Álvarez, Tomás Moulian e Isabel Torres, el PCCh continuó exhibiendo los mismos principios teóricos generales de tránsito del capitalismo al socialismo, ahora supeditadas a las condiciones históricas de una “dictadura abierta”81. Por otra parte, la adopción de la PRPM significó un notorio alejamiento de la tradición de práctica política del comunismo y un acercamiento a la concreción de las exigencias de la teoría, aspecto que sería objeto de duras polémicas al interior del partido en la década de 198082. Para la dirigencia del PCCh, sin embargo, la apelación a la “violencia aguda” no era incompatible con estrategias de unidad de las fuerzas “democráticas” en la medida en que se compartían objetivos antiautoritarios. En la práctica, sin embargo, el tema de la violencia fue la piedra de tope que imposibilitó ese acuerdo, dividiendo a la oposición durante la década de 1980 en dos bandos definidos y, en gran medida, irreconciliables.

La trayectoria general del socialismo chileno contrasta de manera clara con la del PCCh. Para el socialismo, no existía un conjunto único, propio y coherente de principios y orientaciones que pudiesen explicar los abruptos cambios que el golpe militar había desatado. Tampoco contaba, al menos durante los primeros años, con una red internacional de asistencia como la tenía el comunismo. No obstante, la alianza con el PCCh y su declaración como partido marxista-leninista en el congreso de Chillán de 1967 le había significado la extensión de la ayuda del Partido Socialista Unificado Alemán, localizando la cúpula partidaria en Berlín Oriental y sometiéndose de este modo a una influencia temprana de los anfitriones83.

Luego del golpe, las reflexiones estratégicas siguieron la misma línea radicalizada de fines del gobierno de la Unidad Popular. En uno de los primeros documentos de reflexión partidaria, conocido como Documento de marzo, elaborado por la Dirección Interior en la clandestinidad en 1974, se criticó de forma explícita al PCCh por su excesiva confianza en “las instituciones democrático-burguesas”, al tiempo que se apelaba a la unidad para la lucha antifascista que contemplaba a la DC, pero que sería liderada por la clase obrera representada en el PSCh siguiendo una estrategia insurreccional84. El documento desencadenó una serie de reacciones en las distintas fracciones socialistas. Desde la Coordinadora Nacional de Regionales (CNR) se criticó la alianza con partidos “burgueses”, privilegiando acercamientos con el MIR, MAPU y la IC con la finalidad de conformar un “polo revolucionario” liderado por el PSCh85. Por otra parte, desde la Dirección Exterior, Carlos Altamirano abogó en 1975 por la “radicalización de la lucha antifascista” y por “acumular más fuerzas que el fascismo y emplear todas las formas de lucha”, recalcando que en la fase superior del proceso, “seguramente formas de lucha armada constituirán el factor decisivo en la victoria final”86. Con la intención de frenar las posibles rupturas que amenazaban al socialismo luego del golpe, y con ocasión de las diferencias evidenciadas luego del Documento de marzo, Carlos Altamirano, en su calidad de líder del partido en el exterior, redactó el Mensaje a los socialistas de Chile en 1977, en el que criticó tanto el programa y la estrategia de la UP como las “desviaciones izquierdistas” del propio PSCh, situación que los habría llevado a ignorar las “leyes generales del marxismo” en relación con temas claves como el Estado y el poder87. En esa misma línea, Clodomiro Almeyda, en un discurso en Yugoslavia en octubre de 1977, sostuvo que el caso chileno enseñaba que la democracia “burguesa” debía ser limitada durante el proceso revolucionario, para que pudiera “defenderse de las tendencias contrarrevolucionarias antidemocráticas”, lo que en la práctica significaba limitar el multipartidismo y las libertades “burguesas”88. A pesar de las diferencias de apreciación del nuevo régimen y las alianzas para derrocarlo entre la Dirección Interior, dirigentes en el exterior y la CNR en esta primera etapa, existía cierto consenso sobre la necesidad de mantener la unidad en el Partido, la inevitabilidad de la resistencia armada en la lucha contra la dictadura, la adscripción al marxismo-leninismo y la concepción leninista de la toma del poder a través de la revolución89.

En un intento por superar el fraccionamiento pos 1973, los dirigentes socialistas celebraron en 1978 el llamado “Pleno de Argel”, en el que una dirección única nombró a Clodomiro Almeyda como secretario general. Al mismo tiempo, sin embargo, se traslucían signos de discrepancias ideológicas profundas. El informe del Congreso de Unidad fue redactado por Carlos Altamirano, y allí planteó la necesidad de llevar a cabo una reelaboración teórica integral. Entre otras cosas, reivindicó el concepto de ‘democracia’ como un elemento importante del proyecto socialista, con independencia del grado de desarrollo político e institucional: “Tanto en las sociedades ricas como en las sociedades pobres el avance al socialismo está ligado a la profundización de nuevas formas de convivencia democrática”. De forma explícita, se desdijo de muchos de sus planteamientos anteriores. Junto con rechazar la noción instrumentalista de ‘democracia’ sostenida durante la Unidad Popular, criticó el dogmatismo y la aceptación acrítica del leninismo en la organización y manejo interno del partido90. En una carta a la Dirección Interior en 1979, reconoció que existían diferencias de fondo en relación con el “factor democrático” en tanto “elemento central del desarrollo de la actividad partidaria”91, que también fueron reconocidas por sus rivales. Ese mismo año, en el Tercer Pleno clandestino de la Dirección Interior se decidió su expulsión. A grandes rasgos, el socialismo se dividió sobre la base de dos visiones incompatibles acerca de su naturaleza democrática, diferencias que se reflejaban en diagnósticos disímiles sobre el papel del Partido en la UP y en la estrategia adecuada para enfrentar a la dictadura92. Por una parte, el PS-Almeyda acentuó su cercanía con la URSS y la RDA –y, por ende, con el PCCh–, manteniendo una irrestricta adhesión al marxismo-leninismo. Por otro lado, el PS-Altamirano –compuesto por fracciones críticas a las estrategias insurreccionales– inauguró una trayectoria de acercamientos hacia la socialdemocracia europea y al eurocomunismo93.

Luego de la división formal, Carlos Altamirano se enfocó en poner distancia teórica con respecto al partido de Clodomiro Almeyda, lo que implicaba rechazar el marxismo-leninismo y articular de manera explícita “democracia” y “socialismo”:

“Nuestra concepción de partido es abierta, no dogmática […] con más imaginación creadora que simple erudición repetitiva –cada revolución es un acto de creación y no de imitación– despojado de esquemas imitativos; capaz de comprender y asumir esa compleja dialéctica que existe entre democracia y socialismo, entre ser individual y ser colectivo, entre el momento de lo nacional y el momento de lo internacional”94.

En el contexto del exilio chileno, esas afirmaciones implicaban al mismo tiempo una crítica frontal al “socialismo real” que, desde esa óptica, no participaba del campo democrático de acción política95. Por lo mismo, el “socialismo renovado” –como se le empezó a conocer– se acercó ideológica y orgánicamente a la izquierda socialdemócrata de Europa Occidental. Desde los Países Bajos, el intelectual socialista Jorge Arrate colaboró de forma decisiva en definir en términos democráticos el socialismo, sirviendo de puente intelectual entre el eurocomunismo, la socialdemocracia y el socialismo chileno, a través de la revalorización de la democracia como del horizonte político presente en la tradición socialista (haciendo alusión, sobre todo, al Programa de 1947 redactado por Eugenio González) como de la introducción del lenguaje gramsciano (“bloque histórico”, “hegemonía”, “sociedad civil”, “sociedad política”, etc.) que formaría parte del vocabulario común en la década de 198096. Al mismo tiempo, en Chile, un nutrido grupo de intelectuales socialistas encontró protección institucional en centros de investigación independientes, muchos de ellos financiados por la solidaridad internacional97. Allí no solo lograron tener las condiciones adecuadas para desarrollar reflexiones complejas sobre la política, el autoritarismo y la democracia, sino que, también, fueron espacios de diálogo y encuentro entre élites políticas de centro e izquierda, muchas de las cuales aún guardaban rencores de los conflictos del pasado. Como ha señalado Jeffrey M. Puryear, esta situación permitió aumentar el peso de los intelectuales y las ideas en la política partidaria y, en particular, en el proceso de renovación socialista98.

La renovación socialista implicó una renuncia progresiva a la idea de imprimir cambios revolucionarios en la sociedad. Parte importante de este giro estuvo dado por las condiciones particulares de la lucha contra el autoritarismo. Desde la experiencia límite de la muerte, desaparición, tortura y exilio, emergió con fuerza el paradigma de los derechos humanos como marco normativo desde el cual situarse en el ámbito político. La experiencia autoritaria latinoamericana –y la chilena en particular– fue clave en la proyección global de este fenómeno, sobre todo en un contexto político necesitado de banderas comunes antiautoritarias99. Como Samuel Moyn ha señalado, la defensa de los derechos humanos se transformó en la “última utopía” ante la lenta, pero sostenida caída de la promesa emancipadora del socialismo100. Todo ello fue funcional a la centralidad de la recuperación de la democracia representativa en el proyecto socialista renovado. La democracia, en esa óptica, era el único sistema político posible capaz de salvaguardar los derechos humanos y, en último término, de “deslindar la vida de la muerte” en el ejercicio del poder político101.

A la valoración moral de la democracia se le sumó una reivindicación histórica. La democracia, como señalaron tres exsecretarios generales del PS en carta abierta en 1982, sería una “conquista del hombre y una irreversible resultante del progreso de la humanidad”. En ese sentido, “la democracia no es una fase de tránsito ni un elemento instrumental de la lucha política”102. El abandono de la concepción utilitarista de la democracia, la valoración histórica de la misma, su adopción como espacio legítimo de acción política y la renuncia a acompañarla de adjetivos específicos (‘burguesa’, ‘popular’, ‘directa’), permitían construir vínculos legitimadores con las ideas allendistas de democracia, entendida como conquista de los trabajadores y, por ende, espacio institucional permeable a la voluntad transformadora de las mayorías103. Esta noción tenía dos consecuencias lógicas. Por una parte, implicaba la renuncia a la violencia y al ejercicio autoritario del poder como camino político emancipador, sobre todo a la luz de las consecuencias devastadoras de la violencia represiva de la dictadura y el desencanto por la carencia de libertades civiles en los socialismos reales. Por otro lado, significaba la renuncia a la idea de revolución o, al menos, a la noción de que democracia y revolución podían desplegarse de manera simultánea. Tomás Moulian uno de los más destacados intelectuales de la renovación socialista, señalaba en 1988 que la izquierda “no tiene que pensar que la revolución es para mañana”, dado que “si la democracia es difícil en América Latina, mucho más lo es el socialismo”104.

La democracia despojada del carácter revolucionario, además, implicaba constatar la multiplicidad de intereses que convergían en el mundo político, que no estarían –desde esa perspectiva– necesariamente contenidos en clases sociales. De allí que junto a la democracia se impusiera la necesidad de la generación de consensos con el objetivo de estabilizar el futuro orden institucional democrático y, de esa manera, construir las hegemonías culturales necesarias para la construcción de mayorías por cambios igualitaristas y, de manera gradual, socialistas. José Joaquín Brunner, otro protagonista intelectual de la renovación socialista, señalaba a este respecto en 1984 que la democracia “es el arreglo incierto de intereses, es el avance por negociaciones, es el marco de unos consensos cambiantes, es un sistema sujeto a incertidumbres que, por lo mismo, no tolera las conquistas irreversibles, las verdades oficiales, las leyes inmutables de la historia”105. Esas nociones fueron la base de la alianza política de largo aliento del socialismo renovado con la Democracia Cristiana, que, a su vez, descartaba acercamientos con el PCCh dada su estrategia insurreccional. En retrospectiva, el socialista Ricardo Lagos señalaba que esa alianza tenía por objetivo “constituir una amplia mayoría política y social que permitiera derrotar a la dictadura y avanzar hacia la democratización del país”106. De hecho, sería el principal artífice de la fundación del Partido por la Democracia (PPD), colectividad instrumental y pluriideológica orientada en forma explícita a vencer al régimen en el plebiscito de 1988. La desvinculación entre “democracia” y “revolución” implicó al mismo tiempo asumir las expectativas políticas desde una perspectiva pragmática107.

Los planteamientos de la “renovación” no quedaron sin respuesta. En 1982, Clodomiro Almeyda criticó estas nuevas orientaciones debido a que alterarían “el contenido esencialmente clasista y revolucionario de nuestro proyecto socialista”, a la vez que entregaría la dirección de la oposición al centro “pequeño-burgués”, es decir, la Democracia Cristiana108. Los intelectuales comunistas también criticaron la apropiación del término ‘democracia’ por parte del socialismo renovado y la oposición moderada. Orlando Millas destacaba el hecho de que en ese escenario “seríamos antidemocráticos los que siempre y en todas las circunstancias hemos luchado por la democracia y participado en las batallas por cada derecho democrático que ha conquistado nuestro pueblo”109. A pesar de estas diferencias, el PCCh siguió insistiendo por una amplia unidad de izquierda para derrotar a la dictadura y “reconquistar” la democracia, aprovechando para ello lo que Orlando Millas identificaba como radicalización de las masas ante el despliegue del “terror fascista”110.

Las diferencias teóricas y estratégicas articuladas en torno a los significados divergentes dados a la democracia fueron lo suficientemente profundas como para impedir la unificación de la oposición. En 1983, a raíz del inicio de las protestas nacionales en medio de una aguda crisis económica, las fracciones socialistas renovadas, junto al radicalismo, la Democracia Cristiana y otros grupos, crearon la Alianza Democrática (AD), mientras que el PCCh, el MIR y el PS-Almeyda se aglutinaron en el Movimiento Democrático Popular (MDP). En los años siguientes, ambos bloques disputarían la dirección tanto de las protestas y la creciente oposición social a la dictadura como, también, los contornos del eventual futuro democrático y los mecanismos aceptables para derrotar a la dictadura. Ese mismo año, el PCCh creó el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), aparato armado orientado a expandir la insurrección civil a través de audaces acciones. En 1985, por su parte, el PS-Almeyda aprobó la línea de “lucha de masas rupturista con perspectiva insurreccional”, en directa sintonía con la PRPM del comunismo, buscando en la derrota política y militar de la dictadura la condición necesaria para una transición democrática111. Por su parte, la AD llamó a “conquistar el apoyo decidido de una mayoría tan amplia como no la ha conocido el país en toda su historia”, para enfrentar al régimen y para afrontar los problemas no resueltos por él112. Esa estrategia no excluía la negociación con los militares, a pesar de que en 1983 tuvo escaso resultado. Al mismo tiempo, las disputas en torno a la legitimidad democrática excedían a la oposición e involucraban a la propia dictadura y sus bases políticas. Mientras acusaba de antidemocráticos y totalitarios a la oposición radical organizada en el MDP –y de secreta connivencia con esos métodos a la AD–, la dictadura buscaba erigirse como ejemplo democrático dada la instauración en la Constitución de 1980 de un itinerario de transición. La centralidad de la democracia y la obligatoriedad de definirse de manera política y estratégica ante ella fue en gran medida producto de la crisis económica y las jornadas de protesta nacional, que masificaron la oposición social al régimen y polarizaron el ambiente político.

La fuerza social de las protestas se fue diluyendo hacia 1985-1986. La fuerte represión militar y las largas jornadas de violencia callejera disuadieron a fracciones importantes de la sociedad de participar en ellas. La oposición moderada, en particular la dirigencia democratacristiana, asumió que el fin del régimen no podría darse fuera del itinerario constitucional. La opción de salida negociada, además, encontró apoyo internacional, en la solidaridad internacional y también en Estados Unidos113. Todo ello ahondó las diferencias estratégicas en la oposición. Los intentos por aunar criterios no dieron resultados, como el llamado a un “Acuerdo Nacional” formulado por la Iglesia católica en 1985. El MDP rechazó la instancia, ya que no proponía la salida de Augusto Pinochet y la convocatoria a una asamblea constituyente. Pactar con la dictadura, señaló la dirigente comunista Fanny Pollarolo, llevaría a una “falsa democracia”. Por el contrario, el líder democratacristiano Patricio Aylwin señalaba que el Acuerdo Nacional buscaba “una salida pacífica y pronta a la democracia”114. Ese debate estratégico llegaría a su fin a raíz de los límites –a la larga infranqueables– que encontraría la estrategia insurreccional en el llamado “año decisivo” de 1986.

Ese año, el descubrimiento de armas clandestinas en Carrizal Bajo por parte de agentes de la dictadura y el fallido atentado a Augusto Pinochet por parte del FPMR, motivaron cambios relevantes en sus aliados socialistas, que se tradujeron en contactos con grupos renovados en vistas a una reunificación del partido. Clodomiro Almeyda, quien tras haber ingresado de manera clandestina a Chile fue apresado por el régimen, escribió desde la cárcel las Bases para una reunificación socialista. En ese documento planteó que la misión del socialismo era “contribuir a la derrota política del régimen militar para alcanzar una auténtica democracia”, entendiendo la “democracia” “como un valor que apunta al respeto, ejercicio real y progresiva ampliación de los derechos humanos y a la creciente participación soberana del pueblo en las decisiones públicas en todo nivel, en el marco de un Estado de Derecho”115. El distanciamiento del PS-Almeyda de la vía armada (y de sus aliados comunistas), fortaleció la estrategia de la vía política para asegurar el fin de la dictadura, lo que se tradujo en un llamado en febrero de 1988 a votar en el plebiscito y, por ende, su decidido ingreso a la Concertación de Partidos por el No. La victoria electoral en el plebiscito y en la elección presidencial consiguiente, aseguraron los contornos de la coalición gobernante.

Un año después, no sin resistencia interna, el PSCh se reunificaba, con la caída del campo soviético como telón de fondo. Al respecto Clodomiro Almeyda reflexionaba sobre las lecciones dadas por “las negras notas del dogmatismo, el autocratismo burocrático y las ineficiencias que de ello deriva”116. El líder de la facción renovada en el Congreso de Unidad, reforzaba la autocrítica de Clodomiro Almeyda sobre la caída del régimen soviético, situando al año 1989 –mundial y chileno– como el año en que el socialismo se liberó “del peso de la tiranía para proyectarse como idea firmemente fundida con la de libertad”117. El contexto de la reunificación socialista allanó el camino para que se impusiera el discurso renovado en el centro de las definiciones del Partido. En este marco, la “idea socialista del ideal democrático” se construyó sobre la base de tres elementos constitutivos: la incorporación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en los principios del Partido; el ejercicio de la “resolución democrática de los conflictos de intereses e ideas” y el rechazo a “la violencia como forma de imponer un determinado proyecto político”118.

Por su parte, al interior del PCCh, luego de la derrota de la vía insurreccional el año 1986, se dejaron ver las críticas internas en relación con la PRPM. Al mismo tiempo, se instalaba una presión cada vez más fuerte para sumarse al plebiscito a la luz de la hegemonía que la vía electoral cobraba en la oposición. En ese contexto, haciendo eco de las disputas de la década de 1960, el dirigente comunista Alejandro Toro criticó al MIR por sus insistentes llamados a la lucha armada, que no reflejarían “el pensamiento democrático mayoritario del pueblo chileno”119. Además, reafirmando su crítica a la vía armada, cuestionó de manera pública la política de su partido, agregando su confianza en que la dirección sabría mostrar la “flexibilidad y sensibilidad” necesaria, dado que el pueblo no estaba “para seguir a grupos aventureros con fines mesiánicos”120. En la misma línea, María Maluenda conectó la crítica hecha a la vía armada con la necesidad de llegar a tiempo para los acuerdos con la oposición, con el objetivo de lograr una “salida política” a la dictadura121 El Comité Central, manteniendo continuidad en su línea, respondió a los cuestionamientos que emergían de sus propias filas en octubre del mismo año, señalando que la gran masa de trabajadores del país apoyaba la PRPM, puesto que “no hay otra forma de avanzar a la democracia que no sea el enfrentamiento resuelto a la dictadura que conduzca de uno u otro modo a la ruptura del sistema institucional fascista y a la completa eliminación del régimen”122 DE esta manera el informe al pleno dividía las posiciones entre quienes apoyan una democracia restringida y quienes desean el fin de la dictadura. Frente a lo cual, decía el informe, había acuerdo entre los comunistas de que “una campaña por elecciones libres sin luchar a fondo por terminar con la dictadura, linda con el absurdo”123. No se descartaba de plano participar en la campaña por las elecciones, pero, al menos en esa lógica, se mantenía el recurso combativo para enfrentar la dictadura. La controversia interna en torno a la política del comunismo se mantuvo y agudizó con la decisión sobre la participación en el plebiscito. Refiriéndose al llamado de la Concertación de Partidos por el No, Jorge Insunza señalaba: “Allí la hegemonía la tiene el pensamiento más conservador y pro-imperialista que busca la negociación con el régimen como el único camino aceptable. En nuestra opinión, por esa vía, es imposible concebir terminar con la dictadura”124. Sin embargo, en junio de 1988, el PCCh llamó a “todas las fuerzas democráticas” a concertar los esfuerzos, sin exclusiones, para “enfrentar y derrotar a la dictadura en el plebiscito y hacer de esa derrota un factor detonante de aquellas acciones de masas que se traduzcan en un verdadero levantamiento nacional victorioso por la democracia”125. Este tardío llamado, producto de las dudas que la participación en el itinerario de la Constitución de 1980 generaba, le valió al PCCh perder protagonismo en el proceso y caminar hacia un progresivo aislamiento político126.

La postura frente a la PRPM y a la participación en el plebiscito dieron cuenta de conceptos distintos de ‘democracia’ al interior del propio Partido, divergencia que también se encontraba en las estrategias que legitimaban (o no) el proceso. Luego del triunfo de la Concertación en el plebiscito y en las elecciones presidenciales y parlamentarias que le siguieron, la dirección del Partido fue encontrando acuerdo sobre las distancias que los separaban con la ahora coalición de gobierno, a costa de muchas dimisiones. Así, Gladys Marín diagnosticó en 1993 que el acuerdo transicional con la dictadura había impedido la democratización: “aquí no hay régimen democrático, aquí no hay democracia”127. Al declarar un papel opositor a la coalición de gobierno, el PCCh se alejaba de las antiguas alianzas que le habían permitido una participación directa en el juego político institucional. El eje central de esa discrepancia radicaba de forma central en las distintas concepciones de ‘democracia’ que la Concertación –heredera programática de la renovación socialista en alianza con la DC–, por un lado, y el PCCh, por otro, fueron definiendo luego del fin de la dictadura.

La marginación del PCCh de la política electoral que acompañó la transición, y los triunfos que modelaron la política al interior de la Concertación, consolidaron el desacoplamiento de la díada “revolución” y “socialismo”, la que fue reemplazada por la relación entre socialismo y democracia. Más allá de las indefiniciones que la propia noción de ‘socialismo’ alcanzó entonces, se construyó el consenso de que la lucha antidictatorial imponía la reconstrucción pacífica de una democracia representativa y plural, con prescindencia explícita de la violencia revolucionaria. Los debates sobre la naturaleza de la democracia transicional que se iniciaría en 1990 estuvieron condicionados por la renuncia explícita o implícita a un cambio revolucionario de la realidad social.

Conclusiones

El concepto de democracia fue un eje articulador del pensamiento político de la izquierda marxista chilena. Por una parte, fue una referencia obligada –como para muchas otras fuerzas políticas– a la hora de entender y legitimar medios y fines de acción política. Por otra parte, fue fuente de conflicto entre sus movimientos, partidos, intelectuales y militantes. El carácter de la democracia “burguesa”, las posibilidades del Estado por servir a las necesidades del cambio social, la utilización de la violencia en el proceso revolucionario, la política de alianzas, la relación con la ortodoxia teórica, las “renovaciones”, las perspectivas de redemocratización y los caminos estratégicos para luchar contra el autoritarismo, incidieron de manera directa en la definición de ‘democracia’ en tanto ideal normativo de acción política. En ese sentido, más allá de las acusaciones de sectores antimarxistas en torno al carácter antidemocrático y “totalitario” de la izquierda chilena, el concepto de ‘democracia’ permite comprender bajo una nueva luz el complejo proceso de construcción, derrota y reformulación doctrinaria sufrido por este sector político en la segunda mitad del siglo XX. Como ya hemos mencionado, esa trayectoria histórica tuvo como rasgo más notorio el desacoplamiento de los conceptos de democracia y revolución, antes unidos de diferentes formas tanto por los referentes revolucionarios globales como por la experiencia política en Chile, y luego separados ante la violenta derrota del proyecto histórico de la izquierda, la política exterminista de la dictadura militar, y la reconfiguración teórica y estratégica integral ante la necesidad urgente de superar el autoritarismo.

La centralidad de la democracia en la constitución de la izquierda marxista chilena no quiere decir que sus implicancias hayan tenido contornos claros o que no haya existido desacuerdo al respecto. Como hemos señalado en este artículo, la vinculación entre “democracia” y “revolución” en la década de 1960 fue motivo de agrias querellas al interior de la izquierda, sobre todo en relación con el papel de la violencia y el carácter –transformable o no– del Estado. Parte importante de estas diferencias tuvo relación con el referente cubano, en tanto actualización del ideario revolucionario rupturista, y su recepción chilena por parte de fracciones radicalizadas de la izquierda. Durante el gobierno de la Unidad Popular esas discrepancias se agudizaron bajo el peso de una experiencia revolucionaria real y las consecuencias polarizadoras de la lucha política contingente. Mientras Salvador Allende y sus bases políticas insistieron en la originalidad y viabilidad de la “vía chilena” –la revolución en democracia vaciada de violencia–, las fracciones radicalizadas pusieron el énfasis en el “poder popular” antagónico a un Estado “burgués” irredimible y en la inevitabilidad de una confrontación directa con los enemigos de la revolución. En ese contexto, la relación entre democracia y revolución se tensó hasta el límite, dando cuenta de más de una inconsistencia en su procesamiento estratégico y conceptual.

La dictadura cambió de manera radical las condiciones políticas, institucionales y materiales de la izquierda chilena. La represión, el exilio y la eliminación del campo político para dirimir diferencias, impusieron tareas de diferente naturaleza: desde la reconstrucción partidista en el exterior hasta la sobrevivencia física y orgánica en el interior. En ese contexto, una vez descartadas las estrategias “antifascistas” de alianzas amplias, la izquierda marxista chilena sufrió un nuevo proceso de reconfiguración teórica y estratégica, en gran medida en dirección contraria a lo que habían vivido hasta 1973. Mientras los comunistas se inclinaban por la vía armada y parte importante de los socialistas se “renovaban”, la democracia reemergió como fuente de legitimación y conflictos. La oposición moderada, en alianza con el centro democratacristiano, apuntó a la reconstrucción de una democracia representativa en tanto garantía de respeto a los derechos humanos, aplazando de forma indefinida el futuro socialista. Tras el fracaso de la estrategia insurreccional –junto al derrumbe global de los socialismos reales– la transición pactada a la única “democracia posible” marcó la separación conceptual definitiva entre democracia y revolución.

1Este artículo fue realizado en el marco del proyecto “Historia de la democracia en Chile (1810-2010)”, del Centro de Estudios de Historia Política (CEHIP) de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez, y es también parte del proyecto Conicyt-Posdoctorado n.° 3180014. Los autores agradecen a Gorka Villar su valiosa ayuda en la elaboración de este texto.

2Reinhart Koselleck, Futuro pasado: para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993, pp. 115-16. Sobre las trayectorias conceptuales de la democracia, véase entre muchos otros: Oliver Hidalgo, “Conceptual History and Politics: Is the Concept of Democracy Essentially Contested?”, in Contributions to the History of Concepts, vol. 4, N° 2, 2008; Norberto Bobbio, “Democracia y dictadura”, en Norberto Bobbio, Estado, gobierno y sociedad: por una teoría general de la política, México, Fondo de Cultura Económica, 1996 y Joanna Innes & Mark Philp (eds.), Re-Imagining Democracy in the Age of Revolutions America, France, Britain, Ireland 1750-1850, Oxford, Oxford University Press, 2013.

3Marcelo Casals, “Democracia y dictadura en el Chile republicano. Prácticas, debates y conflicto político”, en Iván Jaksić y Juan Luis Ossa (eds.), Historia política de Chile, 1810-2010, Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2017, tomo I: Prácticas políticas. Para una mirada general sobre los avances y límites de la democracia en Chile, véase Joaquín Fermandois, “Democracia en Chile, búsqueda sin término”, en Estudios Públicos, vol. 150, Santiago, otoño de 2018, pp. 291-332.

4Pierre Rosanvallon, Por una historia conceptual de lo político, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 22.

5Sobre el PD, véase Sergio Grez Toso, El Partido Democrático de Chile: auge y ocaso de una organización política popular (1887-1927), Santiago, LOM Ediciones, 2016.

6Julio Pinto, Luis Emilio Recabarren: una biografía histórica, Santiago, LOM Ediciones, 2013, pp. 69-70.

7Sobre el periodo fundacional de la izquierda chilena, véase entre muchos otros: Sergio Grez Toso, Historia del comunismo en Chile: la era de Recabarren, 1912-1924, Santiago, LOM Ediciones, 2011; Paul W. Drake, Socialism and Populism in Chile, 1932-52, Urbana, University of Illinois Press, 1978 y Jorge Arrate y Eduardo Rojas, Memoria de la izquierda chilena, Barcelona, Javier Vergara Editor, 2003, vol. 1.

8Olga Ulianova, “Algunas reflexiones sobre la Guerra Fría desde el fin del mundo”, en Fernando Purcell y Alfredo Riquelme (eds.), Ampliando miradas: Chile y su historia en un tiempo global, RIL Editores - Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Historia, 2012, pp. 235-59; Alfredo Riquelme, Rojo atardecer: el comunismo chileno entre dictadura y democracia, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Sociedad y Cultura, 2009, vol. XLIX, pp. 60-68 y Julio Faúndez, Izquierdas y democracia en Chile, 1932-1973, Santiago: Ediciones Bat, 1992, pp. 47-50.

9Koselleck, op. cit., p. 113.

10Sobre la expulsión y persecución del PCCh del sistema de partidos en 1948 y la potencia del anticomunismo en la política chilena, véase, entre otros, Carlos Huneeus, La guerra fría chilena: Gabriel González Videla y la Ley Maldita, Santiago, Random House Mondadori S.A., 2009 y Marcelo Casals, La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la “campaña del terror” de 1964, Santiago, LOM Ediciones, 2016.

11Manuel Loyola Tapia, “ ‘Los destructores del Partido’: notas sobre el reinosismo en el Partido Comunista de Chile”, en Izquierdas, n.° 2, Santiago, octubre de 2008.

12Eugenio González, “Fundamentación teórica del programa del Partido Socialista (1947)”, en Julio César Jobet y Alejandro Chelén (eds.), Pensamiento teórico y político del Partido Socialista de Chile, Santiago, Quimantú, 1972.

13Eugenio González, “El socialismo frente al liberalismo (1953)”, en Jobet y Chelén (eds.), op.cit., p. 104.

14Pablo Garrido, “Un Frente de Trabajadores comandado por la clase obrera: El Partido Socialista Popular y las definiciones iniciales en torno a la política del Frente de Trabajadores, 1946-1957”, en Izquierdas, n.° 35, Santiago, septiembre de 2017, pp. 233-259.

15Alonso Daire, “La política del Partido Comunista de la post-guerra a la Unidad Popular”, en Augusto Varas, Alfredo Riquelme y Marcelo Casals (eds.), El Partido Comunista en Chile: una historia presente, Santiago, Catalonia, 2010, pp. 121-72.

16Los documentos de ese episodio están compilados en Partido Socialista, La polémica socialista-comunista, Santiago, Prensa Latinoamericana, 1962.

17Volodia Teitelboim, “Visión del XV Congreso del Partido Comunista de Francia”, en Principios, n.° 61, Santiago, septiembre de 1959, p. 63.

18“Cuenta de la Delegación del Partido Comunista de Chile al XXII Congreso del PCUS, Informe de Luis Corvalán”, en Principios, n.° 87, Santiago, noviembre-diciembre de 1961, p. 11

19Clodomiro Almeyda, “Editorial: Nuestro propósito”, en Arauco, n.° 1, Santiago, octubre de 1959, p. 2.

20“La patria y el socialismo”, Arauco, n.° 11, Santiago, septiembre de 1960, p. 5.

21Salomón Corbalán, “Las bases teóricas de la Revolución chilena en la política del Frente de Trabajadores”, en Arauco, n.° 22, Santiago, noviembre de 1961, p. 9.

22“La democracia en la teoría y en la práctica”, en Arauco, n.° 42, Santiago, julio de 1963, pp. 21-26. Sobre los referentes teóricos internacionales del tronco principal del socialismo chileno del periodo, véase Joaquín Fernández Abara, “Nacionalismo y Marxismo en el Partido Socialista Popular (1948-1957)”, en Izquierdas, n.° 34, Santiago, julio de 2017, pp. 26-49.

23Tomás Moulian, La forja de ilusiones: el sistema de partidos, 1932-1973, Santiago, Universidad Arcis-Flacso, 1993, pp. 179-80.

24Es la tesis principal de Camilo Fernández, “El discurso del Partido Comunista de Chile sobre la democracia, 1956-1964”, en Autoctonía. Revista de Ciencias Sociales e Historia, vol. 2, n.° 2, Santiago, agosto de 2018, pp. 199-218.

25Salomón Corbalán, “Dar a las masas las enseñanzas de la lucha revolucionaria y los principios básicos del Socialismo, es la tarea actual del Partido”, en Arauco, n.° 19, Santiago, agosto de 1961, p. 6; Óscar Waiss, Vía pacífica o Revolución. Ni dogmatismo ni revisionismo: leninismo, Santiago, Ediciones Socialismo, 1961; Alejandro Chelén, La Revolución Cubana y sus proyecciones en América Latina, Santiago, Prensa Latinoamericana, 1960.

26“Discurso del ministro Ernesto Guevara en Punta del Este”, en Arauco, n.° 19, Santiago, agosto de 1961, p. 26. Varios intelectuales socialistas hicieron eco de estas propuestas: Jaime Ahumada, “La crisis de la democracia representativa y el golpe fascista”, en Arauco, n.° 26, Santiago, marzo de 1962, p. 24; Julio César Jobet, “Los caminos del socialismo: teoría y programa del Partido Socialista de Chile”, en Arauco, n.° 27, Santiago, abril de 1962, p. 22; Federico Klein, “Democracia representativa, militares y miseria”, en Arauco, n.° 30, Santiago, julio de 1962, p. 2.

27Luis Corvalán “Nuestra vía revolucionaria (1964)”, en Luis Corvalán, Camino de victoria, Santiago, Impresora Horizonte, 1971, p. 46.

28Casals, La creación…, op. cit., capítulo 8.

29Véase, por ejemplo, Luis Vitale, Esencia y apariencia de la Democracia Cristiana, Santiago, Imprenta Arancibia Hermanos, 1964.

30Véase, entre otros, Hugo Zemelman, “Revolución y democracia”, en Arauco, n.° 48, Santiago, enero de 1964, pp. 1-3; Jorge Insulza, “La revolución y la libertad”, en Principios, n.° 96, Santiago, julio-agosto de 1963, p. 27; Sergio Vuskovic Rojo, Osvaldo Fernández y Volodia Teitelboim, Teoría de la ambiguedad: bases ideológicas de la Democracia Cristiana, Santiago, Editorial Austral, 1964 y Luis Vitale, Esencia y apariencia de la Democracia Cristiana, Santiago, Imprenta Arancibia Hermanos, 1964.

31“Programa presidencial del Frente de Acción Popular”, en Arauco, n.° 36, Santiago, enero de 1963, pp. 11-12.

32Mario Zamorano, “Chile necesita ir hacia una profunda democratización nacional”, en Principios, n.° 100, Santiago, abril de 1964, p. 87.

33Alejandro Chelén, “La victoria será del pueblo”, en Arauco, n.° 54, Santiago, julio de 1964, pp. 2-3.

34Rolando Álvarez Vallejos, Arriba los pobres del mundo: cultura e identidad política del Partido Comunista de Chile entre democracia y dictadura, 1965-1990, Santiago, LOM Ediciones, 2011, capítulo 2.

35Carlos Altamirano, “El socialismo y el mensaje presidencial”, en Arauco, n.° 65, Santiago, junio de 1965, p. 1.

36Al respecto véase Aldo Marchesi, Latin America's Radical Left. Rebellion and Cold War in the Global 1960s, New York, Cambridge University Press, 2018, chapter 2.

37Sobre la etapa fundacional del MIR, véase Eugenia Palieraki, La revolución ya viene! el MIR chileno en los años sesenta, Santiago, LOM Ediciones, 2014 y, desde una óptica diferente, Marian Schlotterbeck, Beyond the Vanguard: Everyday Revolutionaries in Allende's Chile, Oakland, California, University of California Press, 2018.

38Augusto Olivares B., “Los ‘duros’ llevan a Frei al fascismo”, en Punto Final, n.° 21, Santiago, enero de 1967, p. 5

39Jaime Faovovich, “¿Cree usted en la democracia representativa?”, en Punto Final, n.° 44, Santiago, diciembre de 1967, p. 42

40Jaime Faovovich, “Reflexiones a propósito de las elecciones”, en Punto Final, n.° 68, Santiago, noviembre de 1968, p. 17.

41Citado en Julio César Jobet, El Partido Socialista de Chile, Santiago, Ediciones Prensa Latinoamericana, 1971, p. 130.

42Sergio Vuskovic, “Construcción pluripartidista del socialismo”, en Principios, n.° 124, Santiago, marzo-abril de 1968, p. 7.

43Jorge Insunza, “Los sucesos de Checoslovaquia abordados desde posiciones de clase”, en Principios, n.° 128, Santiago, noviembre-diciembre de 1968, pp. 59-77.

44“Unidad Popular: Programa Básico de Gobierno (1969)”, en Víctor Farías (ed.), La izquierda chilena (1969-1973): documentos para el estudio de su línea estratégica, Berlín, Santiago, Wissenschaftlicher Verlag Berlin, Centro de Estudios Públicos, 2000, vol. I, p. 119.

45“Documentos de la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros (1969). Aprobado por la Conferencia Internacional de los Partidos Comunistas y Obreros en Moscú, el 17 de junio de 1969”, en Farías (ed.), op. cit., vol. I, p. 92.

46Carlos Altamirano, “El Parlamento, ‘tigre de papel’”, en Jobet y Rojas (eds.), op. cit., pp. 307-328.

47“Carlos Altamirano: El Partido Socialista y la Revolución Chilena (enero de 1971)”, en Farías, op. cit., vol. I, p. 614.

48Salvador Allende, “Primer mensaje del presidente Salvador ante el Congreso pleno”, 21 de mayo de 1971. Disponible en www.bcn.cl [fecha de consulta: 16 de enero de 2019].

49Salvador Allende, “No daré un paso atrás. Discurso de despedida al Presidente Fidel Castro”, en: Frida Modak (ed.), Salvador Allende. Pensamiento y acción, Buenos Aires, Flacso Brasil - Clacso, 2008, p. 79.

50“Primer Discurso del Presidente Salvador Allende Gossens”, 5 de noviembre de 1970. Disponible en www.memoriachilena.com [fecha de consulta: 22 de diciembre 2018].

51“Julio C. Jobet: El Socialismo Científico y la Libertad”, en Jobet y Rojas (eds.), op. cit., p. 197. Sobre las concepciones del propio Karl Marx sobre la democracia en el socialismo, véase Adolfo Sánchez, “Marx y la democracia”, en Cuadernos Políticos, n.° 36, ciudad, junio de 1983, pp. 31-39.

52Luis Corvalán, “Artículo en Pravda (órgano del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética) sobre los 50 años del Partido Comunista de Chile (2 de enero de 1972)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. III, p. 1777.

53Partido Radical, “Declaración política ideológica aprobada en la XXV Convención Nacional (Agosto de 1971)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. II, p. 1029.

54Rodrigo Ambrosio, “Entrevista en Punto Final, N° 118 (24 de noviembre de 1970)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. I, p. 483.

55Jaime Faivovich, “¿Cree usted en la democracia representativa?”, en Punto Final, n.° 44, Santiago, 2ª quincena diciembre 1967, p, 43.

56Fernando Mires “Tribuna ideológica: El problema del poder”, en Punto Final, n.° 159, Santiago, martes 23 de mayo de 1972, p. 31.

57Sobre el “poder popular”, véase, entre otros, Franck Gaudichaud, Chile, 1970-1973. Mil días que estremecieron al mundo. Poder popular, cordones industriales y socialismo durante el gobierno de Salvador Allende, Santiago, LOM Ediciones, 2016.

58Julio Pinto Vallejos, “Hacer la revolución en Chile”, en Julio Pinto Vallejos (ed.), Cuando hicimos historia: las experiencias de la Unidad Popular, Santiago, LOM Ediciones, 2005, pp. 27-28; María Angélica Illanes, “Memoria de los aparecidos. Allende con MAR (…) Pinochet con (…) ARX. Chile 2003-1973”, en Francisco Zapata (ed.), Frágiles suturas. Chile a treinta años del gobierno de Salvador Allende, México, Fondo de Cultura Económica / El Colegio de México, 2006.

59“Carlos Altamirano: El Partido Socialista y la Revolución Chilena (enero de 1971)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. I, p. 616.

60“Salvador Allende: Discurso en el Congreso del Partido Socialista (La Serena, 28 de enero de 1971)”, en Farías (ed.), vol. I, p. 625.

61Volodia Teitelboim, “Intervención en el Pleno de Comité Central del Partido Comunista (El Siglo, 26 de junio de 1971)”, en Farías (ed), op. cit., vol. II, p. 972.

62Riquelme, op. cit., pp. 92.107.

63“Fidel Castro: Diálogo con los estudiantes de la Universidad de Concepción (Punto Final, N° 145, 30 de noviembre de 1971)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. III, p. 1326.

64“Fidel Castro: Discurso en el acto de despedida (2 de diciembre de 1971)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. III, p. 1370.

65Andrés Pascal, “Discurso en homenaje a Luciano Cruz. (El Rebelde, suplemento especial, 13 de agosto de 1973”, en Farías (ed.), op. cit. vol. IV, p. 4940.

66Carlos Altamirano, “ ‘El imperialismo es el enemigo fundamental’. Discurso del 18 de abril de 1973 en conmemoración del 40° aniversario del Partido Socialista”, en Farías (ed.), op. cit., vol. VI, p. 4425.

67Orlando Millas, “La clase obrera en las condiciones del Gobierno Popular (5 de junio de 1972)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. IV, p. 2455.

68Salvador Allende, “Respuesta al Proyecto de Acuerdo de la Cámara de Diputados sobre ruptura de la legalidad (24 de agosto de 1973)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. VI, p. 5004.

69Salvador Allende, “Discurso al pueblo del 29 de junio de 1973 (30 de junio de 1973)”, en Farías (ed.), op. cit., vol. VI, p. 4775.

70Tomás Moulian, Conversación interrumpida con Allende, Santiago, LOM Ediciones, 2010, capítulo V.

71Brian Loveman, “The Political Left in Chile, 1973-1990”, in Barry Carr & Steve Ellner (eds.), The Latin American Left. From the Fall of Allende to Perestroika, Colorado, Westview Press, 1993, pp. 23-29.

72Olga Ulianova, “La nueva inserción internacional del comunismo chileno tras el golpe militar”, en Alfredo Riquelme y Tanya Harmer (eds.), Chile y la guerra fría global, Santiago, RIL Editores, Pontificia Universidad Católica de Chile, Instituto de Historia, 2014.

73Op. cit., p. 284.

74Para una mirada de larga duración de los conflictos entre la DC y el PCCh, véase Augusto Varas, “Un desencuentro histórico”, en Augusto Varas, Alfredo Riquelme y Marcelo Casals (eds.), El Partido Comunista en Chile: una historia presente, Santiago, Catalonia, 2010.

75Luis Corvalán “Si la alianza U.P.-D.C. es necesaria para derribar la dictadura, será más necesaria para reconstruir el país”, en Chile América, n.°s 28-29-30, Roma, 1977, pp. 147-154.

76Álvarez, op. cit., pp. 117-119.

77Olga Ulianova, “La Unidad Popular y el golpe militar en Chile: percepciones y análisis soviéticos”, en Estudios Públicos, n.° 79, Santiago, 2000, p. 116.

78Cit. en Álvarez, op. cit., pp. 118-119.

79Álvarez, op. cit., capítulo 4.

80Luis Corvalán, De lo vivido y lo peleado. Memorias, Santiago, LOM Ediciones, 1999, p. 276.

81Álvarez, op. cit., passim; Tomás Moulian e Isabel Torres Dujisin, “¿Continuidad o cambio en la línea política del Partido Comunista de Chile?”, en Varas, Riquelme y Casals (eds.), op. cit.

82Para los detalles de esas polémicas, véase Riquelme, op. cit., capítulos 4-6.

83Olga Ulianova, “Inserción internacional del socialismo chileno 1933-1973”, en Olga Ulianova (ed.), Redes políticas y militancias. La historia política está de vuelta, Santiago, Ariadna Ediciones, 2009, pp. 275-284.

84El nombre completo del documento es: Al calor de la lucha contra el fascismo, construir la fuerza dirigente del pueblo para asegurar la victoria!. Disponible en http.www.socialismo-chileno.org [fecha de consulta: 14 de septiembre de 2015].

85CNR, “Carta al Secretario General del PS, Carlos Altamirano”, en Chile América, n.°s 31-32, Roma, mayo-junio, 1977, p. 119.

86Cit. en Olga Ulianova, “Relaciones internacionales y redefiniciones en el socialismo chileno, 1973-1979”, en Izquierdas, n.° 30, Santiago, 2009, p. 3.

87Carlos Altamirano, “Mensaje a los socialistas de Chile”, junio de 1977. Documento disponible en www.socialismo-chileno.org [fecha de consulta: 15 de septiembre de 2015].

88Clodomiro Almeyda, “‘La democracia en el período de la transición del capitalismo al socialismo’ Intervención en la Mesa Redonda 76: ‘El Socialismo en el mundo contemporáneo’”, realizada en Cavtat, República Socialista Federativa de Yugoslavia. 27 de octubre al 2 de noviembre de 1976”, en Clodomiro Almeyda (ed.), Pensando a Chile, México, Universidad de Guadalajara, 1987, pp. 15-18.

89Kenneth M Roberts, Deepening Democracy?: The Modern Left and Social Movements in Chile and Peru, Boulder, NetLibrary, Inc., 1999, p. 103.

90Carlos Altamirano, “Informe del Secretario General Camarada Carlos Altamirano al Pleno extraordinario del Comité Central del Partido Socialista”, 1978, s/p. Obtenido de Partido Socialista de Chile: www.socialismo-chileno.org/1978 [fecha de consulta: 16 de septiembre 2015].

91Según el dirigente socialista Ricardo Núñez, testigo presencial de estos acontecimientos, Carlos Altamirano buscaba, también, criticar las presiones externas de los gobiernos de los socialismos reales sobre la elaboración teórica del PS. Ricardo Núñez Muñoz, El gran desencuentro. Una mirada al socialismo chileno, la Unidad Popular y Salvador Allende, Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2017, p. 259.

92Mariana Perry, “Las renovaciones socialistas que no vencieron”, en Izquierdas n.° 44, Santiago, junio de 2018, pp. 31-57.

93Benny Pollack & Hernan Rosenkranz, Revolutionary Social Democracy: The Chilean Socialist Party, London, Frances Pinter, 1986, p. 192.

94Carlos Altamirano, “El sector que yo represento rescata la esencia del socialismo chileno: sus gloriosas tradiciones revolucionarias, democráticas, autonomistas e internacionalistas”, en Chile América, n.°s 54-55, Roma, 1979, p. 135.

95En 1989 Carlos Altamirano explicitó su rechazo al autoritarismo socialista en la RDA, calificándola de “sociedad coercitiva” en la que se “limitaba enormemente la libertad”. Cit. en Patricia Politzer, Altamirano, Santiago, Melquíades, 1990, pp. 150-151.

96Jorge Arrate. “Una perspectiva ‘gramsciana’ en la crisis chilena: Notas críticas”, en Chile América, n.°s 25-26-27, Roma, 1976-1977, pp. 159-166. Sobre el impacto del exilio chileno en Holanda en la renovación socialista, véase Mariana Perry, La dimensión internacional del pensamiento político chileno. Aprendizaje y transferencia en el exilio en Europa, tesis de doctorado en Humanidades, ciudad, Leiden University, 2016.

97Dentro de la producción intelectual realizada entonces en la línea del socialismo renovado destaca con luces propias el texto de Tomás Moulian, Democracia y socialismo en Chile, Santiago, Flacso, 1983.

98Jeffrey Puryear, Thinking Politics: Intellectuals and Democracy in Chile, 1973-1988, London, John Hopkins University Press, 1994, chapters 3 and 4. Véase también Ivette Lozoya López, “Los intelectuales y las ideologías de izquierda en el siglo XX”, en Susana Gazmuri (ed.), Historia política de Chile, 1810-2010, Santiago, Fondo de Cultura Económica, 2018, vol. IV: Intelectuales y pensamiento político.

99Al respecto véanse Kathryn Sikkink, The Justice Cascade: How Human Rights Prosecutions Are Changing World Politics, New York, W. W. Norton & Co, 2011 y Patrick William Kelly, Sovereign Emergencies. Latin America and the Making of Global Human Rights Politics, Cambridge, Cambridge University Press, 2018.

100Samuel Moyn, The Last Utopia: Human Rights in History, Cambridge, Mass., Belknap Press of Harvard University Press, 2012.

101Cecilia N. Lesgart, “El tránsito teórico de la izquierda intelectual en el cono sur de América Latina”, en Revista Internacional de Filosofía Política, n.° 16, 2000, p. 31.

102Raúl Ampuero, Carlos Altamirano y Aniceto Rodríguez, “Declaración de los ex secretarios generales del Partido Socialista de Chile”, en Revista Convergencia, n.°s 7-8, México, enero 1983, cit. en Ricardo Núñez, Socialismo. Diez años de renovación. 1979-1989. De la Convergencia a la Unidad Socialista, Santiago, Ediciones del Ornitorrinco, 1991, p. 110.

103Sobre los usos de la figura y el ideario de Salvador Allende en la lucha política antidictatorial, véase José del Pozo, Allende, cómo su historia ha sido relatada: un ensayo de historiografía ampliada, Santiago, LOM Ediciones, 2017.

104Sergio Marras, “Todavía no nos recuperamos de la inocencia”, en APSI, n.° 237, Santiago, 1 al 7 de febrero de 1988, p. 14.

105José Joaquín Brunner, Cultura y política en la lucha por la democracia, documento de trabajo n.° 206, Santiago, Flacso, 1984, p. 18.

106Ricardo Lagos Escobar, Mi vida: de la infancia a la lucha contra la dictadura, Santiago, Penguin Random House, 2013, vol. I, p. 390.

107Sobre este punto, véase Mauricio Kantar Contreras, “Aproximación al lenguaje político fundacional de la Concertación de Partidos por la Democracia en Chile. Análisis de los conceptos Democracia y Socialismo en las revistas políticas durante la segunda mitad de 1980: El caso de Ricardo Lagos”, en Revista de Historia Social y de las Mentalidades, vol. 15, n.° 1, Santiago, 2012, pp. 187-209 y Juan Bustos Troncoso, Cambios en la significación de la democracia en Chile, 1977-1992. Del “imaginario democrático” a la “democracia de los acuerdos”, Concepción, Ediciones Escaparate, 2014, capítulo 1.

108Clodomiro Almeyda, “La crisis de la izquierda según el pleno clandestino de los socialistas de Chile”, en Chile América, n.°s 78-79, Roma, 1982, p. 94.

109Orlando Millas, “No hemos dicho que en Chile este a la orden del día la lucha armada”, en Chile América, n.°s 84-85, Roma, 1983, p. 51.

110Op. cit., p. 52.

111Víctor Muñoz Tamayo, “El Partido Socialista de Chile y la presente cultura de facciones: Un enfoque histórico generacional (1973-2015)”, en Izquierdas, n° 26, Santiago, 2016, 218-253.

112Editorial, “Democracia sin demora”, en Cauce, n.° 38, Santiago, 3 al 9 de septiembre de 1985, p. 1.

113Al respecto véase Victor Figueroa Clark, “The Forgotten History of the Chilean Transition: Armed Resistance Against Pinochet and US Policy towards Chile in the 1980s”, in Journal of Latin American Studies, vol. 47, N° 3, London, August 2015, pp. 491-520.

114Fanny Pollarolo, “La historia dirá si el PC tenía o no razón”, en APSI, n.° 163, Santiago, 7 al 20 de octubre de 1985, p. 17; Patricio Aylwin, “El acuerdo y las movilizaciones no son incompatibles”, en APSI, n.° 163, Santiago, 7 al 20 de octubre de 1985, p. 11.

115Clodomiro Almeyda, “Bases de la reunificación socialista. 1987”, en Clodomiro Almeyda, Obras Escogidas, 1947-1992, Madrid, Ediciones del Centro de Estudios Políticos Latinoamericanos Simón Bolívar / Fundación Presidente Allende, 1992, p. 267.

116Clodomiro Almeyda, “Un solo PS”, en Unidad y Lucha, n.°. 129, 1989, p. 5.

117Jorge Arrate, “Discurso en el Congreso de Unificación”, en Unidad y Lucha, n.° 129, 1989, p. 6.

118Documento de acuerdo político-doctrinario del socialismo, en Ricardo Núñez (ed.), Socialismo: 10 años de renovación. 1979-1989: de la convergencia a la unidad socialista, Santiago, Ediciones del Ornitorrinco, 1991, p. 315.

119Véase Riquelme, op. cit., p. 137.

120Alejandro Toro, “Se rompe el silencio: pugna en el PC”, en APSI, año 11, n.° 201, Santiago del 18 al 24 de mayo, 1987, p 7.

121María Maluenda, “Entrevista de Jorge Andrés Richards”, en APSI, año 11, n.° 201, Santiago, 18 al 24 de mayo, 1987, p. 10

122Informe al Pleno del CC. del Partido Comunista de Chile, “Con la Política de Rebelión Popular de Masas, profundicemos la movilización, la combatividad y la Unidad del Pueblo para Derrotar los planes de perpetuación del fascismo!”, sin pie de imprenta, octubre 1987, pp. 4-5.

123Op. cit., 19.

124Jorge Insunza, “En algún lugar de la clandestinidad”, en Florencia Varas y Mónica González, Chile entre el SI y el NO, Santiago, Editorial Melquíades, 1988, pp. 64-65.

125“Comunicado del Comité Central del Partido Comunista”, en APSI, n.° 257, Santiago, 20 al 26 de julio de 1988, p. 25

126Sobre el tránsito experimentado por el PCCh, que fue de la PRPM al llamado a participar en el plebiscito, véase Luis Rojas, De la rebelión popular a la sublevación imaginada. Antecedentes de la Historia Política y Militar del Partido Comunista de Chile y del FPMR 1973-1990, Santiago, LOM Ediciones, 2017, pp. 391-401.

127Cit. en Riquelme, op. cit., p. 289.

Recibido: Abril de 2019; Aprobado: Octubre de 2019

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