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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.53 no.1 Santiago jun. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942020000100045 

Artículos

De “ridículo sainete filosófico” a “doctrina santa y elevada”: Los conceptos de socialismo y comunismo en el debate público chileno del siglo XIX1

Gabriel Cid* 

Camilo Fernández** 

*Doctor en Historia, Universidad del País Vasco. Académico del Instituto de Historia, Universidad San Sebastián. Correo electrónico: gabriel.cid@uss.cl

**Máster en Historia, University of Nottingham. Candidato a Doctor en Historia, Universidad de Leiden. Correo electrónico: cfc.15.90@gmail.com

Resumen

Este artículo analiza los usos y variaciones semánticas de los conceptos ‘socialismo’ y ‘comunismo’ durante el siglo XIX en Chile. Por medio de una revisión sistemática de las polémicas sobre estos términos en la esfera pública chilena, se examina el tránsito conceptual desde nociones predominantemente negativas a partir de la década de 1840, hacia una valoración positiva de los mismos a fines del siglo. Como resultado de diversas transformaciones sociales y políticas, tanto en el ámbito local como transnacional, los conceptos de ‘socialismo’ y ‘comunismo’ fueron definidos como una exacerbación del ideario democrático que conducía a proyectos radicales de igualación social y de trastorno del régimen de la propiedad o, bien, como doctrinas irreligiosas que socavaban el orden social establecido. Solo en las postrimerías del siglo XIX es posible constatar un esfuerzo de resignificación conceptual al aparecer los primeros movimientos que adoptan abiertamente el socialismo como ideología y se identifican de manera partidaria con él..

Palabras claves: Chile; siglo XIX; socialismo; comunismo; democracia; ideología; historia conceptual

Abstract

This article analyzes the uses and semantic variations of the concepts of socialism and communism during the nineteenth century in Chile. Based on a systematic review of the controversies in the Chilean public sphere over these terms, is examined the conceptual shift from predominantly negative notions in the 1840s to a positive assessment of them by the end of the century. As a result of a variety of social and political transformations, both locally and transnationally, the concepts of socialism and communism were cdefined as an exacerbation of the democratic ideology which led to radical projects of social equalization and disruption of the property regime, or as irreligious doctrines that undermined the established social order. Only at the end of the nineteenth century it is possible to observe an effort of conceptual resignification when the first movements that openly adopt socialism as an ideology appear and identify partisanly with it.

Keywords: Chile; nineteenth century; socialism; communism; democracy; ideology; conceptual history

Introducción

En este trabajo proponemos examinar e interpretar los usos y significados de los conceptos ‘socialismo’ y ‘comunismo’ en el siglo XIX chileno. Nos interesa indagar, utilizando las herramientas de la llamada “nueva historia intelectual”2, qué actores y con qué propósitos utilizaron dichos conceptos; qué sentido le brindaron en sus usos y a qué dimensiones estas remitían; en qué contextos sociopolíticos se dieron sus invocaciones y cómo estos contribuyeron a establecer los horizontes de sentido posibles. Por último, por medio de una aproximación que recoge las orientaciones de la historia conceptual (Begriffsgeschichte)3 pretendemos estudiar las continuidades y rupturas en la semántica histórica de tales conceptos, poniendo atención en los ejercicios de resignificación y de cambio en la valoración de los mismos.

En términos metodológicos, queremos aclarar que este trabajo no persigue ser parte de una querella respecto a las definiciones “verdaderas” de ambos conceptos, ni trazar una genealogía que, con una mirada teleológica, intente esbozar una evolución semántica hasta que ambos conceptos hubiesen alcanzado su formulación canónica4. Y, aunque somos conscientes que los campos ideológicos del socialismo y comunismo distan de ser bloques homogéneos, pues están caracterizados por una diversidad de corrientes, enfoques, énfasis y trayectorias históricas diversas, nuestra pesquisa nos ha permitido constatar que durante el siglo XIX chileno los mismos contemporáneos no fueron muy pulcros en deslindar con nitidez los conceptos de socialismo y comunismo, usándolos en general de manera intercambiable. Así, nuestra aproximación tiene como finalidad abordar el socialismo del siglo XIX local como una gran “familia ideológica”5, en el sentido de que contiene una serie de conceptos políticos compartidos por otras tradiciones doctrinales, tales como: el comunismo, el anarquismo, la socialdemocracia, etcétera.

Consideramos que este examen es necesario si se considera el estado de la discusión sobre estos tópicos en el caso chileno decimonónico. En general, y salvo excepciones6, la historiografía al respecto ha tendido a circunscribir el problema del socialismo y el comunismo a la figura señera de Luis Emilio Recabarren7, postura que tiende a eclipsar el importante debate público anterior, según exponemos exponer en estas páginas. También nos sirve para tomar distancia de la manida tesis de los “precursores”, es decir, aquella que tipifica de “socialista” o “comunista” a autores que no se identificaron de manera pública como tales, ni utilizaron dichos conceptos en sus trabajos, siendo los casos de Francisco Bilbao y de Santiago Arcos los más frecuentes8. Dichas aproximaciones, creemos, incurren de manera sistemática en lo que Quentin Skinner denomina “mitología de la prolepsis”, es decir, aquella que imbuida de una perspectiva teleológica se encuentra más interesada en la significación retrospectiva de una obra que en lo que significó para el propio agente9. La literatura más contemporánea ha tendido a reproducir dicha genealogía, llamando “socialista” a asociaciones como la Sociedad de la Igualdad, las cuales de forma explícita en sus medios de prensa no solo no utilizaron dichos conceptos salvo, de modo sintomático, para tomar distancia de ellos10. Por último, proponemos otorgarle una densidad histórica mayor al problema del “anticomunismo” que, salvo excepciones (como la de Luis Ortega)11, ha sido trabajado como un fenómeno propio del siglo XX, contextualizado dentro de las disputas y tensiones globales de la Guerra Fría12.

El problema que desarrollamos en esta pesquisa es la transformación semántica y valórica de los conceptos ‘socialismo’ y ‘comunismo’ en el siglo XIX. En cuanto a significado, nos importa develar el tránsito del socialismo, que en sus primeras invocaciones remitía a un interés hacia el mejoramiento de la sociabilidad, hasta su transformación en un conjunto de doctrinas que proporcionarían un diagnóstico sobre la realidad política-económica de la sociedad moderna, en su relación con el capitalismo, y una serie de lineamientos programáticos de transformación estructural. En términos valorativos, la mutación que examinamos es aún más acentuada. En efecto, tanto el socialismo como el comunismo fueron conceptos que circularon en la esfera pública con una carga evaluativa negativa, en general, utilizándose como epítetos para denigrar posiciones políticas consideradas como extremas; siendo recién a fines del siglo XIX cuando en el contexto nacional comienzan a utilizarse como una forma de identificación política legítima y positiva, propiciando así su formulación partidista por parte de grupos aglutinados en torno a sus creencias.

Este tema lo analizamos en tres momentos históricos que contextualizan las reformulaciones semánticas más relevantes que hemos delineado. El primer momento se sitúa a inicios de la década de 1840, cuando pueden rastrearse en la opinión pública chilena las primeras manifestaciones del concepto de “socialismo”, en el marco de los debates culturales de la Generación del 42. Dicho momento se cierra con la guerra civil de 1851 y el fracaso del proyecto político encarnado por la Sociedad de la Igualdad, periodo crucial en la medida que señala la connotación negativa con la que se revistieron los conceptos de ‘socialismo’ y ‘comunismo’ a lo largo del siglo. Un segundo momento se extiende entre 1871, con la recepción en Chile de las noticias de la Comuna de París –sucesos que activaron la polémica sobre la posibilidad de que se replicasen esos acontecimientos en el país– y el llamado “motín de los tranvías” en 1888, episodio que fue tildado como una asonada “comunista” por sectores de la prensa, del mismo modo en que el Partido Democrático fue tipificado de “socialista”. Por último, examinamos la discusión de la década de 1890, periodo clave en esta investigación en tanto contiene los primeros usos positivos del socialismo y el comunismo, posibilitando la identificación política con sus doctrinas y el perfilamiento de asociaciones de tipo partidista orientadas por las mismas.

Del interés por lo social a “doctrinas de utopistas insensatos”: El debate fundacional sobre el socialismo, 1840-1851

Como ha señalado Horacio Tarcus, la influencia de la intelectualidad trasandina exiliada en Chile en la década de 1840 –con figuras como Vicente Fidel López, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Juan María Gutiérrez, Félix Frías, entre otros– fue clave en la difusión del socialismo como concepto, en un primer momento contextualizado en la discusión referente al papel social de la literatura, una preocupación cardinal para los miembros de la llamada “Generación del 42”13. En ese registro, las primeras invocaciones al socialismo, más que aludir a una doctrina político-económica, estuvieron articuladas en torno al Romanticismo como movimiento literario, haciéndose eco de la discusión francesa sobre estos temas14. Así, como sugirió Vicente Fidel López, la revolución romántica había operado en el campo literario una saludable transformación, siendo consignada como un “pensamiento elevado, filosófico, socialista”, al variar el centro de atención desde la importancia de las convenciones formales a interrogarse sobre si una obra “puede ser bella sin ser útil a la sociedad”15. Para Domingo Faustino Sarmiento, el socialismo era una profundización de la transformación romántica en el campo literario, al poner la atención en los sectores populares:

“El socialismo, perdónennos la palabra –sostenía el sanjuanino–; el socialismo, es decir, la necesidad de hacer concurrir la ciencia, el arte y la política al único fin de mejorar la suerte de los pueblos, de favorecer las tendencias liberales, de combatir las preocupaciones retrógradas, de rehabilitar al pueblo, al mulato y a todos los que sufren”16.

Así, las primeras invocaciones al concepto de socialismo en el debate público chileno se utilizaban en el sentido de un interés por el perfeccionamiento de la sociedad, al estudio de lo social que propendía a su mejora, o aquel que reflexionaba sobre el problema de la sociabilidad. En ese registro semántico, por ejemplo, El Progreso, al reseñar el trabajo del publicista Adolphe Granier de Cassagnac, lo llamó un “escritor de juicio, observador, prudente, moderador y eminentemente socialista”17. En ocasiones podía ser utilizado como sinónimo de ‘filósofo’18, o relacionarse con el mundo de la beneficencia y la filantropía. En esa línea, al reseñar los trabajos del Instituto de Caridad Evangélica de la capital, El Progreso sugirió que el conjunto de disciplinas que estudiaban a la sociedad en su conjunto “deben tomar un carácter práctico y dejar de ser especulaciones de la inteligencia para descender a ser vínculos de asociación y mejora”; “He aquí lo que nosotros entendemos por socialismo real”, sostenía19.

La publicación, en junio de 1844, del artículo “Sociabilidad chilena” de Francisco Bilbao, fue un hito decisivo en la resemantización que adquirió el vocablo ‘socialismo’ en el debate público nacional. Lo curioso fue el enfrentamiento entre la perspectiva semántica antes descrita y la significación que adquiriría el concepto en adelante, asociado a una doctrina tendiente a la transformación radical de la sociedad para lograr la igualdad económica de sus miembros. De forma sintomática, el concepto solo aparece una vez en el texto, asociado a la idea del intelectual preocupado por el mejoramiento social, en sinonimia con vocablos tales como ‘legislador’ o ‘gobernante’20. Es más, en el juicio que se inició contra el escrito de Francisco Bilbao –acusado de blasfemo, inmoral y sedicioso– el joven escritor volvió a utilizar el concepto en dicho sentido, hablando del “socialista” como aquel “que se interesa en la felicidad social”, según argumentó en su defensa21.

Lo interesante es que pese a estas referencias aisladas y neutras sobre el concepto, sus críticos sostuvieron de modo sistemático que el alegato de Francisco Bilbao sobre la injusticia de fondo en la estratificación social chilena develaba una perspectiva del socialismo que remitía más bien a la idea del revolucionario que buscaba trastocar el orden social. El Progreso acusó al escrito de haber “abrazado muchos de los absurdos errores de los ateístas, socialistas, etc., sobrepujando en cierto modo a los herejes de todos los siglos”22; mientras que Rafael Valentín Valdivieso, en representación de la curia católica, acusó de forma reiterada al joven escritor de “socialista”, un difusor de ideas que no eran más que el “parto de imaginaciones enfermas”23. El trasandino Félix Frías, algo más ponderado en su crítica, sostuvo que el socialismo era una versión extrema del humanitarismo que perseguía refundar la sociedad y su moral desde una lógica alternativa al cristianismo y, por lo mismo, no era sino un conjunto de “doctrinas de utopistas insensatos” y un “ridículo sainete filosófico”24.

La importancia de esta polémica para el problema examinado en estas páginas fue el haber instalado en la esfera pública chilena el temor al socialismo como doctrina subversiva del orden social. A un año de la publicación del texto, La Revista Católica, recordaba el arribo al país de las ideas de “aquella escuela que se propone destruir el orden social existente”. Lo que hacía más grave el peligro era la posibilidad de aplicación de sus ideas, la transición desde “la esfera de las simples teorías” hacia el intento por fundar una “sociedad nueva” que prescindiese de la sanción religiosa y extremase las “tendencias democráticas que forman unos de los caracteres de nuestra época”25.

Los sucesos europeos de 1848 acentuaron los prejuicios instalados en la esfera pública nacional sobre los excesos y peligros de las doctrinas socialistas, ahora encarnadas por el comunismo, conceptualizado como la práctica política que, por medio de la violencia y el ataque a la propiedad privada, perseguía la igualación de las fortunas26. En la antesala del estallido revolucionario de aquel año, El Mercurio había editorializado sobre los procesos llevados a cabo contra los comunistas franceses, poniendo énfasis en la justificación de la violación al derecho de propiedad, pues “el robo no es un crimen cuando es empleado como medio para asegurar el triunfo de una idea”27. Informando desde París al público chileno sobre los sucesos de 1848, Félix Frías se propuso demostrar que el socialismo podía ser entendido como una exageración de la pulsión democrática por la libertad, lo que en su diagnóstico hacía plausible que “el socialismo pudiera encontrar prosélitos también entre nosotros”28; aunque, como advirtió El Mercurio, los mismos excesos a los que había dado pie en Europa podían morigerar las potenciales adhesiones, pues “el socialismo y el comunismo se van convirtiendo en el ludibrio de la opinión general”29.

La instalación en el imaginario político de los peligros del socialismo y comunismo, que adquiría visos de amenaza global en la medida que ya había efectuado la transición desde el campo de la teoría hacia el de las prácticas, devino en un lugar común al momento de utilizar dichos conceptos en la discusión. Esta situación contribuyó a asentar un proceso semántico decisivo, de hecho irreversible, en los usos locales de ambos conceptos: la pronta desaparición del significado inicial del concepto de socialismo –asociado a la noción de sociabilidad– y su reemplazo por el espectro del cambio revolucionario en la propiedad.

Quien mejor delineó lo abrupto de esta transformación en la semántica del socialismo para el contexto local, pero también latinoamericano, fue Juan Bautista Alberdi, en la necrología dedicada en 1851 al poeta Esteban Echeverría. La muerte del autor del Dogma socialista, escrito capital dentro del corpus de la Generación de 1837, le permitió reparar en el “abismo de diferencia” existente entre el concepto de socialismo manejado por Esteban Echeverría –que remitía al intento de constitución de lo social desde una perspectiva que respetase tanto las libertades individuales como el bien común– y el que se había instalado como hegemónico por los “demagogos franceses” y su “loco sistema”. De modo lamentable, para Alberdi, esta última acepción había reemplazado la semántica original del concepto, en una transformación de proyecciones nocivas para el orden público, “pues la sociedad y el socialismo tales cuales existen de largo tiempo, expresan hechos inevitables reconocidos y sancionados universalmente como buenos. Todos los hombres de bien han sido y son socialistas al modo que lo era Echeverría y la juventud de su tiempo. Su sistema no es el de la exageración; jamás ambicionó a mudar desde la base la sociedad existente”30.

Si los sucesos revolucionarios de 1848 habían instalado la imagen del peligro global a los que podría dar cabida la exacerbación del ideario democrático, a los cuales conducirían las doctrinas socialistas, el proceso de radicalización política chilena que condujo a la guerra civil de 1851 encendió las alarmas entre los sectores más conservadores. En efecto, la experiencia de la Sociedad de la Igualdad, el proceso de politización de los sectores populares que esta supuso y el discurso político utilizado para convocarlos31, contextualizó la discusión en el ámbito nacional. La prensa conservadora insistió de forma sistemática en que el peligro socialista era real en el país, como lo demostraba la experiencia de la Sociedad de la Igualdad.

Las acusaciones contra el discurso socialista que estaría difundiendo el grupo igualitario pueden ser divididas en dos: como una perversión utópica de la dimensión igualitaria del discurso democrático y como una doctrina moralmente subversiva de base anticristiana. Respecto al primer punto, El Verdadero Chileno fue quien, de manera más sistemática, defendió la noción de que los igualitarios ponían en riesgo el orden social al agitar entre los sectores populares “el odio de unas clases a otras”. El peligro era evidente: “Si penetra y se propaga el comunismo en la clase obrera, vamos a rematar al estado salvaje”; de ahí su llamado a “declarar una guerra santa y tenaz contra el socialismo”32. Era preciso denunciar los efectos nocivos de la retórica de jóvenes inexpertos como Francisco Bilbao, quien con su prédica de “doctrinas socialistas” y sus “sueños de revolución social” estaba consiguiendo “traer a Chile la lucha entre propietarios y proletarios”33. La paradoja nacional, según denunciaba El Consejero del Pueblo, era el intento de los igualitarios por poner en práctica en Chile “sus donosos ensayos de socialismo” que habían fracasado en Europa y ya no podían ampararse en el privilegio de la duda. Así, era “ridículo” que en Chile “se lanzase en una subversión completa de las instituciones que el mundo civilizado acata por buenas y susceptibles de mejora”34.

Respecto a la noción del socialismo como doctrina subversiva del orden moral, La Revista Católica fue el medio que delineó con mayor insistencia dicho argumento. Para la publicación eclesiástica, el socialismo y el comunismo, “estas dos grandes herejías de los tiempos modernos”, eran las consecuencias de un proceso de descomposición moral propiciado por la difusión del Racionalismo y el incremento de la secularización en el campo cultural35. Eran, así, “los frutos del árbol que plantaron con tanta imprudencia como iniquidad” los intelectuales ligados al mundo universitario36. De allí que las publicaciones socialistas fueran denunciadas como “veneno impreso”37, resultado natural de idearios racionalistas y relativistas que negaban toda verdad absoluta y trascendente38 y que, por tanto, quienes las difundían eran “locos despreciables”, “apóstoles del error más perjudicial y grosero que se haya podido presentar”39. Dichos argumentos, además, podían descansar en la sanción papal que tras el ciclo revolucionario de 1848 había denunciado los peligros del socialismo y el comunismo como desviaciones morales, llamándolos “sistemas depravados”. Ese fue el argumento que en 1849 había formulado Pío IX en su encíclica Nostis et nobiscum. Allí, el Pontífice relacionó al comunismo y al socialismo con el abuso semántico de conceptos como “libertad” e “igualdad”, y que mediante un “artificioso lenguaje” procuraban engañar a los sectores populares para utilizarlos en sus verdaderos fines: “preparar la destrucción del culto de Dios, y el desquiciamiento de todo orden en las sociedades civiles”40.

El despliegue de estrategias retóricas para denostar al discurso socialista que supuestamente difundía la Sociedad de la Igualdad no se agotó allí. La Revista Católica tradujo y publicó un “Catecismo popular contra los socialistas”. El socialismo era, de acuerdo con el argumento expuesto en dicho texto, una doctrina subversiva que se fundaba en una lectura errónea y extrema de la pulsión democrática por la igualdad, intentando llevar el principio de la “igualdad civil” a la “igualdad natural”; es decir, establecer “un estado de sociedad en que las propiedades y los empleos son divididos por porciones iguales entre todos los individuos”. Dicha perspectiva, aseguraba el Catecismo, no ponderaba en su diagnóstico la desigualdad consustancial de la naturaleza humana, por lo que se podía concluir que “los socialistas son muy insensatos, queriendo sustituir sus principios ridículos a los que son tan antiguos como el mundo”41.

El Verdadero Chileno también publicó dicho Catecismo, alabando lo oportuno de su divulgación, justo en un momento donde la oposición, “bajo la capa de una falsa compasión hacia las clases obreras”, se había esmerado en plagiar “las falsas teorías que han causado desgracias incalculables en el viejo mundo”42. Insistiendo en dicha estrategia, el periódico tradujo y publicó como folletín en sus páginas –y luego dio a la luz como libro– una fábula moralizante sobre los peligros del socialismo para los sectores populares escrita por el abate A. M. Méthivier: Donato o el socialismo juzgado por el buen sentido. Mediante la historia del encuentro entre un humilde campesino y un intelectual socialista –quien le prometía un futuro de prosperidad material, pero que terminó en desastre para Donato y su familia– se pretendía demostrar los peligros para los sectores populares de doctrinas aparentemente benéficas y que, más que una “bebida de esperanza, son sin embargo un brebaje de muerte”. La moraleja de la historia de Donato no podía ser más adecuada para los editores de El Verdadero Chileno, en tanto resumía sus diatribas contra los peligros que encerraba la Sociedad de la Igualdad, lo que explica su afán por publicar el folletín:

“¿Qué ganamos con escuchar a estos caballeros? Para conseguir la felicidad que prometen, y que no es segura, es necesario empezar por destruir lo poco que poseemos. ¿Qué no ve uno lo que ellos quieren? Lo que quieren es simplemente de nuestros brazos para derribar el orden actual que nos aguarda y nos protege”43.

De manera notable, ninguno de los medios de prensa de la Sociedad de la Igualdad —El Amigo del Pueblo y La Barra— hicieron mención alguna al socialismo y al comunismo, salvo para desmentir ser sus difusores. Dichos apelativos aseguraban los medios de la Sociedad, eran estrategias retóricas de los sectores conservadores para desprestigiar sus ideas ante la opinión pública. “Los habitantes de Chile no deben creer jamás en los fines de comunismo que se atribuyen a la Sociedad –aseguraba La Barra– porque en la Sociedad no se trata de quitar a nadie lo suyo; al contrario se trata de asegurarlo por medio del derecho y del respeto a la propiedad”44. Es más, denostando el concepto, agregaban, que “el comunismo es un elemento de anarquía, una fuente de crímenes”45. El mismo Francisco Bilbao se esmeró en marcar distancias frente a la etiqueta de “comunista” que se le atribuía a él y a los igualitarios: “Nos habéis llamado el ‘club de los comunistas’. Y os decimos que no somos comunistas, que no queremos el comunismo, que lo consideramos como un falso sistema –que jamás hemos predicado el comunismo– en ningún lugar y por boca de ninguno de los ciudadanos de la Sociedad de la Igualdad”, sentenciaba46.

Con todo, y pese a este tipo de declaraciones, la imagen de Francisco Bilbao y de la Sociedad de la Igualdad vinculada al socialismo persistió e, incluso, trascendió las fronteras chilenas. De modo sintomático, en un balance sobre el impacto de las revoluciones europeas de 1848, Charles de Mazade, uno de los editores de la prestigiosa Revue des Deux Mondes, sindicó a Francisco Bilbao y su asociación –además de la experiencia neogranadina– como expresiones distorsionadas del socialismo europeo, ideología tipificada de “enfermedad”. En efecto, “la rareza de esta naturalización del socialismo en el Nuevo Mundo”, en sociedades rurales y preindustriales, solo podía ser comprendida como el efecto del carácter “imitativo” de la cultura política hispanoamericana, expresión de una “civilización intelectual más superficial que profunda”. De estos vicios, denunciados en su momento por Félix Frías –señalado por el publicista francés como uno de los opositores más lúcidos del socialismo criollo– daba cuenta la figura de Francisco Bilbao, el “joven Hércules socialista de Chile”, epítome del “tipo juvenil y rutilante de esas imaginaciones casi completamente locas, que abrazan frenéticamente los caprichos y sueños más monstruosos de nuestra civilización”. Esos sueños, materializados en la Sociedad de la Igualdad, habían terminado en un notorio fracaso político, concluía Charles de Mazade47.

El periodista parisino no estuvo solo en este diagnóstico. En paralelo, el abogado e historiador belga Jean-Joseph Thonissen, también impactado por los alcances del ciclo revolucionario de 1848, dio a la luz una ambiciosa obra en la que se proponía trazar, ni más ni menos, una historia del socialismo desde la Antigüedad hasta la Constitución francesa de 1852. La expansión del ideario socialista y sus “doctrinas anárquicas”, sostenía quien fuera profesor de la Universidad de Lovaina, también tenía su capítulo americano, donde Chile y Colombia evidenciaban el extremismo de los “demócratas de la América española” quienes, de modo pueril, “tomaban en serio las fórmulas sonoras de la demagogia europea”. La Sociedad de la Igualdad y las ideas del “joven socialista” Francisco Bilbao, que habían alcanzado el “paroxismo de la exaltación demagógica”, habían demostrado las “tristes consecuencias” de la imitación acrítica de las “locuras del otro hemisferio”, como lo probaban los sucesos santiaguinos de abril de 1851, concluía Jean-Joseph Thonissen48.

El fracaso político del movimiento liderado por la Sociedad de la Igualdad en 1851 terminó por asentar en la discusión pública la serie de prejuicios y aprehensiones hacia el socialismo y el comunismo como doctrinas que minaban las bases de la convivencia social por medio de una exaltación irreflexiva del valor de la igualdad democrática. Quien mejor definió la carga semántica y valórica que ambos conceptos habían adquirido a fines del momento aquí estudiado fue Pedro Félix Vicuña, el viejo caudillo pipiolo, en su obra El porvenir del hombre o relación íntima entre la justa apreciación del trabajo y la democracia. El texto –calificado por la historiografía como una “obra magistral, con un estilo, contundencia y originalidad pocas veces visto en la historia del país” o, bien, como “un trabajo sin brillo estilístico, pero notable”49– fue redactado entre 1851 y 1854 como una reflexión sobre las bases socioeconómicas que requería la democracia para ser viable en el contexto chileno.

Desde la perspectiva de Pedro Vicuña, la democracia requería condiciones materiales de posibilidad, las que eran inexistentes en el contexto chileno debido a la desigualdad en el reparto de la propiedad. “El abuso de la propiedad y del capital ha extraído del pueblo sus últimos jugos, hasta conducirlo al pauperismo, última condición de la degradación humana”, sentenciaba. En esta clave de lectura, el socialismo y el comunismo eran doctrinas que, si bien lograban percibir el problema de fondo del mundo contemporáneo –“todos en medio de sus fantasías y locuras han ido descubriendo el cáncer de nuestra sociabilidad”– debían ser rechazadas, por sus realizaciones concretas en Europa, por la interpretación errónea que realizaban de conceptos claves como la igualdad y por el horizonte político que anunciaban. En este sentido, el propósito del texto de Pedro Vicuña era delinear una hoja de ruta de reformas estructurales en el marco de la propiedad privada (entre las que se contaban la división de las tierras, su arrendamiento o, en caso extremo, la expropiación de terrenos, además del aumento de salarios) justamente para evitar la inevitable revolución que la continuidad del sistema de propiedad chileno provocaría. Del mismo modo, procuraba despertar las alarmas ante la peligrosidad del comunismo como ideario de cambio socioeconómico radical, al ser “incompatible con todo orden social”, porque “el futuro comunismo solo traería a la tierra la barbarie, desapareciendo la civilización”50.

El resurgir del espectro comunista: De la Comuna de París a la movilización social, 1871-1888

La presencia en el debate público chileno de los conceptos ‘socialismo’ y ‘comunismo’ fue escasa durante la mayor parte de las décadas de 1850 y 1860, reapareciendo con fuerza solo a inicios de la década de 1870 impulsada por los sucesos de la Comuna de París51. En efecto, la recepción de dichas noticias dio pie a la circulación de una gran cantidad de términos asociados al socialismo en la prensa de la época. El “socialismo” y “comunismo” se equipararon a las etiquetas de “radicalismo” y “rojismo”, con que se designaba a los revolucionarios, pero también a quienes manifestaban tendencias anticlericales. También, se difundieron los nombres de los principales líderes de la Comuna, entre los que destacaban Victor Hugo y Louis Blanc, pero también los de Henri Rochefort, Louis Charles Delescluze, Félix Pyat y Giuseppe Garibaldi, así como los de aquellos pensadores que, siendo o no socialistas, eran considerados precursores de esta ideología: Voltaire, Claude de Saint-Simon, Charles Fourier, Pierre-Joseph Proudhon y Jules Michelet. Lo más llamativo de la recepción de los sucesos de la Comuna en Chile fue su lectura en clave religiosa y en estrecha relación con la campaña presidencial de ese mismo año. Si bien se denunciaban los atentados a la propiedad, la violencia y la agitación del bajo pueblo, la principal condena a los revolucionarios franceses apuntaba a su combate contra la religión católica, así como a la difusión de ideas racionalistas.

Dado que la llegada de las noticias sobre la Comuna coincidió con el inicio de la campaña presidencial de ese año, sus interpretaciones se cruzaron con las disputas políticas del momento entre los partidarios de la candidatura de Federico Errázuriz, de la fusión liberal-conservadora, y la de José Tomás Urmeneta, respaldado por monttvaristas y radicales. En este escenario, conservadores y liberales utilizaron la revolución parisina para atacar a sus rivales, utilizando los términos ‘socialismo’ y ‘rojismo’ para denostar a sus contrincantes. Del mismo modo, la prensa alertaba sobre las posibilidades de que en Chile se reprodujeran condiciones similares a las que condujeron a la revolución en París. El Mercurio, por ejemplo, criticaba a los supuestos “apóstoles de la democracia”, refiriéndose a la oposición liberal-radical, quienes habían difundido la creencia de que Chile no era una verdadera democracia ni tenía un gobierno republicano, sino una aristocracia, instando así al pueblo a la revolución. El problema de fondo consistía en que se habían comenzado a difundir nociones exageradas de libertad e igualdad antes de pensar en “organizar la democracia, es decir, en hacer un poder social respetable de esa entidad popular que queremos ver disponer a su antojo de la suerte de la república.” Tal era el problema que se estaba viviendo en el país52.

El ambiente de campaña electoral en que se encontraba la política chilena propició este tipo de reflexiones y comparaciones con la situación francesa. Como respuesta a una editorial del periódico La Libertad, que aconsejaba de que en caso de que Federico Errázuriz ganase se debía organizar “la resistencia por todos los medios”, El Mercurio advertía sobre las consecuencias de defender una postura semejante a la luz de los hechos de París, pues “la historia francesa de hoy puede decirles si Victor Hugo, el poeta, Quinet, el publicista, Luis Blanc, el historiador, y Delescluze, el guerrero, podrán contener mañana a las turbas que azuzaron contra el gobierno de la Asamblea Nacional”. Por más que La Libertad buscara distanciarse de los socialistas franceses diciendo que “los rojos de aquí no son los rojos de allá” y “que entre Chile y Francia hay un abismo de separación en destinos”, para El Mercurio ello no era suficiente, pues no habrían probado en la práctica esa supuesta diferencia de doctrinas53.

Los paralelismos entre los “rojos” chilenos y los franceses fue un tópico recurrente en las páginas del periódico El Independiente, medio que de forma sistemática expuso las supuestas semejanzas de ambos movimientos políticos. Durante el mes de mayo el periódico comentó escandalizado las últimas noticias telegráficas acerca de la revolución en París, en las que se informaba sobre los saqueos a iglesias y arrestos de clérigos, cuya manifestación más extrema fue el ataque al arzobispo Georges Darboy, quien había sido “desnudado en la calle, atado a un poste y azotado por una partida de rojos”. Ante la dramática escalada de violencia que se describía, el periódico afirmaba: “los verdaderos responsables de los inauditos atentados que se están perpetrando en París no son ni los que roban, ni los que profanan, ni los que azotan: están un poco más arriba”, culpando así a los políticos, filósofos, historiadores, poetas, periodistas y utopistas que con sus ideas y acciones habían sentado las bases para la revolución que se desarrollaba en Francia y que podría replicarse en Chile54.

Días después, El Independiente retomó el asunto de la Comuna para estudiar “el parentesco que existe entre el rojismo francés y el rojismo chileno para formarnos una idea de consecuencias que traería para Chile el triunfo del partido rojo”, refiriéndose a los sectores anticlericales, tanto radicales como monttvaristas, y a sus medios de prensa: El Ferrocarril y La Libertad. Si bien reconocía que el “rojismo” chileno no creía en los medios violentos, sí identificaba una serie de similitudes entre ellos y los franceses, en lo que describía como semejanzas de principios, conducta, propaganda, odios, simpatías y maestros. En esto, enfatizaba el carácter irreligioso del “rojismo”, por su “odio al Papa y a los obispos que le son más afectos, odio al clero y particularmente a los jesuitas, odio en fin a todos los católicos que conservan la integridad de su fe”; así como sus simpatías “por los masones, por los expoliadores de Roma, por los revolucionarios y los déspotas que hagan sus primeras víctimas entre los hombres de fe”. Asimismo, los ligaba de manera directa con los socialistas franceses por compartir su “comunidad de maestros y de grandes hombres: Victor Hugo y Luis Blanc, Rocherfort y Félix Pyat, Garibaldi y Mazzini”. Por último, sostenía en tono de alerta: “¿Podría algún hombre medianamente versado en la historia asegurarnos que el triunfo del rojismo en Chile no sería seguido de los mismos horrorosos atentados de que se ha hecho reo en París, sometido a su atroz imperio durante algunos días?”55.

Los comentarios de El Independiente no pasaron inadvertidos. El Ferrocarril, uno de los medios acusados de propagar el “rojismo” –y, por ende, una suerte de socialismo– rebatió el análisis del medio conservador respecto de las causas de la Comuna, pues, a su juicio, no se podía culpar al liberalismo de la revolución parisina. Por el contrario, aludiendo al clericalismo, sostenía: “culpables son los que ocultaron al pueblo la verdad y le negaron la justicia; los que lo desviaron del progreso moral e intelectual; los que lo embrutecieron en la ignorancia y lo exacerbaron con el fanatismo”56. Tomando distancia también de la identificación entre el “rojismo” francés y el chileno, El Ferrocarril se defendió argumentando que el apodo de “rojos” aplicado a los progresistas chilenos era un uso antojadizo de la palabra por parte de los conservadores, quienes habían caído en una confusión de términos al querer igualarlos con los socialistas: “Hace tiempo que la facción clerical sostiene que el radicalismo francés –el socialismo– cuya base es la igualdad, es idéntico al radicalismo americano fundado en la libertad”, afirmaba el periódico. Radicalismo y socialismo serían bien diferentes, pues América “siempre que ha tenido oportunidad, ha protestado contra la forma socialista de gobierno que preconizan los políticos europeos”. Dicha postura no debía extrañar, pues en la visión del medio fundado por Juan Pablo Urzúa el socialismo era una doctrina tiránica e impracticable, siendo “una amalgama de ideas generosas y de sueños absurdos.” De allí que concluyera: “los problemas socialistas ni constituyen un sistema político, ni pueden fundar la república democrática”57.

El debate no concluyó allí. El Independiente insistió en los paralelismos entre “rojos” chilenos y franceses. “El socialismo –decía– no es más que uno de los innumerables absurdos que se deducen de los principios fundamentales del rojismo. No todos los rojos son socialistas, porque hay algunos interesados en conservar su bolsa, ni todos los socialistas llegan hasta el fondo del abismo”. A juicio del periódico conservador, la etiqueta de “rojismo” era la que mejor servía para englobar a sus distintas familias, como el racionalismo, el socialismo o la masonería, que poseían una genealogía intelectual común. Y, por lo mismo, habían provocado consecuencias políticas similares a lo largo de la historia: “libertades como las libertades del 93, garantías como las que se están disfrutando en París!”58.

La discusión, que se mantuvo durante casi todo mayo, se vio atizada, además, por las noticias que continuaron llegando sobre el desarrollo de la revolución, particularmente a través de la pluma de Benjamín Vicuña Mackenna, a la sazón corresponsal de El Mercurio. En una misiva, titulada, en un tono alarmante, “La insurrección del comunismo”, el historiador describía en detalle los excesos e intrigas de la Comuna de París. Denunciando los excesos de la revolución, llamaba a sus lectores a imaginar una situación similar en Chile en la cual una mañana estallaran cañones, se hubiesen liberado y armado a los presos de la penitenciaria, fusilado a ministros y agitado a las “muchedumbres” de los barrios del Arenal y Matadero para cumplir “las órdenes de muerte y espanto” de los revolucionarios. Benjamín Vicuña Mackenna analizaba las causas y el carácter de la Comuna, advirtiendo a los chilenos del riesgo de una hipotética expansión del socialismo en Chile. Si bien reconocía que los sucesos de Francia tenían “una evidente y profunda razón de ser en la funesta organización social de Europa, en que el capital es todo”, y para el obrero es “miseria, cadenas, lágrimas y hambre”, el remedio no se hallaba en la insurrección y las barricadas, acciones que solo empeoraban las condiciones de los propios trabajadores. Los excesos revolucionarios y la violencia desatada en París ponían en evidencia que “lo que esos hombres quieren no es la transformación de la sociedad, sino su demolición”, por lo que la insurrección “es, pues, esencialmente comunista”. El contexto chileno hacía imaginables sucesos similares para Benjamín Vicuña Mackenna, siendo peligrosas aquellas peonadas del canal del Maipo y cofradías en ciudades que amenazaban con saquear Santiago, “pues los carrilanos y los canaleros […] no son sino los comunistas de esta parte del mundo, con la única diferencia de la ojota a la blusa de mezclilla”59.

Las reflexiones del historiador dieron pie para que El Independiente reafirmara sus argumentos, pues a su juicio “el corresponsal del Mercurio afirma como nosotros que el socialismo no es más que una consecuencia del rojismo y que sobre este pesa la tremenda responsabilidad de los atentados que se han cometido en París”60. El conflicto y la agitación política propia de los periodos electorales en la época aumentó la intensidad de la polémica, al punto de que El Independiente llegó a ver en la acción política de la oposición liberal-radical una “Comuna de Santiago”. Entre la mofa y la crítica, el medio conservador acusaba a los liberales chilenos de replicar el movimiento francés, pues “allá tienen un Victor Hugo, aquí tenemos un Victorino, es decir Victor Hugo en miniatura”; “allá se hace la revolución; aquí se la aconseja. Allá se levantan barricadas contra el ejército nacional; aquí se arman al pueblo trampas y se le tienden lazos”, concluía61.

Tomando distancia de las acusaciones de simetría política entre “rojismo” y “socialismo”, El Ferrocarril abundó otra vez sobre el punto y declaró:

“Que el socialismo europeo nada tiene que ver con el radicalismo americano, que siempre lo ha combatido. El uno es un sistema filosófico y económico, el otro un sistema político; el uno tiene por base la igualdad, el otro la libertad. El primero trae su origen de la exageración de la doctrina cristiana, funesta exageración, que ha hecho la desgracia de todas las naciones donde ha dominado la teocracia; el segundo es una conquista moderna, que hace al progreso y la felicidad de las naciones donde echa raíces”62.

Para este periódico, la insistencia de los conservadores en igualar al radicalismo con el socialismo era una estrategia para ocultar la responsabilidad de los “ultramontanos” en la ignorancia y desmoralización que habrían promovido entre el pueblo y, en el caso chileno, una simple distracción, pues al atacar al “rojismo” “llegó a hablarnos de socialismo, de radicalismo, de escuelas filosóficas y de principios políticos”, con lo que “formó tan densa niebla a su alrededor que hubo de extraviarse en un mundo desconocido para él”63.

Dada la cercanía de la elección presidencial, realizada en junio de 1871, las discusiones sobre la Comuna perdieron importancia para centrarse de manera específica en los resultados de los comicios. Aunque las interpretaciones sobre la revolución en París estuvieron influenciadas por la campaña electoral, lo que hizo que las discusiones al respecto se centraran, sobre todo, en el carácter anticlerical del socialismo, la Comuna fue un hecho significativo en la concepción que se tuvo del socialismo y el comunismo durante lo que restaba del siglo XIX. Por un lado, proporcionó al conjunto de la élite política fundamentos concretos para desacreditar al socialismo, denunciando sus excesos, violencia y destrucción como consecuencias inevitables de las ideas socialistas y comunistas. Así, el fantasma de la Comuna aparecerá repetidas veces en las revueltas, huelgas y manifestaciones populares durante las décadas siguientes. Por otro lado, fue uno de los primeros eventos que despertaron la genuina preocupación de las élites por las posibilidades de que el socialismo proliferara en Chile64. Las semejanzas que creyeron ver con el radicalismo y anticlericalismo llevaron a los distintos grupos políticos a indagar, aunque de forma incipiente, sobre las causas y consecuencias del socialismo, así como los medios para evitar su expansión en Chile. No obstante, en los años posteriores esta cuestión comenzó a ser abordada desde una arista diferente. Dejada atrás la coyuntura electoral de 1871, el socialismo dejó de ser analizado como consecuencia de las ideas liberales, para ser pensado como resultado de las malas condiciones sociales y económicas que aquejaban a los sectores populares. De este modo, como mostraremos a continuación, las discusiones sobre socialismo comenzaron a tratar con más énfasis cuestiones como el trabajo, la propiedad y la industria en medio de la emergente “cuestión social” que se gestaba en las últimas décadas del XIX.

Las referencias al “socialismo” y al “comunismo” aparecieron con frecuencia en las manifestaciones de violencia y saqueo que de forma esporádica se sucedieron entre las décadas de 1870 y 1880. Por lo general estos hechos ocurrían tras reuniones públicas y meetings políticos que, por diversos motivos, derivaban en revueltas en las que irrumpían de forma violenta las clases bajas. Un ejemplo de ello fue la llamada “insurrección del arrabal”, en octubre de 187865. Aunque en un principio se trató de una manifestación de tintes nacionalistas de protesta contra Manuel Bilbao, que había llegado a Chile como representante de Argentina en la disputa por la Patagonia Austral, en las noches del 7 y 8 de octubre esta degeneró en desórdenes y violentos incidentes. La prensa reaccionó escandalizada por los atentados contra el orden público y la propiedad, y algunos no dudaron en recordar la amenaza del socialismo. Así, por ejemplo, El Estandarte Católico sostuvo que para nadie “es un misterio que el odio del pobre contra el rico, que el veneno comunista es el que alimenta estos desórdenes”66; mientras que El Mercurio recordaba los sucesos de 1871 al afirmar: “la renovación de los desórdenes de la noche del lunes ha debido consternar a Santiago, que, habituado a la tranquilidad y a la calma en él proverbiales, se ha encontrado de repente convertido en teatro de escandalosas escenas a la usanza del París de la Comuna”67.

Como era común, los periódicos católicos eran los que más espacio dedicaban a analizar estas situaciones. En este caso, tanto El Estandarte Católico como El Independiente explicaron las causas de los incidentes en las doctrinas irreligiosas que comenzaban a expandirse en las distintas capas de la sociedad, provocando la desmoralización del pueblo. El presbítero Esteban Muñoz Donoso apuntaba a la enseñanza “irreligiosa” y a las “ideas liberales” como causa de los disturbios. Para el redactor del diario católico de la capital, el pueblo no era “capaz de concebir por sí solo los principios comunistas, pero sí de dejarse alucinar y aceptarlos con entusiasmo, mucho más en tiempo de crisis y de miseria general”. Eso era lo que había acontecido en las calles de Santiago, donde a diferencia de otros hechos similares, “nunca habíamos tenido estas conmociones del populacho inspiradas en el odio al rico, ni estas amenazas a la propiedad, ni estas resistencias a la fuerza pública en la esperanza de que con la victoria vendrá el saqueo”68. Tales sucesos, aclaraba el religioso, eran la consecuencia natural del proceso de secularización impulsada por sectores liberales, que socavaban las bases morales sobre las cuales descansaba el orden social. Porque sin el freno moral de la religión, “el malestar social en las clases pobres de nuestro pueblo” no podía expresarse sino a través de estos episodios. Así, había que recuperar la relevancia social y política de la religión69. El Independiente apoyó esta lectura de los sucesos, insistiendo en la ineficacia en el largo plazo de la represión armada para “devolver la calma a los espíritus trastornados por ideas disolventes”. “El pueblo está desmoralizado y la autoridad ha perdido su prestigio. Tal es la doble profunda causa de las proporciones que ha tomado un tumulto que, sin esas causas, habría pasado completamente inadvertido”. Por eso, concluía, había que recomponer el ethos católico de la sociedad, único factor capaz de contener las tensiones sociales de manera permanente70.

Pese a estas lecturas religiosas, lo significativo de este momento fue que otros periódicos comenzaron a esbozar explicaciones que destacaban las condiciones socioeconómicas de los sectores populares. Por ejemplo, Justo Arteaga Alemparte identificó como antecedente el grave estado de la industria nacional, en la cual “los trabajadores suelen tener días sin pan. Los industriales no encuentran ni capitales de qué disponer ni colocación para sus productos. De ahí el descontento y de ahí que en muchas ocasiones los obreros se pongan en lucha con los jefes de industria”. Llamaba, entonces, a atender estos problemas, pues “si no queremos llegar a las doctrinas locas, es indispensable que lleguemos a las doctrinas lógicas”71. Por su parte, El Ferrocarril consideraba “que la pobreza general hace más fáciles la excitación y el extravío de las capas inferiores de la sociedad”, y añadía: “si los malos instintos sociales no reciben pronta y severa represión en el primer amago de su desarrollo, encuentran fáciles complicidades y adquieren temibles proporciones estimulados por la impunidad y azuzados por el desenfreno”72.

Sin embargo, las repercusiones de la “insurrección del arrabal” fueron limitadas en el tiempo. No sería sino hasta diez años después que el socialismo cobraría, a la vista de los diversos partidos políticos, una manifestación real, cuando una concentración pública exigiendo la rebaja de la tarifa de tranvías desembocó en una manifestación violenta. El conflicto en torno a las tarifas del ferrocarril urbano se había iniciado a comienzos de abril de 1888, y llegó a un punto álgido cuando el recientemente formado Partido Demócrata convocó a un mitin de protesta el 29 de abril. Una vez finalizada la manifestación, una turba comenzó a atacar a los tranvías, produciéndose saqueos y disturbios en los que se quemaron varios carros73. Aunque no era la primera vez que explosiones de violencia ocurrían en Santiago, para todos los sectores políticos la llamada “huelga de los tranvías” resultó un episodio escandaloso. El motivo de preocupación era que, a diferencia de casos anteriores, la reunión pública que precedió a la revuelta había sido organizada por un partido político –el Demócrata– el cual se definía como un partido popular74. Así, los principales diarios del país, con la notable excepción de El Ferrocarril, que defendió a los dirigentes demócratas, no tardaron en asociar a los “demócratas” con el socialismo y con el comunismo, con evidente preocupación por lo que observaron era la clara manifestación de estas doctrinas en Chile.

El Estandarte Católico, por ejemplo, veía en el furor popular “más que un arrebato momentáneo: se ven los primeros síntomas del socialismo, que al presente hace estragos en casi todos los países europeos, y que hasta hoy había sido en Chile planta exótica, que parecía no hallar aquí tierra en que arraigarse”75. El Mercurio, por su parte, afirmaba: “lo que ayer se exhibía claramente era el simple poder de las doctrinas demagógicas en una situación social que no encuentran legítimo alimento en las tristezas y miserias de la plebe”76. La Libertad Electoral declaró: “no queremos ver en esta tierra la funesta demagogia que hipócritamente se cubre con el manto de la democracia, de lo cual es el peor y más peligroso enemigo”77. Y mientras El Independiente aludía al socialismo al decir que “por la primera vez en Chile hemos anteayer presenciado el vergonzosos y criminal espectáculo de la turba alzada para atacar y destruir la propiedad”78, El Heraldo titulaba su editorial del 1 de mayo: “Una manifestación comunista”79.

En cuanto a la búsqueda de explicaciones de los hechos de abril de 1888, se mantuvieron algunos argumentos relacionados con la religión desde los sectores católicos. Por ejemplo, para El Estandarte Católico “el causante de estos males es el liberalismo, que comienza a recoger el fruto de la propaganda de impiedad”, pues el descontento expresado contra los ricos “es una consecuencia del enfriamiento de la fe religiosa”, única capaz de producir “la tranquila resignación del pobre en su miseria”80. Días después, el diario católico insistiría con esta idea, manteniendo que “la primera de las condiciones sociales en que se desarrolla y prospera el socialismo es la desmoralización y la irreligión de las masas; y esta condición ya la tenemos”81.

Con todo, y a diferencia de polémicas anteriores, el debate respecto al papel de la religión tuvo menor importancia en esta ocasión, pues la prensa se abocó a discutir sobre las condiciones sociales que engendraban al socialismo y su posible presencia en el caso chileno. Incluso, El Estandarte Católico se vio obligado a reconocer: “el profundo malestar que se manifiesta en el pueblo es causado por la pobreza general que aqueja a las clases proletarias; y esta pobreza tiene por causa principal la carga abrumadora de contribuciones que pesa sobre los productores e importadores”82. De modo similar, manifestaba que junto a la desmoralización, la otra condición para el socialismo era “la pobreza, producida o por falta de trabajo o por falta de voluntad de pedir al trabajo el pan de cada día”83. Un juicio similar expresaba El Heraldo, al sostener: “la primera y principal causa que está produciendo esa fermentadora levadura del malestar social consiste, en nuestro concepto, en la miseria del pueblo”84. Y, aunque aclaraba que la situación no era tan grave como para presagiar la inminencia de “la guerra de clases, la guerra social”, advertía que se podía llegar a esta “si no nos prometemos conjurar con tiempo el mal por actos de previsión y de cordura”85. El Mercurio, por su parte, declaró: “lo que ayer se exhibía claramente era el simple poder de las doctrinas demagógicas en una situación social que no encuentran legítimo alimento en las tristezas y miserias de la plebe”, situación que dejó “entrever un horizonte de desbordes sin nombre si llega para el país una hora de crisis económica, una hora de estrechez y de miseria”86.

Este tipo de diagnóstico no fue compartido por toda la prensa. El Independiente, periódico conservador en términos políticos y morales, aunque defensor sistemático del liberalismo económico, dudaba de que en Chile hubiese pobreza al punto de engendrar doctrinas socialistas. Desde su punto de vista, era comprensible que en Europa “las pasiones de la miseria, condenadas en las bajas clases, engendren monstruos semejantes a los del socialismo y el nihilismo”, pero no en Chile, donde “el hombre del pueblo encuentra en la actualidad trabajo y remuneración donde quiera y como quiera”87. El periódico porteño La Unión, aunque matizaba la supuesta abundancia disponible para los obreros, aseguraba que aquí “no tiene la demagogia comunista, ni siquiera los pretextos con que en las viejas sociedades europeas cohonesta sus violencias doctrinarias y revolucionarias”. Por eso, la principal causa de los sucesos de la capital “consiste en la desmoralización que producen en las inteligencias incultas y en los ánimos exacerbados los malos ejemplos y las prédicas subversivas”88.

Otras publicaciones fueron mucho más enfáticas en negar las causas económicas del socialismo. El diario La Época declaraba no contarse “en el número de los que creen que en Chile hay terreno preparado para la germinación de la planta venenosa del socialismo revolucionario”89. Según este periódico, la supuesta cuestión social no era sino una creación artificial, usada para exaltar al pueblo. Como reiteraba en una editorial posterior, “hay una ilusión muy peligrosa en lo de creer que en el fondo de todo movimiento socialista debe verse una protesta contra la situación aflictiva que crean al obrero las imperfectas leyes humanas”90. En una línea similar, La Patria negaba la existencia del socialismo en Chile. Ante las diversas interpretaciones de la prensa, “quien ha visto en esta explosión demagógica el comienzo del socialismo en Chile”, el medio de Valparaíso aseguraba que todo aquello era una “ilusión óptica”. El periódico negaba así cualquier posibilidad de que el socialismo o doctrinas afines tuvieran posibilidades de aparecer en Chile, pues

“En un país como el nuestro, escaso de población, lleno de riquezas no explotadas por falta de brazos, fecundo en la producción de alimentos de primera necesidad, gobernado por instituciones liberales y benignas, en paz con todo el mundo y protector asiduo de la labor honrada: no pueden encontrar terreno y asidero esas plantas parásitas que se llaman nihilismo, comunismo, socialismo y pauperismo”91.

“Solo el socialismo salva a los pueblos”92: Resignificación conceptual y construcción partidista en la década de 1890

Hacia fines del siglo XIX comienza a evidenciarse un cambio en los significados y valoraciones que se tenían del socialismo. Aunque las connotaciones negativas de las ideas socialistas y comunistas continuaron siendo predominantes, desde mediados de la década de 1890 aparecieron las primeras menciones en términos positivos y que, hacia los últimos años de esta década, se plasmarían en los primeros intentos de levantar partidos identificados con dicha doctrina. Es decir, el socialismo comenzó a ser concebido como una ideología con proyecciones programáticas. Lo que resulta notable de este proceso fue la rapidez con que se produjo este cambio conceptual. Es probable que el espacio abierto por el Partido Demócrata para discursos alusivos a la dimensión igualitaria de la democracia y con contenidos de reivindicación popular, como lo era el socialismo, haya facilitado la difusión de dichas ideas, pues un grupo importante de los primeros socialistas chilenos pertenecían a las filas demócratas. Decisiva fue también la colaboración de algunos militantes argentinos con agitadores obreros en Chile, contacto que potenció la presencia del socialismo en el ámbito local. No obstante, considerando el rechazo generalizado que existió hacia esta ideología durante todo el siglo XIX, su transformación en un lenguaje político convocante y movilizador, concebido como una posible solución a las demandas de la clase obrera, se efectuó en un periodo bastante breve.

Una de las primeras defensas abiertas del socialismo ocurrió en 1893 por parte del publicista Víctor José Arellano, quien en 1887 había dirigido dos diarios cercanos al Partido Democrático en Valparaíso: La Voz de la Democracia y Ecos del Taller. La defensa del publicista al socialismo surgió como respuesta a la Pastoral sobre la propaganda de doctrinas irreligiosas y antisociales del arzobispo Mariano Casanova, publicada en abril de ese mismo año. En dicho documento, advertía a los fieles sobre las doctrinas difundidas en el país, que comenzaban a socavar la fe católica y, en consecuencia, los cimientos mismos de la sociedad chilena. Entre ellas, identificaba a la “plaga socialista” como parte de la propaganda irreligiosa, cuestión que resultaba alarmante como síntoma del retroceso que sufría el catolicismo, pues el socialismo “solo se propaga donde la religión ha perdido su imperio”. Atacaba, además, al socialismo con argumentos similares a los utilizados en las décadas previas, perfilándolo como una doctrina extranjera cuyos efectos disgregadores y trastornos sociales, ya presentes en Europa, debían ser evitados en Chile, y criticándolo por establecer “como un derecho la igual repartición de los bienes de fortuna entre todos los ciudadanos y, como consecuencia, la abolición de la propiedad”93.

La respuesta de Víctor Arellano rebatía la pastoral desde diversas aristas, ocupándose de temas científicos, filosóficos y económicos para denunciar la falsedad del cristianismo y sus crímenes contra la humanidad. También perfilaba al socialismo como una doctrina racionalista y de progreso que en ningún caso se encontraba en oposición a la Divinidad, sino, más bien, al Dios católico. Apoyándose en Voltaire, el autor reconciliaba el socialismo con la Divinidad, pues: “puede el hombre transformar la naturaleza obedeciendo a una ley de progreso; pero jamás podrá crear la fuerza y la materia que da vida al universo”. El socialismo, en ese sentido, reconocía el origen extrahumano del universo, pero ello no impedía a los individuos actuar sobre la naturaleza. La falsedad del catolicismo yacía precisamente en haber atribuido la creación a su propio dios, distinto al Dios universal, a modo de justificar la desigualdad entre las personas y la imposibilidad de alterar el orden establecido. De allí que, a diferencia de los católicos, “los socialistas no culpan a Dios de los males que aquejan al ser humano”. El publicista se ocupaba luego de responder a las acusaciones de Mariano Casanova respecto a la repartición de bienes y la abolición de la propiedad. Citando de modo extenso a los sansimonianos franceses, argumentaba que, si bien el socialismo buscaba la comunidad de bienes, entendida como la repartición de la producción, ello no significaba un atentado a la propiedad, sino solo contra el privilegio de algunos de vivir del trabajo ajeno. “A los ojos del socialismo –mantenía el autor– ningún ser necesita de lo superfluo de los demás. Los bienes serán adjudicados: ‘a cada cual según su capacidad; a cada capacidad según sus obras’. ¡Eso es equitativo, eso es justo!”. Su artículo finalizaba denunciando la persecución de muerte del catolicismo a personajes como Giordano Bruno, Girolamo Savoranola, Tommaso Campanella, Francis Bacon y James Harrington, entre otros; todo “por haber propagado el socialismo, doctrina que encarna el conjunto de medios que deben hacer cesar el estado de languidez que postra y consume las naciones”, y cuyo “fin mediato es la transfiguración de la humanidad por la justicia, la belleza, la salud, la riqueza, la armonía; su fin mediato es la extinción del pauperismo, la abolición de la prostitución, la difusión de las luces: la felicidad humana”94.

Otro ejemplo de las nuevas concepciones que comenzaban a aparecer sobre el socialismo, aunque sin la elaboración del texto de Víctor Arellano, se puede encontrar en el periódico demócrata La Igualdad, publicado entre 1894 y 1896. En uno de sus números, un colaborador del rotativo, firmando bajo el seudónimo del revolucionario francés Camilo Desmoulins, elogiaba la realización de una asamblea con miras a fundar una organización que agrupara a las diversas sociedades obreras, la Confederación Obrera de las Sociedades Unidas, cuyo propósito sería no solo contrarrestar las malas condiciones de vida de los obreros, sino, también, “el avance solapado y el despotismo de los explotadores de la clase trabajadora”. En ese sentido, destacaba el papel representado por el Partido Democrático en la organización de la clase trabajadora, afirmando: “Si hoy tenemos un gran partido político, mañana veremos levantarse, toda una falange de trabajadores sin distinción de gremios, obedeciendo a un solo pensamiento, a una sola idea socialista”95.

A lo largo de la vida de este periódico, el concepto puede encontrarse de forma esporádica, aunque sin profundizar en su contenido, por lo que resulta difícil precisar su significado. Sin embargo, los usos de los términos ‘socialista’ o ‘socialismo’ parecían indicar que no se los entendía necesariamente como un cuerpo coherente de ideas o conceptos, sino, más bien, correspondía a una noción relacionada con la organización social de los obreros en el sentido de establecer lo que en la época se llamaba una nueva “sociabilidad”. Ejemplo de ello fue otra colaboración firmada bajo el seudónimo de “Templario” en el que instaba a las clases obreras a su organización. En el artículo, el autor convocaba al obrero a la formación de sociedades, “porque ya debes estar convencido por experiencia propia, que esos colegios son los que regenerarán y darán moral y enseñanza a muchos que como tú, no alcanzaron a aprender los necesario para saber gobernarse a sí mismos”, añadiendo luego: “Dejad que digan lo que quieran los antisocialistas, ellos no podrán oscurecerme. ¿Podrán negar que en las sociedades ha sido donde han aprendido a cantar los que antes gemían?”, concluyendo con un llamado a la lucha “en pro de la sociabilidad96.

Este cambio en la valoración que se tenía del socialismo comenzó a consolidarse en los últimos años de la década de 1890, con los primeros movimientos y partidos que adhirieron de forma explícita a esta ideología. Este proceso se vio impulsado luego de las fuertes divergencias y fricciones internas analizadas por Sergio Grez que se produjeron al interior del Partido Demócrata luego de que este decidiera colaborar con la Alianza Liberal en 189697. Así, los militantes demócratas que se mostraron en desacuerdo con la medida recurrieron al socialismo como forma de marcar distancia con la política de su Partido. Una de las primeras organizaciones en la que se puede evidenciar este giro hacia el socialismo fue el Centro Social Obrero, agrupación gremial fundada en 1896 en que participaban algunos militantes demócratas. En el segundo número de su periódico El Grito del Pueblo se publicó una columna titulada “¡El socialismo en Chile!”, cuyo autor firmaba bajo el seudónimo de Karl Marx. En este breve artículo se indicaba cómo las ideas llegadas a Buenas Aires cruzaban la cordillera para “sentar sus reales en el indolente Chile y convertir a los hijos del pueblo en hombres libres que luchan sin miedo por emanciparse del tutelaje burgués”, agregando: “las ideas redentoras del socialismo, después de arraigarse firmemente en el proletariado argentino, penetran en Chile y principian su obra bienhechora”98. También en su número del 13 de diciembre, una carta proveniente de Iquique, firmada bajo el nombre de “Pero Grullo”, elogiaba la publicación del periódico, indicando: “la doctrina, santa y elevada, que sustenta El Grito del Pueblo, cual es el socialismo, ha hecho que los obreros miren en su apreciado órgano, al único y legítimo representante de sus intereses”99.

El Grito del Pueblo dejaría de publicarse a fines de diciembre de 1896, pero por medio de sus redactores, Hipólito Olivares y José Gregorio Olivares, por entonces expulsados del Partido Democrático, junto a los obreros Luis Olea, Magno Espinoza y Alejandro Escobar y Carvallo, darían paso al primer intento de establecer un partido socialista en Chile, la llamada Unión Socialista, fundada en 1897100. La fundación de este Partido estuvo relacionada de modo directo con la correspondencia que varios de los miembros mencionados, particularmente Alejandro Escobar y Carvallo, sostuvieron con los intelectuales argentinos José Ingenieros y Leopoldo Lugones, quienes representaban una corriente más radical dentro del Partido Socialista Argentino, de reciente fundación, que ellos denominaban como “socialismo revolucionario”101. Ambos intelectuales argentinos no solo instaron a sus compañeros chilenos a fundar una agrupación política, sino que facilitaron la difusión de numerosas obras extranjeras y publicaciones de su propio medio, La Montaña. Así, en un esfuerzo por impulsar el socialismo en Chile, en septiembre de 1897 la Unión Socialista inició la publicación de un periódico, El Proletario, el que exhibía un marcado lenguaje clasista y una propuesta revolucionaria.

A través de las páginas de El Proletario, y a diferencia de otros usos anteriores del término, se proyectaba de modo más nítido el propósito de difundir el socialismo como una doctrina política que estuviese encarnada en un partido político, razón por la cual sus redactores solían referirse a su propia organización como “partido socialista”. En su editorial del 10 de octubre, Luis Olea manifestaba que uno de los principales objetivos de El Proletario era “robustecer la propaganda ya iniciada en hojas sueltas o folletos destinados a dar a conocer las teorías filosóficas de la doctrina socialista”102. La convocatoria a los obreros a sumarse a este esfuerzo político aparece con más fuerza en la editorial del último número del 17 de octubre, en la cual, anunciando la realización de su primera asamblea, declaraba que el “Partido Socialista no es una utopía en Chile, sino una necesidad. No es una quimera su organización, sino una brillante realidad que dentro de poco conmoverá al mundo político”, agregando que era deber “de todas las clases proletarias y de los que piensan libremente, concurrir al llamado de la Unión Socialista, que trae en su bandera, la reforma social, para redención de los oprimidos”103. En un tono similar, y reafirmando la pretensión partidista de la Unión Socialista, Magno Espinoza sostenía en ese mismo número que “el socialismo al venir a tomar parte en el concierto de los partidos políticos en Chile, viene desempeñando un papel como el de Cristo entre los judíos, que esperado por estos, para su redención; también el socialismo viene a Chile, a redimir a la clase obrera”104.

Uno de los rasgos distintivos del socialismo de la Unión Socialista y que, como veremos luego, contrastaba con otras corrientes de estos años, era su declarado carácter revolucionario. Magno Espinoza, por ejemplo, sostenía en uno de sus artículos: “todo el mundo sabe que la revolución social es todo aquello que trata de innovar lo perjudicial por lo bueno y legal; reforma de la constitución de la actual sociedad, y al emanciparse el proletario se destrona la burguesía; tenemos, que somos revolucionarios y en muy alto grado”105. De igual modo, otro colaborador del periódico declaraba: “la Revolución Social, es la que todos los pueblos persiguen, porque es una necesidad que se impone a toda otra, para atacar de frente al monstruo absorbente de la burguesía”106. En un intento de desmentir el supuesto carácter violento del socialismo y la revolución, Luis Olea profundizaba en este asunto aclarando: “nosotros los socialistas revolucionarios no queremos contrariar el desenvolvimiento natural de las leyes de la naturaleza; no queremos la destrucción ni aún la lucha ardiente que suele conducir a fatales extremos, sino la lucha empeñada con los medios pacíficos de la razón contra la imposición, de la sana filosofía contra el sofisma y la mentira”107.

Sin embargo, este componente revolucionario no era del todo compartido por otras vertientes socialistas que surgieron en este periodo. Muestra de esta divergencia fue el Partido Obrero Francisco Bilbao, fundado en 1898 por el entonces también exdemócrata Alejandro Bustamante, el que exhibía rasgos más moderados en su propuesta política. Aunque en su profesión de fe reconocía que “el vasallaje económico del proletariado es la única causa de los males que afligen al pueblo” y que, en consecuencia, no existiría libertad económica mientras los obreros no fuesen “dueños del total fruto de su trabajo”, el Partido Obrero Francisco Bilbao proponía soluciones a través de un programa de reformas. Por eso sostenía que la regeneración humana solo podría realizarse “transformando el monopolio industrial de los elementos de trabajo en propiedad común”, aclarando luego: “el arma poderosa con que el obrero ha de operar estas saludables reformas sociales, es el sufragio; siempre que la clase dirigente respete los derechos políticos de los trabajadores, y no nos arrastre con sus abusos electorales a otros medios más desagradables”108. En esta línea, en su periódico El Trabajo, el propio Alejandro Bustamante morigeraba el conflicto de clases vinculado al socialismo, sosteniendo que este: “no es hijo de la necesidad, del odio a los ricos, ni de los climas, ni de las fórmulas de gobierno, sino que por el contrario proclama el imperio el trabajo para que la sociedad se componga de ricos”, añadiendo que el socialismo “no pretende la comunidad de bienes” ni “procura ninguna idea religiosa”, sino que en tanto “anuncio de progreso común a todos los hombres” apuntaba a su mejoramiento tanto físico como moral109.

Las disputas semánticas sobre el significado del socialismo no se dieron solo en el seno de las coaliciones que se atribuían dicha identificación. Luis Emilio Recabarren, por ejemplo, aun siendo militante demócrata, cuestionó los usos del concepto por parte de publicistas como Luis Olea, a quien calificó de “loco”, “parásito” y de difundir un “socialismo exaltado” que solo lo tenía a él como único cultor. Porque existía un “socialismo bien entendido”, aquel que no era una “amenaza para la humanidad” en tanto podría construirse sin apelar a medios violentos: “Pensamos en que pueden hacerse transformaciones sociales, en la igualdad humana, en la desaparición de las injusticias, en el alivio de las clases proletarias, en la nivelación relativa de las fortunas, en la disminución de las grandes riquezas que deben contraerse al desarrollo industrial”; tal era el socialismo defendido por Luis E. Recabarren110.

Este tipo de controversias conceptuales y partidistas en un momento en que las ideas socialistas recién comenzaban a tomar forma en el contexto chileno, resulta revelador del problema constitutivo que acarreaba el concepto de revolución que, aunque central para esta ideología, resultaba inestable y disputado entre los propios socialistas111. En este sentido, la disyuntiva entre revolución y reforma puede hallarse entre los debates iniciales entre lo que Sergio Grez ha identificado como las tendencias gradualistas y rupturistas en la izquierda chilena112.

Un último aspecto que destaca en las corrientes socialistas de estos años es la incipiente aparición de Karl Marx como una de las figuras señeras del socialismo. Si bien, como ha mostrado Luis Ortega113, el nombre de Karl Marx como un líder destacado del movimiento socialista internacional no era desconocido en la prensa chilena desde la década de 1870, su figura mantuvo la carga negativa que acarreaba el socialismo en esa época. El cambio que ocurre en los años revisados en este apartado, paralelo a la transformación que experimenta el vocablo ‘socialismo’, es una valoración positiva del ideólogo alemán y su obra. En comparación con el caso argentino, cuya relación con el movimiento socialista chileno ya indicamos más atrás, esta recepción del comunista alemán fue algo más tardía en el caso chileno. En Argentina, la circulación de su nombre y obra con una valoración positiva, y no solo en su connotación negativa propia del siglo XIX, puede hallarse desde fines de la década de 1870 y durante la de 1880114. Por el contrario, en Chile recién puede observarse esta tendencia desde mediados de la década de 1890, cuando su obra comienza a ser reconocida como marco de interpretación y análisis propios del socialismo. En este sentido, el artículo antes citado de El Grito del Pueblo de 1896, cuyo autor firmaba como Karl Marx, resulta revelador de la creciente influencia del pensador alemán, pero no es el único ejemplo de los casos acá revisados. También fue significativo el artículo que Víctor José Arellano publicó ese mismo año, en el que, para analizar las condiciones del capital y el trabajo obrero en Chile, recurría a destacadas obras de Karl Marx y Friedrich Engels, como El capital y Del socialismo utópico y socialismo científico115.

De igual modo, la creciente importancia del ideólogo germano también puede apreciarse en los escritos de la Unión Socialista. En una carta comentando el sumario de una publicación titulada Álbum de las sociedades obreras, Luis Olea afirmaba que en los temas tratados en dicha obra se podía divisar “al gladiador temerario que desafiando las fieras humanas esgrime con la seguridad del éxito las armas de la razón, templadas en el yunque de las teorías de Marx”, advirtiendo luego a la burguesía “que el día fatal de la vindicación llegará al fin, y entre los escombros de todo un régimen se alzará triunfante el Sol del Socialismo”116. La importancia dada a la figura de Karl Marx también se dejaba ver en un artículo de Alejandro Escobar y Carvallo, en el que este declaraba que la solución a los grandes problemas de los obreros se hallaba en el “programa del Partido Socialista, partido universal, compuestos de los hombres que trabajan para vivir, de los hombres que no roban, por medio del capital, el producto del trabajo de otros hombres”. Según lo planteaba el autor, para conseguir sus propósitos, el Partido Socialista proclamaba “la conquista del poder”, la cual no se lograría mediante el atentado o la rebelión, “sino por la científica aplicación combinada de las leyes naturales de Carlos Darwin, con las leyes económicas de Carlos Marx, o sea la proximidad de la última fase de la evolución natural, la revolución económica político-social”117.

Reflexiones finales

En estas páginas hemos trazado la historia de los usos y sentidos que los conceptos ‘socialismo’ y ‘comunismo’ tuvieron el debate público del siglo XIX chileno. Al respecto, un examen general de lo expuesto hasta aquí permite arribar a tres constataciones significativas. La primera es lo sorprendente –tanto por su contenido semántico como por su breve duración– de sus primeros usos en la opinión pública nacional. En efecto, como hemos documentado, las primeras invocaciones a ambos conceptos remitían a un marco de referencia propio del campo de la literatura y de su articulación, en clave romántica, con la noción de “sociabilidad” antes que con una reflexión de tipo político-económica. Dichos usos, propios de las discusiones fundacionales de las llamadas Generación del 37 y Generación del 42, pronto cedieron paso a su asociación con la noción de cambio radical en el orden social y en el régimen de la propiedad privada.

En segundo término, podemos sostener que tal asociación conformó un patrón de usos y sentidos de ambos conceptos, que perduró durante todo el siglo XIX. En términos generales, tanto ‘socialismo’ como ‘comunismo’ se utilizaron de manera sistemática como epítetos para denigrar o estigmatizar posiciones políticas consideradas como extremas desde el prisma ideológico de la democracia liberal o por su lejanía con sus presupuestos, motejadas como utópicas. En particular, dichas acusaciones remitían a un proceso de redefinición errónea de la igualdad democrática que posibilitaban sus usos en registros diferentes de la igualdad ante la ley. Así, cualquier postura que cuestionara lo inoperante de este presupuesto en un marco económico desigual, denunciara la estratificación social chilena o criticara el régimen de reparto de la propiedad privada en el contexto local, pronto podía ser tachada de socialista o comunista, por más que los mismos críticos nunca utilizaran tales conceptos en sus análisis o tomaran distancia inmediata de dichas posturas. No obstante, los cuestionamientos hacia las posturas tipificadas de “socialistas” y “comunistas” –con o sin fundamento– no provenían solo desde sectores identificados con los presupuestos de la democracia liberal. Es más, la mayor cantidad de críticas, incluso las más descarnadas, provinieron desde los sectores católicos. Si el énfasis de los primeros denuestos remitía a lo que se consideraba abusos del paradigma igualitario, desde la perspectiva religiosa el acento estuvo en denunciar la filosofía materialista y atea que subyacía al diagnóstico socialista y comunista de la realidad. La difusión de este tipo de doctrinas antirreligiosas y en un clima de creciente secularización llevaría de modo inevitable a la desmoralización colectiva, al debilitamiento de los vínculos sociales y, como corolario, al colapso del orden establecido.

En tercer lugar, resulta destacable que el proceso de transformación del socialismo y de su campo semántico en una identidad política legítima, no fuera el resultado de un proceso gradual de acumulación de usos positivos previos del concepto en el ámbito local, sino, por el contrario, irrumpiera en un periodo muy acotado, con posterioridad a la guerra civil de 1891. Como hemos señalado, en menos de una década hubo un intenso trabajo intelectual de parte de sectores pertenecientes o afines al mundo obrero para despojarlo de su histórica carga peyorativa, en un claro ejercicio de lo que Quentin Skinner llamaría “redescripción retórica”, es decir, aquel proceso por el cual una serie de conceptos que cuentan una valoración negativa son redefinidos como positivos por un grupo de “innovadores ideológicos”118. Dicho trabajo intelectual de fines del siglo XIX consiguió asignarles a tales conceptos una valoración positiva, permitiendo así tanto la identificación ideológica sin ambages con el socialismo como la articulación de proyectos políticos y asociativos construidos sobre la base de su ideario.

Hay diversas razones que permiten entender el cambio conceptual operado en este punto. Una de nuestras conclusiones centrales es que la transformación semántica y valorativa de la familia ideológica del socialismo no puede ser comprendida sin tomar en consideración las condiciones político-económicas en las cuales se expresó, en tanto el nuevo contexto de enunciación de dicho discurso hacia la década de 1890 hacía viable su asimilación como ideario pertinente para explicar los cambios socio-estructurales existentes en el Chile finisecular. Dicho en otros términos, a esas alturas del siglo existían condiciones materiales de posibilidad para que el discurso socialista tuviese potencial de convocatoria en un contexto de agudización de la llamada “cuestión social” y de transformación de las sociabilidades obreras resultantes del proceso de industrialización y urbanización. En ese sentido, el socialismo y el comunismo se posicionaron pronto como ideologías que poseían herramientas teóricas y conceptuales con capacidad de hacer inteligibles tanto los cambios como las contradicciones del Chile de la “cuestión social” y su inserción en el contexto del capitalismo global.

Además de estas transformaciones en el contexto local, la trayectoria semántica antes descrita también debe ser entendida en el marco de un diálogo transnacional. En efecto, los significados dominantes de dichos conceptos y los posicionamientos valóricos que provocaban estaban en estrecha relación con coyunturas políticas e ideológicas europeas. Estas contribuyeron a la discusión por medio de la instalación de temores y de ejemplos negativos, proveyendo un corpus de experiencias históricas decisivas para entender los imaginarios forjados sobre el socialismo y el comunismo. La experiencia revolucionaria de 1848, los sucesos de la Comuna de París y, a fines del siglo, la expansión del ideario de la II Internacional, fueron hitos centrales que conformaron el perfil negativo asociado a dichas doctrinas. Con todo, el dialogo transnacional no se orientó solo hacia Europa. Como hemos examinado en este trabajo, los intercambios ideológicos con el Río de la Plata fueron centrales, en la discusión fundacional de la década de 1840 y en la reformulación doctrinal que sufrieron ambos conceptos a fines del siglo XIX, y que posibilitaron su inclusión partidista en el marco del debate político local.

1Este artículo forma parte del proyecto Fondecyt Iniciación n.° 11160298: “El espectro del pueblo: la conceptualización de la democracia en Chile, 1841-1887”.

2Arnault Skornicki et Jérôme Tournadre, La nouvelle histoire des idées politiques, Paris, La Découverte, 2015.

3Al respecto, véanse las directrices contenidas en Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos, Barcelona, Paidós, 1993 e Historias de conceptos. Estudios sobre semántica y pragmática del lenguaje político y social, Madrid, Trotta, 2012.

4Es la aproximación presente, por ejemplo, en el trabajo de Hernán Ramírez Necochea, Historia del movimiento obrero en Chile, Concepción, LAR, 1986, pp. 201-254.

5Michael Freeden, Ideologies and Political Theory: a Conceptual Approach, New York, Oxford University Press, 1996, p. 7.

6La excepción más notable es el trabajo de Eduardo Devés y Carlos Díaz, El pensamiento socialista en Chile. Antología 1893-1933, Santiago, Ediciones Documentas / Nuestra América Ediciones, 1987. En una línea de investigación más amplia, que ensancha la definición del campo socialista y sectores ideológicos afines —aunque para un periodo posterior al que aquí abordamos—, véanse los trabajos de Peter de Shazo, Trabajadores urbanos y sindicatos en Chile: 1902-1927, Santiago, Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, colección Sociedad y Cultura, 2007, vol. XLVI; Julio Pinto, “El anarquismo tarapaqueño y la huelga de 1907: ¿apóstoles o líderes?”, en Pablo Artaza, et. al, A 90 años de los sucesos de la escuela Santa María de Iquique, Santiago, LOM/Dibam, 1998, pp. 259-290; Víctor Muñoz, Sin dios ni patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990), Valparaíso, Mar y Tierra Ediciones, 2013 y Sergio Grez, Los anarquistas y el movimiento obrero. La alborada de “la Idea” en Chile, 1893-1915, Santiago, LOM Ediciones, 2007, entre otros.

7Julio César Jobet, Recabarren y los orígenes del movimiento obrero y el socialismo chilenos, Santiago, Prensa Latinoamericana, 1973.

8Cfr. Julio César Jobet, Santiago Arcos Arlegui y la Sociedad de la Igualdad (un socialista utopista chileno), Santiago, Imprenta Cultura, 1942; Gabriel Sanhueza, Santiago Arcos, comunista, millonario y calavera, Santiago, Editorial del Pacífico, 1956; Julio Sepúlveda, Francisco Bilbao: precursor del socialismo, Santiago, Ediciones Boccanegra, 1971. En un registro distinto al que aquí proponemos, la historia social ha tenido sus propias querellas —a ratos bizantinas— sobre el contenido “socialista” del pensamiento de Francisco Bilbao o Santiago Arcos. Así, Luis Vitale sostiene que más que socialistas, las ideas de Santiago Arcos serían solo “democrático-burguesas”, véase: Interpretación marxista de la historia de Chile, Santiago, Prensa Latinoamericana, 1971, vol. II, p. 220. Desde una posición más moderna, Cristián Gazmuri señala que más que estar en presencia de un pensamiento claramente socialista, los ejemplos de Francisco Bilbao y Santiago Arcos demostrarían, en el primer caso: “poca claridad intelectual” y, en el segundo, una identificación con una corriente “liberal progresista”, véase: El “48 chileno”. Igualitarios, reformistas, radicales, masones y bomberos, Santiago, Editorial Universitaria/Dibam, 1999, pp. 96 y 90. Por último, Sergio Grez, sintetizando esta postura, afirma que en el caso de Santiago Arcos, sus ideas, aunque más avanzadas, “difícilmente podrían ser asimiladas al pensamiento socialista”, coincidiendo en las etiquetas de “democrático-reformista o liberal-progresista” para caracterizar su ideario, en: De la “regeneración del pueblo” a la huelga general. Génesis y evolución histórica del movimiento popular en Chile (1810-1890), 2ᵃ ed., Santiago, RIL Editores, 2007, p. 341.

9Quentin Skinner, “Significado y comprensión en la historia de las ideas”, en Quentin Skinner, Lenguaje, política e historia, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 2007, pp. 137-140.

10Luis Alberto Romero, La sociedad de la igualdad: los artesanos de Santiago de Chile y sus primeras experiencias políticas, 1820-1851, Buenos Aires, Instituto Torcuato di Tella, 1978, p. 50; Jaime Massardo, La formación del imaginario político de Luis Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de la cultura política de las clases subalternas de la sociedad chilena, Santiago, LOM Ediciones, 2008, p. 182.

11Luis Ortega, “Los fantasmas del comunismo y Marx en Chile en la década de 1870”, en Revista de Historia Social y de las Mentalidades, n° 7, vol. 2, Santiago, 2003, pp. 11-23.

12Carlos Huneeus, La Guerra Fría chilena: Gabriel González Videla y la Ley Maldita, Santiago, Debate, 2009; Marcelo Casals, La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo a la “campaña del terror” de 1964, Santiago, LOM Ediciones, 2017. Con todo, este autor es consciente del espesor temporal del fenómeno y le dedica algunas páginas al siglo XIX en su trabajo, pp. 55-60.

13Horacio Tarcus, El socialismo romántico en el Río de la Plata (1837-1852), Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2016, pp. 188-198.

14Al respecto, véase el clásico trabajo de Paul Bénichou, El tiempo de los profetas. Doctrinas de la época romántica, México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

15Vicente Fidel López, “Clasicismo y romanticismo”, en Revista de Valparaíso, n.° 4, Valparaíso, mayo de 1842, p. 122. En adelante, y salvo en los títulos de los trabajos citados, la ortografía de las citas ha sido actualizada.

16Domingo Faustino Sarmiento, “Continúa el examen del artículo romanticismo”, en El Mercurio, Valparaíso, 28 de julio de 1842 (cursivas en el original).

17“El Correo de Ultramar”, en El Progreso, Santiago, 10 de febrero de 1843.

18“Revista de la semana”, en El Progreso, Santiago, 5 de diciembre de 1843.

19“Instituto de caridad evangélica”, en El Progreso, Santiago, 25 de febrero de 1843.

20Francisco Bilbao, “Sociabilidad chilena”, en El Crepúsculo, Santiago, 1 de junio de 1844.

21Juri. Defensa del artículo Sociabilidad Chilena, en El Crepúsculo, Santiago, 1 de agosto de 1844.

22“Sección Correspondencia”, en El Progreso, Santiago, 28 de junio de 1844.

23Rafael Valentín Valdivieso, “Refutación de los errores religiosos y morales del articulo Sociabilidad chilena”, en José Ramón Astorga (ed.), Obras científicas i literarias del Ilmo. I Rmo. Sr. Don Rafael Valentín Valdivieso, Santiago, Imprenta de Nuestra Señora de Lourdes, 1904, tomo III, pp. 730, 731, 733, 744, 850 y 854.

24Félix Frías, El cristianismo católico considerado como elemento de civilización en las repúblicas hispano-americanas, Valparaíso, Imprenta del Mercurio, 1844, pp. 44 y 61.

25“El socialismo”, en La Revista Católica, n.° 69, Santiago, 15 de julio de 1845.

26Sobre el impacto de estos sucesos en Hispanoamérica, véase Guy Thomson (ed.), The European Revolutions of 1848 and the Americas, London, Institute of Latin American Studies, 2003.

27“Tribunales franceses. Proceso a los comunistas”, en El Mercurio, Valparaíso, 18 de octubre de 1847.

28Félix Frías, “La revolución europea”, en El Mercurio, Valparaíso, 24 de septiembre de 1849.

29“España”, en El Mercurio, Valparaíso, 17 de enero de 1849.

30Juan Bautista Alberdi, “Necrología. Esteban Echeverría. Noticia de este americano muerto recientemente en Montevideo”, en Sud América, Santiago, 17 de abril de 1851, pp. 126-127 (cursivas en el original).

31James A. Wood, The Society of Equality. Popular Republicanism and Democracy in Santiago de Chile, 1818-1851, Albuquerque, University of New Mexico Press, 2011; Beatriz Silva, “La Sociedad de la Igualdad y el movimiento social igualitario en el Chile decimonónico”, en Cuadernos de Historia, n.° 51, Santiago, 2019, pp. 125-149.

32“La sociedad está amenazada”, en El Verdadero Chileno, Santiago, 4 de julio de 1850.

33“Las ideas abstractas y los hombres de principios”, en El Consejero del Pueblo, Santiago, 26 de octubre de 1850.

34“Manifestación del lunes”, en El Consejero del Pueblo, Santiago, 19 de octubre de 1850.

35“El comunismo”, en La Revista Católica, n.° 217, Santiago, 24 de agosto de 1850.

36“Dos palabras sobre la situación europea”, en La Revista Católica, n.° 262, Santiago, 3 de febrero de 1852.

37“Los socialistas”, en La Revista Católica, n.° 215, Santiago, 6 de agosto de 1850.

38“Relaciones del racionalismo con el comunismo”, en La Revista Católica, n.° 229, Santiago, 14 de diciembre de 1850.

39“La sociedad y el evangelio”, en La Revista Católica, n.° 246, Santiago, 21 de junio de 1851.

40“Carta encíclica de N. S. P. el Papa Pio IX, a los arzobispos y obispos de Italia”, 8 de diciembre de 1849, en Andrés Posa y Morera, Colección de las alocuciones consistoriales, encíclicas y demás letras apostólicas de los soberanos pontífices Clemente XII, Benedicto XIV, Pio VI, Pio VII, León XII, Gregorio XVI y Pio IX citadas en la Encíclica y en el Sillabus de 8 de diciembre de 1864, Barcelona, Imprenta de Juan Roca y Bros, 1865, p. 329.

41“Pequeño catecismo popular contra los socialistas”, en La Revista Católica, n.° 211, Santiago, 1 de octubre de 1850.

42“Editorial”, en El Verdadero Chileno, Santiago, 3 de octubre de 1850.

43A. M. Méthivier, Donato o el socialismo juzgado por el buen sentido. Por un campesino, Santiago, Imprenta de la Sociedad, 1850, pp. 60-61.

44“Sociedad de la Igualdad”, en La Barra, Santiago, 24 de octubre de 1850.

45“Táctica de los tiranos”, en La Barra, Santiago, 25 de octubre de 1850.

46Francisco Bilbao, “A la Crónica de la Revista de Santiago”, en La Barra, Santiago, 11 de julio de 1850.

47Charles de Mazade, “Le socialisme dans l’Amérique du Sud”, in Revue des Deux Mondes, n° 14, París, 1852, pp. 641-653.

48Jean-Joseph Thonissen, Le socialisme depuis l’Antiquité jusqu’à la Constitution Française du 14 janvier 1852, Lovaina, Chez Vanlinthout et Cie, 1852, tome II, pp. 277-281. El capítulo alusivo a Hispanoamérica también se reprodujo en “Le socialisme en Amérique”, in Revue Catholique, n° 11, Lovaina, janvier 1853, pp. 632-640.

49Dany Jaimovich, “¿Por qué la justa apreciación del trabajo es la verdadera democracia?, El porvenir del hombre de Pedro Félix Vicuña”, en Pedro Félix Vicuña, El porvenir del hombre, Santiago, Cámara Chilena de la Construcción, Pontificia Universidad Católica de Chile, Biblioteca Nacional de Chile, Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile, 2010, tomo XXXVII, p. X; Simon Collier, Chile: la construcción de una república 1830-1865. Política e ideas, Santiago, Ediciones Universidad Católica de Chile, 2005, p. 191.

50Vicuña, El porvenir del hombre…, op. cit,, pp. 7 10 y 42, respectivamente.

51Donny Gluckstein, The Paris Commune: A revolution in democracy, Chicago, Haymarket Books, 2011.

52“La democracia organizada”, en El Mercurio, Valparaíso, 20 de abril de 1871.

53“El Gato Legista”, en El Mercurio, Valparaíso, 24 de abril de 1871.

54“Un grande ejemplo”, en El Independiente, Santiago, 13 de mayo de 1871.

55“Olivos y aceitunos, todos son uno”, en El Independiente, Santiago, 16 de mayo de 1871.

56“Rojos y ultramontanos”, en El Ferrocarril, Santiago, 14 de mayo de 1871.

57“Rojos y ultramontanos”, en El Ferrocarril, Santiago, 17 de mayo de 1871.

58“Católicos y rojos”, en El Independiente, Santiago, 18 de mayo de 1871.

59Benjamín Vicuña Mackenna, “La insurrección del comunismo”, en El Mercurio, Valparaíso, 19 de mayo de 1871 (cursivas en el original).

60“Los rojos y El Ferrocarril”, en El Independiente, Santiago, 21 de mayo de 1871.

61“La Comuna de Santiago”, en El Independiente, Santiago, 24 de mayo de 1871.

62“Rojos y ultramontanos”, en El Ferrocarril, Santiago, 20 de mayo de 1871.

63“Editorial”, El Ferrocarril, Santiago, 25 de mayo de 1871.

64Ortega, “Los fantasmas del comunismo…”, op. cit., p. 15.

65Sobre este suceso, véase Igor Goicovic, “La insurrección del arrabal. Espacio urbano y violencia colectiva. Santiago de Chile, 1878”, en Revista de Historia Social y de las Mentalidades, n.° 6, Santiago, 2002, pp. 39-65.

66Esteban Muñoz Donoso, “Verdadera causa del tumulto”, en El Estandarte Católico, Santiago, 10 de octubre de 1878.

67“Consecuencias de la imprevisión”, en El Mercurio, Valparaíso, 10 de octubre de 1878.

68Muñoz, “Verdadera causa del tumulto”, op. cit.

69Esteban Muñoz Donoso, “La religión y el orden social”, en El Estandarte Católico, Santiago, 11 de octubre de 1878.

70“Las causas del accidente”, en El Independiente, Santiago, 12 de octubre de 1878.

71Justo Arteaga Alemparte, “Baratura peligrosa”, en Los Tiempos, Santiago, 8 de octubre de 1878.

72“Editorial”, en El Ferrocarril, Santiago, 10 de octubre de 1878.

73Sobre estos sucesos, véase Sergio Grez, “Una mirada al movimiento popular desde dos asonadas callejeras (Santiago, 1888-1905)”, en Cuadernos de Historia, n.° 19, Santiago, 1999, pp. 159-166.

74Sergio Grez, El Partido Democrático de Chile. Auge y ocaso de una organización política popular (1887-1927), Santiago, LOM Ediciones, 2016.

75“Quien siembra vientos cosechará tempestades”, en El Estandarte Católico, Santiago, 1 de mayo de 1888.

76“Vergonzosos excesos”, en El Mercurio, Valparaíso, 1 de mayo de 1888.

77“Lo de ayer”, en La Libertad Electoral, Santiago, 30 de abril de 1888.

78“Los sucesos del domingo”, en El Independiente, Santiago, 1 de mayo de 1888.

79“Una manifestación comunista”, en El Heraldo, Santiago, 1 de mayo de 1888.

80“Quien siembra vientos cosechará tempestades”, op. cit.

81“Editorial”, en El Estandarte Católico, Santiago, 8 de mayo de 1888.

82“Lecciones que se desprenden de los sucesos del domingo”, en El Estandarte Católico, Santiago, 2 de mayo de 1888.

83“Editorial”, en El Estandarte Católico, Santiago, 8 de mayo de 1888.

84“Nuestra última palabra”, en El Heraldo, Santiago, 5 de mayo de 1888.

85Ibid.

86“Vergonzosos excesos”, en El Mercurio, Valparaíso, 1 de mayo de 1888.

87“Los sucesos del domingo”, en El Independiente, Santiago, 1 de mayo de 1888.

88“La jornada del domingo en Santiago”, en La Unión, Valparaíso, 2 de mayo de 1888.

89“Advertencias que se desprenden de los sucesos del domingo”, en La Época, Santiago, 2 de mayo de 1888.

90“Explicaciones que son suposiciones”, en La Época, Santiago, 8 de mayo de 1888.

91“No hay que tomar el rábano por las hojas”, en La Patria, Valparaíso, 4 de mayo de 1888.

92Alejandro Bustamante, “Socialismo”, en El Trabajo, Santiago, 3 de septiembre de 1899.

93Mariano Casanova, “Pastoral sobre la propaganda de doctrinas irreligiosas y antisociales”, en Obras pastorales del Ilmo. y Rmo. Dr. Don Mariano Casanova, Friburgo, B. Herder, 1901, pp. 272-292.

94Víctor José Arellano, El catolicismo y el socialismo: réplica a la pastoral del Arzobispo de Santiago de Chile don Mariano Casanova, Valparaíso, Imprenta Calle del Arrayán, 1893, pp. 16, 20, 24 y 25-26.

95Camilo Desmoulins, “Al galope”, en La Igualdad, Santiago, 6 de octubre de 1894.

96Templario, “La evidencia”, en La Igualdad, Santiago, 6 de julio de 1985 (mayúsculas en el original).

97Grez, El Partido Democrático…, op. cit., pp. 88-103.

98Karl Marx, “¡El socialismo en Chile!”, en El Grito del Pueblo, Santiago, 28 de noviembre de 1896.

99Pedro Grullo, “Correspondencia”, en El Grito del Pueblo, Santiago, 13 de diciembre de 1896.

100Sobre la Unión Socialista, véase Grez, Los anarquistas y el movimiento…, op. cit., pp. 35-40; Sergio Grez, Magno Espinoza, Santiago, Usach, 2011.

101Sobre el grupo de José Ingenieros y Leopoldo Lugones, véase Horacio Tarcus, “Espigando la correspondencia de José Ingenieros. Modernismo y socialismo fin-de-sieclè”, en Políticas de la memoria, n.° 10, Buenos Aires, 2012, pp. 97-124; Horacio Tarcus, Marx en la Argentina: sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, pp. 412-425; Pilar Parot, “José Ingenieros y Juan Creaghe: las polémicas entre el socialismo revolucionario y el anarquismo en el periódico La Montaña”, en Izquierdas, n.° 24, Santiago, 2015, pp. 205-228.

102Luis Olea, “Editorial”, en El Proletario, Santiago, 10 de octubre de 1897.

103“Editorial”, en El Proletario, Santiago, 17 de octubre de 1897.

104Magno Espinoza, “¡La nueva era! (continuación)”, en El Proletario, Santiago, 17 de octubre de 1897.

105Magno Espinoza, “¡La nueva era!”, en El Proletario, Santiago, 10 de octubre de 1897.

106Abdón Araya, “¡Revolución Social!”, en El Proletario, Santiago, 10 de octubre de 1897.

107Luis Olea, “La filosofía y su negación”, en El Proletario, Santiago 17 de octubre de 1897.

108Partido Obrero Francisco Bilbao, Partido Obrero Francisco Bilbao, Programa y reglamento, Santiago, Imprenta y Litografía Chile, 1899, pp. 2-3.

109Alejandro Bustamante, “Socialismo”, en El Trabajo, Santiago, 3 de septiembre de 1899.

110Luis Emilio Recabarren, “Carta a Director diario La Tarde”, en La Tarde, Santiago, 15 de marzo de 1898.

111Esta categoría de conceptos ha sido delineada por Terence Ball, “From ‘core’ to ‘sore’ concepts: ideological innovation and conceptual change”, in Journal of Political Ideologies, vol. 4, n° 3, Londres, 1999, pp. 391-396.

112Sergio Grez, “La izquierda chilena y las elecciones: una perspectiva histórica (1882-2013)”, en Cuadernos de Historia, n° 40, Santiago, 2014, pp. 61-93.

113Ortega, “Los fantasmas del comunismo…”, op. cit.

114Tarcus, Marx…, op. cit.

115Víctor José Arellano, El capital y el trabajo, Valparaíso, Imprenta Nacional, 1896.

116Luis Olea, “Carta abierta”, en El Proletario, Santiago, 20 de septiembre de 1897.

117Alejandro Escobar y Carvallo, “Nuestra respuesta a El Heraldo Evangélico, de Valparaíso”, en El Proletario, Santiago, 10 de octubre de 1897.

118Quentin Skinner, “Retrospect: Studying rhetoric and conceptual change”, in Visions of Politics. Volume I: Regarding Method, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 179-183.

Recibido: Abril de 2019; Aprobado: Noviembre de 2019

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