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Historia (Santiago)

On-line version ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.53 no.1 Santiago June 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942020000100287 

Reseñas

Pensar la revolución: historia intelectual de la independencia chilena

Vasco Castillo1 

1Universidad Diego Portales

Cid, Gabriel. Pensar la revolución: historia intelectual de la independencia chilena. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales, 2019. 436 págsp.

La independencia corresponde a uno de los periodos abordados en forma profusa por la historiografía nacional y, en los últimos años, en razón de ciclos conmemorativos, se ha intensificado esta tendencia. El libro Pensar la revolución…, de Gabriel Cid, se agrega hoy a esta serie, enfocando el estudio en la dimensión ideológica del periodo. Respecto de este momento central de nuestra historia, la obra reseñada elige un ingreso que le imprime actualidad e interés: decide estudiar la Independencia desde el punto de vista del concepto de “revolución”. El significado de esta elección por parte de su autor constituye, en gran medida, la clave más estimulante para leer este texto. Las reflexiones que se abren de esta interpretación lo son aún más.

El libro narra la experiencia de quienes (sin elegirlo) han de vivir una revolución, el momento más político de los tiempos modernos, si hemos de hacer caso de las palabras de Hannah Arendt. En las revoluciones que se suceden desde fines del siglo XVIII -aseguró la autora- la política vuelve a hacerse presente y los modernos experimentan, como los antiguos, la auténtica libertad política, la participación en los asuntos públicos o la admisión en la esfera pública1. En una revolución se entra de súbito y sin decidir hacerlo, pensarlo o entenderlo a cabalidad. Se entra de súbito y de lleno, en la política: lo nuevo, el acontecimiento. El texto de Gabriel Cid permite a lo largo de sus páginas constatar este mismo fenómeno para el caso de nuestra revolución. En Sobre la revolución de Hannah Arendt, se trata de poner término a la revolución para constituir la libertad; he ahí el desafío y el drama de los revolucionarios, declara la autora. En el ensayo de Gabriel Cid, en un sentido análogo, para los actores, la revolución se experimenta como un problema apremiante. El estudio tiene como contenido la historia de quienes en Chile tuvieron que hacer, implementar y terminar la revolución; busca, así, “comprender la dialéctica entre la apertura al tiempo histórico y el final de la revolución”, esto es, la “consolidación institucional” a partir de la cual “cada revolución se declara concluida”2.

En términos de enfoque, el trabajo utiliza la “nueva historia intelectual”, que ha permitido dejar atrás varios de los inconvenientes de la vieja historia de las ideas. Considerando los aportes de la Escuela de Cambridge, la historia conceptual y la historia conceptual de lo político, el trabajo evita la tradicional separación entre realidad y discurso, también evita concebir los lenguajes políticos con independencia del contexto de enunciación y el contexto semántico, busca destacar la dimensión realizativa del lenguaje político, así como su carácter contingente y no normativo. Adoptar estos enfoques obedece a una orientación general del argumento que se desglosa en dos tesis centrales, que el libro destaca: en primer lugar, sostiene que existió una diversidad de tradiciones intelectuales a los que los actores echaron mano en distintos momentos para dar sentido y rumbo a los problemas inéditos que surgían al calor de los acontecimientos; no hubo una sola guía ideológica a lo largo del proceso revolucionario. Algunas tradiciones doctrinarias mostrarían mayor capacidad para responder a los problemas que surgían; otras, por el contrario, su obsolescencia a corto o largo plazo, ocupando su lugar otras que se posicionarían con mayor vigor. En segundo lugar, adopta la comprensión de lo político como espacio de disenso esencial (probablemente inspirado en enfoques como los de Chantal Mouffe), la presencia inevitable del conflicto en la actividad política, que está en la base explicativa del carácter contingente y temporal de los consensos. Bajo esta perspectiva, la dimensión intelectual del proceso de la revolución no habría sido una dimensión accesoria o secundaria, puesto que se trataría de una guerra por el sentido que había que proporcionar a los hechos de un mundo nuevo y cambiante, que ya no descansaba en ninguna certeza conocida ni en un mundo firme y estable. El trabajo intelectual buscará en unos y otros actores conjurar la indeterminación de lo político, abierta por la revolución, un esfuerzo que no tendrá nunca un final, justamente por la naturaleza misma de la nueva vida política a la que se accede, una vez socavada para siempre la certeza del antiguo régimen.

Se trata de pensar la independencia chilena como parte de la era de las revoluciones, en el marco del colapso que afectó al vasto imperio español a ambos lados del Atlántico, lo que permite restituir la importancia que en su tiempo tuvo el laboratorio político hispanoamericano del siglo XIX, dejando a un lado la estrechez de una mirada tradicional que centra la reflexión sobre la revolución solo en Europa y en Estados Unidos. De este modo, el libro justifica la necesidad de estudiar un proceso que parte en 1808 -y no en 1810- y que desemboca en una cierta finalización de la revolución en 1833. El libro se divide en tres partes que especifican los tres momentos de la revolución de la independencia chilena: la primera parte, “Hacer la revolución”, que cubre el periodo de 1808 a 1817; la segunda parte, “Implementar la revolución”, de 1818 a 1828 y la tercera parte, “Finalizar la revolución”, la coyuntura que va desde 1829 a 1833.

La primera parte reúne en tres capítulos los escenarios políticos imaginados para hacer frente a la disolución inesperada de la monarquía. Las respuestas son provisionales en un marco de información incompleta y de gran incertidumbre. Se suceden una postura fidelista inicial, el autonomismo, el independentismo y el retorno al absolutismo -durante el proceso que llamamos la “Reconquista” -. Se muestra una historia en la que la Independencia por largos pasajes no es ni su norte ni su objeto primario. Es más, el proceso bien pudo haber terminado de otra forma. Los primeros cinco años de esta historia (1808 a 1812), dice, “la reflexión política se inscribió en el marco conceptual de la monarquía” (p. 30) y la ruptura con la metrópoli fue una opción solo cuando una serie de esfuerzos previos por conjurar el riesgo de la fragmentación imperial fracasaron, en especial el proyecto de una vía autonomista. Una primera conciencia republicana pasa del optimismo inicial a un franco pesimismo junto con la derrota militar, el caso ejemplar es la reflexión política de Camilo Henríquez, quien incluso en forma momentánea abjura de su credo republicano en medio de la desesperanza.

El segundo momento de la reflexión política corresponde al decenio que va entre la Declaración de la Independencia y la Constitución de 1828, “Implementar la revolución” después de declarada la independencia: ¿qué somos una vez que nos hemos declarado independientes? Con acierto, Gabriel Cid destaca su carácter de laboratorio político: inicialmente la opción por la república debió batallar con la posibilidad de una monarquía constitucional. Por una parte, incidía el contexto de la política europea que se veía prioritario para el reconocimiento de la recién declarada independencia. Por otra, la experiencia continental y local del primer republicanismo había dejado más inquietud que certezas sobre su viabilidad para los pueblos hispanoamericanos. Solo hacía 1824 la opción republicana se hizo predominante, en el contexto posabdicación de Bernardo O’Higgins, la Constitución Política de 1823 de Juan Egaña y, sobre todo, por el ensayo federalista en 1826. La opción republicana se convierte, en definitiva, a partir de este momento en Chile. Solo se discutirá sobre su forma, si centralista o federal, pero esta discusión no tocará el fondo del consenso: la soberanía popular. En el marco abierto por este consenso, se reabre la discusión en tomo a los límites de la ciudadanía, de la igualdad y de la libertad que resultan deseables para la vida republicana. A fines de la década el liberalismo intentará poner atajo al entrampamiento que el federalismo había dejado en el debate constitucional, proponiendo una suerte de punto intermedio e incorporando la discusión sobre los límites.

Pero posiblemente sea la tercera parte la más interesante del libro y la que recoja con mayor fuerza el punto de apoyo del estudio en la noción de revolución. Se trata del momento que el texto denomina “Finalizar la revolución”, los años que van desde 1829 al proceso constituyente de 1830-1833. Un momento que el estudio consigna como de un giro pragmático o la llegada de una suerte de realismo político, que sin claudicar de la fe republicana ofrece un cierre -que apuesta a ser definitivo- al proceso revolucionario provocado por el colapso imperial, algo que la impaciencia de algunos ya vuelve un clamor urgente al cabo de años de revolución. En su corazón, la solución constitucional consistió en reforzar la autoridad presidencial, siendo “las facultades extraordinarias otorgadas al presidente” “el aspecto más evidente de este giro autoritario” (p. 398).

Esta solución constitucional que cuaja en 1833 resulta de gran interés porque no será tan solo el destino de esta modesta república lo que aquí se ventila. En Chile se evalúa la conclusión de la revolución hispanoamericana entera. Se trata de un experimento a escala del gran laboratorio político que se ha instalado en suelo hispanoamericano y que tiene -y tendrá- observadores de todo el continente: por lo pronto, Andrés Bello, uno de sus artífices. Pero más adelante, lo observarán de cerca americanos relevantes como Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento y Simón Rodríguez; un anciano José de San Martín, que dirá en carta a Francisco Antonio Pinto, en septiembre de 1846: “su afortunada patria ha resuelto el problema (confieso mi error, yo no lo creí) de que se pueda ser republicano hablando la lengua española”3. La solución constitucional de 1833, sin duda, es la que preside la tesis de la “excepcionalidad chilena”.

Sin embargo, en el aire permanece una disputa que el lenguaje mismo trae: “Poner fin”, “terminar”, puede significar, por una parte, “aniquilar algo” o, bien, “poner esmero en la conclusión de una obra”. La disputa sobre el significado de “terminar” está y permanece abierta con posterioridad a 1833. Lejos de cerrarse, se abre a la disputa en los siguientes años. Actores relevantes, a la vez que intelectuales influyentes y agudos, como José Victorino Lastarria o Francisco Bilbao, muy pronto mostrarán las insuficiencias del orden constitucional nacido de esta decisión realista de dar término a la revolución. Para ellos -y para otros también- el término correspondió a una aniquilación.

Justo aquí nos parece pertinente pensar la interpretación general que ofrece este libro sobre la Independencia. El autor nos presenta una interpretación de este periodo como una revolución, que se busca concluir en forma desesperada, junto con impulsar sus ideales y sus principios. Una revolución que se experimenta como temor y como esperanza, como temible, pero a la vez como oportunidad para forjar el orden deseado. Se podría aventurar que en el libro nos encontramos con una narración que en su núcleo, conceptualmente, tiene, en un extremo, la revolución, y en el otro, la república. Entre ambas, otro concepto: el de independencia. Lo que está en el balance de esa revolución y de su resultado político histórico -la República- es nuestra Independencia. Ante ella, se encuentran: la interpretación que hace de la Independencia el destino inevitable de la revolución (el modelo “autocomplaciente”) y la otra interpretación, la de los pesimistas, que hace de la Independencia un proyecto incompleto o derechamente un fracaso, pues la revolución no cambió nada de lo que debió cambiar (el modelo “autoflagelante”). Ambas interpretaciones que, según el autor de esta obra reseñada, lo motivaron a ofrecer una respuesta, a salvo de sus insuficiencias explicativas: esta historia intelectual de la independencia chilena.

1Hannah Arendt, Sobre la revolución, Madrid, Alianza Editorial, 2004; Hannah Arendt, ¿Qué es la política?, Barcelona, Paidós, 2014; Hannah Arendt, De la historia a la acción, Buenos Aires, Paidós, 2008.

2Maurizio Ricciardi, “¿Ha terminado la revolución? Historia del concepto y valoración política”, Espiral, vol. XV, n.° 44, Guadalajara enero-abril de 2009, p. 12. Disponible en: www.redalyc.org/articulo.oa?id=13804401

3Archivo de don Bernardo O’Higgins, Santiago, Imprenta Universitaria, 1951, p. 109.

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