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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.53 no.1 Santiago jun. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942020000100291 

Reseñas

Naturales de una ciudad multiétnica. Vidas y dinámicas sociales de los indígenas de Quito en el siglo xvii

Jaime Valenzuela Márquez1 

1Instituto de Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile

Ciriza-Mendívil, Carlos D.. Naturales de una ciudad multiétnica. Vidas y dinámicas sociales de los indígenas de Quito en el siglo xvii, . Madrid: Sílex, 2019. 356 págsp.

Lejos del relato descriptivo o del sobrevuelo genérico a partir de lugares comunes, enfoques que muchas veces encontramos en historias centradas en un lugar o un personaje, el libro que comentamos conjuga en forma metódica e inteligente la escala local con la imperial, el estudio de casos con las dinámicas colectivas, el método histórico con los aportes de otras ciencias sociales, y todo ello condimentado con una buena pluma. El estudio de Carlos Ciriza-Mendívil es, sin duda, un muy buen aporte a un objeto de estudio que ha venido adquiriendo una renovación importante en las últimas décadas, tanto en el plano de las preguntas e hipótesis, en el marco conceptual, como en el del tipo de fuentes utilizadas.

Naturales de una ciudad multiétnica… se inserta plenamente en el desarrollo actual de la historiografía, y lo hace ya desde sus primeras líneas, al plantear el eje epistemológico central con el que pretende abordar al “sujeto indígena”: estudiarlo no como un actor cerrado/centrado en sí mismo, receptor casi impoluto de una sabiduría oral atemporal, adscrito a una raíz telúrica inmanente, así como a una “evidente” conciencia étnica y omnisciente de sus diferencias con el resto de los actores no-indígenas. El autor, al contrario, busca desentrañar la historicidad indígena a partir de su interacción dinámica, profunda y cotidiana con todos aquellos no-indígenas que habitaban un espacio, normas y formas comunes. En otras palabras, el resultado de su investigación participa del desarrollo de una historiografía que rompe cierta inercia historiográfica que percibía a las ciudades hispanoamericanas como esencialmente europeas, no solo en su matriz arquitectónica y planimétrica, sino, también, en su contenido demográfico y cultural; y donde los indígenas coloniales habrían sido más bien actores del mundo rural y de sus pequeños poblados (p. 22).

Permítasenos una pausa para insistir en esta perspectiva, ya que constituye uno de los aportes importantes del libro, al superar la lógica de lo “políticamente correcto” que desde hace un tiempo vemos cernirse sobre los estudios del pasado -y del presente- indígena. Lógica académica que muchas veces se orienta hacia la refrendación de aquel abismo epistémico que separaría de manera irreductible a las “dos repúblicas” -en los términos de la administración colonial española-, y que no solo habría alimentado aquellas seculares dinámicas de discriminación racial y explotación económica que sin duda formaron parte -y siguen siéndolo en el presente- de la historia de nuestro continente; sino que también explicaría la supuesta unicidad étnica y una cierta conciencia “de clase” (concepto extemporáneo, sin duda, pero adecuado para la reflexión) que habría acompañado a “los indios” en su devenir histórico. Conciencia social -y política-, “homogeneidad” cultural y permanencia “étnica” que, en su momento, la Revolución mexicana y los posteriores “indigenismos” del siglo XX se encargaron de institucionalizar y revestir de ideología constructivista. Una tendencia que ya desde la década de 1950, y sobre todo desde la de 1960, alimentó la reflexión y la producción de una nutrida gama de estudiosos de las ciencias sociales, muchos de los cuales se entramparon en discursos tautológicos que impedían escapar de aquella visión maniquea.

Felizmente, desde la década de 1970, y con mayor fuerza en la de 1980, antropólogos e historiadores comenzaron a desarrollar un fructífero diálogo interdisciplinario en torno a los desafíos y alcances hermenéuticos que la documentación colonial -sobre todo la proveniente de una época temprana- podían aportar a una comprensión más compleja -incluyendo contradicciones e incoherencias- de los mundos indígenas y de la vitalidad histórica que desarrollaron luego de la invasión lusohispana, y de la subsiguiente implantación del universo de formas, normas y prácticas que conllevó su dominio en Iberoamérica. Lo que desde entonces se denominó “etnohistoria” fue, pues, un gran salto epistemológico para borrar esquemas preconcebidos y avanzar en el desafío científico que implicaba dar cuenta de aquel mundo indígena en todo su “espesor” histórico y cultural1. Espesor que debía contemplar sin duda la dimensión del tiempo y los cambios que las sucesivas generaciones iban experimentando en función de los procesos y coyunturas históricas; y también, por cierto, la amplitud continental de los indígenas -siempre en plural- y sus especificidades regionales, en íntima relación con la diversidad de la experiencia propiamente colonial; es decir, donde también se imbricaban los otros actores de esos espacios y experiencias compartidas: mestizos, mulatos, “castas”, españoles, portugueses… Coincidencias temporales y espaciales que no excluían, por supuesto, las diferenciaciones jerárquicas y las discriminaciones raciales, ni todo el cúmulo de abusos y explotación con que estuvo regada la historia de los indígenas iberoamericanos; pero que, a su vez, generaban vínculos muchas veces cotidianos, en ocasiones permanentes, y sellados por acuerdos laborales, reciprocidades sociales, experiencias devocionales -como las cofradías- o vínculos parentales (cfr. pp. 112-132 y 159-170).

Pues bien, esta riqueza polisémica, que el desarrollo transdisciplinar ha logrado ir posicionando como perspectiva de estudio, adquirió particular “espesor” y dinamismo en el contexto de las ciudades coloniales. Eran ellas un espacio privilegiado para la llegada y el asentamiento, la circulación, el encuentro y el intercambio. El primer objetivo administrativo de los invasores ibéricos fue la fundación de focos urbanos, como reproducción de un hábitat reconocido y “civilizado”, y como nodo de presencia de funcionarios, agentes eclesiásticos, comercio y producción artesanal (para Quito -que por lo demás fue sede de un tribunal de Real Audiencia- estos aspectos se revisan en pp. 55-87). El desarrollo de estos núcleos habitacionales y mercantiles generó una fuerza centrípeta que congregó a una creciente población variopinta en sus orígenes raciales y geográficos, y donde los indígenas, de diversa procedencia comunitaria y sometidos a un desplazamiento inmigratorio muchas veces forzado, formaron un componente numeroso y fundamental en su aporte cualitativo; sobre todo en relación con el desarrollo histórico de los mestizajes biológicos y las hibridaciones culturales, tema este último relevante para la historiografía americanista de las últimas décadas. Por cierto, este impacto fue aún mayor en aquellas ciudades que se crearon -o que se refundaron sobre antiguas “urbes” prehispánicas- en regiones con alta concentración de grupos originarios, como bien sucedía en los Andes.

La ciudad de Quito, pues, fue parte de esta dinámica, y el libro de Carlos Ciriza-Mendívil constituye un aporte encomiable para su comprensión. Como hemos señalado, ya desde el título y las primeras páginas el autor se encarga de pensar a los indígenas -en sus “vidas y dinámicas sociales”- como aquellos “sujetos activos, dinámicos, contradictorios y complejos que siempre fueron” (p. 9). Problema que se encarga de situar en el necesario marco temporal: el siglo XVII, que fue, en buena parte de América -si no en todo el continente- un periodo de frontera entre el mundo que venía emergiendo del “caos inicial” de la posconquista2 y aquel que se abrió en toda su potencialidad colonial junto con los borbones. El autor lo explicita al decir, justamente, que se trata de un siglo “de transición, pero sobre todo de consolidación social americana”, cuando el continente se “americaniza”; es decir, adquiere una identidad propia -y, diríamos, concomitante con los procesos originales de amestizamiento e hibridación- a partir de los procesos de interacción de sus habitantes (p. 10).

Por su parte, Quito se presenta con una particularidad específica para el periodo, pues en su contexto económico el siglo XVII es la época de mayor crecimiento de la manufactura textil y, por ende, de mayor presión sobre la mita indígena para el pago de tributo. Condición que habría coadyuvado a la presión migratoria que devino en un crecimiento poblacional ininterrumpido para la Audiencia de Quito, en general, y para la ciudad propiamente tal, en particular (pp. 10 y 59-62). Sin ir más lejos, podríamos comparar esta dinámica con la que experimentaron otras ciudades insertas en una intensa productividad regional como, por ejemplo, la que resultó de la producción argentífera en Potosí -aunque Ciriza-Mendívil se encarga de marcar la profunda jerarquía imperial que la diferenciaba de Quito (pp. 11, 31 y ss.)- y que redundó en un recurrente desplazamiento y concentración demográfica a partir de la presión sobre la mita minera. Un proceso también parecido en algunas ciudades novohispanas como Guanajuato y Zacatecas3, o en los asentamientos brasileros de Minas Gerais, luego del descubrimiento de oro en la región4.

Como todo buen trabajo historiográfico, junto con el planteamiento del problema, de los objetivos e hipótesis, así como del marco temporal y espacial, el autor se aboca a explicar y definir los alcances de la valiosa y abundante documentación original que utilizará en su demostración (pp. 14-16). Documentación proveniente de diversos repositorios, fundamentalmente locales, y donde destaca la documentación notarial (contratos, testamentos, poderes, fianzas, etc.) que, como ha destacado la historiografía, constituye una ventana fundamental para tomar el pulso a la vida urbana y a todos sus actores, incluyendo, sin duda, a los habitantes subalternos5. Junto con lo anterior, se explican las estrategias metodológicas que Ciriza-Mendívil ejecutó para cumplir con sus objetivos. Apunta, así, la incorporación de la metodología de redes sociales, en el sentido de poder observar los vínculos interpersonales de los actores estudiados -dando, a su vez, un papel activo a los sujetos, una cierta “agenda”-, así como los aportes de la microhistoria -visibilizando el estudio de numerosos casos individuales-; herramientas útiles para un objeto de estudio como el aquí analizado justamente porque aceptan “la propia flexibilidad y dinamismo de estas sociedades” (pp. 12-13).

El enfoque central del autor, pues, es observar y estudiar a los indígenas en su interacción y cohabitación con otras personas -y con otros indígenas, por cierto-, de otros orígenes, en aquel espacio privilegiado para la interacción que fue la densidad urbana colonial -en contraposición a los contextos “rurales” de sus orígenes particulares (pp. 35-36)-,y a partir de lo que podríamos denominar como una cierta dialéctica desarraigo/rearraigo, consecuencia del proceso urbano de atracción centrípeta. Carlos Ciriza-Mendívil estructura su trama demostrativa a partir, justamente, de los ejes temáticos que articulan el propio dinamismo socioetnico volcado en la organización del libro: una primera sección está dedicada a la ciudad de Quito propiamente tal y a la emergencia de los actores indígenas en ella, poniendo el foco en los procesos migratorios que llevaron a estos sujetos, por ejemplo, a huir de la mita y de los lugares donde tributaban. Luego viene un apartado dedicado a un profundo y bien explicado análisis sobre el “camino hacia la urbe”, abocándose no solo al proceso del desplazamiento demográfico que evoca dicho título, sino, también, al problema central de las dinámicas sociales de aquellos actores ya instalados y que desarrollan sus vidas en el espacio complejo de la ciudad. Aquí se exploran, entre otras circunstancias y realidades, las estrategias familiares, laborales y religiosas, así como las tensiones internas que se activaban al interior de la propia “república de indios” urbana (pp. 89-175). Otro capítulo explora el papel de la mujer indígena, en tanto factor esencial para conectar y gestionar aquella “agencia subalterna” -si el autor nos permite incorporar dicha conceptualización- ocupando un papel muy activo en la gestión las economías personales y familiares, así como en diversos escenarios administrativos y legales (pp. 177-231).

El libro concentra un interesante último capítulo sobre lo que el autor denomina “caciques urbanos, una élite diferente”. Nos parece que en el se esgrimen y despliegan hipótesis claves y conclusiones esclarecedoras, que en su conjunto constituyen un aporte notable al avance en el conocimiento no solo de los sujetos estudiados, sino, también, en el ámbito teórico-conceptual, al dar cuenta de realidades socioétnicas como las de estas figuras políticas en toda la complejidad identitaria/identificadora y pluriétnica que se vio discutida en los segmentos anteriores del libro. De esta forma, el capítulo logra explorar lo que fue la reconfiguración de las jefaturas étnicas en un contexto de desplazamiento y resignificación de su papel, en medio de la diversidad y complejidad que implicaba una ciudad como Quito, construyendo nuevas alianzas, posicionándose en los intersticios brindados por los esquemas administrativos e institucionales de la monarquía en el ámbito local, y apropiándose de lo que podríamos denominar como “espejos de identificación” facilitados por otros actores sociales (pp. 233-301).

Este último punto amerita un comentario adicional, en la línea de destacar los aportes de esta investigación. En efecto, uno de los problemas analizados en el texto de manera inteligente y fundamentada es la dialéctica -ya clásica para un estudio de sociología histórica- que se articula entre el individuo y su medio -su entorno social, en este caso-; es decir, la capacidad de un sujeto para actuar y generar estrategias “libres” respecto de su vida (en este caso, la capacidad de los indígenas urbanos -o urbanizados, si pensamos en aquellos provenientes de fuera de la ciudad- para gestionar una agenda propia) en relación con la influencia positiva o negativa del contexto que lo rodea: el peso de lo colectivo, el papel de las costumbres sociales, los comportamientos predominantes, las normas y obstáculos generados por la sociedad urbana en que dicho individuo se vincula, etc. En palabras del autor: la tensión entre el entorno grupal y la estrategia individual (pp. 21-22). Por cierto, de aquí deriva aquel otro problema ya citado en el párrafo anterior, y que, sin duda, puede ser medular para el objeto de estudio del libro: la tensión entre identidad e identificación (pp. 29-30); o, en otras palabras, el juego dialéctico que también se produce entre, por un lado, las herencias y experiencias propias y, por otro, los modelos externos de apariencia, inserción y movilidad social que se le proponen al individuo como “espejos” exitosos de identificación, al calor de la experiencia urbana con los “otros” que allí encuentra. En definitiva, ¿de qué estamos hablamos cuando tratamos sobre “indígenas urbanos”?6 ¿Qué lugar ocupó en este proceso identitario la dinámica de mestizajes biológicos y culturales? ¿Cuál fue el “poder” performativo de las categorías raciales y calidades socioétnicas definidas desde la administración, que conllevaban consecuencias jurídicas para la población no-española, pero que en la práctica vivían diversas negociaciones adaptativas?7 ¿Cómo se expresaba la plurietnicidad en el seno de las familias “indígenas”? Las respuestas a estas interrogantes el autor se encarga de desplegarlas en forma contundente y fundamentada a lo largo del capítulo 2 de la primera parte (pp. 22-88).

Antes de terminar, quisiéramos retomar dos aspectos centrales -y encadenados- dentro de la línea argumentativa de Ciriza-Mendívil que, a nuestro juicio, no adquirieron todo el despliegue analítico que ameritaban. Nos referimos, por una parte, a la débil incorporación de las dimensiones de ambigüedad e indefinición que conllevaba el proceso de tránsito que mediaba entre el inicio de la migración y el definitivo arraigo urbano de aquellos indígenas. Ciertamente, el estudio recoge estos momentos y calibra en justa medida -con experiencias individuales de por medio- el proceso migratorio en sus distintas faces; e, incluso, recoge el papel de los indígenas inmigrantes que articulaban aquel espacio rural/comunitario de sus orígenes y el “cosmopolita”/urbano de sus destinos (p. 56). Pero hubiese enriquecido la discusión con una incorporación más intensa y meditada de conceptos tan a la moda como pertinentes para este tipo de estudios. Estamos hablando de términos como passeurs8 o in-between9, que han permitido aproximarse de forma novedosa a experiencias y coyunturas que, por su carácter poco definido y “líquido”, caían con frecuencia en un reduccionismo científico. Se trataba, pues, de una coyuntura personal donde todo era transición y el sujeto vivía la experiencia de ser una “bisagra” entre mundos -entre los varios mundos que contempla la ciudad-. Situación en la cual, por lo demás, el indígena inmigrante debían desarrollar “el arte de estar en medio”10 para sobrevivir e insertarse de buena manera en la nueva realidad a la que llegaba. Por otra parte, y a medio camino -en lo que podría ser una suerte de middle ground microhistórico- estaban aquellos que no necesariamente experimentaban un desplazamiento definitivo ni de tantos contrastes: los indígenas que en forma cotidiana acudían al tianguez o mercado (p. 57), por lo general en la plaza mayor, desde las chacras y espacios periurbanos de las cercanías: no eran inmigrantes que en principio buscasen un arraigo al interior, pero sí una suerte de migrantes efímeros, transitorios, que conectaban lo semirural y lo urbano en forma intermitente (cfr. pp. 94-95 y 107-108); y que, por lo mismo, también podían considerarse, en cierto sentido, como “indios urbanos” …o al menos como passeurs que conectaban dichos mundos.

El segundo aspecto que aparece con cierta debilidad tiene que ver justamente con el énfasis que pone el texto en la movilidad migratoria como alimento fundamental de la población indígena de la ciudad. La migración, sin duda, fue un factor determinante, pero no exclusivo, si consideramos el peso creciente que podrían haber tenido los indígenas “100% urbanos” –por decirlo de alguna manera–. Esto es, aquellas personas de segunda o tercera generación, hijos o nietos de inmigrantes, y que no compartían, por lo tanto, las mismas condiciones, imaginarios, lógicas adaptativas de in-between/passeur, ni tampoco la necesidad de generar estrategias de resiliencia -o, por lo menos, las mismas de sus precursores-. Aquellos indígenas que nacían en la ciudad, y que probablemente iban siendo cada vez más numerosos en aquel espacio, responderían quizá a otra dinámica; por lo pronto, desarrollando un campo cognitivo que desde la infancia venía anclado al mundo urbano; tampoco cargaban con aquella memoria de desplazamiento de sus ancestros cercanos, entre otros aspectos que podrían estar presente. Por cierto, el autor aborda en parte esta dimensión al tratar sobre la dicotomía “natural”/“forastero”/“residente” (p. 91 y ss.), pero, estimamos, sin suficiente desarrollo o, al menos, en una proporción que queda rápidamente velada por el relieve que adquiere el relato del Quito indígena como un producto de la inmigración.

Las consideraciones anteriores, por cierto, no deben opacar la notable calidad del texto de Carlos Ciriza-Mendívil. Su estudio es un excelente ejemplo de rigurosidad y del savoir faire del oficio, con un manejo impecable y sensato de la información de archivo -sin abarrotar de datos ni de citas que desvían la atención del proceso demostrativo-, y con una escritura clara y fluida, donde los espacios dedicados a las necesarias descripciones se mantienen en su justa medida y no reemplazan la reflexión analítica, que, por cierto, se mantiene siempre alerta al seguimiento de los ejes iniciales y al cumplimiento de los objetivos propuestos.

1Cfr., por ejemplo, Amalia Castelli (ed.), Etnohistoria y antropología andina, Lima, Centro de Proyección Cristiana, 1981, 2 vols.; Ana María Lorandi y Mercedes del Río, La etnohistoria. Etnogénesis y transformaciones sociales andinas, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina (CEAL), 1992 y los estudios de John Murra compilados en El mundo andino. Población, medio ambiente y economía, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú / Instituto de Estudio Peruanos, 2002.

2Serge Gruzinski, El pensamiento mestizo, Barcelona, Paidós, 2000.

3El autor se encarga del estado del arte y condensa una exhaustiva relación de la bibliografía que lo precede en estos temas para diversos espacios de Hispanoamérica: pp. 22-31.

4Véase, por ejemplo, Cláudia Damasceno Fonseca, Des terres villes de l'or. Pouvoirs et territoires urbains au Minas Gerais (Brésil, xviiïe siècle), Paris, Fundação Calouste Gulbenkian, 2003; María Efigênia Lage de Resende y Luiz Carlos Villalta (coords.), História de Minas Gerais, Belo Horizonte, Autêntica Editora / Companhia do Tempo, 2007 y 2013, 4 vols.

5Para Chile, por ejemplo, Álvaro Jara, Mario Góngora, Rolando Mellafe, Marcello Carmagnani y Armando de Ramón se cuentan entre los pioneros en el uso intensivo -y formulando preguntas actualizadas sobre la sociedad y la economía- de la documentación notarial de la ciudad de Santiago. Para aproximaciones más recientes, véanse los trabajos de Aude Argouse sobre las relaciones entre escribanos y justicia, en relación con la circulación, el uso y la proyección que tenían en la época colonial los papeles notariales y judiciales.

6Cf. Eduardo França Paiva, Manuel Fernández Chaves y Rafael Pérez García (orgs.), De que estamos falando? Antigos conceitos e modernos anacronismos: escravidão e mestiçagens, Rio de Janeiro, Garamond, 2016.

7Sobre este tema, véanse los trabajos de Christophe Giudicelli, entre otros especialistas que han trabajado dichas perspectivas.

8Véanse, entre otros, los trabajos ya clásicos de Serge Gruzinski, además de aquellos agrupados en el libro coordinado por este autor y Berta Ares, Entre dos mundos. Fronteras culturales y agentes mediadores, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1997. Para una mirada diferente, véase el trabajo de Salvatore Palidda, “Passeurs, mediatori e intermediari”, in La ricerca folklorica, n.° 44, Brescia (“Antropologia dei processi migratori”), octubre de 2001, 77-84.

9Cfr. Alida C. Metcalf, Go-betweens and the Colonization of Brazil: 1600-1600, Austin, University of Texas Press, 2006.

10Yanna Yannakakis, El arte de estar en medio. Intermediarios indígenas, identidad india y régimen local en la Oaxaca colonial, Oaxaca / Zamora, Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca / El Colegio de Michoacán, 2012. 1a edición en inglés, 2008.

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