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Historia (Santiago)

versión On-line ISSN 0717-7194

Historia (Santiago) vol.53 no.1 Santiago jun. 2020

http://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942020000100303 

Reseñas

J.T. Medina y su biblioteca americana en el siglo XXI. Prácticas de un erudito

Alejandra Araya Espinoza1 

1Archivo Central Andrés Bello, Universidad de Chile

Baeza, Rafael Sagredo. J.T. Medina y su biblioteca americana en el siglo XXI. Prácticas de un erudito. Santiago: Ediciones de la Biblioteca Nacional, 2018. 172 págsp.

La historia cultural puede tener muchos modos de practicarse; uno específico es de la historia del libro y la lectura, dentro de la cual encontramos la de las bibliotecas, las colecciones y la de los archivos. También puede ser una historia de los intelectuales. En este marco, existen tradiciones diversas dentro de la práctica y teoría de la historia cultural: por un lado, aquella clásica que refería a la historia de las ideas y de la erudición y, por otro, el de la llamada “nueva historia cultural”, que tiene como principal referente -en el campo del libro- a Roger Chartier, quien hizo una pregunta clave: ¿qué es un libro? Con ella, aquello que parecía de suyo explicable y definido se volvió objeto de historia en tanto el fenómeno de su aparición debía distinguir entre los textos y la noción de autor, del libro como objeto. Esta dimensión dotaba de historicidad a la práctica de confeccionarlos, venderlos, editarlos, acumularlos, reunirlos, organizarlos, entre muchas otras. Entre ambas aguas también se sitúa la posibilidad de estudiar a personajes específicos que realizan las operaciones necesarias para constituir las colecciones. Se trata, más bien, de trayectorias que llevan y llevaron a algunas personas a interesarse por temáticas específicas y a buscar, de forma seria, los rastros y registros que pudieran existir sobre ellas en forma de libros, papeles, notas manuscritas, impresos de alguna naturaleza, grabados, pinturas y cualquier otro objeto curioso que pudiera satisfacer el deseo de saber y, por sobre todo, el de poseer algo que permita llenar el espacio vacío en un gran mapa mental de los datos posibles sobre un asunto. Aunque el mal de todo coleccionista es, en secreto, que su colección nunca esté completa, pues de estarlo, el sentido de su ser desaparece.

Es así que un trabajo dedicado a José Toribio Medina (1852-1930) siempre es bienvenido, en especial cuando se le conoce, en los círculos eruditos, como el mayor bibliófilo de la cristiandad. Profesores antiguos de historia, al decirlo -estoy recordando algunas de mis clases de la licenciatura- parafraseaban la máxima como “el mayor ladrón de la cristiandad”, y contaban la anécdota del gran abrigo con enormes bolsillos -con el que aparece retratado en la propia Sala Medina de la Biblioteca Nacional de Chile-, algo así como su cómplice en las búsquedas animadas por el bien superior del erudito, buen hombre, dedicado a las letras y al saber. Se trata de un mal de los humanistas, bien descrito en los textos medievales y en los tratados médicos del Renacimiento -el bibliómano- y que en el estudio que comentamos aparece bien representado en la lámina de la p. 90, una xilografía atribuida a Alberto Durero incluida en el libro La nave de los necios (1494) de Sebastian Brant.

El texto de Rafael Sagredo se articula en torno a esas dos imágenes antiguas de la pasión por los libros, por un lado, como el mundo en sí y, por otro, la del viaje en búsqueda del objeto del deseo. El texto dedica una primera parte a una biografía intelectual del personaje, esto es, cómo se transforma en erudito y buscador de rastros; pero sobre todo, lo que propone el autor es cómo construye su propia fama como héroe cultural al involucrarse en la pesquisa de papeles tan preciados en el siglo XIX como los del Tribunal de la Inquisición. En este apartado, el Sagredo se centra en la cuestión del “hallazgo” como un tópico esencial del erudito: “descubrir” algo como un requisito fundamental para ser admitido dentro de una cierta orden de sabios; y así, en su caso, ser reconocido en el ámbito de otros sujetos en busca de reconocimiento y lugar en la construcción de los Estados nacionales: los historiadores. De cierta forma, el estudio propone rastrear los modos en que se construye el ámbito de los intelectuales del siglo XIX dentro de la llamada República de las Letras.

Particularmente interesante nos parece, como lectoras y lectores, identificar los modos en que la masculinidad puede hacer frente o no al llamado deber ser de la centuria y posicionarse fuera de los códigos del militarismo. Claramente en este caso -la abogacía no era el llamado de José Toribio Medina- hubo de hacer frente a los mandatos del padre para dedicarse a una pasión ociosa al decir de muchos y validarse como necesario dentro del campo público donde pudo encontrar financiamiento a sus viajes al alero de un trabajo diplomático. Hacerse “importante” por medio de un “hallazgo” -tal como solicita el héroe de la conquista- se transforma en este caso en un héroe de paz cuyos libros bajo el brazo le permiten hacer un lugar y lograrlo, pues de ello da cuenta la gran capacidad de José T. Medina de construir la propia imagen que quería legar en los códigos de la masculinidad: reconocimiento entre sus pares y para la posteridad de manera pública. Eso quiere decir: una estatua, una bibliografía, una placa recordatoria o una sala en la Biblioteca Nacional de Chile con su nombre.

Es también interesante la recepción de la construcción de su propia imagen. Por ejemplo, en la p. 30 del texto reseñado la portada de La revista cómica del año 1896. Allí se lo califica dentro de los “literatos” y se lo representa de pie, casi como esbozo de una escultura, con un gran libro bajo el brazo y en la leyenda se señala que la erudición es la base de su gloria. Sus lentes, los brazos tras la espalda y lo erguido de su figura, nos dibuja la nueva imagen del intelectual del siglo XIX. Uno al cual estudios recientes que se inscriben en la llamada nueva historia cultural han trazado para una figura como Benjamín Vicuña Mackenna1 o el menos conocido Justo Abel Rosales, a quien debemos el rescate del Archivo de la Real Audiencia2. Se trata de los llamados publicistas, en tanto hombres de letras dedicados a “dar al público” noticia del mundo en diferentes formatos, actualizando de cierta forma los antiguos gabinetes reales de curiosidades por el de las bibliotecas, archivos y museos “nacionales”.

El segundo apartado se dedica al “bibliómano” o colector de libros, y el origen de su pasión por el impreso en específico. Lo que lo lleva a trazar, desde 1912 aproximadamente, una ruta sin fin o que copa toda su existencia. Publica hasta el año 1927, tres años antes de su muerte, y dona en 1919 a la Biblioteca Nacional de Chile catálogos, sesenta mil impresos, mil seiscientos sesenta y ocho manuscritos originales, y ocho mil seiscientos cincuenta y nueve documentos transcritos que componían su biblioteca personal, y que se resguardan hoy en la sala que lleva el nombre de Biblioteca Americana José Toribio Medina, la que estuvo lista para uso público en el año 1925.

Se contaba con una biografía cultural del personaje realizada por José Carlos Rovira, prologada por el propio Rafael Sagredo, editada en el año 2002 por el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana. El texto, titulado José Toribio Medina y su fundación literaria y bibliográfica del mundo colonial americano, es el punto de partida ineludible de la investigación que reseñamos. A partir de ella podemos comprender el mundo ideológico -al decir de José Rovira- de un tipo de intelectual como José Toribio Medina; por ejemplo, trazar la genealogía de sus referentes -como Marcelino Meléndez Pelayo-y comprender su empresa de una biblioteca americana. El estudio de Rafael Sagredo podría decirse que aborda al personaje desde el final del viaje, es decir, desde cuando arriba su biblioteca personal a un nuevo espacio y las piezas del acervo se tornan en rastros de dicha trayectoria abierta al siglo XXI desde múltiples facetas, múltiples, como la de esos intelectuales del siglo XIX de aspiraciones monumentales, totales y obsesivas. Sin ellos, evidentemente los patrimonios llamados nacionales no se habrían conformado y este libro nos permite contar con otros elementos para estudiar dicha historia.

Si bien la información y la investigación sólida de esta obra es fundamental, nos parece que el trabajo desde las imágenes permite realizar otras preguntas a la labor de estos intelectuales justamente en el marco de la configuración de las historias nacionales y de lo que hoy llamamos patrimonio. De alguna forma, José Toribio Medina realizó una labor titánica de colector de una especie de vacío de historia, de un vacío de signos y símbolos de lo que se elaboraba como cultura “nacional” y su propuesta fue el libro, el impreso y el papel. El ideal humanista de tener el mundo reunido en una biblioteca o gabinete se hace presente en su proyecto, y lo concreta usando toda su vida en ello. La fotografía que publica José Rovira en la p. 78 de su texto dice “Medina y su mujer en su biblioteca” -su mujer fue Mercedes Ibáñez Rondizzoni, compañera de sus aventuras y algunos dicen que autora también de muchas de sus hazañas- y allí vemos ese volumen de tomos empastados que la cámara no alcanza a abarcar en estanterías que cubren de piso a cielo, un escritorio al centro, papeles en el suelo y un Medina sentado que observa a Mercedes, de pie, quien apunta a una estantería, quizá simulando buscar un impreso para los trabajos del sabio y erudito.

El libro de Rafael Sagredo finaliza con la imagen de los “Planos con detalle de las estanterías de la Sala Medina de la Biblioteca Nacional del Ministerio de Obras Públicas”. El paso de lo privado a lo público finalmente encuentra su lugar en el edificio nuevo, obra del centenario de la República, de la Biblioteca Nacional de Chile. Esta trayectoria es un trabajo relevante de realizar, y por ello este libro también es un buen gesto de la biblioteca que mira su propia historia desde sus acervos. Al leerlo y teniendo las imágenes reseñadas en la memoria, pensaba en el ejercicio que realizamos con Ariadna Biotti, historiadora del libro -en particular de la edición- y Guillermo Prado, investigador de la Biblioteca del Congreso Nacional, con la historia de la Biblioteca Universitaria compartida entre el Instituto Nacional y la Universidad de Chile, desaparecida un año antes de la muerte de José Toribio Medina, y emplazada en la antigua iglesia de San Diego en la Alameda de las Delicias, transformada entre 1884 y 1888 en el primer edificio acondicionado arquitectónicamente para una biblioteca pública. El libro de obras de la biblioteca se encuentra en el Archivo Nacional de Chile, antes de que el Ministerio de Obras Públicas existiese3. Esa historia es también la historia que un personaje como José Toribio Medina permite trazar, lanzándolo al siglo XXI y los nuevos derroteros de la historia cultural y del libro, tal como también hicieron Francisco Burdiles, Dina Camacho y Camila Plaza, impresos de pequeño formato de la Biblioteca Americana siguiendo la línea de investigación instalada desde el Archivo Central Andrés Bello con el equipo liderado por Ariadna Biotti, llamada de “rastros lectores”, esta permite abordar la historia del libro y la lectura desde las huellas dejadas por quienes manipularon los impresos. Con ello dieron cuenta del mundo que conforma el propio espacio de un libro, de la reunión de los libros en un mismo espacio y de la historia personal de un colector como José T. Medina, que dejó, de forma muy moderna, todo rastro de usuarios y lectores del pasado en sus propios libros: estampas, marcadores, pedazos de papel entre otros4.

Tanto este texto como el del propio Rafael Sagredo son investigaciones que conmemoran el centenario de la donación de José T Medina a la Biblioteca Nacional de Chile. El trabajo que reseñamos permite, también, valorar la historia del libro dentro del de la edición, de la impresión y de diseño, en tanto es también un ejemplar que instala como ícono la lechuza que adorna un escritorio de la Sala Medina y que fuera sello del propio editor e impresor, una edición cuidada a cargo de Thomas Harris y en el diseño de Felipe Leal. Las Ediciones de la Biblioteca Nacional además han contribuido a la historia del libro desde la tipografía, utilizando una creada en forma especial para ella -llamada Biblioteca- por Roberto Osses y su equipo, en homenaje, a su vez, a Mauricio Amster y sus aportes a la historia del diseño editorial en Chile. Este camino que ha emprendido la Biblioteca Nacional de Chile, junto con sus exposiciones, nos permiten situarla dentro de empresas americanas tan importantes en esta historia del libro y la lectura como las de la Biblioteca Nacional Argentina, con su trabajo editorial y el proyecto del Museo del Libro5, y las del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la Universidad Autónoma de México6 (en cuya ciudad universitaria reside hoy la Biblioteca Nacional de México).

1Manuel Vicuña, Un juez en los infiernos, Santiago, Ediciones Universidad Diego Portales, 2009.

2Bernardita Eltit Concha, Configuraciones de lo colonial chileno: la narrativa de Justo Abel Rosales, Santiago, Editorial Universitaria, 2014.

3Alejandra Araya Espinoza, Ariadna Biotti Silva y Guillermo Prado Ocaranza, La Biblioteca del Instituto Nacional y de la Universidad de Chile: matriz cultural de la República de las letras, 1813-1929, Santiago, Universidad de Chile, Archivo Central Andrés Bello / Biblioteca del Congreso Nacional / Instituto Nacional, 2013. Disponible en: https://doi.org/10.34720/ygym-j522 [fecha de consulta: 17 de marzo de 2020].

4Francisco Burdiles, Dina Camacho y Camila Plaza, Inscribir, atesorar y resguardar Huellas de manipulación en libros de pequeño formato. Sala Medina, Biblioteca Nacional, Santiago, Ediciones Ohayo, 2019.

5 www.bn.gov.ar/biblioteca/museo [fecha de consulta: 17 de marzo de 2020].

6 www.iib.unam.mx/index.php/instituto-de-investigaciones-bibliograficas [fecha de consulta: 17 de marzo de 2020].

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